Mostrando entradas con la etiqueta En Espíritu y Verdad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta En Espíritu y Verdad. Mostrar todas las entradas

29 de agosto de 2026

Perder la vida para encontrar la Vida

 

Evangelio según san Mateo 16,21-27:

En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.» Jesús se volvió y dijo a Pedro: «Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas corno los hombres, no como Dios.» Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.»

Del Blog, Meditando el Evangelio con María Valtorta

Fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús, quien, en lugar del gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia.
          Hebreos 12, 2

Seguir a Jesús es asumir, como Él, los designios del Padre, aunque estos lleven al  sufrimiento y al fracaso aparente. Es dejar de ambicionar el triunfo y los bienes que el mundo idolatra. Seguir a Jesús con la propia cruz, aprendiendo de Él a desprendernos de todo, a perder, a ser traicionados y abandonados, atravesar noches oscuras de soledad y angustia.

Quien está preparado para morir, sabe vivir, y, quien vive de verdad, va muriendo a lo falso. Es renunciar al mundo para ganar el alma, perder la vida para ganar la Vida, morir a uno mismo para nacer al Sí mismo.

Derrota aparente, tan estrepitosa  e inconcebible para el mundo, es la pasión y muerte de Jesucristo. Un "fracaso" fecundo como ninguno, pues desemboca en la victoria definitiva sobre todo fracaso, toda pérdida, toda derrota.

Los apóstoles tienen miedo a saber; o quieren ni oír hablar de la Cruz, pero llegarán a comprender. Su cercanía al Maestro les irá abriendo el corazón y el entendimiento. Nosotros lo tenemos más fácil. Sabemos que Su muerte en cruz es antesala de la resurrección, y sabemos que Él se ha quedado con nosotros.

No nos dejemos llevar por la aversión al sufrimiento, pues la Cruz es el Camino a la Vida, es la opción generosa y valiente de los que emprenden el camino de regreso a Casa: servir y darlo todo para vivir de verdad, que es infinitamente más que sobrevivir, mientras logramos la Obra que hemos venido a ser y a entregar. 

Apártate Satanás nos dice tantas veces Jesús, como a Pedro. Satanás, el príncipe de este mundo, el diablo, el separador… Al preguntarnos Quién es Él para nosotros, como hicimos el domingo pasado, preguntémonos también qué es lo que Jesús quiere apartar de nosotros y en nosotros, qué hay del príncipe del mundo en cada uno. Aparta, renuncia a lo que te encadena al pensamiento diabólico, separador del mundo, suelta lo que hay en ti que te impide entregarte y aceptar la voluntad de Dios en tu vida… 

Jesús llama a Pedro Satanás para que se libere de la lógica del mundo, dualista, lineal, de triunfalismo y competencia. Es el eje horizontal de la Cruz que, sin el eje vertical, se hunde en el légamo del tiempo, para acabar desapareciendo. 

Pero Jesús nos trae el eje vertical para que enarbolemos la Cruz salvadora, que ya no es patíbulo humillante, sino trono de gloria, el signo luminoso de la entrega por amor, la aceptación alegre y coherente de la Voluntad del Padre. Una sabiduría que sorprende, porque la mente no puede entender ni aceptar que los últimos sean los primeros y que todo un Dios sirva y se humille hasta la muerte destinada a los malhechores. 

Acepta las ofensas, traiciones, humillaciones a las que el mundo te somete. Encájalas con la dignidad propia de un hijo de Dios que sabe que su heredad es la mejor y la valora, la aprecia y se goza en el gozo del Señor. Él, que es Dios, vino a salvarnos y dejó que se sometió a la más tremendas ofensas, traiciones  y humillaciones. 

Tu sufrimiento vivido junto a Jesús se convierte en  sufrimiento redentor. Adán cruzó la voluntad humana sobre la divina. Jesús cruza la Voluntad Divina sobre la humana. La cruz es siempre dolorosa, porque la Voluntad Divina y la voluntad humana debían de ir unidas, fundidas y esa unión se rompió con la caída primera y la rompemos todos una y mil veces. Por eso, cada uno ha de cargar con su cruz personal y seguir a Jesús.

