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13 de septiembre de 2026

Por la Cruz, a la Luz

 

Evangelio según san Juan 3, 14-21 

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no será condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. Ésta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios”.
                                    Mosaico absidal, Basílica de San Clemente, Roma

Gritad jubilosos, habitantes de Sión,
porque es grande en medio de ti el Santo de Israel. 
                                                                                                                   Isaías 12, 6

Cada 14 de septiembre, la Iglesia celebra la Exaltación de la Santa Cruz. "¡Volvamos al Señor!", dice el profeta Oseas. En ese regreso al Señor, que es la conversión, vamos soltando todo lo que nos sobra y nos pesa, impidiéndonos avanzar. Es un camino de vuelta instantáneo, sin dejar de ser infinito, si lo hacemos mirando la Cruz, centrados en Su Corazón traspasado, del que brota la Salvación y la vida eterna que es ya. A veces pensamos en la Salvación en futuro: confiamos en salvarnos cuando llegue la hora, sin darnos cuenta de que la Salvación ya ha sucedido y que la vida eterna empieza aquí. 

Nacimos por segunda vez en el Bautismo, pero no siempre somos conscientes de ello. En cada Pascua, meta de la Cuaresma, y en cada Eucaristía, se nos da la oportunidad de renacer de nuevo de agua y espíritu, como dijo Jesús a Nicodemo. Los conceptos son incapaces de alcanzar lo inefable, lo absoluto. Por eso Jesucristo nos guía hacia la Verdad, que es Él mismo, y nos eleva, nos ilumina y nos hace libres.

Creemos en Jesús y eso nos salva, pero, para renunciar a todo lo que nos mantiene en  las tinieblas del olvido, la inconsciencia y la ignorancia, apostamos por la coherencia, que las obras respondan a lo que hay en el corazón. No hacen falta gestos heroicos o evidentes, basta con vivir centrados en Cristo, mirando esa Cruz que lleva a la Luz, anhelando la Comunión que Él pidió al Padre para nosotros en la Última Cena. Mirándole, escuchándole, reconocemos las propias sombras, y Él las convierte en luz. Eso es realizar la verdad, dejar que la Verdad sea en ti, en mí, en nosotros, para ser Uno en Cristo.

Charles Arminjon, tan leído por Santa Teresita, escribe en El fin del mundo y los misterios de la vida futura:
“¡Pobres almas! No tienen más que una pasión, un afán, un deseo, superar el obstáculo que les impide lanzarse hacia Dios, que les llama y les atrae con toda la fuerza de su belleza, de su misericordia y de su amor sin límites. (…) Es imprescindible que sean echadas a un crisol devorador, para que se desprendan de la herrumbre de las imperfecciones humanas, para que, a semejanza del carbón negro y vil, salgan con la forma de un diamante precioso y transparente; es necesario que su ser se haga sutil, se depure de cualquier resto de sombras y de tinieblas, que se vuelva apto para recibir sin obstáculos los rayos y los esplendores de la gloria divina que, fluyendo un día a ellas a borbotones, las llenará como a un río sin orillas y sin fondo.”

Vivamos ya esa purificación que nos concede el fuego de Su amor, desechando todo lo que nos aparta de ese amor inmenso que brota del corazón cuando el Verbo encarnado ocupa su centro, y desde ahí nos eleva. La Jerusalén celeste ya, aquí, en una tierra renovada en cada ser humano que acepta seguir a Aquel que atrae con toda la fuerza de Su belleza, Su misericordia y Su amor sin límites. El Reino de los cielos está aquí. Jesucristo Es, y eso es mucho más que estar aquí o allí. Y yo soy, tú eres, somos en Él cuando Le entregamos todo y nos entregamos a Él para seguirle en el camino de regreso a Casa. 

El valor de la cruz, única esperanza en la Divina Voluntad


POR LA CRUZ A LA LUZ

En ese cuerpo muerto está la Vida,
y no es una metáfora o un símbolo.
Figura y símbolo era la serpiente
de bronce, salud para el que la miraba.

Y aquí no hay curación, hay mucho más;
un infinito más: la Salvación,
Luz inmortal corriendo por sus venas
eternamente nuevas, Luz de Luz. 
Mira a Cristo en la cruz, es lo que toca
representar ahora en este drama
que hemos creado desde la caída
en el sueño del sueño. Qué estridente

despertador hemos necesitado. Él lo sabía
y vino a hacerse hermano,
a hacerse tú, a hacerse yo,
en un vientre escogido de doncella inmaculada.

