5 de marzo de 2016

El Padre y el Tercer Hijo. El Camino de regreso al reino de la alegría.


Evangelio de Lucas 15, 1-3. 11-32

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: “Ese acoge a los pecadores y come con ellos”. Jesús les dijo esta parábola: “Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.”  El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país, que lo mandó a su campo a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer. Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”. Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad enseguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”. Y empezaron el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Este le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”. El se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”. El padre le dijo: “Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido, y lo hemos encontrado”.”


El regreso del hijo pródigo. Rembrandt

Detalle del cuadro El hijo pródigo, de Rembrandt, donde se aprecian las manos del Padre: una, femenina, y otra, masculina, porque Dios es Padre y Madre.


Mientras el arrepentimiento anda a su lento paso, la misericordia corre, vuela, precipita las etapas, anticipa el perdón, manda delante, como un heraldo, la alegría.

                                                                                                          J. M. Cabodevilla

  
Si nos buscas, búscanos en la alegría, porque somos los habitantes del reino de la alegría.
                                                                                                                      Rumi


Llevo una semana releyendo, meditando y escribiendo sobre la parábola que acabamos de leer. Después de muchas páginas que, como tantas veces, me han servido para mirarme por dentro, creo que cada uno debe descubrir qué papel o qué papeles ha interpretado a lo largo de su vida y los que está interpretando hoy. Los personajes del drama se repiten de muchas maneras, con infinitos matices, en nuestras vidas, alternándose o fusionándose a veces, en uno mismo.


EL HIJO PRÓDIGO Y EL HIJO CUMPLIDOR

El hijo menor carece de malicia en su extravío. Es irresponsable, caprichoso e inmaduro, pero no tiene el corazón turbio ni el alma retorcida. En su decisión de volver, le mueve el hambre, pero sabe reconocer que ha hecho mal.

El otro hijo es cumplidor, de los del cumplimiento, “cumplo y miento”. Envidioso y resentido, no es capaz de amar ni de ver sus propias sombras. Nos hace recordar a tantas parejas de hermanos bíblicas en las que el amor brilla por su ausencia: Caín y Abel, Esaú y Jacob, José y sus hermanos, Absalón y Amnón, Salomón y Adonías.

El pequeño es soñador; por anhelo de aventuras abandona la vida real, pero acaba experimentando una conversión. Le queda mucho por trabajarse, está muy lejos de ser el hombre nuevo al que apuntan los Evangelios, pero ya está en el camino que lleva a la verdadera libertad.

El mayor, despectivo y soberbio, que parece haber imaginado con envidia concupiscente la vida de lujo y disipación del pequeño, tampoco es capaz de vivir en lo real, porque está aferrado a su propia idea del bien y del mal. No se da cuenta de que esa tendencia al juicio y la condena le tiene aprisionado. Ni siquiera es capaz de intuir que se puede mirar de otra forma, sentir de otra forma, vivir de otra forma.

El pródigo es arrastrado por un exceso de imaginación y un talante hedonista, aventurero, mujeriego o romántico, pero es suficientemente humilde para reconocer sus faltas y arrepentirse.
           
¡Ay del cumplidor sin corazón!, ¡ay del prudente por cobardía…!, me parece escuchar a Jesús.

Es fácil preferir al derrochón pero ingenuo hermano pequeño, frente al intolerante hermano mayor que nos recuerda a esos “justos” o “puros” que denuncia Jesús, que han perdido el verdadero sentido de la justicia y la pureza, y tienen el corazón cerrado, encogido, incapaz de perdonar y acoger.  
           
El pródigo es el que se arrepiente por el hambre, pero su alma ha sido acrisolada por la ausencia y la amargura. Reconoce su falta y se echa a los hombros la vergüenza y el escarnio. ¿Por hambre? Sí, y por soledad y ausencia. Su sufrimiento consciente y la valentía de regresar vale infinitamente más que el hipócrita, vano cumplimiento de las leyes.


EL PADRE Y EL TERCER HIJO

Como Cabodevilla, Martín Descalzo, Papini y tantos otros, necesitamos evocar a un tercer hijo para este padre, cuya alegría es capaz de borrar toda amargura, toda justificación, todo reproche, todas las lágrimas. El corazón se abre al presenciar esa alegría, el alma tiembla… Nos entristece pensar que un padre así no sea correspondido en su infinito amor.

El tercer hijo existe y es como el padre, puro amor, perdón, misericordia. El tercer hijo es el que nos está contando la parábola, Jesús. Lo es cada vez que abrimos el Evangelio por esa página y también cada vez que observamos en nosotros esa tendencia al desamor que nos hace ser como el pródigo o como el cumplidor.


Que cada uno mire cara a cara al hijo pródigo, despilfarrador e ingenuo, irresponsable, hedonista y capaz de arrepentirse que lleva dentro, y al hijo cumplidor, hipócrita, envidioso, de corazón endurecido que también lleva dentro. Que se observe implacablemente, hasta que sorprenda a uno u otro, con sus infinitos matices y variantes, en plena actuación, y vaya descubriendo qué puede hacer para ser solo amor incondicional, perdón infinito, alegría desbordante, como el Padre. O como ese Tercer Hijo que todos necesitamos evocar, el Único Hijo digno de tal Padre, la expresión más cierta del amor y la misericordia, Jesús de Nazaret.

Conscientes de que todos cargamos con un pródigo inmaduro y un cumplidor endurecido, miremos al Padre en Su rostro visible, Jesucristo, para aprender de Él a perdonar, acoger con alegría y amar sin condiciones. Mirarle a Él, mantenernos unidos a Él, nos va transformando en Él, que es todo gracia, luz, alegría desbordante.


