16 de febrero de 2019

Dichosos los pobres


Evangelio según san Lucas 6, 17.20-26

En aquel tiempo, bajó Jesús del monte con los Doce y se paró en una llanura, con un grupo grande de discípulos y una gran muchedumbre del pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón. Él, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo: «Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis. Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten, y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas. Pero, ¡ay de vosotros, los ricos!, porque ya tenéis vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que ahora reís!, porque haréis duelo y lloraréis. ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que hacían vuestros padres con los falsos profetas.»

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                                               El Sermón de la montaña, Fra Angelico

Quiso dar, ante todo, a quienes le escuchaban, la idea de que el verdadero Reino de Dios se abría en el temblor del alma y en la voluntad de perfeccionamiento. 
  Daniel Rops

Creo tener la certeza de que no lograré la claridad y la sinceridad interiores, a menos que empiece a actuar consecuentemente con el Sermón de la Montaña. Y es que hay cosas por las que merece la pena comprometerse del todo. Y me parece que la paz y la justicia, o sea Cristo, lo merecen.
Dietrich Bonhoeffer

El domingo pasado contemplábamos la vocación de los primeros apóstoles y recordábamos nuestra propia vocación. Hoy contemplamos las Bienaventuranzas, el núcleo del Sermón de la Montaña, cuyo centro es la sinceridad, la coherencia y la pureza de corazón que permite amar y comprender cómo es más importante la voluntad de perfeccionarse que la propia perfección. Ese anhelo de perfección, que en el joven rico no fue lo suficientemente fuerte o sincero, exige equilibrio, constancia y fidelidad. La audacia en el corazón es fundamental, unida a la confianza, una actitud limpia y un propósito claro, una firme determinación. Para los sinceros, de corazón puro, que caminan en la voluntad del Señor, no solo cumpliéndola, sino viviéndola, fundidos en esa voluntad divina, está predestinada la dicha eterna, la bienaventuranza plena. 

La ley que sostiene las Bienaventuranzas está grabada en el corazón del hombre. Estamos llamados a vivir desde nuestra verdadera esencia, y eso nos permite soltar los condicionamientos y la rigidez de ciertas reglas, para asomarnos a una vida espiritual coherente y real, más allá de ideas o proyectos o percepciones subjetivas. Entonces descubrimos el sentido real del seguimiento y nos convertimos en discípulos, con todo lo que ello implica.

La relación con Dios y con nuestra identidad inmortal va haciéndose más evidente, trascendiendo ritos, formas e intermediarios, viendo en ellos un instrumento útil, imprescindible para muchos, pero sin confundirlos con el Fin. Profundizamos en la oración al "modo" de Jesús(Mt 6, 5-8) y lo que significa adorar en espíritu y en verdad (Jn 4, 23-24). Se trata de interiorizar esa unión y vivir conforme al mandamiento nuevo, el Mandamiento del Amor que late en cada bienaventuranza.

Alcanzar ese estado, el de la vida, la alegría y el amor, supone tener la semilla enraizada y haber conectado con ese centro de nosotros mismos donde sabemos que somos eternos. Desde ahí podemos vivir con verdad, valor y honestidad, y logramos eso tan difícil para un mundo de justificaciones, pretextos y autodefensa: decir sí cuando es sí y no cuando es no (Mt 5, 37). Hay tanto argumento inútil, tanta dispersión dialéctica en nuestras vidas, que a veces parece incluso hacernos olvidar hacia dónde caminamos.

Como San Pablo, gloriémonos en nuestra debilidad, con la alegría y la confianza del que sabe que hay Alguien que completa, restaura, perfecciona todo, toma los errores e incoherencias del pasado y las transforma en coherencia y propósito puro, claro, lleno de sentido.

Solo Él tiene Palabras de Vida; alimentémonos de ellas, soltando el ruido vano de la palabrería vana, que confunde y entretiene, impidiéndonos caminar en Su voluntad, Su presencia, Su verdad, que es Amor. www.diasdegracia.blogspot.com

Lo importante es perseverar en la voluntad de seguir amando hasta el final. No es un logro concreto, como nos presenta siempre la lógica del mundo, sino un anhelo esencial de trabajar por el reino para que lo demás venga por añadidura.


