7 de marzo de 2026

La doncella de Sicar

  

Evangelio según san Juan 4, 5-42

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaría llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José: allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía. Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y le dice: “Dame de beber”. (Sus discípulos se habían ido al pueblo a buscar comida). La samaritana le dice: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?” (Porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le contestó: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva”. La mujer le dice: “Señor, si no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados? Jesús le contesta: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”. La mujer le dice: “Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla”. Él le dice: “Anda, llama a tu marido y vuelve”. La mujer le contesta: “No tengo marido”. Jesús le dice: “Tienes razón, que no tienes marido: has tenido cinco y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad”. La mujer le dice: “Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén. Jesús le dice: “Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero, adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad”. La mujer le dice: “Sé que va a venir el Mesías, el Cristo: cuando venga él nos lo dirá todo”. Jesús le dice: “Soy yo: el que habla contigo”. En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: “¿Qué le preguntas o de qué le hablas?”. La mujer, entonces, dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: “Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿será este el Mesías?” Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él. Mientras tanto sus discípulos le insistían: “Maestro, come”. El les dijo: “Yo tengo por comida un alimento que vosotros no conocéis”. Los discípulos comentaban entre ellos: “¿Le habrá traído alguien de comer?” Jesús les dijo: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a término su obra. ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo el salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así se alegran lo mismo sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio: “Uno siembra y otro siega”. Yo os envié a segar lo que no habéis sudado. Otros sudaron y vosotros recogéis el fruto de sus sudores”. En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: “Me ha dicho todo lo que he hecho”. Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: “Ya no creemos por lo que tú dices, nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo”.

                                      Cristo y la Samaritana, El Guercino

        Vengo del blog hermano Días de gracia. Allí cuenta mi historia alguien que no me conoció pero supo de mi encuentro con Jesús. Antes de Él, mi vida fue un descenso irremediable hacia la muerte, peldaño tras peldaño, envenenándome, trago a trago, con aguas corrompidas, marido tras marido, mentira tras mentira… Hasta que un día fui a por agua a la fuente de Jacob y un galileo me dijo que le diera de beber. Mirad y ved cómo me ha transformado Aquel que hace nuevas todas las cosas.


