28 de febrero de 2026

La Gloria de Dios

 

Evangelio según san Mateo 17, 1-9

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte elevado. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. De repente se les aparecieron Moisés y Elías, conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: "Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías". Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: "Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo". Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: "Levantaos, no temáis". Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: "No contéis a nadie la visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos".

                                        La Transfiguración de Jesús, Rubens

Hoy se manifiesta lo que los ojos de la carne no pueden ver: un cuerpo terrestre irradiando esplendor divino, un cuerpo mortal rebosante de la gloria de la divinidad. Las cosas humanas pasan a ser las de Dios, y las divinas a ser humanas.
                                                                                               San Juan Damasceno

                     Oh Verbo, Luz inmutable, Luz del Padre sin nacimiento:
                     con tu Luz, que apareció hoy en el Monte Tabor,
                     hemos visto al Padre Luz y al Espíritu Luz
                     que iluminan toda la creación.
                                                                Exapostelario (Liturgia ortodoxa)

Después de experimentar la Gloria de la Divinidad, Jesús y sus tres íntimos bajan del monte para afrontar la Pasión que acabará con la Resurrección. Porque en Dios, morir es para resucitar, bajar, para subir, descender es elevarse, cuando el descenso es para cumplir la Misión encomendada. El Verbo eterno descendió hasta nosotros, criaturas caídas, para levantarnos y mostrarnos el camino de vuelta. Nos quiere con Él, viviendo la Vida de Cielo para la que fuimos creados, pero también nos quiere en el mundo, sabiendo que no somos del mundo, dando testimonio de Él, Camino, Verdad y Vida.

Decidamos bajar de la montaña, en lugar de instalarnos en un vislumbre de lo verdadero, por muy hermosa y trascendental que haya resultado la experiencia. Renunciemos a montar una tienda en cada uno de los paisajes agradables y seguros que vamos encontrando. Escojamos ser valientes y proseguir la marcha, bajar del monte, en ese camino descendente de renuncia y desprendimiento que es el seguimiento de Jesús.

         Elijamos culminar la tarea, antes de volver al Hogar verdadero, no una tienda en un campamento acogedor y luminoso. Descendamos del Tabor, conservando en el corazón la memoria fiel de lo que allí hemos visto y experimentado: el alba de la resurrección, la Gloria de Cristo, que anticipa nuestra propia gloria.

      Dice el místico sufí Abû–l–hasan al–harrâlî: “Concentrarse al principio del desarrollo espiritual en las cosas de este mundo es un extravío, y hacerlo en las del Otro Mundo es una buena orientación. Pero concentrarse al final del desarrollo espiritual en las cosas de este mundo es una perfección, y hacerlo en las del Otro Mundo es síntoma de ceguera.”

            Fundidos con Jesús, en perfecta Comunión con Él, no nos atrapa la tierra y sus afanes, hemos aprendido a vivir como aconsejaba San Pablo: "Os digo, pues, hermanos: El tiempo es corto. Por tanto, los que tienen mujer, vivan como si no la tuviesen. Los que lloran, como si no llorasen. Los que están alegres, como si no lo estuviesen. Los que compran, como si no poseyesen. Los que disfrutan del mundo, como si no disfrutasen. Porque la apariencia de este mundo pasa." Corintios 7, 29-31

           Cuando hemos visto la luz del Tabor y la hemos reconocido como nuestra propia luz, como el sueño que Dios soñó para nosotros antes de todos los tiempos, bajamos de la montaña, porque hemos comprendido que la fase “descendente” es realmente la culminación de la perfección. Nuevos cielos, nueva tierra: la materia iluminada por la Gloria del Espíritu.

Nos asomamos una vez más al misterio del cuerpo glorioso, lo abstracto en lo concreto, la carne transfigurada que Cristo, Luz del mundo, inaugura. Es la aparente paradoja del cristiano: consciente de su cuerpo mortal, y, a la vez, convencido de la trascendencia. El cuerpo, elevado a una dignidad jamás pensada, un destino de Gloria eterna. Jesús lo ha glorificado, al encarnar como uno de nosotros.

