20 de abril de 2018

El Buen Pastor


Evangelio según san Juan 10, 11-18 

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: “Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estragos y las dispersa; y es que al asalariado no le importan las ovejas. Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, un solo Pastor. Por eso me ama el Padre: porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla. Este mandato he recibido del mi Padre. 

El Buen Pastor, Cristóbal García Salmerón


Alma noble, noble criatura, ¿por qué buscas fuera de ti lo que está en ti todo entero y del modo más verdadero y manifiesto?

                                                                    San Agustín

Hoy celebramos el "Domingo del Buen Pastor" y la Jornada de Oración por las Vocaciones. Jesucristo, el Cordero de Dios, es el Buen Pastor, otra luminosa paradoja con la que lo inefable se nos acerca, para que comprendamos que lo Absoluto se nos hace concreto por amor. Buen Pastor, Cordero, Piedra angular (www.diasdegracia.blogspot.com) , Camino, Verdad y Vida, Resurrección y Vida…  Todos los nombres, todos los colores, todos los matices, todos los silencios están contenidos en el nombre de Jesús, porque todo fue hecho por Él y para Él y todo regresa a Él. 

En las Escrituras Sagradas vamos encontrando, si estamos atentos, esos nombres, esa plenitud de significados que solo es posible en Aquel que es verdadero Dios y verdadero hombre. José María Cabodevilla, en Cristo Vivo, hace una síntesis de todos los nombres, facetas y colores que están en Jesucristo y que se encuentran repartidos en las Escrituras. Entre decenas de apelativos y atributos, se encuentran también los que hoy contemplamos a la luz de Evangelio: “Es pasto y pastor, y puerta del redil y cordero. Cordero pastor: "el Cordero, que está en medio del trono, los apacentará.” (Apocalipsis 7, 17)” 

Simeón, el Nuevo Teólogo, distingue entre el Hijo, que es la puerta (Juan 10, 7.9), el Espíritu Santo, la llave de la puerta (Juan 20, 22-23) y el Padre, la casa (Juan 14, 2). Pero estos son solo tres de los infinitos símbolos, de las innumerables metáforas que pueden ayudarnos a intuir el Misterio.

Jesús es Camino, Verdad y Vida, Pan Vivo, Puerta y Pastor, Cordero y Rey porque es el Hijo de Dios. Por eso, Él no tiene que "evolucionar", como pretenden tantos falsos “maestros”, Él, al contrario, tuvo que involucionar, abajarse, descender para elevarnos. No se trata por tanto de un hombre más adelantado, sino del Hombre, el Verbo encarnado por amor, para obedecer todas las leyes que Él mismo había creado. Su humanidad, en cambio, voluntariamente asumida, sí tuvo que aprender y crecer, pasando por todas las etapas que atraviesa un ser humano. 

Los cristianos no tenemos por qué hacer un duro trabajo interior, solos, con pocas esperanzas y una meta lejana; Cristo ha hecho el trabajo por nosotros. Nos queda nada más, y nada menos, reconocerlo, creyendo en Él, y aceptar agradecidos tan alto don, sabiendo que el Buen Pastor, fiel a Su promesa, nos acompaña todos los días hasta el fin del mundo. Solo hemos de aceptar ese Amor y corresponder, con coherencia y gratitud.

Es el sentido de la pobreza de espíritu, la infancia espiritual consciente y libre. Hacerse como niños es ser capaces de lo que no logró el joven rico: renunciar a todo y seguir al Maestro, con la confianza del que se sabe guiado por el Buen Pastor, siempre atento y vigilante para que ninguno de los Suyos se pierda. 

Los ricos de espíritu no pueden pasar por la «puerta estrecha», ese umbral invisible, que da acceso al Reino, ese acceso escondido para los sabios y entendidos del mundo porque no pertenece a este mundo. La pobreza de espíritu, en cambio, es el camino de retorno, desde el exilio al Paraíso, a nuestra esencia original, anterior a la Caída que la soberbia provocó.

