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29 de agosto de 2026

Perder la vida para encontrar la Vida

 

Evangelio según san Mateo 16,21-27:

En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.» Jesús se volvió y dijo a Pedro: «Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas corno los hombres, no como Dios.» Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.»

Del Blog, Meditando el Evangelio con María Valtorta

Fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús, quien, en lugar del gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia.
          Hebreos 12, 2

Seguir a Jesús es asumir, como Él, los designios del Padre, aunque estos lleven al  sufrimiento y al fracaso aparente. Es dejar de ambicionar el triunfo y los bienes que el mundo idolatra. Seguir a Jesús con la propia cruz, aprendiendo de Él a desprendernos de todo, a perder, a ser traicionados y abandonados, atravesar noches oscuras de soledad y angustia.

Quien está preparado para morir, sabe vivir, y, quien vive de verdad, va muriendo a lo falso. Es renunciar al mundo para ganar el alma, perder la vida para ganar la Vida, morir a uno mismo para nacer al Sí mismo.

Derrota aparente, tan estrepitosa  e inconcebible para el mundo, es la pasión y muerte de Jesucristo. Un "fracaso" fecundo como ninguno, pues desemboca en la victoria definitiva sobre todo fracaso, toda pérdida, toda derrota.

Los apóstoles tienen miedo a saber; o quieren ni oír hablar de la Cruz, pero llegarán a comprender. Su cercanía al Maestro les irá abriendo el corazón y el entendimiento. Nosotros lo tenemos más fácil. Sabemos que Su muerte en cruz es antesala de la resurrección, y sabemos que Él se ha quedado con nosotros.

No nos dejemos llevar por la aversión al sufrimiento, pues la Cruz es el Camino a la Vida, es la opción generosa y valiente de los que emprenden el camino de regreso a Casa: servir y darlo todo para vivir de verdad, que es infinitamente más que sobrevivir, mientras logramos la Obra que hemos venido a ser y a entregar. 

Apártate Satanás nos dice tantas veces Jesús, como a Pedro. Satanás, el príncipe de este mundo, el diablo, el separador… Al preguntarnos Quién es Él para nosotros, como hicimos el domingo pasado, preguntémonos también qué es lo que Jesús quiere apartar de nosotros y en nosotros, qué hay del príncipe del mundo en cada uno. Aparta, renuncia a lo que te encadena al pensamiento diabólico, separador del mundo, suelta lo que hay en ti que te impide entregarte y aceptar la voluntad de Dios en tu vida… 

Jesús llama a Pedro Satanás para que se libere de la lógica del mundo, dualista, lineal, de triunfalismo y competencia. Es el eje horizontal de la Cruz que, sin el eje vertical, se hunde en el légamo del tiempo, para acabar desapareciendo. 

Pero Jesús nos trae el eje vertical para que enarbolemos la Cruz salvadora, que ya no es patíbulo humillante, sino trono de gloria, el signo luminoso de la entrega por amor, la aceptación alegre y coherente de la Voluntad del Padre. Una sabiduría que sorprende, porque la mente no puede entender ni aceptar que los últimos sean los primeros y que todo un Dios sirva y se humille hasta la muerte destinada a los malhechores. 

Acepta las ofensas, traiciones, humillaciones a las que el mundo te somete. Encájalas con la dignidad propia de un hijo de Dios que sabe que su heredad es la mejor y la valora, la aprecia y se goza en el gozo del Señor. Él, que es Dios, vino a salvarnos y dejó que se sometió a la más tremendas ofensas, traiciones  y humillaciones. 

Tu sufrimiento vivido junto a Jesús se convierte en  sufrimiento redentor. Adán cruzó la voluntad humana sobre la divina. Jesús cruza la Voluntad Divina sobre la humana. La cruz es siempre dolorosa, porque la Voluntad Divina y la voluntad humana debían de ir unidas, fundidas y esa unión se rompió con la caída primera y la rompemos todos una y mil veces. Por eso, cada uno ha de cargar con su cruz personal y seguir a Jesús.

