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13 de junio de 2020

Corpus Christi


Evangelio según san Juan 6, 51-58

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: “Yo soy el pan que ha bajado del cielo: el que come de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.” Disputaban entonces los judíos entre sí: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?” Entonces Jesús les dijo: “Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre.”


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La multiplicación de los panes y los peces, Tintoretto

Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo; celebramos la Vida que se nos ofrece cada día, el Cuerpo y la Sangre de Cristo, Su Alma y Su Divinidad, que entra en comunión con nosotros, si Le recibimos y Le acogemos. Dios que se da a Sí mismo tras el velo del pan y del vino, por amor. Como decía san Juan de la Cruz, a la tarde nos examinarán en el amor. Solo eso nos llevaremos, el amor, esa entrega total e incondicionada, de la que Jesucristo es modelo y maestro. Por eso hoy celebramos también el Día de la Caridad. 

En cada Eucaristía el Señor me sana. Digo: “No soy digna de que entres en mi casa, pero una palabra Tuya bastará para sanarme”. Y me doy cuenta de Cuál es la Palabra: la actualización del Sacrificio eterno y la Comunión con Él. Y, entonces, digo también: “ven a Tu casa, entra en Tu casa, y quédate”.

En la Consagración, ofrezco al Padre mi vida, mi ser, mi pasado, incluso mi futuro, junto a Jesucristo, el Cordero de Dios, el eterno inmolado, para que me transforme en Él. ¿Qué mejor sanación? Desaparezco; lo enfermo, lo roto, lo perdido, lo erróneo, lo fracasado desaparece. Y Él es en mí; la integridad, la perfección, la vida, la plenitud. Vivo en Cristo y Él vive en mí, sin tiempo ni espacio.

El Verbo increado, el Niño del pesebre, el Maestro que enseña a amar, el Crucificado, el Resucitado, Cristo eterno, como un diamante de infinitas facetas en mí. Pues ya no soy yo quien conecta con lo infinito, sino, como siempre, es el infinito el que ha descendido. Prodigioso intercambio que se inició en Nazaret, cuando María dijo “hágase en mí”, y tiene lugar ahora que comulgo y acepto que Él me asimile a Sí.

Más íntimo a mí que yo mismo, dice San Agustín. Es la meta de Dios; la identificación total. Si fuéramos conscientes de que, al comulgar, Dios entra verdaderamente en cada uno, seríamos transformados hasta en lo físico. Si tuviéramos la firme convicción de que es Jesús, todo sería rehecho, recreado por Él. www.diasdegracia.blogspot.com

El Evangelio es la buena noticia de la intimidad del alma con Dios. El Reino es Él; no hace falta traerlo, esperarlo o proyectarlo. El Reino, la fuente de la vida que restaura la semejanza perdida, ya está aquí, ¡dentro de cada uno al comulgar! Vivamos de forma que pueda quedarse, más allá de lo que tardan las especies en desintegrarse. 

Déjale espacio; desaparece para que pueda quedarse, que no tenga que irse por no encontrar correspondencia en tu corazón, que nada te distraiga. Es Dios en ti, viene a demostrarte cuánto te ama, haciéndose Uno contigo. 

Viene encadenado, aprisionado en una Hostia, sin poder moverse ni hablar. Solo quiere que Le acojas, para no salir de ti cuando las especies de pan y vino han sido consumidas. Quiere encontrar la correspondencia para poder quedarse y vivir en ti. Quiere encontrarse a Sí mismo en ti.

No mires el reloj, pensando si la Misa ha sido larga o corta o qué vas a hacer ahora, ¡estás en la eternidad! No cantes por inercia esa cancioncita que te sabes y han empezado a entonar algunas voces… No la cantes, si no eres capaz de cantarla mientras mantienes la atención en Lo que ha entrado en ti, que es más grande que todo el universo, más importante que todos los siglos pasados y por venir. Más que inmenso, más que trascendente, más que infinito…, la Fuente inagotable del Amor que quiere saltar en ti hasta la vida eterna, para que ames, como Él, hasta el extremo.

