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18 de julio de 2026

El Reino es Jesús

 

Evangelio según san Mateo 13, 24-30

En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente diciendo: «El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras los hombres dormían, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?”. Él les dijo: “Un enemigo lo ha hecho”. Los criados le preguntan: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”. Pero él les respondió: “No, que al recoger la cizaña podéis arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y cuando llegue la siega diré a los segadores: arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero”». También les propuso otra parábola: "El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo. En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas". Después les dijo esta otra parábola: "El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa". Todo esto lo decía Jesús a la muchedumbre por medio de parábolas, y no les hablaba sin parábolas, para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta: Hablaré en parábolas, anunciaré cosas que estaban ocultas desde la creación del mundo. Entonces, dejando a la multitud, Jesús regresó a la casa; sus discípulos se acercaron y le dijeron: "Explícanos la parábola de la cizaña en el campo". Él les respondió: "El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los que pertenecen al Reino; la cizaña son los que pertenecen al Maligno, y el enemigo que la siembra es el demonio; la cosecha es el fin del mundo y los cosechadores son los ángeles. Así como se arranca la cizaña y se la quema en el fuego, de la misma manera sucederá al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y estos quitarán de su Reino todos los escándalos y a los que hicieron el mal, y los arrojarán en el horno ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre. ¡El que tenga oídos, que oiga!"

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La entrada en el Reino exige un deseo vivo y continuo, una aceptación 
constante y actual de la voluntad de Dios sobre nosotros. Es un “sí” 
continuamente repetido, que ha de vencer a nuestra infidelidad práctica

Yves de Monteheuil

Con parábolas, para que le entiendan todos, y con su vida, Jesús anuncia el Reino de Dios, insistiendo en que no es un Reino lejano e inalcanzable, sino que está dentro de nosotros (Lucas 17,21), dentro y cerca (Marcos 1,15), y se actualiza en Él y en cada uno de los que acogen la Buena Nueva (Mateo 20,28). Porque el Reino es Jesucristo y la Buena Noticia que anunciamos es también Él. 

Nos cuesta percibir ese Reino tan cercano, tan íntimo y personal, porque está en la eternidad y las distracciones del mundo y sus bienes temporales nos impiden vivir fundidos con el Eterno, Jesucristo, el Verbo increado. Es la cizaña que crece junto al trigo hasta la siega, que es el final del mundo.

No es contradictorio decir "venga a nosotros tu Reino" y saber que el Reino ya Es, porque es anterior a la creación y perdurará para siempre. El Maestro hablaba de ello en parábolas porque es muy difícil expresar con palabras unos misterios tan inalcanzables para la mente limitada, atada al tiempo y al dualismo (dentro, fuera; antes, después; superior, inferior…).

Jesús nos eleva hasta Él para que comprendamos sin necesidad de argumentos intelectuales. Como un latido, como un abrazo de amor verdadero, como una respiración. Nos hace vivir el Reino en el presente atemporal, que es plenitud y es coherencia y es potencia infinita. Como la semilla, que ya lleva en sí el potencial de lo que llegará a ser.

Jesús es la semilla del Reino y es también el sembrador en la tierra fecunda que somos si confiamos y nos abrimos a Él. “Desterrarnos del cuerpo y vivir junto al Señor”, nos propone San Pablo en Corintios 5, 6-10. Desterrados del mundo, del que no somos, del cuerpo mortal, aunque siga sirviéndonos como vehículo, como instrumento,  vemos crecer el Reino dentro de nosotros, con la alegría y la confianza del que sabe que hay Alguien que abona, riega, vela por las semillas que también somos, como Él fue la primera semilla. Solo cabe esperar, confiar, recordar que la única tarea verdaderamente importante es dejarnos cuidar, amar y transformar por Él.

Las parábolas que hoy contemplamos nos recuerdan una vez más que el Reino se manifiesta en lo pequeño, lo discreto, lo desapercibido; y no en lo brillante, ni lo evidente, ni lo triunfal. Al Reino no se llega por el camino asfaltado ni por la escalera lujosa, sino por el camino descendente de Aquel que se abajó para elevarnos.

