1 de octubre de 2016

"Non nobis, Domine"


Evangelio de Lucas 17, 5-10

En aquel tiempo, los apóstoles le pidieron al Señor: “Auméntanos la fe”. El Señor contestó: “Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, y os obedecería. Suponed que un criado vuestro trabaja como labrador o como pastor; cuando vuelve del campo, ¿quién de vosotros le dice: “En seguida, ven y ponte a la mesa”? ¿No le diréis: “Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo; y después comerás y beberás tú”? ¿Tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: “Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer”.”


File:The Mulberry Tree by Vincent van Gogh.jpg
                                                La morera, Vincent van Gogh


Todas las virtudes pueden reducirse a la caridad o amor, porque la fe no es otra cosa que el amor que cree; y la esperanza, el amor que aguarda; y la paciencia, el amor que sufre; y la prudencia, el amor que reflexiona; y la justicia, el amor que da a cada uno lo que es suyo; y la fortaleza, el amor generoso y valiente que vence.
                                                                                              San Agustín


Nuestros conceptos crean ídolos, solo el “sobrecogimiento” presiente algo más de la realidad. 
                                                                                 San Gregorio Nacianceno


            Si tuvierais fe como un granito de mostaza… ¿Es que no la tenemos? Nosotros, que tan orgullosos estamos de nuestras creencias…
Ahí están dos de los obstáculos de la fe: el orgullo y las creencias. Una cosa es la fe, que hemos de encontrar a través del amor, como dice San Agustín, y nos dice la propia experiencia, y algo muy diferente, casi antagónico, las creencias.
Para amar y tener fe, amor que cree, hay que ser humilde, pues el orgulloso solo se ama a sí mismo. Por eso las creencias son propias de los soberbios, los que se bastan a sí mismos y confían en sus criterios, los ricos de espíritu, las “almas hinchadas” de las que habla la primera lectura (Hab 1, 2-3; 2, 2-4).

            La fe es un tesoro que no todos han encontrado o recibido, porque es un don; las creencias, en cambio, son puro lastre. Más vale perderlas para que, en el corazón libre y disponible, pueda echar raíces esa fe que es el fermento del reino de los cielos en la tierra. Los apóstoles piden a Jesús que les aumente la fe, porque ellos ya saben que la fe es un don.

La disponibilidad, el corazón abierto, el “vaso” vacío, preparado para recibir, nos hace merecedores de tal don. La “visión”, de la que también habla la segunda lectura (2 Tim 1,6-8.13-14), que abre, ablanda el corazón y lo dispone para amar y creer, se nos da en su momento; Dios sabe cuándo a cada uno; a veces hay que esperar mucho, otros, la reciben en seguida…

Somos siervos que hacen lo que tienen que hacer, sin exigir, solo dando, con paciencia y humildad. Si no reconocemos nuestra incapacidad, nuestra impotencia, no podemos adherirnos a Dios para, con Su poder, ser capaces de todo. Porque sin Él no somos nada ni podemos nada, mientras que con Él lo somos todo y podemos todo.

Dice San Juan de la Cruz: “Para que dos se unan, tiene que haber semejanza entre ellos y por eso, por ser Dios simple y puro, el alma tiene que volverse también simple y pura y no atada a ningún conocimiento particular.”                                     
Simpleza y pureza como las de Dios, para unirnos de tal modo que sea Él quien actúe en nosotros (Is 26, 12). La fe verdadera que trasciende las creencias pide ese salto valiente y confiado que nos sitúa en un nivel de consciencia superior. Nos desapropiamos, soltamos, saltamos al vacío por amor, y entonces llega la visión, y sabemos que Él es Dios (Salmo 46, 11) y vemos, reconocemos Su presencia en nosotros. Ya no hacen falta creencias, “cajoncitos” mentales, seguridades vanas, porque amando, viendo, creyendo, somos capaces de todo, pues es Cristo que vive y actúa en nosotros (Gál 2, 20).

Libres de conceptos, renacidos en el Silencio, podemos encontrarle y, cuando nos unimos a Él, comprendemos que el reino es perfecto, infinito e ilimitado y en Él todo es posible.
Se puede vivir ya en esa conciencia de armonía y plenitud, haciendo realidad el cielo en la tierra. Cuando vivimos, pensamos, sentimos y obramos así, podemos mover montañas o hacer que una morera nos obedezca. Aunque entonces no necesitaremos ni nos preocupará mover montañas o la obediencia de nada ni de nadie, porque habremos encontrado el manantial inagotable de donde fluyen la Vida y la libertad. ¿Quién necesita signos, símbolos o milagros cuando se ha unido con la Sustancia, la Esencia, lo Real? 

La separación es impotencia, debilidad, dispersión, disolución, mientras que la verdadera unión con Dios, abrirle el corazón para que habite en Él y permanezca, es fuente de poder, unidad, integración, armonía y plenitud. Esta es la fe del que ha alcanzado un nivel de entrega que le permite la intuición directa de lo Real. La mente y sus conceptos limitadores son superados, porque ya no se trata de pensar, sino de sentir, creer con el corazón, que es más que creer, es saber.
Y comprendemos cómo hemos de vivir: en armonía con el Espíritu, sin tensión ni agotamiento, en unidad con la Perfecta Sustancia o Fuente Creadora de la que ha surgido todo.

Si vivimos unidos a Dios, trascendemos los límites y realizamos la armonía, la verdad, las potencias que él depositó en nosotros y tanto hemos despreciado.
Allí donde ya somos reales y plenos, en Cristo, es donde hemos de encontrar la fuerza capaz de mover montañas, pero, a ese no-lugar infinito, solo se accede por el camino estrecho, por el ojo de aguja del desapego y la humildad. Para ser grandes, hemos de ser pequeños, para ser primeros y poder mirar el rostro de Dios, hemos de ser últimos, para ser herederos del Reino hemos de ser siervos que hacen lo que han de hacer.

La fe es la condición necesaria en todos los milagros de Jesús. A la única que no le pide una demostración de fe, es a la viuda de Naím; la misericordia de Jesús ante el dolor más desgarrado pasa por alto esa ausencia de “prueba”.
A muchos les incomoda pensar que Jesús hiciera realmente milagros. Son personas centradas en lo puramente intelectual, que solo creen lo que ven. Ni siquiera los descubrimientos de la física cuántica y saber que lo que vemos es un cuatro por ciento (o menos) de lo real, acaso menos, les hace apearse de ese razonamiento limitado y limitador.

Pero podemos acceder a niveles superiores de nosotros mismos, porque en nuestro interior está el cielo y la tierra. Desde esos niveles, la oración persistente realizada desde la más sincera humildad da resultado.