EL REINO DE LA ALEGRÍA 

Se ha escrito tanto, y desde tantas perspectivas diferentes, sobre esta parábola, que me parece oportuno ponerle imágenes, para redescubrir de otra manera que los Evangelios están hablando de nosotros y para nosotros. Es un buen ejercicio recordar cuándo y cómo recibimos el abrazo de perdón, amor y alegría del Padre.

Veamos cómo lo recibe el que fue violento mercenario y traficante de esclavos, Rodrigo Mendoza, del padre Gabriel, de los guaraníes y de sí mismo, tras ser liberado de su brutal penitencia, autoimpuesta por haber matado en duelo a su hermano. 
                 
           


     La Misión, de Roland Joffé (1986), con Robert de Niro, Jeremy Irons y Liam Neeson.

Veo en Rodrigo Mendoza al hijo pródigo, de sangre caliente, esencia pura y corazón noble, pero también al hermano mayor, intolerante, duro, resentido. En el momento del perdón y la alegría, veo a los dos, despertando de un mal sueño, y veo, sobre todo, al Padre y al Tercer Hijo. Un buen ejemplo de cómo los personajes de la parábola pueden alternarse, fundirse, integrarse, para que cada uno de los que la leen, la escuchan, la recuerdan, despierte, abra el corazón y se transforme.


Si cometo todos los pecados, Tú me bastas como mérito.
Como objetivo de esta desgraciada vida, Tú solo me bastas.
Yo sé bien cómo será mi partida.
Dirán: “¿Qué méritos ha hecho?”
Tú me bastas como respuesta.

                       Rumi

27 de febrero de 2016

Dar fruto es darse


Evangelio de Lucas 13, 1-9

En una ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre vertió Pilatos con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les contestó: “¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no. Y si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.” Y les dijo esta parábola: “Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: “Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?”. Pero el viñador contestó: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas.”

                                    La higuera estéril, James Tissot

No es por ser menos pecadores por lo que nos salvamos, sino por permanecer unidos a Cristo. Los que eligen seguir separados, en el "ir pasando", sin mojarse, sin arriesgar, o bien en el otro extremo, en el competir y ganar ventaja sobre los demás, viven como dice el poeta, para el polvo y para el viento, es decir, perecerán, como dice el Evangelio de hoy. Los tibios no son para el Reino, como recuerda contundente el Apocalipsis (Ap. 3, 16). Por eso, vale más un gran pecador que se convierte, que un pecador mediocre que sigue enredado en su cobarde, baldía mediocridad.

Es la entrega total la que hace posible la Unión; derramar la última gota, darse sin medida. En la lógica del Reino, no se pierde lo que se da, al contrario, todo lo que se entrega, se recibe. Se entrega uno mismo, y se recibe al Sí mismo, se renuncia a la identidad y se encuentra la Esencia, se pierde la vida y se gana la Vida. La salida del Egipto opresor y la llegada a la Tierra prometida suceden a la vez si nos derramamos hasta la última gota, como la mujer que unge a Jesús con el más valioso perfume, pecadora y santa a la vez, convertida, en esa nueva realidad que su gesto interior, anterior al externo, su conversión sincera y total propicia (Lucas 7, 36-50).

Se trata, al fin y al cabo, de escoger si queremos vivir para lo ilusorio y efímero, o para lo esencial, lo verdadero. No damos fruto, no nos damos, porque estamos casi siempre dormidos, alienados, a merced de la inercia y las vanidades. Nos encadenamos a lo material, lo transitorio, y perdemos de vista lo que vale de veras, lo eterno. Buscamos necesidades absurdas y quienes nos las satisfagan desde fuera. Si nos observáramos con sinceridad, veríamos que somos voluntariamente estériles. Traicionamos nuestra misión y nuestra verdad interior, y luego nos engañamos a nosotros mismos para poder soportar esa traición que nos condena.
Es una elección continua; cada día, cada hora, cada instante hemos de optar entre vivir despiertos o dormidos, entre vivir para lo Real o para lo falso, entre ser estériles o dar fruto.
En claro paralelismo con la figura de Moisés, que condujo a su pueblo en el éxodo, desde Egipto hacia la tierra prometida, como nos recuerda la primera lectura (Éxodo 3, 1-8a.13-15), Jesucristo nos libera de la muerte y de las esclavitudes a las que nos sometemos, pues el Egipto opresor está dentro de nosotros, y la tierra prometida que mana leche y miel, también.
Saberse prisionero es el primer paso para abandonar Egipto, la tierra de la esclavitud y la inconsciencia, y darse la vuelta para regresar a la tierra de la plenitud y la realización, de la consciencia y la libertad.
Conversión, arrepentimiento, metanoia, teshuváh, es el giro, el gesto, el paso imprescindible que nos transforma de estériles en fecundos (www.diasdegracia.blogspot.com ).
Convertirse es mirar de otra forma, con ojos misericordiosos. Nosotros miramos con el egoísmo de nuestras seguridades, comodidades, parcelitas de control; Jesús mira rebosando amor, con un corazón palpitante, que no se cansa de derramar dones, gracias y bendiciones. El que solo se preocupa por controlar y asegurar “sus” cosas, “sus” costumbres, “sus” inercias, “sus” apegos, es estéril, no puede dar fruto.
La mejor conversión es dejar que la misericordia nos impregne hasta ser capaces de mirar y de amar como Jesucristo ama. Cada día su propio afán, siempre el mismo: ser o no ser, saberse y vivirse en Él, o seguir durmiendo hasta que Su voz nos despierte.
Permanecer, menein, mutua inmanencia, una de las palabras que más aparece en el Evangelio de San Juan. Permanecer en Cristo, indisolublemente unidos a Él nos hará fértiles, capaces de dar fruto, cumplirnos, entregarnos, con un amor que está a salvo del desgaste y la entropía. Un amor que crece y se expande sin cesar, continuamente revitalizado, siempre el mismo y siempre nuevo.