La Cruz que formó Adán significa muerte. Se abrió un abismo entre lo divino y lo humano por la crucifixión en el hombre de la Voluntad Divina. Para unir este abismo y crear el puente, se necesitó que el Verbo encarnado, teniendo las dos voluntades, divina y humana hiciera lo contrario. En la Cruz del Calvario es la Voluntad Divina la que se cruza sobre la voluntad humana para devolvernos la Vida. La Cruz es el puente que se tiende entre divinidad y humanidad, la muerte y la Vida.

Por eso, hacer de Cristo crucificado nuestra referencia es el Camino. Quien mantiene sus ojos fijos en Él no pierde nada, porque la perspectiva se amplía hasta lo infinito, y todo se va transfigurando, iluminado por la luz de Jesucristo. Estamos de nuevo ante el “camino del no soy” que tantas veces hemos contemplado: de la riqueza a la pobreza; del orgullo a la humildad; de la idolatría de los bienes del mundo, a la desposesión que hace posible la entrega total.

Y si tienes que cargar con cruces que te parecen demasiado pesadas y con humillaciones y traiciones que resultan demasiado duras, recuerda que estás unido indisolublemente a Jesús con vínculos eternos y di con Él: “Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora? Pero si por esto he venido, para esta hora: Padre, glorifica tu nombre.” Juan 12,27-28.

La meta es unirnos de tal modo a Cristo que Su vida sea la nuestra y nuestra pobre vida mortal quede clavada en Su cruz, integrada en Su Vida. Entonces la pérdida se transforma en una ganancia inimaginable; la negación de sí, en un hallazgo del verdadero Sí mismo; toda renuncia, en el Encuentro decisivo; la muerte del ego, en la Vida verdadera. 

En en blog hermano, Días de gracia, una homilía sobre la Cruz del Cardenal Newman, anglicano que se convirtió al catolicismo, canonizado en 2019.


         La Cruz y el sufrimiento, fuentes de reparación en el Reino de la Divina Voluntad


13 de agosto de 2026

La Asunción. "Enaltece a los humildes."

 

Evangelio según san Lucas 1, 39-56

En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.» María dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. El hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia –como lo había prometido a nuestros padres– en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.» María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa.

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La Asunción de la Virgen, Annibale Carracci


El Magnificat, el canto evangélico de María, señala el camino hacia el Hogar, que es asunción, porque Dios quiere elevarnos hacia Sí para asumirnos en Sí. Ya nos asumió con todo lo bueno y lo malo en la Encarnación. Ahora nos quiere elevar, para que donde Él esté estemos también nosotros.

Si María Santísima ha sido asunta al cielo en cuerpo y alma… ¿Dónde está? ¿Cómo está? ¿Dónde están ella y Jesús, con sus cuerpos, los únicos cuerpos gloriosos hasta el final de los tiempos? ¿Qué tiempos, si para Dios no hay tiempo? ¿En qué estado viven, aguardan los santos? ¿Qué es el Cielo? ¿Cómo es el Cielo? Si no es lugar, sino estado… ¿Cómo será llegar a él? No lo sé, ni falta que hace. Me basta saber que todo es parte del Plan maravilloso del Dios del Amor y de la Vida. 

¡A Jesús por María!, como dice San Luis María Grignion de Monfort y Santa Madre Maravillas de Jesús. Caminar hacia Él, sobre las aguas turbulentas de la vida, de la mano de María. Y, como a ella, es Él quien nos iza, nos alza, nos eleva y nos asumirá.

Nuestras vidas están en su humanidad encarnada, muerta y resucitada. Enamorados de Jesús, fundidos con Él, que santificará y eternizará todo lo bueno de nuestras vidas. 

Mira hacia el Cielo, mírale a él y tendrás todo. María inauguró este fundirse en la Voluntad Divina con el Fiat mihi. Continúa tú pronunciando con cada acto de tu vida el Fiat Voluntas Tua 

Muchos rechazan la existencia del Cielo y una vida perdurable porque son cobardes. El Cielo supone responsabilidad y coherencia. Es más fácil, más cómodo, más ventajoso, incluso, para los incoherentes, los tibios, los que ponen su corazón en lo mundano, que todo acabe aquí.

