7 de noviembre de 2026

De necia, a sensata

 

Evangelio según san Mateo 25, 1-13

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: “Se parecerá el reino de los cielos a diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran prudentes. Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite; en cambio, las prudentes se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: “¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!” Entonces se despertaron todas aquellas vírgenes y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: “Dadnos de vuestro aceite, que se nos apaga las lámparas”. Pero las prudentes contestaron: “Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis”. Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras vírgenes, diciendo: “Señor, señor, ábrenos”. Pero él respondió: “En verdad os digo que no os conozco”. Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora.


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La parábola de las diez vírgenes, Friedrich Wilhelm von Schadow

El amor nunca acabará. Las profecías serán eliminadas, las lenguas cesarán, el conocimiento será eliminado. Porque conocemos a medias, profetizamos a medias; cuando llegue lo perfecto, lo parcial será eliminado.
                                                                                                       1 Corintios 13, 8-10

Debo reconocer que soy más necia que sensata. Me gustaría poder decir lo contrario, pero hay mucho en mí de dispersión, prisa y olvido de lo importante. A veces creo que se me va la vida en los afanes del mundo y me siento como esos malabaristas que mueven platos chinos y tienen que ir corriendo de uno a otro con el palito, para mantenerlos girando sin que se caigan al suelo.

Lo cierto es que soy aún muy necia, a pesar de tantos dones. Y recuerdo esa otra parábola que acaba así: “Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?” Este necio ignorante, de nescio, que literalmente significa “no sé”, fantaseaba con una buena “jubilación”, con seguridad material y placeres, pero cada uno ha de ver con qué sueña, como las vírgenes necias, a qué dedica sus esfuerzos, y sus imaginaciones, qué proyecta en lo material, lo social, lo familiar, lo intelectual, lo emocional, incluso en lo espiritual…

Porque nada de lo que hacemos o proyectamos nos lo llevaremos, si se queda en los límites de este mundo de sombras y vanidad. Y buena parte de esos proyectos, además, ni siquiera llegarán a concretarse, se quedarán en lo mental, en el ego y sus delirios de grandeza. No tendremos más que el amor que hayamos dado.

Mientras tanto, sé que soy mucho más necia que sabia, más necia que prudente, lo reconozco, pero me atrevo a decir con San Pablo “me basta Su gracia”, y confío en que el Señor colme todos mis vacíos, me ayude a reparar mis desvaríos y negligencias, haciendo de tantos errores y dispersiones, camino hacia la Vida. 

Necia soy aún, y no es una pose, sino una constatación objetiva: necia, ciega, sierva inútil que aprende a servir al único Señor. Si espero llenar mi alcuza de aceite con buenas obras, ni en mil años lo lograría. Mejor fijarme en la astucia del mayordomo que veíamos en el Evangelio del viernes, pero no para estafar ni engañar, sino astuta para el Reino, para "robar" el Paraíso, como hizo Dimas, tras una vida de olvido y egoísmo. 

Voy a ponerme cerca de la Fuente, que sea Su gracia la que llene mi pobre alcuza descascarillada. Cerca del Señor, y, sobre todo, por lo necia que he sido y soy, por lo miserable que he sido y soy, muy cerca de la mediadora de todas las gracias, la Santísima Virgen María, la verdadera Virgen sensata, sabia, diligente, que quiere que la imitemos.


Vírgenes prudentes, Kirk Richards


En el vídeo de abajo, escuchamos una canción de Cecilia. Así me siento yo, “nada de nada”, y también con sensación de final próximo, pues aunque viviera cincuenta años más, ¿qué son cincuenta años, o cien?…: una vela nocturna, un ayer que pasó... Como canta Cecilia, soy nada, pero no nada de nadie, o sí, nada de nada de este mundo, pero una tímida nada de Alguien, de la única Virgen sensata, para serlo también del Señor. 

Leo en Imitación de Cristo, de Thomas de Kempis: “Nada soy, Señor, nada puedo, nada bueno tengo de mí; mas en todo me hallo vacío, y camino siempre a la nada.” Tremenda verdad, desmoralizante, si no fuera porque no estamos solos. Somos guiados, acompañados, esperados por el propio Esposo al que veremos cuando atravesemos la puerta que da entrada al banquete de bodas, que es la vida eterna. 

Vírgenes necias o vírgenes sensatas, parecería fácil elegir lo que queremos ser y cómo queremos comportarnos, y no lo es; todo lo contrario. Para ser prudentes, tenemos el camino de considerarnos nada y mantenernos, no solo vigilantes, alerta, lo que es muy difícil, y todas dormían cuando llegó el Señor, sino, sobre todo, mantenernos unidos al que lo es Todo, el Esposo que aguarda, al otro lado de la puerta y, a la vez, dentro, en lo más íntimo del alma. Fundida nuestra voluntad humana, frágil, errática, a la Voluntad Divina, nuestra nada se llena de Su Todo.

