En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: “Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no lleve su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío. Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: “Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar”. ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz. Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío.”
El sermón del monte, Carl Heinrich Bloch
Fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús, quien, en lugar del gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia.
Hebreos 12, 2
El abandono consiste en librarse de las propias particularidades personales con la finalidad de crear en sí el espacio para la presencia y la acción de Dios.
Edith Stein
La primera lectura de hoy (Sab 9, 13-18) nos introduce en lo que nos va a mostrar de forma contundente el Evangelio, al mencionar lo que lastra el alma. Va haciendo un desglose de las limitaciones humanas: pensamientos mezquinos, razonamientos falibles, cuerpo mortal, ignorancia... Iniciar el camino de la Sabiduría exige conectar con esa parte de nosotros llamada a perdurar. Solo el Espíritu de la Verdad, que Jesús da a los que se lo piden (Lc 11,13), puede ayudarnos a realizar esa “conexión” y permanecer en el nivel de conciencia que permite superar la falacia de los pares de opuestos, el mundo ilusorio de la dualidad.
Como nos recuerda el Salmo 89, Dios es nuestro refugio desde siempre. Por eso hay que desapegarse de lo transitorio, conscientes de que nuestros más elevados bienes nos vienen de lo alto y que si ponemos el corazón en lo material, siempre efímero, lo perdemos todo.
La segunda lectura (Flm 9b-10.12-17) vuelve a hablar de los lazos espirituales, infinitamente superiores a los carnales. Porque la libertad a la que nos guía la Sabiduría fortalece la fraternidad; escuchar a Cristo y cumplir la voluntad del Padre es conectar con la verdadera familia (Lc 8, 21). Ese nivel de ser nos dará las herramientas y materiales necesarios para acabar la construcción de la torre, y el ejército necesario para detener a cualquier oponente.
Los cristianos aceptamos de buen grado las limitaciones de la condición humana, con la esperanza de que serán trascendidas, porque Jesús ha venido a ensalzar todo lo que estaba caído. La opción de Cristo, el seguimiento consciente y libre, nos otorga ya, aquí y ahora, la vida eterna, plena y gloriosa. Hacer de Él nuestra referencia, ese es el Camino. Quien mantiene sus ojos fijos en Él no pierde nada, porque la perspectiva se amplía hasta lo infinito, y todo se va transfigurando, iluminado por la luz de Jesucristo.
Estamos de nuevo ante el “camino del no soy” que tantas veces hemos contemplado: de la riqueza a la pobreza; del orgullo a la humildad; de la idolatría de los bienes del mundo, a la desposesión que hace posible la entrega total.
Hoy se mencionan los lazos familiares, los apegos humanos, tal vez los más difíciles de soltar. La clave de que no hay que abandonar literalmente a los seres queridos está en las palabras “incluso a sí mismo”. Lo que se nos pide es renunciar a lo que hay de egoísmo, de posesividad en esos afectos. Renuncio a mí mismo, pero soy yo quien sigue a Cristo. Renuncio a padre y madre, hermanos, amigos, sin abandonarles. Amándoles y sirviéndoles de un modo no exclusivo, codicioso o dependiente, es como sigo al Maestro, que nos enseña a ser libres para amar de verdad, sin la cizaña del apego y el egoísmo. Renuncio al ego y al ap-ego para aprender a ser el “yo” que Él quiere que sea, el que el Padre concibió antes incluso de que mi madre me soñara, antes aún de que ella naciera (Is 49, 1). Renuncio al ego que este mundo, con sus condicionamientos, expectativas y prejuicios, ha ido alimentando, para ser quien Jesucristo recreó en el Árbol de la Vida que es la Cruz.