Pero cantamos, charlamos, pasamos deprisa a la siguiente actividad del día, retomando nuestra distracción y dispersión habituales… Y Jesús no puede quedarse…, y has vuelto a perder la vida divina que estás llamado a vivir desde toda la eternidad. Esta tarde vuelve a actualizarse el Sacrificio nuevo y eterno de un Dios que no se cansa de esperar la Comunión verdadera y definitiva. Ponte nuevamente en el altar, con tus miserias y anhelos, sin reservarte nada, y, cuando comulgues, detente, calla, escucha. Es Dios que te abraza y que te habla. Es Dios en ti, deja que Sea. 



Ave Verum Corpus, Mozart, por Andrea Bocelli

Nos despertamos en el cuerpo de Cristo
cuando Cristo despierta en nuestros cuerpos.
Bajo la mirada y veo que mi pobre mano es Cristo;
él entra en mi pie y es infinitamente yo mismo.
Muevo la mano, y esta, por milagro,
se convierte en Cristo,
deviene todo él.
Muevo el pie y, de repente,
él aparece en el destello de un relámpago.
¿Te parecen blasfemas mis palabras?
En tal caso, ábrele el corazón.
Y recibe a quien de par en par
a ti se está abriendo.
Pues si lo amamos de verdad,
nos despertamos dentro de su cuerpo,
donde todo nuestro cuerpo,
hasta la parte más oculta,
se realiza en alegría como Cristo,
y este nos hace por completo reales.
Y todo lo que está herido, todo
lo que nos parece sombrío, áspero, vergonzoso,
lisiado, feo, irreparablemente dañado,
es transformado en él.
Y en él, reconocido como íntegro, como adorable,
como radiante en su luz,
nos despertamos amados,
hasta el último rincón de nuestro cuerpo.

                                                          Simeón, el Nuevo Teólogo



De La Misión, de Roland Joffé, 1986

8 de febrero de 2020

Somos la sal de la tierra y la luz del mundo


Evangelio según san Mateo 5, 13-16

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una vela para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.”

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La luz del mundo, William Holman

        El domingo pasado celebramos la Presentación de Jesús en el Templo y la Purificación de María. Fiesta de la humildad, pues la Purísima no necesitaba purificarse ni el Hijo de Dios ser presentado en el Templo. El post que contemplaba este Misterio terminaba con una cita del Beato Guerrico de Igny que sintetiza la vocación del cristiano: convertirnos en antorcha, ser luz para iluminar a todos y llegar un día a ser la luz inextinguible de un mediodía eterno.

 La luz es el amor que damos, y es también lo que somos y para lo que vivimos: el Reino de la Divina Voluntad en nuestros corazones para que, como es en el Cielo, sea en la tierra. Este ser luz se manifiesta en una respuesta valiente a la llamada a seguir a Cristo, porque la tibieza es penumbra.

El amor hace brotar la luz, lo vemos en la primera lectura de hoy (Isaías 58, 7-10). La caridad lleva a la luz y a la unidad, por eso dice Isaías: “no te cierres a tu propia carne”, cuando se refiere a las obras de misericordia hacia los hermanos. La oscuridad es replegarse sobre uno mismo, cerrarse a los demás. La “justicia”, esto es, el amor, es lo que brilla en las tinieblas, como subraya el Salmo 111.

        Jesús es para nosotros modelo de caridad. Mirando con sus ojos, hablando con su voz, tocando con sus manos, alumbramos como Él, y la oscuridad de la separación, del egoísmo, del individualismo, se vuelve luz.

Si el Maestro nunca permaneció indiferente ante el sufrimiento humano, sus discípulos debemos compartir las angustias y las tristezas, las alegrías y las esperanzas, con amor y coherencia. Seamos luz tras su luz, amor inextinguible, tras sus huellas.


Podemos ser la sal de la tierra que se diluye, humilde, y da sabor a la vida, como quiere Jesús. Pero también podemos ser sal que se ha vuelto sosa e inútil, o, ¡ay! podemos ser la sal muerta de la mujer de Lot y de todos aquellos que, mirando el pasado, se solidifican, se endurecen  y se pierden el presente, la vida que nos dieron para amar. La opción es clara: amor o miedo, alegría o dolor inútil, muerte o vida, sabor o sucedáneo, sueño o camino de regreso a casa. ¿Qué sal queremos ser?



