4 de septiembre de 2025

"Alter Christus"

 

Evangelio según san Lucas 14, 25-33

En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: “Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no lleve su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío. Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: “Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar”. ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz. Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío.”

                                 El sermón del monte, Carl Heinrich Bloch

Fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús, quien, en lugar del gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia.
          Hebreos 12, 2

El abandono consiste en librarse de las propias particularidades personales con la finalidad de crear en sí el espacio para la presencia y la acción de Dios.
                                                                             Edith Stein

La primera lectura de hoy (Sab 9, 13-18) nos introduce en lo que nos va a mostrar de forma contundente el Evangelio, al mencionar lo que lastra el alma. Va haciendo un desglose de las limitaciones humanas: pensamientos mezquinos, razonamientos falibles, cuerpo mortal, ignorancia... Iniciar el camino de la Sabiduría exige conectar con esa parte de nosotros llamada a perdurar. Solo el Espíritu de la Verdad, que Jesús da a los que se lo piden (Lc 11,13),  puede ayudarnos a realizar esa “conexión” y permanecer en el nivel de conciencia que permite superar la falacia de los pares de opuestos, el mundo ilusorio de la dualidad.

Como nos recuerda el Salmo 89, Dios es nuestro refugio desde siempre. Por eso hay que desapegarse de lo transitorio, conscientes de que nuestros más elevados bienes nos vienen de lo alto y que si ponemos el corazón en lo material, siempre efímero, lo perdemos todo.

La segunda lectura (Flm 9b-10.12-17) vuelve a hablar de los lazos espirituales, infinitamente superiores a los carnales. Porque la libertad a la que nos guía la Sabiduría fortalece la fraternidad; escuchar a Cristo y cumplir la voluntad del Padre es conectar con la verdadera familia (Lc 8, 21). Ese nivel de ser nos dará las herramientas y materiales necesarios para acabar la construcción de la torre, y el ejército necesario para detener a cualquier oponente.

Los cristianos aceptamos de buen grado las limitaciones de la condición humana, con la esperanza de que serán trascendidas, porque Jesús ha venido a ensalzar todo lo que estaba caído. La opción de Cristo, el seguimiento consciente y libre, nos otorga ya, aquí y ahora, la vida eterna, plena y gloriosa. Hacer de Él nuestra referencia, ese es el Camino. Quien mantiene sus ojos fijos en Él no pierde nada, porque la perspectiva se amplía hasta lo infinito, y todo se va transfigurando, iluminado por la luz de Jesucristo.

Estamos de nuevo ante el “camino del no soy” que tantas veces hemos contemplado: de la riqueza a la pobreza; del orgullo a la humildad; de la idolatría de los bienes del mundo, a la desposesión que hace posible la entrega total.

Hoy se mencionan los lazos familiares, los apegos humanos, tal vez los más difíciles de soltar. La clave de que no hay que abandonar literalmente a los seres queridos está en las palabras “incluso a sí mismo”. Lo que se nos pide es renunciar a lo que hay de egoísmo, de posesividad en esos afectos. 

Renuncio a mí mismo, pero soy yo quien sigue a Cristo. Renuncio a padre y madre, hermanos, amigos, sin abandonarles. Amándoles y sirviéndoles de un modo no exclusivo, codicioso o dependiente, es como sigo al Maestro, que nos enseña a ser libres para amar de verdad, sin la cizaña del apego y el egoísmo. Renuncio al ego y al ap-ego para aprender a ser el “yo” que Él quiere que sea, el que el Padre concibió antes incluso de que mi madre me soñara, antes aún de que ella naciera (Is 49, 1). Renuncio al ego que este mundo, con sus condicionamientos, expectativas y prejuicios, ha ido alimentando, para ser quien Jesucristo recreó en el Árbol de la Vida que es la Cruz.

Corremos el riesgo de ser tan optimistas y sentirnos tan seguros de nosotros mismos que no calculemos los gastos a la hora de construir "la torre", la obra que es nuestra vida. Es esencial reconocer la propia nulidad, mantener una constante atención para ser consciente de las propias limitaciones. El que no realiza esta ardua tarea no se entregará con absoluta confianza al Maestro. Porque en eso consiste renunciar a todo, incluso a sí mismo, por Él: en darse por entero. Y para darse, hay que tenerse. No puedo dar lo que no tengo; he de ser dueño de mí mismo para poder darme.