LA DONCELLA DE SICAR

            Fui a por agua a la fuente de Jacob, como siempre, a la hora menos frecuentada, por el sol vertical de medio día. Prefería el calor implacable a la mirada de desprecio de las otras mujeres. O la mía sobre ellas, como defensa o reproche; no sé cuál me molestaba más.
            Recuerdo que, mientras caminaba, pensé en el último; tampoco él era el hombre que había soñado desde niña, y ya había perdido la cuenta de los que habían pasado por mi vida, mi lecho y mi corazón. El lecho era lo de menos, allí caían los disfraces con los que ellos se ocultaban, y también los que yo misma me ponía, esperando que llegara aquel capaz de mirarme y verme, solo eso, y yo a él.
            A veces sentía deseos de irme lejos, muy lejos, escapar. Le pediría a uno de esos mercaderes de telas orientales que me llevara con él. Yo cocinaría en pago por el viaje; tal vez tuviera que yacer junto a él en las noches más frías, total uno más... Quién sabe si así le encontraría en los ojos de un mercader sirio o en las tierras que están mucho más al este, allá donde las mujeres muestran su cintura y pintan lágrimas rojas sobre su frente.
            Mientras caminaba con esas ensoñaciones que me hacían sentir por unos instantes libre y viva, vi a lo lejos la figura de un hombre. Me sorprendió ver a un extraño en el pozo, donde a esas horas solo iba yo y alguna mujer joven y animosa, que sabía que aquel agua era más pura y más fresca. Ni siquiera le miré a la cara, bastante mala fama tenía yo en la región, como para hablar con un desconocido.
            Fue él quien se dirigió a mí; “dame de beber”, me pidió, y su voz, más clara que el agua que yo iba a buscar, y más profunda, me hizo estremecer. Por su acento supe que era galileo... ¿Cómo se atrevía a hablar con una mujer samaritana? Eso le rebajaría a los ojos de los judíos, mujer y samaritana, lo peor de lo peor. Si además supiera de mi reputación..., pensé, mientras recomponía el gesto.
Él me pidió agua a mí, pero no era agua del pozo lo que quería, sino el agua turbia de mi vida disipada, de mi cansancio y mis errores, de mi ceguera y mi extravío. Estaba loco aquel extranjero. Sí, loco de amor, supe después, y quería ser correspondido.
Me pedía mi agua estancada, para transformarla en manantial. A cambio de mi agua muerta, me daba su agua viva. Por mi tiempo, tan breve y malgastado, tan a punto de agotarse sin sentido, me estaba dando una eternidad. A mí, que he pasado a la historia como la samaritana, sin nombre, para que todo aquel que está cansado y agobiado, desencantado de todo y de todos, sepa que no ha de rendirse, que hay un hombre que es Dios esperando en el camino para lavar las manchas, curar las heridas y calmar la sed de un mundo sin amor.
Comunión de las aguas, algo así vivimos él y yo en ese ardiente mediodía intemporal. Agua turbia y agua pura, agua cansada de la experiencia y agua de vida. Eso estaba pidiéndome: que le entregara todo lo que soy, lo que he vivido, lo que he perdido, lo roto, lo sucio, lo equivocado, para transformarlo en sí y hacer de mí un manantial nuevo para que mi agua, fluyendo por la suya, volviera a ser un solo agua. Quién podrá separarme de su amor, si soy agua en su agua, y las aguas nadie puede separarlas sino Dios.
Comunión de las aguas, me hizo agua… Solo el agua atraviesa el ojo de aguja, el camino estrecho, la puerta diminuta que se abre a la eternidad.
Derramarme en ti con toda mi impureza porque Tú así lo quieres, cómo negarme, si quieres que me lave en tu caudal inagotable y puro. Sumergirme o morir, o las dos cosas, para volver a nacer, del fondo generoso, de ese centro fecundo donde surge la vida que no acaba.
            Que al principio era el Verbo, o sea, Tú, mi hermano y creador, maestro y Padre, amado Esposo y Dios que me conoces y quieres restaurarme el nombre, el rostro, que mirándome, me dices "tengo sed", que amándome, me dices "ámame".
Vaya intercambio: mi lodo por tu agua, mi muerte por tu Vida. Sea pues, si así lo quieres, ya no quiero seguir siendo la misma, ya no quiero seguir siendo sin ti.
Volví a verle dos años después de aquel dichoso encuentro; fue en el Gólgota y estaba clavado a una cruz. Hasta allí lo seguí con las otras mujeres, y Él volvió a manifestar su sed, esta vez a todo el universo. “Tengo sed”, dijo con la voz desgarrada, y estaba diciendo “ámame”, como aquel mediodía de sol implacable junto al pozo de Jacob.
Qué voy a darle yo, me dije entonces, cómo va a necesitar mi amor un hombre como él. Mi amor manoseado, mi amor a ras de tierra, manchado de mentiras, traiciones y abandonos… Por qué un hombre que es Dios iba a querer un amor tan miserable, tan inútil, tan falso… No supe responderme del todo, aquel día de luz vertical y de sorpresas, de júbilo en el alma, locura juvenil recuperada.
Hoy ya sé la respuesta, y es definitiva. Él quiere nuestro amor, el tuyo, el mío, porque no mira si es pobre o limitado, si está lleno de excusas y egoísmos, nos ama como somos, y el que ama no mira las faltas de su amado, pues sabe que su amor cubrirá toda carencia, transformará al amado, porque el amor puede todo, perdona todo, soporta todo, sin límites.
Diciendo "tengo sed", me volvía a pedir que le amara, me invitaba a entregarme con su ejemplo, su entrega total hasta la muerte. Me miró desde la cruz y me sentí sola con él, de nuevo junto al pozo de Sicar. Oh, dulce intimidad, ven a vernos, Jacob, mira qué escena, restaurado el candor adolescente, mi rostro que se enciende y el rubor es el mismo, y quisiera correr y decirles a todos que él me ama y me pide que le ame, como aquel jubiloso mediodía.
Pero hoy está muriendo, mi amor, clavado a una cruz entre dos malhechores. Mira su madre, la sostienen tres mujeres, ¿las amará también a ellas?, ¿les habrá pedido a ellas como a mí también su amor?
"Tengo sed", acaba de decir, y sé que me lo ha dicho a mí, a mí sola, aunque se lo haya dicho a todos, porque él es capaz de amar a cada uno como si fuera el único.
Hoy la samaritana, la mujer de los seis maridos, cinco atrás y uno que no lo era, se entrega al verdadero, al Esposo, buscado torpemente, al único que puede amarla, porque ha visto su corazón herido, su alma con manchas que él está lavando. Mira cómo las lava con la sangre y el agua que  brotan de su costado abierto.
Y mírame ahora, soy otra, mujer nueva, doncella de Sicar, rebosante de vida y esperanza, liberada para seguir amando, pero esta vez de veras y hasta el fin, en espíritu y verdad.
Me dijo: "dame de beber", y me estaba diciendo: "vuelve a casa, vuelve al origen, vuelve a mí con tu agua, con todo lo que has vivido, bueno o malo, recógelo y tráemelo, quiero esa agua turbia, contaminada de muerte y confusión, ven con tu agua; Soy Yo quien te la pide".
Ahora dice: "tengo sed" y me está diciendo que me quiere del todo, que me ama y espera todavía mi amor; que corresponda ese suyo infinito con el mío, tan pobre. Nos dice: "ámame", esa es su sed, que volvamos a ser lo que late en el centro, silencioso y libre, del corazón creado para amar. Nos salva porque nos ama, y solo si le amamos podemos aceptar su salvación, que es amor derramado desde el primer latido verdadero, ese costado abierto, sangre y agua, vino nuevo por siempre, vida eterna.
Quiero ser como tú, hazme fuente de vida, para que los sedientos vengan y te encuentren, fluyendo en mí, un solo agua al fin contigo. Perderme para encontrarme, renunciar a una vida irreal para alcanzar la Vida, morir a quien no soy para recuperar la esencia, que guardaste para mí mientras yo recorría los senderos polvorientos de la existencia.
            Y mi corazón se recompone, nuevo también, nacido del agua viva, sin más herida que la herida buena de un amor sin dolor ni traición ni desengaño, de un amor que ya es manantial y salta hasta la Vida eterna.

