En aquel tiempo, Jesús, para explicar a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: “Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: «Hazme justicia frente a mi adversario». Por algún tiempo se negó; pero después se dijo: «Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara».” Y el Señor añadió: “Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?”.
Yo te invoco, oh Dios, porque tú me respondes.
Salmo 17,6
En la primera lectura de hoy (Éxodo 17, 8-13), vemos cómo Moisés se abre al auxilio del Señor con total confianza. Y se abre ahora, confía ahora, porque solo hay un “ahora”, ese instante en el que somos eternos si estamos unidos a Dios.
Como la viuda insistente del pasaje del Evangelio, que no se rinde ante el juez indiferente y nos da una lección de perseverancia y confianza. Ella no carga con el lastre de falsas creencias, prejuicios o miedos. No se dispersa ni se distrae en su petición. “Solía ir a decirle”…; era constante, fiel…. ¿Qué es ser fiel? ¿Cómo es el “fiel” de una balanza? Vertical, en su centro, preciso, infalible… Perseverancia, constancia, oración continua. San Pablo nos lo recuerda y tantos santos y padres de la Iglesia…
Pero hay otra vía, que en el fondo es la misma, la Única, aunque no lo parezca. Existe una oración tan directa, tan contundente que va al centro de la diana. Y ¿cuál es la diana para nosotros los cristianos, sino el Sagrado Corazón de Jesús, del que brota la Divina Misericordia?
Esa otra vía es la oración que nos aconseja Santa Teresa, cuya fiesta acabamos de celebrar: mirarle solo a Él. O la de Dimas, el buen ladrón, maestro de oración: Acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino. O San Agustín, que nos enseña que el Señor es más íntimo al corazón del hombre que uno mismo.
Basta una oración, un gesto, una mirada si se hace desde esa consciencia capaz de integrar todo y dar sentido a toda una vida… Basta una oración, como un rayo contundente y decisivo, un rayo tan luminoso que, aunque basta, podemos, queremos repetirlo cada día, cada instante, fundidos en el Sol del que emana, Sol de Justicia y Misericordia, Sol invicto que es el Señor.
Jesús oraba siempre, pero cada vez como si fuera la única. Y todo confluyó, con-venció, se cumplió en la oración final: En tus manos encomiendo mi espíritu. O ni siquiera fue esa…; la última, acaso, fue un gesto: inclinó la cabeza y entregó el espíritu. Jesús, que oraba siempre, hizo su última, total oración con ese gesto de abandono supremo.
Las dos vías, orar siempre, orar ahora, se unen en la única Vía, Jesucristo, Camino único. Porque la oración constante y continua es sobre todo una actitud interior, un giro constante para fundirnos con Él que nos mueve, nos alienta y vivifica. Oración como un estado de conciencia que se expresa en toda una vida, y también en un gesto, una mirada, una elección valiente, que nos de-termina, nos de-fine, nos cumple.
Porque ya no se trata de escoger entre cantidad o calidad. Ambas son necesarias, pero fuera de corsés, más allá de ritos de voluntad humana que fomentan la inercia, la rutina, el olvido de lo esencial, esa mejor parte que no nos será quitada: vivir siempre fundidos con Jesucristo, para que Él viva en nosotros. Fusión de voluntades, imagen y semejanza.
Jesús, mi vida, viviendo en mí, Dietrich Buxtehude
Todas mis ansias están en tu presencia" (Sal. 37,10)... Tu deseo, es tu oración; si tu deseo es continuo, tu oración también es continua. Por eso el apóstol Pablo dijo: "orar sin cesar" (1Te 5,17). ¿Puede decirlo porque, sin tregua, doblamos la rodilla, prosternamos nuestro cuerpo, o elevamos las manos hacia Dios? Si decimos que rezamos sólo en estas condiciones, no creo que pudiéramos hacerlo sin tregua. Pero hay otra oración, interior, que es sin tregua: es el deseo. Aunque te encuentres en cualquier ocupación, si deseas este descanso del sábado, del que hablamos, rezas sin cesar. Si no quieres dejar de rogar, no dejes de desear. ¿Tu deseo es continuo? Entonces tu grito es continuo. Te callarás sólo si dejas de amar ¿Quiénes son los que se callaron? Son aquellos sobre los que se dijo: "al crecer la maldad, la caridad de muchos se enfriará" (Mt 24,12). La caridad que se enfría, es el corazón que se calla; la caridad que quema, es el corazón que grita. Si tu caridad subsiste sin cesar, gritas sin cesar; si gritas sin cesar, es porque deseas siempre; si estás repleto de este deseo, es porque piensas en el descanso eterno. San Agustín Acuérdese, se lo ruego, de lo que le recomendé, que es pensar a menudo en Dios, de día, de noche, en todas sus ocupaciones, en sus ejercicios de piedad, incluso durante sus distracciones; Él está siempre junto a nosotros y con nosotros, no Lo deje solo: a usted le parecería una descortesía dejar solo a un amigo que la visitase. ¿Por qué abandonar a Dios y dejarlo solo? Así pues, ¡no Lo olvide! Piense en Él a menudo, adórelo sin cesar, viva y muera con Él, esa es la verdadera ocupación de un cristiano; en una palabra, es nuestro oficio; si no lo conocemos, hay que aprenderlo.