Así lo explica San Pablo: “Se siembra un cuerpo corruptible, resucita incorruptible; se siembra un cuerpo sin gloria, resucita glorioso; se siembra un cuerpo débil, resucita lleno de fortaleza; se siembra un cuerpo animal, resucita espiritual” (1 Corintios 15, 42-44).

“¿Quién quiere vivir para siempre, cuando el amor va a morir?”, cantaba Freddie Mercury. No quiero ser inmortal, sino volver a Casa, hija pródiga, resucitada. El inmortal no muere, y yo sí quiero morir, porque el que no muere, no da fruto, el que no muere, no resucita, no vive para siempre con el Señor de la Vida y del Amor.

El Tabor prefigura la Resurrección. Jesucristo ha glorificado el cuerpo, ha iluminado la materia a través de Su Encarnación-Cruz-Resurrección. Ha tomado el sufrimiento, la entropía, lo efímero, la caducidad de la carne, consustanciales a nuestra condición; ha tomado todo lo que nos separaba de Él y lo ha transmutado, purificado, convertido en "combustible" para el mejor de los futuros. Toma también el futuro, todos los futuros posibles, pues el “mejor futuro”, el ojo de aguja, el camino estrecho es regresar y decidimos volver con Él al Origen, ese Presente intemporal en que ya somos.

Se acabó la confusión, el andar divididos, el dejar muchas opciones abiertas, que descentran, falsifican y generan agotamiento. Si vivimos en el Centro, verticales, sin opciones, eligiendo la Única Opción, que es el Retorno, no hay dispersión, sino concentración, fina energía, luz de eternidad, el retorno a la Esencia. Y no se nos ocurrirá montar tiendas en cada experiencia hermosa, segura, confortable…, transitoria al fin, porque recordaremos el Propósito y escogeremos volver.

         Entonces, todo lo que vemos como desgaste y entropía irá cayendo como piel muerta, para dejar que salga a la luz ese cuerpo luminoso, transfigurado, que ya somos. En El misterio del sacrificio, dice Sédir: “La existencia presente no es más que un entrenamiento para la vida eterna. Hoy debemos luchar, acabar con nuestro egoísmo. Debemos hacer de nuestros cuerpos y de todas nuestras facultades una imagen lo más parecida posible a la que será en nuestra transfiguración futura.” Porque somos teóforos: portadores de Dios, iluminados desde adentro con la Luz que ya transfigura el cuerpo, como anticipo de la Resurrección.

                                  112. Diálogos Divinos. Transformación Divina

21 de febrero de 2026

Conversión

 

Evangelio según san Mateo 4, 1-11

En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al final sintió hambre. Y el tentador se le acercó y le dijo: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes”. Pero él contestó diciendo: “Está escrito: "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”." Entonces el diablo lo lleva a la Ciudad Santa, lo pone en el alero del templo y le dice: “Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Encargará a los ángeles que cuiden de ti y te sostendrán en sus manos para que tu pie no tropiece con las piedras”.”  Jesús le dijo: “También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”.” Después el diablo lo lleva a una montaña altísima y mostrándole todos los reinos del mundo y su esplendor, le dijo: “Todo esto te daré si te postras y me adoras”. Entonces le dijo Jesús: “Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”.” Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y lo servían.
  
                                     Cristo en el desierto, Iván Kramskoï

El Miércoles de Ceniza comenzamos la Cuaresma, tiempo de transformación, de volver a lo esencial, abandonando todo lo que nos aparta del Camino, la Verdad y la Vida. Cuaresma, desierto, tiempo de soltar, dejar ir, tiempo de desnudarse, no solo de todo lo exterior a uno mismo, sino también, y sobre todo, desnudarse del yo.

Transformarse, convertirse, dejar de mirar solo lo temporal, lo material, las realidades perecederas del mundo, lo virtual, y con el simple gesto de dar media vuelta, que a veces cuesta sangre, sudor y lágrimas, mirar en la dirección contraria, hacia lo verdadero, lo eterno, lo Real.

