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14 de marzo de 2026

Creo, Señor

 

Evangelio según San Juan 9, 1-41 

En aquel tiempo, al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento. Y sus discípulos le preguntaron: “Maestro, ¿quién pecó: este o sus padres, para que naciera ciego?”. Jesús contestó: “Ni este pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día tengo que hacer las obras del que me ha enviado: viene la noche y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo”. Dicho esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: “Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)”. Él fue, se lavó y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: “¿No es ese el que se sentaba a pedir?” Unos decían: “El mismo”. Otros decían: “No es él, pero se le parece”. El respondía: “Soy yo”. Y le preguntaban: “¿Y cómo se te han abierto los ojos?” Él contestó: “Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé y empecé a ver”. Le preguntaron: “¿Dónde está él?”. Contestó: “No lo sé”.
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. El les contestó: “Me puso barro en los ojos, me lavé y veo”. Algunos de los fariseos comentaban: “Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado”. Otros replicaban: “¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?” Y estaban divididos. Volvieron a preguntarle al ciego: “Y tú ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?” El contestó: “Que es un profeta”. Pero los judíos no se creyeron que aquel había sido ciego y que había comenzado a ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: “¿Es este vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?” Sus padres contestaron: “Sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora, no lo sabemos nosotros, y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse”. Sus padres respondieron así porque tenían miedo a los judíos: porque los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías. Por eso sus padres dijeron: “Ya es mayor, preguntádselo a él”.
Llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: “Confiésalo ante Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador”. Contestó él: “Si es un pecador, no lo sé; solo sé que yo era ciego y ahora veo”. Le preguntaron de nuevo: “¿Qué te hizo, cómo te abrió los ojos?” Les contestó: “Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso: ¿para qué queréis oírlo otra vez?, ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos?” Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron: “Discípulo de ese lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ese no sabemos de dónde viene”. Replicó él: “Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es religioso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder”. Le replicaron: “Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?” Y lo expulsaron.
Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: “¿Crees tú en el Hijo del Hombre?” El contestó: “¿Y quién es, Señor, para que crea en él?” Jesús le dijo: “Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es”. Él dijo: “Creo, Señor”. Y se postró ante él. Dijo Jesús: “Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos”.
Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron: “¿También nosotros estamos ciegos?” Jesús les contestó: “Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís que veis, vuestro pecado persiste”.

                      Jesús cura al ciego de nacimiento, El Greco

El que por gracia ha encontrado este sentido divino,
se puede decir que ha encontrado a Dios.
Este hombre vive otra vida distinta.
Se alegra en Dios, y sus ojos ven la luz espiritual.

San Calixto el Patriarca

Como alguien puesto para alabar
surgió como quien surge del silencio de la piedra.
                                                  
                   Rilke

EL DIJO “TÚ”, Y DESCUBRÍ QUIÉN SOY YO

Dicen que volví a nacer cuando me devolvió la vista.

En realidad, renací un poco después, cuando Jesús me encontró de nuevo y me reveló Quién era.
Fue al reconocerle con los ojos del corazón cuando renací, y entonces me postré para adorarle.
Yo hasta entonces, no era nadie.

