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19 de septiembre de 2026

Los trabajadores de la última hora

 

Evangelio de Mateo 20, 1-16 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: “Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido”. Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: “¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?” Le respondieron: “Nadie nos ha contratado”. Él les dijo: “Id también vosotros a mi viña”. Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz: “Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros. Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: “Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno”. Él replicó a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?” Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.



En las Sagradas escrituras aparecen personajes que han pasado toda su vida/jornada trabajando en la Viña de Dios y otros que son claramente trabajadores de la hora undécima. 

En el Libro de los Macabeos, Eleazar, fue toda su vida fiel hasta el final, sin mentir ni para evitar la muerte. Un ejemplo muy evidente del segundo grupo es Dimas, cuya “hora” en la cruz, compartiendo la muerte de Jesús, le valió para ser el primero en recibir el salario íntegro que todos esperamos, la vida eterna. 

Otro ejemplo de trabajador de la última hora es Zaqueo, tramposo y pecador, toda su vida fue errada, pero al final se convierte y se entrega al trabajo que Jesús le encomienda. Porque si es el Señor Quien sale a tu encuentro y le reconoces y “firmas el contrato”, en un minuto puedes rehacer toda una vida.

Casi todos arrastramos una vida con muchos errores y algún acierto. Podemos “jugar” con “nuestras cartas”, con ese pasado, bueno y malo. No pierdas el tiempo lamentando lo que dejaste de hacer, puedes hacer todo ahora. Como los trabajadores de la hora undécima Jesús quiere darte tanto como si tu vida fuera impecable. Más aún: la hace impecable. No llores tu mala suerte pasada. Aprovecha el día para llenar tu capazo de frutos. Aprovecha el negocio de la vida para la Vida, no te preocupes de otros negocios ni otras cuentas.

Trabajar en la viña es conocer el Amor de Dios y hacer que todos Le conozcan. Nuestra misión como trabajadores de la hora undécima es que todos vengan a la viña a trabajar, que es conocer el Amor de Dios. 

Al “firmar el contrato” y ponerte a trabajar en la Viña, te comprometes a ser fiel y dar vida a la Divina Voluntad en todo lo que haces. Es la verdadera y definitiva conversión que permite el gran don que da Dios a los trabajadores de la hora undécima: que los efectos de ese trabajo breve pero entregado se extiendan hacia atrás, borrando errores, fracasos, caminos desviados, rehaciendo toda su vida. Ríndete a Dios ahora, es tu última oportunidad; no la desperdicies. 

El asombro y agradecimiento al recibir la misma paga que los que llevan años, décadas de entrega esforzada y sacrificio, aumenta la eficacia del trabajo. Lo que da la fuerza a estos trabajadores del atardecer es la gratitud, la alegría, la responsabilidad, el amor. Porque se puede llegar al amor por el agradecimiento. Y no hace falta ser voluntarioso según lo que el mundo entiende por voluntarismo, al contrario; la voluntad humana separada de la divina genera desamor y división. Si trabaja fundida con la Voluntad Divina surge el amor y la unidad.

Nos sentimos a veces muy cansados, con una vida a la espalda llena de tonterías, apegos, manías, inercia. Y el Señor dice: “no mires tu miseria, mírame a Mí. No caigas en las reflexiones personales, no te encorves hacia ti mismo. Sí, eres una pura nada y te lo hago ver a veces, para que te abandones en mis brazos y te rindas a mí, que te amo tanto… Mira tu nada, pero no te quedes en ella, deja que te llene mi Todo.”

Entonces descubrimos que la Vida que Dios quiere darnos es nuestra verdadera vida y aunque vemos las mismas cosas, todo es nuevo. El ego dormido cree que envejece y va a morir, se siente víctima de todas las traiciones que ha sufrido, de las injusticias, de los sufrimientos. El ego dormido es incapaz de ver que todo dolor va unido al amor y es purificador, reparador, regenerador. El ego dormido no ve que el Alba de la Resurrección ya despunta, aunque es de noche todavía.

Un día vivido en unión con Dios, fieles a Su Voluntad, valen por siglos de vidas impecables según la voluntad humana. Puedes cumplir tu misión en una hora de entrega; puedes rehacer todo y ganar los méritos en un solo instante que lo eterniza todo.

