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4 de abril de 2026

La Gloria de la Resurrección

 

Evangelio según san Juan 20, 1-9

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien quería Jesús, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. Salieron Pedro y el otro discípulo, camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: Vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

                     La Resurrección del Señor, Paraclesion de San Salvador en Chora

Pero aún no se dieron mucha cuenta de que el mundo había muerto en la noche. Lo que aquellos contemplaban era el primer día de una nueva creación, un cielo nuevo y una tierra nueva. Y con aspecto de labrador, Dios caminó otra vez por el huerto, no bajo el frío de la noche, sino del amanecer.
 Chesterton

Pasó un Resucitador por el mundo y nació en el mundo una esperanza más grande que todos los siglos; la cual no morirá. Uno que ya no tenía esperanza ha escrito: "Jesús es simplemente la esperanza más grande que ha pasado por la Humanidad..."
Oh Renán, escucha: No ha pasado.
            Leonardo Castellani

Vieron el sepulcro vacío y creyeron. Entonces comprendieron las Escrituras y las palabras de Jesús, que había anunciado su muerte y resurrección. Cristo ha vencido a la muerte por nosotros para que también resucitemos. Es la Buena Noticia para los que estábamos condenados a muerte. Morir ya no es morir, es solo un paso, el tránsito hacia la vida perdurable y dichosa. Así lo entendieron los apóstoles después de la resurrección del Maestro. Experimentaron que Jesús estaba vivo, y comprendieron que su promesa de vida eterna es una promesa que se cumple.

Y así lo proclaman a los cuatro vientos: “ha resucitado”. La muerte no es el final; Jesús abre el camino hacia una nueva humanidad; lo imposible ya es posible. Creer en la resurrección de Jesús, no solo es tener por cierta su resurrección, sino resucitar. Ya hemos resucitado con Él. “¡Despierta, tú que duermes; levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz!” (Efesios 5,14).

El Hombre Nuevo es la Resurrección, que se puede vivir ya, ahora, antes incluso de haber atravesado la puerta que es la muerte. Porque hemos muerto con Cristo y  hemos resucitado con Él. Dios se ha hecho hombre para salvarnos de la muerte eterna; ha pagado por nosotros; ha muerto en nuestro lugar para, resucitando, resucitarnos. Podemos darlo por seguro, porque Jesucristo lo ha prometido y Su Palabra no pasa porque es Palabra de Vida eterna. 
 
  Ave Verum Corpus, Mozart. L. Bernstein

         Aparente paradoja del cristiano: consciente de su cuerpo mortal, y, a la vez, convencido de la inmortalidad del alma. Sería contradictorio, si no hubiera venido Jesucristo a elevarnos con Él y llevarnos a un destino increíble: la resurrección total del individuo en cuerpo glorioso, alma y espíritu. El cuerpo, nacido del polvo, es elevado a una dignidad jamás pensada, un destino de Gloria eterna. Jesucristo lo ha glorificado, al encarnar como uno de nosotros.

Así lo explica San Pablo en la Primera Carta a los Corintios: “Se siembra un cuerpo corruptible, resucita incorruptible; se siembra un cuerpo sin gloria, resucita glorioso; se siembra un cuerpo débil, resucita lleno de fortaleza; se siembra un cuerpo animal, resucita espiritual”.

Por eso, no queremos ser inmortales, sino volver a casa, hijos pródigos, resucitados. El inmortal no muere, y necesitamos morir, porque el que no muere, no da fruto, el que no muere, no resucita, no vive para siempre con el Señor de la Vida. 

Si para la inmortalidad, según la concebían los filósofos griegos, no era necesario morir, para resucitar, es imprescindible. Y muriendo ya a nosotros mismos, podemos vivir como resucitados en este mundo de formas y apariencias, que es figura del otro, el verdadero. Inmanencia y trascendencia integradas, alineando en vertical al ser humano nuevo que ya somos, mientras esperamos la Resurrección definitiva

Jesucristo ha glorificado el cuerpo, ha iluminado la materia a través de Su Encarnación-Cruz-Resurrección. Ha tomado el sufrimiento, la entropía, lo efímero, la caducidad de la carne, consustanciales a nuestra condición. Ha tomado todo lo que nos separaba de Él y del sueño que Dios soñó para nosotros y lo ha transmutado, purificado, convertido en "combustible" para el mejor de los futuros. Y toma también el futuro, porque decidimos volver con Él a ese Presente intemporal en que ya somos. 