Hijo del olvido, de un pecado muy grave perdido en la memoria del tiempo.
No mío, ni de mis padres, ni de los suyos, ni de…
O de todos, y me tocó asumirlo.
Lo cogí para mí como quien coge el asiento más incómodo en un banquete.
Ciego nací, creo o creía, por esa grave falta, que mordaces me achacaban esos hombres henchidos de soberbia, importunando a mis padres, ancianos ya, cansados de penar por su hijo ciego.
¿Es que ellos ven?
¿Acaso ven los inflexibles fariseos, que ni se quieren dar cuenta de que veo?
Porque yo veo, ya sí, ahora soy un hombre de verdad, que mira y ve y habla y argumenta y se niega a encarcelarse de nuevo entre los muros de la limitación o la carencia.
Veo, hablo, manifiesto lo que veo.
Soy yo, el hombre que él quiere que sea, el que suelta todo cuanto me ha tenido con los ojos cerrados de la inercia.
Soy yo, y ahora veo.
Se me abrieron los ojos como se abre una flor cuando llega su momento.
Mi momento fue un hombre que se llama Jesús, un profeta y mucho más.
Es el Hijo del hombre, el Mesías, tanto tiempo esperado.
Viéndole veo a Dios porque lo miro con la vista interior, la verdadera, la que Él logró abrir cuando me puso saliva y barro, tierra y Palabra, eternidad sembrada en un cuerpo mortal.
Cómo no postrarme ante Él para adorarle, si además de curarme me hizo nuevo, capaz de ver lo que muy pocos ven.
Jesús de Nazaret, Hijo del Padre, maestro y terapeuta, Dios y hombre, Luz del mundo que abre ojos y abre corazones, pues son los corazones los que ven lo importante, lo eterno, lo Real. 

                                                              ***

Otro ciego, Bartimeo, ya cantó por aquí las maravillas que el Señor hizo en él. Otro ciego..., como el ciego de nacimiento, otro ciego, o el mismo ciego, otro ciego, otra ciega... Escuchemos a Bartimeo, que soy yo, y tal vez también seas tú, todos tan ciegos, todos tan llenos de la Luz de Cristo si queremos...


BARTIMEO

Al borde del camino lo invoqué,
que acercara su llama a mi tiniebla,
que abrasara mis párpados pegados
y amanecieran sus ojos en los míos,
ciegos desde hace siglos, noche eterna.

Cómo no iba a saltar, soltarlo todo,
ir hacia aquel que, con solo llamarme,
me estaba liberando de mí mismo.
Bastó sentir que él es la luz del mundo
para que tanta luz naciera nueva
en mis ojos, cansados de no ver.

Escuchar su llamada hizo de mí
otro hombre: el hijo de Timeo,
para siempre arquetipo de los ciegos
que se atreven a ver con otros ojos,
sutiles y escondidos, capaces de apreciar
lo que vive y alienta, Lo que Es
más allá de los cuerpos y las formas.

Apenas le atisbé con esos ojos
que ven el interior, lo que no muere,
y supe que un Sol nuevo se acercaba.

Abrasa mi ceguera, dijo mi corazón,
atraviésame, Hijo de David,
con el rayo implacable de tu amor.

Maestro, que vea, rogué confiado,
y le estaba pidiendo mucho más
que el sentido de la vista. Él lo sabía,
por eso dijo: tu fe te ha curado,
que significa: tu fe te ha salvado. Y lo seguí
por el camino que empieza en Jericó,
al borde de la sombra de este mundo,
y aún recorro, dos mil años después.

Recuperé la vista antes de ver,
cuando supe, con el don de la certeza,
que aquel hombre era el Hijo esperado de David.
No precisaba verlo con los ojos del cuerpo
para reconocer su linaje y su poder,
pero ante su semblante comprendí
que era el rostro humano del Altísimo.

Y abrí los ojos, por él resucitados,
y encontré un universo recién amanecido.
¿Cómo sabía yo que aquella voz
venía de un Sol nuevo y a la vez antiguo?
Bastaba oírle para comprender
que su mensaje era el definitivo,
que sus palabras jamás pasarían,
aunque el cielo y la tierra se acabaran.

Cómo no descubrir que él es la Luz,
si percibí la eternidad vibrando,
radiante, en lo profundo de su voz.

Dijo: “Sea”, y fue la Luz
nueva del universo recreado.
Todo nuevo lo hacía; a mí también,
pobre mendigo ciego, qué limosna tan grande,
la más clara visión, la más hermosa
que en mi noche cerrada imaginé.

Anda, me dijo, tu fe te ha curado,
y percibí, justo detrás de él, 
una sombra alargada, como un árbol,
o como una gran cruz, y me entró frío,
un frío intenso, más cruel que la ceguera.

