16 de junio de 2018

El Reino: lo pequeño es lo inmenso


Evangelio de Marcos 4, 26-34

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: “El reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega”. Dijo también: “¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas”. Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía en parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado. 


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Fotograma de La Pasión de Mel Gibson


Una vez en nuestro mundo hubo un establo,
y lo que estaba en ese establo
era más grande que todo nuestro mundo.

                                                                                                                      C.S. Lewis

Cristo es el Reino y viene a dárnoslo, viene a darse. De ahí el versículo que repetimos en el Salmo de hoy: “Es bueno darte gracias, Señor” (Salmo 91). Un Niño nacido de una joven virgen es, como dice la cita que abre este post, más grande que todo nuestro mundo, más grande que todo. Y cuanto toca ese bebé-semilla, que es Dios, se transforma y adquiere un potencial que no se ve, pero que está lleno de Su misma Vida. Así será la resurrección, que transformará el polvo en cuerpo glorioso y eterno…., como anuncia la segunda lectura (Corintios 5, 6-10).  

El “reino de Dios” es el centro del Evangelio, de la buena noticia que anunciamos y queremos vivir. Un reino cercano (Marcos 1,15), interior (Lucas 17,21), presente y actual (Mateo 20,28). Lo Infinito se nos da por pura gracia para unirnos a Él y devolvernos la semejanza perdida con nuestro Creador.

Solo hace falta conocer lo que se nos ofrece, disponernos a recibirlo, confiar y soltar todo lo nuestro, lo que hemos creído que somos. La semilla es tan pequeña, y tan grande a la vez, que necesita que no haya otras semillas porque requiere espacio para crecer y desarrollarse. diasdegracia.blogspot.com

Nada, nada, nada, y en lo alto del monte, nada…, cantaba San Juan de la Cruz. Es lo necesario para la fecundidad: vacío y “hágase”, vacío y Fiat. Si el útero de la mujer está lleno, no es posible una nueva concepción. María, que concibió sin necesidad de hombre, lo hizo a través del “hágase” incondicional. Una mujer que quiera concebir necesita un útero vacío, disponible, receptivo. Un alma que quiera concebir el Reino, que es Cristo, necesita ese mismo vacío, que en el alma es el Fiat.

Es lo que buscan tantas tradiciones orientales en sus prácticas y meditaciones. Logran a veces el vacío, la receptividad, la disponibilidad, pero falta la semilla, el propósito divino, la divina voluntad. Así es también el poema esencial. Nace de un anhelo, de un vacío receptivo, dispuesto a acoger. Si se siembra la semilla de belleza y verdad, nace el canto. El Magnificat, el canto de María, es la expresión más bella de esa humildad disponible, de esa pequeñez inmensa, de ese enaltecimiento de los que se hacen pequeños, como niños, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Así es también el Sagrado Corazón de Jesús, que contemplamos especialmente este mes; aparentemente pequeño para los ojos, tan pequeño que la punta de una lanza pudo traspasarlo, tan infinito que inundó el universo de pureza y vida, de perdón y gracia, de la plenitud divina que contenía desde antes de todos los tiempos.

Porque ese Corazón que mana sin cesar es el Dueño del tiempo. Si no recibimos Su Vida, el tiempo vence, aplasta, cercena, aniquila, malogra lo que deberíamos ser. Si La recibimos, el tiempo se rinde y se inclina, adorando a Su creador, y ya no hostiga ni empuja ni golpea, se convierte en aliado, en balsa segura que conduce a la orilla donde el Maestro espera con un pescado en la brasa, para seguir alimentándonos como ha hecho siempre, desde el inicio de los tiempos, que son Suyos.

Así lo viví en la Misa en honor del Sagrado Corazón de Jesús, el miércoles pasado, en el Cerro de los Ángeles. Al comulgar, es Dios quien entra en ti; y en Él está todo: la Creación (Padre), la Redención (Hijo), la Santificación (Espíritu Santo) a la que estamos llamados, esto es, la semejanza con Dios. Cristo entra en ti y, si lo acoges y dejas que se quede, te convierte en Sí Mismo.