En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola. “Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”. El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”. Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido.”
La prolijidad en la oración a menudo llena el espíritu de imágenes y lo disipa, mientras que a menudo una sola palabra tiene por efecto recogerlo.
San Juan Clímaco
Las oraciones deberían ser como fuentes espontáneas que brotan de nuestro amor y de nuestro desamparo.
Paul Sedir
Desde hace siglos, en la oración de los cristianos ortodoxos, es frecuente la plegaria de Jesús, también llamada oración del corazón, que se basa en la parábola que hoy leemos y dice: Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador. Se une en ella la petición de gracia y perdón a la conciencia de sí como pecador.
El obispo Teófano decía que la fuerza de esta plegaria no reside en sus palabras, que, además, tienen muchas variantes, sino en la constatación de nuestro estado caído frente a Dios en Su estado de perfección.
El fariseo se ha quedado apegado en su falsa autoimagen, como vemos en el blog hermano,diasdegracia.blogspot.com. El republicano, en cambio, es consciente de su condición, de sus limitaciones, pecados y miserias,y esa consciencia y su entrega confiada de sí mismo, pobre y necesitado, a Dios, logra transformarlo, justificarlo, santificarlo.
No basta con mirar hacia arriba para ser elevados. Hace falta la humildad de mirar a lo más bajo de uno mismo (humildad, de humus, tierra), hay que descender a los infiernos con Cristo, para con Él, recoger todo, reasumir todo, si queremos, por El, resucitar. Felix culpa, decimos entonces con San Agustín, feliz culpa que nos ha merecido tal Salvador. Porque, si bien es cierto que somos nada, miseria, limitación, por Cristo, con Él y en Él, como repite la liturgia, somos todo, hijos y coherederos del Reino. Es el Milagro de Amor.
El gesto de Dimas, el buen ladrón, capaz de robar el cielo al mismo Dios con una sola plegaria lo tiene el publicano que vemos hoy. Un solo gesto, una sola oración de entrega total y confianza plena, para la que hay que prepararse mucho, pero en un sentido contrario a lo que el mundo entiende por preparación. Prepararse, formarse para un gesto, una actitud… Formación muy exigente pero no para acumular conocimientos o práctica, sino para desnudarse, soltar, dejar ir, llegar a ser verdaderos pobres de espíritu frente a los soberbios y prepotentes…
La vida por sí sola ya nos da esa enseñanza, nos va quitando todo… Pero podemos aprenderlo de una sola vez si somos humildes y valientes. Mira tu miseria con valor, sin miedo a espantarte de ti mismo, sin paños calientes, sin mirar de reojo. Mira tu tiniebla y podrás ver la luz con que Él te mira. Entonces volverás a ser hijo de la luz, por Su infinita misericordia. Maravíllate y reconoce de Quién te viene tanta gracia. No te apropies de nada, no te atribuyas nada… No lo necesitas porque, por Él ya lo tienes todo…Dice Isaac de Nínive: ¿Qué es entonces la oración espiritual? Es el símbolo de nuestra condición futura.