Es el sacrificio (sacer fare: hacer santo, sagrado) de lo discreto, lo normal, lo cotidiano. Ofrecemos todo con confianza y naturalidad. Cada día, en cada gesto en cada encuentro, cada pensamiento y cada sentimiento. Nuestras vidas son la gota de agua que se une al vino en la Consagración para disolverse en la Sangre de Cristo; y así, nuestras voluntades, sufrimientos, esfuerzos y anhelos se hacen Sangre redentora, vida eterna. Y todo al estilo de Jesucristo: con discreción, silencio, constancia, fidelidad. 

Jesús es el Reino y quiere que lo seamos nosotros también. El Reino se halla en lo más íntimo y profundo de nosotros mismos, y no hay nada sensible que pueda evidenciarlo. Pero sí hay signos de pertenecer al Reino: la docilidad, la confianza y, sobre todo, la fidelidad a la voluntad de Dios. Confianza y fidelidad, porque el amor confía, es fiel y no teme. Frente a lo circunstancial y temporal está lo eterno; vivámoslo ya con ojos de eternidad.

                                         El Reino es hoy, Salomé Arricibita

Hermanos, habéis aprendido como el reino de los cielos, con su grandeza, se compara a un grano de mostaza. No nos dejemos desconcertar por las palabras del Señor. Si, en efecto, la debilidad de Dios es más sabia que el hombre, esta pequeña cosa, que es propiedad de Dios, es más espléndida que toda la inmensidad del mundo. Nosotros solamente podemos sembrar en nuestro corazón esta semilla de mostaza, de modo que llegue a ser un gran árbol del conocimiento, sobrepasando su altura para elevar nuestro pensamiento hasta el cielo, y desplegando todas las ramas de la inteligencia.
Cristo es el reino. A manera de una semilla de mostaza, ha sido sembrado en un jardín, el cuerpo de la Virgen. Creció y llegó a ser el árbol de la Cruz que cubre la tierra entera. Después de ser triturado por la pasión, su fruto produjo sabor para dar su buen gusto y su aroma a todos los seres vivos que lo tocan. Porque, mientras la semilla de mostaza permanezca intacta, sus virtudes quedan escondidas, pero despliegan toda su potencia cuando la semilla es molida. De igual modo, Cristo quiso que su cuerpo fuera molido para que su fuerza no quedara escondida. Cristo es Rey porque es el principio de toda autoridad. Cristo es el reino porque en él reside toda la gloria de su reino. 
                                                                                     San Pedro Crisólogo

11 de julio de 2026

Los secretos del Reino de los Cielos

 

Evangelio según san Mateo 13,1-23

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló muchas cosas en parábolas: «Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, una parte cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó enseguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron. Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta. El que tenga oídos, que oiga». Se le acercaron los discípulos y le preguntaron: «Por qué les hablas en parábolas?». Él les contestó: «A vosotros se os han dado a conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumple en ellos la profecía de Isaías: “Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure”. Pero bienaventurados vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron. Vosotros, pues, oíd lo que significa la parábola del sembrador: si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe. Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno».

Parábola del sembrador - Colección - Museo Nacional del Prado
Parábola del Sembrador, Abel Grimmer

A partir de este Domingo la liturgia nos recuerda las llamadas Parábolas del Reino que se recogen en el capítulo 13 del Evangelio de san Mateo. Son las parábolas del sembrador, de la cizaña, de la mostaza, de la levadura, del tesoro escondido, de las perlas finas y de la red barredera. Con estos relatos, tan afines con el pensamiento de la época y de los lugares donde predicaba, Jesús podía explicar a las muchedumbres que le seguían la naturaleza del Reino de Dios. A sus apóstoles les hablaba de una manera más profunda y directa.

A propósito de la conocida parábola del sembrador que contemplamos hoy, recuerdo una imagen del padre Pío, que compara nuestra alma con un jardín, en el que nosotros somos solamente el jornalero que quita pedruscos, pero luego está Jesús sembrando flores y plantas finas y embelleciéndolo cuando le dejamos.