Conversión, en griego metanoia, significa volverse, darse la vuelta hacia la versión original que somos y hemos olvidado, perdido, abandonado. Es un movimiento interior de transformación de mente, corazón y actitud, que cambia los significados y el sentido de la vida. 

Metanoia, teshuvá en hebreo, conversión, arrepentimiento… Todas estas palabras señalan a ese gesto o cambio de mente y de corazón que permite mirar de un modo nuevo, no ya a la manera egoísta del mundo, sino a la manera generosa, abierta y disponible de Jesús.

Solo se puede experimentar la conversión cuando se está dispuesto a dar ese paso decisivo, cuando uno se atreve a rechazar para siempre lo que sobra en su vida, para rehacerla en una nueva dimensión, la real, eterna.

La palabra arrepentimiento suscita a veces cierta repulsa, pero su significado verdadero, volverse, cambiar de mente, no tiene nada que ver con el remordimiento: volver a morder (se). El arrepentimiento consciente es el fuego purificador donde el ser humano se acrisola y se transforma. 

No podemos esperar a ser perfectos para amar lo bueno, lo bello, lo verdadero. De ese amor a lo Perfecto, desde nuestra evidente imperfección, nace el arrepentimiento consciente, sincero, transformador y liberador. 

                                  Tentaciones de Jesucristo, Jan Brueghel

No te disperses, suelta, vacíate, desnúdate, adéntrate en el desierto, ve a la esencia, a lo Real, decidido, libre. El signo de infinito en horizontal es lo virtual, la dispersión en el mundo diabólico de infinitas posibilidades, el extravío. Conviértete en el signo de infinito en vertical, con la Única opción de los que ya no miran el Árbol del conocimiento del bien y del mal, sino el Árbol de la Vida. 

Es la Cruz que te eleva, te levanta, te iza, te realiza. Su trazado es el diseño del infinito Amor que te devuelve al Origen, te transforma en lo que olvidaste: eternidad, Vida verdadera, pregunta y respuesta unidas para siempre, correspondencia perfecta en la Unidad de la Luz de Dios, donde vivimos, nos movemos y existimos.
Somos el negativo
de una figura eterna,
anhelando esa luz que nos devuelva
el perfil esencial,
bajo un cielo fiel que nos bendiga,
nos haga aparecer.


                           203. Diálogos Divinos. El demonio desde la Divina Voluntad I


Después de esto estaba siguiendo mi giro en el Fiat Divino, y siguiendo a Jesús cuando tomó el camino del desierto pensaba: “¿Y por qué Jesús tomó el camino del desierto?  Aquí no había almas que convertir, sino soledad profunda, mientras que eran almas lo que Él buscaba”.  Pero mientras esto pensaba, mi dulce Jesús moviéndose en mi interior me ha dicho: “Hija mía, la compañía rompe la pena y la disminuye, en cambio el aislamiento la concentra, la duplica y la recrudece, y Yo quise ir solo al desierto para sentir en mi Humanidad toda la crudeza del aislamiento que había sufrido mi Divina Voluntad por tantos siglos por parte de las criaturas.  Mi Humanidad debía ascender en el orden divino y descender en el orden humano para poder encerrar las penas del uno y del otro, y tomando Yo toda la parte penosa que dividía al hombre y a Dios, hacerlos entrar de nuevo al abrazo, al beso de su Creador.  Pero no fue solo esta la finalidad de mi ida al desierto, tú debes saber que nuestra Majestad adorable, al formar la Creación, establecía que todo debía estar poblado de habitantes, la tierra debía ser fertilísima, rica de abundantes plantas, de modo que todos debían abundar de sus bienes.  En cuanto pecó el hombre, se atrajo la indignación de la Justicia divina, y la tierra permaneció desértica, infecunda, y en muchos lugares despoblada, imagen de aquellas familias estériles donde no hay sonrisas, ni fiestas, ni armonía, porque sin prole no hay quien rompa la monotonía de dos cónyuges, y sobre su ánimo pesa la opresión del aislamiento que les lleva la tristeza, en cambio donde hay prole hay siempre qué hacer, qué decir y ocasión de festejar, tal fue la familia humana. Mira cómo el cielo está poblado de estrellas, la tierra debía ser el eco del cielo, llena de habitantes y debía producir tanto como para volverlos ricos y felices a todos. Entonces, en cuanto el hombre se sustrajo de mi Voluntad cambió su suerte, y Yo quise ir al desierto para volver a llamar las bendiciones de mi Padre Celestial, y volviendo a llamar a mi Voluntad a reinar, restablecer la tierra, poblarla en todas partes y fecundarla, de modo que la tierra producirá otras semillas más bellas para volverla centuplicada, más fecunda y de belleza deslumbrante”.
                                                                                Libro de Cielo, 25 Junio 1928