Corremos el riesgo de ser tan optimistas y sentirnos tan seguros de nosotros mismos que no calculemos los gastos a la hora de construir "la torre", la obra que es nuestra vida. Es esencial reconocer la propia nulidad, mantener una constante atención para ser consciente de las propias limitaciones. El que no realiza esta ardua tarea no se entregará con absoluta confianza al Maestro. Porque en eso consiste renunciar a todo, incluso a sí mismo, por Él: en darse por entero. Y para darse, hay que tenerse. No puedo dar lo que no tengo; he de ser dueño de mí mismo para poder darme.
En ese proceso que me permite ser dueño de mí para darme, es donde debo calcular los gastos con objetividad y rigor. Entonces ya no seré una marioneta en manos de las circunstancias, los pensamientos y emociones terrenales que desglosa la primera lectura, tan diferentes de la lúcida conciencia de mi propia limitación.
La verdadera traducción no es “posponer” (Lc 14, 26), sino “odiar”, de miseô. Es el mismo verbo que se usa en Mc 13, 13; Mt 24, 9s; 10, 22; Lc 21, 17; 6, 2, cuando se dice que seremos “odiosos” a causa de Jesús. No se nos pide que odiemos a nuestros seres queridos, claro, sino que rechacemos en nuestro amor por ellos lo humano separado de lo divino. Se trata de escoger lo real, lo eterno, lo creado y amado por Dios antes de que la voluntad humana se separara de la Divina y quisiera ser Dios sin Dios. Volver al Plan Original nos hará recuperar lo que hemos dejado, pero transfigurado y enaltecido. Es lo que canta un himno de la liturgia de las horas: "la pura eternidad de cuanto amo", que inserto abajo.
El jueves celebraremos la Natividad de la Virgen María.Ella es modelo de renuncia, pues para decir sí a la increíble propuesta que Dios le hacía, no solo tuvo que renunciar a la lógica y a la seguridad, sino también a los sueños y proyectos de cualquier adolescente de la Galilea de entonces: entregarse a su marido, dar a luz varios hijos, criarlos a todos, verlos crecer y hacerse adultos felices y respetados, confiar en que fueran su apoyo en la vejez... Ella es modelo y maestra para todos, porque Jesús no está hablando solo para los apóstoles, ni siquiera para los discípulos más cercanos, sino a la "mucha gente que lo acompañaba", esto es, nos lo está diciendo a todos. La renuncia radical a los apegos y cargar con la propia cruz para seguirle son una consigna universal.
Abraham estaba dispuesto a matar a su único hijo, Isaac, tan querido, para cumplir la voluntad de Dios. Todos tenemos un “Isaac” en nuestras vidas, una persona, un proyecto, una forma de vida, un anhelo, alguien o algo cuya pérdida nos rompería el corazón. Pero solo un corazón roto, o dispuesto a ser destrozado por amor, puede ser un corazón verdadero, ya no de piedra, ni cerrado o protegido para evitar el sufrimiento, sino de carne, abierto y disponible para amar.
Tras el temor opaco de las lágrimas, no estoy yo solo. Tras el profundo velo de mi sangre, no estoy yo solo.
Tras la primera música del día, no estoy yo solo. Tras la postrera luz de las montañas, no estoy yo solo.
Tras el estéril gozo de las horas, no estoy yo solo. Tras el augurio helado del espejo, no estoy yo solo.
No estoy yo solo; me acompaña, en vela, la pura eternidad de cuanto amo. Vivimos junto a Dios eternamente.
En una ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre vertió Pilatos con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les contestó: “¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no. Y si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.” Y les dijo esta parábola: “Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: “Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?”. Pero el viñador contestó: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas.”
Caminad mientras tenéis luz, para que no os os sorprendan las tinieblas,pues el que camina en tinieblas no sabe por dónde va.
Mientras hay luz, creed en la luz, para ser hijos de la luz.
Juan 12, 35-36
Tres años sin dar fruto. El tres es número de la totalidad; es decir, la higuera no da fruto en absoluto, y aun así, el viñador pide un año más. Lo normal, pobres higueras maltrechas y estériles, es que fuéramos taladas; las leyes naturales son implacables, lo saben los científicos. Pero he aquí que el amor de Dios, expresado en Su Hijo, supera toda ley, toda ciencia, toda lógica. Es un amor infinitamente paciente y misericordioso.