Espero que Cecilia ha encontrado al Dueño de la nada que fue ella, como yo espero encontrar al Dueño de esta nada que soy. En realidad, ya hemos sido encontrados por Él, solo hace falta recordarlo cada día, cada instante. No sé si Cecilia lo supo, no sé si se dio cuenta y lo vivió. Tal vez sí, y por eso se fue pronto, para vivirlo a lo grande, porque la muerte es eso, encuentro, entrada en el banquete nupcial, dejando atrás el sueño y el olvido. Y podemos morir ya, morir sin morir para anticipar las primicias del Reino, viviendo con la Voluntad Divina como Vida, dejando que actúe, respire, camine, sufra y sea en nosotros
. 

Las buenas obras unidas a la fe pueden apenas poner unas gotas de aceite en nuestra lamparilla, lo mínimo para poder encenderla, pero para que se mantenga encendida, necesitamos Su gracia. Mientras seguimos aquí, el aceite sigue gastándose con distracciones, dispersiones, caídas... Qué bueno es, entonces, mantener la lámpara cerca del gran depósito de aceite, que es María, la única Virgen sabia y lúcida. Ella nos enseña que no podemos encontrarnos con el Esposo si no hemos vivido con Él aquí el noviazgo necesario, mirándole, escuchándole, haciendo lo que Él nos dice. 

Es inagotable esta parábola... Se podría reflexionar durante años sobre la necesidad de estar atentos, en guardia, velando… Y si, hay que velar, vigilar, estar atentos, pero para la Vida. La atención cristaliza el alma, decía Gurdjieff, pero de nada valdría gestar un alma para el abismo. Nosotros queremos un alma preparada para Gloria de Dios, su único Dueño. Por eso, como María, queremos escuchar la Palabra y cumplirla para conocer al Señor y que Él diga que nos conoce cuando llegue el día y la hora. Porque el aceite es Suyo, la atención es Suya, y la gracia que nos hace dignos de entrar en el banquete, también es Suya. Así lo canta un himno de la Liturgia de las Horas:


“Tú revistes de música a los pájaros,
alimentas con pétalos la piedra,
introduces tu espíritu en mi barro
y me coronas rey de la materia.

Soy lo que tú me has dado, nada es mío,
y me reclamarás al fin los réditos.
Soy lo que con tus dones he crecido
y el ofrecerme a ti será mi mérito.

Deseo que mi vida te prolongue,
que tú habites mi cuerpo en esta tierra,
que en mi voz tu palabra inflame y logre
encender nueva luz en las tinieblas.

Y cuando me recibas en tu reino
me mires a los ojos y sonrías,
compruebes que ya es bueno tu universo
porque tu voluntad está cumplida.”


                                                  Nada de nada, Cecilia

31 de octubre de 2026

Comunión de los Santos

  

Evangelio según san Mateo 5, 1-12a

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos. Y él se puso a hablar enseñándoles: “Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán “los hijos de Dios”. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Dichosos vosotros cuando os insulten, y os persigan, y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo”.


                                           Políptico del Cordero Místico, Hermanos Van Eyck 

 Sólo tenemos una vida, hemos de ser santos.

                        San Maximiliano María Kolbe.

De acuerdo, Maximiliano, hombre generoso y valiente. Ser santo es imitar y seguir a Jesús desde la gran tribulación, este mundo de división, lucha, conflicto, separación, muerte y entropía que ya pasa. A Su presencia nos dirigimos, como el grupo que aparece en la primera lectura de hoy (Apocalipsis 7, 2-4.9-14), unidos, en este viaje de vuelta al Origen del que venimos. Con las vestiduras lavadas y blanqueadas en la Sangre del Cordero, habiendo renunciado al hombre viejo y habiendo optado por la Vida que somos en Cristo.

Las vestiduras blancas son la individualidad que conservaremos, después de que Él haya borrado de ellas toda mancha de egoísmo y falsedad. El agua y la Sangre que brotan del Corazón de la Divina Misericordia nos lavan hasta lograr un blanco deslumbrante (Marcos 9, 3). Es también el nombre que encontraremos en la piedrecita blanca que se nos dará (Apocalipsis 2, 17), nuestro nombre verdadero, el que hemos venido a reencontrar, para abandonar esta matrix de mentiras y sueño.

Aún no se ha manifestado lo que seremos, porque aún  no somos conscientes de dónde venimos y adónde vamos, ni de la chispa divina que late dentro. Porque todo el que tiene esperanza en él, se purifica a sí mismo, como él es puro (1 Juan 3, 1-3).

Al Origen regresamos, y no podemos perdernos, porque tenemos las Bienaventuranzas, que nos recuerda el Evangelio de hoy, una verdadera guía para el cristiano, un canto al amor, la confianza y la unidad. Bienaventuranzas, sabiduría y fidelidad, camino de regreso para valientes, tras las huellas del Cordero-Pastor. 