63, Diálogos Divinos, Vivir la Divina Voluntad

9 de febrero de 2019

De pecador a peScador


Evangelio según san Lucas 5, 1-11
En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret. Vio dos barcas que estaban junto a la orilla; los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: “Rema mar adentro, y echad las redes para pescar”. Simón contestó: “Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos sacado nada; pero, por tu palabra, echaré las redes”. Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús, diciendo: “Apártate de mí, Señor, que soy un pecador”. Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: “No temas; desde ahora, serás pescador de hombres”. Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.  

                                                           La pesca milagrosa, Rafael

Sí, estoy segura de que aunque tuviera sobre la conciencia todos los pecados que puedan cometerse, iría, con el corazón roto por el arrepentimiento, a arrojarme en los brazos de Jesús, porque sé muy bien cuánto ama al hijo pródigo que vuelve a él. Dios, en su misericordia preveniente, ha preservado a mi alma del pecado mortal; pero no es eso lo que me eleva a él, sino la confianza y el amor.
                                                                                              Santa Teresa de Lisieux

Pecador y pescador, una sola letra, la “S”, marca la diferencia. Cuántas veces habré leído este pasaje, sin reparar en un detalle tan significativo… Es lo que tiene el Evangelio, que es Enseñanza viviente, Palabra viva, con infinitos matices, caleidoscopio sagrado para leer, contemplar y vivir hasta el final. Sin reconocernos como “pecadores”, no podemos ser “pescadores” ni asumir la misión que cada uno tiene que cumplir.  www.diasdegracia.blogspot.com

Para que Pedro se declare pecador, en esta escena de la pesca milagrosa, ha tenido que ver con sus ojos el poder del Señor. A algunos no les hacen falta milagros evidentes para Ver. Tienen la mirada interior, la verdadera, purificada, como el anciano Simeón, que evocábamos en la festividad de la Presentación del Señor. Le bastó ver a un bebé para reconocerlo como el Salvador, luz del mundo.

Ajustemos la mirada interior, enfoquemos bien para ver el poder de Dios en lo cotidiano, sin esperar prodigios ostentosos. Imitemos a Simeón, vivamos cada día la fiesta de la Candelaria porque hayamos logrado purificarnos y encender la vela que guarda cada corazón.
De pecador a pescador por el Amor. La “S”, letra 20 del alfabeto, el 2 es el plano emocional en muchas tradiciones. De la e-moción, energía en movimiento, al Sentimiento, permanente, duradero, perpetuum mobile. Centro espiritual superior que hace posible la misericordia que aprendemos a vivir y practicar, a recibir para dar.

Los pecadores en cada uno de nosotros son los mismos que quieren acabar con Jesús, como veíamos el domingo pasado, la sangre de Caín que corre por nuestras venas hasta el final de los tiempos. Y los pescadores somos los que hemos descubierto que el Caín que llevamos dentro es un pobre hombre, lleno de miedo, y le hemos perdonado, porque sabemos que el que perdona, el único Santo, ya le ha perdonado. Seguimos sintiendo su latido cainita, pero reconocerlo y asumir la propia debilidad nos hace fuertes (2 Cor, 12, 9). Porque si no asumimos al pecador que somos, no hay más que buenismo, postureo, como dicen los jóvenes, falsedad…
Dios sale para justos y pecadores (Mateo 5, 45), recuerda el Maestro; para el justo y el pecador que soy, que eres, que somos. Y también dice: que no se pierda ninguno de estos (Juan, 6, 39, Mateo, 18, 14, 2 Pedro 3, 9) Y tras la multiplicación de los panes y los peces: recoged las sobras (Juan 6, 12). Nada sobra, todo a la red, que no se pierda nada, que todo se convierta en semilla para el Reino.
Para ver todo y que no se pierda nada ni nadie, conviene entrenarse, y una forma de ejercitar la mirada consiste en no esperar lo espectacular, la liberación evidente e inmediata de cualquier aflicción, el alivio instantáneo de los sufrimientos. El triunfo de Cristo, que es el nuestro, va por dentro, por detrás del fracaso, de la aflicción aparentemente injustificada o absurda. Como en los dolores de parto, el sufrimiento está, pero la Vida trabaja desde dentro, para dar más vida… Todo es a la vez; la Cruz y la Resurrección, el dolor y la alegría, el sufrimiento y el consuelo, la adversidad y la bendición.
El sufrimiento es del mundo, del que no somos. Lo asumimos, lo integramos y recordamos que, aunque estamos en el mundo, nuestra esencia habita ya en lo Real, porque Él nos elevó consigo, cuando la Cruz fue izada sobre la tierra.