                                       Salmo 102. Liturgia ortodoxa

13 de febrero de 2016

Desierto, encuentro


Evangelio de Lucas 4, 1-13

En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y, durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo. Todo aquel tiempo estuvo sin comer, y al final sintió hambre. Entonces el diablo le dijo: “Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan”. Jesús le contestó: “Está escrito: “No sólo de pan vive el hombre”.” Después, llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo, y le dijo: “Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me lo han dado y yo lo doy a quien quiero. Si te arrodillas delante de mí, todo será tuyo”. Jesús le contestó: “Está escrito: “Al Señor tu Dios adorarás y a él solo darás culto”.” Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le dijo: “Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: “Encargará a los ángeles que cuiden de ti”, y también: “Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”.” Jesús le contestó: “Está mandado: “No tentarás al Señor tu Dios”.” Completadas las tentaciones, el demonio se marchó hasta otra ocasión.
                                         Las tentaciones de Cristo, Botticelli


Desierto, encuentro con uno mismo en el silencio y la soledad. Allí fue donde Jesucristo se planteó cómo debía llevar a cabo su Misión. Allí debes ir para saber cómo reorientar tu vida, qué cambios coherentes debes hacer para cumplir tu vocación y seguirle a Él siempre, hasta el final.

Vayamos al desierto con valentía porque allí se libra el combate interior. No se va al desierto para estar tranquilos, sino para mirar de frente nuestro lado oscuro y soltar, con la fricción con que las serpientes se desprenden de su vieja piel, al hombre viejo que ya no queremos ser.
                                          Cristo en el desierto, Iván Kramskoï
Cuaresma, tiempo para aprender a vivir, sentir, pensar, actuar de un modo nuevo. Conversión: encuentro con la Versión Original (www.diasdegracia.blogspot.com ). El nuevo hombre no puede ser como el viejo Adán, entregado a su ambición y su egoísmo. En el desierto comprendemos que no sólo de pan (materia, contingencia, inmanencia) vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.

¿Sucedió realmente en el desierto? ¿Fueron realmente cuarenta días y cuarenta noches? ¿O se trata de uno de los muchos recursos literarios para transmitir verdades que utilizan los evangelistas? Es lo de menos; lo que importa es que Jesucristo, el Verbo encarnado, fue tentado en lo más esencial de su misión: su mesianismo. Y nosotros somos tentados continuamente, lo veamos o no, en la esencia de nuestra misión de discípulos. Somos tentados a no ser fieles, a seguirle a medias, a cambiar las enseñanzas de Jesús, que son Palabra de Vida eterna para acomodarlas a nuestros intereses.

Porque las tentaciones hoy se han sofisticado mucho, tienen que ver a menudo con esa vida mundana y hedonista que nos anestesia. Queremos todo y lo queremos ya, nos rodeamos de cosas, proyectos y posibilidades, no vaya a ser que nos perdamos algo…. Y por no perdernos nada, nos perdemos lo único importante. Como Esaú, renunciamos a la primogenitura por un plato de lentejas. Por salvar la vida, ese puñadito de años de vivir lo mejor posible, evitando no ya el sufrimiento, sino incluso cualquier molestia, perdemos la Vida verdadera, el alma y mucho más que el alma.

“Generación de moluscos”, escuché en una homilía reciente en la iglesia de Santiago, son nuestros hijos… Con algunas benditas excepciones, rebaños de caprichosos, egoístas por pura alienación y por imitación de los adultos, no por maldad esencial. Jóvenes que se miran el ombligo y no están preparados para afrontar ni la más mínima decepción.

Qué bien nos hace el desierto en este panorama tan desalentador… El desierto fortalece, ensancha los horizontes, enseña a renunciar, a soltar, a vaciarse. El desierto purifica, eleva y transforma, nos muestra la insignificancia de los afanes por los que nos desvivimos.
                                    Jesús es tentado por el diablo, Juan de Flandes
Salir de Egipto, emprender el camino, errantes, como dice la primera lectura (Deuteronomio 26, 4-10), es liberarse de tantas esclavitudes que nos ciegan y alienan, para encontrar la tierra prometida. Pero a esa meta se llega atravesando el desierto, negándose, muriendo a uno mismo, renunciando al mundo para ganar el alma… Seamos valientes, políticamente incorrectos en un mundo de falsa corrección, mentira y desatino, en el que la consigna es no renunciar a nada, acaparar todas las posibilidades para el bien-estar, olvidando el bien-ser. Valoremos el esfuerzo, el sacrificio (cuya raíz latina es sacer fare, hacer sagrado), la humildad, la pobreza de espíritu.

Si nos asusta la inmensidad del desierto, ese vacío árido, esa ausencia de estímulos e impresiones, recordemos que no caminamos solos. Como se cuenta en el libro Día de maravillas (por fin acabado, aún no sé bien cómo hacer llegar al que lo quiera, si en epub, pdf, papel…), hay siempre una Presencia silenciosa que nos acompaña, nos protege, nos guía. A Shackleton, el explorador polar y sus hombres, en el desierto de hielo, a nosotros, en tantos desiertos que atravesamos a lo largo de la vida.