En la lógica del mundo, divergente, separadora, que valida el conflicto y la pérdida, el 1 de noviembre parece sombrío. Por eso nos hemos inventado un Halloween de t-error que subraya la distorsión, el miedo al miedo… En la lógica de Jesús, la lógica del amor y la unidad, es la Fiesta de las fiestas, la celebración de la unidad y de la alegría, la conmemoración de la Meta, del destino en el que ya somos, la Comunión de los Santos, la Unidad.

Ser santo es ser lo que eres realmente, más allá de los disfraces que te has ido poniendo a lo largo de tu vida. Recuerda el proyecto de Dios para ti y acógelo de nuevo con alegría y verdad, aquí y ahora, sin huidas ni excusas, sin imaginar ni ensoñar… Vuelve a ser lo que eras, serás, eres, pues para Dios no hay tiempo (1 Pedro 3, 8), recuérdate y verás cómo la angustia, la impaciencia, la dispersión de toda una vida en un sueño equivocado se convierte en combustible para el viaje de vuelta a Casa, donde nos esperan todos los santos, la Santa Compañía que convirtieron en algo espantoso, otro error de la distorsión, otro “te amo” convertido en “temo”, ese Halloween desquiciado que es una parodia, porque todos regresamos, libres y serenos.

Holy win, y no Halloween, los santos que somos por el Bautismo regresamos victoriosos al encuentro del Cordero cuya Sangre nos limpia y nos transforma. Comunión de los Santos, Vida verdadera que estalla en alborozo, dicha eterna. Un solo anhelo vertical nos une, una muerte para la Vida, un regreso de todos a la Casa del Padre, sin vuelta atrás.


                 95. Diálogos Divinos. La muerte desde la Divina Voluntad


Algunos aforismos sobre la muerte como Dies Natalis (día del nacimiento):

Lo difícil no es aceptar que un día vamos a morir. Lo realmente difícil es atreverse a morir cada vez que sea necesario.

Aprende a ver la muerte como comienzo, trampolín desde el que zambullirnos en la eternidad.

La muerte es un verdadero rito de iniciación para el que todos debemos prepararnos.

Si un hombre lograra pensar de verdad, sin estrategias de huida, en su propia muerte, sería capaz de despertar y emprender el camino que conduce hacia la libertad.

La muerte es la entrada en una vida más real, una vida que no se agota, sino que mana incesante y transparente.

Imagina que mueres ahora. ¿Sientes paz y aceptación? Si no es así, trata de descubrir qué debes cambiar para que cuando llegue el momento puedas afrontarlo con paz.

Las personas conscientes miran su vida sin dejar de mirar también a su muerte. Eso les da una perspectiva completa y todo cobra su verdadera dimensión.

Pensar en la muerte no es vivir menos, no es ir claudicando o rindiéndose, no es renunciar a la vida; al contrario, es vivir con coherencia y valentía.

Soltar, abandonar, disolver, deshacer, desatar... ¡Liberar! Y el tiempo que nos quede, que sea un paseo luminoso.

Ser consciente de nuestra mortalidad es una actitud lúcida y liberadora, un reloj de arena que lleva entre sus granos muchas piedras preciosas, diminutas e inmensas.

Gran tesoro es ser conscientes de que estamos muriéndonos desde que nacemos. Vivamos velando, despiertos, para no olvidarlo y así reconocer esa otra cara de la moneda: nuestra dimensión eterna.

Hemos sido esclavos del sueño y la ilusión demasiado tiempo; es hora de volver a lo Real, donde somos eternos y libres.

24 de octubre de 2026

Una sola Voluntad

 

Evangelio según  San Mateo 22, 34-40 

En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: "Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?". Él le dijo: “‘Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser’. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo.’ Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas". 


                                  Jesús en la sinagoga de Nazaret, Van den Eeckhout


Dios mío,
si Te he adorado por miedo al Infierno,
quémame en su fuego.
Si es por deseo del Paraíso,
prohíbemelo.
Pero si Te he adorado solo por Ti,
entonces no me prohíbas ver Tu rostro.

                                                                                Rabi’a al’Adawiyya


                                       El infierno es el tormento de la imposibilidad de amar.

                                                                                                               Dostoievski

Amar a Dios y amar al prójimo, y hacerlo de corazón, sin reservas, sin medida…, imposible desde los valores del mundo: oportunismo, competencia, individualismo... Para empezar a amar desde nuestra condición frágil y limitada cuando, como San Pablo, hacemos lo que no queremos y eludimos lo que queremos, la voluntad es esencial. 

Pero la voluntad humana obrando separada de la Voluntad Divina es muerte, caos, destrucción, como hemos comprobado en la historia y en nuestra propia vida. Para amar como el Señor quiere, amamos Su voluntad, fuente del Amor perfecto. 