            Como hay varios tipos de sal, también hay diferentes tipos de luz. Hay luces de neón, falsas, artificiales. Hay también luces buenas, que alumbran pero en seguida se apagan. 

              Y hay una luz que refleja la Luz de Dios y que no siempre se manifiesta como la claridad que los ojos ven. Porque la noche oscura del alma es el preludio de la luz verdadera, luz viva y transmisora de vida, que no se apaga nunca.


              Estamos acostumbrados a simbolizar lo divino con la luz, que vence a la oscuridad de la ignorancia, el pecado y la muerte. Pero, como bien saben los místicos, a veces el Encuentro se produce en la profundidad de esa noche oscura, camino iniciático y solitario del alma que se ha atrevido a adentrarse en la espesura de su propio corazón para descubrir la esencia que allí late. Son muchos los demonios, tentaciones y fantasmas que acechan en el trayecto…   

            No se puede ser luz sin haber atravesado la tiniebla. Si acaso, luz tenue o efímera. Pero estamos llamados a ser luz inextinguible, llama de amor viva. El que persevera en este duro caminar por la muerte de los sentidos es el que ve cómo su tiniebla se convierte en mediodía eterno, tras el encuentro con Jesucristo, la Luz del mundo, en el centro del Ser.

Ya nada  nos separará de Aquel en el que somos Luz, sin tener que renunciar a lo que somos como individuos. Luz individualizada (de indiviso) en la Unidad, puro amor, pura luz, increada junto al Verbo, parte suya para siempre, plenitud esencial en lo Uno.

       El Miserere (Salmo 51) y el Magnificat (Lucas 1, 46-55), que recitamos cada tarde, evocan la sombra y la luz, porque también a oscuras se puede amar, mejor a veces, como Cristo en el Gólgota, con la soledad y el desamparo que preceden al alba de la Resurrección.

Ser luz del mundo, reflejando la Luz de Jesús, que ilumina con su presencia y muestra el camino a los que están atentos a su llamada. El que la escucha, y responde con un sí incondicional a sus propuestas, ve cómo se enciende una llama incandescente e inextinguible en el corazón, aunque sea de noche, pues casi siempre es de noche en la gran tribulación.

Ser luz es acomodar la propia voluntad a la voluntad de Dios. Porque, cuando no lo hacemos, vivimos en tinieblas. Cuando lo hacemos a medias o con reservas, vivimos en penumbra, y esa penumbra tenebrosa es estéril, no tiene nada que ver con la fecunda noche oscura del alma, que antecede a la aurora. 

 Vivir en la Luz es ser Uno con el Padre, asumir Su voluntad como propia, con ese Fiat total e incondicional que nos permite ser perfectos, a pesar de las sombras, los errores y limitaciones de nuestra condición humana. Perfectos en el Sí, todo lo demás es anecdótico. Cuando se hace propia la voluntad del Padre, se puede resucitar y comprender el verdadero sentido del Magnificat, que canta la única que no tenía que resucitar.

La sal y la luz…, ¿qué sal y qué luz? ¿El sodio solidificado del que solo mira al pasado y el neón que aturde y solivianta, que excita y confunde; o la opción de "los de Cristo": ser sal viva y luz real? La sal viva da sabor para nutrir; la luz real enciende más luz. ¿Muertos que entierran muertos o trabajadores del Reino? 

Somos sal viva y luz verdadera si amamos y manifestamos ese amor con obras. Porque entonces reflejamos, como Jesús, la Luz infinita y atemporal del Padre, que es Amor.

 Beatus Vir, Vivaldi 
  
            La sal sosa no sirve, la luz escondida no sirve..., dice el Evangelio hoy. Nuestro propósito es servir para que todos descubran el Reino del Amor en sus corazones. Y para ello, hemos de ser humildes y generosos, como la sal, que se diluye, como la luz que alumbra sin condiciones.

Cristo encarnó; nosotros también hemos de encarnar, encontrando ese cuerpo profundo donde es posible el Amor incondicional que Él nos enseña. El que se ha hecho uno con Jesús, miembro eterno de su Cuerpo Místico (1Cor 12, 27), se alimenta de Su luz, el universo lo atraviesa y está completamente vivo. 

