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30 de mayo de 2026

La Santísima Trinidad, la intimidad de Dios

 

Evangelio según san Juan 3, 16-18

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

                                         La Santísima Trinidad, Rublev


Veo a Dios que atrae hacia sí a mi alma con gran ternura y oigo su palabra: “Tú estás en mí, y yo en ti. En ti descansa la Trinidad, de modo que tú me tienes y yo te tengo”. Me veo toda pura, toda santa, toda verdad, toda rectitud, toda segura, toda celestial.
                                                                                  Santa Angela de Foligno

            El Amor habita en nosotros; por ello mi vida es la amistad con los Huéspedes que habitan en mi alma; estos son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. 
                                                                                    Santa Isabel de la Trinidad

      Dos grandes misterios están en la base del cristianismo: el misterio de la Encarnación, las dos naturalezas, humana y divina, en Jesucristo; y el misterio de la Santísima Trinidad: tres Personas divinas y un solo Dios. El pensamiento racional se detiene impotente ante el umbral de estos misterios, a los que solo llega el corazón. Podemos asomarnos a ellos si renunciamos a entender con la mente. 

       No hemos de quedarnos en lo que entiende por persona el lenguaje común, ni en el significado etimológico, pues el término viene del latín y del griego con el sentido de “máscara”. Quizá es más adecuada la palabra hipóstasis: del griego, "ser", en tanto realidad ontológica, ser, de un modo verdadero o verdadera realidad.

       La misma divinidad, total e indivisible, en cada una de las tres Personas, trascendente al ser humano en el Padre, inmanente en el Hijo, aliento de vida eterna para cada hombre y cada mujer en el Espíritu Santo. Porque, al encarnarse Jesucristo, la relación filial del Hijo con el Padre se hace extensiva a la humanidad, de un modo inmediato y directo. El ser humano, hijo de Dios por la gracia y por la mediación del Hijo unigénito, recibe la Vida de esa efusión continua, y permanece unido al Padre y al Hijo por el lazo del amor del Espíritu. La incesante generación del Hijo por el Padre se extiende hasta nosotros, creados y recreados una y otra vez.
        
          La Santísima Trinidad es un desafío para la lógica. Por eso, a veces, nos servimos de símbolos para aliviar el vértigo del Misterio y "diseccionamos" la divinidad con figuras asequibles: un venerable anciano y una paloma acompañando al Hijo, la única Persona que somos capaces de "ver". Pero el Uno no es un número, ni una figura ni tres, sino la expresión de la Unidad. Solo renunciando a entenderla, podemos asumir la realidad trinitaria, que extiende por todo el cosmos su interrelación dinámica y hace de la creación un proceso infinito. Al formar parte del Cuerpo de Cristo, no podemos quedarnos al margen de esa incesante actividad. Hemos de participar en la recreación constante de un mundo nuevo y de nosotros mismos.

            El que ve a Jesucristo ve al Padre (Jn 14, 9), y, si somos uno con Él (Jn 15, 5; Jn 17, 22-23), hemos de aspirar a que quien nos mire, vea al Hijo y vea al Padre.  Si hemos de transparentar a Cristo y al Padre, cuánto no habremos todavía de soltar, limpiar, vaciarnos, desnudarnos… 

       En el blog hermano de los Días de Gracia, profundizamos en la idea de hacer de la Trinidad nuestro origen y nuestra meta, para dar cumplimiento a la Misión que Jesús nos encomienda en el Evangelio de hoy.

Para empezar a comprender estos misterios hay que vivirlos, como han hecho tantos santos y místicos. Santa Isabel de la Trinidad dice que, desde que reconoció la Presencia del Dios Uno y Trino habitando en su corazón, el cielo ya es una realidad en la tierra. Simeón, el Nuevo Teólogo, distingue entre el Hijo, que es la puerta (Jn 10, 7.9), el Espíritu Santo, la llave de la puerta (Jn 20, 22-23) y el Padre, la casa (Jn 14, 2). ¿Cómo integrar estas realidades divinas en la vida del cristiano? Para ponernos en disposición de vivir el Misterio de la Santísima Trinidad hay tres vías directas:

       La primera y más excelsa, sobre la que reflexionaremos dentro de unos días, es la celebración Eucarística, en la que continuamente se invoca a las Tres Personas.