Quién reza en nosotros, cómo reza, desde dónde reza…, esas son las claves. La oración sincera, desnuda y humilde puede entrar en contacto con ese nivel superior de uno mismo que es capaz de conectar con Dios. Es ahí donde los últimos son primeros. Solo sintiendo el propio desvalimiento, la propia pequeñez, nos elevamos lo suficiente como para que Dios nos escuche. Mientras quede en nosotros una pequeña parte, por mínima que sea, de soberbia, de creer que podemos ser capaces de algo por nuestras propias fuerzas, la oración será tan inútil como la del fariseo que minusvaloraba al humilde y sincero publicano. Todo lo que es vanidad y presunción seca la fuente de los bienes que podemos conseguir con la oración

El pasaje de hoy tiene lugar después de ese otro en el que se nos cuenta el fracaso de los apóstoles al tratar de sanar al niño lunático (Lc 9, 38-43). No lo consiguieron por su falta fe, en cantidad y, sobre todo, en calidad. Porque la verdadera y profunda fe proviene de haber nacido de lo alto, ese segundo nacimiento que permite ver el reino de los cielos, con todas sus potencialidades, dentro de uno mismo.
Justo antes de la liberación del niño, había tenido lugar el episodio del Tabor. Han visto con sus propios ojos la gloria del Hijo de Dios y aun así no acaban de asimilarlo. Les falta la gracia inspiradora del Espíritu, que despierte sus potencias escondidas y les transforme en hombres valientes, capaces y libres. Solo después de Pentecostés serán realmente conscientes de ese hombre interior, espiritual, que Cristo despierta y conforma en cada uno, hombre nuevo, yo real que es capaz de hacer posible lo imposible.

Porque tener fe en Jesucristo es estar unido a Él. Crecer en fe consistiría entonces en mantenerse unido a Cristo y hacerlo todo en Su nombre. Pero, para hacer en Su nombre, no basta con pronunciarlo, es necesario sintonizar con Él, vibrar en Su misma “frecuencia”, alcanzar un nivel de ser que haga posible ese encuentro y esa unión en lo Real, no en lo conceptual. Hacia ahí nos dirigimos; y tenemos modelos fieles y eficaces: la Virgen María, San José, la cananea, el centurión…

Precisamente en el pasaje del centurión (Lc 7, 1-10) se muestran, para el que tiene oídos que oyen, todas estas claves: los niveles de seres humanos, los niveles en cada ser humano, la jerarquía que es transmutada e invertida por amor, la humildad, la confianza, el servicio.
            La palabra griega para designar “digno” significa “mismo nivel”. Se nos está hablando ya de esos niveles de comprensión y de servicio, de esa jerarquía dinámica y ordenada que existe dentro y fuera de nosotros. Es esa verticalidad conscientemente asumida la que nos hace conectar con los rangos superiores a los que humilde y voluntariamente nos sometemos, hasta llegar al mismo Jesucristo, que nos invitará al banquete donde lo imposible se hace posible y nos dirá: “Amigo, ven, sube más arriba”.
El centurión es consciente de no estar al nivel de Jesús y ese reconocimiento le une a Cristo y hace posible el milagro. Y Jesús lo señala como ejemplo inigualable de fe, porque el ser humano tiene que lograr, en primer lugar, someter las partes inferiores que hay en sí mismo, para después, integrado, dueño de sí, poder darse y someterse a una autoridad superior. Ese trabajo ya lo ha realizado el centurión y los que son como él.
Los milagros no buscan despertar la fe de los apóstoles. Jesús rehuía todo triunfalismo y la mejor prueba de ello fue su muerte en cruz, la más deshonrosa de la época.

Porque hay dos tipos o niveles de fe. El primero es lo que comúnmente se suele entender por fe, que no supera el nivel del entendimiento. La mente es capaz de concebir la existencia de Dios, de integrar esa creencia en la vida cotidiana, disertar sobre ella compartirla… Es a este nivel inferior de fe al que pueden llevar los signos y los milagros.
Y luego está otro nivel superior de fe, la profunda, la que Jesús quiere despertar en nosotros. Y esta no necesita evidencias sensibles, porque se instala en el nivel espiritual, donde somos capaces de intuir verdades superiores y experimentar sentimientos genuinos, más allá de lo puramente emocional.
Ahí se siente la presencia de Dios en el corazón, y la unión se hace efectiva. Ya no es la mente, el intelecto, el que cree, ni falta que hace, porque el conocimiento se hace existencial, viviente, sin los filtros de las creencias y los conceptos. Jesucristo viene al corazón, hace morada en él y todo se hace secundario ante el inmenso tesoro de vivir unido a Cristo (1 Jn 1, 3; 1 Cor 6, 17).

 No es algo estático sino un proceso dinámico, una relación continua que nos hace ir progresando, creciendo en fe, esto es, en amor, en unión e intimidad con Aquel que hace posible todo, y que ha abrazado al pobre siervo que somos, con un amor tan grande que lo ha transformado en Sí mismo.

Esa es la verdadera fe que mueve montañas vivir en comunión con Él. Ruysbroeck llamaba esta experiencia la “vida viviente”. Ninguna catequesis, ningún doctorado en teología, ninguna brillante carrera eclesial puede otorgar esta experiencia. Solo pueden ayudarnos: el amor que nace de un corazón que se ha vaciado de sí mismo, la pureza y la humildad de la renuncia consciente a la propia persona (persona, del griego, significa máscara), el  abandono verdadero y gozoso a esa Presencia que es la fuente de la que renacemos, capaces y libres, transformados.

Si la fe verdadera nace del verdadero amor, creciendo en amor, nuestra fe será aumentada sin límite. Libres del ego, que no puede creer porque no puede amar ni conocer, podemos ser llenados de Verdad y Vida, para que todo nos vaya siendo revelado.  
Porque fe, pistis, significa otro nivel, otra profundidad de pensamiento. Crecer en fe es pasar de una comprensión literal a otra más profunda y trascendente, que supera los límites del intelecto y permite conectar con lo no manifestado, la fuente que nos vivifica (Heb 11, 3).

Es la entrega a Cristo lo que nos permite unirnos a Él y que sea Él quien piense, sienta, haga en nosotros. Y cuando es Cristo quien vive en ti, en mí, somos capaces de hacer las obras que Él hizo e incluso mayores (Jn 14, 12). Pero lo importante no son las obras, los milagros, los imposibles realizados, sino la comunión con Aquel que nos guía hacia el Padre. Por eso nos declaramos siervos inútiles tras haber cumplido nuestro deber, porque nos miramos en el primer Siervo y no queremos otra cosa que ser como Él, almas ligeras, sin pasado, sin futuro, pura Vida que brota de Aquel que hace nuevas todas las cosas. Y lo vivimos con asombro y gratitud cada día, cada instante, compartiendo esta certeza, a veces en silencio, a veces con palabras que evocan la Palabra, como en  www.diasdegracia.blogspot.com .

Tener fe es cumplir, amar, Ser en lo Que Es. La santificación del momento presente, la oración continua, que tiene el poder de cambiar la realidad. Y hacemos nuestro el canto y el lema de los templarios (Non nobis, Domine), orden injustamente difamada, cuyo nombre original es Pobres Caballeros de Cristo y del Templo de Salomón. No eran herejes, sino pobres siervos, como hemos de ser todos, como la pequeña-gran Santa Teresita del Niño Jesús, cuya memoria honramos hoy. 



Non nobis, Domine
Himno inspirado por el Salmo 113:9 . San Bernardo de Claraval, primer padre espiritual de
la Orden de los Caballeros Templarios, se lo impuso como lema.


¡Oh tú que tanta información posees!
¡Tú que eres capaz de explicar tantos misterios!
¡Tú que has revelado tantos secretos!
¡Calla y escucha!
El silencio te pondrá a salvo de muchísimos errores.
Se te ha creado para un fin, ¿acaso no lo entiendes?
¡Despierta!, pues corres el riesgo de pastar entre los corderos.