La Cruz que formó Adán significa muerte. Se abrió un abismo entre lo divino y lo humano por la crucifixión en el hombre de la Voluntad Divina. Para unir este abismo y crear el puente, se necesitó que el Verbo encarnado, teniendo las dos voluntades, divina y humana hiciera lo contrario. En la Cruz del Calvario es la Voluntad Divina la que se cruza sobre la voluntad humana para devolvernos la Vida. La Cruz es el puente que se tiende entre divinidad y humanidad, la muerte y la Vida.

Por eso, hacer de Cristo crucificado nuestra referencia es el Camino. Quien mantiene sus ojos fijos en Él no pierde nada, porque la perspectiva se amplía hasta lo infinito, y todo se va transfigurando, iluminado por la luz de Jesucristo. Estamos de nuevo ante el “camino del no soy” que tantas veces hemos contemplado: de la riqueza a la pobreza; del orgullo a la humildad; de la idolatría de los bienes del mundo, a la desposesión que hace posible la entrega total.

Y si tienes que cargar con cruces que te parecen demasiado pesadas y con humillaciones y traiciones que resultan demasiado duras, recuerda que estás unido indisolublemente a Jesús con vínculos eternos y di con Él: “Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora? Pero si por esto he venido, para esta hora: Padre, glorifica tu nombre.” Juan 12,27-28.

La meta es unirnos de tal modo a Cristo que Su vida sea la nuestra y nuestra pobre vida mortal quede clavada en Su cruz, integrada en Su Vida. Entonces la pérdida se transforma en una ganancia inimaginable; la negación de sí, en un hallazgo del verdadero Sí mismo; toda renuncia, en el Encuentro decisivo; la muerte del ego, en la Vida verdadera. 

En en blog hermano, Días de gracia, una homilía sobre la Cruz del Cardenal Newman, anglicano que se convirtió al catolicismo, canonizado en 2019.


         La Cruz y el sufrimiento, fuentes de reparación en el Reino de la Divina Voluntad


22 de agosto de 2026

¿Quién soy yo para Él?

 

Evangelio según san Mateo 16, 13-20

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» Ellos contestaron: «Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.» Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.» Jesús le respondió: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.» Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.

                                                           Domine Iesu Christe
           
El camino del cristiano lo encontró Aquel que es “el camino” y es una felicidad encontrarlo. El cristiano no se pierde en los rodeos y es salvado felizmente para la gloria.
                                                            Soren Kierkegaard

¿Qué buscaba Jesús planteando esta doble pregunta? ¿Qué resortes internos pretendía activar? De sobra sabe lo que dicen de Él, y conoce también lo que sienten los apóstoles. Siendo ellos débiles e inseguros, confesar la fe fortalecerá el compromiso necesario para la noche que se cierne sobre todos ellos; y sobre nosotros, habitantes del reino, exiliados en la gran tribulación.

Responder a la pregunta lleva a revisar mente, alma y corazón, para que, al manifestar Quién es para nosotros, podamos decirnos, a la vez, quiénes somos para Él. Supone salir de la tibieza que nos mantiene aletargados en nuestras comodidades. Responder es despertar, y bien sabe Jesús que para seguirle hay que estar despierto. Mientras uno no es capaz de plantearse para qué sigue a Cristo, en realidad no Le sigue, se deja llevar por la inercia, como en una manifestación masiva, en la que te ves arrastrado e incapaz de salir o de cambiar el rumbo.

Por eso me atraen y me inspiran los testimonios de los conversos, modelo de sinceridad y consciencia. Puestos a escoger, me quedo con el cardenal Newman, Chesterton y C. S. Lewis. Por la misma razón, no me dejo llevar por la tristeza que me embarga cuando pienso en los años que pasé aparentemente lejos de Jesucristo. No solo porque sé que la decisión de volver a seguirle es lo mejor que he hecho, sino porque Él siempre acaba demostrándome que, en realidad, nunca estuvo lejos, que siempre permaneció su imagen luminosa, su cruz y su Palabra en el centro de mi vida, como raíz, como horizonte, como sentido y meta.

Aquel proceso que me llevó a plantearme Quién es Él para mí, me obligaba a averiguar quién soy yo. Y la pregunta que me sigo haciendo para no volver a perderme es ¿quién soy yo para Él? Porque, si algo tengo claro después de tanto tiempo, tanta ausencia, tantos dones, es que sin Él no soy nada y con Él soy todo, así que mi destino es ser Suya y vivir por y para Él.