La esencia del Reino de las Cielos es la Palabra de Dios que, sembrada en el alma, crece y se desarrolla para devolvernos la semejanza perdida. Porque el Reino, que es lo que el ser humano anhela, aunque muchos no lo sepan, ya está dentro. Si nos mantenemos fieles y atentos a Jesús en nosotros, libres de afanes y objetivos ajenos a Él, nos damos cuenta de cómo va creciendo su semilla, que necesita espacio para desarrollarse.

Nada, nada, nada, y en lo alto del monte, nada… Decía San Juan de la Cruz. Es lo necesario para la fecundidad: vacío y hágase, vacío y fiat. Si el seno de la mujer está lleno, no es posible una nueva concepción. María, que concibió sin necesidad de hombre, lo hizo a través del Fiat. Un alma que quiera concebir el Reino, que es Cristo, necesita ese mismo vacío, que en el alma es el hágase  en mí, según Tu Palabra.

Ofrecemos a Dios nuestra nada y la Él llena de todo porque la llena de Sí Mismo. La miseria la transforma por su misericordia, hasta que todo es Él: sembrador, semilla, grano, espiga, pan de vida…

El Magnificat, el canto de María es la expresión más bella de esa humildad receptiva y del enaltecimiento que espera a los que se hacen pequeños, como niños, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Así es también el Sagrado Corazón de Jesús, aparentemente pequeño, tan pequeño que la punta de una lanza pudo traspasarlo, tan infinito que inunda el universo de Vida eterna, de perdón y de gracia, de plenitud divina.

Si cuidamos la semilla en el alma, la Vida de Jesús, el fruto que estamos llamados a dar es Su mismo amor, que consiste en darse. Él Se nos da, nosotros nos damos cuando renunciamos a todo lo que no somos para ser en El. Porque Jesús es el Reino y viene a dárnoslo, viene a darse.

En este post y en el blog hermano, Días de Graciaalgunos extractos de Libro de Cielo, dictado por Jesús a Luisa Piccarreta, acerca del Sembrador Divino, y de la Vida que Su Voluntad siembra en el alma:

18-6-1925
Todas las cosas tienen su correspondencia, y si no la tienen se pueden llamar obras inútiles y sin valor. La semilla arrojada bajo tierra por el sembrador quiere la correspondencia, que la semilla genere otras semillas, el diez, el veinte, el treinta por uno. El árbol plantado por el agricultor quiere la correspondencia de la generación y multiplicación de sus frutos. El agua sacada de la fuente da la correspondencia de quitar la sed, lavar y limpiar a quien la ha sacado. El fuego encendido da la correspondencia del calor, y así todas las demás cosas creadas por Dios, que tienen el poder de generar, contienen la virtud de la regeneración, se multiplican y dan su correspondencia. Ahora, ¿sólo esta Voluntad nuestra, salida de Nosotros con tanto amor, con tantas manifestaciones y con tantos actos continuados debe quedar sin su correspondencia de la regeneración de otras voluntades humanas en Divinas? La semilla da otra semilla, el fruto genera otro fruto, el hombre genera otro hombre, el maestro forma otro maestro y, ¿sólo nuestra Voluntad, por cuán potente Ella sea debe quedar aislada, sin correspondencia y sin generar la nuestra en la voluntad humana? ¡Ah no, esto es imposible! Nuestra Voluntad tendrá su correspondencia, tendrá su generación Divina en la voluntad humana, mucho más que esto fue nuestro primer acto por el cual todas las demás cosas fueron creadas, es decir, que nuestra Voluntad transforme y regenere la voluntad humana en Divina. Voluntad salió de Nosotros, voluntad queremos, todas las demás cosas fueron hechas en orden secundario, pero esto fue hecho, establecido en el orden primario de la Creación, a lo más podrá llevar tiempo, pero no terminarán los siglos, sin que mi Voluntad obtenga su finalidad. Si ha obtenido la finalidad de la regeneración en las cosas secundarias, mucho más lo debe obtener en su finalidad primaria. Jamás nuestra Voluntad habría partido de nuestro seno si hubiera sabido que no habría tenido sus efectos completos, esto es, que la voluntad humana quedase regenerada en la Voluntad Divina.