Porque el amor verdadero no tiene nada que ver con sentir, pensar, experimentar... El Amor es Acto y amamos cuando injertamos nuestros actos en el Acto Único de Dios y ya no son actos humanos sino divinos, ya no es amor humano, limitado y mezquino, sino Amor divino, el que Dios quiere y por eso nos lo da previamente, para que le correspondamos como Él espera. 

Viviendo, amando con la Divina Voluntad como Vida, voy dando a Dios lo Suyo, que es todo, como veíamos el domingo pasado y voy devolviendo una y otra vez al Cesar lo suyo, su “nada de plata”, lo que pasa, todo lo que no es de Dios, que va desapareciendo, quemado al fuego del Amor Divino, dejándome vacía para llenarme de Él. 

Y mientras pago al Cesar lo suyo, voy pagando a Dios lo Suyo y, como Él me lo devuelve aumentado, en esa correspondencia de Amor que es Su Plan, lo que no es de Dios cada vez tiene menos espacio, lo voy sintiendo más ajeno, más sombra, más ilusión, más nada que se desintegra con el resto de las “nadas” de plata, de cobre o de chatarra. 

Y todo se va convirtiendo en oro, y comprendo el verdadero sentido de adorar: igualdad de obras. Y ad-oro, convierto todo en el oro de la Divina Voluntad y con cada “te amo” devuelvo Dios a Dios en la Unidad de Su Querer.

                                254. Diálogos Divinos. Bendito conocimiento

Aceptando vivir con nuestra voluntad humana unida a la Divina, iniciamos el camino hacia la Unión plena, atravesando fases de purificación, fricción, revelación, que nos conducen hacia el Amor auténtico. Son las conocidas etapas de la mística: purgativa, iluminativa y unitiva, pero todo comienza, y también crece y se asienta, sobre una disposición interna, nuestra voluntad fundiéndose con la Voluntad Divina. Así lo expresa San Anselmo de Canterbury:           

Todo lo que hay en la Escritura depende de estos dos preceptos.

Reinar en el cielo es estar íntimamente unido a Dios y a todos los santos con una sola voluntad, y ejercer todos juntos un solo y único poder. Ama a Dios más que a ti mismo y ya empiezas a poseer lo que tendrás perfectamente en el cielo. Ponte de acuerdo con Dios y con los hombres -con tal de que estos no se aparten de Dios- y empiezas ya a reinar con Dios y con todos los santos. Pues en la medida en que estés ahora de acuerdo con la voluntad de Dios y de los hombres, Dios y todos los santos se conformarán con la tuya. Por tanto, si quieres ser rey en el cielo, ama a Dios y a los hombres como debes, y merecerás ser lo que deseas. 

Pero no podrás poseer perfectamente este amor si no vacías tu corazón de cualquier otro amor. Por eso, los que tienen su corazón llenos de amor de Dios y del prójimo no quieren más que lo que quieren Dios o los hombres, con tal que no se oponga a la voluntad de Dios. Por eso son fieles a la oración, hablan del cielo y se acuerdan de él, porque es dulce para ellos desear a Dios, hablar y oír hablar de él y pensar en quien aman. Por eso también se alegran con el que está alegre, lloran con el que sufre, se compadecen de los desgraciados y dan limosna a los pobres, porque aman a los demás hombres como a sí mismos. De esta manera toda la ley y los profetas penden de estos dos preceptos de la caridad. 


                               ¡Gocémonos amado! (Cántico Espiritual),

                              Amancio Prada canta a San Juan de la Cruz

17 de octubre de 2026

Todo es Suyo

 

Evangelio según san Mateo 22, 15-21

En aquel tiempo, los fariseos se retiraron y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta. Le enviaron unos discípulos, con unos partidarios de Herodes, y le dijeron: “Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no te fijas en las apariencias. Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar impuesto al César o no?” Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: “¡Hipócritas!, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto.” Le presentaron un denario. Él les preguntó: “¿De quién es esta cara y esta inscripción?” Le respondieron: “Del César.” Entonces les replicó: “Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.”


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El tributo al César, Massaccio



       Acaba con tus negocios materiales, deja ahí tus beneficios y tus pérdidas pues en el país adonde te encaminas no hay posibles mercados.

                                                                                                                  Kabir            

Nos afanamos en acumular: bienes materiales, títulos, opiniones, seguridades, credenciales para el mundo del César..., porque tenemos un sentido de carencia muy acusado. Aún nos creemos que la realidad es solo lo que vemos. Pero hay realidades que los sentidos físicos no perciben. Saberlo puede ayudarnos a cambiar esa sensación de miseria, por consciencia de abundancia, de infinitos bienes a disposición de todo el que esté dispuesto a recibirlos. Podemos liberarnos de esa tendencia a controlar, asegurar, acumular “por si acaso”, para cuando vengan malos tiempos, esas vacas flacas que son fantasmas de nuestra imaginación pervertida y cobarde.