Pero ahora toca sombra, cadáver vertical
de Dios suspendido en un madero,
abrazo mudo y sordo al universo,
con esos brazos yertos,
con ese rigor mortis divino que ha cubierto
la tierra de tiniebla, el alma
de miedo, desamparo y soledad…

Es lo que toca... 
Si te quieres creer que el tiempo puede
vencer la eternidad, que el tiempo vence
con su estela de muerte y destrucción,
mira el cadáver, quédate en ese rostro inexpresivo,
rígido, seco, máscara
de silencio endurecido,
con el nunca jamás en cada rasgo,
con el nunca jamás
de todos los que han muerto y morirán.

Pero acaso has conocido de este drama
lo que sé, lo que tantos van sabiendo,
pues nos lo han enseñado desde arriba.
Tal vez has visto o intuido la tramoya,
y miras el cadáver y sabes que es tan solo
lo que toca que veas, lo que cambia
mirada y universo, los transforma
desde la raíz, y el nunca más se desvanece,
como sombra que es, ante la luz.

Que el muerto está a la vez resucitado,
que su cuerpo glorioso está debajo
del cadáver sombrío, de la mueca
de fúnebre agonía que tienen los cadáveres
en este valle de lágrimas,
valle de crear almas, que decía el poeta.

Porque hay otras lágrimas, las buenas,
que manan de la Fuente
y se deslizan suaves, dando Vida.
Hay otras lágrimas que no deforman
el rostro en gesto de dolor,
lo expanden, comunión
de las aguas, y unen lo que el drama
de la vida fingió separar, simulacro de ausencias,
sombras mudas moviéndose indecisas,
autómatas sin alma, olvido de la Esencia,
la cueva de Platón.

Pero la cruz… hermosa o tremenda…
¿Es muerte o gloria?
¿Es patíbulo o es trono?
¿Tiniebla o resplandor?
Dime qué miro,
qué he de mirar en ella,
que es lo que Tú quieres que vea.

Mira al Resucitado en el cadáver,
contempla ya su gloria en ese cuerpo
inmóvil y callado.
Verás que en ese muerto está la Vida
y esa cruz ensangrentada es más bella
que los cedros del Líbano,
más hermoso su perfil de sombra 
que los árboles de oro de las Hespérides.

El que vino a mostrarnos el regreso
al Árbol de la Vida muere en un árbol falso,
dos maderos en cruz para hacerse patíbulo.
El que vino a salvarnos de la muerte
cuelga muerto, con la expresión tremenda
de todos los cadáveres,
en un árbol de una sola rama
de donde cae, gota a gota,
hasta la tierra, la sangre
del Único fruto,
la sangre
de Dios,
gota
a
g
o
t
a
.
Qué espantoso final, qué asombroso comienzo...
Que al principio era el Verbo,
y el Verbo es anterior y posterior,
el Verbo es todo,
siempre,
y más que siempre,
eternidad,
inmune a la muerte y sus secuaces.

Mira otra vez la escena con los ojos
que han creado los ojos,
mírala bien, hasta que veas
sobre la cruz, la Cruz de Luz.
Mensaje recibido,
me quedo en la mirada vertical,
ese centro de vida donde Soy.

Se acabaron los “qué”, comienza el “cómo”.
Ni lo que veo, ni lo que quieres que vea,
es cómo veo, si mira la Luz
donde nace la Cruz, con su peso de estrella,
rayo de Amor en vertical descenso,
el Árbol de la Vida
gravitando y suspendido,
inspirando cuando baja,
aspirando en la subida al mismo tiempo,
gloria desdibujando lo fatal,
hermosura antigua y nueva
devolviendo la tersura
a este viejo secarral de confusión y miedo.

Por la cruz a la Luz, 
en espiral eterna. 
Dios muerto, Dios resucitado,
dibujando el retorno
con signo de infinito vertical.
Torsión bendita, camino de vuelta,
borrando distorsiones,
uniendo los extremos
en un lazo sagrado,
anulando los efectos
de la caída primera,
por amor.

13 de agosto de 2026

La Asunción. "Enaltece a los humildes."

 

Evangelio según san Lucas 1, 39-56

En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.» María dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. El hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia –como lo había prometido a nuestros padres– en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.» María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa.

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La Asunción de la Virgen, Annibale Carracci


El Magnificat, el canto evangélico de María, señala el camino hacia el Hogar, que es asunción, porque Dios quiere elevarnos hacia Sí para asumirnos en Sí. Ya nos asumió con todo lo bueno y lo malo en la Encarnación. Ahora nos quiere elevar, para que donde Él esté estemos también nosotros.