                              Aforismo sufí


Toma el trigo, no la medida que lo contiene.
Bebe el vino, no la copa que lo esconde.
Imprégnate de la Sabiduría, no de las palabras que la envuelven.
¿Cuándo dejarás de adorar al recipiente?
¿Cuándo comenzarás a buscar el agua?

                                                                                                Aforismo sufí

17 de septiembre de 2016

"Lo que vale de veras". Hijos de la Luz


Evangelio de Lucas 16, 1-13

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Un hombre rico tenía un administrador y le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo: “¿Qué es eso que me cuentan de ti? Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas despedido”. El administrador se puso a echar sus cálculos: “¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me quita el empleo? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar, me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa”. Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo, y dijo al primero: “¿Cuánto debes a mi amo?” Este respondió: “Cien barriles de aceite”. Él le dijo: “Aquí está tu recibo: aprisa, siéntate y escribe“cincuenta”.” Luego dijo a otro: “Y tú, ¿cuánto debes?” Él contestó: “Cien fanegas de trigo”. Le dijo: “Aquí está tu recibo: escribe “ochenta”.” Y el amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que había procedido. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz. Y yo os digo: Ganaos amigos con el dinero injusto, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas. El que es de fiar en lo menudo, también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo, tampoco en lo importante es honrado. Si no fuisteis de fiar en el vil dinero, ¿quién os confiará lo que vale de veras? Si no fuisteis de fiar en lo ajeno, ¿lo vuestro quién os lo dará? Ningún siervo puede servir a dos amos: porque o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.


Tiziano Alegoría del Tiempo gobernado por la Prudencia


                                                 Alegoría de la Prudencia, Tiziano


A vosotros se os ha dado el misterio del reino de Dios; en cambio a los de fuera todo se les presenta en parábolas.
Mc 4, 11
           
Fijaos bien cómo andáis; no seáis insensatos, sino sensatos, aprovechando la ocasión, porque vienen días malos.
                                                                                              Ef, 5, 15-16

Abriré mi boca diciendo parábolas; anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo.
                                                                                              Sal 78, 2

Si el Evangelio es inagotable en sus niveles de profundidad, contemplar esta parábola, inquietante y reveladora, es un verdadero reto. Hasta el cardenal Cayetano, célebre por sus profundos y atinados comentarios sobre los textos de Santo Tomás, no tuvo reparo en decir que no se sentía capaz de explicarla, porque no la entendía. Cómo alardear nosotros de entenderla. Solo podemos asomarnos a ella una y otra vez, para ir asimilando lo que nuestro nivel de comprensión nos vaya permitiendo.

Las parábolas de Jesús son radicales, provocadoras y, a veces, como vemos hoy, hasta “políticamente incorrectas”. Y es que resulta imposible adentrarse en la Palabra de Dios con los parámetros de la lógica. No son la razón y la moral convencionales las que nos interpelan en los Evangelios. Estamos ante una Palabra viviente que se dirige a las partes superiores de nuestro Ser, y nos impulsa a elevarnos para poder entender. Por eso, no todos tienen oídos que oyen y ojos que ven. Y no nos congratulemos pensando que nosotros sí…; como todos, nosotros, a veces sí y a veces no, dependiendo del lugar, o mejor, del no-lugar, desde el que miremos y escuchemos, y de la elección que vayamos haciendo cada día, cada instante. Lo real o lo falso, Dios o los ídolos (englobados hoy, como otras veces en el dinero), la Verdad o nuestras falsas creencias, lo Inefable o nuestras vanas seguridades…

Si es Dios mismo Quien nos habla, es inútil escucharle como quien escucha a un ser humano. Intentar poner a Dios a nuestra altura es uno de los recursos que usamos para buscar asideros en el mundo. Pero cómo querer comprender lo insondable, si no nos atrevemos a sumergimos en Ello, sin miedo a ahogarnos o a estrellarnos.

No podemos sustituir el Misterio por una concisa explicación humana o por un accesible guión de moralidad. A veces nos resultará más fácil conectar con Él (porque Él se deja, no por nuestros méritos), otras veces, se mostrará como el Gran Interrogante.

            ¿Qué lección podemos sacar de una parábola tan llena de paradojas o de aparentes contradicciones? ¿Qué enseñanzas nos están siendo ofrecidas de este modo críptico, para que despertemos y despejemos los ojos capaces de ver y los oídos capaces de oír? Tantas que ni el mundo entero podría contener los libros que habría que escribir (Jn 21, 25). Pero podemos empezar a aproximarnos, con la humildad del que se sabe guiado y espera ser iluminado.

            Empecemos con el dualismo entre hijos del mundo e Hijos de la Luz, que nos llevará a observarnos a nosotros mismos para buscar una integración de esos niveles. De nuevo, de la dualidad, a la Unidad, a través de la conversión sincera que va precedida de una introspección valiente e implacable.

No está en mi ánimo subestimar la moral, que es la base de muchas de las explicaciones que se dan sobre esta y otras parábolas, sino alertar sobre la diferencia entre la simple moral y lo Absoluto, lo Ilimitado, lo Inaprensible, lo totalmente Otro; entre lo mensurable y lo Inconmensurable; entre la justicia exterior y la Ley de Dios, grabada en nuestros corazones, ese Reino de los Cielos en ti y en mí, que se asienta en la Verdad, inabarcable y eterna.

Las parábolas en los Evangelios son Revelación, por eso muestran y esconden, velan y revelan. Además, son siempre contundentes y contenidas: no falta ni sobra nada. Y pocas parábolas tan mal asimiladas como esta que contemplamos hoy, reducida a veces a una simplificación maniquea.

En una sociedad como la nuestra, en la que la ley ampara las mayores tropelías, somos aún capaces de creernos del grupo de los buenos, los morales, los justos. Pero, como solemos recordar, todas las páginas del Evangelio están dirigidas a cada uno de nosotros, nos retratan, nos exigen una vigilancia constante para ver nuestras miserias y las trampas y obstáculos exteriores e interiores que nos impiden seguir fielmente a Jesucristo.

Cuando leemos esta parábola y tantas otras, de entrada, suele saltar el mecanismo que nos impide vernos reflejados en los personajes infieles, traidores, cobardes… Y nos perdemos la esencia del mensaje y su eficacia. Si nos decimos: “Yo nunca haría eso, jamás”, es que conocemos poco la condición humana y nos conocemos poco a nosotros mismos. El ser humano es capaz de lo mejor y de lo peor (lo vemos en  www.diasdegracia.blogspot.com ). Se trata de empezar a optar constantemente por lo mejor, porque, aunque el día está de caída, aún tenemos luz.

            Podemos seguir ahondando, fijándonos en el concepto de astucia, que puede ser malintencionada o también una defensa. Astucia sin doblez ni perversión, que tiene que ver con el sentido común y la prudencia.
Conociendo nuestra naturaleza errática y la debilidad propia del estado de seres dormidos, necesitamos ponernos bajo la influencia del Reino de los Hijos de la Luz, para dar un salto en conciencia y libertad. Es lo que hemos de hacer constantemente. Sabemos que estamos en el mundo aunque no somos del mundo; por eso el mundo nos puede atrapar y sacar del camino que conduce a la Meta.
¿Es injusticia, o justicia? ¿Fidelidad o infidelidad? Lo que se alaba en la parábola es la voluntad del mayordomo de salvarse, de salir como sea del atolladero al que le han llevado sus errores, desplegando las estrategias que le inspira la sagacidad que suele surgir en los momentos críticos. Nos lleva a preguntarnos si realmente estamos poniendo todo nuestro ser en lo que importa, “lo que vale de veras”. Cuánto interés pone el mayordomo desesperado, y qué poco solemos poner nosotros en lo esencial, adormecidos por la rutina y las comodidades.