En ese proceso que me permite ser dueño de mí para darme, es donde debo calcular los gastos con objetividad y rigor. Entonces ya no seré una marioneta en manos de las circunstancias, los pensamientos y emociones terrenales que desglosa la primera lectura, tan diferentes de la lúcida conciencia de mi propia limitación.

La verdadera traducción no es “posponer” (Lc 14, 26), sino “odiar”, de miseô. Es el mismo verbo que se usa en Mc 13, 13; Mt 24, 9s; 10, 22; Lc 21, 17; 6, 2, cuando se dice que seremos “odiosos” a causa de Jesús. No se nos pide que odiemos a nuestros seres queridos, claro, sino que rechacemos en nuestro amor por ellos lo humano separado de lo divino. Se trata de escoger lo real, lo eterno, lo creado y amado por Dios antes de que la voluntad humana se separara de la Divina y quisiera ser Dios sin Dios. Volver al Plan Original nos hará recuperar lo que hemos dejado, pero transfigurado y enaltecido. Es lo que canta un himno de la liturgia de las horas: "la pura eternidad de cuanto amo", que inserto abajo.

El jueves celebraremos la Natividad de la Virgen María. Ella es modelo de renuncia, pues para decir sí a la increíble propuesta que Dios le hacía, no solo tuvo que renunciar a la lógica y a la seguridad, sino también a los sueños y proyectos de cualquier adolescente de la Galilea de entonces: entregarse a su marido, dar a luz varios hijos, criarlos a todos, verlos crecer y hacerse adultos felices y respetados, confiar en que fueran su apoyo en la vejez... Ella es modelo y maestra para todos, porque Jesús no está hablando solo para los apóstoles, ni siquiera para los discípulos más cercanos, sino a la "mucha gente que lo acompañaba", esto es, nos lo está diciendo a todos. La renuncia radical a los apegos y cargar con la propia cruz para seguirle son una consigna universal. 

Abraham estaba dispuesto a matar a su único hijo, Isaac, tan querido, para cumplir la voluntad de Dios. Todos tenemos un “Isaac” en nuestras vidas, una persona, un proyecto, una forma de vida, un anhelo, alguien o algo cuya pérdida nos rompería el corazón. Pero solo un corazón roto, o dispuesto a ser destrozado por amor, puede ser un corazón verdadero, ya no de piedra, ni cerrado o protegido para evitar el sufrimiento, sino de carne, abierto y disponible para amar. 

Tras el temor opaco de las lágrimas,
no estoy yo solo.
Tras el profundo velo de mi sangre,
no estoy yo solo.

Tras la primera música del día,
no estoy yo solo.
Tras la postrera luz de las montañas,
no estoy yo solo.

Tras el estéril gozo de las horas,
no estoy yo solo.
Tras el augurio helado del espejo,
no estoy yo solo.

No estoy yo solo; me acompaña, en vela,
la pura eternidad de cuanto amo.
Vivimos junto a Dios eternamente.


14 de agosto de 2025

La Asunción de María, nuestra esperanza.

 

Evangelio según san Lucas 1, 39-56

En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.» María dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. El hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia –como lo había prometido a nuestros padres– en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.» María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa.

La Asunción de la Virgen María, Murillo


Aunque las estrellas del cielo se convirtiesen en lenguas, y las arenas del mar en palabras, no se llegaría nunca a expresar por completo la dignidad de María.

                                                                                  Santo Tomás de Villanueva

Celebramos la Asunción de la Santísima Virgen María a los Cielos, en cuerpo y alma: la primera vez que llega la Divina Voluntad triunfante al Cielo en una criatura. Jesús hizo el camino descendente al vientre de mujer. La mujer hace el camino ascendente al seno del Padre, al Cielo, a la Vida. Es por eso, como le explica Jesús a Luisa Piccarreta, la gran Fiesta de la Divina Voluntad. Tan importante para nuestra esperanza como la Pascua de Resurrección, o más... Asunción: hacia (a) el sol (sun). Hacia el Sol de Sion, que es Cristo, el Cielo de Su Humanidad, previo al Cielo de la Divinidad, donde Dios será todo en todos. 