Solo con corazón de poeta podemos "asomarnos" al misterio de la Resurrección de la carne y la realidad del cuerpo glorioso, esa materia iluminada que Jesucristo, Luz del mundo, inaugura. Si además, el poeta es sacerdote y experimenta cada día, en sus propias manos, la dicha de "los que creen sin ver”, puede transmitir mejor lo que intuye y siente. Así lo hace José Miguel Ibáñez Langlois, con versos esenciales y asombrados, sin puntuación:

…los ángeles le restituyen la sagrada materia
que la pasión dispersó por los elementos del mundo
por los látigos los puños los harapos
el madero el velo de la Verónica a los cuatro vientos
esa materia debe ser difundida por los siete vientos
y al mismo tiempo serle restituida a su glorioso dueño
el mundo es ya una reliquia pero el cuerpo debe estar íntegro
porque dentro de unos segundos ese cuerpo
                                                                          oh Dios
cuatro segundos
                          tres
                                 oh Dios ese cuerpo oh
dos
       uno
              ese cuerpo oh Dios
                                             ya
resucitó.

                       ***

Jesús
de ahora en adelante ya no te llamarás
tierra desolada
ni
el leproso se muere
ni
maldita en ti la luz del universo
no
sino que en adelante tu nombre será
casa del hombre
y
la otra cara del sol está naciendo
y
Amor mío amor mío eternidad.

                                       José Miguel Ibáñez Langlois


                                           

2 de agosto de 2025

Ricos ante Dios

 

Evangelio según san Lucas 12,13-21

En aquel tiempo, dijo uno de entre la gente a Jesús: «Maestro, dije a mi hermano que reparta conmigo la herencia». Él le dijo: «Hombre, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros?». Y les dijo: «Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes». Y les propuso una parábola: «Las tierras de un hombre rico produjeron una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos, diciéndose: “¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha”. Y se dijo: “Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el trigo y mis bienes. Y entonces me diré a mí mismo: alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea alegremente”. Pero Dios le dijo: “Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?”. Así es el que atesora para SÍ y no es rico ante Dios».


Imagen relacionada
Parábola del rico insensato, Rembrandt


"¡Ojalá hubiéramos vivido siquiera un día bien en este mundo!”

“¡Qué bienaventurado y prudente es el que vive de tal modo, 
cual desea le halle Dios en la hora de la muerte!"

Imitación de Cristo, Thomas de Kempis

Somos testigos cada día de lo inestable que es este mundo. Enfermedades, muertes inesperadas, tragedias, ruinas económicas. Se nos ha dicho de muchas maneras que Cristo nos ha salvado para la vida eterna, pero seguimos dando nuestro tiempo, energía, afanes y preocupaciones a lo que desaparecerá tarde o temprano y no dejará huellas. Porque lo hemos oído, pero no lo hemos escuchado realmente, ni lo hemos comprendido, ni lo hemos vivido. Si lo viviéramos, no se nos olvidaría que Él es nuestro Salvador y sentiríamos los efectos de esa Salvación y las riquezas infinitas que de ella proceden en nuestros cuerpos, nuestras mentes, nuestras almas.

¿Para quién será lo que escribes, si no es para Cristo? ¿Para quién será el tiempo que pasas alejada de Él? ¿Para quién será tu cuerpo si no es Su Templo? ¡Para el polvo y para el viento! Vive por, para, con él y todo lo encontrarás transformado y sublimado, completado y perfeccionado cuando toque rendir cuentas. 

Aprendamos a ser verdaderos pobres de espíritu, para derribar los graneros que construye el ego, ese hombre exterior, viejo y transitorio que, buscando la seguridad, el poder y el placer se apropia y se apega a lo material y lo efímero. Todo aquello a lo que nos apegamos creyéndolo propio son graneros, todo ilusorio, miserable al fin, si no lo vivimos con el desapego del hombre interior que, a pesar de todo, pugna por aflorar.