Por eso lo seguí por el camino,
mis ojos llenos de luz, y en mi frente
esa terrible Cruz que nos salvaba.

Cómo no levantarme de aquel salto
si me estaba llamando la Verdad,
y cómo no caminar eternamente
por los senderos que abre la Belleza
del Hijo de David, el Salvador.

Tú me darás la Vida a cada paso,
yo cantaré mi fe con alegría,
para que el mundo conozca el resplandor
de tu figura, y los ciegos vean,
los cojos anden, los muertos vivan.

No quiero más limosna ni más gracia,
consuelo o esperanza que ver siempre
tu perfil encendido, donde nacen
los colores del Reino, transformando
este mundo que, ciego, languidece
en la penumbra gris de un álbum viejo.

Maestro, que vea, dije convencido,
y escuché brotar de mi garganta
el grito desesperado de un millón de ciegos,
mil millones de ciegos, tal vez más,
a lo largo y lo ancho de la historia.

Un grito o una súplica, un clamor,
que él apacigua con el rayo firme,
vertical, de su voz eterna y libre,
deshaciendo en octavas musicales
todos los miedos de la humanidad,
las sombras que nos atan y separan.

Cómo no tener fe, si en sus palabras
sonaba el eco del “Hágase la luz”,
por mí y por cuantos quieran renacer
para poder mirarse en el espejo
del rostro de Dios en el mundo.

Jesús de Nazaret, Hijo de David,
origen de la luz, yo, Bartimeo,
con los ojos abiertos
y el corazón despierto,
aún te sigo.

21 de febrero de 2026

Conversión

 

Evangelio según san Mateo 4, 1-11

En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al final sintió hambre. Y el tentador se le acercó y le dijo: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes”. Pero él contestó diciendo: “Está escrito: "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”." Entonces el diablo lo lleva a la Ciudad Santa, lo pone en el alero del templo y le dice: “Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Encargará a los ángeles que cuiden de ti y te sostendrán en sus manos para que tu pie no tropiece con las piedras”.”  Jesús le dijo: “También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”.” Después el diablo lo lleva a una montaña altísima y mostrándole todos los reinos del mundo y su esplendor, le dijo: “Todo esto te daré si te postras y me adoras”. Entonces le dijo Jesús: “Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”.” Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y lo servían.
  
                                     Cristo en el desierto, Iván Kramskoï

El Miércoles de Ceniza comenzamos la Cuaresma, tiempo de transformación, de volver a lo esencial, abandonando todo lo que nos aparta del Camino, la Verdad y la Vida. Cuaresma, desierto, tiempo de soltar, dejar ir, tiempo de desnudarse, no solo de todo lo exterior a uno mismo, sino también, y sobre todo, desnudarse del yo.

Transformarse, convertirse, dejar de mirar solo lo temporal, lo material, las realidades perecederas del mundo, lo virtual, y con el simple gesto de dar media vuelta, que a veces cuesta sangre, sudor y lágrimas, mirar en la dirección contraria, hacia lo verdadero, lo eterno, lo Real.

Conversión, en griego metanoia, significa volverse, darse la vuelta hacia la versión original que somos y hemos olvidado, perdido, abandonado. Es un movimiento interior de transformación de mente, corazón y actitud, que cambia los significados y el sentido de la vida. 

Metanoia, teshuvá en hebreo, conversión, arrepentimiento… Todas estas palabras señalan a ese gesto o cambio de mente y de corazón que permite mirar de un modo nuevo, no ya a la manera egoísta del mundo, sino a la manera generosa, abierta y disponible de Jesús.

Solo se puede experimentar la conversión cuando se está dispuesto a dar ese paso decisivo, cuando uno se atreve a rechazar para siempre lo que sobra en su vida, para rehacerla en una nueva dimensión, la real, eterna.