Para un Dios que es misericordia y perdón, no hay plazos ni amenazas. La buena nueva que inaugura Cristo transforma el Dios Juez en Dios Padre, y un padre tiene paciencia con sus hijos. Con este Padre no hacen falta regateos ni compensaciones, porque "olvida nuestro olvido" de forma absoluta, como es Él, ante un corazón contrito y humillado (Sal 51, 19). Es la entrega y la humildad, confiarnos a Su cuidado, reconociendo nuestra propio desvalimiento, lo que nos concede el año de gracia.
Hay una justicia divina que está por encima de los juicios y consideraciones humanos. La justicia exterior, de premios, castigos y justificaciones, es propia de hipócritas, si no va unida a la justicia interior, libre y compasiva. Dice San Pedro: Sobre todo, tened entre vosotros un ferviente amor, porque el amor cubre una multitud de pecados (1 Pe, 4, 8).
En Jesucristo la paciencia es conmovedora, es decir, mueve a, motiva, despierta, desencadena, en el más profundo sentido de la palabra: libera de la esclavitud a la que nosotros mismos nos sometemos, pues el Egipto opresor está dentro de nosotros, y la tierra prometida que mana leche y miel, también (Ex 3, 17).
El amor de Jesucristo vence no solo a la dictadura de la ley, sino incluso a la lógica y al sentido común. La evidencia es que no hay fruto, y el árbol que no da fruto debe ser talado, pero Él pide una "prórroga" y se compromete a cuidarlo aún más, abonándolo y cavando alrededor.Él trabaja en el árbol, en la higuera que somos, porque aunque durmamos o nos olvidemos, Él no nos olvida (Is 49,15). Cuando nos abandonamos a Él con humildad y confianza, Cristo, que es Palabra Viviente, nos va transformando.
¿Qué tenemos que cambiar en nuestro interior para que los cuidados que el Viñador nos prodiga sean fructíferos? ¿Cuántas oportunidades, cuántos años de paciente espera nos serán concedidos? El Amor no mide ni cuenta. Si hemos escogido permanecer unidos a Jesucristo, tarde o temprano, daremos fruto. Él mismo se ha hecho fruto para darse por nosotros y sigue cuidándonos, abonándonos, cavando alrededor, confiando en que un día dejaremos de ser estériles, cuando recordemos que somos sarmientos que unidos a la Vid nos alimentamos de su misma savia, y separados de ella nos secamos y morimos (Jn 15, 6-8).
Solo podemos responder con amor y disponibilidad a tanto amor y dedicación. Ya no vivimos pendientes del premio o del castigo, porque cuando se ama no se comercia ni se trafica ni se regatea, todo es un derramarse gratuito.Ya estamos reconciliados con Dios, que no es un juez implacable; Jesucristo nos unió a Él en calidad de hijos. Queda reconciliarnos con nosotros mismos, entre nosotros, y cada uno consigo mismo. Ahí radica, nunca mejor dicho, la raíz que hace estéril; en esa división interior que se refleja en el exterior. Quien, a pesar de las incansables llamadas al amor, sigue oprimido por su faraón interior, el egoísmo, está siendo gobernado por la muerte y sus secuaces, y morirá sin haber dado fruto. Porque vivir para el ego y sus miserables parcelitas de seguridad y comodidades es morir (Mc 8, 35).
Y es que en el Evangelio de Lucas hay una paradoja aparente. Si el Viñador es infinitamente misericordioso y paciente, ¿por qué Jesús, antes de relatar la parábola, dice que si no nos convertimos moriremos? Porque estamos dotados de libre albedrío y por mucho que Él haga por favorecer el cambio en nosotros, hace falta que lo aceptemos. Un gesto de aceptación, apenas media vuelta, lo que permite dejar de mirar paisajes estériles, para mirarle a Él, la fuente de la Vida. Conversión, en griego metanoia, significa volverse, darse la vuelta. Es un movimiento interior de transformación de mente y corazón, que cambia los significados y el sentido de la vida.