            Una segunda vía es la lectura de los textos sagrados. No solo el Evangelio, donde el mismo Verbo nos habla directamente, sino también el Antiguo Testamento, que está continuamente hablando de Él como promesa y anuncio. Palabra del Padre transmitida por el Hijo, recordada e inspirada por el Espíritu en nuestros corazones. Los verbos: decir, hablar, oír, comunicar, recibir, anunciar, del Evangelio de hoy, nos remiten a la Palabra y su transmisión, no como un mensaje intelectual, sino como Palabra viviente, llamada a encarnar en los que la acogen, la conservan y meditan, la comparten.

        La tercera vía es la oración. Rezo ante Cristo, el rostro visible del Padre, y el Espíritu ora en mí. Más evidente en lo que considero el culmen de la oración, que supera incluso la de acción de gracias y la de alabanza. Llega un momento en que no es necesario dar las gracias porque el alma se funde con el Otro, es una con él. Y uno no necesita darse las gracias a sí mismo. Hemos llegado al centro de la Oración Contemplativa que a tantos místicos de distintas religiones les ha permitido empezar a vivir el Reino de los Cielos en la tierra. Entonces sobran las palabras, los gestos, las fórmulas. 

          No siempre el alma está preparada para esta oración de Comunión, desnuda y entregada, puro amor, pura confianza de hija, de esposa, tan íntimamente ligada al Padre o al Esposo que sabe que Él percibe sus necesidades, su gratitud, su amor, sin tener que expresarlos. Para alcanzar la disposición necesaria, hemos de soltar todo aquello que nos separa de Dios y de los hermanos. Por eso el Espíritu Santo nos sigue acrisolando, fundiendo en Su fragua sagrada, amándonos de un modo tal, que es Él quien grita en nosotros con gemidos inefables (Rm 8, 26).

        La oración contemplativa siempre acaba convirtiéndose en oración trinitaria. Podemos empezar a orar a partir de la imagen o el nombre de Jesucristo, o de una escena del Evangelio. Vamos trascendiendo imágenes y formas, llegando a un no-lugar de luz y de silencio donde nos encontramos ante la divinidad, Una y Trina, y ya no está fuera, ni dentro, sino dentro y fuera, en un abrazo de amor infinito que da sentido a todo y nos rehace. Son esos niveles tan sutiles de comunión con Dios que trascienden formas, nombres, impresiones sensoriales; la “nube del no saber” de los místicos que han vivido esa unión con la esencia de la divinidad.

            La inhabitación divina nos relaciona de un modo íntimo con las tres Personas de la Santísima Trinidad. Cada alma es así hija del Padre, hermana del Hijo y esposa del Espíritu Santo. Si llegáramos a interiorizar que somos de estirpe divina por la gracia de un Dios-Amor, dejaríamos de desvivirnos en los afanes del mundo y viviríamos como verdaderos Hijos de la Luz y herederos del Reino. 

      Pero no siempre tenemos el suficiente equilibrio interior ni la suficiente disponibilidad y entrega como para mantener esta certeza, que a veces se nos queda en un nivel superficial, como la semilla arrojada en suelo pedregoso o entre zarzas (Mc 4, 5-7). Vasos de barro que llevan tesoros (2 Cor 4, 7)… Sí, pero vasos a menudo pequeños y agrietados. Ensanchémonos, dejemos que el divino Alfarero nos rehaga; vasos grandes, sin fisuras, generosos y dispuestos a acoger el Agua Viva y el Vino del banquete eterno.

Para asomarse a estos misterios hay que renunciar a entenderlos con el pensamiento racional, pero de vez en cuando conviene entretener a la mente, para que se calle y deje al corazón elevarse. Teorizar, reflexionar, buscar explicaciones, mojones del camino, puntos de apoyo que nos sostengan, y luego… ¡soltarlos todos! Reconocer que, aunque escribiéramos millones de páginas, estas serían incapaces de llegar a la esencia del Misterio. El propio Santo Tomás de Aquino, después de ser arrebatado séptimo cielo y regresar, estuvo a punto de quemar toda su obra. 