Es hora de invertir valores y poner nuestra confianza y seguridad en Dios, el único apoyo firme, el único verdadero. Realicemos el Reino en la tierra, para vivir ya como hijos de Dios, y la muerte será un tránsito gozoso para acceder a la morada eterna. 

Todos, de un modo u otro, hemos estado apegados a cosas, personas, circunstancias, incluso miserias y vanidades, a lo largo de la vida. Cuando lo reconocemos y, con asombro inocente, descubrimos que hay otra forma de vivir, una corriente de "dolor-amor" nos inunda, nos transforma, y nos da la posibilidad de rehacer nuestro pasado, renunciando a nuestra voluntad humana, mezquina, limitada, confusa y ciega, cuando actúa separada de la voluntad de Dios. Entonces, somos capaces de empezar de cero, y todo lo bueno que hubo en nuestra vida antes de este momento, perfeccionado y completado por la entrega definitiva, se convierte en combustible para el camino de regreso a nuestra esencia original. Empezamos a ser conscientes de nuestra verdadera riqueza, que es la Vida en Cristo y comprendemos con Santa Teresa que solo Dios basta. Volvemos a casa. 

                                               Hermano Rafael, Escritos Selectos CD 1


Oíd esto, todas las naciones;
escuchadlo, habitantes del orbe:
plebeyos y nobles, ricos y pobres;

Mi boca hablará sabiamente,
y serán muy sensatas mis reflexiones;
prestaré oído al proverbio
y propondré mi problema al son de la cítara.

¿Por qué habré de temer los días aciagos,
cuando me cerquen y acechen los malvados,
que confían en su opulencia
y se jactan de sus inmensas riquezas,
si nadie puede salvarse
ni dar a Dios un rescate?

Es tan caro el rescate de la vida,
que nunca les bastará
para vivir perpetuamente
sin bajar a la fosa.

Mirad: los sabios mueren,
lo mismo que perecen los ignorantes y necios,
y legan sus riquezas a extraños.

El sepulcro es su morada perpetua
y su casa de edad en edad,
aunque hayan dado nombre a países.

El hombre rico e inconsciente,
es semejante a las bestias, que perecen.

                                                                                                 Salmo 49

26 de octubre de 2024

Ver

 

Evangelio según san Marcos 10, 46b-52

En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y mucha gente, el ciego Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: “Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí”. Muchos le regañaban para que se callara. Pero él gritaba más: “Hijo de David, ten compasión de mí”. Jesús se detuvo y dijo: “Llamadlo”. Llamaron al ciego diciéndole: “Ánimo, levántate, que te llama”. Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le dijo: “¿Qué quieres que haga por ti?” El ciego le contestó: “Maestro, que pueda ver”. Jesús le dijo: “Anda, tu fe te ha curado”. Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino. 

                                                  Jesús cura a un ciego, Sebastiano Ricci

Yo sé que está vivo mi Redentor, y que al final se alzará sobre el polvo: después que me arranquen la piel, ya sin carne, veré a Dios: yo mismo lo veré, y no otro, mis propios ojos lo verán.

                   Job 19, 27-27

El ciego Bartimeo es un modelo para nosotros por su deseo de ver, que es deseo de despertar y encontrar la Verdad, por su gratitud y el anhelo de seguir a Aquel que ha reconocido como Hijo de David, antes de ver, y como Mesías, Hijo de Dios, recuperada la visión. 

El hijo de Timeo se dirige al Hijo de David. El ciego invoca a la Luz del mundo; ¿cómo no saltar, cuando la Luz que anhelas pasa por tu lado?

Ciego, apartado, pidiendo limosna, grita, Jesús le llama y suelta el manto, da un salto y se acerca: ese movimiento de la fe que le hace expresar su petición es lo que hace posible su curación.

Todos somos ciegos y, antes de que pase Jesús, Camino, Verdad y Vida, estamos sentados al borde del camino, en lo falso y estancado, sintiéndonos separados, incapaces, pidiendo limosna… Muchas de nuestras actividades aparentemente necesarias son una petición de limosna al mundo. Inútil petición, pues solo una cosa nos falta y por tanto solo una cosa hemos de pedir: reconocer a Jesucristo y seguirlo.