Acuérdate de mí, cuando llegues a tu Reino, dijo Dimas, y podemos decir siempre… Pero, añadamos…: Tú ya estás en tu Reino, y el Reino en mí… Acuérdate…, recuérdame que te recuerde y recuerde que tú completas todo, integras todo, lo elevas y transformas todo…
Invocando Su nombre y Su misericordia (miseri /cordis), para que Él lleve nuestra miseria a Su Corazón y la disuelva, vamos llegando a niveles más sutiles de verdadera Comunión. Así lo expresa William Johnston: “Les sucede algo similar a quienes recitan la “oración de Jesús”. Puede que empiecen rezándole al Jesús de Nazaret histórico, que anduvo sobre las aguas del Mar de Galilea; pero a menudo que trascurre el tiempo, dejan atrás las imágenes, pues su vista está ahora fija en el Verbo que nos ilumina a todos, en el Hijo que está de pie a la diestra del Padre, en la Segunda persona de la Santísima Trinidad. A través de la unión con el Hijo, se ven divinizados. Haciéndose “partícipes de la naturaleza divina” se dirigen al Padre en el Espíritu. Su oración se vuelve, pues, trinitaria.”
Jesús, tú mi alfarero, Hermana Glenda
La verdadera religión no es más que un intercambio entre el espíritu del hombre y el espíritu divino. Si el templo de Dios es el cuerpo cósmico del Verbo, el corazón de Jesucristo es el altar de dicho templo. Cualquier obra buena, cualquier petición o cualquier agradecimiento va del corazón del hombre al de Jesucristo y allí es aceptado por el Padre porque Dios no admite nada que no haya pasado antes por el corazón de Su Hijo para ser allí purificado, sublimado por los tiernos cuidados de nuestro eterno Amigo.
Todo lo que el hombre pueda obtener de lo más bello y de lo más limpio, lo minimiza en cuanto lo toca. Todo aquello que a nosotros nos gusta llamar como nuestros méritos, debe pasar por las manos del gran Alquimista para que lo transmute en la preciosa Quintaesencia, para que puedan resistir al Espíritu Santo, si no, serían reducidos a cenizas. Esto es lo que se llama santificar una cosa, transformarla, trasplantarla de lo natural a lo sobrenatural, de lo local a lo universal, del tiempo a la eternidad, de la muerte a la vida. Y el único que lo puede hacer es el Alquimista que bajo a la Tierra y se hizo hombre para liberarnos: Jesucristo.
De tal modo que el discípulo se repetirá sin cesar que él no es nada, que todo aquello que haga bien no es él sino Cristo quien lo hace en él y por él, porque desea su pobre corazón enfermo más de lo que nosotros podamos desear el más bello de los tesoros. Que es de Cristo del que puede esperar todo, todo en inteligencia, todo en amor, todo en fuerza y que gracias a la maravillosa locura que es el amor, ese pobre hombre, de aspiraciones tan pequeñas, tan miserable en sus idolatría, tan versátil en sus voluntades, este pobre esbozo de hombre puede ser recibido por el Verbo pudiendo convertirse en una parte de su esplendor, en un rayo de ese sol.
En aquel tiempo, Jesús, para explicar a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: “Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: «Hazme justicia frente a mi adversario». Por algún tiempo se negó; pero después se dijo: «Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara».” Y el Señor añadió: “Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?”.
La Creación (detalle), Miguel Ángel
Pedid y se os dará; buscad y hallaréis, llamad, y se os abrirá.
Lucas 11, 9
Después de enseñar el Padrenuestro a sus discípulos, Jesús subraya la necesidad de perseverar en la oración, con otra parábola muy semejante a la que leemos hoy, la del amigo inoportuno (Lc 11, 5-13). En la parábola que leemos hoy, la actitud del juez hacia la viuda es la contrapuesta a las entrañas de misericordia del Padre. Con estas dos parábolas, Jesús nos muestra cómo funcionamos en el mundo, para que comprendamos que el Reino no tiene nada que ver con nuestros afanes mezquinos y egoístas.
Los Evangelios nos ofrecen muchos ejemplos personales de esa insistencia necesaria, como la cananea, modelo de fe, perseverancia y humildad. (Mt, 15, 28); o como el centurión, claro y directo en su petición y en la expresión de fe que la sostiene (Lc 7, 1-10).El sentido más profundo de esa constancia no es que Dios sea reticente o indiferente. El sentido tiene que ver contigo y conmigo. Si tenemos en cuenta solo a Dios, las súplicas que Le dirigimos no tendrían ninguna razón de ser porque Él sabe lo que necesitamos mejor que nosotros mismos (Mt 6, 8), y porque no podemos sobornarlo, manipularlo o transformar Su voluntad.