Como decía el blog hermano hace días, una de mis palabras favoritas en castellano es todavía, por su connotación de esperanza, cuando tiendes a ver el vaso medio lleno y no medio vacío. Todavía estamos a tiempo, aún podemos dar fruto. Caminemos, trabajemos, demos fruto mientras hay luz (Jn 12, 35).
El Dios Padre que vemos en Jesús no es un contable ni un chantajista; la conversión es una necesidad, porque Él puede hacer todo por nosotros, ya lo ha hecho, a excepción de una cosa: no puede escoger por nosotros.Cuando Jesús alerta: si no os convertís, todos pereceréis,no está amenazando, sino aludiendo a ese cambio necesario de mente, corazón y actitud, el movimiento interior imprescindible que permite la muerte del ego. Es morir a lo falso, para volver a nacer de agua y de Espíritu (Jn 3, 5). Solo se puede experimentar la conversión cuando se está dispuesto a dar ese paso decisivo, cuando uno se atreve, en lo más recóndito de su ser a rechazar para siempre lo que sobra en su vida, para recrearla en la dimensión de los hijos de Dios.
OLVIDO
No se comienza por aprender,
sino por recordar.
IsmailHakki
Cómo anhelas la Luz,
pez boqueando,
a punto de morir
fuera del agua.
La Luz es tu placenta,
el medio necesario,
cálida vaina
que te protege
de tus penumbras,
de la sombra que eres
cuando olvidas tu herencia
y tu destino.
O cuando, separado
racimo de la vid,
te vas secando, exánime,
y antes de ser nada,
te miras en la nada
y no ves nada.
METANOIA
Jesús le dice: "María". Ella se vuelve y le dice“¡Rabboni!”, que significa “¡Maestro!”
Juan 20, 16
No sé de cuántas formas
habré escrito mi nombre...,
y todas ilegibles,
incomprensibles todas,
falsificaciones
de un original
más sencillo y fiel,
más claro y esencial.
Solo él me nombra
y me hace libre
si al oírlo me vuelvo,
reconozco Su voz,
recupero mi voz
y Le respondo.
La misericordia de Dios, es el amor que obra con dulzura y plenitud de gracia, con compasión superabundante. La mirada dulce de la piedad y del amor jamás se aparta de nosotros; la misericordia nunca se acaba. He visto lo que es propio de la misericordia y he visto lo que es propio de la gracia: son dos maneras de actuar de un solo amor. La misericordia es un atributo de la compasión, y proviene de la ternura maternal; la gracia es un atributo de gloria, y proviene del poder real del Señor en el mismo amor. La misericordia actúa para protegernos, sostenernos, vivificarnos, y curarnos: en todo esto es ternura de amor. La gracia obra para elevar y recompensar, infinitamente más allá de lo que merecen nuestro deseo y nuestro trabajo.
Juliana de Norwich
Antonio Machado esperaba que un milagro de la primavera hiciera revivir su corazón, marchito de tristeza, cansancio y ausencias, para seguir caminando hacia la Luz y hacia la Vida. Confiamos en Jesucristo, nuestro Viñador paciente, eterna Primavera esplendorosa para el que cree en Él, y acepta el milagro discreto y decisivo de Su Presencia en cada corazón.
En aquel tiempo, dijo Jesús a los discípulos una parábola: «¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo sobre su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Hermano, déjame que te saque la mota del ojo”, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano. Pues no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos. El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca».