Date cuenta: Él te llama; te está llamando continuamente. Suelta el manto, da un salto, acércate a él y pídele ver. Él hará que veas, para que puedas volver al Camino, que es Él mismo. Abandona las tinieblas, la Luz verdadera te llama. Confía, suelta todo, salta, ve hacia Él, y síguele.

Porque la Verdad no es una idea o un concepto, ni siquiera un estado o nivel de conciencia que haya que buscar, encontrar o alcanzar. La Verdad es una Persona, Jesucristo, que te llama, te busca y te encuentra; una Persona en la que, por Amor, ya somos Uno. Reconocer esto es dejar de sentirnos separados, apartados o incapaces, es descubrir una fuerza que nos hace saltar y dejar todo, es Ver. Ver-dad. El que ve siente el imperativo interior de dar, de compartir su visión, ese tesoro por el que se vende todo. El que estaba ciego y pedía ahora ve y da porque ha reconocido la Verdad.

Como San Pablo, nos gloriamos en nuestra debilidad, y como Bartimeo, somos conscientes de nuestra pobreza, pero no permitimos que nuestras carencias y limitaciones nos frenen. Saltamos, dejamos el manto y las limosnas del mundo, y nos ponemos a seguirle por el camino, libres, capaces de todo, porque reconocemos que Él es la fuente de nuestra libertad y nuestra fuerza. Despiertos, seguros, viendo y siendo vistos por el Hijo de David e Hijo de Dios.

El ciego salta con prontitud en la respuesta, pero porque Jesús le ha llamado. Él siempre llama antes, ama antes, sana antes de que se lo pidamos. Dice Cabodevilla: Mientras el arrepentimiento anda a su lento paso, la misericordia corre, vuela, precipita las etapas, anticipa el perdón, manda delante, como un heraldo, la alegría.

El ciego pide compasión, misericordia al que ya reconoce como la Fuente de la misericordia. En la propia palabra misericordia, vemos cómo se integra y se transforma simbólicamente la miseria humana en el corazón que ama (miseri–cordia; cor/cordis, corazón), para crear una nueva realidad de compasión y perdón, de libertad y alegría.

Hoy hemos contemplado de nuevo la misericordia de Dios manifestada en su Hijo. La misericordia hace posible la sanación real, que es mucho más que una ceguera física superada o una visión de los ojos recuperada, es ver con los ojos interiores, saber, reconocer la Fuente de toda sanación.


Tan solo he venido, Juan Luis Guerra


La misericordia de Dios, es el amor que obra con dulzura y plenitud de gracia, con compasión superabundante. La mirada dulce de la piedad y del amor jamás se aparta de nosotros; la misericordia nunca se acaba. He visto lo que es propio de la misericordia y he visto lo que es propio de la gracia: son dos maneras de actuar de un solo amor. La misericordia es un atributo de la compasión, y proviene de la ternura maternal; la gracia es un atributo de gloria, y proviene del poder real del Señor en el mismo amor. La misericordia actúa para protegernos, sostenernos, vivificarnos, y curarnos: en todo esto es ternura de amor. La gracia obra para elevar y recompensar, infinitamente más allá de lo que merecen nuestro deseo y nuestro trabajo.

            Juliana de Norwich

21 de julio de 2024

Santa María Magdalena

 

Evangelio según san Juan 20, 11-18

Fuera, junto al sepulcro, estaba María, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, del lugar donde había estado el cuerpo de Jesús. Ellos le preguntan: “Mujer, ¿por qué lloras?”. Ella les contesta: “Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto”. Dicho esto, da media vuelta y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Jesús le dice: “Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?”. Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta: “Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré”. Jesús le dice: “¡María!”. Ella se vuelve y le dice: “¡Raboní!”, que significa: “¡Maestro!”. Jesús le dice: “Suéltame, que todavía no he subido al Padre. Anda, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro”.” María Magdalena fue y anunció a los discípulos: “He visto al Señor y ha dicho esto”. que había visto al Señor y que él le había dicho esas palabras.