El milagro de los milagros; porque milagro es algo que supera las leyes naturales, y en esa comunión conscientemente recibida es vencida nuestra naturaleza caída. Se deshace el pecado original y se restaura la vida divina que se dio a Adán, pero con mucho más, infinitamente más de lo que Adán recibió: con la Sangre de Cristo redentora, sus llagas benditas, la herida de su costado, tan pequeña como la punta de una lanza, tan grande como para abarcar toda la Creación, toda la Redención y a todos los que aceptan esa Redención, que es el inicio del Reino. 

Felix culpa, dijo San Agustín, que intuyó la magnitud de lo que se nos dio con la Muerte y Resurrección de Cristo, la primera semilla triturada que dio origen al Árbol de la vida. En Sus ramas se posan los redimidos, y en Su savia fluye Su preciosísima Sangre junto con la del que se atreve a ser más que redimido, más que salvado, se atreve a morir, nueva semilla triturada, para ser otro Cristo.

La Eucaristía es por eso el rostro visible del Señor. En Juan 12, cuando Felipe y Andrés le dicen al Maestro que unos griegos quieren verle, la respuesta de Jesús es desconcertante: “Ha llegado la hora de que sea glorificado el hijo del hombre. En verdad, en verdad os digo que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna. Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará.”

Parece una respuesta rara, pero si nos damos cuenta de lo que está diciendo en profundidad, sabemos que es el modo de mostrarse ante nosotros: como el sembrador y como la semilla. Por eso se presenta así ante los griegos, porque Él es el primer grano de trigo que ha muerto para que surja el Pan de Vida.

Ser fecundos y disponibles para acoger la semilla del Reino y ser además la semilla: morir para dar vida, desaparecer para Ser y mostrar con nuestro rostro el rostro de Jesús. La Eucaristía es el rostro del Señor que se presenta en forma de pan; por eso dice el salmo 24: que se alegren los que buscan al Señor. Buscamos su rostro y queremos reflejar su rostro. Seguimos su ejemplo en dar la vida para tener Vida.


                                              Corazón que mana

9 de junio de 2018

De la culpa, a la gracia


Evangelio según San Marcos 3, 20-35 

En aquel tiempo volvió Jesús a casa y se juntó tanta gente que no los dejaban ni comer. Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque decían que no estaba en sus cabales. Unos letrados de Jerusalén decían: “Tiene dentro a Belcebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios”. El los invitó a acercarse y les hablaba en parábolas: “¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino en guerra civil, no puede subsistir; una familia dividida, no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar, si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa. Creedme, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre”. Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo. Llegaron su madre y sus hermanos, y desde fuera lo mandaron llamar. La gente que tenía sentada alrededor le dijo: “Mira, tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan”. Él les preguntó: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?” Y mirando a los que estaban sentados alrededor, dijo: “Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre”.


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Raphael Sanzio


¡Ah, cuánto mejor es vivir en aridez y tentaciones con la voluntad de Dios, que en contemplación sin ella!

                                                                                                      San Juan de Ávila

El hombre es una criatura que ha recibido la orden de convertirse en Dios. 
                                                              San Basilio

El pasaje del Evangelio que hoy narra Marcos acaba con unas palabras que resumen el camino del cristiano. “El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre”. Es una idea que hemos leído y meditado a menudo, pero quizá más en la versión de Lucas (Lc 11, 28) o de Mateo (Mt 7,24). 

En Lucas, Jesús responde al piropo espontáneo de aquella mujer “dichoso el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron”, con un piropo mucho más profundo hacia su madre, la que mejor escuchó la Palabra de Dios y la cumplió, que algunos no entendieron y lo tomaron como un desaire. Mateo va a lo concreto, con el símil del hombre sensato que construye su casa sobre roca, para hacernos ver cómo la escucha de la palabra y su puesta en práctica edifica una morada eterna.  

Marcos, el Evangelista más escueto y directo, no menciona la escucha de la palabra, va "al grano", como tantas otras veces, y sintetiza ese “modo de ser” cristiano, de los de Cristo, su familia espiritual, en cumplir la voluntad de Dios. 