                                                 Divina Voluntad. Consumación en el amor

28 de febrero de 2026

La Gloria de Dios

 

Evangelio según san Mateo 17, 1-9

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte elevado. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. De repente se les aparecieron Moisés y Elías, conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: "Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías". Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: "Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo". Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: "Levantaos, no temáis". Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: "No contéis a nadie la visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos".

                                        La Transfiguración de Jesús, Rubens

Hoy se manifiesta lo que los ojos de la carne no pueden ver: un cuerpo terrestre irradiando esplendor divino, un cuerpo mortal rebosante de la gloria de la divinidad. Las cosas humanas pasan a ser las de Dios, y las divinas a ser humanas.
                                                                                               San Juan Damasceno

                     Oh Verbo, Luz inmutable, Luz del Padre sin nacimiento:
                     con tu Luz, que apareció hoy en el Monte Tabor,
                     hemos visto al Padre Luz y al Espíritu Luz
                     que iluminan toda la creación.
                                                                Exapostelario (Liturgia ortodoxa)

Después de experimentar la Gloria de la Divinidad, Jesús y sus tres íntimos bajan del monte para afrontar la Pasión que acabará con la Resurrección. Porque en Dios, morir es para resucitar, bajar, para subir, descender es elevarse, cuando el descenso es para cumplir la Misión encomendada. El Verbo eterno descendió hasta nosotros, criaturas caídas, para levantarnos y mostrarnos el camino de vuelta. Nos quiere con Él, viviendo la Vida de Cielo para la que fuimos creados, pero también nos quiere en el mundo, sabiendo que no somos del mundo, dando testimonio de Él, Camino, Verdad y Vida.