El Cielo supone valor, coraje, coherencia y responsabilidad, sacrificio y entrega total. No es resignación ni opio de los pueblos, sino compromiso auténtico. Es afrontar la propia coherencia, la propia autenticidad. 

Porque para poder ser elevados, hemos de desprendernos de lo que pesa. La buena noticia es que se puede “rehacer” la propia vida si se vive en unión con Cristo. Él nos devolverá nuestra vida, pues la vivió por nosotros, para que la revivamos a la luz eterna del más allá–más acá, pero con una claridad distinta, con una densidad diferente, la materia glorificada.

Ascenderemos a nuestro Yo real y eterno, el que Dios soñó para cada uno. ¿Quién asciende?, ¿cómo asciende?, ¿en qué se asciende? Esencia, centro, corazón, alma inmortal, cayendo al fin lo viejo y lo caduco... Ascenderemos con nuestra apariencia eterna, la de nuestra verdadera juventud, que es nuestro ser más profundo, el impulso de todo aquello que el Señor nos ha dado y hemos aceptado, incorporado, unificado en Él.

                       Concierto para la Asunción de la Virgen María, Vivaldi


El tronco corrompido por el pecado que soy yo recibirá por el Nombre de Jesús savia y vigor; por Él, reverdecerá mi humanidad y dará frutos a la gloria de Dios. El espíritu de mi voluntad, que ahora está en la humanidad de Cristo, y que vive por su Espíritu, dará por Su virtud savia a la rama desecada, para que el último día, a la invocación de las trompetas celestes que son la voz de Cristo y la mía propia en Él, resucite y reverdezca en el Paraíso.
                                                                                                              Jacob Boëhme

15 de julio de 2026

Stabat Mater

 

Evangelio según san Juan 19, 25-27

Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.

                                               Ntra. Sra. del Carmen. Juan Carreño

El otro ladrón, el de la derecha, y que casi a sus pies tiene a María a quien mira más que a Jesús, que hace unos cuantos momentos ha estado diciendo en voz baja: “La madre”, añade: “Cállate. ¿No temes a Dios ni siquiera ahora que sufres esto? ¿Por qué insultas a quien es bueno? Está en un suplicio mayor que el nuestro. Él no ha hecho nada malo”. (…)

Los judíos arrojados más allá de la plazoleta, no dejan de insultar, y el ladrón impenitente se hace eco. El otro, que mira con mayor compasión a la Virgen, llora y le reprocha duramente cuando oye que también ella es insultada. “Cállate. Acuérdate que naciste de mujer. Piensa que nuestras madres han llorado por nosotros. Y fueron lágrimas que la vergüenza les arrancó… porque somos unos criminales. Nuestras madres ya murieron… Quisiera pedirle perdón… ¿Lo podré? ¡Era una santa!… la maté con los dolores que le produje… Soy un pecador… ¿Quién me perdona? Madre, en nombre de tu Hijo que agoniza, ruega por mí”.

María levanta por un momento su rostro desgarrado, mira a este malvado que, a través del recuerdo de su madre, y de verla a Ella, se encamina hacia el arrepentimiento, y parece como si lo acariciara con su mirada de paloma. Dimas llora recio, lo que provoca mucho más las befas de la plebe y de su compañero. Aquellos aúllan gritando: “¡Bravo, bravo! Tómatela por Madre. ¡Así tiene dos hijos criminales!” El otro por su parte: Te ama porque eres un retrato de su amado”. Jesús habla por primera vez: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Esta súplica vence los temores que le quedaban a Dimas. Se atreve a mirar a Jesús y le dice: “Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino. Es justo que yo sufra. Compadécete de mí y dame la paz en la otra vida. Te oí hablar una vez; y, necio, rechacé tus palabras. Ahora me arrepiento de ello, de mis pecados delante de Ti, Hijo del Altísimo. Creo que has venido de parte de Dios. Creo en tu poder. En tu misericordia. Jesús, perdóname en nombre de tu Madre y de tu Padre Santísimo”.