30-9-1930
Mira entonces, en todas nuestras obras dirigidas a bien de las criaturas queremos encontrar un apoyo, un lugar, un pequeño terreno dónde poner nuestra obra y el bien que queremos dar a las criaturas, de otra manera, ¿dónde la ponemos? ¿En el aire? ¿Sin que al menos uno lo sepa y que nos atraiga con sus actos formando su pequeño terreno, y Nosotros como celestial sembrador sembrar el bien que queremos dar? Si esto no fuese, que de ambas partes, Creador y criatura, la formaran juntos, ella preparándose con sus pequeños actos para recibir, y Dios con el dar, sería como si nada hiciéramos o quisiéramos dar a la criatura. Así que los actos de la criatura preparan el terreno al Sembrador Divino; si no hay tierra no hay que esperar la siembra, ninguno va a sembrar si no tiene un pequeño terreno, mucho menos Dios, Sembrador Celestial, arroja la semilla de sus verdades, el fruto de sus obras, si no encuentra el pequeño terreno de la criatura. La Divinidad para obrar, primero se quiere poner de acuerdo con el alma, después de que lo hemos hecho y vemos que ella quiere recibir aquel bien, hasta rogarnos y formarnos el terreno donde ponerlo, entonces con todo amor lo damos, de otra manera sería exponer a la inutilidad nuestras obras”.

                                  205, Diálogos Divinos. "El Reino es un decreto"

23 de junio de 2026

Benedictus

 

Evangelio según san Lucas 1,57-66.80

A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Al enterarse sus vecinos y parientes de la gran misericordia con que Dios la había tratado, se alegraban con ella. A los ocho días, vinieron para circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre dijo: "¡No! Se va a llamar Juan". Ellos le decían: "No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre". Entonces preguntaron por señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió: "Su nombre es Juan". Todos quedaron admirados. Y en ese mismo momento, Zacarías recuperó el habla y comenzó a alabar a Dios. Los vecinos quedaron sobrecogidos, y se comentaban todos estos hechos por toda la montaña de Judea. Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: "¿Qué llegará a ser este niño?". Porque la mano del Señor estaba con él. El niño iba creciendo y se fortalecía en el espíritu, y vivió en lugares desiertos hasta el día en que se manifestó a Israel. 

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Natividad de San Juan Bautista, Ghirlandaio

Ciertamente, no era la Luz, pero permanecía por entero
en la luz, el que mereció dar testimonio de la Luz verdadera.
                                                                                             
San Máximo de Turín

Hoy celebramos, como Solemnidad, el nacimiento de San Juan Bautista, el único santo, a excepción de la Santísima Virgen María, del que la liturgia celebra el nacimiento, y lo hace por estar relacionado con el Nacimiento de Jesucristo. San Juan Bautista anuncia al Verbo encarnado que viene a dar cumplimiento a todas las promesas que anunciaron los profetas. Con Juan acaba el Antiguo Testamento y comienza la Buena Noticia. Así lo presenta el propio Jesús: “Yo envío a mi mensajero delante de ti, para que prepare tu camino ante ti. En verdad os digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él» (Mateo 11, 10-11).

La Natividad de Juan se celebra tres días después del solsticio de verano: lo que empieza a morir, aunque aparentemente está en la plenitud de la vida. En el calendario se sitúa en el polo opuesto del solsticio de invierno, en que celebramos la Navidad: el Sol invicto, la semilla de Vida para todos, en la aparente oscuridad del invierno y en la fragilidad de un recién nacido. Pero a partir de esa noche, la más larga del año, los días empiezan, muy despacio, a alargarse sin que tengamos que hacer nada, como la semilla que el sembrador esparció en tierra buena o el grano de mostaza de los que hablaba Marcos en el Evangelio del domingo pasado. 

Juan el Bautista marca la superación del Antiguo Testamento, del vino viejo, del ascetismo y la conversión en medio de sufrimientos, culpa y ceniza. Jesucristo es el Nuevo Testamento, el Camino, la Buena Nueva que libera, alegra y expande el corazón. Todo el que le sigue puede entrar en el reino y alcanzar la estatura, el tamaño, el nivel que su fe y su entrega le permitan. 