La higuera estéril, James Tissot
El tronco corrompido por el pecado que soy yo recibirá por el Nombre de Jesús savia y vigor. Por Él, reverdecerá mi humanidad y dará frutos a la gloria de Dios. El espíritu de mi voluntad, que ahora está en la humanidad de Cristo, y que vive por su Espíritu, dará por Su virtud savia a la rama desecada, para que el último día, a la invocación de las trompetas celestes que son la voz de Cristo y la mía propia en Él, resucite y reverdezca en el Paraíso.
Jacob Boëhme
No es por ser menos pecadores por lo que os salvamos, sino por permanecer unidos a Cristo. Los tibios no son para el Reino, como recuerda contundente el Apocalipsis (Ap. 3, 16). Por eso, vale más un gran pecador que se convierte, que un pecador mediocre que sigue enredado en su cobarde, baldía mediocridad.
Es la entrega total la que hace posible la Unión. En la lógica del Reino, no se pierde lo que se da, al contrario, todo lo que se entrega, se recibe. Se entrega uno mismo, y se recibe al Sí mismo, se renuncia a la identidad y se encuentra la Esencia, se pierde la vida y se gana la Vida.
El Evangelio de hoy nos invita a la sinceridad y la transparencia, para liberarnos de la hipocresía que impide ver- Se trata de escoger si queremos vivir para lo ilusorio y efímero, o para lo esencial, lo verdadero. No queremos ver nuestras miserias, mientras juzgamos las de los demás.
Por eso no damos buen fruto, no nos damos, porque estamos casi siempre dormidos, alienados, a merced de la inercia y las vanidades. Nos encadenamos a lo material, lo transitorio, y perdemos de vista lo que vale de veras, lo eterno. Buscamos necesidades absurdas y quienes nos las satisfagan desde fuera. Traicionamos nuestra misión y nuestra verdad interior, y luego nos engañamos a nosotros mismos para poder soportar esa traición que nos condena.
Es una elección continua; cada día, cada hora, cada instante hemos de optar entre vivir despiertos o dormidos, entre la luz y las tinieblas, la verdad o la mentira, vivir para lo Real o para lo falso, ser estériles o dar fruto.
El próximo miércoles, Miércoles de Ceniza comienza la Cuaresma, tiempo de conversión. Convertirse es mirar de otra forma, con ojos misericordiosos. Nosotros, ciegos guiados por ciegos, miramos con el egoísmo de nuestras seguridades, comodidades, parcelitas de control; Jesús mira rebosando amor, con un corazón palpitante, que no se cansa de derramar dones, gracias y bendiciones. El que solo se preocupa por controlar y asegurar “sus” cosas, “sus” costumbres, “sus” inercias, “sus” apegos vive en tinieblas.
La mejor conversión es dejar que la misericordia nos impregne hasta ser capaces de mirar y ver, de discernir el camino y a Aquel que nos guía. de amar como Jesucristo ama. Cada día su propio afán, siempre el mismo: ser o no ser, saberse y vivirse en Él, o seguir durmiendo hasta que Su voz nos despierte.
Permanecer, menein, mutua inmanencia, una de las palabras que más aparece en el Evangelio de San Juan. Permanecer en Cristo, indisolublemente unidos a Él nos hace ver que sin Él somos nada y con Él podemos ser Todo. Con Él como guía, seremos fértiles, capaces de dar buen fruto, cumplirnos, entregarnos, con un amor que está a salvo del desgaste y la entropía. Un amor que crece y se expande sin cesar, continuamente revitalizado, siempre el mismo y siempre nuevo.
En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: “Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir”. Les preguntó: “¿Qué queréis que haga por vosotros?” Contestaron: “Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda”. Jesús replicó: “No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?” Contestaron: “Lo somos”. Jesús les dijo: “El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado”. Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan”. Jesús, reuniéndolos, les dijo: “Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos”.
Jesús crucificado, Velázquez
Necesito vivir olvidada, desconocida, despreciada, lo más cerca posible de Su vida santísima.
Como Cristo, mansos, obedientes, humildes y llenos de caridad verdadera.