Si fuéramos conscientes –y no lo olvidáramos– de que en este mundo en el que estamos, pero del que no somos, hay dos bienes muy valiosos que solemos malgastar: el tiempo y la energía, no nos desviviríamos en afanes que ni siquiera son del César o del demonio, sino de la estupidez y la mediocridad. Grandes pecadores como San Agustín o San Francisco se convirtieron porque se dieron cuenta de errores muy evidentes. Pero esas miserias que nos roban la vida y el alma nos entretienen a un lado del camino, y se van los días de gracia, sin transformarnos en la "moneda de oro" que hemos de ser.

            Descansa solo en Dios, alma mía, dice el Salmo 62. Si descansas en Él, si haces de Él el centro de tu vida, todo habrá tenido sentido, incluso largos años de distracciones y de dar al César de más, ¡ay, cuánto de más! Esta avidez que nos confunde y nos ciega, haciéndonos olvidar quiénes somos y hacia dónde vamos nace del miedo a la muerte. Pero si descansamos en Él y hacemos de Él el centro de todo, la decadencia y la muerte son disfraces efímeros de un presente eterno. Hasta los recuerdos y los proyectos se llenarán de Él, de su sentido y hermosura, de su paz y su poder. Seremos libres; no estaremos apegados a bienes materiales ni a seguridades o falsas creencias, que tienen que ver con el mundo del César. Y nada nos detendrá en el Camino de vuelta a Casa, Sión añorada, después de tanta distorsión.

Se acabó la confusión, el dejar muchas opciones abiertas, son los frutos podridos del árbol del bien y del mal que descentran, falsifican y generan agotamiento. Si vives en la Divina Voluntad, a la sombra del Árbol de la Vida, no hay dispersión, sino concentración, Luz, Verdad y Vida verdadera.

Respira, detente, quieto, atento siempre al centro donde eres, el Corazón de Jesús, de donde brota esa Vida Nueva en forma de sangre y agua, que borran las falsas imágenes para que aparezca la auténtica. Muere a lo falso, resucita en Él. De la experiencia mundana, a la vida en Cristo, tu Ser verdadero, la semejanza por fin recuperada, como dice San Antonio de Padua en el texto de abajo.

     Es hora de ser coherentes y dar a Dios lo Suyo, esto es, todo, a excepción de las migajas que damos al César para sobrevivir mientras estamos en el mundo. Hora de soltar la falsa moneda de las seguridades, comodidades y dependencias para apoyarnos solo en Él, adorarle solo a Él, depender solo de Él. Quien mantiene sus ojos fijos en Él no pierde nada, porque la perspectiva se amplía hasta lo infinito, y todo se va transfigurando, iluminando, realizando.

    Estamos de nuevo ante el “camino del no soy” que tantas veces hemos contemplado: de la riqueza a la pobreza; del orgullo a la humildad; de la idolatría de los bienes del mundo y del César, a la desposesión, el dejar ir, la confianza esencial que hace posible la entrega a Dios y vivir de Su Divina Voluntad para resucitar ya a la Vida plena y vivir Vida de Cielo antes de morir.


                                              249. Diálogos Divinos. ¿Y te parece poco? I

De la misma manera que esta moneda de plata lleva la imagen del César, igualmente nuestra alma es imagen de la Santa Trinidad, según lo que se dice en el salmo: La luz de tu rostro está grabada en nosotros, Señor: Señor, la luz de tu rostro, es decir, la luz de tu gracia que establece en nosotros tu imagen y nos hace semejantes a ti, está grabada en nosotros, es decir, en nuestra razón, que es el poder más alto de nuestra alma y recibe esta luz de la misma manera que la cera recibe la marca del sello. El rostro de Dios es nuestra razón; porque de la misma manera que se conoce a alguien por su rostro, así conocemos a Dios por el espejo de la razón.

Toda la Trinidad ha hecho al hombre según su semejanza. Por la memoria se asemeja al Padre; por la inteligencia se asemeja al Hijo; por el amor se asemeja al Espíritu. En la creación el hombre fue hecho a imagen y semejanza de Dios. Imagen en el conocimiento de la verdad; semejanza en el amor de la virtud. La luz del rostro de Dios es, pues, la gracia que nos justifica y que revela de nuevo la imagen creada. Esta luz constituye todo el bien del hombre, su verdadero bien, y le marca igual que la imagen del emperador está impresa en la moneda de plata. Por eso el Señor añade: Dad al César lo que es del César. Como si dijera: De la misma manera que devolvéis al César su imagen, así también devolved a Dios vuestra alma revestida y señalada con la luz de su rostro.

                                                                                           San Antonio de Padua


10 de octubre de 2026

Aceptar la invitación es elegirse

 

Evangelio según San Mateo 22, 1-14

En aquel tiempo, volvió a hablar Jesús en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo: "El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados encargándoles que les dijeran: "Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda." Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: "La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda." Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: "Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?" El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: "Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. Porque muchos son los llamados y pocos los elegidos." 