El mayordomo de la parábola, cuando espabila y diseña su estrategia, no está actuando como hijo de la luz, sino como hijo de este mundo, pero está, además, construyendo un puente que le va a permitir, como intuimos por la alabanza de su señor, empezar a actuar como hijo de la luz. Parece que va a estar dispuesto a dar el salto que permite dejar de idolatrar los bienes del mundo y servirlos, para, en giro metanoico radical, servirse de ellos para compartir, para el Bien. Y un día, esa dimensión (del mundo, de lo menudo bien cuidado, con fidelidad y diligencia), una vez elevada y trascendida, será la que lo convierta en hijo de la luz, digno de las moradas eternas. Porque el mayordomo, en su plan desesperado, ya no está sirviendo al dinero, sino sirviéndose de él, para salir adelante. 

El Evangelio va siempre mucho más lejos y más hondo de lo que pensamos. Y el mensaje de Jesús no es unívoco, aunque es Uno, porque está lleno de matices y su riqueza de significados es infinita, pues Dios quiere ser todo en todos. ¿Es entonces infiel o es fiel? En la versión griega se le califica como phronimos, que significa prudente y mucho más: diligente, capaz de discernir, despierto, rápido, inteligente. Como las cinco vírgenes prudentes, calificadas como phronimoi. Así llama Mateo al siervo fiel y diligente que se mantiene despierto, esperando a su señor, y también al hombre que edifica sobre roca.

No podemos ser fieles en lo importante, lo del Reino, si no sabemos serlo antes en lo menudo. El mayordomo ha sido fiel y diligente en lo poco, lo material. Él ha despertado en una situación crítica y es capaz de encontrar una solución rápida y eficaz según los parámetros del mundo, pero, si ahondamos más, vemos que también según los parámetros del Reino, porque, en el fondo de la parábola, subyace la idea de perdón (no en vano pertenece al grupo de las parábolas de la Misericordia). Él condona parte de la deuda y no para su beneficio, su enriquecimiento personal, sino por un bien superior, que es sobrevivir, salir adelante, aprovechar esa oportunidad que se le presenta, y, aquí está la clave, perdonando, condonando, redimiendo deuda. Ya no está sirviendo a Mammón y sus cómplices, entre los que está el dinero injusto, los está utilizando, se está sirviendo de ellos.

Si damos otra vuelta de tuerca, en realidad toma sobre sí esa parte redimida de la deuda. Observemos que la deuda es "cien", en los dos ejemplos presentados, número de totalidad. En la audacia que le confiere su angustiosa situación, se hace responsable de esa deuda, se carga a las espaldas esa parte condonada. Pero lo más importante es que decide, actúa, realiza, transforma con agilidad una situación en otra. Aprende y crece en ingenio, en capacidad actuar y de discernir. Y es muy posible que lo aprendido con sudor, angustia, acaso lágrimas, le sirva en lo sucesivo para lo menudo y para lo importante, para lo inferior y lo superior, para el mundo y para el Reino. 

Por eso es alabado. Ha andado despierto y diligente para salir del atolladero. Esa diligencia es la que hemos de tener, no solo en lo del mundo, sino, sobre todo, en lo que vale de veras.

Se trata, al fin y al cabo, de escoger si queremos trabajar y vivir para lo ilusorio y efímero, o para lo esencial, lo verdadero. En el mundo estamos muchas veces, por no decir casi siempre, dormidos, alienados, a merced de la inercia y las vanidades. Nos encadenamos voluntariamente a lo material, lo transitorio, y perdemos de vista lo que vale de veras, lo eterno. Buscamos necesidades absurdas porque hemos creado una escala de valores diabólica que nos impide vivir como los hijos de la luz que estamos llamados a ser. Si fuéramos valientes y nos observáramos con sinceridad, veríamos cuántas veces escogemos las sombras y servir a los falsos señores de la mentira y la muerte (siempre el mismo falso señor, con diferentes máscaras). Traicionamos nuestro destino y nuestra verdad interior, y luego nos engañamos a nosotros mismos para poder soportar esa traición que nos condena. Porque es uno el que escoge ser de los elegidos, y es uno también el que se condena. He ahí el doble filo del maravilloso libre albedrío con el que el Señor nos hizo las criaturas más dignas.

En el mundo es habitual la mentira, el robo, casi siempre camuflado, la traición, un puro engranaje de estafa moral y material, de mentira continuada a uno mismo y a los demás. Es Mammón (Mem-Mem-Noun, el reino material corrupto, de entropía y disolución), que con su locura, ceguera y egoísmo, temeroso de perder su efímero poder, quiere someternos y encadenarnos a su espiral de falsedades. Qué poco nos resistimos...; preferimos quedarnos en Egipto, la tierra de tinieblas y de muerte, y olvidar que hay una tierra que nos fue prometida, donde vivir libres y felices, sin esclavitud ni idolatría

La astucia diabólica va diseñando sus pruebas, adaptándolas  al nivel de ser y de comprensión espiritual de cada uno. Pero esa astucia de iniquidad puede ser vencida por la fuerza de la verdadera inteligencia, la que conecta con el corazón.

Aprendamos a vivir en el mundo sin ser del mundo, discretos, astutos como serpientes y mansos como palomas. Que nada de este mundo ciego y efímero nos seduzca, nos atrape, nos haga perder de vista al único Señor.

Procuremos vivir en la Verdad continuamente. Porque muchos son los llamados y pocos los elegidos, y decidir ser de los elegidos, elegirse, exige un continuado trabajo personal. Si no fuera por la gracia, resultaría imposible esa conquista de la libertad y autenticidad interiores que luego han de manifestarse en lo exterior. Porque Mammón no solo reina en lo que concierne al dinero, sino en todo ese mundo ilusorio que hemos creado con tantos ídolos que nos roban el corazón y la conciencia. Si nos inclinamos hacia él y toda su colección de ídolos vanos y quebradizos estamos renegando del único Señor (Mt 6, 24). Pero, como dice Teófano el Recluso, en preciosa paradoja, la gracia solo actúa si nos esforzamos en obtenerla.

Lo difícil es discernir cuando los límites entre lo lícito y lo ilícito, lo justo y lo injusto han sido derruidos. Basta abrir un periódico o escuchar las noticias para comprobar cómo servimos a Mammón con el beneplácito de las instituciones y colectivos.

Cómo ponernos la medalla de hijos de la luz o, por el contrario, cómo juzgar a los que sirven al mundo y sus idolatrías, si luz y sombra, justicia y villanía, se mezclan en nosotros, en diferentes medidas según quién, cuándo y cómo. “Entre lobos, aullar como lobos”, dice Gurdjieff, es decir, interpretar a veces personajes necesarios, pero sin creérnoslo. También distingue entre esencia y personalidad: la personalidad sería la máscara, la esencia, la dimensión auténtica, lo que somos y hemos de alimentar para que se desarrolle.