La palabra arrepentimiento suscita a veces cierta repulsa, pero su significado verdadero, volverse, cambiar de mente, no tiene nada que ver con el remordimiento: volver a morder (se). El arrepentimiento consciente es el fuego purificador donde el ser humano se acrisola y se transforma. 

No podemos esperar a ser perfectos para amar lo bueno, lo bello, lo verdadero. De ese amor a lo Perfecto, desde nuestra evidente imperfección, nace el arrepentimiento consciente, sincero, transformador y liberador. 

                                  Tentaciones de Jesucristo, Jan Brueghel

No te disperses, suelta, vacíate, desnúdate, adéntrate en el desierto, ve a la esencia, a lo Real, decidido, libre. El signo de infinito en horizontal es lo virtual, la dispersión en el mundo diabólico de infinitas posibilidades, el extravío. Conviértete en el signo de infinito en vertical, con la Única opción de los que ya no miran el Árbol del conocimiento del bien y del mal, sino el Árbol de la Vida. 

Es la Cruz que te eleva, te levanta, te iza, te realiza. Su trazado es el diseño del infinito Amor que te devuelve al Origen, te transforma en lo que olvidaste: eternidad, Vida verdadera, pregunta y respuesta unidas para siempre, correspondencia perfecta en la Unidad de la Luz de Dios, donde vivimos, nos movemos y existimos.
Somos el negativo
de una figura eterna,
anhelando esa luz que nos devuelva
el perfil esencial,
bajo un cielo fiel que nos bendiga,
nos haga aparecer.


                           203. Diálogos Divinos. El demonio desde la Divina Voluntad I


Después de esto estaba siguiendo mi giro en el Fiat Divino, y siguiendo a Jesús cuando tomó el camino del desierto pensaba: “¿Y por qué Jesús tomó el camino del desierto?  Aquí no había almas que convertir, sino soledad profunda, mientras que eran almas lo que Él buscaba”.  Pero mientras esto pensaba, mi dulce Jesús moviéndose en mi interior me ha dicho: “Hija mía, la compañía rompe la pena y la disminuye, en cambio el aislamiento la concentra, la duplica y la recrudece, y Yo quise ir solo al desierto para sentir en mi Humanidad toda la crudeza del aislamiento que había sufrido mi Divina Voluntad por tantos siglos por parte de las criaturas.  Mi Humanidad debía ascender en el orden divino y descender en el orden humano para poder encerrar las penas del uno y del otro, y tomando Yo toda la parte penosa que dividía al hombre y a Dios, hacerlos entrar de nuevo al abrazo, al beso de su Creador.  Pero no fue solo esta la finalidad de mi ida al desierto, tú debes saber que nuestra Majestad adorable, al formar la Creación, establecía que todo debía estar poblado de habitantes, la tierra debía ser fertilísima, rica de abundantes plantas, de modo que todos debían abundar de sus bienes.  En cuanto pecó el hombre, se atrajo la indignación de la Justicia divina, y la tierra permaneció desértica, infecunda, y en muchos lugares despoblada, imagen de aquellas familias estériles donde no hay sonrisas, ni fiestas, ni armonía, porque sin prole no hay quien rompa la monotonía de dos cónyuges, y sobre su ánimo pesa la opresión del aislamiento que les lleva la tristeza, en cambio donde hay prole hay siempre qué hacer, qué decir y ocasión de festejar, tal fue la familia humana. Mira cómo el cielo está poblado de estrellas, la tierra debía ser el eco del cielo, llena de habitantes y debía producir tanto como para volverlos ricos y felices a todos. Entonces, en cuanto el hombre se sustrajo de mi Voluntad cambió su suerte, y Yo quise ir al desierto para volver a llamar las bendiciones de mi Padre Celestial, y volviendo a llamar a mi Voluntad a reinar, restablecer la tierra, poblarla en todas partes y fecundarla, de modo que la tierra producirá otras semillas más bellas para volverla centuplicada, más fecunda y de belleza deslumbrante”.
                                                                                Libro de Cielo, 25 Junio 1928