Hay quien está obsesionado con recordar las palabras literales de Jesús. Sacerdotes que insisten en la necesidad de leer y releer y meditar el Evangelio para que la fe se haga más sólida y nos lleve a un conocimiento más profundo de Jesús. Eso está muy bien, en el Evangelio está sintetizado el mensaje de la Salvación, y leerlo a menudo nos guía y nos va transformando. Pero el verdadero Evangelio, la Buena Noticia es el propio Jesucristo, que es infinitamente más que palabras, enseñanzas, parábolas y sentencias recogidas por los evangelistas. Es la Palabra, que está más allá de las lenguas y de los libros, incluso los libros sagrados; el Verbo eterno que pronunció el Padre en la Creación.

Ser dichoso por escuchar Su palabra y cumplirla es llegar a una identificación tal con Jesucristo que seamos una sola vida en Él. El discípulo amado lo entendió mejor que nadie. Juan, después de María, recostado en el pecho del Maestro, supo que cumplir Su palabra es vivir Su vida interior, es latir en Su latido y para eso no hace falta conocer las palabras concretas, sino conocer Su voz y Su eco, el mensaje tan inmenso que no cabe en los libros y nos lleva al “todo está cumplido”; Vida eterna para el que vive Su vida.

Una sola palabra bastaría: Fiat. El “hágase" de la Creación, Fiat, el “hágase en mí” de María, Fiat, el “no se haga mi voluntad, sino la Tuya” de Getsemaní. La palabra que Adán y Eva no quisieron pronunciar, la que debemos pronunciar, la Palabra que basta para sanarme… Escuchar a Jesús dentro: y ya no son palabra; vivir en Él, y es el Verbo sin palabras. Porque las palabras que cumplir son las literales, pero también, sobre todo, las más profundas, esos niveles de comprensión que van hacia dentro y a lo alto, hasta el Fiat triple y eterno.

Vayamos a lo que hay detrás de las palabras que pronuncia la Palabra y, desde ahí, vayamos a los silencios sonoros y, más allá, a la Palabra primordial del Verbo, ese Fiat original que nace del Amor. 

Por eso Marcos, el evangelista directo que va al "grano", que se expresa a veces más por lo que calla que por lo que dice, en la conclusión del pasaje de hoy no menciona lo de escuchar la palabra. Cumplirla es haberla escuchado. Más aún, cumplirla es haberte transformado en la Palabra, haberte unificado en el Verbo. 

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La Cruz, el Árbol de la Vida

Para llegar a esa meta hay que aceptar primero la Redención que Cristo nos trae. Él vino a liberarnos de la carga que Adán y Eva dejaron a la familia humana. No puedes ser perdonado si no crees que puedes ser perdonado. Si te sabes perdonado, puedes dejar de luchar contra ti mismo y con todos los demonios que te habitan, insidiosos, mentirosos, ávidos de conflictos. Para sentirte merecedor de perdón has de unificarte y qué mejor manera que fundiéndote con el Sagrado Corazón de Jesús, que ayer celebrábamos, del que brota agua y sangre, gracia y vida.

El nuevo Adán vence donde el viejo Adán cayó. Jesucristo es el Hombre Nuevo, que nos señala el camino de transformación. Lo que propone Satanás son siempre atajos para no pasar por la cruz. Vencer supone no tomarlos y seguir por el camino estrecho que conduce a la Vida, para experimentar el segundo nacimiento que Nicodemo no entendía. Nace así una nueva criatura, el antiguo “Adán”, la antigua "Eva" mortales que somos se convierte en otro Cristo, resucitado y eterno. Venceremos en Él y por Él a través de la humildad y la confianza, la pobreza de espíritu, el vaciarnos de nosotros mismos, para volver al Paraíso, la esencia original, pura y unificada. 

Los ricos de espíritu no pueden reconocer la supremacía divina sobre lo creado y, escogiendo la separación, el dualismo de lo contingente, el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal, caen en la eterna tentación de Adán y Eva, alejándose del Conocimiento unificado, la Sabiduría de Dios, que lleva a la Verdad y la Vida, la Unidad primigenia. diasdegracia.blogspot.com

Luzbel, el ángel más bello, dominado por la soberbia, quiso ser, Adán y Eva quisieron ser. Todas las guerras, los conflictos interiores y exteriores proceden del deseo soberbio y egoísta de ser, olvidando que no se puede ser sin morir a uno mismo. Jesús nos enseña a escoger el Bien absoluto que consiste en unir la propia voluntad a la de Dios. 