Es por eso mucho más que escoger entre Dios y el dinero, concepto que engloba todas las idolatrías. Se trata de escoger entre Dios y lo que no es Dios, entre el Ser y lo irreal, entre la Verdad y la mentira. Sombra y luz, bien y mal, codicia y generosidad que conviven en cada uno. Así contemplada, esta parábola nos da un empujón hacia la Unidad, porque, solo integrando en nosotros esos binomios entre los que discurre nuestra vida, podemos ser verdaderos hijos de la luz, ser verdaderos, Ser.

Pero es una elección continua. Cada día, cada hora, cada instante, hemos de optar entre vivir despiertos o dormidos, entre vivir para lo Real o para lo falso, para Dios o para el mundo. Una opción continua y radical, para la que hace falta ser valiente y también resistente, ya que es una carrera de fondo. Siempre espabilando, actuando, recuperando el tiempo perdido.

Cuando uno ha derrochado durante años la fortuna que puso en sus manos el Señor, y siente que ha cometido el peor robo posible, que es pretender robar al Creador, puede resignarse a su suerte y dar todo por perdido, o puede, con un arranque desesperado de astucia y sagacidad legítimas, apresurarse a ganar amigos para las moradas eternas utilizando, si es preciso, ese pasado de derroche y falsedad. Porque, igual que el mayordomo, infiel o fiel, estafador o diligente, está en uno mismo, los amigos para el Reino también. Así que: vamos, aprisa, antes de que el Señor venga (que siempre viene, que siempre está y sonríe ante nuestra ingenua osadía), hagamos lo que sea por no perder la oportunidad de vivir, porque, si por nuestra iniquidad y despilfarro de lo que vale de veras, merecemos ser "despedidos", el anhelo de la Vida y la prontitud en recuperar lo perdido como sea nos reconciliará con el Señor y en su abrazo descubriremos que nuestras "trampas" son la sombra de nuestro coraje, nuestra falsedad un pálido reflejo de la Verdad que Él sembró en nosotros antes de todos los tiempos. 

Podemos hacer con el pasado turbio y errático un puente que sirva de atajo o un trampolín hacia el Reino. Porque, ¿quién podría en nuestro estado llegar a la Meta sin atajo o trampolín…? ¡Nos los está brindando el Mismo que nos cuenta la parábola! Hablaba en parábolas para todos, y de un modo más directo a sus discípulos más fieles y cercanos. Optemos por Él cada día, hasta que no haga falta seguir escogiendo, porque nuestra unión sea indisoluble y nuestra decisión irrevocable. Entonces no harán falta más parábolas, porque nos explicará todo directamente, en el silencio espacioso y profundo de nuestro corazón, donde habrá hecho su morada.

Reconocer que, sumergidos en la temporalidad, hemos dilapidado la cuantiosa fortuna que puso en nuestras manos el Señor, nos lleva a una situación crítica. Algunos se rinden al desastre. Otros sienten el desgarro que inicia la conversión y se las ingenian para compensar de algún modo el único verdadero fracaso. Porque todo es remediable menos perder la Vida, despreciar la eternidad, exiliarse voluntariamente del Reino.

No olvidemos que también Mammón y sus secuaces están en nuestro interior, agazapados. Es dentro de uno mismo donde se libran las batallas por la Verdad y donde se realizan los negocios que nos permiten ganar las morada eternas. 

Seguiremos contemplando esta parábola, como las otras, porque la Enseñanza de Jesucristo es un diamante con infinitas caras o facetas. Hoy podemos ver una, mañana otra. Lo importante es que todas dejan pasar la Luz.



                                                         Te alabamos, Dios

16 de julio de 2016

"¡Qué hermosa es mi heredad!"(Sal 16, 6)


Evangelio de Lucas 10, 38-42

En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Y Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio; hasta que se paró y dijo: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano”. Pero el Señor le contestó: “Marta, Marta: andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; solo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor y no se la quitarán”.


                       Jesús en casa de Marta y María, Vermeer


Cuántas lecturas es posible realizar de cada escena de los Evangelios; y no se descartan unas a otras; se superponen armoniosamente, como las imágenes de un caleidoscopio al girarlo. Como siempre que nos asomamos a la profundidad de la Palabra del Señor, podemos situarnos en ese “espacio” atemporal donde lo que sucedió sigue sucediendo, y pedir a los personajes que nos dejen entrar y vivir junto a ellos esos acontecimientos históricos y alegóricos, simbólicos y reales a la vez, que nos abren las puertas de la libertad. Entremos de nuevo, mirémonos en ellos, seamos ellos, hasta sentir sus sentimientos, pensar sus pensamientos y pronunciar sus palabras.

La “parte mejor” que ensalza Jesús es mucho más que la capacidad de escuchar, orar o contemplar. Es el nivel de ser que permite saber que Jesucristo es la Resurrección y la Vida. Por eso será Marta la destinada a reconocerlo un poco más adelante, cuando Jesús se disponga a resucitar a Lázaro (Jn 11, 25-27).
María ya lo sabe en el fondo de su corazón, donde reside el verdadero conocimiento. Su actitud de escucha y entrega, de acogida total, es fruto de un amor sin medida, y el amor todo lo puede. Creer salva; pero el que ama cree con una certeza que está más allá de la fe, pues, como dice San Pablo, el amor es más excelente que la fe y que la esperanza (1 Cor 13, 13), porque es lo que perdurará cuando se hayan cumplido las promesas de la fe y de la esperanza. Por eso María, y la parte de nosotros que haya llegado al nivel de María, tiene la fe ya integrada, encarnada, trascendida.

Lo que nos enseña este pasaje es más profundo que el viejo debate "contemplación–acción" y que la síntesis conciliadora ora et labora. Esa “María” que hemos de ser es ofrenda desinteresada de sí misma y receptividad plena; un estado de conciencia, un nivel de ser que supera la dicotomía sobre actividad o inactividad. Quien lo ha alcanzado, siempre por la gracia de Dios, que es Quien elige y ama primero, puede hacer muchas cosas, incluso apresuradamente, como Abrahán en la primera Lectura de hoy, realmente trepidante (Génesis 18, 1-10a), sin dejarse atrapar por las preocupaciones ni “desangrarse” interiormente, sino, al contrario, dando fruto, creciendo, generando vida.
La “mejor parte”, más que contemplar, supone haber recibido el don más preciado: poder vivir en la Presencia del Señor, hacer del corazón Su morada para experimentar la Comunión con Él. Esa es la herencia inmejorable, el lote delicioso que mencionan los salmos (Sal 16,5-6; Sal 119,57).

Meister Eckhart considera que Marta ha alcanzado una madurez espiritual superior a la de su hermana María. En el sermón llamado “Marta y María”, ofrece una visión sobre la experiencia mística y la vida cotidiana. Dice que a María, en plena experiencia espiritual, aún no le es posible acción alguna, debe limitarse a la contemplación de lo que le está siendo revelado. Marta, en cambio, ya ha experimentado lo que vive María en ese momento, y lamenta su inactividad. Jesús estaría, en esta interpretación, pidiendo a Marta que comprenda y respete el momento de María, porque aún le queda el aprendizaje que ella ya ha obtenido: la contemplación llevada a la vida cotidiana.
Según Meister Eckhart, Marta habría llegado a esa plenitud de la vida espiritual que hace posible que cada instante, cada actividad, cada gesto, cada palabra o cada silencio sean oración viviente.