                         204. Diálogos Divinos. El demonio desde la Divina Voluntad II

7 de febrero de 2026

Somos la sal de la tierra y la luz del mundo

 Evangelio según san Mateo 5, 13-16

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una vela para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.”
                                                     La luz del mundo, William Holman

        El jueves pasado celebramos la Presentación de Jesús en el Templo y la Purificación de María. Fiesta de la humildad, pues la Purísima no necesitaba purificarse ni el Hijo de Dios ser presentado en el Templo. El post que contemplaba este Misterio terminaba con una cita del Beato Guerrico de Igny que sintetiza la vocación del cristiano: convertirnos en antorcha, ser luz para iluminar a todos y llegar un día a ser la luz inextinguible de un mediodía eterno.

 La luz es el amor que damos, y es también lo que somos y para lo que vivimos: el Reino de la Divina Voluntad en nuestros corazones para que, como es en el Cielo, sea en la tierra. Este ser luz se manifiesta en una respuesta valiente a la llamada a seguir a Cristo, porque la tibieza es penumbra.

El amor hace brotar la luz, lo vemos en la primera lectura de hoy (Isaías 58, 7-10). La caridad lleva a la luz y a la unidad, por eso dice Isaías: “no te cierres a tu propia carne”, cuando se refiere a las obras de misericordia hacia los hermanos. La oscuridad es replegarse sobre uno mismo, cerrarse a los demás. La “justicia”, esto es, el amor, es lo que brilla en las tinieblas, como subraya el Salmo 111.

        Jesús es para nosotros modelo de caridad. Mirando con sus ojos, hablando con su voz, tocando con sus manos, alumbramos como Él, y la oscuridad de la separación, del egoísmo, del individualismo, se vuelve luz. 
Si el Maestro nunca permaneció indiferente ante el sufrimiento humano, sus discípulos debemos compartir las angustias y las tristezas, las alegrías y las esperanzas, con amor y coherencia. Seamos luz tras su luz, amor inextinguible, tras sus huellas.

Podemos ser la sal de la tierra que se diluye, humilde, y da sabor a la vida, como quiere Jesús. Pero también podemos ser sal que se ha vuelto sosa e inútil, o, ¡ay! podemos ser la sal muerta de la mujer de Lot y de todos aquellos que, mirando el pasado, se solidifican, se endurecen  y se pierden el presente, la vida que nos dieron para amar. La opción es clara: amor o miedo, alegría o dolor inútil, muerte o vida, sabor o sucedáneo, sueño o camino de regreso a casa. ¿Qué sal queremos ser?

            Como hay varios tipos de sal, también hay diferentes tipos de luz. Hay luces de neón, falsas, artificiales. Hay también luces buenas, que alumbran pero en seguida se apagan. 

              Y hay una luz que refleja la Luz de Dios y que no siempre se manifiesta como la claridad que los ojos ven. Porque la noche oscura del alma es el preludio de la luz verdadera, luz viva y transmisora de vida, que no se apaga nunca.

              Estamos acostumbrados a simbolizar lo divino con la luz, que vence a la oscuridad de la ignorancia, el pecado y la muerte. Pero, como bien saben los místicos, a veces el Encuentro se produce en la profundidad de esa noche oscura, camino iniciático y solitario del alma que se ha atrevido a adentrarse en la espesura de su propio corazón para descubrir la esencia que allí late. Son muchos los demonios, tentaciones y fantasmas que acechan en el trayecto…   

            No se puede ser luz sin haber atravesado la tiniebla. Si acaso, luz tenue o efímera. Pero estamos llamados a ser luz inextinguible, llama de amor viva. El que persevera en este duro caminar por la muerte de los sentidos es el que ve cómo su tiniebla se convierte en mediodía eterno, tras el encuentro con Jesucristo, la Luz del mundo, en el centro del Ser.