Si María Santísima ha sido asunta al cielo en cuerpo y alma… ¿Dónde está? ¿Cómo está? ¿Dónde están ella y Jesús, con sus cuerpos, los únicos cuerpos gloriosos hasta el final de los tiempos? ¿Qué tiempos, si para Dios no hay tiempo? ¿En qué estado viven, aguardan los santos? ¿Qué es el Cielo? ¿Cómo es el Cielo? Si no es lugar, sino estado… ¿Cómo será llegar a él? No lo sé, ni falta que hace. Me basta saber que todo es parte del Plan maravilloso del Dios del Amor y de la Vida. 

¡A Jesús por María!, como dice San Luis María Grignion de Monfort y Santa Madre Maravillas de Jesús. Caminar hacia Él, sobre las aguas turbulentas de la vida, de la mano de María. Y, como a ella, es Él quien nos iza, nos alza, nos eleva y nos asumirá.

Nuestras vidas están en su humanidad encarnada, muerta y resucitada. Enamorados de Jesús, fundidos con Él, que santificará y eternizará todo lo bueno de nuestras vidas. 

Mira hacia el Cielo, mírale a él y tendrás todo. María inauguró este fundirse en la Voluntad Divina con el Fiat mihi. Continúa tú pronunciando con cada acto de tu vida el Fiat Voluntas Tua 

Muchos rechazan la existencia del Cielo y una vida perdurable porque son cobardes. El Cielo supone responsabilidad y coherencia. Es más fácil, más cómodo, más ventajoso, incluso, para los incoherentes, los tibios, los que ponen su corazón en lo mundano, que todo acabe aquí.

El Cielo supone valor, coraje, coherencia y responsabilidad, sacrificio y entrega total. No es resignación ni opio de los pueblos, sino compromiso auténtico. Es afrontar la propia coherencia, la propia autenticidad. 

Porque para poder ser elevados, hemos de desprendernos de lo que pesa. La buena noticia es que se puede “rehacer” la propia vida si se vive en unión con Cristo. Él nos devolverá nuestra vida, pues la vivió por nosotros, para que la revivamos a la luz eterna del más allá–más acá, pero con una claridad distinta, con una densidad diferente, la materia glorificada.

Ascenderemos a nuestro Yo real y eterno, el que Dios soñó para cada uno. ¿Quién asciende?, ¿cómo asciende?, ¿en qué se asciende? Esencia, centro, corazón, alma inmortal, cayendo al fin lo viejo y lo caduco... Ascenderemos con nuestra apariencia eterna, la de nuestra verdadera juventud, que es nuestro ser más profundo, el impulso de todo aquello que el Señor nos ha dado y hemos aceptado, incorporado, unificado en Él.

                       Concierto para la Asunción de la Virgen María, Vivaldi


El tronco corrompido por el pecado que soy yo recibirá por el Nombre de Jesús savia y vigor; por Él, reverdecerá mi humanidad y dará frutos a la gloria de Dios. El espíritu de mi voluntad, que ahora está en la humanidad de Cristo, y que vive por su Espíritu, dará por Su virtud savia a la rama desecada, para que el último día, a la invocación de las trompetas celestes que son la voz de Cristo y la mía propia en Él, resucite y reverdezca en el Paraíso.
                                                                                                              Jacob Boëhme

23 de mayo de 2026

Pascua de Pentecostés

 

Evangelio según san Juan 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. En esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros”. Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”.

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                                                  Pentecostés, Fray Juan Bautista Maíno


El Espíritu no tiene rostro ni voz, pero es la luz y el sonido de unos sentidos espirituales nuevos, que hacen ver y oír el misterio al hombre llegado a la plena madurez de Cristo.
                                                      Simeón, el Nuevo Teólogo


Cuando se concentra en sí, el alma, mediante este olvido y recogimiento de todas las cosas, está preparada para ser movida del Espíritu Santo y enseñada por Él. 
                                                                                                   San Juan de la Cruz

Jesucristo nos infunde el Espíritu Santo. Para poder recibirlo, hay que estar vacíos de todo lo que es ajeno a Su gracia, ese fuego gozoso y vivificante que todo lo enciende e ilumina. Él es Quien nos vacía para después llenarnos; nosotros solo tenemos que poner a Su disposición el recipiente que somos, esa vasija de barro destinada a portar el mayor de los tesoros (2 Cor. 4, 7).

No se trata de hacer, sino dejarse hacer, permitir que ese Amor invisible que nos habita sea, crezca en nosotros hasta rebosar. Ese Amor que no siempre podemos sentir, solo cuando callamos, nos detenemos, dejamos de prestar atención a lo ilusorio, lo perecedero, para centrarnos en lo Real, que solo captan los sentidos sutiles del alma, lo que no puede dejar de existir.

Aliento que insufla vida, fuego de amor puro, torrentes de agua viva, voz interior que habla en el silencio, guía constante del corazón despierto. El Espíritu Santo no es el gran desconocido, esa abstracción que se les ha resistido a los teólogos, en su afán por definir y clasificar con los conceptos limitados de la mente. 