Porque las palabras son limitadas, pero la Palabra, que la Santísima Trinidad nos enseña a saborear, es omnipotente y eterna. Si nuestras palabras se miran en la Palabra, sin interpretarla a conveniencia de nuestros egoísmos, rutinas o comodidades, serán creadoras, constructoras de almas libres y elocuentes. No hace falta más que el Evangelio, la Palabra. Cualquier otra palabra, nacida del amor y el entusiasmo (del griego, enthousiasmós, rapto divino) que Él nos inspira, ha de ser seguidora fiel de la Verdad, una y trina.

            Esas tentativas de la razón nos llevan a veces a hallazgos tan valiosos y útiles como la noción de la perichoresis intratinitaria (sobre la que reflexiona en profundidad San Juan Damasceno) o circumincessio (como prefiere San Buenaventura), que sintetiza los intentos teológicos de asomarse a  la Santísima Trinidad, evitando los escollos del triteísmo (ver en las tres Personas tres Dioses) y del modalismo (considerar a las Personas divinas como tres modos de ser del único Dios).

     Alude a la Presencia de Personas en Personas, las Tres inseparables, en una Comunión perfecta, sin mezcla ni confusión, Amor infinito en eterno movimiento y autodonación. Es también menein, mutua inmanencia, una de las palabras que más aparece en el Evangelio de San Juan. 

     Unidad en la distinción: perfectamente Uno y siempre Tres. Porque cada Persona existe completamente en la otra y, además de esta unidad y pluralidad, existe una circulación vital infinita, en la que cada Persona se difunde en la otra; tres Hipóstasis y una misma Sustancia. 

       A esta maravilla de Amor estamos llamados. No nos disolveremos y, a la vez, seremos completamente Uno. Uno y distintos, no para que perviva la personalidad egoica, que es transitoria y por tanto irreal, sino para seguir amando desde el Ser verdadero que Dios soñó para cada uno, en una interrelación eterna. Solo un amor así está a salvo del desgaste y la entropía. Solo un amor así crece, se expande sin cesar, continuamente revitalizado, siempre el mismo y siempre nuevo. 

       El Uno está tan lleno de amor que necesita reciprocidad; busca ese “tú” al que amar eternamente. Por eso el cristiano sabe que no ha de disolverse en la nada, que Dios ama a cada ser humano con su nombre real, Uno con Él y, a la vez, distinto. La mente sigue a lo suyo, justo antes de rendirse: "¿Cómo se puede ser Uno con Dios y, a la vez, seguir siendo criatura?" Y el corazón responde: "En virtud de ese destino trinitario, cuya esencia es Amor, infinito y perfecto".

Cantata BWV 129, J. S. Bach, por Leonhardt Consort

En el Plan divino todo hombre, sin excepción, ha sido creado para esta comunión familiar con Dios. Nada de extraño, por lo mismo, que el Señor nos describa su reino como un convite familiar. En este banquete Dios no recibirá nada de nosotros. Por el contrario, Dios Trinidad será la saciedad plena y total del hombre, de suerte que ya nada más tendrá que añorar. Las divinas Personas serán para el hombre todo cuanto ha suspirado en este mundo: su luz, su guía, su paz, su justicia y su santidad, su fuerza y su refugio, su amor y su vida.  
                                                                                                            N. Silanes

El ser humano real y ontológico halla solo su plenitud en una divinización de todo su ser por la morada en él de la Santísima Trinidad. (…) El hombre “real” es el hombre pleno, con todas sus potencialidades humanas cumplidas únicamente en y por Cristo, el cual es el único que puede actuar en el verdadero ser del hombre, para que finalmente se convierta en afiliado del Padre como un hijo divinizado de Dios, no por su propia naturaleza, sino, como escribe San Pedro, como un “participante de la naturaleza divina”.

                                                                                                     G. A. Maloney

23 de mayo de 2026

Pascua de Pentecostés

 

Evangelio según san Juan 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. En esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros”. Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”.