Juan llamaba al arrepentimiento y, enérgico y riguroso, sacudía las conciencias, pero se quedaba en la literalidad de la ley. Por eso Jesús dijo de Él que era el mayor de los nacidos de mujer, pero que el más pequeño del reino de los cielos era mayor que él. Juan hablaba de normas, cumplimientos, reglas externas, Jesús hablará de la transformación interior necesaria y previa para poder hacer. Juan les decía lo que tenían que hacer, Jesús les decía, nos dice, lo que hemos de ser.

Juan es la enseñanza literal, buen germen necesario, buena piedra donde cimentar. Pero hay más, mucho más que la piedra; los que quieran, además de la piedra, el agua y el vino han de transformarse en vasija vacía y en odre nuevo, y seguir a Aquel que es el Agua Viva y el Vino Nuevo, el mejor de las Bodas porque, con ser nuevo, conserva el sabor y el aroma de la Verdad, la Belleza y la Bondad eternas.

El sentido literal de la Enseñanza, que Juan predicaba, ha de ser respetado y conservado, como peldaño para acceder a niveles superiores de la Enseñanza de Cristo, viva porque brota del Verbo Creador y de la experiencia transformadora de Comunión con Él que cada uno de nosotros seamos capaces de vivir y compartir.
 
El que bendice es bendecido, es ley del nuevo orden que Jesús viene a instaura. Isabel, que bendijo a  su prima María con las palabras que recordamos cada día en el Avemaría, fue la bendecida madre del Precursor. Y el padre de la voz que clama en el desierto, fue bendecido recuperando la voz y el habla cuando acató el mandato del ángel e impuso a su hijo el nombre de Juan. Zacarías recupera la voz y alaba a Dios, que es la finalidad para la que tenemos voz y vida. De esta alabanza surge el Benedictus, la oración que la Liturgia de las Horas reza en Laudes para bendecir y alabar al Señor.
 
Bendito sea Juan, el mayor de los nacidos de mujer, por ser la Voz que anuncia al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Bendito sea por llamarnos a la conversión con claridad y contundencia, bendito, por su valentía y su humildad. Bendito sea por reconocer sus limitaciones y apartarse, por mostrarnos al Maestro para que, siguiéndole, aprendamos a ser ciudadanos del Reino. O a recordar que ya lo somos.

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La Visitación, Van der Weyden


AGUA Y ESPÍRITU

María e Isabel, dos senos llenos de Vida.
Uno, virginal, de mujer muy joven, casi niña,
fecundado por el Espíritu.
El otro, de mujer cansada,
desierto de carne seca,
que el Espíritu empapa y hace fértil,
para que la semilla de hombre fructifique.

Manos que se cruzan en los vientres,
miradas que manan amor reverente,
éxtasis de asombro.
Cuerpos que se encuentran
e intercambian los latidos nuevos.
Signo de infinito, dar y recibir.
Fiat, hágase.

La obra entregada que,
aceptada y transformada,
se convierte en Obra.
Propósito y existencia,
materia iluminada por el Verbo increado,
que se hace carne para elevar y transmutar la carne.

Placenta primordial y placenta humana
agitándose de asombro.
Crisol atemporal, espiral eterna,
lazo infinito que perpetúa la Salvación.
Mengüemos a lo que no somos,
para crecer a lo que Somos
por Él, con Él y en Él.

Jesús salva.
Preparemos Su Camino,
fundiéndonos con Él
en  abrazo sagrado,
entrelazando luz, con Luz,
agua de la experiencia con el agua de la Vida,
Comunión de las aguas para Ser.