Santa Madre Maravillas
¿De qué hablas, te preocupas, te interesas, mientras vas de camino? ¿Qué esperas de la vida?, ¿qué pides a Dios cuando rezas, si rezas? Como Santiago y Juan en el Evangelio de hoy, tal vez anhelas ser el mejor puesto, destacar, ser reconocido por el mundo, triunfar… O acaso te conformas con defenderte, asegurar lo que crees ser o crees tener, conservar lo que será para el polvo y para el viento: posición social, familia, bienes materiales, prestigio, belleza, juventud…
No nos damos cuenta de que nuestra vida será, ya es, juzgada por Su Palabra, como leemos en el discurso de la Última Cena. Pero Su Palabra no es solo el Evangelio, la Palabra es Jesucristo, el Verbo eterno. Puedes no conocer el Evangelio, o no acordarte, o haber olvidado casi todo, pero si vives en Su voluntad, que es Él mismo, serás juzgado como merecedor del Reino y no te importará el puesto que se te asigne.
La primera Lectura de hoy (Is 53, 10-11), parte del Canto del Siervo de Yahvéhy el Salmo 32, escritos muchos años antes de los Evangelios, nos prometen ya el triunfo que espera a los que entregan su vida, confían y ponen su confianza en el Señor, nuestro auxilio y escudo, nuestra justificación y recompensa.
Hay momentos en la vida en que nos vemos obligados a replantearnos todo. Benditos momentos de encuentro con la Verdad, en los que algunos se quiebran porque han dado casi todo el peso a la mentira, a un personaje ficticio forjado durante años, que acaban creyéndose. Cuando este revela su falsedad, no les queda nada, no saben siquiera quiénes son o cuál es el sentido de su existencia.
Detente ahora, mírate sin excusas ni distracciones. ¿Quién ha vivido en tu lugar todo este tiempo? Si no te reconoces en lo que muestra el espejo (no el de cristal, sino el espejo que es la mirada de los demás y tu propia conciencia), mírate en la Cruz, el verdadero espejo, la vida que Él vivió por nosotros. Mientras no te reconozcas en el Crucificado, todo seguirá siendo falso, inestable, precario.
No desperdicies la vida girando en torno a los conflictos o ambiciones de tu pequeño yo; pon la atención en Jesucristo. Entenderás que el verdadero triunfo pasa por la mayor de las entregas.
Con Jesús, todo se recapitula: los tiempos, las categorías, los órdenes, todo vuelve a Él; la justicia y la paz se besan. Juan Bautista, el mayor de los nacidos de mujer y el último del reino, es en Cristo la voz, y eso le basta; su renuncia a ser él mismo, le permite ser en el Sí Mismo. Como a Dimas, reconocer al Señor le valió el Reino, salió del pecado y entró en la santidad en un instante.
Fuimos bautizados con agua y Espíritu Santo, renacimos a una vida nueva; la Sangre y el Agua que brotaron del costado de Jesús lo hicieron posible. Recordemos el Bautismo cada día y bebamos el cáliz en los sacrificios cotidianos, aparentemente pequeños, y también en los dramas y grandes sufrimientos que a todos nos acaban llegando. Quien es consecuente con el Bautismo recibido y bebe el cáliz de Cristo sabe que los sacrificios y sufrimientos tienen sentido y ya no puede identificarse con lo falso, porque por Jesucristo todo es consumido y consumado en la Verdad.
El único fracaso, el único error es rechazar ese cáliz redentor y ese bautismo que recibimos, del que aún no somos siempre conscientes. El triunfo es pronunciar un sí definitivo, sacrificar definitivamente la voluntad humana, para que el Señor valide todo con Su sello de vida divina. Entonces, ya no hay que luchar, defenderse, o destacar frente a los demás y podemos unirnos al Maestro sirviendo como Él y dando la vida en rescate por muchos.