Jesús se vuelve y lo mira con gran compasión. Una sonrisa bellísima se dibuja en su pobre boca. Responde: “Te digo esto: Hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

El ladrón arrepentido se tranquiliza; y, habiendo olvidado las plegarias que había aprendido, se pone a repetir como jaculatoria: “Jesús Nazareno, rey de los judíos, ten piedad de mí; Jesús Nazareno, rey de los judíos, espero en Ti; Jesús Nazareno, rey de los judíos, creo en tu Divinidad”.

                                     María Valtorta, El Evangelio como me ha sido revelado


Finalmente lo seguí al Calvario, donde en medio de penas inauditas y espasmos horribles fue crucificado y levantado en la cruz, y sólo entonces me fue concedido quedarme a los pies de la cruz, para recibir de sus labios agonizantes el don de todos mis hijos y el derecho y sello de mi maternidad sobre todas las criaturas. Y poco después, entre espasmos inauditos expiró. Toda la naturaleza se vistió de luto y lloró la muerte de su Creador. Lloró el sol, obscureciéndose y retirándose horrorizado de la faz de la tierra. Lloró la tierra con un fuerte temblor, desgarrándose en varios puntos por el dolor de la muerte de su Creador. Todos lloraron, las sepulturas abriéndose, los muertos resucitando, y también el velo del templo lloró de dolor rompiéndose. Todos perdieron el ánimo y sintieron terror y espanto. Hija mía, y tu Mamá está petrificada por el dolor, esperándolo en mis brazos para ponerlo en el sepulcro.

Ahora escúchame, en mi intenso dolor quiero hablarte con las penas de mi Hijo de los graves males de tu voluntad humana. Míralo en mis brazos dolientes, cómo está desfigurado, es el verdadero retrato de los males que el querer humano hace a las pobres criaturas, y mi querido Hijo quiso sufrir tantas penas para levantar nuevamente esta voluntad caída en lo bajo de todas las miserias, y en cada pena de Jesús y en cada dolor mío la llamaban a resurgir en la Voluntad Divina. Fue tanto nuestro amor, que para poner al seguro esta voluntad humana la llenamos de nuestras penas, hasta ahogarla, y la encerramos dentro de los mares inmensos de mis dolores y de los de mi amado Hijo. Por eso, en este día de dolores para tu Madre dolorosa, y todo por ti, dame por correspondencia en mis manos tu voluntad, para que la encierre en las llagas sangrantes de Jesús, como la más bella victoria de su pasión y muerte, y como triunfo de mis acerbísimos dolores.

                                                                          Luisa Piccarreta, Reina del Cielo



4 de julio de 2026

"Mi yugo es llevadero y mi carga ligera"

 

Evangelio según san Mateo 11, 25-30

En aquel tiempo, exclamó Jesús: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»

File:El Buen Pastor, de José García Hidalgo (Museo de Bellas Artes ...
El Buen Pastor, José García Hidalgo


Purificad vuestra alma, rendidla para poder entender la llamada del Señor que os repite: ¡Ven y sígueme! Es la voz que guía a quien tiene el corazón puro; en cambio, la gracia de Dios resbala en un alma repleta y desgarrada por una multitud de posesiones. San Clemente de Alejandría


El Señor se revela a los pequeños y sencillos que pueden reconocer, mucho más que los “sabios” del mundo, que no sabemos ni podemos nada por nosotros mismos. Pero unidos a Él, somos capaces de todo, nada nos parece imposible. Lo esencial es volver la mirada y el corazón hacia Cristo, cada día, cada instante; atentos a Su obra en nuestros corazones. 

Frente al conocimiento dualista, diabólico, que lleva a la entropía, nosotros acogemos el Conocimiento que unifica. El Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal es elegir con la soberbia del “seréis como dioses”. Nosotros abrazamos el Árbol de la Vida, la Cruz de Cristo, la única opción que integra, redime, reúne todo y lo ofrece. Ese es Su yugo, llevadero en Él, y Su carga, ligera con Él.

