Llama de amor viva, poema de San Juan de la Cruz, cantado por Amancio Prada
He
venido a prender fuego a la tierra, y ¡cuánto desearía que ya estuviera
ardiendo!
Lucas 12, 49
El Espíritu del Señor llena la tierra y,
como da consistencia al universo, no ignora ningún sonido.
Sabiduría
1, 7
Cuando se
concentra en sí, el alma, mediante este olvido y recogimiento de todas las
cosas, está preparada para ser movida del Espíritu Santo y enseñada por Él.
San
Juan de la Cruz
Aliento
que insufla vida, fuego de amor puro, torrentes de agua viva, voz interior que
habla en el silencio y en la calma, guía constante del corazón despierto, que
sabe que con Él lo es todo. El Espíritu Santo no es el gran desconocido, esa
abstracción que se les ha resistido a los teólogos, en su afán por
definir y clasificar con los conceptos limitados de la mente.
Podemos vivir, de hecho vivimos ya,
aunque aún no seamos plenamente conscientes de ello, un Pentecostés eterno,
porque el Espíritu Santo es Dios mismo habitando en el corazón del hombre, en
el centro de su propia esencia inmortal.
Dios no está lejos, no está fuera, para el
alma que consiente y se abre a la gracia. No es necesario buscarle en templos
de piedra o ladrillo, aunque acaso para algunos sea más fácil sentir Su
presencia en el templo.
Porque el Espíritu sopla donde quiere (Juan 3,
8), y el templo definitivo es uno mismo, tú, yo, nosotros mismos, para adorar en espíritu y en verdad (Juan 4,
24). Esa es la maravilla, el inefable don que tanto cuesta reconocer: Dios nos
habita.
Como
los apóstoles reunidos en el cenáculo perdieron el miedo al recibir el
Espíritu, así nosotros nos hacemos valientes y decididos cuando somos
conscientes de ese hálito de vida, ese fuego que renueva la faz de la tierra (Salmo 104, 30).
El Espíritu abre los corazones cerrados y los prepara para la unidad a
la que estamos llamados, que somos en el fondo. Él nos da la energía, la
confianza y la sabiduría necesarias para salir de la prisión del egoísmo y reconocer en los
otros la unicidad del Misterio de Amor que nos transforma.
Es el fin de Babel, del no entendimiento, de la división, y el inicio
de la sintonía que permite comprender, acoger e integrar.
Siempre es Pentecostés, siempre estamos recibiendo la llama que enciende
el corazón de amor puro, el aliento divino que renueva y transforma, que nos prepara
para habitar un mundo nuevo, nuevo cielo,
nueva tierra (Apocalipsis 21, 1), a nuestro alcance ya, ¡si, ya!, cuando
somos capaces de mirar con ojos que ven y escuchar con oídos que oyen, sin
tiempo ni espacio, sin miedo ni muerte, sin separación.
TESHUVAH
Una sola
palabra
que el corazón
comprende
basta a veces
para hallar
la paz y el
sentido, el centro,
su aliento de
crisol.
Una sola
palabra
basta para
arder sin consumirse,
en medio de la
llama
el corazón,
ardiendo sin quemar.
Secuencia del Espíritu Santo, Hermana Glenda


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