                         204. Diálogos Divinos. El demonio desde la Divina Voluntad II

14 de febrero de 2026

Palabras de Vida

 

Evangelio según san Mateo 5, 17-37

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley. El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe, será grande en el reino de los cielos. Porque os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que esté peleado con su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la gehenna del fuego.  Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y luego vuelve a presentar tu ofrenda. Con el que te pone pleito, procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo. Habéis oído el mandamiento “no cometerás adulterio”. Pues yo os digo: todo el que mira a una mujer casada deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su interior. Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echando entero en el abismo. Si tu mano derecha te hace caer, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero al abismo. Está mandado: “El que se divorcie de su mujer, que le dé acta de repudio”. Pues yo os digo: el que se divorcie de su mujer –no hablo de unión ilegítima– la induce al adulterio, y el que se case con la divorciada comete adulterio. Sabéis que se mandó a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus juramentos al Señor”. Pues yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro uno solo de tus cabellos. Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno.”

El Sermón de la Montaña, Carl Bloch

                                  Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.
                                                                                                        Mateo 5, 48

El Evangelio de hoy puede parecer exagerado, sobre todo en estos tiempos de "tolerancia" y relativismo. ¿Por llamar necio a tu hermano vas al fuego? Sí, lo dice el Maestro. No nos quedemos en lo literal, vayamos a la esencia del mensaje. Llamar imbécil o necio a tu hermano es signo de división, de separación, de lo diabólico… Es la crispación que vemos hoy con tanta claridad.

Mirar a una mujer casada deseándola es adulterio... ¿Exagerado? No, porque Jesucristo quiere que cuestionemos nuestra actitud, que vayamos al corazón donde nace la impureza. Quiere sacarnos de la inercia para mostrarnos la importancia de ser comprometidos y fieles. ¿Sacarse un ojo, cortarse una mano o un pie? Simbólico, claro, pero signo de coherencia y claridad.

Qué listón tan alto, la perfección de la ley, el “más difícil todavía”, que solo el amor hace posible: perdonar al que te hiere, ser impecable en pensamientos, actitudes y sentimientos. Para que entendamos, el Maestro recurre a la hipérbole y a la paradoja que crea nuevas realidades, conciliando opuestos: amigo-enemigo se concilian en el Amor; herida-consuelo, en Amor; pérdida-ganancia, también en el Amor. 

Nos impulsa a dejar de buscar, esperar y confiar aquí abajo, en el mundo limitado y distorsionado de los hombres, para encontrar / ser encontrado por Aquel que nos creó perfectos y del que nos separamos. Jesús olvida todo, perdona todo, asume en Sí mismo todas las consecuencias de nuestra soberbia y vano anhelo de autosuficiencia, de tal modo que convierte la separación en un mal sueño.

Jesús, nuevo Moisés que nos entrega la ley del Amor, la libertad, la confianza… Amar a todos, incluso a los que te hacen daño. Y dejar todo lo que nos encadena al mundo y su lógica diabólica, separadora. Si tu ojo, si tu mano, si tu pie…, arrancarnos apegos, lo que nos hace vivir sin recordar a Dios, orgullosos, endiosados, al borde del precipicio...