Los ricos de espíritu no pueden reconocer la supremacía divina sobre lo creado y, escogiendo la separación, el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal, caen en la eterna tentación de Adán y Eva, alejándose de la Sabiduría. La pobreza espiritual nos hace reconocer la voz del Buen Pastor y la Puerta que lleva a los verdes pastos en cuyo centro está el Árbol de la Vida. 

El verdadero pobre de espíritu no solo se ha desapegado de bienes materiales, sino que se ha liberado también de las cadenas de la mente, que se disfrazan de conocimientos, saberes, ideologías…, ha soltado incluso la necesidad de hacer y de saber. Es la muerte del ego, el renunciar al mundo para ganar el alma, el perder la vida para ganar la Vida, el morir a uno mismo para nacer al Sí mismo. 

El poeta José Miguel Ibáñez Langlois canta con precisión y belleza la esencia del camino del cristiano: que Jesucristo es la Fuente de la Vida, el Camino, la Luz, el Hijo de Dios que viene a liberarnos.

Él no es un iluminado porque Él es la Luz.
Él no ha buscado la verdad porque es la Verdad.
No es un héroe del verbo porque es el Verbo.
Él no se ha descubierto ni a sí mismo.
Jesús de Nazaret, qué diantres,
con la voz de la infinita humildad,
simplemente susurra antes de morir:
yo soy la resurrección y la vida,
yo soy la luz del mundo,
Yo Soy El Que Soy,
Yo Soy.

                                           El Señor es mi Pastor, Salomé Arrecibita

14 de abril de 2018

Soy Yo en persona


Evangelio según San Lucas 24, 35-48

En aquel tiempo, contaban los discípulos lo que les había acontecido en el camino y cómo reconocieron a Jesús en el partir el pan. Mientras hablaban, se presentó Jesús en medio de sus discípulos y les dijo: “Paz a vosotros”. Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. Él les dijo: “¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo”. Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: “¿Tenéis ahí algo que comer?” Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo: “Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí, tenía que cumplirse”. Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y añadió: “Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén”. Vosotros sois testigos de esto.


Desde ahora, a nadie conocemos según la carne; y aun a Cristo, si lo conocimos según la carne, ahora no lo conocemos así. 
                                                                                                 2 Corintios 5, 16 

Mira, estoy de pie a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo.
                                                                                                         Apocalipsis 3, 20

Jesucristo resucitado vuelve a salir hoy a nuestro encuentro para mostrarnos la gloria de la resurrección, abrirnos el entendimiento y recordarnos que nuestra realidad y nuestro destino son los mismos que los suyos. “¿No está escrito en vuestra ley: Yo os digo: sois dioses"?" (Juan 10, 34).

El Resucitado quiere que vivamos ya como resucitados, con la plenitud que su victoria frente a la muerte nos ofrece, en el mundo pero sabiendo que no somos del mundo. Los antiguos egipcios creían que un corazón pesado, que no ha sabido soltar ni perdonar ni desprenderse de lo viejo, se hundiría en el infierno, mientras que un corazón ligero y libre, desprendido, renacido, llevaría al alma hasta su morada celestial.

Si pretendemos seguir viviendo como hombres y mujeres “viejos”, que no se atreven a dejarlo todo y renacer, no podremos seguir al primer Hombre Nuevo el que, elevado sobre la tierra, quiere atraer a todos hacia Sí.