Somos hijos de la luz (Ef 5, 8). El camino del cristiano es un encuentro con la luz que, si no se vive hoy, difícilmente nos esperará en la vida futura. Jesús es la luz del mundo (Jn 8, 12) y, con Él, somos la luz del mundo. www.diasdegracia.blogspot.com

14 de diciembre de 2019

De la profecía a lo Real


Evangelio según san Mateo 11, 2-11

En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, le mandó a preguntar por medio de sus discípulos: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?” Jesús les respondió: “Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!” Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: “¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué fuisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis, a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta; él es de quien está escrito: “Yo envío mi mensajero delante de ti para que prepare el camino ante ti”. Os aseguro que no ha nacido de una mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el Reino de los cielos es más grande que él".


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                          San Juan Evangelista y San Juan Bautista, El Greco

Antiguo y Nuevo Testamento, el mayor de los nacidos de mujer junto al discípulo amado, llamado a ser ciudadano del Reino de los cielos. El mensajero y el testigo. Profecía y realidad.

El Antiguo Testamento adquiere plenitud de sentido y significado en el Nuevo. La vida de Jesús se adapta perfectamente a lo que los profetas vaticinaron muchos siglos antes, porque Él es el Verbo eterno encarnado. Lo dice San Agustín: "La ley estaba preñada de Cristo". En Jesús se cumplen las antiguas profecías; “Mesías” y “Cristo” significan “Ungido”, el enviado para anunciar la buena nueva, para liberar, sanar y dar esperanza.

Pero el mesianismo de Jesús y el programa de vida que propone son un desafío para los prejuicios y las creencias establecidas, de entonces y de ahora. Porque Él viene a desmontar toda convención, toda norma vacía de contenido, y a presentarnos a un Dios que es Padre. Nos ofrece una experiencia filial, de comunión, infinitamente más valiosa y transformadora que las creencias. Jesús no pretende tener razón, sino anunciarnos la buena noticia y hacer todo nuevo. Por eso ya no se trata de “mayor o mejor”, aunque para los que le oyen tenga que utilizar este lenguaje dualista.

Su enseñanza no tiene nada que ver con las expectativas de la época, ni tampoco con las nuestras. Él viene a liberar, a sanar, a devolver la dignidad, a salvarnos de la esclavitud, en primer lugar de esas cárceles interiores en las que nos encerramos nosotros mismos, que son las creencias muertas, heredadas, las que nos condicionan por costumbre, por rutina, por inercia. Dichoso el que no se escandalice de Jesucristo, y se atreva a liberarse de todo lastre para seguirle en la inocencia y el anhelo de verdad.

Con Él acaba la fe inmadura, heredada, basada en la letra y lo aprendido, y comienza la fe viva, experimentada, que supone vivir a Dios, tener una experiencia de Él. Dejemos definitivamente atrás al Dios justiciero, celoso, amenazador, esa caricatura de una divinidad antropomorfa que algunos aún mantienen, y corramos, hijos pródigos, al encuentro del Padre que nos muestra Aquel que viene, que siempre está viniendo. Un Padre que es amor, plenitud, dicha infinita, que nos transforma, restaura y completa, si nos dejamos, para que seamos Uno en Él.

Jesús nos regala un “jubileo” continuo, que nos libera de deudas y también de miedo, culpa, tristeza y soledad. Salvador, libertador, esa misión que lleva en su nombre y hace extensiva a cuantos le siguen, se lleva a cabo en dos dimensiones, en seguida comprensibles para el que tiene ojos que ven y oídos que oyen: una, material, y otra, sutil; una, exterior, visible, y otra, interior a cada uno. 

Si ya estamos reconciliados con Dios y no lo vemos como un juez implacable o un enemigo, queda reconciliarnos entre nosotros y, lo que resulta más difícil, cada uno consigo mismo; porque ahí radica, nunca mejor dicho, la raíz del mal, en esa división interior que se refleja dramáticamente en el exterior. Entonces, no viviremos pendientes del premio o del castigo. Cuando se ama, no se regatea ni se negocia ni se intercambia, todo es un darse gratuito.