¡Dichoso tú, Juan, elegido de Dios, tú, que has puesto la mano sobre tu Maestro, tú, que has cogido en tus manos la llama cuyo resplandor hace temblar a los ángeles! ¡Estrella de la mañana, has mostrado al mundo la Mañana verdadera; aurora gozosa, has manifestado el día de gloria; lámpara que brilla, has designado a la Luz sin igual! ¡Mensajero de la gran reconciliación con el Padre, el arcángel Gabriel ha sido enviado delante de ti para anunciarte a Zacarías, como un fruto fuera de tiempo… El más grande entre los hijos de los hombres (Mt 11,11) vienes delante del Emmanuel, de aquél que sobrepasa a toda criatura; primogénito de Elizabeth, tú precedes al Primogénito de toda la creación!      
                                                                                                                      San Efrén         

30 de mayo de 2026

La Santísima Trinidad, la intimidad de Dios

 

Evangelio según san Juan 3, 16-18

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

                                         La Santísima Trinidad, Rublev


Veo a Dios que atrae hacia sí a mi alma con gran ternura y oigo su palabra: “Tú estás en mí, y yo en ti. En ti descansa la Trinidad, de modo que tú me tienes y yo te tengo”. Me veo toda pura, toda santa, toda verdad, toda rectitud, toda segura, toda celestial.
                                                                                  Santa Angela de Foligno

            El Amor habita en nosotros; por ello mi vida es la amistad con los Huéspedes que habitan en mi alma; estos son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. 
                                                                                    Santa Isabel de la Trinidad

      Dos grandes misterios están en la base del cristianismo: el misterio de la Encarnación, las dos naturalezas, humana y divina, en Jesucristo; y el misterio de la Santísima Trinidad: tres Personas divinas y un solo Dios. El pensamiento racional se detiene impotente ante el umbral de estos misterios, a los que solo llega el corazón. Podemos asomarnos a ellos si renunciamos a entender con la mente. 

       No hemos de quedarnos en lo que entiende por persona el lenguaje común, ni en el significado etimológico, pues el término viene del latín y del griego con el sentido de “máscara”. Quizá es más adecuada la palabra hipóstasis: del griego, "ser", en tanto realidad ontológica, ser, de un modo verdadero o verdadera realidad.

       La misma divinidad, total e indivisible, en cada una de las tres Personas, trascendente al ser humano en el Padre, inmanente en el Hijo, aliento de vida eterna para cada hombre y cada mujer en el Espíritu Santo. Porque, al encarnarse Jesucristo, la relación filial del Hijo con el Padre se hace extensiva a la humanidad, de un modo inmediato y directo. El ser humano, hijo de Dios por la gracia y por la mediación del Hijo unigénito, recibe la Vida de esa efusión continua, y permanece unido al Padre y al Hijo por el lazo del amor del Espíritu. La incesante generación del Hijo por el Padre se extiende hasta nosotros, creados y recreados una y otra vez.
        
          La Santísima Trinidad es un desafío para la lógica. Por eso, a veces, nos servimos de símbolos para aliviar el vértigo del Misterio y "diseccionamos" la divinidad con figuras asequibles: un venerable anciano y una paloma acompañando al Hijo, la única Persona que somos capaces de "ver". Pero el Uno no es un número, ni una figura ni tres, sino la expresión de la Unidad. Solo renunciando a entenderla, podemos asumir la realidad trinitaria, que extiende por todo el cosmos su interrelación dinámica y hace de la creación un proceso infinito. Al formar parte del Cuerpo de Cristo, no podemos quedarnos al margen de esa incesante actividad. Hemos de participar en la recreación constante de un mundo nuevo y de nosotros mismos.

            El que ve a Jesucristo ve al Padre (Jn 14, 9), y, si somos uno con Él (Jn 15, 5; Jn 17, 22-23), hemos de aspirar a que quien nos mire, vea al Hijo y vea al Padre.  Si hemos de transparentar a Cristo y al Padre, cuánto no habremos todavía de soltar, limpiar, vaciarnos, desnudarnos… 

       En el blog hermano de los Días de Gracia, profundizamos en la idea de hacer de la Trinidad nuestro origen y nuestra meta, para dar cumplimiento a la Misión que Jesús nos encomienda en el Evangelio de hoy.

Para empezar a comprender estos misterios hay que vivirlos, como han hecho tantos santos y místicos. Santa Isabel de la Trinidad dice que, desde que reconoció la Presencia del Dios Uno y Trino habitando en su corazón, el cielo ya es una realidad en la tierra. Simeón, el Nuevo Teólogo, distingue entre el Hijo, que es la puerta (Jn 10, 7.9), el Espíritu Santo, la llave de la puerta (Jn 20, 22-23) y el Padre, la casa (Jn 14, 2). ¿Cómo integrar estas realidades divinas en la vida del cristiano? Para ponernos en disposición de vivir el Misterio de la Santísima Trinidad hay tres vías directas:

       La primera y más excelsa, sobre la que reflexionaremos dentro de unos días, es la celebración Eucarística, en la que continuamente se invoca a las Tres Personas.