Volviendo al inicio de este post, ya no se trata solo de cumplir o hacer la voluntad de Dios, para lo que es necesario haber escuchado la palabra. Se trata de ser la voluntad de Dios, y eso solo es posible fundiéndose con la Palabra.

                                                     De profundis clamavi, Salmo 129

Cuando el Omnipotente hubo creado al hombre a su semejanza, animándole con un soplo de vida, hizo alianza con él. Adán y Dios conversaban en la soledad, pero la alianza quedó rota de hecho como resultado de la desobediencia, porque el Ser eterno no podía proseguir comunicándose con la muerte, ni la espiritualidad tener algo en común con la materia, pues entre dos cosas de propiedades diferentes no puede establecerse punto alguno de contacto sino en virtud de un medio. El primer esfuerzo que el amor divino llevó a cabo para acercarse a nosotros fue la vocación de Abrahán y el establecimiento de los sacrificios, figuras que anunciaban al mundo el advenimiento del Mesías. El Salvador, al rehabilitarnos en nuestros fines, debía devolvernos nuestros privilegios; y el más precioso de estos era, sin duda, el de comunicar con el Creador. Pero esta comunicación no podía ya ser inmediata como en el Paraíso terrenal; en primer lugar, porque nuestro origen subsistió mancillado; y en segundo, porque nuestro cuerpo, ya esclavo de la muerte, es demasiado débil para comunicarse directamente con Dios sin morir. Era preciso, pues, un intermediario, y este fue su Hijo, que se dio al hombre en la Eucaristía, haciéndose, digámoslo así, el camino sublime por cuyo medio nos reunimos de nuevo con el Creador de nuestra alma.
Si el Hijo hubiera permanecido en su esencia primitiva, es evidente que habría existido en la tierra la misma separación entre Dios y el hombre, porque no puede haber unión entre una realidad eterna y el sueño de nuestra vida. Pero el Verbo se dignó hacerse semejante a nosotros al descender al seno de una mujer. Por una parte, se enlaza con su Padre en virtud de su espiritualidad, y por la otra se une con la carne, en razón de su forma humana; de esta manera se constituye el lazo buscado entre el hijo culpable y el padre misericordioso. Ocultándose bajo la especie de pan, se hace un objeto sensible para los ojos del cuerpo, mientras permanece un objeto intelectual para los del alma. Si ha escogido el pan para velarse es porque el trigo es un emblema noble y puro del alimento divino.
Si esta elevada y misteriosa teología, de la que nos limitamos a trazar algunos rasgos, arredra a nuestros lectores, obsérvese cuán luminosa es esta metafísica, comparada con la de Pitágoras, Platón, Timeo, Aristóteles, Carnéades y Epicuro, pues no se halla en ella ninguna de esas abstracciones de ideas, para las cuales es forzoso crearse un lenguaje ininteligible al común de los hombres.
Resumiendo, la Comunión enseña la moral, porque es preciso hallarse puro para acercarse a ella; es la ofrenda de los dones de la tierra al Creador, y trae a la memoria la sublime y tierna historia del Hijo del hombre. Unida al recuerdo de la Pascua y de la Primera Alianza, la Comunión va a perderse en la noche de los tiempos; se enlaza con las primeras nociones relativas al hombre religioso y político, y expresa la antigua igualdad del género humano; finalmente, perpetúa la memoria de nuestra primera caída, y la de nuestra rehabilitación y unión con Dios.

                                                                                              Chateaubriand
                                                                                     El Genio del Cristianismo

2 de junio de 2018

Corpus Christi


Evangelio de Marcos 14, 12-16.22-26

El primer día de los ácimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos: “¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?” Él envió a dos discípulos, diciéndoles: “Id a la ciudad, encontraréis un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo, y en la casa en que entre, decidle al dueño: “El Maestro pregunta: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?”.” Os enseñará una sala grande en el piso de arriba, arreglada con divanes. Preparadnos allí la cena. Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua. Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo: “Tomad, esto es mi cuerpo”. Tomando una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio y todos bebieron. Y les dijo: “Esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos. Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el Reino de Dios”. Después de cantar el salmo, salieron para el Monte de los Olivos.