Porque solo aquí podemos ganar los méritos, pero este aquí puede ser muy largo o muy breve. No importa, el Señor no dejará que se pierda nada de lo que debemos darle. Ni un solo cabello cae sin su voluntad y si estamos en su voluntad, todo se va rehaciendo; no hay nada que temer ni perder; todo es al final ganancia, por Su gracia. Es Él Quien te puede dar en el último momento de tu vida la perfección que viniste a conseguir. Solo has de aceptarlo.

Lo puedes aceptar durante toda la vida, y a la vez lo puedes aceptar de un modo definitivo en un solo instante, que se convierte en la conversión perfecta. Y lo que otros tardarían ochenta años en conseguir, y muchos no conseguirán, se te da en un instante, a cambio de esa entrega confiada y fiel.

En el momento en que pronuncias tu "sí", firmas el contrato con el "Dueño de la Viña", y en esa firma, que es el Fiat, va toda tu vida: obras, amor, palabras, pensamientos, sentimientos, todo queda unificado en ese acto cumplido y completo. 

El Señor nos da el inmenso don de darnos cuenta de que la voluntad humana actuando por su cuenta, separada de la voluntad divina, es egoísmo, indiferencia, ambición, búsqueda de ventaja, soberbia… Nos lo permite ver ahora que aún tenemos tiempo de apoyarnos solo en Él y trabajar para el Reino. Los trabajadores de la hora final pueden tener algo que vale mucho más que la jornada completa, con el esfuerzo y sudor de las horas anteriores; tienen el desengaño, el desencanto...; lo sufrido en el mundo mientras los otros trabajaban puede resultar muy valioso al final de la jornada que es la vida, para que esa última hora sea total, sincera, entusiasmada (llena de Dios), sin ningún interés personal, con el abandono total al trabajo que se nos ha encomendado. 

Los trabajadores de la hora undécima tienen casi siempre el corazón roto, cansado... Un corazón que ha aprendido a entregarse, reconocer el amor verdadero y a amar. Aquellos que aún esperaban ser contratados, saben que la viña de fuera es sólo un reflejo de esa viña interior que dio agrazones durante mucho tiempo y ahora está dispuesta a dar las uvas buenas y dulces que harán posible un vino delicioso, con el aroma de la esperanza que ha sobrevivido a muchos inviernos, con el poso de las lágrimas que sólo Dios y otros trabajadores de la última hora pueden apreciar, porque tienen el paladar purificado.

                                                En la Viña, Equipo "Quiero ver"

   Dios mío, si Te he adorado por miedo al Infierno,

quémame en su fuego.

Si es por deseo del Paraíso, prohíbemelo.

Pero si Te he adorado solo por Ti,

entonces no me prohíbas ver Tu rostro.

                                                                                             Rabi’a al’Adawiyya

 

Si cometo todos los pecados, Tú me bastas como mérito.

Como objetivo de esta desgraciada vida, Tú solo me bastas.

Yo sé bien cómo será mi partida.

Dirán: “¿Qué méritos ha hecho?

Tú me bastas como respuesta.

                                                                                Rumi


13 de septiembre de 2026

Por la Cruz, a la Luz

 

Evangelio según san Juan 3, 14-21 

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no será condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. Ésta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios”.
                                    Mosaico absidal, Basílica de San Clemente, Roma

Gritad jubilosos, habitantes de Sión,
porque es grande en medio de ti el Santo de Israel. 
                                                                                                                   Isaías 12, 6

Cada 14 de septiembre, la Iglesia celebra la Exaltación de la Santa Cruz. "¡Volvamos al Señor!", dice el profeta Oseas. En ese regreso al Señor, que es la conversión, vamos soltando todo lo que nos sobra y nos pesa, impidiéndonos avanzar. Es un camino de vuelta instantáneo, sin dejar de ser infinito, si lo hacemos mirando la Cruz, centrados en Su Corazón traspasado, del que brota la Salvación y la vida eterna que es ya. A veces pensamos en la Salvación en futuro: confiamos en salvarnos cuando llegue la hora, sin darnos cuenta de que la Salvación ya ha sucedido y que la vida eterna empieza aquí. 