Si soy capaz de confiar a Dios todo lo que me inquieta o anhelo, lo estoy ya transformando en mí, porque lo que pido, siento, espero, lo pongo en comunicación con lo Verdadero, donde germina la respuesta ante la mirada misericordiosa del Padre, que es todo lo contrario del juez de la parábola.
La oración perseverante no es útil o necesaria para Dios, pero sí para el ser humano. Es ponernos bajo Su voluntad y entregar la nuestra, tan pobre e inútil. Añadir: “no se haga mi voluntad, sino la Tuya” (Lc 22, 42), como nos enseña Jesús, legitima cualquier petición sincera, confiada y humilde.
La insistencia en la oración no se refiere, por tanto, a repetir una y mil veces las peticiones, como si Dios fuera sordo o indiferente a nuestras necesidades, sino a la necesidad de orar siempre, vivir en estado de oración, esto es, de comunión continua con Dios. Esa es la meta, vivir en oración, vigilantes, con la mano en alto, como vemos que hace Moisés en la primera lectura (Éx 17, 8-13). Con la oración continua, acabas convirtiéndote en lo que oras, como en el precioso relato de El Peregrino ruso.
Cuando se llega a la unión total, si es necesaria una oración de petición (por uno mismo, como hemos visto, no por Dios), bastaría decirlo una vez, porque se está en la Palabra. Entonces, si basta pedirlo una vez con absoluta confianza, sinceridad y pureza, ¿para qué insistir? Porque llevamos tesoros en vasijas de barro y, aunque a veces consigamos esa plenitud que solo puede dar la unión con Dios, volvemos a caer. Nos lastran el mundo y sus reclamos y tantas sombras interiores que aún no hemos logrado iluminar permanentemente. De ahí la importancia de ser fieles y constantes, orar siempre, hacer de la vida oración, intentando permanecer en ese estado de Comunión.
El que es consciente de esa Comunión, ¿qué va a pedir? Todo lo considera pérdida o basura, con tal de ganar a Cristo (Filp 3, 3-8). Porque lo mejor, lo que da el Padre, lo que hay que pedir es el Espíritu Santo (Lc 11, 11-13). Todo ruego ha de vincularse a este bien supremo. Primero el Reino, que es Él viviendo en nosotros y lo demás siempre vendrá por añadidura, porque todo lo bueno y necesario viene de Su amor.
Existe un nivel superior de oración, que Jesucristo no podía enseñar a todos con las parábolas, que enseñó a los apóstoles, y que Juan, recostado en su pecho, comprendió como ninguno (Jn 16, 23-27). Solo desde ese amor integrado se puede realmente pedir en Su Nombre, porque se vive en Él, y Él mora en el corazón del verdadero discípulo. Los que viven en esta oración de comunión, de amor perfecto, no conciben otra petición que el fiat, hágase en mí Tu voluntad y si, como el mismo Jesús, a veces piden por aquellos que aman (Jn 17, 9, 24), es en el marco de esta sumisión voluntaria y gozosa a la voluntad del Padre.
Que las peticiones son escuchadas queda bien subrayado en los evangelios (Mt 21, 21, Lc 17, 6, Mc 11, 24, Mc 9, 23, Jn 15, 7). ¿Cómo pedir para recibir? ¿Cómo llamar para que nos abran? ¿Cómo buscar para hallar? (Lc 11, 9) ¿Con qué actitud? ¿Desde dónde? ¿En qué estado? Sosiégate y sabe que Yo soy Dios (Salmo 46, 11). Cuando logras que el significado de esta frase se haga vida en tu interior, permites que Él se exprese en ti y en tu vida, que actúe a través de ti diasdegracia.blogspot.com . Sin embargo, cuando tratamos de manipular o utilizar a Dios, no estamos hablando con Él, sino con uno de esos ídolos que nos alejan de Su gracia.
Escucha, Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno (Dt 6, 4). Es el hombre el que tiene que prestar atención, vigilar y escuchar, mantenerse siempre atento y receptivo, consciente de Dios, evitando las dispersiones, los cantos de sirena del Adversario, que está siempre dispuesto a confundirnos y distraernos de lo esencial. Por eso es necesario orar siempre, perseverar en la oración, no para que Dios capte nuestro mensaje y nos dé "acuse de recibo" de nuestra solicitud, sino para que nos mantengamos en guardia frente a lo que nos aparta de Él, verticales, con la mirada y el corazón hacia la meta, que es la Unión definitiva.