Decidamos bajar de la montaña, en lugar de instalarnos en un vislumbre de lo verdadero, por muy hermosa y trascendental que haya resultado la experiencia. Renunciemos a montar una tienda en cada uno de los paisajes agradables y seguros que vamos encontrando. Escojamos ser valientes y proseguir la marcha, bajar del monte, en ese camino descendente de renuncia y desprendimiento que es el seguimiento de Jesús.

         Elijamos culminar la tarea, antes de volver al Hogar verdadero, no una tienda en un campamento acogedor y luminoso. Descendamos del Tabor, conservando en el corazón la memoria fiel de lo que allí hemos visto y experimentado: el alba de la resurrección, la Gloria de Cristo, que anticipa nuestra propia gloria.

      Dice el místico sufí Abû–l–hasan al–harrâlî: “Concentrarse al principio del desarrollo espiritual en las cosas de este mundo es un extravío, y hacerlo en las del Otro Mundo es una buena orientación. Pero concentrarse al final del desarrollo espiritual en las cosas de este mundo es una perfección, y hacerlo en las del Otro Mundo es síntoma de ceguera.”

            Fundidos con Jesús, en perfecta Comunión con Él, no nos atrapa la tierra y sus afanes, hemos aprendido a vivir como aconsejaba San Pablo: "Os digo, pues, hermanos: El tiempo es corto. Por tanto, los que tienen mujer, vivan como si no la tuviesen. Los que lloran, como si no llorasen. Los que están alegres, como si no lo estuviesen. Los que compran, como si no poseyesen. Los que disfrutan del mundo, como si no disfrutasen. Porque la apariencia de este mundo pasa." Corintios 7, 29-31

           Cuando hemos visto la luz del Tabor y la hemos reconocido como nuestra propia luz, como el sueño que Dios soñó para nosotros antes de todos los tiempos, bajamos de la montaña, porque hemos comprendido que la fase “descendente” es realmente la culminación de la perfección. Nuevos cielos, nueva tierra: la materia iluminada por la Gloria del Espíritu.

Nos asomamos una vez más al misterio del cuerpo glorioso, lo abstracto en lo concreto, la carne transfigurada que Cristo, Luz del mundo, inaugura. Es la aparente paradoja del cristiano: consciente de su cuerpo mortal, y, a la vez, convencido de la trascendencia. El cuerpo, elevado a una dignidad jamás pensada, un destino de Gloria eterna. Jesús lo ha glorificado, al encarnar como uno de nosotros.

Así lo explica San Pablo: “Se siembra un cuerpo corruptible, resucita incorruptible; se siembra un cuerpo sin gloria, resucita glorioso; se siembra un cuerpo débil, resucita lleno de fortaleza; se siembra un cuerpo animal, resucita espiritual” (1 Corintios 15, 42-44).

“¿Quién quiere vivir para siempre, cuando el amor va a morir?”, cantaba Freddie Mercury. No quiero ser inmortal, sino volver a Casa, hija pródiga, resucitada. El inmortal no muere, y yo sí quiero morir, porque el que no muere, no da fruto, el que no muere, no resucita, no vive para siempre con el Señor de la Vida y del Amor.

El Tabor prefigura la Resurrección. Jesucristo ha glorificado el cuerpo, ha iluminado la materia a través de Su Encarnación-Cruz-Resurrección. Ha tomado el sufrimiento, la entropía, lo efímero, la caducidad de la carne, consustanciales a nuestra condición; ha tomado todo lo que nos separaba de Él y lo ha transmutado, purificado, convertido en "combustible" para el mejor de los futuros. Toma también el futuro, todos los futuros posibles, pues el “mejor futuro”, el ojo de aguja, el camino estrecho es regresar y decidimos volver con Él al Origen, ese Presente intemporal en que ya somos.