El desierto, de hielo, de arena, de agua, de silencio, de confusión, de soledad, de angustia, de abandono, de tristeza…. es lugar de encuentro, más que de búsqueda, porque ya hemos encontrado, y el que ha encontrado no necesita seguir buscando, sino profundizar en ese encuentro, perfeccionándolo, haciéndolo cada vez más real y auténtico.

 
                                           Tentaciones de Jesucristo, Jan Brueghel

EL AYUNO QUE ÉL QUIERE

¿Es acaso ese el ayuno que yo quiero
cuando alguien decide mortificarse?
Inclináis la cabeza como un junco,
y os acostáis sobre saco y ceniza.
¿A eso lo llamáis ayuno,
día grato al Señor?
El ayuno que yo quiero es este:
que abras las prisiones injustas,
que desates las correas del yugo,
que dejes libres a los oprimidos,
que acabes con todas las tiranías,
que compartas tu pan con el hambriento,
que albergues a los pobres sin techo,
que proporciones vestido al desnudo
y que no te desentiendas
de tus semejantes.
Entonces brillará tu luz como la aurora
y tus heridas sanarán en seguida,
tu recto proceder caminará ante ti
y te seguirá la gloria del Señor.
Entonces clamarás
y te responderá el Señor,
pedirás auxilio y te dirá: “Aquí estoy”.
Si alejas de ti toda opresión,
si dejas de acusar con el dedo
y de levantar calumnias,
si repartes tu pan al hambriento
y satisfaces al desfallecido,
entonces surgirá tu luz en las tinieblas
y tu oscuridad se volverá mediodía.
                                                                                                   Isaías 58, 5-10


Ayuno, sobriedad, desprendimiento, soltar… No se trata de sacrificarse sin sentido o de forma masoquista. Hace dos años, el padre Daniel nos contó un cuento sobre un asceta que subía una montaña empinada con su discípulo, sin beber durante horas. El discípulo le decía: “Maestro, bebe, ¿qué pasa porque bebas? ¡No pasa nada!” Y el maestro respondió: “Ya lo sé. Si bebo, no pasa nada, pero si no bebo, pasan muchas cosas.”

Las tentaciones que sufrió Jesús en el desierto se relacionan con las "consignas" de la cuaresma: ayuno, limosna y oración. En esta cuaresma intentaremos practicarlas con consciencia, profundizando en su verdadero significado.


AYUNAR ES SOLTAR
¿Quieres ser verdaderamente rico? Abandona lo que se interpone entre tú y la Verdad, entre tú y la Libertad.

¿Qué te llevarás? ¿Qué podrás considerar tuyo el día de tu muerte? ¿Habrán valido la pena el tiempo y la energía invertidos en los afanes del mundo?

Los niños pequeños (antes de ser "abducidos" por la sociedad de consumismo y competencia) no acumulan. Si les regalan algo que ya tienen, dicen con energía y convicción: “Yo ya lo tengo”.

Hay lastre en nuestra vida: demasiados objetos, tareas, compromisos vanos, posesiones… Pero el lastre más pesado está dentro: actitudes, prejuicios, emociones negativas, obsesiones, compulsiones, miedo, angustia…

Una caña vacía puede transformarse en flauta musical.

Mira bien dónde pones tu corazón, porque eres lo que amas.

Esta vida es un peregrinaje y hemos de vivir como peregrinos, prestos a reemprender la marcha, solo con lo necesario.


AYUNO DE PALABRAS

El silencio es la forma de abstinencia más difícil. Solo un hombre capaz de guardar silencio cuando es necesario puede ser dueño de sí.
                           G. I. Gurdjieff
Aprende a callar si las palabras no son imprescindibles.

Que callen también los pensamientos, las expectativas, los condicionamientos, las inercias.        

El arte de callar: un verdadero trabajo interior.

En medio del ruido, valora el heroísmo del silencio y la discreción.

Las palabras tapan la verdad. El silencio es el termómetro de tu veracidad.

Andamos como autómatas, arrastrando un cargamento de fruslerías que expresamos con palabras huecas.

Si el vaso sigue lleno de palabras, no puede derramarse en él lo que está más allá del lenguaje.

La verdad está siempre más allá de las palabras; las palabras son como el dedo que señala la luna.

Solo palabras útiles, las necesarias, como dardos de luz al centro de ti mismo.

Si estás atento, despierto, vigilante, no puedes hablar de más ni puedes hablar de menos.

Di: sí, cuando es sí; y no, cuando es no, como el Maestro.


6 de febrero de 2016

De pecador a peScador


Evangelio de Lucas 5, 1-11
En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret. Vio dos barcas que estaban junto a la orilla; los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: “Rema mar adentro, y echad las redes para pescar”. Simón contestó: “Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos sacado nada; pero, por tu palabra, echaré las redes”. Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús, diciendo: “Apártate de mí, Señor, que soy un pecador”. Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: “No temas; desde ahora, serás pescador de hombres”. Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.  

                                                           La pesca milagrosa, Rafael


Sí, estoy segura de que aunque tuviera sobre la conciencia todos los pecados que puedan cometerse, iría, con el corazón roto por el arrepentimiento, a arrojarme en los brazos de Jesús, porque sé muy bien cuánto ama al hijo pródigo que vuelve a él. Dios, en su misericordia preveniente, ha preservado a mi alma del pecado mortal; pero no es eso lo que me eleva a él, sino la confianza y el amor.
                                                                                              Santa Teresa de Lisieux


Pecador y pescador, una sola letra, la “S”, marca la diferencia. Cuántas veces habré leído este pasaje, sin reparar en un detalle tan significativo… Es lo que tiene el Evangelio, que es Enseñanza viviente, Palabra viva, con infinitos matices, caleidoscopio sagrado para leer, contemplar y vivir hasta el final. Sin reconocernos como “pecadores”, no podemos ser “pescadores” ni asumir la misión que cada uno tiene que cumplir.