Nacimos por segunda vez en el Bautismo, pero no siempre somos conscientes de ello. En cada Pascua, meta de la Cuaresma, y en cada Eucaristía, se nos da la oportunidad de renacer de nuevo de agua y espíritu, como dijo Jesús a Nicodemo. Los conceptos son incapaces de alcanzar lo inefable, lo absoluto. Por eso Jesucristo nos guía hacia la Verdad, que es Él mismo, y nos eleva, nos ilumina y nos hace libres.

Creemos en Jesús y eso nos salva, pero, para renunciar a todo lo que nos mantiene en  las tinieblas del olvido, la inconsciencia y la ignorancia, apostamos por la coherencia, que las obras respondan a lo que hay en el corazón. No hacen falta gestos heroicos o evidentes, basta con vivir centrados en Cristo, mirando esa Cruz que lleva a la Luz, anhelando la Comunión que Él pidió al Padre para nosotros en la Última Cena. Mirándole, escuchándole, reconocemos las propias sombras, y Él las convierte en luz. Eso es realizar la verdad, dejar que la Verdad sea en ti, en mí, en nosotros, para ser Uno en Cristo.

Charles Arminjon, tan leído por Santa Teresita, escribe en El fin del mundo y los misterios de la vida futura:
“¡Pobres almas! No tienen más que una pasión, un afán, un deseo, superar el obstáculo que les impide lanzarse hacia Dios, que les llama y les atrae con toda la fuerza de su belleza, de su misericordia y de su amor sin límites. (…) Es imprescindible que sean echadas a un crisol devorador, para que se desprendan de la herrumbre de las imperfecciones humanas, para que, a semejanza del carbón negro y vil, salgan con la forma de un diamante precioso y transparente; es necesario que su ser se haga sutil, se depure de cualquier resto de sombras y de tinieblas, que se vuelva apto para recibir sin obstáculos los rayos y los esplendores de la gloria divina que, fluyendo un día a ellas a borbotones, las llenará como a un río sin orillas y sin fondo.”

Vivamos ya esa purificación que nos concede el fuego de Su amor, desechando todo lo que nos aparta de ese amor inmenso que brota del corazón cuando el Verbo encarnado ocupa su centro, y desde ahí nos eleva. La Jerusalén celeste ya, aquí, en una tierra renovada en cada ser humano que acepta seguir a Aquel que atrae con toda la fuerza de Su belleza, Su misericordia y Su amor sin límites. El Reino de los cielos está aquí. Jesucristo Es, y eso es mucho más que estar aquí o allí. Y yo soy, tú eres, somos en Él cuando Le entregamos todo y nos entregamos a Él para seguirle en el camino de regreso a Casa. 

El valor de la cruz, única esperanza en la Divina Voluntad


POR LA CRUZ A LA LUZ

En ese cuerpo muerto está la Vida,
y no es una metáfora o un símbolo.
Figura y símbolo era la serpiente
de bronce, salud para el que la miraba.

Y aquí no hay curación, hay mucho más;
un infinito más: la Salvación,
Luz inmortal corriendo por sus venas
eternamente nuevas, Luz de Luz. 
Mira a Cristo en la cruz, es lo que toca
representar ahora en este drama
que hemos creado desde la caída
en el sueño del sueño. Qué estridente

despertador hemos necesitado. Él lo sabía
y vino a hacerse hermano,
a hacerse tú, a hacerse yo,
en un vientre escogido de doncella inmaculada.

Pero ahora toca sombra, cadáver vertical
de Dios suspendido en un madero,
abrazo mudo y sordo al universo,
con esos brazos yertos,
con ese rigor mortis divino que ha cubierto
la tierra de tiniebla, el alma
de miedo, desamparo y soledad…

Es lo que toca... 
Si te quieres creer que el tiempo puede
vencer la eternidad, que el tiempo vence
con su estela de muerte y destrucción,
mira el cadáver, quédate en ese rostro inexpresivo,
rígido, seco, máscara
de silencio endurecido,
con el nunca jamás en cada rasgo,
con el nunca jamás
de todos los que han muerto y morirán.

Pero acaso has conocido de este drama
lo que sé, lo que tantos van sabiendo,
pues nos lo han enseñado desde arriba.
Tal vez has visto o intuido la tramoya,
y miras el cadáver y sabes que es tan solo
lo que toca que veas, lo que cambia
mirada y universo, los transforma
desde la raíz, y el nunca más se desvanece,
como sombra que es, ante la luz.