Se acabó la confusión, el andar divididos, el dejar muchas opciones abiertas, que descentran, falsifican y generan agotamiento. Si vivimos en el Centro, verticales, sin opciones, eligiendo la Única Opción, que es el Retorno, no hay dispersión, sino concentración, fina energía, luz de eternidad, el retorno a la Esencia. Y no se nos ocurrirá montar tiendas en cada experiencia hermosa, segura, confortable…, transitoria al fin, porque recordaremos el Propósito y escogeremos volver.

         Entonces, todo lo que vemos como desgaste y entropía irá cayendo como piel muerta, para dejar que salga a la luz ese cuerpo luminoso, transfigurado, que ya somos. En El misterio del sacrificio, dice Sédir: “La existencia presente no es más que un entrenamiento para la vida eterna. Hoy debemos luchar, acabar con nuestro egoísmo. Debemos hacer de nuestros cuerpos y de todas nuestras facultades una imagen lo más parecida posible a la que será en nuestra transfiguración futura.” Porque somos teóforos: portadores de Dios, iluminados desde adentro con la Luz que ya transfigura el cuerpo, como anticipo de la Resurrección.

                                  112. Diálogos Divinos. Transformación Divina

21 de febrero de 2026

Conversión

 

Evangelio según san Mateo 4, 1-11

En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al final sintió hambre. Y el tentador se le acercó y le dijo: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes”. Pero él contestó diciendo: “Está escrito: "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”." Entonces el diablo lo lleva a la Ciudad Santa, lo pone en el alero del templo y le dice: “Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Encargará a los ángeles que cuiden de ti y te sostendrán en sus manos para que tu pie no tropiece con las piedras”.”  Jesús le dijo: “También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”.” Después el diablo lo lleva a una montaña altísima y mostrándole todos los reinos del mundo y su esplendor, le dijo: “Todo esto te daré si te postras y me adoras”. Entonces le dijo Jesús: “Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”.” Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y lo servían.
  
                                     Cristo en el desierto, Iván Kramskoï

El Miércoles de Ceniza comenzamos la Cuaresma, tiempo de transformación, de volver a lo esencial, abandonando todo lo que nos aparta del Camino, la Verdad y la Vida. Cuaresma, desierto, tiempo de soltar, dejar ir, tiempo de desnudarse, no solo de todo lo exterior a uno mismo, sino también, y sobre todo, desnudarse del yo.

Transformarse, convertirse, dejar de mirar solo lo temporal, lo material, las realidades perecederas del mundo, lo virtual, y con el simple gesto de dar media vuelta, que a veces cuesta sangre, sudor y lágrimas, mirar en la dirección contraria, hacia lo verdadero, lo eterno, lo Real.

Conversión, en griego metanoia, significa volverse, darse la vuelta hacia la versión original que somos y hemos olvidado, perdido, abandonado. Es un movimiento interior de transformación de mente, corazón y actitud, que cambia los significados y el sentido de la vida. 

Metanoia, teshuvá en hebreo, conversión, arrepentimiento… Todas estas palabras señalan a ese gesto o cambio de mente y de corazón que permite mirar de un modo nuevo, no ya a la manera egoísta del mundo, sino a la manera generosa, abierta y disponible de Jesús.

Solo se puede experimentar la conversión cuando se está dispuesto a dar ese paso decisivo, cuando uno se atreve a rechazar para siempre lo que sobra en su vida, para rehacerla en una nueva dimensión, la real, eterna.

La palabra arrepentimiento suscita a veces cierta repulsa, pero su significado verdadero, volverse, cambiar de mente, no tiene nada que ver con el remordimiento: volver a morder (se). El arrepentimiento consciente es el fuego purificador donde el ser humano se acrisola y se transforma. 

No podemos esperar a ser perfectos para amar lo bueno, lo bello, lo verdadero. De ese amor a lo Perfecto, desde nuestra evidente imperfección, nace el arrepentimiento consciente, sincero, transformador y liberador. 