Podríamos pasar toda una vida o mil vidas de sueño e indolencia sin preguntarnos por nuestra más profunda identidad. Hacernos la pregunta esencial ¿quién soy yo?, que sucede de forma natural a ¿Quién es Él?, supone despertar y prepararse para vivir en el Reino. Así saldremos de las casualidades, lo accidental, lo inconsciente y mecánico, para edificar sobre roca una vida consciente y perdurable. Y no nos dejaremos arrastrar por la corriente, sino que seremos timoneles de nuestro destino.

Cuesta ahondar, claro que cuesta, por nuestra naturaleza caída, que nos encadena a lo superficial a través de sensaciones, comodidades, seguridades… Pero antes o después hemos de tomar partido y escoger un sendero frente a otro. ¿Por qué no hacerlo ahora, que todavía hay luz? ¿Por qué no hacerlo antes de que sea demasiado tarde?

Preguntando Su nombre, pues ese es el fondo del doble interrogante de hoy, nos está preguntando nuestro nombre. Él podría decírnoslo, pero no nos serviría. Es necesario  despojarnos de esa piel muerta de serpiente que nos asfixia y nos confunde con lo que ya no somos. Jesús quiere escuchar la confesión sincera y desnuda de los apóstoles, para que ellos/nosotros la escuchemos y la aprendamos para siempre. Porque, al decir Quién es Él, decimos a la vez quién somos, nuestro nombre verdadero, el nombre interior que anima nuestro ser, y esa respuesta consciente fortalece e inspira, nos confirma en la Misión. Pronunciar nuestro nombre verdadero es negar el viejo nombre y renunciar a la vida para salvar la Vida. 

De igual modo, confesar Quién es Él conlleva coger la cruz cada día y seguirle, para amar como Él hasta el final y demostrar con las obras lo que hemos manifestado con la boca, con el pensamiento y con el corazón. No hay vuelta atrás para el que es sincero y consecuente; nuestra vida ya no nos pertenece, por eso nuestro cometido no es protegerla o conservarla, sino ofrecerla gratuitamente como Jesucristo. 

Cada sufrimiento, grande o pequeño, cada frustración, cada angustia, cada ausencia, cada traición, vividos con consciencia y compromiso, supone atravesar con Él uno de sus desiertos o acompañarle, velando, en Getsemaní. 

Como cristianos, debemos ponernos en cuestión a nosotros mismos y las creencias y prejuicios que nos condicionan y nos alejan de la Luz que es Jesucristo. Si nos resistimos a morir a las tinieblas de lo que creíamos ser, no podemos nacer por segunda vez para ser Sus discípulos. El auténtico y bienaventurado pobre de espíritu ha de estar dispuesto a negarse a sí mismo, para afirmarse en Jesús para poder decir como San Pablo: "vivo, pero no soy yo, sino Cristo que vive en mí" (Gál 2, 20). Solo entonces encontramos la fuerza necesaria para cargar cada día con nuestra cruz y seguirle.

                                                                  Tu sei

23 de junio de 2026

Benedictus

 

Evangelio según san Lucas 1,57-66.80

A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Al enterarse sus vecinos y parientes de la gran misericordia con que Dios la había tratado, se alegraban con ella. A los ocho días, vinieron para circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre dijo: "¡No! Se va a llamar Juan". Ellos le decían: "No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre". Entonces preguntaron por señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió: "Su nombre es Juan". Todos quedaron admirados. Y en ese mismo momento, Zacarías recuperó el habla y comenzó a alabar a Dios. Los vecinos quedaron sobrecogidos, y se comentaban todos estos hechos por toda la montaña de Judea. Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: "¿Qué llegará a ser este niño?". Porque la mano del Señor estaba con él. El niño iba creciendo y se fortalecía en el espíritu, y vivió en lugares desiertos hasta el día en que se manifestó a Israel. 