Que el muerto está a la vez resucitado,
que su cuerpo glorioso está debajo
del cadáver sombrío, de la mueca
de fúnebre agonía que tienen los cadáveres
en este valle de lágrimas,
valle de crear almas, que decía el poeta.

Porque hay otras lágrimas, las buenas,
que manan de la Fuente
y se deslizan suaves, dando Vida.
Hay otras lágrimas que no deforman
el rostro en gesto de dolor,
lo expanden, comunión
de las aguas, y unen lo que el drama
de la vida fingió separar, simulacro de ausencias,
sombras mudas moviéndose indecisas,
autómatas sin alma, olvido de la Esencia,
la cueva de Platón.

Pero la cruz… hermosa o tremenda…
¿Es muerte o gloria?
¿Es patíbulo o es trono?
¿Tiniebla o resplandor?
Dime qué miro,
qué he de mirar en ella,
que es lo que Tú quieres que vea.

Mira al Resucitado en el cadáver,
contempla ya su gloria en ese cuerpo
inmóvil y callado.
Verás que en ese muerto está la Vida
y esa cruz ensangrentada es más bella
que los cedros del Líbano,
más hermoso su perfil de sombra 
que los árboles de oro de las Hespérides.

El que vino a mostrarnos el regreso
al Árbol de la Vida muere en un árbol falso,
dos maderos en cruz para hacerse patíbulo.
El que vino a salvarnos de la muerte
cuelga muerto, con la expresión tremenda
de todos los cadáveres,
en un árbol de una sola rama
de donde cae, gota a gota,
hasta la tierra, la sangre
del Único fruto,
la sangre
de Dios,
gota
a
g
o
t
a
.
Qué espantoso final, qué asombroso comienzo...
Que al principio era el Verbo,
y el Verbo es anterior y posterior,
el Verbo es todo,
siempre,
y más que siempre,
eternidad,
inmune a la muerte y sus secuaces.

Mira otra vez la escena con los ojos
que han creado los ojos,
mírala bien, hasta que veas
sobre la cruz, la Cruz de Luz.
Mensaje recibido,
me quedo en la mirada vertical,
ese centro de vida donde Soy.

Se acabaron los “qué”, comienza el “cómo”.
Ni lo que veo, ni lo que quieres que vea,
es cómo veo, si mira la Luz
donde nace la Cruz, con su peso de estrella,
rayo de Amor en vertical descenso,
el Árbol de la Vida
gravitando y suspendido,
inspirando cuando baja,
aspirando en la subida al mismo tiempo,
gloria desdibujando lo fatal,
hermosura antigua y nueva
devolviendo la tersura
a este viejo secarral de confusión y miedo.

Por la cruz a la Luz, 
en espiral eterna. 
Dios muerto, Dios resucitado,
dibujando el retorno
con signo de infinito vertical.
Torsión bendita, camino de vuelta,
borrando distorsiones,
uniendo los extremos
en un lazo sagrado,
anulando los efectos
de la caída primera,
por amor.

22 de agosto de 2026

¿Quién soy yo para Él?

 

Evangelio según san Mateo 16, 13-20

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» Ellos contestaron: «Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.» Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.» Jesús le respondió: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.» Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.

                                                           Domine Iesu Christe
           
El camino del cristiano lo encontró Aquel que es “el camino” y es una felicidad encontrarlo. El cristiano no se pierde en los rodeos y es salvado felizmente para la gloria.
                                                            Soren Kierkegaard

¿Qué buscaba Jesús planteando esta doble pregunta? ¿Qué resortes internos pretendía activar? De sobra sabe lo que dicen de Él, y conoce también lo que sienten los apóstoles. Siendo ellos débiles e inseguros, confesar la fe fortalecerá el compromiso necesario para la noche que se cierne sobre todos ellos; y sobre nosotros, habitantes del reino, exiliados en la gran tribulación.

Responder a la pregunta lleva a revisar mente, alma y corazón, para que, al manifestar Quién es para nosotros, podamos decirnos, a la vez, quiénes somos para Él. Supone salir de la tibieza que nos mantiene aletargados en nuestras comodidades. Responder es despertar, y bien sabe Jesús que para seguirle hay que estar despierto. Mientras uno no es capaz de plantearse para qué sigue a Cristo, en realidad no Le sigue, se deja llevar por la inercia, como en una manifestación masiva, en la que te ves arrastrado e incapaz de salir o de cambiar el rumbo.