                                  Tentaciones de Jesucristo, Jan Brueghel

No te disperses, suelta, vacíate, desnúdate, adéntrate en el desierto, ve a la esencia, a lo Real, decidido, libre. El signo de infinito en horizontal es lo virtual, la dispersión en el mundo diabólico de infinitas posibilidades, el extravío. Conviértete en el signo de infinito en vertical, con la Única opción de los que ya no miran el Árbol del conocimiento del bien y del mal, sino el Árbol de la Vida. 

Es la Cruz que te eleva, te levanta, te iza, te realiza. Su trazado es el diseño del infinito Amor que te devuelve al Origen, te transforma en lo que olvidaste: eternidad, Vida verdadera, pregunta y respuesta unidas para siempre, correspondencia perfecta en la Unidad de la Luz de Dios, donde vivimos, nos movemos y existimos.
Somos el negativo
de una figura eterna,
anhelando esa luz que nos devuelva
el perfil esencial,
bajo un cielo fiel que nos bendiga,
nos haga aparecer.


                           203. Diálogos Divinos. El demonio desde la Divina Voluntad I


Después de esto estaba siguiendo mi giro en el Fiat Divino, y siguiendo a Jesús cuando tomó el camino del desierto pensaba: “¿Y por qué Jesús tomó el camino del desierto?  Aquí no había almas que convertir, sino soledad profunda, mientras que eran almas lo que Él buscaba”.  Pero mientras esto pensaba, mi dulce Jesús moviéndose en mi interior me ha dicho: “Hija mía, la compañía rompe la pena y la disminuye, en cambio el aislamiento la concentra, la duplica y la recrudece, y Yo quise ir solo al desierto para sentir en mi Humanidad toda la crudeza del aislamiento que había sufrido mi Divina Voluntad por tantos siglos por parte de las criaturas.  Mi Humanidad debía ascender en el orden divino y descender en el orden humano para poder encerrar las penas del uno y del otro, y tomando Yo toda la parte penosa que dividía al hombre y a Dios, hacerlos entrar de nuevo al abrazo, al beso de su Creador.  Pero no fue solo esta la finalidad de mi ida al desierto, tú debes saber que nuestra Majestad adorable, al formar la Creación, establecía que todo debía estar poblado de habitantes, la tierra debía ser fertilísima, rica de abundantes plantas, de modo que todos debían abundar de sus bienes.  En cuanto pecó el hombre, se atrajo la indignación de la Justicia divina, y la tierra permaneció desértica, infecunda, y en muchos lugares despoblada, imagen de aquellas familias estériles donde no hay sonrisas, ni fiestas, ni armonía, porque sin prole no hay quien rompa la monotonía de dos cónyuges, y sobre su ánimo pesa la opresión del aislamiento que les lleva la tristeza, en cambio donde hay prole hay siempre qué hacer, qué decir y ocasión de festejar, tal fue la familia humana. Mira cómo el cielo está poblado de estrellas, la tierra debía ser el eco del cielo, llena de habitantes y debía producir tanto como para volverlos ricos y felices a todos. Entonces, en cuanto el hombre se sustrajo de mi Voluntad cambió su suerte, y Yo quise ir al desierto para volver a llamar las bendiciones de mi Padre Celestial, y volviendo a llamar a mi Voluntad a reinar, restablecer la tierra, poblarla en todas partes y fecundarla, de modo que la tierra producirá otras semillas más bellas para volverla centuplicada, más fecunda y de belleza deslumbrante”.
                                                                                Libro de Cielo, 25 Junio 1928


                         204. Diálogos Divinos. El demonio desde la Divina Voluntad II

14 de febrero de 2026

Palabras de Vida

 

Evangelio según san Mateo 5, 17-37

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley. El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe, será grande en el reino de los cielos. Porque os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que esté peleado con su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la gehenna del fuego.  Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y luego vuelve a presentar tu ofrenda. Con el que te pone pleito, procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo. Habéis oído el mandamiento “no cometerás adulterio”. Pues yo os digo: todo el que mira a una mujer casada deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su interior. Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echando entero en el abismo. Si tu mano derecha te hace caer, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero al abismo. Está mandado: “El que se divorcie de su mujer, que le dé acta de repudio”. Pues yo os digo: el que se divorcie de su mujer –no hablo de unión ilegítima– la induce al adulterio, y el que se case con la divorciada comete adulterio. Sabéis que se mandó a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus juramentos al Señor”. Pues yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro uno solo de tus cabellos. Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno.”