Resultado de imagen de nacimiento de san juan bautista ghirlandaio
Natividad de San Juan Bautista, Ghirlandaio

Ciertamente, no era la Luz, pero permanecía por entero
en la luz, el que mereció dar testimonio de la Luz verdadera.
                                                                                             
San Máximo de Turín

Hoy celebramos, como Solemnidad, el nacimiento de San Juan Bautista, el único santo, a excepción de la Santísima Virgen María, del que la liturgia celebra el nacimiento, y lo hace por estar relacionado con el Nacimiento de Jesucristo. San Juan Bautista anuncia al Verbo encarnado que viene a dar cumplimiento a todas las promesas que anunciaron los profetas. Con Juan acaba el Antiguo Testamento y comienza la Buena Noticia. Así lo presenta el propio Jesús: “Yo envío a mi mensajero delante de ti, para que prepare tu camino ante ti. En verdad os digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él» (Mateo 11, 10-11).

La Natividad de Juan se celebra tres días después del solsticio de verano: lo que empieza a morir, aunque aparentemente está en la plenitud de la vida. En el calendario se sitúa en el polo opuesto del solsticio de invierno, en que celebramos la Navidad: el Sol invicto, la semilla de Vida para todos, en la aparente oscuridad del invierno y en la fragilidad de un recién nacido. Pero a partir de esa noche, la más larga del año, los días empiezan, muy despacio, a alargarse sin que tengamos que hacer nada, como la semilla que el sembrador esparció en tierra buena o el grano de mostaza de los que hablaba Marcos en el Evangelio del domingo pasado. 

Juan el Bautista marca la superación del Antiguo Testamento, del vino viejo, del ascetismo y la conversión en medio de sufrimientos, culpa y ceniza. Jesucristo es el Nuevo Testamento, el Camino, la Buena Nueva que libera, alegra y expande el corazón. Todo el que le sigue puede entrar en el reino y alcanzar la estatura, el tamaño, el nivel que su fe y su entrega le permitan. 

Juan llamaba al arrepentimiento y, enérgico y riguroso, sacudía las conciencias, pero se quedaba en la literalidad de la ley. Por eso Jesús dijo de Él que era el mayor de los nacidos de mujer, pero que el más pequeño del reino de los cielos era mayor que él. Juan hablaba de normas, cumplimientos, reglas externas, Jesús hablará de la transformación interior necesaria y previa para poder hacer. Juan les decía lo que tenían que hacer, Jesús les decía, nos dice, lo que hemos de ser.

Juan es la enseñanza literal, buen germen necesario, buena piedra donde cimentar. Pero hay más, mucho más que la piedra; los que quieran, además de la piedra, el agua y el vino han de transformarse en vasija vacía y en odre nuevo, y seguir a Aquel que es el Agua Viva y el Vino Nuevo, el mejor de las Bodas porque, con ser nuevo, conserva el sabor y el aroma de la Verdad, la Belleza y la Bondad eternas.

El sentido literal de la Enseñanza, que Juan predicaba, ha de ser respetado y conservado, como peldaño para acceder a niveles superiores de la Enseñanza de Cristo, viva porque brota del Verbo Creador y de la experiencia transformadora de Comunión con Él que cada uno de nosotros seamos capaces de vivir y compartir.
 
El que bendice es bendecido, es ley del nuevo orden que Jesús viene a instaura. Isabel, que bendijo a  su prima María con las palabras que recordamos cada día en el Avemaría, fue la bendecida madre del Precursor. Y el padre de la voz que clama en el desierto, fue bendecido recuperando la voz y el habla cuando acató el mandato del ángel e impuso a su hijo el nombre de Juan. Zacarías recupera la voz y alaba a Dios, que es la finalidad para la que tenemos voz y vida. De esta alabanza surge el Benedictus, la oración que la Liturgia de las Horas reza en Laudes para bendecir y alabar al Señor.
 
Bendito sea Juan, el mayor de los nacidos de mujer, por ser la Voz que anuncia al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Bendito sea por llamarnos a la conversión con claridad y contundencia, bendito, por su valentía y su humildad. Bendito sea por reconocer sus limitaciones y apartarse, por mostrarnos al Maestro para que, siguiéndole, aprendamos a ser ciudadanos del Reino. O a recordar que ya lo somos.

Resultado de imagen de la visitacion van der weyden
La Visitación, Van der Weyden


AGUA Y ESPÍRITU

María e Isabel, dos senos llenos de Vida.
Uno, virginal, de mujer muy joven, casi niña,
fecundado por el Espíritu.
El otro, de mujer cansada,
desierto de carne seca,
que el Espíritu empapa y hace fértil,
para que la semilla de hombre fructifique.