María Magdalena, Frederick Sandys


Aún no se dieron cuenta de que el mundo había muerto en la noche. 
Lo que contemplaban era el primer día de una nueva creación, 
un cielo nuevo y una tierra nueva. Y con aspecto de labrador, Dios caminó 
otra vez por el huerto, no bajo el frío de la noche, sino del amanecer.

                                                                                           G. K. Chesterton

Hoy celebramos la memoria de esta mujer a la que tanto fue perdonado, la que tanto amó, apóstol de apóstoles. Esta sí que es "santa de mi devoción". Ante el Resucitado, sus ojos se abrieron a su realidad esencial y pudo verle.

María Magdalena es la segunda mujer nueva. La Virgen María fue la primera. Pero la Virgen María es inmaculada desde su concepción, no necesitó purificación ni transformación. María Magdalena, en cambio, tenía mucho que purificar. Se abrió de tal modo a la misericordia de Dios, que fue transformada casi al instante, no solo en su personalidad, sino también en su esencia y en su alma, tan castigada durante años de sueño y olvido. Porque para Dios nada hay imposible. (Lc 1, 37)

Ante la Cruz, donde los apóstoles, a excepción de Juan, fueron incapaces de llegar, el contraste radical entre la Inmaculada y la pecadora desaparece. En realidad, no se pueden hacer comparaciones: la Santísima Virgen es única, es un solo eslabón con Jesús y entra por su pie humano en el orden de Dios. Pero en el Amor todo se hace armonía y unidad, incluso lo más dispar. Unida a la grandeza de la Madre, María Magdalena, con Juan el discípulo amado como ella, formaban ante la Cruz un solo impulso de amor a Jesús.

María Magdalena es testigo de la Resurrección, por eso puede dar testimonio de ella. Nosotros también somos testigos de cómo el poder del Resucitado nos sigue rescatando de las fauces voraces del egoísmo, el hedonismo, la vanidad y la mentira. Es el mismo poder, la misma fuerza salvadora que nos anima, nos ayuda a levantarnos cada vez que caemos y dar a nuestras vidas un sentido cada vez más acorde con nuestra verdadera identidad.

La Resurrección, ese misterio inexplicable, se vuelve accesible cuando, con el corazón abierto, expandimos la consciencia y aprendemos a mirar más lejos, más alto, más hondo. Entonces recuperamos los ojos que ven y los oídos que oyen, y descubrimos que el labrador no es tal, y, al oír nuestro nombre en Su voz recuperada, volvemos a nacer, resucitamos.

Si creer en Él supone, como desveló a Marta, no morir para siempre (Jn 11, 25), creer en su Resurrección es ya resucitar. Creer en Él, tratar de vivir como Él, hacer nuestra Su experiencia…

María fue la primera testigo de la Resurrección, la primera resucitada. El Suyo es el Cristo Resucitado, porque también supo hacer suyo al Jesús que recorría los caminos polvorientos y enseñaba, curaba, ayudaba, perdonaba, Aquel que no tenía donde reposar la cabeza. Pero, sobre todo, porque hizo suyo al Jesús crucificado, siendo fiel hasta el final, como casi nadie, como la Madre, como Juan, el apóstol amado, con quien tanto comparte, en el terreno de lo inefable, la discípula amada. diasdegracia.blogspot.com

Resucitar con Él para seguir amando y ayudar a los demás a alumbrar la nueva vida; para vivir de verdad, porque hemos perdido demasiado tiempo sobreviviendo o dormitando. Dice Thomas Keating: “La segunda venida de Cristo puede ocurrir de dos maneras: con el final de los tiempos (sólo Dios sabe cuándo) o por nuestro acceso a la dimensión eterna dentro de nosotros.”

Cuando uno descubre, como María, que no puede vivir sin Él porque sin Él no es nada y con Él lo es todo, empieza a buscarle dentro, hasta que logra acceder dentro de sí a la dimensión en la que ya es uno con Él.

Resucitar con Él, hoy y cada día, hasta la definitiva Resurrección, cuando Él transforme nuestro cuerpo frágil en cuerpo glorioso como el suyo (Fil 3, 21).