El conocimiento diabólico que la serpiente inoculó en Eva es germen de separación y dis-yuntivas. Crea dilemas y conflictos. El conocimiento divino une, es yunta/yugo ligero, impulsa a amar y a servir, no busca la gloria personal, sino la de Dios. Non nobis, Domine..., no a nosotros, sino al Señor, la gloria… El lema de los de Jesucristo, fin de los dilemas. Al Señor la gloria, viviendo en Él, por Él, con Él.

El pequeño y sencillo reconoce cuál es el Bien verdadero y cuál el simulacro; sabe calcular sus años, tan pocos siempre, aun en los muy longevos, un latido, un bostezo apenas, un parpadeo en la eternidad; y sabe que dejar todo lo que se tiene o se cree tener es dejar lo poco, lo casi nada. ¿De qué valen los tesoros de lo poquísimo, de lo casi nada? Pura apariencia, pura calderilla. 

Para dejarlo todo no hace falta ser muy valiente, sino ser sabio, con la Sabiduría de Dios. Renunciar a la escoria y las baratijas, para dedicar esfuerzo y vida a lo eterno.

Deja que los sabios y entendidos del mundo se ocupen de salir bien en la foto que el tiempo destruirá y se estrechen las manos falsas y advenedizas que pronto serán solo hueso y luego polvo y luego nada. Que luzcan ellos sus atuendos de soberbia y vanidad, de lujo vergonzoso y ostentación. Que se coloquen bien para el retrato de los nuevos Dorian Gray. 

Tú preocúpate del único retrato que perdurará, el que Dios está haciendo de cada uno, fundiendo fotogramas, instantes, miradas, decisiones, acrisolando el oro de la entrega sincera a Su Voluntad, que es Amor infinito. Preocúpate del vestido necesario para entrar en el banquete eterno, esa túnica blanca que Jesús ganó para ti y solo has de aceptarla y ponértela. Pero para podértela poner has de haberte desnudado antes de todo los demás, lo que el mundo valora y son solo harapos.

Porque su yugo es suave y su carga ligera, decidimos abandonar definitivamente la esclavitud del pecado y de la voluntad humana para vivir en la dulce esclavitud de Dios, que libera, transforma, ensalza, hace en el alma verdaderas maravillas.  Y solo nos queda seguir trabajando para extender este Reino que hemos acogido, para que todos comprendan y compartan el “lo quiero todo” de Santa Teresita, modelo de los pequeños y sencillos.

      227. Diálogos Divinos. La necesidad de la nada en la Divina Voluntad


¿Qué no valdrá entonces, habiendo entrado en la tierra y la tierra en uno, habiendo sido poseído por la tierra, liberarse de su yugo amargo, pesado de fango oscuro, macilento del polvo de siglos, dejar atrás para siempre su condena y recuperar la inocencia primordial.
Es posible, para quien se deja guiar por Aquel cuyo yugo es llevadero y su carga ligera (Mt, 11, 30). Es posible, de Su mano, regresar a la fuente de la transparencia y la libertad.
La tierra de esclavitud es una matriz para aquel que se verticaliza y una tumba para el que se enamora de ella.
¡Y Egipto ensalzará sus tumbas! Mas se hará matriz para los hebreos.
Uno comprende entonces que Egipto en el lenguaje bíblico, simbolice el mundo llamado “de la Caída”. E Israel, el de la realización, fuera del condicionamiento de la caída, al darle acceso a la “tierra prometida”, tierra interior; de la que Jerusalén es la gemela en el exterior.                                                                      
                                                                                           Annick de Souzenelle

23 de junio de 2026

Benedictus

 

Evangelio según san Lucas 1,57-66.80

A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Al enterarse sus vecinos y parientes de la gran misericordia con que Dios la había tratado, se alegraban con ella. A los ocho días, vinieron para circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre dijo: "¡No! Se va a llamar Juan". Ellos le decían: "No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre". Entonces preguntaron por señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió: "Su nombre es Juan". Todos quedaron admirados. Y en ese mismo momento, Zacarías recuperó el habla y comenzó a alabar a Dios. Los vecinos quedaron sobrecogidos, y se comentaban todos estos hechos por toda la montaña de Judea. Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: "¿Qué llegará a ser este niño?". Porque la mano del Señor estaba con él. El niño iba creciendo y se fortalecía en el espíritu, y vivió en lugares desiertos hasta el día en que se manifestó a Israel. 