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                                                  Pentecostés, Fray Juan Bautista Maíno


El Espíritu no tiene rostro ni voz, pero es la luz y el sonido de unos sentidos espirituales nuevos, que hacen ver y oír el misterio al hombre llegado a la plena madurez de Cristo.
                                                      Simeón, el Nuevo Teólogo


Cuando se concentra en sí, el alma, mediante este olvido y recogimiento de todas las cosas, está preparada para ser movida del Espíritu Santo y enseñada por Él. 
                                                                                                   San Juan de la Cruz

Jesucristo nos infunde el Espíritu Santo. Para poder recibirlo, hay que estar vacíos de todo lo que es ajeno a Su gracia, ese fuego gozoso y vivificante que todo lo enciende e ilumina. Él es Quien nos vacía para después llenarnos; nosotros solo tenemos que poner a Su disposición el recipiente que somos, esa vasija de barro destinada a portar el mayor de los tesoros (2 Cor. 4, 7).

No se trata de hacer, sino dejarse hacer, permitir que ese Amor invisible que nos habita sea, crezca en nosotros hasta rebosar. Ese Amor que no siempre podemos sentir, solo cuando callamos, nos detenemos, dejamos de prestar atención a lo ilusorio, lo perecedero, para centrarnos en lo Real, que solo captan los sentidos sutiles del alma, lo que no puede dejar de existir.

Aliento que insufla vida, fuego de amor puro, torrentes de agua viva, voz interior que habla en el silencio, guía constante del corazón despierto. El Espíritu Santo no es el gran desconocido, esa abstracción que se les ha resistido a los teólogos, en su afán por definir y clasificar con los conceptos limitados de la mente. 

    Podemos vivir, de hecho vivimos ya, aunque aún no seamos plenamente conscientes de ello, un Pentecostés eterno, porque el Espíritu Santo es Dios mismo habitando en el corazón del hombre, en el centro de su propia esencia inmortal. Dios no está lejos, no está fuera para el alma que consiente y se abre a la Gracia. No es necesario buscarle en templos de piedra o ladrillo, aunque sea más fácil sentir Su presencia en el templo.

      El Espíritu sopla donde quiere (Juan 3, 8), y el templo definitivo es uno mismo; tú, yo, cada uno de nosotros, para adorar en espíritu y en verdad (Juan 4, 24). Esa es la maravilla, el don que tanto cuesta reconocer: Dios nos habita.

     Como los apóstoles reunidos en el cenáculo, al recibir el Espíritu, perdieron el miedo así nosotros nos hacemos valientes y decididos cuando somos conscientes de ese hálito de vida, ese fuego que renueva la faz de la tierra (Salmo 104, 30).

      El Espíritu abre los corazones cerrados y los prepara para la Unidad a la que estamos llamados, que somos en el fondo. Él nos da la energía, la confianza y la sabiduría necesarias para salir de la prisión del egoísmo y reconocer en los otros el Misterio de Amor que nos transforma. Es el fin de Babel, del no entendimiento, de la división; y el inicio de la sintonía que permite comprender, acoger e integrar.

Siempre es Pentecostés, siempre estamos recibiendo la llama que enciende el corazón de amor puro, el aliento divino que renueva y transforma, que nos prepara para habitar un mundo nuevo, nuevo cielo, nueva tierra (Apocalipsis 21, 1), a nuestro alcance ya, cuando somos capaces de mirar con ojos que ven y escuchar con oídos que oyen, sin tiempo ni espacio, sin miedo ni muerte, sin separación.

Jesucristo es el amor visible del Padre. El Espíritu Santo es el amor invisible del Padre y del Hijo, entre ellos y hacia nosotros. Por eso sé que, cuando pido en la oración: “Señor, aviva en mi corazón el fuego de Tu amor”, estoy pidiendo ese Amor, uno y trino, que sostiene, mueve y restaura todo. Como decía Dante: “El amor mueve el sol y las estrellas”.

La inhabitación divina, que es el centro de la vida espiritual, alimentada por el silencio y la oración, ha de manifestarse exteriormente y lo hace de forma natural cuando reconocemos y aceptamos la Presencia interior, hasta arraigarnos en esa Realidad viva, que nos crea y nos recrea sin cesar.

                                                             Veni Creator Spiritus
           
            Estamos fundidos con Jesucristo, somos Uno en Su Cuerpo místico, pero para vivirlo con todo nuestro ser, necesitamos la santificación. Escuchar Su palabra y cumplirla, como hemos recordado  a lo largo de la Pascua nos predispone a la santificación que el Espíritu de Dios obra en nosotros. Él lo hace todo, solo necesitamos estar disponibles, anhelando, pidiendo, esperando Su venida.