Jesucristo viene a perfeccionar la Ley; gracias a Él somos sal y luz del mundo como veíamos el domingo pasado, porque Él lo es, y nosotros somos Su reflejo. Perfectos, como dice la segunda lectura (1 Corintios2, 6-10), porque reflejamos Su perfección. ¿Cómo? Escogiendo seguirle, decidiendo ser fieles en el seguimiento. Es otra justicia, otro orden de leyes, otra sabiduría, la verdadera, como vemos en
. Es lo contrario al relativismo que nos rodea; está todo tan contaminado de egoísmo y tibieza que cuesta verlo en uno mismo. 

Hablar sí, sí, no, no…; y pensar y sentir… Se trata de elegir a cada instante a quién o qué seguimos. La vida consiste en escoger, decidir, soltar, optar, ejercicio de la libertad que se nos dio. Es precisamente lo que propone la primera lectura (Eclesiástico 15, 16-21). Qué inspirada la liturgia… La Palabra de Dios está viva, no está congelada; su significado transforma. ¿A quién vamos a ir si solo Él tiene palabras de vida eterna? Porque la verdadera libertad es vivir en Jesucristo.

Qué fácil es escoger ahora, en estos tiempos de crepúsculo y zozobra, qué clara la elección cuando se ve con claridad  la tramoya del gran teatro del mundo, como lo llamó Calderón de la Barca…. Ojalá hubiera escogido antes, cuando era joven, cuando era niña, en lugar de pasar años escuchando palabras mortales y no las Palabras de Vida… Cuántas veces escogí muerte, mentira, humo, ceniza que el viento esparce… O, ¡tal vez no! ¿Cómo iba a escoger muerte si Él me escogió a mí antes aún de que mi madre me concibiera? Tal vez lo que parecía error, fracaso, desvarío, eran penas y carencias "de oficio", sufrimientos necesarios para soltar, purificar, dejar el camino despejado para ver bien la Meta.

Muchos son los llamados y pocos los elegidos… Todos elegidos, predestinados, inscritos en el Libro de la Vida desde siempre y para siempre. Solo hace falta reconocerlo y decir Sí a esa elección que precede a todo… Solo un Sí se nos pide. María lo dio pronto, impecable, perfecto Sí… Dimas lo dio en el último momento de una vida turbia y aparentemente inútil… Y aun así fue el primero en llegar al Paraíso, junto al Señor de la Vida. Cómo no volverse loco de amor por un Dios que ama con locura…

El perfeccionamiento de la ley…, parece imposible cumplir, pero con Él es posible… Sin mí no podéis nada, resuena en el Monte de las Bienaventuranzas y en el Tabor y en el Gólgota… Es el abrazo infinito, el lazo vertical que nos eleva, la maravilla de la Redención, que nos recuerda la profecía de Ezequiel (Ez 36, 25-27):

Derramaré sobre vosotros un agua pura
que os purificará:
de todas vuestras inmundicias e idolatrías
os he de purificar
y os daré un corazón nuevo,
y os infundiré un espíritu nuevo;
arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra,
y os daré un corazón de carne.
Os infundiré mi espíritu,
y haré que caminéis según mis preceptos,
y que guardéis y cumpláis mis mandatos.
habitaréis en la tierra que di a vuestros padres.
Vosotros seréis mi pueblo,
y yo seré vuestro Dios.

Mucho más que la Redención, toda la obra de Dios: Creación, Redención y Santificación, se nos da en un Acto Único, infinito y eterno para que podamos pasar de la Santidad humana, muy loable y meritoria, pero insuficiente, a la Santidad Divina para la que fuimos creados. Así lo expresaba Benedicto XVI, en la Solemnidad de Todos los Santos de 2010: "La eternidad no es un continuo sucederse de días del calendario, sino algo así como el momento pleno de satisfacción, en el cual la totalidad nos abraza y nosotros abrazamos la totalidad del ser, de la verdad, del amor."