La alegría de la Asunción nace de sentirnos habitados por el Señor. Más que habitados, fundidos con Él, que nos va transfigurando, aligerando, elevando. Porque la grandeza de María consiste en que ha dejado que Dios sea grande en ella. Dios nos ha dado la victoria sobre la muerte por Jesucristo, para liberarnos y para que vivamos ya vida de resucitados. Porque también quiere ser grande en nosotros. 

“Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen”. Bienaventurados, dichosos, benditos si miramos y escuchamos al Verbo, si nos abrimos a Él hasta el punto de que sea Él quien viva en cada uno. Contemplamos la Asunción, la Pascua de María, su paso del estado de vida terrena a la vida en Dios. Es el culmen de la liberación y nos permite intuir la obra de reunificación interior, que Dios quiere hacer en cada criatura para devolverle la coherencia y fundirla con la Verdad y el Amor. 

María Santísima es hija, madre, esposa de la Verdad y del Amor, y quiere que lo seamos también. Dejemos de caminar cabizbajos, arrastrando los pies, encorvándonos hacia la tierra. Dejémonos elevar con María, unificados en la Vida de Dios que es nuestra Vida.

No tienes que salvar tu alma, eso ya lo hizo Cristo por ti. Tienes que pisar la cabeza de la serpiente con la Virgen-Madre, para, como ella, elevarte y ascender. Ella, que aparentemente no hizo nada más que decir sí, contemplar y acompañar, lo hizo todo, porque se dejó hacer desde el inicio hasta el final, que es el verdadero comienzo. Cuando en la película de tu vida esté próximo el “The End”, recuerda que es el anuncio de la Vida verdadera.

Antes de que llegue ese momento, vivamos ya aquí vida de Cielo. Sal de ti mismo; como Abraham, deja tu “tierra”, ponte en camino, con ligereza, despegándote poco a poco del suelo, ascendiendo ya, elevándote de amor y disponibilidad. 

El Magnificat expresa por qué María fue asunta al Cielo: humilde y valiente, desapegada, confiada, pura alabanza a Dios. Se anuló, no cargó con ningún peso, ningún lastre, solo miraba a Dios y, por Él, a las necesidades de los demás. “No les queda vino”; no veía sus propias carencias, no pedía nada para sí. “Haced lo que él os diga”; se une a la Palabra y la Palabra hace en ella todo y la eleva. 

El Magnificat expresa esa recapitulación que está en el centro del Plan de Dios, de su obra sobre nuestro barro: la glorificación del ser humano. Dejemos la miseria, la angustia, las limitaciones en manos de Dios, para mirarle solo a Él. Lo que sobra, lo que no puede ser asumido en Él, irá cayendo, como hojarasca que el viento barre. 

Sal de tu casa y de tu tierra, porque tu Señor quiere darte otra casa y otra tierra, tu herencia, tu fortuna. Como Abraham, lo doy todo, hasta lo más querido, y Jesús me hace ver que Él ya se ha sacrificado por mí y, a cambio de mi entrega, me promete Su victoria.

                         Diálogos Divinos, La Fiesta de la Divina Voluntad

2 de agosto de 2025

Ricos ante Dios

 

Evangelio según san Lucas 12,13-21

En aquel tiempo, dijo uno de entre la gente a Jesús: «Maestro, dije a mi hermano que reparta conmigo la herencia». Él le dijo: «Hombre, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros?». Y les dijo: «Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes». Y les propuso una parábola: «Las tierras de un hombre rico produjeron una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos, diciéndose: “¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha”. Y se dijo: “Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el trigo y mis bienes. Y entonces me diré a mí mismo: alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea alegremente”. Pero Dios le dijo: “Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?”. Así es el que atesora para SÍ y no es rico ante Dios».


Imagen relacionada
Parábola del rico insensato, Rembrandt


"¡Ojalá hubiéramos vivido siquiera un día bien en este mundo!”

“¡Qué bienaventurado y prudente es el que vive de tal modo, 
cual desea le halle Dios en la hora de la muerte!"