Ya nada  nos separará de Aquel en el que somos Luz, sin tener que renunciar a lo que somos como individuos. Luz individualizada (de indiviso) en la Unidad, puro amor, pura luz, increada junto al Verbo, parte suya para siempre, plenitud esencial en lo Uno.

       El Miserere (Salmo 51) y el Magnificat (Lucas 1, 46-55), que recitamos cada tarde, evocan la sombra y la luz, porque también a oscuras se puede amar, mejor a veces, como Cristo en el Gólgota, con la soledad y el desamparo que preceden al alba de la Resurrección.

Ser luz del mundo, reflejando la Luz de Jesús, que ilumina con su presencia y muestra el camino a los que están atentos a su llamada. El que la escucha, y responde con un sí incondicional a sus propuestas, ve cómo se enciende una llama incandescente e inextinguible en el corazón, aunque sea de noche, pues casi siempre es de noche en la gran tribulación.

Ser luz es acomodar la propia voluntad a la voluntad de Dios. Porque, cuando no lo hacemos, vivimos en tinieblas. Cuando lo hacemos a medias o con reservas, vivimos en penumbra, y esa penumbra tenebrosa es estéril, no tiene nada que ver con la fecunda noche oscura del alma, que antecede a la aurora. 

 Vivir en la Luz es ser Uno con el Padre, asumir Su voluntad como propia, con ese Fiat pleno e incondicional que nos permite ser perfectos, a pesar de las sombras, los errores y limitaciones de nuestra condición humana. Perfectos en el Sí, todo lo demás es anecdótico. Cuando se hace propia la voluntad del Padre, se puede resucitar y comprender el verdadero sentido del Magnificat, que canta la única que no tenía que resucitar.

La sal y la luz…, ¿qué sal y qué luz? ¿El sodio solidificado del que solo mira al pasado y el neón que aturde y solivianta, que excita y confunde; o la opción de "los de Cristo": ser sal viva y luz real? La sal viva da sabor para nutrir; la luz real enciende más luz. ¿Muertos que entierran muertos o trabajadores del Reino? Somos sal viva y luz verdadera si amamos y manifestamos ese amor con obras. Porque entonces reflejamos, como Jesús, la Luz infinita y atemporal del Padre, que es Amor.

    Beatus Vir, Vivaldi 
  
            La sal sosa no sirve, la luz escondida no sirve..., dice el Evangelio hoy. Nuestro propósito es servir para que todos descubran el Reino del Amor en sus corazones. Y para ello, hemos de ser humildes y generosos, como la sal, que se diluye, como la luz que alumbra sin condiciones.

Cristo encarnó; nosotros también hemos de encarnar, encontrando ese cuerpo profundo donde es posible el Amor incondicional que Él nos enseña. El que se ha hecho uno con Jesús, miembro eterno de su Cuerpo Místico (1Cor 12, 27), se alimenta de Su luz, el universo lo atraviesa y está completamente vivo. 

Somos hijos de la luz (Ef 5, 8). El camino del cristiano es un encuentro con la luz que, si no se vive hoy, difícilmente nos esperará en la vida futura. Jesús es la luz del mundo (Jn 8, 12) y, con Él, somos la luz del mundo.

17 de enero de 2026

Este es el Hijo de Dios

 

Evangelio según san Juan 1, 29-34 

En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel”. Y Juan dio testimonio diciendo: “He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que ha de bautizar con Espíritu Santo”. Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios”.

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El Bautismo de Jesús, Verrocchio

Aún no se ha manifestado lo que hemos de ser.
Sabemos que, cuando se manifieste, seremos
semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es.
                                                       
                                                                                                           1 Juan 3, 2

El Domingo pasado nos experimentamos como Hijos amados, predilectos del Padre, llenos de su Espíritu para dar testimonio de la Buena Nueva: que Dios es Amor, y nos quiere con Él para vivir una correspondencia de Amor eterna. Las lecturas de hoy hablan de escucha y disponibilidad, de salvación, universalidad y unidad en el origen y en el regreso a lo que somos, por el Cordero de Dios que Juan nos señala. Unidad en Alfa y Omega, que es Cristo.