Juan hablaba de normas, cumplimientos, reglas externas, Jesús hablará de la transformación interior necesaria y previa para poder hacer. Juan les decía lo que tenían que hacer, Jesús les decía, nos dice, lo que hemos de ser. Para cambiar del nivel de los nacidos de mujer al nivel de los ciudadanos del Reino hace falta ese cambio interior del que Jesús habla a Nicodemo, ese renacimiento o segundo nacimiento, de agua y espíritu, que nos hace ser de verdad y, por tanto, capaces de hacer, trascendiendo toda norma y reglamento externos, y capaces de amar.

La enseñanza literal ha de ser peldaño para acceder a niveles superiores de la Enseñanza, dinámica y expansiva, viva porque brota del Verbo, del Resucitado, del Viviente, y de la experiencia transformadora de Comunión con Él, que cada uno de nosotros seamos capaces de vivir y compartir. www.diasdegracia.blogspot.com

Cada día, cada instante, podemos escoger entre ser solo hijos de mujer, de los que Juan el Bautista es el mayor, o ciudadanos del Reino, seguidores de Jesucristo y, por la gracia de su amor infinito, coherederos junto a Él, imagen y, por fin, semejanza. Ese es el verdadero sentido de la conversión a la que estamos llamados para que Él venga a vivir en nosotros.

Conversión, arrepentimiento, metanoia, teshuváh, el giro, el gesto, el paso imprescindible que nos encamina hacia esa muerte que genera vida.La palabra arrepentimiento suscita cierta repulsa, pero su significado verdadero es muy hermoso: pensar de nuevo, nada que ver con el remordimiento que es morder(se) dos veces. El arrepentimiento consciente es el fuego purificador donde el ser humano se acrisola y se transforma. No podemos esperar a ser perfectos para amar lo bueno, lo bello, lo verdadero. De ese amor a lo perfecto, desde nuestra evidente imperfección, nace el arrepentimiento consciente, sincero,  transformador y liberador.

Convertirse es mirar de otra forma, dejar de mirar como miramos nosotros, para mirar como mira Dios. Nosotros miramos con el egoísmo de nuestras seguridades, comodidades, parcelitas de control. Dios mira rebosando amor, con un corazón palpitante, que no se cansa de derramar sus dones, gracias y bendiciones. El que solo se preocupa por controlar y asegurar “sus” cosas, “sus” costumbres, “sus” inercias, “sus” apegos es estéril, no puede dar fruto, se va secando, encogiendo y arrugando como una pasa.
Jesús no hizo nunca nada destinado a buscar seguridad y control. Él solo estaba interesado en amar, dar, preocuparse por las necesidades de los demás. Si queremos seguirle, y prepararnos para su inminente venida, hemos de vivir como Él vivió, olvidándonos de nosotros mismos, para mirarnos en Él y que Él se mire en nosotros. Salgamos de una vez de las ensoñaciones vanas que nos desviven y nos desgastan, porque todo lo que se experimenta en el terreno de lo ilusorio está condenado a desaparecer.
            La mejor conversión es dejar que la misericordia nos impregne hasta ser capaces de amar como Jesucristo ama. Si aprendemos a amar así a nuestros hermanos, estaremos amando a Dios, porque seremos en Jesucristo, uno con Él en Su Amor. Y Él, no solo es el rostro visible de Dios, sino también el presente de Dios, su continua actualización para quienes hemos sido enviados para anunciar la libertad a los cautivos, y ser testigos ante el mundo de que los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la Buena Nueva.

                       Laudate Dominum, Mozart. Cristina Piccardi (Soprano)

28 de septiembre de 2019

Un abismo inmenso


Evangelio según san Lucas 16, 19-31

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: “Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico. Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas. Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán. Se murió también el rico, y lo enterraron. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando sus ojos, vio de lejos a Abrahán y a Lázaro en su seno, y gritó: “Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas”. Pero Abrahán le contestó: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida y Lázaro a su vez males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces. Y además, entre nosotros y vosotros, se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros”. El rico insistió: “Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento”. Abrahán le dice: “Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen”. El rico contestó: “No, padre Abrahán . Pero, si un muerto va a verlos, se arrepentirán”. Abrahán le dijo: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto"."