Imitación de Cristo, Thomas de Kempis

Somos testigos cada día de lo inestable que es este mundo. Enfermedades, muertes inesperadas, tragedias, ruinas económicas. Se nos ha dicho de muchas maneras que Cristo nos ha salvado para la vida eterna, pero seguimos dando nuestro tiempo, energía, afanes y preocupaciones a lo que desaparecerá tarde o temprano y no dejará huellas. Porque lo hemos oído, pero no lo hemos escuchado realmente, ni lo hemos comprendido, ni lo hemos vivido. Si lo viviéramos, no se nos olvidaría que Él es nuestro Salvador y sentiríamos los efectos de esa Salvación y las riquezas infinitas que de ella proceden en nuestros cuerpos, nuestras mentes, nuestras almas.

¿Para quién será lo que escribes, si no es para Cristo? ¿Para quién será el tiempo que pasas alejada de Él? ¿Para quién será tu cuerpo si no es Su Templo? ¡Para el polvo y para el viento! Vive por, para, con él y todo lo encontrarás transformado y sublimado, completado y perfeccionado cuando toque rendir cuentas. 

Aprendamos a ser verdaderos pobres de espíritu, para derribar los graneros que construye el ego, ese hombre exterior, viejo y transitorio que, buscando la seguridad, el poder y el placer se apropia y se apega a lo material y lo efímero. Todo aquello a lo que nos apegamos creyéndolo propio son graneros, todo ilusorio, miserable al fin, si no lo vivimos con el desapego del hombre interior que, a pesar de todo, pugna por aflorar.

Es hora de invertir valores y poner nuestra confianza y seguridad en Dios, el único apoyo firme, el único verdadero. Realicemos el Reino en la tierra, para vivir ya como hijos de Dios, y la muerte será un tránsito gozoso para acceder a la morada eterna. 

Todos, de un modo u otro, hemos estado apegados a cosas, personas, circunstancias, incluso miserias y vanidades, a lo largo de la vida. Cuando lo reconocemos y, con asombro inocente, descubrimos que hay otra forma de vivir, una corriente de "dolor-amor" nos inunda, nos transforma, y nos da la posibilidad de rehacer nuestro pasado, renunciando a nuestra voluntad humana, mezquina, limitada, confusa y ciega, cuando actúa separada de la voluntad de Dios. Entonces, somos capaces de empezar de cero, y todo lo bueno que hubo en nuestra vida antes de este momento, perfeccionado y completado por la entrega definitiva, se convierte en combustible para el camino de regreso a nuestra esencia original. Empezamos a ser conscientes de nuestra verdadera riqueza, que es la Vida en Cristo y comprendemos con Santa Teresa que solo Dios basta. Volvemos a casa. 

                                               Hermano Rafael, Escritos Selectos CD 1


Oíd esto, todas las naciones;
escuchadlo, habitantes del orbe:
plebeyos y nobles, ricos y pobres;

Mi boca hablará sabiamente,
y serán muy sensatas mis reflexiones;
prestaré oído al proverbio
y propondré mi problema al son de la cítara.

¿Por qué habré de temer los días aciagos,
cuando me cerquen y acechen los malvados,
que confían en su opulencia
y se jactan de sus inmensas riquezas,
si nadie puede salvarse
ni dar a Dios un rescate?

Es tan caro el rescate de la vida,
que nunca les bastará
para vivir perpetuamente
sin bajar a la fosa.

Mirad: los sabios mueren,
lo mismo que perecen los ignorantes y necios,
y legan sus riquezas a extraños.

El sepulcro es su morada perpetua
y su casa de edad en edad,
aunque hayan dado nombre a países.

El hombre rico e inconsciente,
es semejante a las bestias, que perecen.

                                                                                                 Salmo 49

19 de julio de 2025

¡Qué hermosa es mi heredad!

 

Evangelio según san Lucas 10, 38-42

En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Y Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio; hasta que se paró y dijo: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano”. Pero el Señor le contestó: “Marta, Marta: andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; solo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor y no se la quitarán”. 

                     Jesús en casa de Marta y María, Vermeer

Cuántas lecturas es posible realizar de cada escena de los Evangelios; y no se descartan unas a otras; se superponen armoniosamente, como las imágenes de un caleidoscopio al girarlo. Como siempre que nos asomamos a la profundidad de la Palabra del Señor, podemos situarnos en ese “espacio” atemporal donde lo que sucedió sigue sucediendo, y pedir a los personajes que nos dejen entrar y vivir junto a ellos esos acontecimientos históricos y alegóricos, simbólicos y reales a la vez, que nos abren las puertas de la libertad. Entremos de nuevo, mirémonos en ellos, seamos ellos, hasta sentir sus sentimientos, pensar sus pensamientos y pronunciar sus palabras.