De la emoción al Sentimiento, he ahí una clave para no perder el Norte. Puedo empezar por discernir en qué pongo emoción, pasión, energía en movimiento... Entonces descubro que la mayoría de mis emociones me mantienen recluida en un mundo falso, condenado a desaparecer. Liberarse es posible, recordando que ya fuimos liberados y que podemos sentir, vivir, experimentar el Amor.

Es la única historia de amor que nos realiza. Porque la verdadera fe, como la del anciano Simeón, es amor y, por eso, al encontrar la fe, San Agustín canta: Tarde te amé, hermosura, siempre antigua y siempre nueva, tarde te amé…

Dice Domenico Douady: Solo en una historia de amor el hombre cree aquello que no ve. Deja de creer en lo que ves, ama, cree lo que no ves. Es lo real, lo único por lo que puedes dar la vida. Jesús dio la vida, murió por nuestros pecados, lo dice la segunda lectura de hoy (1 Corintios 15, 1-11). ¿Nos damos cuenta de lo que esto significa?

Es hora de soltar todo y dejar todo para seguirle. Dejar hasta el victimismo del pecador que nos impide ser pescador. El miedo, que es también ceguera, nos hace vivir como pecadores. La conversión que produce el sabernos salvados es mucho más fuerte que la vergüenza y el remordimiento, y nos da el valor para decir como la primera lectura de hoy: Aquí estoy, mándame (Isaías 6, 1-2a.3-8). Es la confianza la que nos fortalece; dejamos de recrearnos en las faltas y las convertimos en abono para la vid que va a dar fruto o en combustible para el viaje de retorno a Casa.

Es una doble mirada: la del que se atreve a ver su pecado, porque recibe la gracia de verlo, y la del Señor sobre el pecador, transfigurándolo, transmutándolo, ayudándole a ver, sosteniéndole. El único Justo nos salva. Se trata de reconocerlo, viéndolo y dejando que Él nos vea. Mirar y ser mirados, cruce de miradas que transforma de pecador en pescador, con esa “S”, que es mucho más que una letra, es la figura del Crucificado sobre la Cruz, el cuerpo de hombre encarnado por amor que asciende para que ascendamos. Miremos tantos Crucificados que dibujan esa “S” de Salvación. Al mirarlos y aceptar la Salvación, completamos lo que le falta a la “S” para formar el signo de infinito vertical. “S” de Salvación, “S” de Serviam, que unifica voluntades y nos hace Uno para vivir ya el Cielo en la tierra.

La poesía nos permite a veces balbucear lo inefable, acercarnos al Misterio con la mirada que contempla sin pretender clasificar, intelectualizar o acumular conocimientos. ¿Quien quiere conocimientos, cuando se encuentra ante la Verdad?

 
“S” DE SALVADOR

Tu figura es signo
vertical de infinito, hacia la Vida.

Figura que eleva, “S” sagrada,
tor-Sión sobre la Cruz, soga que salva
de un abismo muy hondo,
cargando distorsiones por amor.

Figura de Varón, sereno y libre,
primogénito entre miles de millones.

Mirarte solo a ti,
vencedor frente al miedo y la muerte,
invitando a subir
sobre tu Cruz en espiral consciente.

No enredarme aquí abajo,
a lo que sigue rebotando, horizontal,
dando vueltas y vueltas,
círculo demencial de Prometeo.