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La Última Cena, Fra Angelico


Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo; celebramos la Vida que se nos ofrece cada día, el Cuerpo y la Sangre de Cristo, Su Alma y Su Divinidad, que entra en comunión con nosotros, si Le recibimos y Le acogemos. Dios que se da a Sí mismo tras el velo del pan y del vino, por amor. Como decía san Juan de la Cruz, a la tarde nos examinarán en el amor. Solo eso nos llevaremos, el amor, esa entrega total e incondicionada, de la que Jesucristo es modelo y maestro. Por eso hoy celebramos también el Día de la Caridad.

En cada Eucaristía el Señor me sana. Digo: “No soy digna de que entres en mi casa, pero una palabra Tuya bastará para sanarme”. Y me doy cuenta de Cuál es la Palabra: la actualización del Sacrificio eterno y la Comunión con Él. Y, entonces, digo también: “ven a Tu casa, entra en Tu casa, y quédate”.

En la Consagración, ofrezco al Padre mi vida, mi ser, mi pasado, incluso mi futuro, junto a Jesucristo, el Cordero de Dios, el eterno inmolado, para que me transforme en Él. ¿Qué mejor sanación? Desaparezco; lo enfermo, lo roto, lo perdido, lo erróneo, lo fracasado desaparece. Y Él es en mí; la integridad, la perfección, la vida, la plenitud. Vivo en Cristo y Él vive en mí, sin tiempo ni espacio.

El Verbo increado, el Niño del pesebre, el Maestro que enseña a amar, el Crucificado, el Resucitado, Cristo eterno, como un diamante de infinitas facetas en mí. Pues ya no soy yo quien conecta con lo infinito, sino, como siempre, es el infinito el que ha descendido. Prodigioso intercambio que se inició en Nazaret, cuando María dijo “hágase en mí”, y tiene lugar ahora que comulgo y acepto que Él me asimile a Sí.

Más íntimo a mí que yo mismo, dice San Agustín. Es la meta de Dios; la identificación total. Si fuéramos conscientes de que, al comulgar, Dios entra verdaderamente en cada uno, seríamos transformados hasta en lo físico. Si tuviéramos la firme convicción de que es Jesús, todo sería rehecho, recreado por Él. diasdegracia.blogspot.com

El Evangelio es la buena noticia de la intimidad del alma con Dios. El Reino es Él; no hace falta traerlo, esperarlo o proyectarlo. El Reino, la fuente de la vida que restaura la semejanza perdida, ya está aquí, ¡dentro de cada uno al comulgar! Vivamos de forma que pueda quedarse, más allá de lo que tardan las especies en desintegrarse. 

Déjale espacio; desaparece para que pueda quedarse, que no tenga que irse por no encontrar correspondencia en tu corazón, que nada te distraiga. Es Dios en ti, viene a demostrarte cuánto te ama, haciéndose Uno contigo. 

Viene encadenado, aprisionado en una Hostia, sin poder moverse ni hablar. Solo quiere que Le acojas, para no salir de ti cuando las especies de pan y vino han sido consumidas. Quiere encontrar la correspondencia para poder quedarse y vivir en ti. Quiere encontrarse a Sí mismo en ti.

No mires el reloj, pensando si la Misa ha sido larga o corta o qué vas a hacer ahora, ¡estás en la eternidad! No cantes por inercia esa cancioncita que te sabes y han empezado a entonar algunas voces… No la cantes, si no eres capaz de cantarla mientras mantienes la atención en Lo que ha entrado en ti, que es más grande que todo el universo, más importante que todos los siglos pasados y por venir. Más que inmenso, más que trascendente, más que infinito…, la Fuente inagotable del Amor que quiere saltar en ti hasta la vida eterna, para que ames, como Él, hasta el extremo.

Pero cantamos, charlamos, pasamos deprisa a la siguiente actividad del día, retomando nuestra distracción y dispersión habituales… Y Jesús no puede quedarse…, y has vuelto a perder la vida divina que estás llamado a vivir desde toda la eternidad. Esta tarde vuelve a actualizarse el Sacrificio nuevo y eterno de un Dios que no se cansa de esperar la Comunión verdadera y definitiva. Ponte nuevamente en el altar, con tus miserias y anhelos, sin reservarte nada, y, cuando comulgues, detente, calla, escucha. Es Dios que te abraza y que te habla. Es Dios en ti, deja que Sea.