                                       Lázaro y el rico epulón, Juan de Sevilla


            No viváis en tinieblas, para que ese día no os sorprenda como un ladrón.

                                                                                                1 Tesalonicenses 5, 4
                                                                                                                                                                Quien crea haber entendido las Escrituras sagradas,
y con esa comprensión no practica el amor de Dios
y del prójimo, no ha entendido nada de la Escritura.
                                                                                                                    
                                                                                                                 San Agustín

Todas las lecturas de hoy son un necesario jarro de agua fría para los hombres y mujeres de este siglo, que seguimos viviendo ciegos, inconscientes, dormidos. El corazón de piedra ha de ser cambiado por un corazón de carne, antes de que sea demasiado tarde.

La necesidad de escuchar la Palabra es una de las claves del Evangelio. Cómo escucharla, cómo leerla para asimilarla con todo nuestro ser y ponerla por obra... Sabiendo de Quién nos fiamos (2 Tim 1, 12) y viviendo en consecuencia. Donde pongamos nuestra confianza y nuestro corazón, estará nuestro tesoro (Mt 6, 21), nuestros bienes actuales y también los venideros. Porque ese cielo y ese infierno que retrata la parábola del hombre rico y Lázaro están ya aquí, entre nosotros y dentro de nosotros.

El salmo 145 que cantamos hoy lo dice con claridad: “Alaba, alma mía, al Señor”. Esa es nuestra misión, a eso hemos venido, a alabar a Dios, a glorificarle con nuestras vidas. Todo lo demás es esclavitud, porque, como dice la segunda lectura (1 Tim 6, 11-16), hemos de conquistar la vida eterna a la que fuimos llamados. Si sabemos que los verdaderos bienes son los de arriba y vivimos en consecuencia, guardando el mandamiento sin mancha ni reproche, veremos esa Luz, hasta ahora inaccesible.

El abismo es inmenso entre los que viven tratando de ser fieles a esta misión y los que se dejan atrapar por los bienes de este mundo, con sus placeres efímeros. Unos y otros, tantas veces dentro de uno mismo, la dualidad que nos fragmenta y nos impide Ser. ¡Ay de ellos!, dice el profeta Amós (Amós 6, 1a.4-7), como preludio de las advertencias que nos hace Jesús en el Evangelio.

En esta parábola, no hay una condena de la riqueza por sí misma; Jesús era amigo de pobres y ricos. Lo que hay es una denuncia del desamor, de la indiferencia ante el sufrimiento y las necesidades ajenas, que, veinte siglos después, sigue siendo la actitud habitual. El hombre rico aparece sin nombre, tal vez para que sepamos que puede personificar a cada uno de nosotros.

Hambre, miseria, guerras, desigualdades, injusticias, crímenes, egoísmo, pasividad generalizada… Es el extremo de egoísmo y desamor al que hemos llegado. Cómo no va a estar el planeta estremeciéndose. Hasta los ángeles deben estar espantados de lo que hacemos con el libre albedrío que se nos dio.

Y casi nadie está libre de esta actitud de indiferencia y egoísmo. Vivimos refugiados en cómodos “nidos” materiales y en esos otros nidos invisibles de seguridades, rutinas, creencias..., de separación, en definitiva. La injusticia y el sufrimiento de tantos claman al cielo, por mucho que esta sociedad de egoísmo y hedonismo quiera camuflarlo con parches inútiles para que todo siga igual. 

El abismo infranqueable es la inmensa brecha que separa (en uno mismo, en primer lugar) el hombre interior, libre, capaz de amar, y el hombre exterior o material, esclavo del mundo efímero, que solo se ama a sí mismo, ese sí mismo tan frágil e inconsistente. Aunque un hombre resucite, ¡que lo ha hecho!, el que se acomoda en ese estado exterior superficial y falso no despertará a la vida verdadera, y morirá sin haber conocido los verdaderos bienes, porque habrá malvivido ajeno a ellos.