Para que Pedro se declare pecador, en esta escena de la pesca milagrosa, ha tenido que ver con sus ojos el poder del Señor. A algunos no les hacen falta milagros evidentes para Ver. Tienen la mirada interior, la verdadera, purificada, como el anciano Simeón, que evocábamos el martes en la festividad de la Presentación del Señor. Le bastó ver a un bebé para reconocerlo como el Salvador, luz del mundo.

Ajustemos la mirada interior, enfoquemos bien para ver el poder de Dios en lo cotidiano, sin esperar prodigios ostentosos. Imitemos a Simeón, vivamos cada día la fiesta de la Candelaria porque hayamos logrado purificarnos y encender la vela que guarda cada corazón.
De pecador a pescador por el Amor. La “S”, letra 20 del alfabeto, el 2 es el plano emocional en muchas tradiciones. De la e-moción, energía en movimiento, al Sentimiento, permanente, duradero, perpetuum mobile. Centro espiritual superior que hace posible la misericordia que aprendemos a vivir y practicar, a recibir para dar, en este Año de Gracia.

Los pecadores en cada uno de nosotros son los mismos que quieren acabar con Jesús, como veíamos el domingo pasado, la sangre de Caín que corre por nuestras venas hasta el final de los tiempos. Y los pescadores somos los que hemos descubierto que el Caín que llevamos dentro es un pobre hombre, lleno de miedo, y le hemos perdonado, porque sabemos que el que perdona, el único Santo, ya le ha perdonado. Seguimos sintiendo su latido cainita, pero reconocerlo y asumir la propia debilidad nos hace fuertes (2 Cor, 12, 9). Porque si no asumimos al pecador que somos, no hay más que buenismo, pose, falsedad…
Dios sale para justos y pecadores (Mateo 5, 45), dice el Maestro; para el justo y el pecador que soy, que eres, que somos. Y también dice: que no se pierda ninguno de estos (Juan, 6, 39, Mateo, 18, 14, 2 Pedro 3, 9) Y tras la multiplicación de los panes y los peces: recoged las sobras (Juan 6, 12). Nada sobra, todo a la red, que no se pierda nada, que todo se convierta en semilla para el Reino.
Para ver todo y que no se pierda nada ni nadie, conviene entrenarse, y una forma de ejercitar la mirada consiste en no esperar lo espectacular, la liberación evidente e inmediata de cualquier aflicción, el alivio instantáneo de los sufrimientos. El triunfo de Cristo, que es el nuestro, va por dentro, por detrás del fracaso, de la aflicción aparentemente injustificada o absurda. Como en los dolores de parto, el sufrimiento está, pero la Vida trabaja desde dentro, para dar más vida… Todo es a la vez; la Cruz y la Resurrección, el dolor y la alegría, el sufrimiento y el consuelo, la adversidad y la bendición.
El sufrimiento es del mundo, del que no somos. Lo asumimos, lo integramos y recordamos que, aunque estamos en el mundo, nuestra esencia habita ya en lo Real, porque Él nos elevó consigo, cuando la Cruz fue izada sobre la tierra.

De la emoción al Sentimiento, he ahí una clave para no perder el Norte. Puedo empezar por discernir en qué pongo emoción, pasión, energía en movimiento... Entonces descubro que la mayoría de mis emociones me mantienen recluida en un mundo falso, condenado a desaparecer. Liberarse es posible, recordando que ya fuimos liberados y que podemos sentir, vivir, experimentar el Amor.

Es la única historia de amor que nos realiza. Porque la verdadera fe, como la del anciano Simeón, es amor y, por eso, al encontrar la fe, San Agustín canta: Tarde te amé, hermosura, siempre antigua y siempre nueva, tarde te amé…

Dice Domenico Douady: Solo en una historia de amor el hombre cree aquello que no ve. Deja de creer en lo que ves, ama, cree lo que no ves. Es lo real, lo único por lo que puedes dar la vida. Jesús dio la vida, murió por nuestros pecados, lo dice la segunda lectura de hoy (1 Corintios 15, 1-11). ¿Nos damos cuenta de lo que esto significa?

Es hora de soltar todo y dejar todo para seguirle. Dejar hasta el victimismo del pecador que nos impide ser pescador. El miedo, que es también ceguera, nos hace vivir como pecadores. La conversión que produce el sabernos salvados es mucho más fuerte que la vergüenza y el remordimiento, y nos da el valor para decir como la primera lectura de hoy: Aquí estoy, mándame (Isaías 6, 1-2a.3-8). Es la confianza la que nos fortalece; dejamos de recrearnos en las faltas y las convertimos en abono para la vid que va a dar fruto o en combustible para el viaje de retorno a Casa.

Es una doble mirada: la del que se atreve a ver su pecado, porque recibe la gracia de verlo, y la del Señor sobre el pecador, transfigurándolo, transmutándolo, ayudándole a ver, sosteniéndole. El único Justo nos salva. Se trata de reconocerlo, viéndolo y dejando que Él nos vea. Mirar y ser mirados, cruce de miradas que transforma de pecador en pescador, con esa “S”, que es mucho más que una letra, es la figura del Crucificado sobre la Cruz, el cuerpo de hombre encarnado por amor que asciende para que ascendamos. Miremos tantos Crucificados que dibujan esa “S” de Salvación. Al mirarlos y aceptar la Salvación, completamos lo que le falta a la “S” para formar el signo de infinito vertical. “S” de Salvación, “S” de Serviam, que unifica voluntades y nos hace Uno. Mirada poética de este hallazgo en www.diasdegracia.blogspot.com .