Porque, como dice Matta el Meskin: Cristo, en el momento de su muerte, portaba en su carne a la humanidad entera. Y Meister Eckhart nos anima a conectar con esa verdad que trasciende lo que la lógica del mundo abarca y el cerebro puede concebir: ¿Dónde está sentado Cristo? No está sentado en ninguna parte. Quien lo busca en algún lugar, no lo encuentra. Su parte menor se halla por doquier, su parte superior no está en ningún lugar

Ese Cristo abstracto, Verbo increado anterior a los tiempos, Alfa y Omega, se ha hecho concreto por amor. Por eso pide a sus discípulos: “palpadme” y come delante de ellos un trozo de pez, un trozo de Sí (Ichtys). El Indivisible, aparentemente dividido para unificarnos, separado para integrarnos, con la inefable unión hipostática, para que abandonemos tras Él la representación de este mundo que ya está pasando. Él es inicio y fin, pregunta y respuesta unidas, misión cumplida, obra entregada. El que traspasaron nos traspasa, nos transforma, nos devuelve la semejanza, nos guía en el camino de retorno al Hogar del que venimos y habíamos olvidado.  www.diasdegracia.blogspot.com 

Y sigue Meister Eckhart: La señal de que alguien ha resucitado por completo con Cristo consiste en que busca a Dios por encima del tiempo. Busca a Dios por encima del tiempo quien busca sin tiempo. Es lo que da sentido a la existencia y permite crear la obra que es cada uno de nosotros, la que Dios soñó antes del tiempo, la que hemos venido a realizar y ofrecer. Esa es la referencia, la meta que nos hace darlo todo, incluso a nosotros mismos, sobre todo lo que considerábamos nuestra identidad y hoy lo estimamos en pérdida como dice San Pablo, identidad falsa, usurpación de nuestra esencia original. 

Ya somos hombres nuevos, nueva creación; hemos muerto y resucitado con Jesucristo. Solo tenemos que creer en Él, y vivir en Él la vida que nos ha dado. Vivir en Él..., imaginarle, presentirle, esperarle, recrearnos en Su Presencia, porque está con nosotros, fiel a su promesa, hasta el fin de los tiempos. 

Es Él quien llama a la puerta y también quien sale a nuestro encuentro. Esa es la maravilla del cristianismo: el ser humano ya no tiene que elevarse por sus propias fuerzas, realizarse, acumular méritos, porque Dios mismo viene, se hace presente, Es, en cada uno. Y nosotros… ¿somos en Él? Sí, pero solo cuando soltamos nuestra voluntad humana para vivir en la voluntad divina. Es el, tantas veces repetido, morir a uno mismo, al pequeño yo, dormido y ciego.

Mientras vivimos, caminamos, hablamos, comentamos…, el propio Jesús se acerca. Arde nuestro corazón, como el de los discípulos de Emaús, que en la escena que hoy narra Lucas, comparten su experiencia con los demás discípulos. Arde nuestro corazón porque es ahí, en el corazón, el centro del ser, donde se produce el verdadero encuentro, la verdadera experiencia de Dios. Como a ellos, el mismo Jesús nos explica las Escrituras hoy si abrimos el corazón y escuchamos. Entonces arden nuestros corazones; Él los abrasa sin quemar ni consumir, con la llama de amor viva que transforma.

Y, además de las Escrituras, la Eucaristía, el Pan de Vida, que sacia definitivamente nuestro hambre y sed esenciales, y nos va uniendo a Él, asimilándonos a Él. Porque, como dice San Juan de la Cruz, el mayor grado de perfección a que está llamado el ser humano en esta vida es transformarse en Dios.

Hemos reconocido a Cristo, vida nuestra, volvemos a lo cotidiano, pero de otro modo, sabiendo que regresamos con Él a la Casa del Padre, sin engancharnos en lo transitorio. Ya podemos vivir como resucitados porque reconociéndole a Él, creyendo en Él, tenemos vida eterna con Él. 