El Sermón de la Montaña, Carl Bloch

                                  Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.
                                                                                                        Mateo 5, 48

El Evangelio de hoy puede parecer exagerado, sobre todo en estos tiempos de "tolerancia" y relativismo. ¿Por llamar necio a tu hermano vas al fuego? Sí, lo dice el Maestro. No nos quedemos en lo literal, vayamos a la esencia del mensaje. Llamar imbécil o necio a tu hermano es signo de división, de separación, de lo diabólico… Es la crispación que vemos hoy con tanta claridad.

Mirar a una mujer casada deseándola es adulterio... ¿Exagerado? No, porque Jesucristo quiere que cuestionemos nuestra actitud, que vayamos al corazón donde nace la impureza. Quiere sacarnos de la inercia para mostrarnos la importancia de ser comprometidos y fieles. ¿Sacarse un ojo, cortarse una mano o un pie? Simbólico, claro, pero signo de coherencia y claridad.

Qué listón tan alto, la perfección de la ley, el “más difícil todavía”, que solo el amor hace posible: perdonar al que te hiere, ser impecable en pensamientos, actitudes y sentimientos. Para que entendamos, el Maestro recurre a la hipérbole y a la paradoja que crea nuevas realidades, conciliando opuestos: amigo-enemigo se concilian en el Amor; herida-consuelo, en Amor; pérdida-ganancia, también en el Amor. 

Nos impulsa a dejar de buscar, esperar y confiar aquí abajo, en el mundo limitado y distorsionado de los hombres, para encontrar / ser encontrado por Aquel que nos creó perfectos y del que nos separamos. Jesús olvida todo, perdona todo, asume en Sí mismo todas las consecuencias de nuestra soberbia y vano anhelo de autosuficiencia, de tal modo que convierte la separación en un mal sueño.

Jesús, nuevo Moisés que nos entrega la ley del Amor, la libertad, la confianza… Amar a todos, incluso a los que te hacen daño. Y dejar todo lo que nos encadena al mundo y su lógica diabólica, separadora. Si tu ojo, si tu mano, si tu pie…, arrancarnos apegos, lo que nos hace vivir sin recordar a Dios, orgullosos, endiosados, al borde del precipicio...

Jesucristo viene a perfeccionar la Ley; gracias a Él somos sal y luz del mundo como veíamos el domingo pasado, porque Él lo es, y nosotros somos Su reflejo. Perfectos, como dice la segunda lectura (1 Corintios2, 6-10), porque reflejamos Su perfección. ¿Cómo? Escogiendo seguirle, decidiendo ser fieles en el seguimiento. Es otra justicia, otro orden de leyes, otra sabiduría, la verdadera, como vemos en
. Es lo contrario al relativismo que nos rodea; está todo tan contaminado de egoísmo y tibieza que cuesta verlo en uno mismo. 

Hablar sí, sí, no, no…; y pensar y sentir… Se trata de elegir a cada instante a quién o qué seguimos. La vida consiste en escoger, decidir, soltar, optar, ejercicio de la libertad que se nos dio. Es precisamente lo que propone la primera lectura (Eclesiástico 15, 16-21). Qué inspirada la liturgia… La Palabra de Dios está viva, no está congelada; su significado transforma. ¿A quién vamos a ir si solo Él tiene palabras de vida eterna? Porque la verdadera libertad es vivir en Jesucristo.