                  La apoteosis del Cordero. Juicio final, Tapiz de Bernardo van Orley


Cuando el hombre se humilla, Dios en su bondad, no puede menos que descender y verterse en ese hombre humilde, y al más modesto se le comunica más que a ningún otro y se le entrega por completo. Lo que da Dios es su esencia y su esencia es su bondad y su bondad es su amor. Maestro Eckhart

El banquete eterno, la boda, el Reino…, para quien pueda entender (Mateo 19, 12), ya ha comenzado. Cómo rechazar la invitación, si es nuestra propia fiesta… Somos los novios por los que María vela en Caná cuando se les acaba el vino (Juan 2, 1-11), y somos vírgenes prudentes que, a pesar del sueño, conservan en su lamparilla el aceite del amor (Mateo 25, 1-13). Somos también el hijo pródigo que regresa a casa arrepentido, al que el padre manda poner el mejor traje, un anillo en la mano y sandalias en los pies, antes de celebrar un banquete por haberlo recobrado con salud (Lucas 15, 11-32).

Que no seamos el insolente de la parábola de hoy, que me recuerda al hermano mayor del hijo pródigo, envidioso porque el padre agasaja al hijo perdido y reencontrado. El mayor se “indignó”, vistiéndose de reproche y mezquindad, haciéndose indigno del banquete del amor y la alegría, del perdón y la unidad.

La palabra griega para designar “digno” significa “mismo nivel”. Llevar el traje de fiesta es haber alcanzado la dignidad necesaria para entrar en el banquete. No es un logro personal, claro, nunca haríamos méritos suficientes, sino un don de Aquel que lavó nuestro sucio vestido con Su Sangre purísima. Él lo lava hoy, siempre es hoy, y nos lo ofrece. 

Vestirnos de fiesta y aceptar nuestra dignidad de hijos o seguir con los sucios harapos que heredamos de Adán y de Caín...; parece tan clara la elección… Pero muchos rechazan la preciosa túnica blanca y se aferran a sus manchas de siglos, sus afanes absurdos, sus mezquinos intereses. Es el misterio del libre albedrío, la locura del mundo, en el que somos manipulados y engañados por el príncipe de la mentira, que nos insta a escoger el mal, disfrazándolo de bien. 

Si somos conscientes de que Cristo nos ha devuelto la dignidad, dejaremos todo lo que nos impide asistir al banquete, aceptaremos la invitación con alegría y nos vestiremos como verdaderos hijos de la Luz. Recuperemos la inocencia, vistámonos de fiesta y entremos en el banquete a brindar con el Agua Viva y el Vino que no se acaba.



               Vestirse es desnudarse,
               quitarnos harapos y disfraces, 
               dejar a la vista el traje de fiesta, 
               lucirlo con garbo y humildad,
               lucir pero sirviendo..

               Olvido de sí, recuerdo de Sí.
               Libres, atentos, libres.
               Soltar lo que no somos, dejar ir, abandonarse.
  
               Callar para escuchar,
               escuchar para escuchar,
               escuchar...
    
               Renunciar a los caprichos del ego, 
               descubrir que nuestra voluntad 
               coincide con la del Rey. 
               
               Ser súbditos fieles y más: 
               hijos del Rey-Padre.
               Descubrir que la boda
               que celebramos 
               es nuestra propia boda.

               Benditos esponsales,
               matrimonio sagrado,
               nupcias espirituales.

               Unirnos para siempre 
               con el Único.
               Uno, una, Único.


                                           
                                          Oda a la alegría, Betthoven. Sabadell, Plaza San Roc

3 de octubre de 2026

La piedra angular

 

Evangelio según san Mateo 21, 33-43

Dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: “Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje. Llegado el tiempo de los frutos, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Envió de nuevos otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último, les mandó a su hijo diciéndose: “Tendrán respeto a mi hijo”. Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: “Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia”. Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron. Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?” Le contestaron: “Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo.” Y Jesús les dice: “¿No habéis leído nunca en la Escritura: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente”? Por eso os digo que se os quitará a vosotros el Reino de los Cielos y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.”


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Parábola de los viñadores homicidas, Diego Quispe Tito

                              

Sobre todo, tened entre vosotros un ferviente amor, porque el amor cubre una multitud de pecados.

            1 Pedro, 4, 8

En la parábola de los viñadores homicidas, se resume de forma poética la historia del pueblo judío que, no solo no dio fruto, sino que persiguió a los profetas y enviados de Dios, matando finalmente a Su propio Hijo. Los cristianos, nuevo pueblo elegido, sabemos que Jesucristo, despreciado, humillado, crucificado, es la piedra angular, (Salmo 118), el único sostén firme y seguro, el centro de nuestra fe y de nuestras vidas.