            Una segunda vía es la lectura de los textos sagrados. No solo el Evangelio, donde el mismo Verbo nos habla directamente, sino también el Antiguo Testamento, que está continuamente hablando de Él como promesa y anuncio. Palabra del Padre transmitida por el Hijo, recordada e inspirada por el Espíritu en nuestros corazones. Los verbos: decir, hablar, oír, comunicar, recibir, anunciar, del Evangelio de hoy, nos remiten a la Palabra y su transmisión, no como un mensaje intelectual, sino como Palabra viviente, llamada a encarnar en los que la acogen, la conservan y meditan, la comparten.

        La tercera vía es la oración. Rezo ante Cristo, el rostro visible del Padre, y el Espíritu ora en mí. Más evidente en lo que considero el culmen de la oración, que supera incluso la de acción de gracias y la de alabanza. Llega un momento en que no es necesario dar las gracias porque el alma se funde con el Otro, es una con él. Y uno no necesita darse las gracias a sí mismo. Hemos llegado al centro de la Oración Contemplativa que a tantos místicos de distintas religiones les ha permitido empezar a vivir el Reino de los Cielos en la tierra. Entonces sobran las palabras, los gestos, las fórmulas. 

          No siempre el alma está preparada para esta oración de Comunión, desnuda y entregada, puro amor, pura confianza de hija, de esposa, tan íntimamente ligada al Padre o al Esposo que sabe que Él percibe sus necesidades, su gratitud, su amor, sin tener que expresarlos. Para alcanzar la disposición necesaria, hemos de soltar todo aquello que nos separa de Dios y de los hermanos. Por eso el Espíritu Santo nos sigue acrisolando, fundiendo en Su fragua sagrada, amándonos de un modo tal, que es Él quien grita en nosotros con gemidos inefables (Rm 8, 26).

        La oración contemplativa siempre acaba convirtiéndose en oración trinitaria. Podemos empezar a orar a partir de la imagen o el nombre de Jesucristo, o de una escena del Evangelio. Vamos trascendiendo imágenes y formas, llegando a un no-lugar de luz y de silencio donde nos encontramos ante la divinidad, Una y Trina, y ya no está fuera, ni dentro, sino dentro y fuera, en un abrazo de amor infinito que da sentido a todo y nos rehace. Son esos niveles tan sutiles de comunión con Dios que trascienden formas, nombres, impresiones sensoriales; la “nube del no saber” de los místicos que han vivido esa unión con la esencia de la divinidad.

            La inhabitación divina nos relaciona de un modo íntimo con las tres Personas de la Santísima Trinidad. Cada alma es así hija del Padre, hermana del Hijo y esposa del Espíritu Santo. Si llegáramos a interiorizar que somos de estirpe divina por la gracia de un Dios-Amor, dejaríamos de desvivirnos en los afanes del mundo y viviríamos como verdaderos Hijos de la Luz y herederos del Reino. 

      Pero no siempre tenemos el suficiente equilibrio interior ni la suficiente disponibilidad y entrega como para mantener esta certeza, que a veces se nos queda en un nivel superficial, como la semilla arrojada en suelo pedregoso o entre zarzas (Mc 4, 5-7). Vasos de barro que llevan tesoros (2 Cor 4, 7)… Sí, pero vasos a menudo pequeños y agrietados. Ensanchémonos, dejemos que el divino Alfarero nos rehaga; vasos grandes, sin fisuras, generosos y dispuestos a acoger el Agua Viva y el Vino del banquete eterno.