Porque toda oración de petición sincera acaba desembocando en la única petición necesaria: que se haga en mí Su voluntad, que yo sea capaz de permitirle hacer Su obra en mí, sin interferencias, sin deseos mundanos, sin reservas ni búsquedas que no sean la única búsqueda legítima, como diría Tauler, la búsqueda pura y simple de Dios. Que mi vida sea Su Divina Voluntad obrante, para poder decir con San Pablo: es Cristo, que vive en mí. Y más aún, poder decir: "soy otro Cristo, porque el Amor infinito de Dios así lo quiere, y yo digo Fiat".
28 Diálogos Divinos, "La Oración"
¿Qué derecho tenemos nosotras a ser escuchadas? Nuestro deseo de paz es, sin duda, auténtico y sincero. Pero, ¿nace de un corazón totalmente purificado? ¿Hemos rezado verdaderamente “en el nombre de Jesús”, es decir, no solo con el nombre de Jesús en la boca, sino en el espíritu y en el sentir de Jesús, buscando la gloria del Padre y no la propia? El día en que Dios tenga poder ilimitado sobre nuestro corazón, tendremos también nosotras poder ilimitado sobre el suyo.
En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos
y a los escribas esta parábola: “¿Quién de ustedes, si tiene cien ovejas y se
le pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y va en busca de la que
se le perdió hasta encontrarla? Y una vez que la encuentra, la carga sobre sus
hombros, lleno de alegría, y al llegar a su casa, reúne a los amigos y vecinos
y les dice: ‘Alégrense conmigo, porque ya encontré la oveja que se me había
perdido’. Yo les aseguro que también en el cielo habrá más alegría por un
pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos, que no
necesitan arrepentirse’’.
Jesucristo, Hoffmann
En la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, miramos ese Corazón traspasado por amor, como verdadera vacuna contra el virus de la mentira, el egoísmo, el olvido de Dios. En Él está la fuente de la Vida y del Amor-dolor-Amor, que es la única forma de amar para el discípulo de Cristo.
En estos tiempos de pérdida de las libertades individuales, estamos asistiendo con perplejidad e inquietud a lo que algunos nos venían anunciando con lucidez desde hace tiempo. Los dirigentes, y los que están detrás de ellos, a la sombra, manejándolos como títeres, pretenden imponer una forma de vida y una agenda 2030 y 2050 que recuerda sospechosamente a la distopía narrada por Aldous Huxley en “Un mundo feliz”.
Huxley describió una sumisión general, previa a la pérdida de libertades. Las masas serían controladas con un lavado de cerebro discreto y paulatino, que convertiría a los seres humanos en una especie de zombies que, en lugar de verse como esclavos, se dedicarían a disfrutar, preocuparse por lo inmediato, lo efímero, lo insignificante. Aclamarían a todos aquellos que no pusieran en cuestión esta sociedad de aparente bienestar. En lugar de verse manipulados y lobotomizados, se sentirían importantes, satisfechos, libres.
Ese “mundo feliz” de Huxley consiste en una dictadura sin lágrimas, sin sufrimiento, sin dolor, porque las personas son “anestesiadas” de muchas formas para hacerlas sumisas y manipulables. Pero si quitamos el sufrimiento, quitamos el amor; porque el amor y el dolor van de la mano por Cristo, el eterno inmolado. Es la Pasión eterna, la Cruz que nos lleva a la luz, la alquimia de todas las alquimias que transforma nuestro plomo en oro, es el crisol de los crisoles, el fuego que arde sin consumir. Es el camino del amor, via amoris, que es a la vez via crucis y via lucis.
Es el gran hallazgo: que la Cruz, no solo precede a la Gloria, sino que es ya Gloria en sí misma. Como la muerte, no solo precede a la resurrección para los que siguen a Cristo, cada muerte cotidiana a nosotros mismos, es ya una resurrección, una regeneración, una oportunidad de rehacer la propia vida y la de todos.