          La vida en Cristo es Pascua y la venida del Espíritu Santo la lleva a su plenitud, como vemos en el blog hermano, Via Amoris. Así lo expresa San Ireneo de Lyon:

            “El Espíritu prometido por los profetas descendió sobre el Hijo de Dios hecho Hijo del hombre para acostumbrarse a habitar con él en el género humano, a descansar en los hombres y a morar en la criatura de Dios, obrando en ella la voluntad del Padre y renovándola en Cristo. Este Espíritu es el que David pidió para el género humano, diciendo: confírmame en el Espíritu generoso. De él mismo dice Lucas que descendió en Pentecostés sobre los apóstoles, con potestad sobre todas las naciones para conducirlas a la vida y hacerles comprender el Nuevo Testamento; por eso, provenientes de todas las lenguas alababan a Dios, pues el Espíritu reunía en una sola unidad a las tribus distantes y ofrecía al Padre las primicias de todas las naciones. El Señor prometió que enviaría al Paráclito que nos acercase a Dios porque así como de trigo seco no puede hacerse ni una sola masa ni un solo pan sin agua, así tampoco nosotros, siendo muchos, podíamos hacernos uno en Cristo Jesús sin el agua que proviene del cielo. Y así como la tierra árida no fructifica si no llueve, así tampoco nosotros, siendo un leño seco, daríamos fruto para la Vida si no se nos enviase de los cielos la lluvia gratuita. Nuestros cuerpos recibieron la unidad por medio de la purificación bautismal para la incorrupción y nuestras almas la recibieron por el Espíritu.”

                          37 Diálogos Divinos, Gemidos del Espíritu Santo I

21 de marzo de 2026

La Resurrección y la Vida

 

Evangelio según San Juan 11, 3-7.17.20-27.34-45

En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro mandaron recado a Jesús, diciendo: "Señor, tu amigo está enfermo". Jesús, al oírlo, dijo: "Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella". Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba. Sólo entonces dice a sus discípulos: "Vamos otra vez a Judea". Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: "Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá". Jesús le dijo: "Tu hermano resucitará". Marta respondió: "Sé que resucitará en la resurrección del último día. Jesús le dice: "Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?" Ella contestó: "Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo". Jesús, muy conmovido, preguntó: "¿Dónde lo habéis enterrado?" Le contestaron: "Señor, ven a verlo". Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: "¡Cómo lo quería!" Pero algunos dijeron: "Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?" Jesús, sollozando de nuevo, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. Dice Jesús: "Quitad la losa". Marta, la hermana del muerto, le dice: "Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días". Jesús le dice: "¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?" Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: "Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea para que crean que tú me has enviado". Y dicho esto, gritó con voz potente: "Lázaro, ven afuera". El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: "Desatadlo y dejadlo andar". Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él. 

                                              Resurrección de Lázaro, Giotto
                            
Cuántas veces somos como Lázaro, muertos que esperan una voz clara y poderosa para volver a la vida, auténticos zombis dominados por la inercia, los prejuicios y por ese enemigo sutil, el verdadero enemigo, más letal que el Covid-19: la voluntad humana separada de la Voluntad Divina. Todo lo que rodea a esta voluntad humana desgajada y torcida contamina y mata en el alma la Vida Divina que Jesús vino a devolvernos.

        Las crisis que vivimos, dentro y fuera, están desenmascarando esos enemigos interiores que nos mantienen encerrados en nuestros sepulcros cotidianos: codicia, egoísmo, soberbia, ambición, hedonismo. Son tiempos duros, de pérdida de seguridades humanas. Pero es también, sobre todo, un tiempo de gracia y crecimiento espiritual, si estamos atentos a los signos de los tiempos y vivimos de cara a Dios, si dejamos de malvivir obsesionados con "lo nuestro". 

        El que mira solo lo "suyo", sus cosas, sus costumbres, sus proyectos y expectativas, vive encorvado, infectado por un virus mucho más letal que el coronavirus. Es hora de enderezarse, "levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación". Hora de abandonar definitivamente los sepulcros y prisiones en que nos encerramos y sepultamos continuamente nosotros mismos.