                               223. Diálogos Divinos. Resurrección Divina

2 de marzo de 2024

Tú en mí

 

Evangelio según san Juan 2, 13-22

Como ya estaba próxima la fiesta judía de la pascua, Jesús fue a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: “Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.” Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: “El celo de tu casa me devora”. Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: “¿Qué signos nos muestras para obrar así?” Jesús contestó: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.” Los judíos replicaron: “Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?” Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la Palabra que había dicho Jesús.  


                       Jesús expulsa a los mercaderes del templo, El Greco
                                              
Jesús, Jesús, Jesús…,
azote de cambistas y de tibios,
cómo  ha de transformarse
el corazón para saber amar
como amas Tú...

Ya no sirven los suaves
vaivenes de lo cotidiano,
no sirve el previsible
empalago de la sensiblería,
ni el cambalache “te doy porque me das”,
donde, creyendo ganar,
perdemos todos,
perdemos Todo,
nos perdemos.

Ya no nos sirve nada
de lo aprendido,
lo conocido
lo familiar,
lo estable y lo seguro,  
no nos sirve nada,
no sirve.

La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular,
solo ella sirve,
solo la Roca,
nada más sirve
para la Obra.

Es hora de servir
cada uno a los otros,
y todos al Propósito;
servir y recorrer,
el camino de vuelta,
nuestros pies en Tus huellas.

Es hora de servir y de crear
contigo, en Ti,
no de pedir,
ni cambiar o vender para seguir,
tahúres tramposos,
trapicheando vida,
olvidando la Vida donde somos reales.

Se acabaron los negocios
que dispersan y confunden,
derribaste los mercados,
con un gesto profético,
tan lleno de significado,
de sentido esencial
como todos los tuyos,
como Tú.

La representación de este mundo se termina,
caen monedas, caen mesas,
caen sueños, experiencias repetidas,
caen mentiras, caen fichas,
caen barajas enteras
de naipes somnolientos,
castillos tan bonitos como falsos,
siempre a ras de tierra,
círculos planos, cansinos,
pues ni siquiera castillos
en el aire nos atrevimos a hacer…

Esos valdrían,
castillos invisibles hacia Ti,
verticales y dignos,
aire y silencio,
espirales de anhelo.
Esos sí valen,
luz que regresa
decidida a la Luz,
esos sí,
si el castillo o la obra es cada uno,
si el castillo soy yo, 
mejor dicho, Tú en mí,
y no le cuento a nadie
cómo vas elevándome,
espiral de consciencia
que se mira en el Verbo,

si el castillo o la obra que se entrega
soy yo, Tú en mí, y no le digo a nadie
lo que es ni lo que era,
lo que solté, a lo que renuncié
por el Tesoro
escondido en el campo,
el que pierde su vida, encuentra la Vida.

Jesús, Jesús, Jesús…
cómo nombrarte,
si se vuelve de oro
(pobre Midas)
celestial cada letra,
cuando no existe nada más que Tú.

Letras de oro,
pensamientos de oro 
ad-oro te devote,
fundiéndose en una
sola Letra alfa/omega,
y al final, ninguna letra,
ningún sonido,
Unidad primigenia recobrada.

Jesús, Jesús, Jesús,
aún tengo boca y voz para alabarte,
Tú que te hiciste humano,
para hacernos divinos,
Tú, el solo Santo,
sabes que canto 
mi canción a quien conmigo va 
y Ese eres Tú,
desde siempre y para siempre,
más que siempre, eternamente Tú,
Jesús,
Jesús,
Jesús


En el blog hermano, Días de gracia, otra mirada para contemplar el Misterio con temor y temblor.(www.diasdegracia.blogspot.com ).


                 Romance del Conde Arnaldos, Amancio Prada


No se entra en la vida de Cristo como a una pastelería, dispuestos a hartarnos de dulzuras. Se entra en ella como en la tormenta, dispuestos a que nos agite, a que ilumine el mundo como la luz de los relámpagos, vivísima, pero demasiado breve para que nuestros ojos terminen de contemplarlo y entenderlo todo.    
                                                                                                        José Luis Martín Descalzo


                                 218. Diálogos Divinos. Abandono en tiempo de flagelos