Qué fácil es escoger ahora, en estos tiempos de crepúsculo y zozobra, qué clara la elección cuando se ve con claridad  la tramoya del gran teatro del mundo, como lo llamó Calderón de la Barca…. Ojalá hubiera escogido antes, cuando era joven, cuando era niña, en lugar de pasar años escuchando palabras mortales y no las Palabras de Vida… Cuántas veces escogí muerte, mentira, humo, ceniza que el viento esparce… O, ¡tal vez no! ¿Cómo iba a escoger muerte si Él me escogió a mí antes aún de que mi madre me concibiera? Tal vez lo que parecía error, fracaso, desvarío, eran penas y carencias "de oficio", sufrimientos necesarios para soltar, purificar, dejar el camino despejado para ver bien la Meta.

Muchos son los llamados y pocos los elegidos… Todos elegidos, predestinados, inscritos en el Libro de la Vida desde siempre y para siempre. Solo hace falta reconocerlo y decir Sí a esa elección que precede a todo… Solo un Sí se nos pide. María lo dio pronto, impecable, perfecto Sí… Dimas lo dio en el último momento de una vida turbia y aparentemente inútil… Y aun así fue el primero en llegar al Paraíso, junto al Señor de la Vida. Cómo no volverse loco de amor por un Dios que ama con locura…

El perfeccionamiento de la ley…, parece imposible cumplir, pero con Él es posible… Sin mí no podéis nada, resuena en el Monte de las Bienaventuranzas y en el Tabor y en el Gólgota… Es el abrazo infinito, el lazo vertical que nos eleva, la maravilla de la Redención, que nos recuerda la profecía de Ezequiel (Ez 36, 25-27):

Derramaré sobre vosotros un agua pura
que os purificará:
de todas vuestras inmundicias e idolatrías
os he de purificar
y os daré un corazón nuevo,
y os infundiré un espíritu nuevo;
arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra,
y os daré un corazón de carne.
Os infundiré mi espíritu,
y haré que caminéis según mis preceptos,
y que guardéis y cumpláis mis mandatos.
habitaréis en la tierra que di a vuestros padres.
Vosotros seréis mi pueblo,
y yo seré vuestro Dios.

Mucho más que la Redención, toda la obra de Dios: Creación, Redención y Santificación, se nos da en un Acto Único, infinito y eterno para que podamos pasar de la Santidad humana, muy loable y meritoria, pero insuficiente, a la Santidad Divina para la que fuimos creados. Así lo expresaba Benedicto XVI, en la Solemnidad de Todos los Santos de 2010: "La eternidad no es un continuo sucederse de días del calendario, sino algo así como el momento pleno de satisfacción, en el cual la totalidad nos abraza y nosotros abrazamos la totalidad del ser, de la verdad, del amor."

2. Diálogos divinos. Destellos de Santidad Divina

Señor mío y Dios mío, te ofrezco todo lo que Tú me has dado. No tengo nada para darte, pues soy nada, pero Tú lo eres todo y me has dado todo, por eso puedo dártelo yo a Ti, y Tú me lo devuelves en correspondencia de amor. Me fundo con tu Voluntad Divina, me uno tan estrechamente a Ti que no se me ve, casi desaparezco, y con tus modos e intenciones, Te doy toda la Creación, en mi nombre y en nombre de toda la familia humana, reparando por los que se creen dioses y han pretendido apropiársela. Te doy la Redención, incluyendo a todos los que la han rechazado o despreciado, agradeciéndote y amándote en nombre de todos por tu entrega. Te doy la Santificación, todas las santidades desde el inicio del tiempo de la Gracia, incluyendo a todas las generaciones pasadas, presentes y futuras en esa excelencia que quieres para todos: la Santidad Divina a la que estamos llamados. Reparo por todas las distracciones, las ambiciones, los olvidos y las atracciones mundanas que nos han alejado de esta Unidad contigo, este Sí recíproco, esta acogida definitiva de lo Bueno, lo Bello, lo Verdadero, lo Perfecto, lo Santo que eres Tú, Vida mía, Vida nuestra.

            ¿En qué consiste el órgano de percepción de la verdad? ¿Qué hace al hombre capaz de recibirla? La simplicidad de corazón; pues la simplicidad sitúa el corazón en una posición adecuada para recibir, con pureza, el rayo de la razón, que organiza el corazón para recibir la luz.                    
                                                                    Karl von Eckartshausen