Antes de que Jesús se les aparezca, los discípulos están dormidos, en los afanes,  han salido de ese estado de vigilia y verdad que Jesús había despertado en ellos. Por eso tienen miedo y están desencantados y embotados. Sus mentes se han separado de Él y han vuelto a los hábitos cansinos, los prejuicios, la queja… Pero anhelan volver abrir su corazón. Reconocer al Maestro les devuelve su íntima unión -Comunión- con la Vida verdadera, siempre nueva. Recuperan la capacidad de asombro, los ojos que ven y los oídos que escuchan…


Estoy a la puerta y llamo, Jésed 

Una y otra vez, leo, escribo, rezo la preciosa oración de San Agustín, que expresa el gozo desbordante de los sentidos sutiles, que hemos de entrenar para alimentarnos del Pan de Vida con la actitud y entrega necesarias, esa atención vertical y plena que nos permite conectar con la verdad, la belleza y la bondad del Misterio: 

¡Tarde te amé, belleza siempre antigua y siempre nueva! Tarde te amé. Tú estabas dentro de mí, pero yo andaba fuera de mí mismo, y allá afuera te andaba buscando. Me lanzaba todo deforme entre la hermosura que tú creaste. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo; me retenían lejos de ti cosas que no existirían si no existieran en ti. Pero tú me llamaste, y más tarde me gritaste, hasta romper finalmente mi sordera. Con tu fulgor espléndido pusiste en fuga mi ceguera. Tu fragancia penetró en mi respiración y ahora suspiro por ti. Gusté tu sabor y por eso ahora tengo más hambre y más sed de ese gusto. Me tocaste, y con tu tacto me encendiste en tu paz.

7 de abril de 2018

"Dichosos los que crean sin haber visto"


Evangelio de Juan 20, 19-31

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros”. Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”. Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”. Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo”. A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: “Paz a vosotros”. Luego dijo a Tomás: “Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente”. Contestó Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!” Jesús le dijo: “¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto”. Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

                                   La incredulidad de Santo Tomás, Matthias Stom

En el blog hermano www.diasdegracia.blogspot.com , nos vuelve a hablar Santo Tomás, como otras veces nos habló aquí. Blogs que intercambian y comparten miradas, que van de la mano y se inspiran en ese Tercer Blog que no se lee con los ojos del cuerpo, ni se pronuncia con los labios y la lengua: el diálogo íntimo con el Maestro que a menudo nos pregunta: "¿por qué lloras?", "¿a quién buscas?", para que dejemos de creer que la vida es búsqueda, pérdida y duelo... Lo era, pero ya no. Jesucristo Resucitado hace que la vida sea encuentro y alegría, fuente continua de gracia y maravillas. El corazón humilde, sencillo, lleno de amor, hace de la gran pecadora una santa, del incrédulo, un creyente, audaz y libre.  Se trata de nuevo de aprender a mirar más allá de las apariencias, porque lo esencial, como dice el Principito, es invisible a los ojos.
Apariencia / Esencia…
Aparecer / Desaparecer
Ilusión / Realidad
Representación / Presencia
Sombra / Luz
Figura / Ausencia
Palabra / Silencio

También en el blog hermano, de vez en cuando he intentado explicar y, sobre todo, explicarme por qué escribo en dos blogs. ¿Insistente?, ¿indecisa?, ¿ambigua?, ¿contradictoria? Todo y nada.

Dos blogs, uno aparentemente más ortodoxo y teológico (teología, el vano anhelo de llevar a Dios a la lógica o a la ciencia); el otro, aparentemente más literario, libre, abierto. Aparentemente…, aparencia de dos blogs, cuando es un único blog.

Dos blogs, porque yo también, como todos, vivo en el mundo sin ser del mundo, en la representación de este mundo que está pasando, aunque no queramos verlo. En el mundo, sin ser del mundo, con el anhelo de unidad que nos anima y nos mueve a todos, lo sepamos o no.

Dos blogs, como los pares de aforismos del, también aparentemente, heterodoxo Louis Cattiaux, que quedan unificados y trascendidos por un tercer aforismo, "aparentemente" difícil de comprender, pero sencillo si se nos abre el entendimiento.

Dos blogs que son tres. El tercero no hace falta escribirlo ni leerlo, se escribe solo y está al alcance de todos, porque pertenece al Reino, y allí se expresa en el idioma de los pájaros o canta con la música callada al Nombre sobre todo nombre, al Verbo, la Palabra, anterior a todas las palabras.