En mi humilde opinión, no se trata de descubrir cuál de las hermanas de Lázaro es más madura espiritualmente, porque las dos están ayudándonos a comprender, integrar y vivir el mensaje de Jesucristo. Creo que, si el Evangelio quisiera ensalzar la actitud de Marta frente a la de María en esta escena, no habría presentado a una Marta que se queja, ni Jesús hubiera calificado su actitud como “inquieta y nerviosa”.
            Será dentro de poco cuando, con el corazón desgarrado por la muerte de su hermano, Marta experimente el vértigo incomparable de reconocer a Jesucristo como el Hijo de Dios, el Salvador, y, rendidas ya las armas inútiles de la inquietud y la productividad, del falso control y la preocupación, se entregue plenamente, como María. 

El afanarse de acá para allá sin mantener la Presencia, la Comunión con el Señor que permite una actividad consciente y libre, es un actuar limitado y poco eficaz, esclavo del juicio, sometido a una mente discriminadora y estéril.
La verdadera contemplación cristiana, que, más que contemplar es dejarse contemplar, no se expresa en la pasividad, sino en acción fértil en las dimensiones de lo verdadero. Hay que disminuir el peso de la actividad en este mundo en el que estamos pero del que no somos (Jn 17, 16), para potenciar esa otra actividad que es contemplación, oración pura, fusión con lo Real. Evitando las falacias del “quietismo”, claro, porque en el fondo no se trata de hacer mucho o poco. Se puede correr y hacer una cosa tras otra, incluso simultáneamente, como Abrahán, y seguir manteniendo una actitud contemplativa, serena y libre. Y también se puede permanecer sentado, en aparente calma, y estar sometido a un maremágnum de pensamientos y emociones que impiden ser consciente de la propia existencia y, por tanto, impiden Ser.
            Porque esa es la clave del verdadero contemplativo: ha logrado ser dueño de sí mismo y por eso puede darse y también por eso puede hacer, pues lleva dentro el fuego que enciende la oración perfecta y la acción fructífera que de ella nace.

La enseñanza de este pasaje va, por tanto, más allá de escoger entre acción y contemplación y va también más allá de proponer una actitud integradora de ambas. Como tantas veces, las palabras se quedan cortas… Sería más bien hacer mirando o, mejor, mirar haciendo, pero con un “hacer” que nace del ser y este a su vez de ese reconocimiento del Camino, Verdad y Vida, que María ya tiene y Marta tendrá. La mejor parte sería esa capacidad de vivir en la Presencia, tanto en la acción como en la quietud, que comunica con las dimensiones más reales de nuestro ser, las que no están destinadas a desaparecer. Cuando el intelecto no llega, la poesía, la música, el arte pueden ayudar pues pasan por los centros sutiles de nuestro ser, tan adormecidos casi siempre por los afanes del mundo (  www.diasdegracia.blogspot.com ).

Intuyo que los ángeles y todos los miembros de la Iglesia Triunfante poseen una capacidad de acción inimaginable para los que seguimos en la “gran tribulación” (Ap 7, 14); pero no tendrá nada que ver con lo que entendemos por actividad en el mundo, casi siempre un activismo estéril y alienante. Podemos –debemos– aprender a actuar ya así, o al menos intentarlo, recordando que con Dios todo es posible y el que se une a Dios ha escogido la mejor parte, y puede hacer o no hacer, porque ya ha realizado el acto esencial, que es la entrega confiada a la voluntad del Señor, en Quien todo está hecho, todo se tiene, todo se siente, todo se cumple.
            Como dice San Juan Clímaco: “No hay arma más potente en la tierra y en los cielos que la oración. Es el acto más digno del espíritu.” No en vano, Jesús dijo a los apóstoles que cierta especie de demonios, la más recalcitrante, solo se vence con la oración (Mc 9, 29).



           Poema Nada te turbe, de Santa Teresa de Jesús. Comunidad de Taizé


“REPOSAR EN LA ACCIÓN ES LA VÍA DE LA SANTIDAD”

Que el pecado se acompaña de tumulto, y en el silencio está la humildad y la sabiduría del que busca una sola cosa. Aquella visión me enseñó a la bestia, pero también el camino de su derrota, que no es otro que la transformación de bestia en hombre y de hombre en ser angélico. Esta es la peregrinación del alma, el camino del ser angélico, la transformación que nos conduzca a la contemplación de Dios. Este era el milagro, que el lodo une a Dios con el hombre; que el corazón es el reino, el corazón es el templo, el corazón es un sepulcro viviente. El fruto es la belleza, una rosa mística que crece aquí y ahora y siempre, rodeada de espinas, sangrando sin marchitarse en las penas. El amor debe ser la senda y el epitafio, la llave para saber que nada es imperfecto, que una rana es tan bella como un ángel. Desde mi ordenación como sacerdote jesuita, mi vida se ha basado en la búsqueda contemplativa de Dios; reposar en la acción es la vía de la santidad. Me dediqué a escribir obras para educar en la fe, pero de todas las poesías de mi alma iluminada, me quedo con las ideas que tuvo mi corazón en su viaje hacia Dios, un viaje que toda alma debería hacer.

            Angelus Silesius

9 de julio de 2016

Amor perfecto


Evangelio de Lucas 10, 25-37

En aquel tiempo, se presentó un maestro de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?” Él le dijo: “¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?” Él contestó: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo”. Él le dijo: “Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida.” Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?” Jesús dijo: “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba él y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: “Cuida de él y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta.” ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?” Él contestó: “El que practicó la misericordia con él”. Jesús le dijo: “Anda, haz tú lo mismo”.


  
                                       El Buen Samaritano, Eugene Delacroix


La mejor manera de descubrir si tenemos el amor de Dios es ver si amamos a nuestro prójimo.
                                                                                              Santa Teresa de Jesús


¿Qué es un corazón compasivo? Es un corazón que arde por toda la creación, por todos los hombres, por los pájaros, por las bestias, por los demonios, por toda criatura. Tan intensa y violenta es su compasión, tan grande es su constancia, que su corazón se encoge y no puede soportar oír o presenciar el más mínimo daño o tristeza en el seno de la creación.
San Isaac el Sirio


Qué riqueza de símbolos y metáforas despliega Jesucristo en esta parábola. No me detengo en lo que se viene repitiendo desde los primeros Padres de la Iglesia: el Buen Samaritano es Jesús; el herido, la humanidad caída; el vino y el aceite, los sacramentos; la posada, la Iglesia; el posadero, los miembros de la Iglesia; los dos denarios, el Antiguo y el Nuevo Testamento; el día siguiente, la Resurrección; el regreso, la Parusía.

El Buen Samaritano no solo hace todo lo posible en el momento, con ternura y atención, con infinita misericordia, amando al otro como a sí mismo, sino que se compromete a seguir procurando los cuidados necesarios. Él paga siempre por anticipado, ama por anticipado, vela y preserva por anticipado.

Medio muertos al borde del camino, heridos, vapuleados, desangrándonos, estamos todos antes del encuentro con Jesucristo. Algunos conscientemente,  otros por inmadurez o ignorancia, casi todos volvimos a bajar de Jerusalén, a Jericó, de la luz, a la oscuridad, de la Ciudad celeste, al mundo, de la gracia, al pecado. ¿Cómo no caer en manos de bandidos? ¡Qué descenso tan largo y qué profundo a veces! Ya lo decía San Agustín: Toda la humanidad yace herida en el borde del camino en la persona de ese hombre, a quien el diablo y sus ángeles han despojado.