Vuelvo a contemplar hoy el Cristo crucificado de la Capilla de San Ginés, donde se me concede la gracia de vivir tantos instantes eternos. Uno de esos lugares donde se puede experimentar ya el Cielo en la tierra.
 
           Capilla del Santísimo Cristo de la Redención, Iglesia de San Ginés, Madrid

En la foto no se ve, pero en la cúpula aparece la imagen del Resucitado. "S" completa, infinito vertical completo cuando ves esa "S" salvadora y la aceptas.
 

30 de enero de 2016

"Se abrió paso entre ellos y se alejaba".


 Evangelio de Lucas 4, 21-30

En aquel tiempo, comenzó Jesús a decir en la sinagoga: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”. Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios. Y decían: ¿No es este el hijo de José? Y Jesús les dijo: “Sin duda me recitaréis aquel refrán: «Médico, cúrate a ti mismo»; haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún”. Y añadió: “Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Os garantizo que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías más que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado más que Naamán, el sirio”. Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba.
 

 
 
Él no está lejos de quienes buscan, entre sombras e imágenes, al Dios desconocido, puesto que todos reciben de él la vida, la inspiración y todas las cosas, y el Salvador quiere que todos los hombres se salven.
      Lumen Gentium, 2.16
 

Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre (Hebreos 13, 8). Y cualquier fruto de nuestra relación sincera y transparente con Él es perdurable. Por eso no tengo reparo en volver a esos momentos de unión con Él, porque cielo y tierra pasarán más Sus palabras no pasarán... (Mateo 24, 35). Esto me inspiró hace años el pasaje del Evangelio de hoy. Y en www.diasdegracia.blogspot.com, alguna pincelada sobre cómo vivir en carne propia, como verdaderos discípulos, ese abrirse paso entre ellos y alejarse.


Jesús puede resultar muy incómodo y enojoso cuando nos resistimos a cambiar. Los que hace un momento le aprobaban encantados y se admiraban de sus palabras de gracia (Sal 45, 3b), viendo en ellas el signo mesiánico, de repente se dejan llevar por la ira del que siente amenazada su posición y sus creencias. No pueden aceptar que uno de los suyos, el hijo del carpintero, sea el Mesías, y venga a predicar una buena nueva para todos, no solo ya para el pueblo elegido de Israel.
 
Sucedió igual con los profetas, ignorados, despreciados o perseguidos por sus paisanos. Los defectos del hombre no han cambiado a lo largo de los siglos: recelos, envidias, desconfianza, escepticismo, cerrazón, volubilidad, perversidad… El sueño y la dispersión interiores, la falta de un centro permanente en ellos mismos provoca ese cambio brusco de actitud. La duda y el miedo pueden más que la esperanza de haber, por fin, encontrado al Mesías anhelado.
 
Los “suyos”, que lo conocen desde hace años, pasan de la aprobación entusiasta al rechazo furioso, hasta el punto de querer arrojarlo por un barranco. Pero Él, sin decir una palabra, con el poder sereno de la Verdad que Es, se abre paso entre ellos y se aleja. Este es uno de los pasajes del Evangelio que más me impacta y me conmueve.
 
Rechazado como todos los profetas, como nosotros a veces, cuando damos testimonio de nuestra fe sinceramente, sin tratar de contemporizar con nada ni con nadie. Porque, como Elías fue enviado a la viuda de Sarepta y Eliseo a Naamán el sirio, Jesús es enviado, y nos envía, a anunciar la buena nueva a todos, sin excepción. Pero solo están preparados para acoger su mensaje los que confían, los compasivos, los desprendidos y vacíos de sí mismos. Los soberbios y acomodados, ciegos de prejuicios y opiniones subjetivas, querrán despeñar al abismo al que ose amenazar su estabilidad y sus creencias.

Acosado y perseguido, no se defiende, sigue amando. El amor es paciente, afable,... empieza el precioso y conocido texto de San Pablo sobre el amor, de la segunda lectura de hoy (1 Cor, 13 4-13). Boris Mouravieff afirmaba que leer o recitar a menudo este fragmento nos brinda una “espada llameante” que va liberándonos de todo lo que no es amor.
 
Cristo es la paciencia en persona, el amor en persona. Compartió el pan y el vino y el camino de tres años, con sus días de sol riguroso y sus noches de frío e inclemencia, con el hombre que iba a traicionarle y entregarle a la muerte. Perdonó siempre, esperó siempre, amó siempre, sin pedir nada a cambio.
 
El amor incondicional a la manera de Jesús es el objetivo del cristiano. Es un amor que supera infinitamente todo lo que podemos imaginar, cualquier ideal que tengamos. Para poder amar así, incondicionalmente, sin límites, el hombre debe adquirir la virtud de la humildad, negándose a sí mismo.
 
Porque solo puede reaccionar como hizo Jesús en este pasaje –es decir, no reaccionando– quien está libre de ego. Jesús, el único que no tiene que negarse a sí mismo porque es el Sí mismo y, al mismo tiempo, la humildad absoluta. Compasión, misericordia, paciencia imperturbables, nada le afecta en su esencia primordial, no se siente víctima ni ofendido. Ahí radica una de las diferencias abismales entre Él y nosotros.