No queremos una sociedad sin lágrimas, sin dolor, sin sufrimiento purificador y transformador, queremos el Reino del hágase Tu Voluntad, como en el Cielo, en la tierra, escogemos el Reino de la Divina Voluntad en el mundo y en nuestros corazones, que anhelan ser un único corazón con el Sagrado Corazón de Jesús y con el Inmaculado Corazón de María. Y ese Reino, que será el triunfo de los Sagrados Corazones, se gana por el amor-dolor-Amor.
Cuando decimos líbranos del mal no estamos diciendo “líbranos del sufrimiento”. El mal es cuanto nos desvía del camino que lleva al Reino, lo que nos hace vivir la vida como si Dios no existiese. El bien, en cambio, es optar por la única decisión posible: por Cristo, con Él y en Él, con Su amor-dolor-amor, que es el amor misericordioso de Dios, el Sagrado Corazón atravesado por la lanza para devolvernos la Vida.
Y recordamos que misericordia etimológicamente significa “pasar la miseria por el corazón”. Nuestra miseria ha sido transformada en la Preciosísima Sangre de Cristo, el precio de nuestro “rescate”. Por eso, nos negamos a ser anestesiados, a vivir en una dictadura sin lágrimas ni sufrimiento. Lloramos y sufrimos por amor a Aquel que nos amó primero, nos ama eternamente y nos hace partícipes de Su Misma Vida, fuente de la verdadera felicidad.
El Sagrado Corazón de Jesús está siempre abierto, derramando su Divina Misericordia. Amor nuevo que eleva y transforma, enseña a amar mucho más allá de lo sensible, pero también en lo sensible, porque el Verbo eterno, la Segunda Persona de la Trinidad tiene en Jesús, además de la divina, naturaleza humana.
El Inmaculado Corazón de María, que contemplamos en www.diasdegracia.blogspot.com, humano y ensalzado, humano y divinizado, atravesado por la espada del sufrimiento, como anunció Simeón, nos lleva al Sagrado Corazón de Jesús y Este nos lleva al Padre, la Fuente del Amor que está más allá de las emociones, más allá de los sentimientos. Dios Padre no necesita amor..., no necesita siente..., ES Amor.
Sacred Heart,Ubi Caritas III , Cantatrix
De Las Horas de la Pasión, de Luisa Piccarreta:
“Vida mía, crucificado Jesús mío, veo que sigues agonizando en la cruz sin que tu amor quede todavía satisfecho para darle cumplimiento a todo. ¡Yo también agonizo contigo! Quiero llamar a todos los ángeles y a los santos: ¡Vengan, vengan todos al monte Calvario a contemplar los excesos y las locuras de amor de un Dios! Besemos sus llagas ensangrentadas, adorémoslas; sostengamos esos miembros lacerados; démosle gracias a Jesús por haberle dado cumplimiento a nuestra redención. Démosle también una mirada a nuestra Madre Santísima traspasada por tantas penas y muertes que siente en su Corazón Inmaculado, tantas cuantas ve que su HijoDios está sufriendo; hasta sus mismos vestidos están cubiertos de sangre, como también por todo el monte Calvario se puede ver la sangre de Jesús. Así que, tomemos todos juntos esta sangre y pidámosle a nuestra dolorosa Madre que se una a nosotros; dividámonos por todo el mundo y ayudemos a todos; socorramos a quienes están en peligro para que no perezcan, a los que han caído para que se levanten de nuevo, a los que están a punto de caer para que no caigan. Démosles esta sangre a tantas pobres almas que están ciegas, para que resplandezca en ellas la luz de la verdad; vayamos a donde se encuentran quienes están combatiendo, seamos para ellos vigilantes centinelas, y si están por caer alcanzados por las balas, recibámoslos en nuestros brazos para confortarlos y si se ven abandonados por todos o están impacientes por su triste suerte, démosles esta sangre, para que se resignen y se mitigue la atrocidad de sus dolores. Y si vemos almas que están a punto de caer en el infierno, démosles esta sangre divina que contiene el precio de su redención, para arrebatárselas a Satanás. Y mientras tendré a Jesús abrazado a mi corazón para defenderlo y reparar por todo, abrazaré a todos a su Corazón, para que todos puedan obtener gracias eficaces de conversión, fortaleza y salvación. ¡Oh Jesús!, tu sangre diluvia de tus manos y de tus pies. Los ángeles haciéndote corona admiran los portentos de tu inmenso amor. Veo a tu Madre al pie de la Cruz traspasada por el dolor, a tu amada Magdalena y al predilecto Juan, y todos como petrificados en un éxtasis de estupor, de amor y de dolor. ¡Oh Jesús!, me uno a ti y me abrazo a tu cruz y hago mías todas las gotas de tu sangre para depositarlas en mi corazón. Y cuando vea irritada a tu divina justicia contra los pecadores, te mostraré esta sangre para aplacarte. Y cuando vea almas obstinadas en la culpa te mostraré esta sangre y en virtud de ella no rechazarás mi plegaria, porque en mis manos tengo la prenda con la que puedo obtenerlo todo. Por eso, ¡oh Jesús!, a nombre de todas las generaciones pasadas, presentes y futuras, junto a tu Madre Santísima y a todos los ángeles, me postro ante ti crucificado Bien mío y te digo: « Te adoramos, ¡oh Cristo!, y te bendecimos, porque por tu santa cruz has redimido al mundo ».”