Pero Él vino a nuestro encuentro; no podíamos volver a subir solos, nadie puede por sí mismo. Es Él quien ha bajado en nuestra busca, para levantarnos y salvarnos la vida. No se limita a ejercer la caridad por compasión; la misericordia divina llega mucho más lejos que la compasión que proclaman todas las religiones y tradiciones. Él no solo se compadece, le duelen hasta las entrañas al vernos tan maltrechos, y por eso nos ofrece la curación total; porque Él no es otro mediador, sino el Hijo, el mismo Dios encarnado.

No nos ensañemos con el levita y el sacerdote; recordemos todas las ocasiones en que nos comportamos como ellos. A fin de cuentas, están cumpliendo la ley sobre la pureza de la religiosidad judía, dan un rodeo y pasan de largo. ¿A qué leyes o preceptos obedecemos nosotros? ¿Seguimos adaptándolos a nuestra conveniencia? ¿Somos fieles al Mandamiento del Amor que instituyó Jesucristo? ¿O solo alardeamos de conocerlo, y, en la práctica, nos limitamos a otros cumplimientos más cómodos y llevaderos? Más mezquinos al final, cumplimiento, cumplo y miento, alertaba San Josemaría. 

El ejemplo que nos pone Jesús, el Buen Samaritano, la metáfora de Sí mismo, es natural de Samaria, miembro, por tanto, de un pueblo de herejes, ancestralmente enfrentado con los judíos. Qué audaces tus lecciones, Señor, cuándo las asimilaremos en su plenitud transformadora…

Ama y haz lo que quieras, decía San Agustín, no como rebeldía o provocación, sino porque en el amor a Dios y al prójimo se sostienen toda la ley y los profetas (Mt 22, 40). El amor es más fuerte que el miedo y la muerte, más que las leyes y los dogmas, más fuerte que todo. Las normas, reglamentos, prohibiciones..., son necesarios para los que no han llegado, todavía, al amor y se rigen por la frialdad de la ley, la amenaza y el temor. Los que han dado el gran salto están en la plenitud de la ley (Rom. 13, 10) y viven libres, confiados en Dios, abiertos al mandamiento del amor, que contiene y sostiene todo y a todos. En ese amor esencial que brota del alma del verdadero discípulo, que se reconoce amado y se reconoce como amor, encontramos el terreno fértil para el entendimiento, la armonía y la unidad.


                                             El Buen Samaritano, Pelegrín Clavé


No se puede amar a Dios sin amar a los demás. Del mismo modo que no se puede amar a los hermanos con un verdadero amor, más allá de los afectos sensibles, sin amar la fuente misma del amor, sin haber reconocido esa fuente en nosotros. Porque el Amor con que Dios nos ama y nos enseña a amar es un abrazo total, incondicionado, como el del Buen Samaritano. No se trata solo de sentir, sino, sobre todo, de expresar, encarnar, crear realidades de amor, como huellas firmes y seguras en el camino hacia la Vida. Si no se manifiesta en obras, la ley se queda en letra muerta, como le sucede al maestro de la ley que pregunta a Jesús con segundas y malévolas intenciones. No se da cuenta de que Jesús es el único Maestro de la Ley verdadera, la del Amor.

Ahí es donde debemos dirigir todas nuestras prácticas y esfuerzos, a aprender a amar, a encarnar en nuestras vidas la misericordia de Jesucristo, su amor universal e incondicionado. Esa es la esencia del camino del cristiano. 

Para detenerse ante un herido y socorrerle, hace falta compasión; pero, para curarle con tanta dedicación, llevarle a la posada y afrontar todos los gastos habidos y por haber, no basta con la limitada compasión humana, hace falta misericordia divina. Solos no podríamos alcanzar ese grado de amor; si Jesús nos dice: “anda haz lo mismo” es porque nos va a dar lo necesario para amar como Él. De hecho nos está enseñando constantemente con Sus propias palabras. Porque, como dice Klaus Berger, El Evangelio consiste en una única exhortación: dejad que el corazón se os derrita al sol de Dios. No somos capaces de amar sin condiciones ni reservas, a no ser que pongamos nuestro corazón bajo el sol de Dios, fuente del verdadero amor, infinito e incondicional. En  www.diasdegracia.blogspot.com  vemos cómo se derrite el corazón en amor por tanto Amor.

Porque el amor de Jesucristo es muy diferente de nuestra habitual benevolencia. La caridad a que nos llama no es la beneficencia ni la filantropía, siempre limitadas por la prudencia y la razonabilidad humanas. La caridad de Jesucristo es locura de amor. Él ve la imagen de Dios en cada uno de nosotros, heridos, vapuleados, terriblemente castigados por la vida, por el mundo y, tantas veces, por nosotros mismos. El amor con que Jesucristo nos ve, Su divina misericordia va mucho más allá de lo que se entiende por compasión. Es infinitamente más profundo que ser buenos a la manera del mundo; Él nos ve a la luz de Dios y nos invita a mirar así. Si lo logramos, nuestra mirada será tan amplia que abarcará el universo y no amaremos solo a aquellos que tenemos cerca sino que sentiremos amor universal, sin ningún tipo de exclusión ni condición. Dice San Máximo: Feliz el hombre que puede amar a todos los hombres del mismo modo.

Es el amor que ha creado el mundo, la fuente de todo bien, de toda belleza y que como dice Dante, mueve el sol y las estrellas. Pero, ¿quién ha logrado ya amar así siempre? ¿Quién ha alcanzado ese amor perfecto? Responde el Tao Te King: Un hombre, tal vez, en muchos miles. Para los que aún nos contamos entre esos miles, hay un recurso útil. Cuando nos cueste, cuando nos superen las emociones que se contraponen al amor: hacer como si ya lo hubiéramos logrado; mirar, hablar, escuchar, actuar como si ya ardiera en el corazón el fuego de ese amor divino. Entonces, un día, la perseverancia y la rectitud de intención darán fruto, y, cuando menos lo esperemos, sin proponérnoslo ya, nos sorprenderemos a nosotros mismos mirando al hermano con los ojos de Cristo, tratando al hermano con los gestos de Cristo, amando al hermano con el corazón de Cristo.

Y es que en el fondo solo se puede amar permaneciendo en Su amor y viendo al otro en Su amor. En Él vivimos, nos movemos y existimos (Hch 17, 28), y fuera de Él solo hay un sucedáneo de vida y sucedáneos de amor: afectos sensibles, emotividad o, en el peor de los casos, sensiblería, posesividad, cosificación del otro, cuando a lo que estamos llamados es a amar como Él.



                                        Nadie te ama como Yo, Martín Valverde

2 de julio de 2016

La razón de nuestra alegría


Evangelio de Lucas 10, 1-12.17-20

En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante de él, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía: “La mies es abundante y los obreros pocos: rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os mando como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino. Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que os pongan: porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa. Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: “Está cerca de vosotros el reino de Dios”. Cuando entréis en un pueblo y no os reciban, salid a la plaza y decid: “Hasta el polvo de vuestro pueblo, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros. De todos modos, sabed que está cerca el reino de Dios”. Os digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para ese pueblo”. Los setenta y dos volvieron muy contentos y le dijeron: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre”. El les contestó: “Veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo, y nada os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo”.

                                                   Del blog Lectio divina.