                                         Ave Verum Corpus, Mozart, por Andrea Bocelli


26 de mayo de 2018

Santísima Trinidad: la intimidad de Dios


Evangelio según San Mateo 28, 16-20

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: “Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.”

Coronación de la Virgen . Velázquez. SXVII. Detalle de la Santísima Trinidad coronando a María como reina del cielo.
         La Santísima Trinidad coronando a María como Reina del Cielo, Velázquez

            Veo a Dios que atrae hacia sí a mi alma con gran ternura y oigo su palabra: “Tú estás en mí, y yo en ti. En ti descansa la Trinidad, de modo que tú me tienes y yo te tengo”. Me veo toda pura, toda santa, toda verdad, toda rectitud, toda segura, toda celestial.
                                                                                          Santa Angela de Foligno

            El Amor habita en nosotros; por ello mi vida es la amistad con los Huéspedes que habitan en mi alma; estos son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. 

                                                                                           Santa Isabel de la Trinidad

          Dos grandes misterios están en la base del cristianismo: el misterio de la Encarnación, las dos naturalezas, humana y divina, en Jesucristo; y el misterio de la Santísima Trinidad: tres Personas divinas y un solo Dios. El pensamiento racional se detiene impotente ante el umbral de estos misterios, a los que solo llega el corazón. Podemos asomarnos a ellos si renunciamos a entender con la mente. 

            No hemos de quedarnos en lo que entiende por persona el lenguaje común, ni en el significado etimológico, pues el término viene del latín y del griego con el sentido de “máscara”. Quizá es más adecuada la palabra hipóstasis: del griego, ser, en tanto realidad ontológica, ser, de un modo verdadero o verdadera realidad.

          La misma divinidad, total e indivisible, en cada una de las tres Personas, trascendente al ser humano en el Padre, inmanente en el Hijo, aliento de vida eterna para cada hombre y cada mujer en el Espíritu Santo. Porque, al encarnarse Jesucristo, la relación filial del Hijo con el Padre se hace extensiva a la humanidad, de un modo inmediato y directo. El ser humano, hijo de Dios por la gracia y por la mediación del Hijo unigénito, recibe la Vida de esa efusión continua, y permanece unido al Padre y al Hijo por el lazo del amor del Espíritu. La incesante generación del Hijo por el Padre se extiende hasta nosotros, creados y recreados una y otra vez.
        
          La Santísima Trinidad es un desafío para la lógica. Por eso, a veces, nos servimos de símbolos para aliviar el vértigo del Misterio y "diseccionamos" la divinidad con figuras asequibles: un venerable anciano y una paloma acompañando al Hijo, la única Persona que somos capaces de "ver". Pero el Uno no es un número, ni una figura ni tres, sino la expresión de la Unidad. Solo renunciando a entenderla, podemos asumir la realidad trinitaria, que extiende por todo el cosmos su interrelación dinámica y hace de la creación un proceso infinito. Al formar parte del Cuerpo de Cristo, no podemos quedarnos al margen de esa incesante actividad. Hemos de participar en la recreación constante de un mundo nuevo y de nosotros mismos.

            El que ve a Jesucristo ve al Padre (Jn 14, 9), y, si somos uno con Él (Jn 15, 5; Jn 17, 22-23), hemos de aspirar a que quien nos mire, vea al Hijo y vea al Padre.  Si hemos de transparentar a Cristo y al Padre, cuánto no habremos todavía de soltar, limpiar, vaciarnos, desnudarnos… En diasdegracia.blogspot.com , profundizamos en la idea de hacer de la Trinidad nuestro origen y nuestra meta, para dar cumplimiento a la Misión que Jesús nos encomienda en el Evangelio de hoy.