Por eso me atraen y me inspiran los testimonios de los conversos, modelo de sinceridad y consciencia. Puestos a escoger, me quedo con el cardenal Newman, Chesterton y C. S. Lewis. Por la misma razón, no me dejo llevar por la tristeza que me embarga cuando pienso en los años que pasé aparentemente lejos de Jesucristo. No solo porque sé que la decisión de volver a seguirle es lo mejor que he hecho, sino porque Él siempre acaba demostrándome que, en realidad, nunca estuvo lejos, que siempre permaneció su imagen luminosa, su cruz y su Palabra en el centro de mi vida, como raíz, como horizonte, como sentido y meta.

Aquel proceso que me llevó a plantearme Quién es Él para mí, me obligaba a averiguar quién soy yo. Y la pregunta que me sigo haciendo para no volver a perderme es ¿quién soy yo para Él? Porque, si algo tengo claro después de tanto tiempo, tanta ausencia, tantos dones, es que sin Él no soy nada y con Él soy todo, así que mi destino es ser Suya y vivir por y para Él.

Podríamos pasar toda una vida o mil vidas de sueño e indolencia sin preguntarnos por nuestra más profunda identidad. Hacernos la pregunta esencial ¿quién soy yo?, que sucede de forma natural a ¿Quién es Él?, supone despertar y prepararse para vivir en el Reino. Así saldremos de las casualidades, lo accidental, lo inconsciente y mecánico, para edificar sobre roca una vida consciente y perdurable. Y no nos dejaremos arrastrar por la corriente, sino que seremos timoneles de nuestro destino.

Cuesta ahondar, claro que cuesta, por nuestra naturaleza caída, que nos encadena a lo superficial a través de sensaciones, comodidades, seguridades… Pero antes o después hemos de tomar partido y escoger un sendero frente a otro. ¿Por qué no hacerlo ahora, que todavía hay luz? ¿Por qué no hacerlo antes de que sea demasiado tarde?

Preguntando Su nombre, pues ese es el fondo del doble interrogante de hoy, nos está preguntando nuestro nombre. Él podría decírnoslo, pero no nos serviría. Es necesario  despojarnos de esa piel muerta de serpiente que nos asfixia y nos confunde con lo que ya no somos. Jesús quiere escuchar la confesión sincera y desnuda de los apóstoles, para que ellos/nosotros la escuchemos y la aprendamos para siempre. Porque, al decir Quién es Él, decimos a la vez quién somos, nuestro nombre verdadero, el nombre interior que anima nuestro ser, y esa respuesta consciente fortalece e inspira, nos confirma en la Misión. Pronunciar nuestro nombre verdadero es negar el viejo nombre y renunciar a la vida para salvar la Vida. 

De igual modo, confesar Quién es Él conlleva coger la cruz cada día y seguirle, para amar como Él hasta el final y demostrar con las obras lo que hemos manifestado con la boca, con el pensamiento y con el corazón. No hay vuelta atrás para el que es sincero y consecuente; nuestra vida ya no nos pertenece, por eso nuestro cometido no es protegerla o conservarla, sino ofrecerla gratuitamente como Jesucristo. 

Cada sufrimiento, grande o pequeño, cada frustración, cada angustia, cada ausencia, cada traición, vividos con consciencia y compromiso, supone atravesar con Él uno de sus desiertos o acompañarle, velando, en Getsemaní. 

Como cristianos, debemos ponernos en cuestión a nosotros mismos y las creencias y prejuicios que nos condicionan y nos alejan de la Luz que es Jesucristo. Si nos resistimos a morir a las tinieblas de lo que creíamos ser, no podemos nacer por segunda vez para ser Sus discípulos. El auténtico y bienaventurado pobre de espíritu ha de estar dispuesto a negarse a sí mismo, para afirmarse en Jesús para poder decir como San Pablo: "vivo, pero no soy yo, sino Cristo que vive en mí" (Gál 2, 20). Solo entonces encontramos la fuerza necesaria para cargar cada día con nuestra cruz y seguirle.

                                                                  Tu sei