Manos que se cruzan en los vientres,
miradas que manan amor reverente,
éxtasis de asombro.
Cuerpos que se encuentran
e intercambian los latidos nuevos.
Signo de infinito, dar y recibir.
Fiat, hágase.

La obra entregada que,
aceptada y transformada,
se convierte en Obra.
Propósito y existencia,
materia iluminada por el Verbo increado,
que se hace carne para elevar y transmutar la carne.

Placenta primordial y placenta humana
agitándose de asombro.
Crisol atemporal, espiral eterna,
lazo infinito que perpetúa la Salvación.
Mengüemos a lo que no somos,
para crecer a lo que Somos
por Él, con Él y en Él.

Jesús salva.
Preparemos Su Camino,
fundiéndonos con Él
en  abrazo sagrado,
entrelazando luz, con Luz,
agua de la experiencia con el agua de la Vida,
Comunión de las aguas para Ser.


¡Dichoso tú, Juan, elegido de Dios, tú, que has puesto la mano sobre tu Maestro, tú, que has cogido en tus manos la llama cuyo resplandor hace temblar a los ángeles! ¡Estrella de la mañana, has mostrado al mundo la Mañana verdadera; aurora gozosa, has manifestado el día de gloria; lámpara que brilla, has designado a la Luz sin igual! ¡Mensajero de la gran reconciliación con el Padre, el arcángel Gabriel ha sido enviado delante de ti para anunciarte a Zacarías, como un fruto fuera de tiempo… El más grande entre los hijos de los hombres (Mt 11,11) vienes delante del Emmanuel, de aquél que sobrepasa a toda criatura; primogénito de Elizabeth, tú precedes al Primogénito de toda la creación!      
                                                                                                                      San Efrén         

9 de mayo de 2026

Una Misma Vida

  

Evangelio según san Juan 14, 15-21 

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis porque mora con vosotros y está en vosotros. No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis, y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, vosotros en mí y yo en vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él”.

  Qué es la inhabitación trinitaria? | Radio Pentecostés RD

¿Por qué he de preocuparme? No es asunto mío pensar en mí. Asunto mío es pensar en Dios. Es cosa de Dios pensar en mí. Simone Weil                                                                                                                             
Releo una y otra vez este precioso pasaje del Evangelio, que expresa el Misterio de la Santísima Trinidad. Reflexiono sobre él, y no logro alcanzarlo con la mente racional, ni siquiera intuirlo. Vuelvo a contemplarlo, ya con el corazón, intento concebir ese prodigioso intercambio de amor, y empiezo a vislumbrar el destino trinitario de cada ser humano. No lo entiendo, pero lo siento, lo experimento con el anhelo del corazón.

Ya no pienso en este Misterio inefable; ya no lo pienso, tampoco lo siento..., porque por un momento lo vivo, y sé que la Trinidad Es en mí. El Padre, el Hijo, el Espíritu Santo, en mí. Porque para Dios no hay nada imposible y Él quiere morar en cada ser humano. Más difícil resulta convencer a la mente de que puedo fundirme con la Santísima Trinidad, que es mucho más que estar habitado por Ella.

Creo que no hay que tener aprensión a reflexionar sobre estos Misterios sin ser teólogos, si se renuncia a clasificarlos y entenderlos con la razón. A los que hemos tenido una formación quizá demasiado intelectual, nos atrae hacerlo.

Me aburren los debates políticos, casi nunca entiendo un chiste a la primera, suelo sentirme fuera de lugar en conversaciones “normales”, del mundo y sus afanes… Y en cambio, me gusta reflexionar, saborear, empaparme y dejarme llevar por conceptos llenos de sugerencias como perichoresis, hipóstasis, circumincessio, menein… Son conceptos y son más, infinitamente más, pues designan realidades trascendentes e inmanentes a la vez, que transforman y liberan, y tendremos ocasión de recordar, y revivir, los próximos domingos.

La clave es que la mente no estorbe, que reconozca sus límites y acepte de antemano que no va a llegar a rozar, ni por asomo, la esencia del Misterio. Gracias a Dios, no es una mente retorcida, suele ser un instrumento bastante limpio y simple, capaz de verlo todo por primera vez, con la inocencia y la capacidad de asombro de los niños. Y eso impulsa y eleva, porque hay que hacerse como niños para poder vislumbrar esa inmensidad de amor amándose, recreando el universo sin cesar.