Para empezar a comprender estos misterios hay que vivirlos, como han hecho tantos santos y místicos. Santa Isabel de la Trinidad dice que, desde que reconoció la Presencia del Dios Uno y Trino habitando en su corazón, el cielo ya es una realidad en la tierra. Simeón, el Nuevo Teólogo, distingue entre el Hijo, que es la puerta (Jn 10, 7.9), el Espíritu Santo, la llave de la puerta (Jn 20, 22-23) y el Padre, la casa (Jn 14, 2). ¿Cómo integrar estas realidades divinas en la vida del cristiano? Para ponernos en disposición de vivir el Misterio de la Santísima Trinidad hay tres vías directas:

            La primera y más excelsa, sobre la que reflexionaremos dentro de unos días, es la celebración Eucarística, en la que continuamente se invoca a las Tres Personas.

            Una segunda vía es la lectura de los textos sagrados. No solo el Evangelio, donde es el mismo Verbo el que nos habla directamente, sino también el Antiguo Testamento, que está continuamente hablando de Él como promesa y anuncio. Palabra del Padre transmitida por el Hijo, recordada e inspirada por el Espíritu en nuestros corazones. Los verbos: decir, hablar, oír, comunicar, recibir, anunciar, del Evangelio de hoy, nos remiten a la Palabra y su transmisión, no como un mensaje intelectual, sino como Palabra viviente, llamada a encarnar en los que la acogen, la conservan y meditan, la comparten.

           La tercera vía es la oración. Rezo ante Cristo, el rostro visible del Padre, y el Espíritu ora en mí. Más evidente en lo que considero el culmen de la oración, que supera incluso la de acción de gracias y la de alabanza. Llega un momento en que no es necesario dar las gracias porque el alma se funde con el Otro, es una con él. Y uno no necesita darse las gracias a sí mismo. Hemos llegado al centro de la Oración Contemplativa que a tantos místicos de distintas religiones les ha permitido empezar a vivir el Reino de los Cielos en la tierra. Entonces sobran las palabras, los gestos, las fórmulas. 

            No siempre el alma está preparada para esta oración de Comunión, desnuda y entregada, puro amor, pura confianza de hija, de esposa, tan íntimamente ligada al Padre o al Esposo que sabe que Él percibe sus necesidades, su gratitud, su amor, sin tener que expresarlos. Para alcanzar la disposición necesaria, hemos de soltar todo aquello que nos separa de Dios y de los hermanos. Por eso el Espíritu Santo nos sigue acrisolando, fundiendo en Su fragua sagrada, amándonos de un modo tal, que es Él quien grita en nosotros con gemidos inefables (Rm 8, 26).

            La oración contemplativa siempre acaba convirtiéndose en oración trinitaria. Podemos empezar a orar a partir de la imagen o el nombre de Jesucristo, o de una escena del Evangelio. Vamos trascendiendo imágenes y formas, llegando a un no-lugar de luz y de silencio donde nos encontramos ante la divinidad, Una y Trina, y ya no está fuera, ni dentro, sino dentro y fuera, en un abrazo de amor infinito que da sentido a todo y nos rehace. Son esos niveles tan sutiles de comunión con Dios que trascienden formas, nombres, impresiones sensoriales; la “nube del no saber” de los místicos que han vivido esa unión con la esencia de la divinidad.

            La inhabitación divina, que se hace manifiesta en la oración, nos relaciona de un modo íntimo con las tres Personas de la Santísima Trinidad. Cada alma es así hija del Padre, hermana del Hijo y esposa del Espíritu Santo. Si llegáramos a interiorizar que somos de estirpe divina por la gracia de un Dios-Amor, dejaríamos de desvivirnos en los afanes del mundo y viviríamos como verdaderos Hijos de la Luz y herederos del Reino.

         Pero no siempre tenemos el suficiente equilibrio interior ni la suficiente disponibilidad y entrega como para mantener esta certeza, que a veces se nos queda en un nivel superficial, como la semilla arrojada en suelo pedregoso o entre zarzas (Mc 4, 5-7). Vasos de barro que llevan tesoros (2 Cor 4, 7)… Sí, pero vasos a menudo pequeños y agrietados. Ensanchémonos, dejemos que el divino Alfarero nos rehaga; vasos grandes, sin fisuras, generosos y dispuestos a acoger el Agua Viva y el Vino del banquete eterno.