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Natividad de San Juan Bautista, Ghirlandaio

Ciertamente, no era la Luz, pero permanecía por entero
en la luz, el que mereció dar testimonio de la Luz verdadera.
                                                                                             
San Máximo de Turín

Hoy celebramos, como Solemnidad, el nacimiento de San Juan Bautista, el único santo, a excepción de la Santísima Virgen María, del que la liturgia celebra el nacimiento, y lo hace por estar relacionado con el Nacimiento de Jesucristo. San Juan Bautista anuncia al Verbo encarnado que viene a dar cumplimiento a todas las promesas que anunciaron los profetas. Con Juan acaba el Antiguo Testamento y comienza la Buena Noticia. Así lo presenta el propio Jesús: “Yo envío a mi mensajero delante de ti, para que prepare tu camino ante ti. En verdad os digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él» (Mateo 11, 10-11).

La Natividad de Juan se celebra tres días después del solsticio de verano: lo que empieza a morir, aunque aparentemente está en la plenitud de la vida. En el calendario se sitúa en el polo opuesto del solsticio de invierno, en que celebramos la Navidad: el Sol invicto, la semilla de Vida para todos, en la aparente oscuridad del invierno y en la fragilidad de un recién nacido. Pero a partir de esa noche, la más larga del año, los días empiezan, muy despacio, a alargarse sin que tengamos que hacer nada, como la semilla que el sembrador esparció en tierra buena o el grano de mostaza de los que hablaba Marcos en el Evangelio del domingo pasado. 

Juan el Bautista marca la superación del Antiguo Testamento, del vino viejo, del ascetismo y la conversión en medio de sufrimientos, culpa y ceniza. Jesucristo es el Nuevo Testamento, el Camino, la Buena Nueva que libera, alegra y expande el corazón. Todo el que le sigue puede entrar en el reino y alcanzar la estatura, el tamaño, el nivel que su fe y su entrega le permitan. 

Juan llamaba al arrepentimiento y, enérgico y riguroso, sacudía las conciencias, pero se quedaba en la literalidad de la ley. Por eso Jesús dijo de Él que era el mayor de los nacidos de mujer, pero que el más pequeño del reino de los cielos era mayor que él. Juan hablaba de normas, cumplimientos, reglas externas, Jesús hablará de la transformación interior necesaria y previa para poder hacer. Juan les decía lo que tenían que hacer, Jesús les decía, nos dice, lo que hemos de ser.

Juan es la enseñanza literal, buen germen necesario, buena piedra donde cimentar. Pero hay más, mucho más que la piedra; los que quieran, además de la piedra, el agua y el vino han de transformarse en vasija vacía y en odre nuevo, y seguir a Aquel que es el Agua Viva y el Vino Nuevo, el mejor de las Bodas porque, con ser nuevo, conserva el sabor y el aroma de la Verdad, la Belleza y la Bondad eternas.

El sentido literal de la Enseñanza, que Juan predicaba, ha de ser respetado y conservado, como peldaño para acceder a niveles superiores de la Enseñanza de Cristo, viva porque brota del Verbo Creador y de la experiencia transformadora de Comunión con Él que cada uno de nosotros seamos capaces de vivir y compartir.
 
El que bendice es bendecido, es ley del nuevo orden que Jesús viene a instaura. Isabel, que bendijo a  su prima María con las palabras que recordamos cada día en el Avemaría, fue la bendecida madre del Precursor. Y el padre de la voz que clama en el desierto, fue bendecido recuperando la voz y el habla cuando acató el mandato del ángel e impuso a su hijo el nombre de Juan. Zacarías recupera la voz y alaba a Dios, que es la finalidad para la que tenemos voz y vida. De esta alabanza surge el Benedictus, la oración que la Liturgia de las Horas reza en Laudes para bendecir y alabar al Señor.
 