Bienaventurado el que no se escandalice de mí (Mt 11, 6), dice el Maestro. Para no escandalizarse de Él hay que estar dispuesto a aceptar y cumplir su Palabra totalmente, no solo en lo que nos resulta fácil o creemos que nos conviene. Y asumir su Palabra y encarnarla, hacerla vida en nosotros, exige un cambio radical. Los que se empeñan en defender su posición, sus comodidades y hábitos, o tal vez solo sus prejuicios y condicionamientos, seguirán escandalizándose de Aquel que viene a traer fuego a la tierra, que todo lo hace nuevo, que no hace acepción de personas porque viene a salvar a todos, no solo a un grupo de escogidos, Aquel que frecuenta a pecadores, publicanos y prostitutas y denuncia la hipocresía, la soberbia, el egoísmo de escribas y fariseos.
 
Que no nos escandalicemos nunca de Jesús o de su enseñanza. Que no tenga que abrirse camino entre nosotros para alejarse por nuestra falta de amor. Seamos testigos fieles de Aquel que sigue viniendo a traer la buena nueva para todos, porque Él mismo es la buena nueva.


Ved cómo se aleja, abriéndose paso
entre los ciegos y sordos de esta aldea
para siempre bendita, Nazaret,
donde creció Jesús, el carpintero,
el hijo de María y de José,
el mismo que hoy acosan y persiguen,
pues quieren acabar con esa vida
que descoloca las piezas
de oxidados ajuares.
 
Venid a ver cómo camina
entre los vocingleros, sus paisanos,
que no permiten que nadie destaque
en esa tibia, turbia, turba infame
para tibios, turbios, infames corazones,
incapaces de aceptar a un Mesías
que proclama el perdón, la libertad,
la igualdad, el amor, la buena nueva.
 
“Despeñémosle precipicio abajo
–dicen iracundos–  acabaremos
con la historia de nuestra salvación,
y a vivir, que son dos días
antes de la noche eterna.
Vamos a tirarle por el barranco,
que no venga con pamplinas
ese rabí tan raro, ese Jesús…
 
Qué manía de proteger la escoria:
que si los pobres, que si las prostitutas,
viudas, enfermos, locos, pecadores,
todos esos inútiles que estorban...
 
 Que venga otro más fácil de seguir,
sin renunciar a las comodidades
que nos hemos ganado, no pretenda
alterarnos el orden. Que nos diga
lo que queremos oír, por ejemplo:
que somos los únicos, los buenos, los mejores,
escogidos por un Dios especial
que ama a Israel, y solo a Israel.
 
A qué esperamos, acabemos con él,
que no moleste más ese rabí
tan manso que se va, abriéndose paso,
tan manso...
 
Aunque tiene toda la luz del mundo
en los ojos, que miran impasibles,
y voz de eternidad en cada sílaba
que pronuncia. Mirad cómo se aleja
de nosotros, ¿los únicos?, ¿los buenos?
...,
se aleja sereno, sin decir nada,
dejándonos la ira en la garganta,
como el amargo, ¡ay!, mudo y amargo,
desesperado grito de Caín.”

 

23 de enero de 2016

Año de gracia para la Vida


Evangelio de Lucas 1, 1-4; 4, 14-21

Excelentísimo Teófilo: Muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han verificado entre nosotros, siguiendo las tradiciones transmitidas por los que primero fueron testigos oculares y luego predicadores de la palabra. Yo también, después de comprobarlo todo exactamente desde el principio, he resuelto escribírtelos por su orden, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido.
En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan. Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor.» Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a decirles: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.»

 

             Entonces el hombre bueno llamó a Gawain, y le dijo:
-Mucho tiempo ha pasado desde que fuiste hecho caballero, y desde entonces nunca serviste a tu Creador; y ahora eres un árbol tan viejo que no hay en ti hoja ni fruto; así que piensa que rendirás a Nuestro Señor la pura corteza, ya que el demonio tiene las hojas y el fruto.
                                           La muerte de Arturo, sir Thomas Malory
 
Hace unos días, cuando me enteré de que David Bowie había muerto, me dije: tengo que hacer un paréntesis en los comentarios del Evangelio y escribir sobre él… El blog Días de gracia puede así volver a sus raíces: cultura, música, arte… Cómo no escribir, continué diciéndome, sobre alguien que me influyó tanto de joven... Enseguida me di cuenta de que, si no veía el trasfondo de estos pensamientos ilusorios, sería un ego escribiendo sobre otro ego… Porque así me vi en mi reflexión: cómo voy a disfrutar con este post, recordando su música, su arte, esa sonrisa de dientes descolocados que tanto me gustaba… Días de gracia volverá a ser un blog de arte.
 
Quería hacer un paréntesis en los comentarios al Evangelio, justo cuando se nos llama a anunciar el Evangelio, la libertad, la luz…, el año de gracia del Señor. Dejar la Palabra de Vida por palabras que el viento se lleva, por el arte subjetivo y efímero...
 
Qué ingenua, Eugenia, qué ingenua… ¡No ves que ya es un blog sobre la Palabra y el Arte! Solo ahora es verdaderamente un blog de Escritura y Arte objetivo. Solo ahora vale la pena escribir en él porque habla del Arte verdadero, del único Artista… Como nos recordó don Roberto en una de sus últimas homilías: quien no recoge con Él, desparrama. Y ya he desparramado tanto… Recoger con Él, dedicarle lo poco que sé hacer: escribir, mirar, leer Su Palabra, compartir hallazgos en el camino de regreso a Casa.
 
Quería escribir sobre Bowie y sobre esos dieciocho meses de gracia que le fueron dados cuando conoció que tenía cáncer y los quiso dedicar a su obra… Y el Evangelio de hoy nos habla del Año de Gracia y de la Obra. Bowie tuvo año y medio para culminar su obra musical y despedirse, muchos de nosotros tenemos aún un largo tiempo de gracia. ¿Qué vamos hacer con él? ¿Desparramamos o recogemos?
 