Aun así, cuántas veces volvemos a matar al Hijo hoy… Lo hacemos cada vez que damos prioridad a nuestros pequeños intereses personales y egoístas, la búsqueda de beneficio y ventaja, esa atención a lo material y lo efímero, olvidando que Cristo es la fuente de todo lo bueno, bello y verdadero. Por eso matamos, morimos, nos suicidamos; creyendo aprovechar la vida, despreciamos la Vida verdadera.

Imitemos a San Francisco de Borja, cuya fiesta celebramos hoy, que, ante el cadáver putrefacto de su señora, la bella emperatriz Isabel de Portugal, dijo: no serviré a señor que se me pueda morir. Porque a menudo servimos a cadáveres, fantasmas, moribundos, dentro y fuera de nosotros. Recuerdos, proyectos, fantasías, afanes mezquinos, intereses vanos…; idólatras vestidos de personas cumplidoras y respetables. Cómo dar fruto así, cómo mantenernos siquiera vivos. Matamos y morimos porque hemos renunciado a la mejor parte, lo primero, lo Único en realidad.

No es de extrañar, entonces, lo que leemos en la prensa y vemos en los telediarios: violencia, opiniones contaminadas, conflictos, manipulación, bandos… El príncipe de la mentira, que hostiga y encizaña, nos incita a tomar partido. Si uno se empeña, es capaz de encontrar algo de razón en todos, según cómo se mire y desde dónde se mire. Parece vencer el relativismo y, a la vez, el partidismo y el fanatismo, porque se vive bajo los parámetros del príncipe de este mundo, el separador, que nos seduce con las divergencias, lo diverso, pues forma parte de su malévola di-versión. Pero si estamos atentos y le desenmascaramos, podemos elegir la unidad, la conversión, la versión original que nos espera a los que seguimos a Cristo. 

¿Quién quiere tomar partido en un mundo sin el Señor? Yo no quiero servir a señores que se me puedan morir, ni tomo partido en la representación de este mundo que ya pasa. No tomo lo partido, lo roto, lo podrido o lo muerto… No tomo partido porque lo quiero Todo, como decía Santa Teresita de Lisieux. Y la única forma de tenerlo todo es no teniendo nada, o eligiendo al Todo, Jesucristo, el Verbo, la fuente de la Verdad y la Vida. 

Él es el fruto que hemos de dar: fruto del vientre inmaculado de María y fruto nuestro, si Le damos a luz en el corazón. El Espíritu Santo, que hizo que María concibiera a Jesús, te hace concebirle si te vacías de los afanes de este mundo y te dejas inundar por Él. Porque el fruto es siempre Cristo; en el regazo de María, en el árbol de la cruz, en el sepulcro vacío, en nuestro corazón si lo preparamos con humildad, inocencia, pureza, disponibilidad y amor. 

Si el fruto es siempre Cristo, poco podemos hacer, sino acogerlo con temor y temblor, corazón abierto y disponible, para que Él, fruto de amor y vida verdadera, nos revitalice y nos enseñe a amar como Él.  

El Amor no es amado, dijo San Francisco de Asís y así nos va… No dar fruto es tener un corazón cerrado y desagradecido, rechazar la voluntad del Dios-Amor, elegir la soberbia de los que se creen libres y son esclavos de sí mismos y sus prejuicios, ideas, vanidades. Cada vez se oyen más noticias de suicidios, muchos son jóvenes, aparentemente triunfadores en el mundo. Es el fruto amargo de una sociedad que ha expulsado a Dios y anda a ciegas, fragmentada, rota, acelerada hacia el abismo de la muerte. 

Matar al Hijo y robar al Señor es lo que hacemos tantas veces, no solo por la locura que conduce a esos dramas, sino con pequeños gestos y actitudes, prejuicios e inercias que abonan esa ceguera, ese olvido de lo esencial. El fruto es amargo, puro agrazón: angustia, confusión, sinsentido…, porque no queremos recibir la luz que surge de reconocer a Dios, acoger a Su Hijo y aceptar Su voluntad. En el blog hermano Días de 
gracia,  con otras palabras San Juan de la Cruz. 

Busquemos un centro de gravedad permanente, como cantaba Battiato, pero no cualquier centro. Solo Jesús, el único Nombre, la piedra angular, fuente de amor y de esa forma más excelsa de amor que es el perdón. Él es el heredero que quiere compartir su herencia con los que Le aceptan. Seamos coherentes para poder coheredar los bienes infinitos que nos ofrece. Reconcíliate con todos, contigo mismo y con Cristo, Señor de tu vida. Aprende de Él que, si amas, no hay muerte ni desolación; no hay nada que robar, compensar, acumular, porque todo es don y el supremo don es el perdón. Perdonemos a los viñadores homicidas que hemos sido, y acojamos al Hijo, el Fruto bendito del vientre de María y del Árbol de la Cruz. Reconozcamos a Cristo como Señor nuestro que viene a darnos Vida verdadera.