Bendito sea Juan, el mayor de los nacidos de mujer, por ser la Voz que anuncia al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Bendito sea por llamarnos a la conversión con claridad y contundencia, bendito, por su valentía y su humildad. Bendito sea por reconocer sus limitaciones y apartarse, por mostrarnos al Maestro para que, siguiéndole, aprendamos a ser ciudadanos del Reino. O a recordar que ya lo somos.

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La Visitación, Van der Weyden


AGUA Y ESPÍRITU

María e Isabel, dos senos llenos de Vida.
Uno, virginal, de mujer muy joven, casi niña,
fecundado por el Espíritu.
El otro, de mujer cansada,
desierto de carne seca,
que el Espíritu empapa y hace fértil,
para que la semilla de hombre fructifique.

Manos que se cruzan en los vientres,
miradas que manan amor reverente,
éxtasis de asombro.
Cuerpos que se encuentran
e intercambian los latidos nuevos.
Signo de infinito, dar y recibir.
Fiat, hágase.

La obra entregada que,
aceptada y transformada,
se convierte en Obra.
Propósito y existencia,
materia iluminada por el Verbo increado,
que se hace carne para elevar y transmutar la carne.

Placenta primordial y placenta humana
agitándose de asombro.
Crisol atemporal, espiral eterna,
lazo infinito que perpetúa la Salvación.
Mengüemos a lo que no somos,
para crecer a lo que Somos
por Él, con Él y en Él.

Jesús salva.
Preparemos Su Camino,
fundiéndonos con Él
en  abrazo sagrado,
entrelazando luz, con Luz,
agua de la experiencia con el agua de la Vida,
Comunión de las aguas para Ser.


¡Dichoso tú, Juan, elegido de Dios, tú, que has puesto la mano sobre tu Maestro, tú, que has cogido en tus manos la llama cuyo resplandor hace temblar a los ángeles! ¡Estrella de la mañana, has mostrado al mundo la Mañana verdadera; aurora gozosa, has manifestado el día de gloria; lámpara que brilla, has designado a la Luz sin igual! ¡Mensajero de la gran reconciliación con el Padre, el arcángel Gabriel ha sido enviado delante de ti para anunciarte a Zacarías, como un fruto fuera de tiempo… El más grande entre los hijos de los hombres (Mt 11,11) vienes delante del Emmanuel, de aquél que sobrepasa a toda criatura; primogénito de Elizabeth, tú precedes al Primogénito de toda la creación!      
                                                                                                                      San Efrén         

6 de junio de 2026

Corpus Christi

  

Evangelio según san Juan 6, 51-58

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: “Yo soy el pan que ha bajado del cielo: el que come de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.” Disputaban entonces los judíos entre sí: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?” Entonces Jesús les dijo: “Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre.”

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La multiplicación de los panes y los peces, Tintoretto

Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo; celebramos la Vida que se nos ofrece cada día, el Cuerpo y la Sangre de Cristo, Su Alma y Su Divinidad, que entra en comunión con nosotros, si Le recibimos y Le acogemos. Dios que se da a Sí mismo tras el velo del pan y del vino, por amor. Como decía san Juan de la Cruz, a la tarde nos examinarán en el amor. Solo eso nos llevaremos, el amor, esa entrega total e incondicionada, de la que Jesucristo es modelo y maestro. Por eso hoy celebramos también el Día de la Caridad. 

En cada Eucaristía el Señor me sana. Digo: “No soy digna de que entres en mi casa, pero una palabra Tuya bastará para sanarme”. Y me doy cuenta de Cuál es la Palabra: la actualización del Sacrificio eterno y la Comunión con Él. Y, entonces, digo también: “ven a Tu casa, entra en Tu casa, y quédate”.

En la Consagración, ofrezco al Padre mi vida, mi ser, mi pasado, incluso mi futuro, junto a Jesucristo, el Cordero de Dios, el eterno inmolado, para que me transforme en Él. ¿Qué mejor sanación? Desaparezco; lo enfermo, lo roto, lo perdido, lo erróneo, lo fracasado desaparece. Y Él es en mí; la integridad, la perfección, la vida, la plenitud. Vivo en Cristo y Él vive en mí, sin tiempo ni espacio.