2. Diálogos divinos. Destellos de Santidad Divina

Señor mío y Dios mío, te ofrezco todo lo que Tú me has dado. No tengo nada para darte, pues soy nada, pero Tú lo eres todo y me has dado todo, por eso puedo dártelo yo a Ti, y Tú me lo devuelves en correspondencia de amor. Me fundo con tu Voluntad Divina, me uno tan estrechamente a Ti que no se me ve, casi desaparezco, y con tus modos e intenciones, Te doy toda la Creación, en mi nombre y en nombre de toda la familia humana, reparando por los que se creen dioses y han pretendido apropiársela. Te doy la Redención, incluyendo a todos los que la han rechazado o despreciado, agradeciéndote y amándote en nombre de todos por tu entrega. Te doy la Santificación, todas las santidades desde el inicio del tiempo de la Gracia, incluyendo a todas las generaciones pasadas, presentes y futuras en esa excelencia que quieres para todos: la Santidad Divina a la que estamos llamados. Reparo por todas las distracciones, las ambiciones, los olvidos y las atracciones mundanas que nos han alejado de esta Unidad contigo, este Sí recíproco, esta acogida definitiva de lo Bueno, lo Bello, lo Verdadero, lo Perfecto, lo Santo que eres Tú, Vida mía, Vida nuestra.

            ¿En qué consiste el órgano de percepción de la verdad? ¿Qué hace al hombre capaz de recibirla? La simplicidad de corazón; pues la simplicidad sitúa el corazón en una posición adecuada para recibir, con pureza, el rayo de la razón, que organiza el corazón para recibir la luz.                    
                                                                    Karl von Eckartshausen

7 de febrero de 2026

Somos la sal de la tierra y la luz del mundo

 Evangelio según san Mateo 5, 13-16

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una vela para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.”
                                                     La luz del mundo, William Holman

        El jueves pasado celebramos la Presentación de Jesús en el Templo y la Purificación de María. Fiesta de la humildad, pues la Purísima no necesitaba purificarse ni el Hijo de Dios ser presentado en el Templo. El post que contemplaba este Misterio terminaba con una cita del Beato Guerrico de Igny que sintetiza la vocación del cristiano: convertirnos en antorcha, ser luz para iluminar a todos y llegar un día a ser la luz inextinguible de un mediodía eterno.

 La luz es el amor que damos, y es también lo que somos y para lo que vivimos: el Reino de la Divina Voluntad en nuestros corazones para que, como es en el Cielo, sea en la tierra. Este ser luz se manifiesta en una respuesta valiente a la llamada a seguir a Cristo, porque la tibieza es penumbra.

El amor hace brotar la luz, lo vemos en la primera lectura de hoy (Isaías 58, 7-10). La caridad lleva a la luz y a la unidad, por eso dice Isaías: “no te cierres a tu propia carne”, cuando se refiere a las obras de misericordia hacia los hermanos. La oscuridad es replegarse sobre uno mismo, cerrarse a los demás. La “justicia”, esto es, el amor, es lo que brilla en las tinieblas, como subraya el Salmo 111.

        Jesús es para nosotros modelo de caridad. Mirando con sus ojos, hablando con su voz, tocando con sus manos, alumbramos como Él, y la oscuridad de la separación, del egoísmo, del individualismo, se vuelve luz. 
Si el Maestro nunca permaneció indiferente ante el sufrimiento humano, sus discípulos debemos compartir las angustias y las tristezas, las alegrías y las esperanzas, con amor y coherencia. Seamos luz tras su luz, amor inextinguible, tras sus huellas.

Podemos ser la sal de la tierra que se diluye, humilde, y da sabor a la vida, como quiere Jesús. Pero también podemos ser sal que se ha vuelto sosa e inútil, o, ¡ay! podemos ser la sal muerta de la mujer de Lot y de todos aquellos que, mirando el pasado, se solidifican, se endurecen  y se pierden el presente, la vida que nos dieron para amar. La opción es clara: amor o miedo, alegría o dolor inútil, muerte o vida, sabor o sucedáneo, sueño o camino de regreso a casa. ¿Qué sal queremos ser?

            Como hay varios tipos de sal, también hay diferentes tipos de luz. Hay luces de neón, falsas, artificiales. Hay también luces buenas, que alumbran pero en seguida se apagan. 

              Y hay una luz que refleja la Luz de Dios y que no siempre se manifiesta como la claridad que los ojos ven. Porque la noche oscura del alma es el preludio de la luz verdadera, luz viva y transmisora de vida, que no se apaga nunca.