Sal afuera, nos dice Su voz; fuera de tus rutinas, tus mentiras y tus miedos; sal afuera del egoísmo, la ambición y la búsqueda de ventajas; fuera de esa casita de muñecas que confundes con lo real, mira que es un sepulcro oscuro y frío.

Casi siempre, más muertos que Lázaro, nos quedamos en la "añadidura", olvidando lo esencial. Porque las palabras de Jesús: "Yo soy la resurrección y la vida", no son solo promesa de eternidad. Ya ahora, aquí, sin que el cuerpo haya muerto todavía, Él resucita lo que en nosotros estaba muerto, nos despierta y nos llama a una nueva vida, ese reino de amor, verdad y justicia que nos empeñamos en no ver, cuando está tan cerca, tan dentro. 

Nos ayuda a reflexionar sobre esta ceguera y esta muerte en vida que nos acecha, y a despertar a nuestra verdadera condición de Hijos de Dios, llamados a vivir eternamente, un comentario de San John Henry Newman al Evangelio de hoy, de asombrosa y providencial actualidad:


Las lágrimas de Cristo en la tumba de Lázaro.


          Cristo vino para resucitar a Lázaro, pero el impacto de este milagro será la causa inmediata de su arresto y crucifixión (Jn 11, 46 s). Sintió que Lázaro estaba despertando a la vida a precio de su propio sacrificio, sintió que descendía a la tumba de donde había hecho salir a su amigo. Sintió que Lázaro debía vivir y él debía morir. 
La apariencia de las cosas se había invertido, la fiesta se iba a hacer en casa de Marta, pero para él era la última pascua de dolor. Y Jesús sabía que esta inversión había sido aceptada voluntariamente por él. Había venido desde el seno de su Padre para expiar con su sangre todos los pecados de los hombres y así hacer salir de su tumba a todos los creyentes, como a su amigo Lázaro. Los devuelve a la vida, no por un tiempo, sino para toda la eternidad.
       Mientras contemplamos la magnitud de este acto de misericordia, Jesús le dijo a Marta: "Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre." Hagamos nuestras estas palabras de consuelo, tanto en la contemplación de nuestra propia muerte, como en la de nuestros amigos. 
         Dondequiera que haya fe en Cristo, allí está el mismo Cristo. Él le dijo a Marta: "¿Crees esto?". Donde hay un corazón para responder: "Señor, yo creo", ahí Cristo está presente. Allí, nuestro Señor se digna estar, aunque invisible, ya sea sobre la cama de la muerte o sobre la tumba, si nos estamos hundiendo, o en aquellos seres que nos son queridos. 
        ¡Bendito sea su nombre!, nada puede privarnos de este consuelo: vamos a estar tan seguros, a través de su gracia, de que Él está junto a nosotros en el amor, como si lo viéramos. Nosotros, después de nuestra experiencia de la historia de Lázaro, no dudamos un instante de que él está pendiente de nosotros y permanece a nuestro lado.


                      DOS FUEGOS

                        Dos fuegos hay en mí: uno se apaga
                        por cualquier golpe de viento;
                        el otro, invisible,
                        no dejará de arder
                        cuando yo me haya ido.

                        Hay dos fuegos en mí; uno es eterno
                        y observa compasivo cómo el otro
                        se consume tan lejos de la vida,
                        creyendo que es la vida quien lo inflama.

                        Dos fuegos hay en mí; uno artificio,
                        el otro llama que arde inextinguible,
                        con deseo de arder más
                        y más alto,
                        más hondo,
                        más real.


                                Salmo 129, De profundis clamavi, Simone Vesi


                                  INERCIA

                                  Perdemos el tiempo
                                  cambiando cosas de sitio,
                                  como si nos fuera la vida en ello,
                                  y no nos va en ello.

                                  Bodas, negocios, citas, mudanzas,
                                  días que pasan, meses que aplastan,
                                  años vacíos que parecen llenos.

                                  Creemos avanzar,
                       ganar,
                       prosperar,
                       realizar,
                                  y solo cambiamos cosas de sitio.

                                  Ni siquiera logramos cambiar nosotros mismos
                                  en el loco trasiego que se lleva
                                  los días que nos dieron para amar.