El Verbo increado, el Niño del pesebre, el Maestro que enseña a amar, el Crucificado, el Resucitado, Cristo eterno, como un diamante de infinitas facetas en mí. Pues ya no soy yo quien conecta con lo infinito, sino, como siempre, es el infinito el que ha descendido. Prodigioso intercambio que se inició en Nazaret, cuando María dijo “hágase en mí”, y tiene lugar ahora que comulgo y acepto que Él me asimile a Sí.

Más íntimo a mí que yo mismo, dice San Agustín. Es la meta de Dios; la identificación total. Si fuéramos conscientes de que, al comulgar, Dios entra verdaderamente en cada uno, seríamos transformados hasta en lo físico. Si tuviéramos la firme convicción de que es Jesús, todo sería rehecho, recreado por Él.

El Evangelio es la buena noticia de la intimidad del alma con Dios. El Reino es Él; no hace falta traerlo, esperarlo o proyectarlo. El Reino, la fuente de la vida que restaura la semejanza perdida, ya está aquí, ¡dentro de cada uno al comulgar! Vivamos de forma que pueda quedarse, más allá de lo que tardan las especies en desintegrarse. 

Déjale espacio; desaparece para que pueda quedarse, que no tenga que irse por no encontrar correspondencia en tu corazón, que nada te distraiga. Es Dios en ti, viene a demostrarte cuánto te ama, haciéndose Uno contigo. 

Viene encadenado, aprisionado en una Hostia, sin poder moverse ni hablar. Solo quiere que Le acojas, para no salir de ti cuando las especies de pan y vino han sido consumidas. Quiere encontrar la correspondencia para poder quedarse y vivir en ti. Quiere encontrarse a Sí mismo en ti.

No mires el reloj, pensando si la Misa ha sido larga o corta o qué vas a hacer ahora, ¡estás en la eternidad! No cantes por inercia esa cancioncita que te sabes y han empezado a entonar algunas voces… No la cantes, si no eres capaz de cantarla mientras mantienes la atención en Lo que ha entrado en ti, que es más grande que todo el universo, más importante que todos los siglos pasados y por venir. Más que inmenso, más que trascendente, más que infinito…, la Fuente inagotable del Amor que quiere saltar en ti hasta la vida eterna, para que ames, como Él, hasta el extremo.

Pero cantamos, charlamos, pasamos deprisa a la siguiente actividad del día, retomando nuestra distracción y dispersión habituales… Y Jesús no puede quedarse…, y has vuelto a perder la vida divina que estás llamado a vivir desde toda la eternidad. Esta tarde vuelve a actualizarse el Sacrificio nuevo y eterno de un Dios que no se cansa de esperar la Comunión verdadera y definitiva. Ponte nuevamente en el altar, con tus miserias y anhelos, sin reservarte nada, y, cuando comulgues, detente, calla, escucha. Es Dios que te abraza y que te habla. Es Dios en ti, deja que Sea. 



Ave Verum Corpus, Mozart, por Andrea Bocelli

Nos despertamos en el cuerpo de Cristo
cuando Cristo despierta en nuestros cuerpos.
Bajo la mirada y veo que mi pobre mano es Cristo;
él entra en mi pie y es infinitamente yo mismo.
Muevo la mano, y esta, por milagro,
se convierte en Cristo,
deviene todo él.
Muevo el pie y, de repente,
él aparece en el destello de un relámpago.
¿Te parecen blasfemas mis palabras?
En tal caso, ábrele el corazón.
Y recibe a quien de par en par
a ti se está abriendo.
Pues si lo amamos de verdad,
nos despertamos dentro de su cuerpo,
donde todo nuestro cuerpo,
hasta la parte más oculta,
se realiza en alegría como Cristo,
y este nos hace por completo reales.
Y todo lo que está herido, todo
lo que nos parece sombrío, áspero, vergonzoso,
lisiado, feo, irreparablemente dañado,
es transformado en él.
Y en él, reconocido como íntegro, como adorable,
como radiante en su luz,
nos despertamos amados,
hasta el último rincón de nuestro cuerpo.

                                                          Simeón, el Nuevo Teólogo



De La Misión, de Roland Joffé, 1986