              Estamos acostumbrados a simbolizar lo divino con la luz, que vence a la oscuridad de la ignorancia, el pecado y la muerte. Pero, como bien saben los místicos, a veces el Encuentro se produce en la profundidad de esa noche oscura, camino iniciático y solitario del alma que se ha atrevido a adentrarse en la espesura de su propio corazón para descubrir la esencia que allí late. Son muchos los demonios, tentaciones y fantasmas que acechan en el trayecto…   

            No se puede ser luz sin haber atravesado la tiniebla. Si acaso, luz tenue o efímera. Pero estamos llamados a ser luz inextinguible, llama de amor viva. El que persevera en este duro caminar por la muerte de los sentidos es el que ve cómo su tiniebla se convierte en mediodía eterno, tras el encuentro con Jesucristo, la Luz del mundo, en el centro del Ser.

Ya nada  nos separará de Aquel en el que somos Luz, sin tener que renunciar a lo que somos como individuos. Luz individualizada (de indiviso) en la Unidad, puro amor, pura luz, increada junto al Verbo, parte suya para siempre, plenitud esencial en lo Uno.

       El Miserere (Salmo 51) y el Magnificat (Lucas 1, 46-55), que recitamos cada tarde, evocan la sombra y la luz, porque también a oscuras se puede amar, mejor a veces, como Cristo en el Gólgota, con la soledad y el desamparo que preceden al alba de la Resurrección.

Ser luz del mundo, reflejando la Luz de Jesús, que ilumina con su presencia y muestra el camino a los que están atentos a su llamada. El que la escucha, y responde con un sí incondicional a sus propuestas, ve cómo se enciende una llama incandescente e inextinguible en el corazón, aunque sea de noche, pues casi siempre es de noche en la gran tribulación.

Ser luz es acomodar la propia voluntad a la voluntad de Dios. Porque, cuando no lo hacemos, vivimos en tinieblas. Cuando lo hacemos a medias o con reservas, vivimos en penumbra, y esa penumbra tenebrosa es estéril, no tiene nada que ver con la fecunda noche oscura del alma, que antecede a la aurora. 

 Vivir en la Luz es ser Uno con el Padre, asumir Su voluntad como propia, con ese Fiat pleno e incondicional que nos permite ser perfectos, a pesar de las sombras, los errores y limitaciones de nuestra condición humana. Perfectos en el Sí, todo lo demás es anecdótico. Cuando se hace propia la voluntad del Padre, se puede resucitar y comprender el verdadero sentido del Magnificat, que canta la única que no tenía que resucitar.

La sal y la luz…, ¿qué sal y qué luz? ¿El sodio solidificado del que solo mira al pasado y el neón que aturde y solivianta, que excita y confunde; o la opción de "los de Cristo": ser sal viva y luz real? La sal viva da sabor para nutrir; la luz real enciende más luz. ¿Muertos que entierran muertos o trabajadores del Reino? Somos sal viva y luz verdadera si amamos y manifestamos ese amor con obras. Porque entonces reflejamos, como Jesús, la Luz infinita y atemporal del Padre, que es Amor.

    Beatus Vir, Vivaldi 
  
            La sal sosa no sirve, la luz escondida no sirve..., dice el Evangelio hoy. Nuestro propósito es servir para que todos descubran el Reino del Amor en sus corazones. Y para ello, hemos de ser humildes y generosos, como la sal, que se diluye, como la luz que alumbra sin condiciones.

Cristo encarnó; nosotros también hemos de encarnar, encontrando ese cuerpo profundo donde es posible el Amor incondicional que Él nos enseña. El que se ha hecho uno con Jesús, miembro eterno de su Cuerpo Místico (1Cor 12, 27), se alimenta de Su luz, el universo lo atraviesa y está completamente vivo. 

Somos hijos de la luz (Ef 5, 8). El camino del cristiano es un encuentro con la luz que, si no se vive hoy, difícilmente nos esperará en la vida futura. Jesús es la luz del mundo (Jn 8, 12) y, con Él, somos la luz del mundo.