A mí no me han diagnosticado un cáncer, pero siento desde hace tiempo que hay que ir recogiendo, cerrando, culminando… Resolver, limpiar, dejar un buen testimonio de nuestro paso por la vida. Puede que siga por aquí un buen puñado de años, tres, doce, cuarenta.. (nada, en la inmensidad del universo, una brizna de existencia), pero tengo la certeza de que ya hay que ir recogiendo, que "se acaba el recreo".

A veces pienso en las huellas materiales que dejaría si me fuera hoy… Conflictos sin resolver, peso, lastre, líos… Otras veces pienso en mis libros inacabados; tantos escritos inéditos que debería tal vez ordenar, concluir, seleccionar y corregir para que no sea trabajo perdido… ¿Soltar, como Bowie, mis últimas canciones-páginas y destruir el resto?
 

ultima-sesion-fotos-david-bowie-blackstar (1)

 
Miro los recortes de prensa que hablan sobre su muerte. Su última imagen: qué guapo aún, qué elegante, con ese paso al frente, aun sabiendo que se muere..., me dice la ingenua… Impostura en él, y en mí mirándole…, o, mejor dicho, postura, pose, gesto, pura virtualidad, como esas series de retratos con mínimas variantes que han aparecido en todos los periódicos. Con el rayo atravesando la cara, o con ademanes milimétricamente estudiados para conseguir un efecto. Tantas imágenes, su última imagen…
 
Y el pensamiento se me va a la imagen póstuma de otro hombre. Y qué hombre… La busco, la tengo en casa, enmarcada, siempre a la vista, para recordar cómo mira, cómo sonríe, cómo vive y cómo muere un hombre. Es Martín Martínez Pascual, un minuto antes de morir, fotografiado junto a los milicianos que le asesinaron, bendiciendo con la luz de sus ojos, demostrando que la muerte no existe para el que sabe vivir y morir.

 

Bowie necesitó 18 meses de esfuerzo para terminar una obra musical a los 69 años e irse. Martín Martínez Pascual apenas requirió un minuto ante unos verdugos ignorantes para culminar una Obra a los 26 años.
 ¿Qué quiero acabar yo? ¿Intento culminar una obra para el mundo, para seguir desparramando, o afronto de una vez la Obra que pocos emprenden y algunos acaban (muchos son los llamados y pocos los elegidos), y decido recoger con Él y solo con Él? Puede ser trabajo de años, recuerdo a Ana de Fanuel, a Simeón, a San Juan Evangelista, a tantos santos que llegaron a ancianos, o, como en el caso de Martín Martínez Pascual, o Dimas, el ladrón que “robó” el cielo con su humildad, pueda bastar una hora, un instante de gracia donde condonar tanta vida inútil, tanto desvarío, tanto desparrame como he ido acumulando. Ahora sé qué significa la palabra desparrame, des-parra-me, des-parra-mar. Que Dios me dé lucidez y tiempo de gracia, para comprender también y vivir lo que significa recoger, re-coger, re-coger con Él.
 
“Tan guapo y misterioso, Bowie…” ¿A quién le parece/parecía guapo? Ahora veo que era guapo y misterioso en lo lineal, lo cronológico, lo virtual, en el mundo del que no somos…. Lo mismo que su música, buena música, extraordinaria, en el mundo, en lo lineal, lo virtual, una música que solo alcanza la verdadera Belleza en los raros momentos en los que, probablemente sin saberlo, reconocía su verdadera esencia (algunos de ellos en www.diasdegracia.blogspot.com ), y ya no era lineal, cronológico, sino vertical, del que mira hacia arriba, del que busca en lo Alto su origen y su meta. Ni él sería consciente de estar dando rienda suelta a su anhelo de infinito. O acaso sí, acaso alguna vez lo fue a pesar de la pose, como en su estudiado Padrenuestro por su amigo Freddie Mercury. Porque lo primero que hice cuando supe que Bowie había muerto fue, como siempre que conozco la muerte de alguien, rezar un Padrenuestro, y le recordé arrodillado en el Estadio de Wembley.
 


                 
Mírame, estoy en el cielo, dice en Lazarus, una de sus últimas canciones… Ya te miro, David Jones. Te miro y te Veo, y tú te Ves por primera vez, libre de mechas y maquillaje, de poses y artificio, de gestos estudiados, ahora te ves a ti mismo, a cara y corazón descubierto; ahora lo comprendes todo. Qué pequeña te debe parecer tu obra a la luz de la eternidad, que insignificante tu vida, tu historia, como todas nuestras vidas e historias, ante la perspectiva de la eternidad…

David Jones ha muerto, viva David Bowie -me decía yo hace unos días- un post de música y arte, claro… Sé tanto sobre él…, me sé sus canciones, sus películas, su historia…, esto “me lo sé bien”…
 
Y lo Otro, ¿me lo sé? ¿Me sé lo Otro, lo Único?
 
Demostrar que me lo sé… Cuanto hay en el arte con minúsculas y en la vida con minúsculas de eso, de “sabérselo” y demostrarlo. ¿Qué me sé? ¿Quién se lo sabe? Nadie, nada…
 
Y recuerdo los versos de Gil de Biedma…
Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde,
como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.
 
Y vuelvo al Arte, a la Escritura, al año de gracia, al día de gracia que hoy, siempre es hoy, se nos concede… ¿Qué haremos? ¿Recoger o desparramar?

Y miro de nuevo esas dos últimas imágenes. La de Bowie y la de Martín, un modelo para los días de gracia que queden por vivir. El showman y el hombre. El hombre exterior, el virtual, el muerto, y el hombre interior, el real, el resucitado ya desde antes de morir.