En
aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí
mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola. “Dos hombres
subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo,
erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy
como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos
veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”. El publicano, en
cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se
golpeaba el pecho, diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”. Os
digo que éste bajó a su casa justificado y aquel no. Porque todo el que se
enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido.”
Fariseo y publicano, Robert Leinweber
Cuando el hombre se humilla, Dios
en su bondad, no puede menos que descender y verterse en ese hombre humilde, y
al más modesto se le comunica más que a ningún otro y se le entrega por
completo. Lo que da Dios es su esencia y su esencia es su bondad y su bondad es
su amor. Toda la pena y toda la alegría provienen del amor.
Maestro Eckhart
El domingo pasado veíamos la necesidad
de perseverar en la oración y comprendíamos que ser insistente no significa que haya de llenarse de palabras.
Muchas veces, si la actitud del que ora no es sincera ni humilde, la oración
vocal puede transformarse en declamación, presuntuosa o inconsciente, que da vueltas en torno a
sí misma.
Vacíate
para que puedas ser llenado; sal para que se pueda entrar, dice San Agustín. Para
comunicarnos con Dios, no podemos permanecer en nuestro nivel de conciencia
habitual, esa vigilia falsa, somnolienta y distraída, que gira en torno al ego
y nos hace ser muertos que entierran muertos. Para hablar con Dios y hacer de
esa oración un estado habitual, hay que despertar y mantenerse despiertos,
vigilantes, a la escucha, como Samuel (1 Sam 3, 3-18). Con ese gesto, esa
postura interior de apertura y acogida, podemos taladrar los obstáculos que nos
separan de Dios.
¿Quién reza?, ¿cómo?, ¿desde dónde?… Si la oración es
sincera, persistente y humilde, es escuchada, porque Dios no atiende a
hipócritas, a tibios ni a soberbios… Mejor dicho, son estos los que no atienden
a Dios, sino a sí mismos y a sus ídolos. Por eso no oran, sino que cantan la
misma canción narcisista una y otra vez.
Para alcanzar la pureza interior que
capacita para orar,hay que observar la sombra que proyectan esos pensamientos y emociones
sobre el propio mérito, el valor y la bondad que nos atribuimos, consciente
o inconscientemente, y nos llevan a juzgar a los demás y considerarlos
inferiores. Si tenemos el valor de atravesar toda
esta maraña ilusoria de pensamientos, para mirar de frente
nuestra nada ante Dios, si reconocemos nuestra miseria y debilidad, podemos
conectar con la Fuente de todo y orar de verdad, seguros de ser escuchados, atendidos,
salvados.
Comprender la parábola del publicano y
el fariseo y lograr
ver ambos personajes en uno mismo, es muy revelador. El fariseo no es
justificado (salvado), porque no está hablando con Dios, sino con la imagen de Dios que ha
construido –su ídolo– sobre la inestable base de su propia vanidad. En cambio,
la oración del publicano es sincera porque está reconociendo su desvalimiento, su
impotencia ante el Todopoderoso. En el publicano humilde, está orando su
esencia, su ser verdadero, el hombre interior; mientras que en el fariseo no
hay oración, sino pose, engolamiento, hipocresía, soberbia; es el hombre
exterior, que aún ha de morir para nacer de nuevo.