La “parte mejor” que ensalza Jesús es mucho más que la capacidad de escuchar, orar o contemplar. Es el nivel de ser que permite saber que Jesucristo es la Resurrección y la Vida. Por eso será Marta la destinada a reconocerlo un poco más adelante, cuando Jesús se disponga a resucitar a Lázaro (Jn 11, 25-27). 

María ya lo sabe en el fondo de su corazón, donde reside el verdadero conocimiento. Su actitud de escucha y entrega, de acogida total, es fruto de un amor sin medida, y el amor todo lo puede. Creer salva; pero el que ama cree con una certeza que está más allá de la fe, pues, como dice San Pablo, el amor es más excelente que la fe y que la esperanza (1 Cor 13, 13), porque es lo que perdurará cuando se hayan cumplido las promesas de la fe y de la esperanza. Por eso María, y la parte de nosotros que haya llegado al nivel de María, tiene la fe ya integrada, encarnada, trascendida.

Lo que nos enseña este pasaje es más profundo que el viejo debate "contemplación–acción" y que la síntesis conciliadora ora et labora. Esa “María” que hemos de ser es ofrenda desinteresada de sí misma y receptividad plena; un estado de conciencia, un nivel de ser que supera la dicotomía sobre actividad o inactividad. Quien lo ha alcanzado, siempre por la gracia de Dios, que es Quien elige y ama primero, puede hacer muchas cosas, incluso apresuradamente, como Abrahán en la primera Lectura de hoy, realmente trepidante (Génesis 18, 1-10a), sin dejarse atrapar por las preocupaciones ni “desangrarse” interiormente, sino, al contrario, dando fruto, creciendo, generando vida. 

La “mejor parte”, más que contemplar, supone haber recibido el don más preciado: poder vivir en Presencia del Señor, hacer del corazón Su morada, experimentar la Comunión con Él. Esa es la herencia inmejorable, el lote valioso que mencionan los salmos (Sal 16,5-6; Sal 119,57).

Meister Eckhart considera que Marta ha alcanzado una madurez espiritual superior a la de su hermana María. En el sermón llamado “Marta y María”, ofrece una visión sobre la experiencia mística y la vida cotidiana. Dice que a María, en plena experiencia espiritual, aún no le es posible acción alguna, debe limitarse a la contemplación de lo que le está siendo revelado. Marta, en cambio, ya ha experimentado lo que vive María en ese momento, y lamenta su inactividad. Jesús estaría, en esta interpretación, pidiendo a Marta que comprenda y respete el momento de María, porque aún le queda el aprendizaje que ella ya ha obtenido: la contemplación llevada a la vida cotidiana. Marta habría llegado, según Eckhart a esa plenitud de la vida espiritual que hace posible que cada instante, cada actividad, cada gesto, cada palabra o cada silencio sean oración viviente.

Creo que no se trata de descubrir cuál de las hermanas de Lázaro es más madura espiritualmente, porque las dos están ayudándonos a comprender, integrar y vivir el mensaje de Jesucristo. Creo que, si el Evangelio quisiera ensalzar la actitud de Marta frente a la de María en esta escena, no habría presentado a una Marta que se queja, ni Jesús hubiera calificado su actitud como “inquieta y nerviosa”. 

Será dentro de poco cuando, con el corazón desgarrado por la muerte de su hermano, Marta experimente el vértigo incomparable de reconocer a Jesucristo como el Hijo de Dios, el Salvador, y, rendidas ya las armas inútiles de la inquietud y la productividad, del falso control y la preocupación, se entregue plenamente, como María. 

El afanarse de acá para allá sin mantener la Presencia, la Comunión con el Señor que permite una actividad consciente y libre, es un actuar limitado y poco eficaz, esclavo del juicio, sometido a una mente discriminadora y estéril. 