Nada es gratuito o casual en esta obra de arte sagrada que son los Evangelios, en los que siempre encontramos nuevos niveles de profundidad e innumerables símbolos y significados.
La cifra de setenta y dos nos remite al número de naciones gentiles del Génesis. Setenta y dos es múltiplo de doce, el número de los apóstoles, el de las tribus de Israel y el número de tribus que ha de ser restablecido al final de los tiempos (Rollo del templo de la cueva 11 de Qumrán).
Doce es número de perfección y setenta y dos es seis veces doce...; se me ocurre que algo le “falta” a esta misión para significar totalidad, plenitud, perfección. Le “faltaría”, en el terreno de lo simbólico, una séptima docena, pues siete es también número de perfección. Me atrevo a decir que nosotros somos esa docena: los nuevos doce apóstoles que se renuevan generación tras generación, en una Misión que ya es completa, porque, después de la resurrección de Jesucristo, el envío se universaliza, como vemos en Mc 16, 15 o Mt 28, 19.
También nosotros somos enviados “de dos en dos”, porque la comunidad es un tesoro, y si vamos de uno en uno corremos el riesgo de perdernos o desviarnos.

La misión que Jesús encomienda a los apóstoles en la escena que hoy contemplamos es aún limitada, con una serie de instrucciones muy concretas, como también vemos en Mt 10, 5-15.
¿Por qué les da un reglamento tan detallado, con tantas normas y precauciones en este momento? Porque no ha tenido lugar Su pasión, muerte y resurrección. Aún no está todo cumplido (Jn 19, 30) ni Jesús ha sido glorificado todavía.
            Antes de esa glorificación, los discípulos anunciaban la proximidad del Reino. Después, son testigos de Jesucristo, proclaman el Evangelio con hechos ya consumados, dan testimonio.

Esta escena es como un preludio o un ensayo de la verdadera misión a la que estamos llamados, nuevos apóstoles, testigos de Cristo.
Después de Su resurrección, reciben poderes mucho más elevados, de orden ya espiritual (Mt 18, 18). Es Su muerte y Su resurrección lo que marca la “frontera” divisoria entre una misión y otra.

Pero antes y después son / somos enviados sin apenas recursos materiales, a corazón descubierto, libres de apegos, con la libertad que Él nos otorga y la plena confianza en que no estamos solos ni desamparados, pues tenemos la paz y el amor del Señor. Por eso sabemos lo importante que es la actitud interior; las obras surgen a partir de esa actitud de entrega y confianza.

Jesús puede transmitir facultades a sus elegidos, porque Él es dueño y Señor de estas potencias y virtudes. Pero esos poderes no son lo esencial ni son duraderas, pues se ejercen en el mundo que pasará. Solo Sus Palabras no pasarán (Mt 24, 35); por eso nada del mundo es comparable a cumplir Su Palabra y ser Sus testigos. Todo lo demás es anecdótico, incluso vencer a los demonios. 

Las verdaderas señales de estar progresando en el Camino son la pureza de la intención y la sinceridad en la entrega. No pretendemos ser hechiceros, nada más lejos de la esencia del cristiano; el mismo Jesucristo quitaba importancia a los milagros y solo los realizaba para cubrir necesidades. Que Lázaro resucitara es infinitamente menos importante que el hecho de que el verdadero nombre de Lázaro esté inscrito en el Cielo.

Es bueno que sepamos cuáles son los riesgos de quedarnos en lo superficial o anecdótico, que puede estancar y confundir, cuando no hacer caer en la letal soberbia de espíritu.
El gran peligro de cada logro espiritual es que el ego siempre tiende a apropiárselo y a ponerse medallas. Por eso conviene repetirse lo de: “somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer” (Lc 17, 10).
La contundencia del mensaje de Cristo y la constante llamada a la humildad, de la que Él es el mejor ejemplo, son nuestra salvaguarda. Porque, si el ego nos sabotea continuamente, cuando este ego se ha “espiritualizado”, el peligro es mayor aún. Y hay que ponerle en su sitio, para que no olvide que todo nos viene del único Todopoderoso.

Hemos de dar testimonio de palabra y con nuestra forma de vida, pero sin esperar resultado, como ese siervo que hace lo que tiene que hacer y eso le basta.
Y en esa tarea, la ilusión y la alegría humanos son buen estímulo; el mismo Jesús celebra los logros de sus enviados, pero en seguida les hace ver lo importante. Como un padre cuando el niño le dice: “¡Mira, papa, lo que hago!” Y el padre, aunque sea una tontería, muestra su aprobación: “¡Muy bien hijo!”.
Una tontería, algo anecdótico es que se nos sometan los espíritus, pisotear serpientes y escorpiones o ser inmunes al veneno (Mc 16, 18), si lo comparamos con el regalo inmenso de que nuestros nombres están inscritos en el cielo.
Porque todo lo que forma parte de la figura de este mundo está destinado a desaparecer, por muy loable que sea. Jesús quiere llevarnos mucho más lejos, nos quiere hacer sentir una alegría infinitamente superior a la que estamos acostumbrados, una dicha que no tiene que ver con lo externo o sensorial, sino con lo interior, lo esencial, lo imperecedero.
            Nuestros caminos no son Sus caminos, nuestros pequeños amores no tienen nada que ver con Su amor incondicionado y, de igual modo, la alegría que conocemos y a veces sentimos está muy lejos de la Alegría plena y duradera a la que estamos llamados.

Hemos de gloriarnos en nuestra debilidad, como dice San Pablo (2 Cor 12, 9-10). Por muy admirables que puedan parecer nuestras obras somos simple canal del poder de Dios y sin Él no somos nada. Nuestro único mérito es la adhesión a la cruz de nuestro Señor (Gál 6, 14) y la entrega incondicionada que nos permite ser cauce de la voluntad divina. Si se nos someten los espíritus, es por el poder del nombre de Jesús, ante el que toda rodilla se dobla en el cielo, en la tierra y en el abismo (Fil 2, 10).
Estamos llamados a fundirnos con Él, para que nos ampare y nos transforme, nos libere y proteja, nos fortalezca y defina, al oír cómo nos llama por nuestro nombre. No el que nos pusieron nuestros padres, sino el nombre verdadero, el que nos dio el Padre y hemos olvidado, el que nombra el ser nuevo que somos, a imagen y, por fin, también semejanza (1 Jn 3,2). Porque Él, que inscribió nuestros nombres en el cielo, nos ha de llevar a la dimensión más elevada de nosotros mismos. Esa es la razón de nuestra alegría: podemos entrar en comunión con Jesucristo a cada instante, y gozar de Su presencia en ese eterno presente donde ya somos uno con Él.

Como dice san Pablo en la segunda lectura de hoy (Gál 6, 14-18), lo que cuenta es la criatura nueva llamada a ser como Cristo, con Sus marcas de amor ilimitado en nuestro cuerpo, y el nuevo nombre con que Él nos une a Sí para siempre.
Esa es la fuente de la paz y de la alegría: saber que somos Suyos, que Él nos prepara un sitio a su lado, donde no habrá más confusión ni más cansancio ni más lágrimas. Porque la verdadera alegría del cristiano es el encuentro con Aquel que hace de nosotros hombres nuevos.
Y los demonios se esconden, impotentes y turbados, ante el poder invencible del Amor.


Laudate Dominum, Comunidad de Taizé