¿Podría Dios querer ser solo Dios, solo Luz, solo Ser, sin formas ni figuras, sin nombres, sin individuos, un Mar sin olas? Claro, cómo no iba a poder, si Él lo puede todo… Lo que importa y nos llena de alegría es que no es esa Su Voluntad. Es Luz, es Ser y quiere Ser en todos y cada uno de nosotros, hoy y para siempre; lo sabemos por las promesas del Hijo, en quien está el Padre de un modo completo. Lo ha expresado de tantas formas:

En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. (Jn 14, 2)

No volveré a beber el fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios. (Mc 14, 25)

No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos. (Lc 20, 38)

El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá y el que vive y cree en mí no morirá para siempre (Jn 11, 25-26)

Venid vosotros, benditos de mi Padre… (Mt 25, 35)
  
Hoy estarás conmigo en el Paraíso. (Lc, 23, 43)

Reconocer a Dios en Su Hijo es la sublimación y el perfeccionamiento del recuerdo de Sí, al que aluden tantas tradiciones, que lleva implícito el olvido de sí. Con Jesucristo, algo nuevo ha surgido; ya no nos sirven los viejos parámetros; todo es nuevo y todo se ordena en torno a Él. Por eso los verdaderos discípulos han de hacer de Jesús el centro, la base y el objetivo de sus vidas, el Compañero fiel en un camino en el que ya no estamos solos.           

Uniéndonos a Cristo, somos Uno con Él. Estando en Él, que es la consciencia atemporal, podemos vivir atentos, despiertos, reales. Porque somos Uno en Su Cuerpo Místico, Él se encarga de vivificarnos, completarnos, recrearnos, para que la obra de Su redención llegue a plenitud y seamos perfectos como Él, como el Padre, en unión del Amor del Espíritu Santo.

Es el amor verdadero, incondicional y definitivo. Amor que es Unidad, que es Verdad y Vida y por eso nos hace ser libres, nos hace Ser. 

Creer en Él, abandonarse en Él es lo único que se nos pide. Lo voy comprendiendo en un nivel más profundo. Parece sencillo, y lo es, pero, a la vez, es tarea delicada, para “hilar fino” y crecer en fidelidad. No es fácil decidir creer en Él contra viento y marea en estos tiempos, y menos ser consecuente con esa decisión, porque a veces el mundo, el demonio y la carne se disfrazan de enseñanzas sutiles o amores efímeros que quieren durar y no pueden.        

Apostemos fuerte, vayamos “a por todas”, recordando que nos jugamos la Vida eterna. Vivamos desde ahora unidos a este Amor infinito, sabiendo que, incluso cuando atraviesas la noche oscura de la desolación o cuando Le olvidas, Él nunca se olvida de ti y sigue a tu lado, esperando que vuelvas a prestarle atención y ames como Él nos ha amado, totalmente, sin condiciones ni medida.

Esta es nuestra vocación, para tantos como nosotros tardía y felizmente descubierta: recorrer lo que resta de camino conscientes de su presencia, que es fuente de amor, a nuestro lado y dentro, muy dentro de todos y de cada uno (intimior intimo meo et superior summo meo).

Con palabras de San Agustín, volvamos a meditarlo, agradecerlo, hacernos conscientes de tal don, consagrarnos y comprometernos, con una decisión alegre y definitiva que nos mantenga unidos para siempre al amor del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo:
¡Tarde te amé, belleza siempre antigua y siempre nueva! Tarde te amé. Tú estabas dentro de mí, pero yo andaba fuera de mí mismo, y allá afuera te andaba buscando. Me lanzaba todo deforme entre la hermosura que tú creaste. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo; me retenían lejos de ti cosas que no existirían si no existieran en ti. Pero tú me llamaste, y más tarde me gritaste, hasta romper finalmente mi sordera. Con tu fulgor espléndido pusiste en fuga mi ceguera. Tu fragancia penetró en mi respiración y ahora suspiro por ti. Gusté tu sabor y por eso ahora tengo más hambre y más sed de ese gusto. Me tocaste, y con tu tacto me encendiste en tu paz.

Tarde de amé, Pablo Martínez