Que mis ojos y mi anhelo
no se aparten de ti que, si te miro,
me elevas hacia ti en cuerpo y alma
para que me incorpore a tu Verdad,
Origen y Propósito de toda la existencia.

Entonces veo todo,
también lo de aquí abajo, transformado,
desde la Cruz,
y el mundo resplandece, 
luz de Luz.



Mil gracias derramando
(Cántico espiritual, San Juan de la Cruz)
Hermana Glenda

1 de febrero de 2019

Ser luz


Evangelio según san Lucas 2, 22-40

Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: “Todo primogénito varón será consagrado al Señor”, y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: “un par de tórtolas o dos pichones”. Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”. Su padre y su madre estaban admirados por todo lo que se decía del niño. Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: “Mira, este está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma”. Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel. Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret, El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.

Imagen relacionada
 La Presentación del Niño Jesús en el Templo, Giotto
                                                                               
Sí, Jesús basta; donde está Él no falta nada. Por muy queridos 
que sean aquellos en quienes brilla un reflejo de Él, es él quien 
constituye siempre el Todo. Es Todo en el tiempo y en la eternidad. 

Charles de Foucauld

En el blog "hermano" reflexionamos sobre el Evangelio del Domingo www.diasdegracia.blogspot.com . Aquí contemplamos La Presentación del Señor, fiesta entrañable que tradicionalmente cerraba el tiempo de Navidad y nos recuerda la Misión para la que fuimos creados.

En la primera lectura de hoy (Malaquías 3, 1-4), aparece una prefiguración de Jesucristo como Salvador. Se nos dice que viene como fuego que purifica, como lejía que blanquea, como fundidor que refina y sutiliza… Podemos participar de esa Obra que Él hace en nosotros, si actuamos, pensamos sentimos en Él, porque Él transmuta todo, refina todo, purifica todo. Y como Él no viene con paños calientes ni algodones, nosotros hemos de ser también decididos y radicales en esta labor necesaria para que la ofrenda que somos pueda ser presentada.

El Verbo se hizo hombre para liberarnos, nos recuerda San pablo en la Carta a los Hebreos (Hb 2, 14-18). Y como hombre, con muerte de hombre, venció al diablo, al separador, “y liberó a todos los que por miedo a la muerte pasaban la vida entera como esclavos.” Se hizo hermano nuestro para elevarnos, y ha pasado voluntariamente por la prueba del dolor para “auxiliar a los que ahora pasan por ella.” Se ha hecho uno de nosotros para que nosotros seamos uno con Él y con el Padre. Porque la vocación definitiva del hombre es la unidad con el Único. Qué misterio grandioso para la mente…, solo el corazón vislumbra su grandeza.

Después de haber sido testigos del inicio de la actividad pública de Jesús, ya adulto, la liturgia nos propone que hoy volvamos “atrás”, al momento de la Presentación en el Templo, para conocer mejor a Aquel a quien seguimos y de quien nos fiamos.

En el versículo que precede inmediatamente al Evangelio de hoy, leemos: y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción (Lc 2, 21). Ese Nombre, que significa Salvador, es la mejor, más efectiva y poderosa bendición que podemos dar y darnos. Nombre nuevo y antiguo, Nombre eterno, que no separa ni divide como el resto de los nombres, sino que ilumina, transforma y da la Vida.

Cuarenta días después de su nacimiento, como establecía la ley de Moisés, María y José llevan al Niño Jesús al templo, con el fin de ofrecerlo al Señor. Con este ritual se llevaba a cabo la purificación de la madre y la ofrenda del primogénito a Dios. Otro ejemplo claro de que cuando Jesús irrumpe en la Historia, no abole las leyes, sino que las completa y perfecciona, las trasciende dentro de ellas. 

Los dos pichones que llevan, la “tasa” de los pobres, son todo un símbolo, como su nacimiento en el portal de Belén, de la actitud que Jesús tendrá, y nos enseñará a tener, hacia las riquezas del mundo, y de quiénes son sus “preferidos”: los pobres, los últimos, los excluidos, los abandonados.