Porque Jesús sumerge en las aguas al viejo Adán, y al salir del agua, eleva con él a todo el universo, divinizando al ser humano y abriendo el Reino de Dios a todos. Es la nueva creación, un mundo nuevo, no regido ya por la ley, sino por el Amor. Pasamos así del Antiguo Testamento, al Evangelio, de la antigua, a la Nueva Alianza, del símbolo, a lo Real. Por eso dice San Pablo: "os habéis despojado del hombre viejo, con sus obras, y os habéis revestido de la nueva condición que, mediante el conocimiento, se va renovando a imagen de su Creador, donde no hay griego y judío, circunciso e incircunciso, bárbaro, escita, esclavo y libre, sino Cristo, que lo es todo y en todos." (Col 3, 9-11).

Pasamos de la separación y el egoísmo que inició la caída primera, a la Unidad, mirándonos en Jesús, conociéndonos en Él. Cristo no está dividido, y sus seguidores tampoco podemos estar divididos. El fuego que trae el Espíritu fundirá las diferencias para que seamos Uno, como El Hijo y el Padre son Uno, pues Jesús es el Verbo, anterior a todo. El Espíritu Santo y el fuego con que Cristo nos bautiza van transformando en espíritu todo lo que es puramente material, en luz, las sombras, en paz, los conflictos, en gozo, el sufrimiento.

Ver, dar testimonio, conocer... Son las claves del Evangelio de hoy y del camino cristiano. El que ha visto puede dar testimonio. Pero ver con los ojos no es conocer, para conocer es necesario mirar más allá del sentido físico, mirar con el corazón, el único que, mirando, ve y conoce, vive la alegría y la confianza en plenitud. Solo así se puede cumplir la Voluntad del Padre, que es otra de las claves de las lecturas de hoy, y, más aún que cumplir: vivir en la Voluntad de Dios, con nuestra voluntad humana trenzada con la divina, una sola Voluntad. Es la Comunión con Cristo, que nos libera de lo que no somos y nos recuerda nuestra esencia de Hijos amados.

2. Diálogos Divinos. "Destellos de Santidad Divina"


Cuando se ha comprendido que Dios nos ama, sólo queda una cosa que hacer: ofrecerse al amor para que él haga de nosotros lo que quiera. 
                                                                                                     Jean Lafrance

Hoy el Señor vuelve a decirme que la tarea empieza por disminuir y dejar de mirarme a mí con mi miseria, mis errores, mis pecados, para señalar al Cordero de Dios, y reconocerme en Él. Entonces puedo dejar de ser yo, para ser en Él, y en Él encuentro lo que yo debería ser, ya realizado, cumplido, esperándome desde toda la eternidad para que lo tome. 

Y encuentro esta reflexión de Benedicto XVI:

“San Juan Bautista nos recuerda que toda nuestra vida está siempre «en relación con» Cristo y se realiza acogiéndolo a Él, Palabra, Luz y Esposo, de quien somos voces, lámparas y amigos (cf. Jn 1, 1. 23; 1, 7-8; 3, 29). «Es preciso que él crezca y que yo disminuya» (Jn 3, 30). Estas palabras del Bautista constituyen un programa para todo cristiano. Dejar que el «Yo» de Cristo ocupe el lugar de nuestro «yo». San Pablo escribió de sí mismo: «Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20). Antes que ellos, y que cualquier otro santo, vivió esta realidad María Santísima, que guardó en su corazón las palabras de su Hijo Jesús. Que su intercesión nos obtenga ser siempre fieles a la vocación cristiana.”