    Podemos vivir, de hecho vivimos ya, aunque aún no seamos plenamente conscientes de ello, un Pentecostés eterno, porque el Espíritu Santo es Dios mismo habitando en el corazón del hombre, en el centro de su propia esencia inmortal. Dios no está lejos, no está fuera para el alma que consiente y se abre a la Gracia. No es necesario buscarle en templos de piedra o ladrillo, aunque sea más fácil sentir Su presencia en el templo.

      El Espíritu sopla donde quiere (Juan 3, 8), y el templo definitivo es uno mismo; tú, yo, cada uno de nosotros, para adorar en espíritu y en verdad (Juan 4, 24). Esa es la maravilla, el don que tanto cuesta reconocer: Dios nos habita.

     Como los apóstoles reunidos en el cenáculo, al recibir el Espíritu, perdieron el miedo así nosotros nos hacemos valientes y decididos cuando somos conscientes de ese hálito de vida, ese fuego que renueva la faz de la tierra (Salmo 104, 30).

      El Espíritu abre los corazones cerrados y los prepara para la Unidad a la que estamos llamados, que somos en el fondo. Él nos da la energía, la confianza y la sabiduría necesarias para salir de la prisión del egoísmo y reconocer en los otros el Misterio de Amor que nos transforma. Es el fin de Babel, del no entendimiento, de la división; y el inicio de la sintonía que permite comprender, acoger e integrar.

Siempre es Pentecostés, siempre estamos recibiendo la llama que enciende el corazón de amor puro, el aliento divino que renueva y transforma, que nos prepara para habitar un mundo nuevo, nuevo cielo, nueva tierra (Apocalipsis 21, 1), a nuestro alcance ya, cuando somos capaces de mirar con ojos que ven y escuchar con oídos que oyen, sin tiempo ni espacio, sin miedo ni muerte, sin separación.

Jesucristo es el amor visible del Padre. El Espíritu Santo es el amor invisible del Padre y del Hijo, entre ellos y hacia nosotros. Por eso sé que, cuando pido en la oración: “Señor, aviva en mi corazón el fuego de Tu amor”, estoy pidiendo ese Amor, uno y trino, que sostiene, mueve y restaura todo. Como decía Dante: “El amor mueve el sol y las estrellas”.

La inhabitación divina, que es el centro de la vida espiritual, alimentada por el silencio y la oración, ha de manifestarse exteriormente y lo hace de forma natural cuando reconocemos y aceptamos la Presencia interior, hasta arraigarnos en esa Realidad viva, que nos crea y nos recrea sin cesar.

                                                             Veni Creator Spiritus
           
            Estamos fundidos con Jesucristo, somos Uno en Su Cuerpo místico, pero para vivirlo con todo nuestro ser, necesitamos la santificación. Escuchar Su palabra y cumplirla, como hemos recordado  a lo largo de la Pascua nos predispone a la santificación que el Espíritu de Dios obra en nosotros. Él lo hace todo, solo necesitamos estar disponibles, anhelando, pidiendo, esperando Su venida.

          La vida en Cristo es Pascua y la venida del Espíritu Santo la lleva a su plenitud, como vemos en el blog hermano, Via Amoris. Así lo expresa San Ireneo de Lyon:

            “El Espíritu prometido por los profetas descendió sobre el Hijo de Dios hecho Hijo del hombre para acostumbrarse a habitar con él en el género humano, a descansar en los hombres y a morar en la criatura de Dios, obrando en ella la voluntad del Padre y renovándola en Cristo. Este Espíritu es el que David pidió para el género humano, diciendo: confírmame en el Espíritu generoso. De él mismo dice Lucas que descendió en Pentecostés sobre los apóstoles, con potestad sobre todas las naciones para conducirlas a la vida y hacerles comprender el Nuevo Testamento; por eso, provenientes de todas las lenguas alababan a Dios, pues el Espíritu reunía en una sola unidad a las tribus distantes y ofrecía al Padre las primicias de todas las naciones. El Señor prometió que enviaría al Paráclito que nos acercase a Dios porque así como de trigo seco no puede hacerse ni una sola masa ni un solo pan sin agua, así tampoco nosotros, siendo muchos, podíamos hacernos uno en Cristo Jesús sin el agua que proviene del cielo. Y así como la tierra árida no fructifica si no llueve, así tampoco nosotros, siendo un leño seco, daríamos fruto para la Vida si no se nos enviase de los cielos la lluvia gratuita. Nuestros cuerpos recibieron la unidad por medio de la purificación bautismal para la incorrupción y nuestras almas la recibieron por el Espíritu.”

                          37 Diálogos Divinos, Gemidos del Espíritu Santo I