Cristo, el Consagrado del Padre, primogénito de la nueva humanidad. Porque Lo hemos “visto”, podemos, como Simeón, irnos en paz cuando llegue la hora, ya no hay miedo a la muerte, lo ha conjurado Jesús. Desde el principio, su existencia terrena es una purificación destinada a todos. “Y a ti una espada te traspasará el alma”: es el anuncio del sufrimiento extremo de María, corredentora, como todos los que saben aceptar y entregar el sufrimiento consciente. 

Jesús, el Salvador, la Luz del mundo es bandera discutida, como dice Simeón, porque la entrega a Él no admite medias tintas o ambigüedades: lo aceptamos o lo rechazamos; estamos con él o contra él. 

José y María cumplen con la ley y regresan a su casa, su trabajo, su vida cotidiana, en la que el Niño irá “creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.” Jesús, como hombre, ha de desarrollarse, vive un proceso de crecimiento exterior e interior, no nace sabio… Es la gracia de Dios, Su propia gracia, la que acompaña al ser humano que también es, y le permite desarrollarse en todos los sentidos hasta llegar a Su plenitud.

Hoy, además, celebramos la Jornada por la Vida Consagrada. Como Jesús, el Salvador, es Luz de las naciones, también la entrega fiel y coherente de los consagrados a Dios y a los hermanos es luz, signo de la Presencia de Cristo en el mundo. 

Puede parecer a primera vista que el que opta por consagrarse totalmente al Señor, renunciando a los amores “exclusivos”, pasa a ser uno más entre miles. Todo lo contrario: Él es el único que busca, llama y quiere a cada uno por su nombre; te busca, te llama, te quiere a ti, y a mí. 

La que se entrega a Él es el alma; por eso, en ese acto de entrega, de autodonación consciente, “recreamos” el alma. Si no, no podríamos dársela. Y ya no somos "océano", sino "gota y océano", "ola y mar". Persona concreta y Cuerpo de Cristo.

Lo que se conoce como vida consagrada es la manera más coherente y natural de vivir del que ha soltado todos los apegos del mundo. Como dice San Bernardo: “Dios es amor y nada creado puede colmar a la criatura hecha a imagen de Dios, sino Dios-Amor; solo él es más grande que el amor.”            

En realidad, ese amor total es la Meta para todos, no solo los consagrados oficialmente, y así lo subraya Edith Stein: “Sponsa Christi no solo es la virgen consagrada a Dios, sino también toda la Iglesia y toda alma cristiana, como María es el modelo de la Iglesia y de todos los redimidos.” Solo que no todos estamos preparados para aceptarlo de inmediato y vivir en consecuencia (Mt 19, 12; 1 Cor 7, 7-9).

La Candelaria, procesión de velas que hoy, 2 de febrero, Fiesta de la Presentación del Señor, se realiza en muchas iglesias, simboliza la venida y el paso de Cristo, la Luz que alumbra a las naciones e ilumina la historia, y la luz que enciende en los corazones de aquellos que deciden entregarse a Él con una decisión valiente y definitiva. 

A la Virgen María, la mujer consagrada por excelencia, la espada del dolor le traspasó el alma, como vaticina hoy Simeón. Y ese dolor que no sufrió en el parto del Hijo, y sí en el parto espiritual de nosotros, también sus hijos, la hizo corredentora. 


Todo sufrimiento consciente, asumido con la mirada en esa Meta de Amor y de Unidad, hace de nosotros nuevos corredentores, luz del mundo, presencia de Dios.



Nunc dimittis, Arvo Pärt 

              Mirad hacia Él y quedaréis radiantes” (Sal 33,6). No tanto para llevar en vuestras manos una antorcha sino para ser vosotros mismos antorcha que brilla por dentro y por fuera, para vuestro bien y bien de los hermanos.
              Y tú, que posees tantas lámparas interiores que te iluminan, cuando se apague la lámpara de esta vida, brillará la luz de la vida que no se apagará jamás. Será para ti como la aparición del esplendor del mediodía en pleno atardecer. En el momento en que piensas que vas a extinguirte, te levantarás como la estrella de la mañana (Jb 11,17), y tus tinieblas se transformarán en luz de mediodía (Is 38,10).


               Beato Guerrico de Igny