Para asomarse a estos misterios hay que renunciar a entenderlos con el pensamiento racional, pero de vez en cuando conviene entretener a la mente, para que se calle y deje al corazón elevarse. Teorizar, reflexionar, buscar explicaciones, mojones del camino, puntos de apoyo que nos sostengan, y luego… ¡soltarlos todos! Reconocer que, aunque escribiéramos millones de páginas, estas serían incapaces de llegar a la esencia del Misterio. El propio Santo Tomás de Aquino, después de ser arrebatado séptimo cielo y regresar, estuvo a punto de quemar toda su obra. 

Porque las palabras son limitadas, pero la Palabra, que la Santísima Trinidad nos enseña a saborear, es omnipotente y eterna. Si nuestras palabras se miran en la Palabra, sin interpretarla a conveniencia de nuestros egoísmos, rutinas o comodidades, serán creadoras, constructoras de almas libres y elocuentes. No hace falta más que el Evangelio, la Palabra. Cualquier otra palabra, nacida del amor y el entusiasmo (del griego, enthousiasmós, rapto divino) que Él nos inspira, ha de ser seguidora fiel de la Verdad, una y trina.

            Esas tentativas de la razón nos llevan a veces a hallazgos tan valiosos y útiles como la noción de la perichoresis intratinitaria (sobre la que reflexiona en profundidad San Juan Damasceno) o circumincessio (como prefiere San Buenaventura), que sintetiza los intentos teológicos de asomarse a  la Santísima Trinidad, evitando los escollos del triteísmo (ver en las tres Personas tres Dioses) y del modalismo (considerar a las Personas divinas como tres modos de ser del único Dios).

     Alude a la Presencia de Personas en Personas, las Tres inseparables, en una Comunión perfecta, sin mezcla ni confusión, Amor infinito en eterno movimiento y autodonación. Es también menein, mutua inmanencia, una de las palabras que más aparece en el Evangelio de San Juan. 

     Unidad en la distinción: perfectamente Uno y siempre Tres. Porque cada Persona existe completamente en la otra y, además de esta unidad y pluralidad, existe una circulación vital infinita, en la que cada Persona se difunde en la otra; tres Hipóstasis y una misma Sustancia. 

       A esta maravilla de Amor estamos llamados. No nos disolveremos y, a la vez, seremos completamente Uno. Uno y distintos, no para que perviva la personalidad egoica, que es transitoria y por tanto irreal, sino para seguir amando desde el Ser verdadero que Dios soñó para cada uno, en una interrelación eterna. Solo un amor así está a salvo del desgaste y la entropía. Solo un amor así crece, se expande sin cesar, continuamente revitalizado, siempre el mismo y siempre nuevo. 

       El Uno está tan lleno de amor que necesita reciprocidad; busca ese “tú” al que amar eternamente. Por eso el cristiano sabe que no ha de disolverse en la nada, que Dios ama a cada ser humano con su nombre real, Uno con Él y, a la vez, distinto. La mente sigue a lo suyo, justo antes de rendirse: "¿Cómo se puede ser Uno con Dios y, a la vez, seguir siendo criatura?" Y el corazón responde: "En virtud de ese destino trinitario, cuya esencia es Amor, infinito y perfecto".

Cantata BWV 129, J. S. Bach, por Leonhardt Consort

En el Plan divino todo hombre, sin excepción, ha sido creado para esta comunión familiar con Dios. Nada de extraño, por lo mismo, que el Señor nos describa su reino como un convite familiar. En este banquete Dios no recibirá nada de nosotros. Por el contrario, Dios Trinidad será la saciedad plena y total del hombre, de suerte que ya nada más tendrá que añorar. Las divinas Personas serán para el hombre todo cuanto ha suspirado en este mundo: su luz, su guía, su paz, su justicia y su santidad, su fuerza y su refugio, su amor y su vida.  
                                                                                                            N. Silanes

El ser humano real y ontológico halla solo su plenitud en una divinización de todo su ser por la morada en él de la Santísima Trinidad. (…) El hombre “real” es el hombre pleno, con todas sus potencialidades humanas cumplidas únicamente en y por Cristo, el cual es el único que puede actuar en el verdadero ser del hombre, para que finalmente se convierta en afiliado del Padre como un hijo divinizado de Dios, no por su propia naturaleza, sino, como escribe San Pedro, como un “participante de la naturaleza divina”.

                                                                                                     G. A. Maloney