Es hora de vivir en Cristo, descansando en Él, contemplando la plenitud de Su Obra dentro y fuera de cada uno y participar en esa Obra que crea, redime y santifica a la vez, en el Acto Único, atemporal e infinito, vida nuestra.
Diálogos divinos 15. El valor del sufrimiento
Las tres clases de humildad: La primera clase de humildad es necesaria para la salvación eterna. Consiste en abajarme y humillarme tanto cuanto me sea posible para que obedezca en todo la Ley de Dios nuestro Señor. De manera que, aunque hicieran de mí el amo de todas las cosas creadas en este mundo o bien si en ello estuviera en juego mi propia vida temporal, nunca planearía transgredir un mandamiento, tanto divino como humano...
La segunda clase de humildad es una humildad más perfecta que la primera. Consiste en esto: me encuentro en un punto tal que no quiero ni me inclino más a la riqueza que a la pobreza, a querer antes honor que deshonor, a desear larga vida que vida corta, siendo ello igual para el servicio de Dios nuestro Señor y la salvación de mi alma...
La tercera clase de humildad es la más perfecta humildad: es cuando, incluidas la primera y la segunda, siendo igualmente alabanza y la gloria de su divina majestad, para imitar a Cristo nuestro Señor y asemejarme a él de manera más eficaz, quiero y escojo la pobreza con Cristo pobre antes que la riqueza, los oprobios con Cristo cubierto de oprobios antes que los honores; y que deseo más ser tenido por insensato y loco por Cristo, él que fue el primero en ser tenido por tal, antes que «sabio y prudente» en el mundo (Mt 11,25).
En aquel tiempo, Jesús se dirigió a su ciudad y lo seguían sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: “¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?”. Y se escandalizaban a cuenta de él. Les decía: “No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa”. No pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.
Yo he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado.
Juan 6, 38
Asumiendo el desprecio de sus paisanos, Jesús nos enseña una de las lecciones más importantes de cuantas hemos venido a aprender: la humildad que nos hace considerar la voluntad de Dios como el eje de nuestras vidas. Es la base de la fe, que permite reconocer en Jesús, el hijo de María, al Hijo de Dios, de lo que no fueron capaces sus conciudadanos.
Recordar lo que se profetizaba sobre Cristo: “Soy un gusano, no un hombre” (Salmo 21, 7) nos ayuda a entender por qué se abajó hasta el punto de ser despreciado por los más cercanos. No era Él quien necesitaba pasar por esa prueba, sino nosotros, para encontrarlo en lo pequeño, lo escondido, lo interior, lo que no se ve con los ojos, sino, como decía el Principito, con el corazón.
Los verdaderos discípulos no tienen ínfulas ni pretensiones; conocen su miseria y saben que sin Cristo no son nada. Es el camino descendente, del que hablamos a menudo por aquí, o el caminito pequeño de Santa Teresita, la infancia espiritual. Cuanto más pequeños nos sentimos, más grandes nos hace Dios, porque lo espiritual es infinitamente superior a lo visible. www.diasdegracia.blogspot.com
Parece que no hacen nada, se dice de los que viven en la Divina Voluntad. La vida interior de Cristo supera con creces lo que nos transmiten los Evangelios; y Su Pasión fue, es, infinitamente más que unas horas de tortura, escarnio y agonía en la Cruz.
Como sus contemporáneos, podemos elegir entre despreciar a Jesús o aceptarle como el único Maestro e imitar Su actitud. Seguirle es aprender Su misma sabiduría; conocerle es conocer al Padre y poder comportarnos “de una manera digna del Señor, procurando serle gratos en todo, dando frutos de toda obra buena y creciendo en el conocimiento de Dios” (Colosenses 1, 9-10).
Conviene recordar que, tanto en la lengua hebrea como en la aramea, no existe un término particular para expresar la palabra primo y que los términos hermano y hermana tenían un significado muy amplio, que abarcaba varios grados de parentesco.