Tercer blog,  que estos otros dos sueñan y en el que se miran. Tercer blog, tercer canto, tercer poema…, único Poema, que no se escribe con bolígrafo ni pluma ni teclado, no se escribe con neuronas ni memoria limitada, Poema que, como todo lo que es de la Verdad, está ya escrito, y lo escrito, escrito está en esa dimensión de eternidad de la que somos y a la que regresamos.

Ya lo intuía el anónimo poeta del Romance del Conde Arnaldos, y lo cantaba con estilo paradójico, como se suele expresar lo inexpresable: Yo no digo mi canción sino a quien conmigo va.

                              Romance del Conde Arnaldos, Amancio Prada

Seguiré escribiendo, "aparentemente" yo, en estos "aparentes" dos blogs, definitivamente locos para el mundo, o ajenos al mundo aunque sigan en el mundo. No podía ser de otra forma si su única referencia es ya, como la mía, un Dios que se hace Hombre por amor, un Rey que se deja humillar y asesinar como un delincuente y reina desde un patíbulo: nosotros predicamos a Cristo crucificado, fuerza de Dios y sabiduría de Dios.

Nosotros predicamos... Hoy -siempre es Hoy- se nos envía de nuevo -todo es Nuevo- a predicar, comenzando por Jerusalén, que eres tú y soy yo.

Todo empieza a desmoronarse en la representación de este mundo que pasa, está pasando, pero no queremos verlo. Hemos puesto un velo entre nosotros y esa realidad, un velo o telón que solo se levanta cuando el equilibrio ficticio y anestesiante es alterado por una enfermedad, una muerte o un magnífico desastre, que diría Zorba el griego, un acontecimiento aparentemente trágico que acaba revelando su centro de Luz, esa llama que encendió el primer Resucitado, alegría de los hombres, nuestro Camino de regreso a la Vida verdadera. 

                        Jesús, alegría de los hombres, Bach, por Sissel Kyrkjebo

1 de abril de 2018

La gloria de la Resurrección


Evangelio de Juan 20, 1-9

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien quería Jesús, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. Salieron Pedro y el otro discípulo, camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: Vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

                        La Resurrección del Señor, Paraclesion de San Salvador en Chora

Pero aún no se dieron mucha cuenta de que el mundo había muerto en la noche. Lo que aquellos contemplaban era el primer día de una nueva creación, un cielo nuevo y una tierra nueva. Y con aspecto de labrador, Dios caminó otra vez por el huerto, no bajo el frío de la noche, sino del amanecer.

G. K. Chesterton

Pasó un Resucitador por el mundo y nació en el mundo una esperanza más grande que todos los siglos; la cual no morirá. Uno que ya no tenía esperanza ha escrito: "Jesús es simplemente la esperanza más grande que ha pasado por la Humanidad..."
Oh Renán, escucha: No ha pasado.
Leonardo Castellani


Vieron el sepulcro vacío y creyeron. Entonces comprendieron las Escrituras y las palabras de Jesús, que había anunciado su muerte y resurrección.

Cristo ha vencido a la muerte por nosotros para que también resucitemos. Es la Buena Noticia para los que estábamos condenados a muerte. Morir ya no es morir, es solo un paso, el tránsito hacia la vida perdurable y dichosa. Así lo entendieron los apóstoles después de la resurrección del Maestro. Experimentaron que Jesús estaba vivo, y comprendieron que su promesa de vida eterna es una promesa que se cumple.

Y así lo proclaman a los cuatro vientos: “ha resucitado”. La muerte no es el final; Jesús abre el camino hacia una nueva humanidad; lo imposible ya es posible. 

Creer en la resurrección de Jesús, no solo es tener por cierta su resurrección, sino resucitar. Ya hemos resucitado con Él. “¡Despierta, tú que duermes; levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz!” (Efesios 5,14).