La verdadera contemplación cristiana, que, más que contemplar es dejarse contemplar, no se expresa en la pasividad, sino en acción fértil en las dimensiones de lo verdadero. Hay que disminuir el peso de la actividad en este mundo en el que estamos pero del que no somos (Jn 17, 16), para potenciar esa otra actividad que es contemplación, oración pura, fusión con lo Real. Evitando las falacias del “quietismo”, claro, porque en el fondo no se trata de hacer mucho o poco. Se puede correr y hacer una cosa tras otra, incluso simultáneamente, como Abrahán, y seguir manteniendo una actitud contemplativa, serena y libre. Y también se puede permanecer sentado, en aparente calma, y estar sometido a un maremágnum de pensamientos y emociones que impiden ser consciente de la propia existencia y, por tanto, impiden Ser. 

Porque esa es la clave del verdadero contemplativo: ha logrado ser dueño de sí mismo y por eso puede darse y también por eso puede hacer, pues lleva dentro el fuego que enciende la oración perfecta y la acción fructífera que de ella nace.

La enseñanza de este pasaje va, por tanto, más allá de escoger entre acción y contemplación y va también más allá de proponer una actitud integradora de ambas. Como tantas veces, las palabras se quedan cortas… Sería más bien hacer mirando o, mejor, mirar haciendo, pero con un “hacer” que nace del ser y este a su vez de ese reconocimiento del Camino, Verdad y Vida, que María ya tiene y Marta tendrá. La mejor parte sería esa capacidad de vivir en la Presencia, tanto en la acción como en la quietud, que comunica con las dimensiones más reales de nuestro ser, las que no están destinadas a desaparecer. Cuando el intelecto no llega, la poesía, la música, el arte pueden ayudar pues pasan por los centros sutiles de nuestro ser, tan adormecidos casi siempre por los afanes del mundo.

Intuyo que los ángeles y todos los miembros de la Iglesia Triunfante poseen una capacidad de acción inimaginable para los que seguimos en la “gran tribulación” (Ap 7, 14); pero no tendrá nada que ver con lo que entendemos por actividad en el mundo, casi siempre un activismo estéril y alienante. Podemos –debemos– aprender a actuar ya así, o al menos intentarlo, recordando que con Dios todo es posible y el que se une a Dios ha escogido la mejor parte, y puede hacer o no hacer, porque ya ha realizado el acto esencial, que es la entrega confiada a la voluntad del Señor, en Quien todo está hecho, todo se tiene, todo se siente, todo se cumple. Como dice San Juan Clímaco: “No hay arma más potente en la tierra y en los cielos que la oración. Es el acto más digno del espíritu.” No en vano, Jesús dijo a los apóstoles que cierta especie de demonios, la más recalcitrante, solo se vence con la oración (Mc 9, 29).


     Poema Nada te turbe, de Santa Teresa de Jesús. Comunidad de Taizé


REPOSAR EN LA ACCIÓN ES LA VÍA DE LA SANTIDAD

Que el pecado se acompaña de tumulto, y en el silencio está la humildad y la sabiduría del que busca una sola cosa. Aquella visión me enseñó a la bestia, pero también el camino de su derrota, que no es otro que la transformación de bestia en hombre y de hombre en ser angélico. Esta es la peregrinación del alma, el camino del ser angélico, la transformación que nos conduzca a la contemplación de Dios. Este era el milagro, que el lodo une a Dios con el hombre; que el corazón es el reino, el corazón es el templo, el corazón es un sepulcro viviente. El fruto es la belleza, una rosa mística que crece aquí y ahora y siempre, rodeada de espinas, sangrando sin marchitarse en las penas. El amor debe ser la senda y el epitafio, la llave para saber que nada es imperfecto, que una rana es tan bella como un ángel. Desde mi ordenación como sacerdote jesuita, mi vida se ha basado en la búsqueda contemplativa de Dios; reposar en la acción es la vía de la santidad. Me dediqué a escribir obras para educar en la fe, pero de todas las poesías de mi alma iluminada, me quedo con las ideas que tuvo mi corazón en su viaje hacia Dios, un viaje que toda alma debería hacer.
               Angelus Silesius

12 de julio de 2025

Amor perfecto

 

Evangelio según san Lucas 10, 25-37

En aquel tiempo, se presentó un maestro de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?” Él le dijo: “¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?” Él contestó: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo”. Él le dijo: “Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida.” Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?” Jesús dijo: “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba él y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: “Cuida de él y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta.” ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?” Él contestó: “El que practicó la misericordia con él”. Jesús le dijo: “Anda, haz tú lo mismo”.