26 de septiembre de 2026

La obediencia en la Divina Voluntad

 

Evangelio según san Mateo 21, 28-32

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: “¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. Él le contestó: “No quiero”. Pero después de arrepintió y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: “Voy, señor”. Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?” Contestaron: “El primero”. Jesús les dijo: “Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de los cielos. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas lo creyeron. Y aun después de ver esto vosotros no os arrepentisteis ni creísteis”. 

                                      Parábola de los dos hermanos, A. N. Mironov

Los reticentes suelen ser más seguros que los entusiastas, y quienes no prometen nada saben más de la promesa que los regaladores oficiales.  Lo Iadúa                                                           

La parábola que contemplamos el Domingo pasado, sobre los trabajadores de la hora undécima, y la que el Evangelio nos presenta hoy, la parábola de los dos hijos: el que dice “no”, pero recapacita y cumple lo que el padre ha mandado, y el que se muestra obediente al principio, pero no obedece, tienen mucho que ver con el objetivo de la vida en Divina Voluntad: reparar, corresponder, rehacer, regenerar. 

Contar con estas enseñanzas que Jesús dictó a Luisa Piccarreta es un don inmenso y se nos da ahora que el tiempo se acaba, ahora, que aún estamos a tiempo, ahora, nuestra bendita hora undécima, para que volvamos al Plan Original y todo sea cumplido.

Vemos en los hermanos de la parábola de hoy dos actitudes:  la del que dice “no quiero”, pero va y la del que dice “voy” y no va. Las dos están en cada uno de nosotros y se alternan, se van sucediendo en nuestra vida, y a veces podemos verlas simultáneamente. La única forma de escoger la única opción, que es cumplir la voluntad del Padre es unir esas dos actitudes, o esos dos personajes, integrarlos, porque en realidad son parte del mismo. 

Cuando, después de haber dicho “voy”, no va, es porque se dispersa, se distrae, se deja encandilar con los cantos de sirena del mundo. Cuando después de haber dicho “no quiero” con la voluntad humana egoísta, recapacita y va, ha vuelto a unificar su voluntad con la Voluntad Divina.

Podríamos, como en la parábola del hijo pródigo, buscar en nosotros ese tercer hijo que no espera a liberarse del falso obediente o del desobediente arrepentido, el que los abraza a los dos y obedece, no porque haya conseguido la virtud de la obediencia con esfuerzo, sino que tiene la obediencia, y el resto de las virtudes, como naturaleza, al tener la Voluntad Divina como Vida. Y  llevando en sí al que finge obedecer y se desdice y también al reticente, que dice no pero luego recapacita, integrándolos, sin dejar actuar a la voluntad humana separada de la Divina, salva a los dos en sí mismo y en todos. 

Y se hace realidad el estribillo del juego del escondite: “por mí y por todos mis compañeros”. Por mí y por toda la familia humana de todos los tiempos, porque en la Divina Voluntad todos somos Uno. Así lo hizo Jesús desde su Encarnación, vivir llevando a todos en Sí para que no se perdiera ninguno:

"No ruego solo por estos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí." Juan, 17, 21-23

Esta parábola y la del Domingo pasado me retratan bien; en aquella, pobre trabajadora de la última hora, rezagada, despistada, entretenida con cantos de sirenas del mundo que ya pasa;  en la de hoy, hija remolona que ha dicho al Padre "no quiero" muchas veces, por decir sí a padres falsos, ídolos con pies de barro que bloquean, confunden y amargan, hija arrepentida que, ahora, tras muchos des-engaños, dice sí, y quiere que ese sí sea definitivo. 

Y todo lo que suceda a partir de ahora será lo bueno, lo mejor, como bien sabía Juliana de Norwich: “Todo irá bien, y todo irá bien, y toda clase de cosas irán bien”. Esto es quizá de lo más difícil en el camino espiritual, y a la vez lo más fácil: confiar, dejar a Dios ser Dios, aceptar Su Voluntad, sosegarse y recordar que es Dios (Salmo 46). Entonces surge el milagro: no solo la aceptamos más o menos resignadamente; es un paso más: amamos Su Voluntad, renunciando a la nuestra separada de la Suya, viviendo el: “No soy yo, sino Cristo...” (Gálatas 2, 20).

Y todo es nuevo; la voz, las palabras, el sentido y la respuesta, que ya no nace del hombre viejo, sino del nuevo. Se invierte la locura del mundo, lleno de mentiras, traiciones, infidelidades, para empezar a vivir el Cielo en la tierra.



¿Tienes que seguir corriendo?
¿Seguir escribiendo,
hablando,
haciendo?
¿Seguir escapando
de lo que no Es?
Solo has de Ser.
Y lo eres parando,
callando, 
mirando,
escuchando el eco
de la Voz eterna.
Escucharla siempre,
seguir Sus mandatos,
fundirte con Ella, 
Ser en Ella
tu única misión.
Despierta o dormida,
muerta y viva,
Serviam.
Fiat.
Sí.

208. Diálogos Divinos. Obediencia desde la Divina Voluntad