Todo está a la vista para el que se fía de Jesús y es capaz de ver con ojos que están más allá de los sentidos físicos. Todo a la vista, dentro y fuera: el cielo, el infierno, el purgatorio, los ángeles y los demonios. Pero el que ha alcanzado esa gracia, el que “ha visto”, ha de recordar que esa revelación es una espada de doble filo, porque al que mucho se le dio, mucho se le reclamará; al que mucho se le confió, más aún se le pedirá (Lc 12, 48) . 

En cambio, el que no imagina que pueda haber nada más allá de este mundo de materia corruptible, no tiene a sus espaldas la gran responsabilidad del que ha logrado asomarse a lo Real y sabe hacia dónde debe apuntar para dar en el centro de la diana. No en vano, uno de los significados etimológicos de la palabra pecado en griego y en arameo es errar la puntería. 

El libro Imitación de Cristo (según casi todos los indicios obra inspirada de Kempis) es implacable cuando aborda el tema de la muerte: “Cuanto más te perdonas ahora a ti mismo y sigues a la carne, tanto más gravemente serás después atormentado, pues guardarás mayor materia para quemarte.” Porque lo que se quema es la carne, es decir, el hombre viejo, el hombre exterior Quemémosle ya, para que viva ahora el hombre interior, el hombre nuevo, nacido de lo alto, capaz de ser y de hacer, capaz de amar. 

   Tendamos puentes entre los niveles inferior y superior, mortal e inmortal, que llevamos dentro, para que en todo y todos los que nos rodean desaparezca también ese abismo infranqueable que la indiferencia y el egoísmo pueden hacer eterno. El amor es la argamasa necesaria para construir ese puente, el amor consciente de aquellos que logran despertar y viven velando. 

Es la tibieza, que Cristo rechaza con tremenda radicalidad (Ap. 3, 16), la que nos impide sentir verdadero amor unos por otros, porque nos mantiene adormecidos en ese falso e inestable bienestar egoísta. La tibieza, que nos hace pasar de largo ante la necesidad ajena, escudándonos en que tenemos algo “importante” que hacer, y solo seguimos engordando el ego y enflaqueciendo el espíritu. Nos están poniendo ante un espejo implacable. ¡Ay de…!, dice el profeta Amós; ¡Ay de…! dice Jesús. Son lamentos y advertencias e implacables porque la Palabra de Dios no es moderada, sino clara y directa, siempre eficaz y verdadera.

No podemos pasar por alto las advertencias de las Sagradas Escrituras. Todo es amor, por supuesto, todo es gracia, sí, todo, don gratuito de Dios; pero estamos tan anestesiados, tan llenos de egoísmo, hipocresía, hedonismo y mezquindad, que es urgente despertar, pues ya estamos cayendo al abismo, individual y colectivamente. Esa es la esencia de los mensajes proféticos. El primer y más importante mensaje profético es el propio Evangelio; la parábola de hoy es un ejemplo claro. Y otros muchos pasajes como la parábola del banquete de bodas (Mt 22, 1-14) o el Apocalipsis.

Solemos evitar pensar en todo lo que desagrada o amenaza al ego: el sufrimiento ajeno y también la posibilidad de sufrir uno mismo. Por eso negamos la muerte, no de una forma racional, pues la mente sabe que existe; pero no es lo mismo saber con la mente, tan mecánica y tramposa, que conocer, ser consciente con todo nuestro ser, saber que se sabe. Piensa la muerte nos dice Tomas Moro. ¿Quién la piensa? Pocos, y en realidad, todos estamos muriendo desde que nacemos.

En la película Canción de Navidad de David Hugh Jones (1999), buena adaptación de la obra de Dickens, hay una escena estremecedora. Es aquella en que el Espíritu de las Navidades Presentes muestra a Ebenezer Scrooge (alter ego de tantos en su mezquindad, ojalá lo sea también en su providencial transformación) los dos niños alegóricos que esconde tras su túnica: la Ignorancia y la Indigencia.

Ahora es el tiempo favorable; ahora es el día de la salvación (2 Cor, 6, 2). Debemos asimilar con todo nuestro ser, no solo con la mente mecánica y superficial, que vamos a morir. Y también que la vida eterna comienza aquí, ahora, mientras escribo estas palabras, mientras las lees. www.diasdegracia.blogspot.com


161 Diálogos Divinos, "Purgatorio y sufragios en Divina Voluntad"