El Hombre Nuevo es la Resurrección, que se puede vivir ya, ahora, antes incluso de haber atravesado la puerta que es la muerte. Porque hemos muerto con Cristo y  hemos resucitado con Él. Dios se ha hecho hombre para salvarnos de la muerte eterna; ha pagado por nosotros; ha muerto en nuestro lugar para, resucitando, resucitarnos. Podemos darlo por seguro, porque Jesucristo lo ha prometido y Su Palabra no pasa porque es Palabra de Vida eterna.  

  Ave Verum Corpus, Mozart

            Aparente paradoja del cristiano: consciente de su cuerpo mortal, y, a la vez, convencido de la inmortalidad del alma. Sería contradictorio, si no hubiera venido Jesucristo a elevarnos con Él y llevarnos a un destino increíble: la resurrección total del individuo en cuerpo glorioso, alma y espíritu. El cuerpo, nacido del polvo, es elevado a una dignidad jamás pensada, un destino de Gloria eterna. Jesucristo lo ha glorificado, al encarnar como uno de nosotros.

Así lo explica San Pablo en la Primera Carta a los Corintios: “Se siembra un cuerpo corruptible, resucita incorruptible; se siembra un cuerpo sin gloria, resucita glorioso; se siembra un cuerpo débil, resucita lleno de fortaleza; se siembra un cuerpo animal, resucita espiritual”.

Por eso, no queremos ser inmortales, sino volver a casa, hijos pródigos, resucitados. El inmortal no muere, y necesitamos morir, porque el que no muere, no da fruto, el que no muere, no resucita, el que no muere, no vive para siempre con el Señor de la Vida. 

Si para la inmortalidad, según la concebían los filósofos griegos, no era necesario morir, para resucitar, es imprescindible. Y muriendo ya a nosotros mismos, podemos vivir como resucitados en este mundo de formas y apariencias, que es figura del otro, el verdadero. Inmanencia y trascendencia integradas, alineando en vertical al ser humano nuevo que ya somos, mientras esperamos la Resurrección definitiva

Jesucristo ha glorificado el cuerpo, ha iluminado la materia a través de Su Encarnación-Cruz-Resurrección. Ha tomado el sufrimiento, la entropía, lo efímero, la caducidad de la carne, consustanciales a nuestra condición. Ha tomado todo lo que nos separaba de Él y del sueño que Dios soñó para nosotros y lo ha transmutado, purificado, convertido en "combustible" para el mejor de los futuros. Y toma también el futuro, porque decidimos volver con Él a ese Presente intemporal en que ya somos. En  www.diasdegracia.blogspot.com, otra mirada a lo que hoy celebramos.

Solo con corazón de poeta podemos "asomarnos" al misterio de la Resurrección de la carne y la realidad del cuerpo glorioso, esa materia iluminada que Jesucristo, Luz del mundo, inaugura. Si además, el poeta es sacerdote y experimenta cada día, en sus propias manos, la dicha de "los que creen sin ver”, puede transmitir mejor lo que intuye y siente. Así lo hace José Miguel Ibáñez Langlois, con versos esenciales y asombrados, sin puntuación:


…los ángeles le restituyen la sagrada materia
que la pasión dispersó por los elementos del mundo
por los látigos los puños los harapos
el madero el velo de la Verónica a los cuatro vientos
esa materia debe ser difundida por los siete vientos
y al mismo tiempo serle restituida a su glorioso dueño
el mundo es ya una reliquia pero el cuerpo debe estar íntegro
porque dentro de unos segundos ese cuerpo
                                                                          oh Dios
cuatro segundos
                          tres
                                 oh Dios ese cuerpo oh
dos
       uno
              ese cuerpo oh Dios
                                             ya
resucitó.

                       ***

Jesús
de ahora en adelante ya no te llamarás
tierra desolada
ni
el leproso se muere
ni
maldita en ti la luz del universo
no
sino que en adelante tu nombre será
casa del hombre
y
la otra cara del sol está naciendo
y
Amor mío amor mío eternidad.

                                       José Miguel Ibáñez Langlois


Regina Coeli