Hemos dicho que para asomarse a estos misterios hay que renunciar a entenderlos con el pensamiento racional. Pero de vez en cuando conviene entretener a la mente, para que se calle y deje al corazón elevarse. Teorizar, reflexionar, buscar explicaciones, mojones del camino o puntos de apoyo que nos sostengan, y luego… ¡soltarlos todos! Reconocer que, aunque escribiéramos millones de páginas, estas serían incapaces de llegar a la esencia del Misterio. El propio Santo Tomás de Aquino, después de ser arrebatado séptimo cielo y regresar, estuvo a punto de quemar toda su obra. 

Porque las palabras son limitadas, pero la Palabra, que la Santísima Trinidad nos enseña a saborear, es omnipotente y eterna. Si nuestras palabras se miran en la Palabra, sin interpretarla a conveniencia de nuestros egoísmos, rutinas o comodidades, serán creadoras, constructoras de almas libres y elocuentes. No hace falta más que el Evangelio, la Palabra. Cualquier otra palabra, nacida del amor y el entusiasmo (del griego, enthousiasmós, rapto divino) que Él nos inspira, ha de ser seguidora fiel de la Verdad, una y trina.

            Esas tentativas de la razón nos llevan a veces a hallazgos tan valiosos y útiles como la noción de la perichoresis intratinitaria (sobre la que reflexiona en profundidad San Juan Damasceno) o circumincessio (como prefiere San Buenaventura), que sintetiza los intentos teológicos de asomarse a  la Santísima Trinidad, evitando los escollos del triteísmo (ver en las tres Personas tres Dioses) y del modalismo (considerar a las Personas divinas como tres modos de ser del único Dios).
            Alude a la Presencia de Personas en Personas, las Tres inseparables, en una Comunión perfecta, sin mezcla ni confusión, Amor infinito en eterno movimiento y autodonación. Es también menein, mutua inmanencia, una de las palabras que más aparece en el Evangelio de San Juan. 

            Unidad en la distinción: perfectamente Uno y siempre Tres. Porque cada Persona existe completamente en la otra y, además de esta unidad y pluralidad, existe una circulación vital infinita, en la que cada Persona se difunde en la otra; tres Hipóstasis y una misma Sustancia. 

            A esta maravilla de Amor estamos llamados. No nos disolveremos y, a la vez, seremos completamente Uno. Uno y distintos, no para que perviva la personalidad egoica, que es transitoria y por tanto irreal, sino para seguir amando desde el Ser verdadero que Dios soñó para cada uno, en una interrelación eterna. Solo un amor así está a salvo del desgaste y la entropía. Solo un amor así crece, se expande sin cesar, continuamente revitalizado, siempre el mismo y siempre nuevo. 

            El Uno está tan lleno de amor que necesita reciprocidad; busca ese “tú” al que amar eternamente. Por eso el cristiano sabe que no ha de disolverse en la nada, que Dios ama a cada ser humano con su nombre real, Uno con Él y, a la vez, distinto. La mente sigue a lo suyo, justo antes de rendirse: "¿Cómo se puede ser Uno con Dios y, a la vez, seguir siendo criatura?" Y el corazón responde: "En virtud de ese destino trinitario, cuya esencia es Amor, infinito y perfecto".



Cantata BWV 129, J. S. Bach, por Leonhardt Consort

En el Plan divino todo hombre, sin excepción, ha sido creado para esta comunión familiar con Dios. Nada de extraño, por lo mismo, que el Señor nos describa su reino como un convite familiar. En este banquete Dios no recibirá nada de nosotros. Por el contrario, Dios Trinidad será la saciedad plena y total del hombre, de suerte que ya nada más tendrá que añorar. Las divinas Personas serán para el hombre todo cuanto ha suspirado en este mundo: su luz, su guía, su paz, su justicia y su santidad, su fuerza y su refugio, su amor y su vida.
                                                                                                             N. Silanes


El ser humano real y ontológico halla solo su plenitud en una divinización de todo su ser por la morada en él de la Santísima Trinidad. (…) El hombre “real” es el hombre pleno, con todas sus potencialidades humanas cumplidas únicamente en y por Cristo, el cual es el único que puede actuar en el verdadero ser del hombre, para que finalmente se convierta en afiliado del Padre como un hijo divinizado de Dios, no por su propia naturaleza, sino, como escribe San Pedro, como un “participante de la naturaleza divina”
                                                                                                      G. A. Maloney