Estos dos hombres subieron al Templo; "subir", para intentar conectar con
lo Superior. El Templo, esa habitación interior donde hemos de orar, donde Dios
mora si queremos. Allí es donde entran y cierran la puerta los dos hombres (o
mujeres) que somos cada uno: el hombre
exterior y el hombre interior. El fariseo que, por fin, se ha atrevido a mirar
su absurda complacencia, su corazón lleno de sí mismo, es decir, vacío, y lo ha
desenmascarado, reconociendo que era un disfraz de su inseguridad, sus
complejos y sus miedos, ha visto la enorme viga de su ojo y ha olvidado la mota en el ojo de su hermano, ha dejado de sentirse
superior, separado. Y sube también a ese Templo del alma el hombre interior, que
se sabe nada, cuya sincera humildad lo eleva y perfecciona, hastaponerle en conexión con lo absoluto, lo
perfecto, lo real. Ambos hombres se unen, se integran en el único ser que eran
sin recordarlo, y pueden finalmente orar y elegir ser salvados.
Si nos mantenemos en guardia,
vigilantes, veremos cuándo el fariseo que llevamos dentro, olvida su ser esencial y
vuelve a querer llenarse de sí mismo y sentirse superior. Si en la oración te estás buscando a
ti, al ídolo que de ti mismo has forjado, no estás orando. Hay que atreverse a
soltar la imagen ilusoria de quien creemos ser. Y también hemos de soltar
cualquier imagen que nos hayamos hecho de Dios, conscientes de que es imposible
hacernos una imagen de Quien Es todo.
Porque el fariseo no está rezando a
Dios sino a la imagen que de Él se ha hecho. Lo ha pretendido convertir en un
contable al que hay que rendir cuentas de los propios méritos y ante el que hay
que ganar ventaja frente a los demás.
Lo importante es que sepamos ver en
nosotros estas actitudes farisaicas, a veces tan camufladas que resulta muy
difícil identificarlas, y que encontremos también a ese hombre interior humilde
y sincero, desapropiado de todo, que es capaz de orar.
Seguir el modelo de oración del
Maestro es nuevamente la clave. ¿Cómo oró Jesús? Nunca manifestó deseos
personales. Su oración fue de alabanza, acción de gracias y comunión. Cuando
pedía por los demás, era para mayor gloria de Dios y salvación de los hombres.
Si Dios sabe lo que necesitamos, ¿qué vamos a pedir?
En el Padrenuestro, la oración vocal
por excelencia, no hay deseos egoístas, sino una entrega real al Padre, un
ponerse bajo Su influencia para hacer Su voluntad. La oración sencilla, sin jactancia, sin complacencia niservilismo, directa y clara; ruegos tan auténticos y esenciales que
no pueden por menos que ser atendidos, si el que reza ha alcanzado ese nivel de
pureza y sinceridad.
Jesús es
el único que no tiene que negarse a sí mismo porque es el Sí mismo y, al mismo
tiempo, la humildad absoluta. Bienaventurado el
que no se escandalice de mí
(Mt 11, 6). Para no escandalizarse de Él hay que estar dispuesto a aceptar y
cumplir su Palabra totalmente, no solo en lo que nos resulta fácil porque no toca nuestra imagen o nuestra miserable "casita de muñecas". Asumir su Palabra y hacerla vida en nosotros,
exige un cambio radical. Los que se empeñan en defender su posición, su falsas creencias,
o tal vez solo esos prejuicios que les hacen despreciar a los demás, seguirán
escandalizándose de Aquel que no hace acepción de personas porque viene a
salvar a todos, no solo a un grupo de escogidos, Aquel que frecuenta a
pecadores, publicanos y prostitutas y denuncia la hipocresía de escribas y
fariseos.
¿De qué
sirven los esfuerzos personales y los méritos aparentes del que no puede
aceptar que todo es gracia, derroche generoso, don gratuito de
Dios? Si
recuperamos la inocencia esencial, nuestro será el derecho a participar en el
banquete eterno, aunque hayamos sido grandes pecadores. No en vano,
Jesús relató la parábola del fariseo y del publicano, para hacernos ver
quiénes serán los elegidos entre los muchos llamados. Porque es uno mismo el que se elige, vaciándose de sí mismo, dejado
atrás las vestiduras oscuras de la soberbia, la mentira, el egoísmo y la
tibieza, para poder llenarse del Sí mismo. www.diasdegracia.blogspot.com