Puede chocar que, si estamos hablando de Jesús y creemos que es el Hijo de Dios omnipotente, se diga: no pudo hacer allí ningún milagro. Santo Tomás de Aquino nos explica que ese “no poder” no debe relacionarse con el poder absoluto, sino con lo que es posible hacer de una manera congruente; y no es oportuno hacer milagros entre incrédulos. No cuestiona, por tanto, la omnipotencia de Dios.
Para mostrar que Jesús procede del Padre y que es igual a Él, y fomentar la fe, a veces hacía los milagros con su poder, y otras veces escogía hacerlos mediante la oración. En la multiplicación de los panes, por ejemplo, mira al cielo; y en otras ocasiones, obra con su poder, como cuando perdonó los pecados, o resucitó a los muertos.
Algunos creyeron en Él, otros Le despreciaron… ¿Cómo no creer, si todo está a la vista para el que sabe mirar? Ciegos y necios seríamos como los de Emaús, si no viéramos las maravillas que Dios hace en nosotros cada día. Sorprende la falta de fe de los paisanos de Jesús, que “miran sin ver y escuchan sin oír ni entender” (Mateo 13, 13).
No creían a Jesús ni a Isaías ni a Ezequiel ni más adelante a Pablo…, ni ahora a nosotros cuando damos testimonio de Él… No ha de importarnos si nos hacen caso o no, como dicen la primera y segunda lectura. Nos basta su gracia, pues todo está en Él, lo demás lo dejamos en Sus manos. La felicidad es mirarle a Él, saber que colma todas nuestras expectativas. Mirarle con esperanza, como dice el Salmo 122, para que Su misericordia nos consuele de tanto desprecio e ingratitud.
Para nosotros el Evangelio de hoy es una advertencia: quienes piensan conocer a Jesús, le cuestionan y se alejan; no creen en Él porque en realidad no Le conocen. Hasta los discípulos aparentemente fieles y convencidos dudaron cuando les dijo que Su Cuerpo es verdadera comida y Su sangre verdadera bebida. Y los apóstoles, sus íntimos, a excepción de Juan, le abandonaron en la hora de la Pasión, escandalizados y asustados, cuando Jesús se dejó conducir sin resistencia por sus enemigos (Lucas 14:27-29). No tenían una fe sólida, no Le conocían...
Todos los profetas se habían topado con el rechazo y el desprecio de sus conciudadanos. Los enviados de Dios encuentran, sobre todo en su patria, la oposición y el repudio. Jeremías se quejaba de este repudio, prefigurando al manso Cordero, que sería Jesús (Jeremías 11, 18-23). Las palabras que hoy dirige a sus paisanos: “A un profeta sólo lo desprecian en su tierra”; y la escena que hoy contemplamos, nos la transmite Mateo de una forma casi idéntica (Mateo 13, 54-58) y, con mucho más detalle, Lucas (Lucas 4, 16-30).
Los tres sinópticos coinciden, por tanto, en subrayar con este suceso la amargura de la incomprensión y el rechazo a Jesús, que Juan expresará de muchas formas, ya desde el inicio de su Evangelio (“vino a su casa, y los suyos no lo recibieron”), en sus cartas, y de forma misteriosa en el Apocalipsis. Juan nos transmite, con una belleza que está más allá de las palabras, a ritmo del Latido Sagrado, que bien conoce el discípulo amado, esa danza que hemos de aprender para sortear las sombras, las tinieblas, las dudas y la confusión, hasta que la llama de la fe crezca y llene todo, ilumine nuestro ojo, nuestro corazón, nuestra vida, hasta la eternidad.
Laudate Dominum, Mozart, Barbara Hendricks
AMOR PERFECTO
El colmo del Amor, amor hasta el extremo: amar al que te odia, al que te ataca, al que mira indiferente cómo sangra la herida que su envidia infligió en tu piel inocente o en tu confianza.
Amar al que traiciona, al que ignora tu voz implorando su ayuda. Amor sin medida ni condición.