                                                El Buen Samaritano, Eugene Delacroix

La mejor manera de descubrir si tenemos el amor de Dios es ver si amamos a nuestro prójimo. 
                                                                       Santa Teresa de Jesús

¿Qué es un corazón compasivo? Es un corazón que arde por toda la creación, por todos los hombres, por los pájaros, por las bestias, por los demonios, por toda criatura. Tan intensa y violenta es su compasión, tan grande es su constancia, que su corazón se encoge y no puede soportar oír o presenciar el más mínimo daño o tristeza en el seno de la creación. 
                                                                            San Isaac el Sirio

Qué riqueza de símbolos y metáforas despliega Jesucristo en esta parábola. Desde los primeros Padres de la Iglesia se viene repitiendo que el Buen Samaritano es Jesús; el herido, la humanidad caída; el vino y el aceite, los sacramentos; la posada, la Iglesia; el posadero, los miembros de la Iglesia; los dos denarios, el Antiguo y el Nuevo Testamento; el día siguiente, la Resurrección; el regreso, la Parusía.

El Buen Samaritano no solo hace todo lo posible en el momento, con ternura y atención, con infinita misericordia, amando al otro como a sí mismo, sino que se compromete a seguir procurando los cuidados necesarios. Él paga siempre por anticipado, ama por anticipado, vela y preserva por anticipado.

Medio muertos al borde del camino, heridos, vapuleados, desangrándonos, estamos todos antes del encuentro con Jesucristo. Algunos conscientemente,  otros por inmadurez o ignorancia, casi todos volvimos a bajar de Jerusalén, a Jericó, de la luz, a la oscuridad, de la Ciudad celeste, al mundo, de la gracia, al pecado. ¿Cómo no caer en manos de bandidos? ¡Qué descenso tan largo y qué profundo a veces! Ya lo decía San Agustín: Toda la humanidad yace herida en el borde del camino en la persona de ese hombre, a quien el diablo y sus ángeles han despojado.

Pero Él vino a nuestro encuentro; no podíamos volver a subir solos, nadie puede por sí mismo. Es Él quien ha bajado en nuestra busca, para levantarnos y salvarnos la vida. No se limita a ejercer la caridad por compasión; la misericordia divina llega mucho más lejos que la compasión. Él no solo se compadece, le duelen hasta las entrañas al vernos tan maltrechos, y por eso nos ofrece la curación total; porque Él no es otro mediador, sino el Hijo, el mismo Dios encarnado.

No nos ensañemos con el levita y el sacerdote; recordemos todas las ocasiones en que nos comportamos como ellos. A fin de cuentas, están cumpliendo la ley sobre la pureza de la religiosidad judía, dan un rodeo y pasan de largo. ¿A qué leyes o preceptos obedecemos nosotros? ¿Seguimos adaptándolos a nuestra conveniencia? ¿Somos fieles al Mandamiento del Amor que instituyó Jesucristo? ¿O solo alardeamos de conocerlo, y, en la práctica, nos limitamos a otros cumplimientos más cómodos y llevaderos? Más mezquinos al final, cumplimiento, cumplo y miento, alertaba San Josemaría. 

El ejemplo que nos pone Jesús, el Buen Samaritano, la metáfora de Sí mismo, es natural de Samaria, miembro, por tanto, de un pueblo de herejes, ancestralmente enfrentado con los judíos. Qué audaces tus lecciones, Señor, cuándo las asimilaremos en su plenitud transformadora… 

Ama y haz lo que quieras, decía San Agustín, no como rebeldía o provocación, sino porque en el amor a Dios y al prójimo se sostienen toda la ley y los profetas (Mt 22, 40). El amor es más fuerte que el miedo y la muerte, más que las leyes y los dogmas, más fuerte que todo. Las normas, reglamentos, prohibiciones..., son necesarios para los que no han llegado, todavía, al amor y se rigen por la frialdad de la ley, la amenaza y el temor. Los que han dado el gran salto están en la plenitud de la ley (Rom. 13, 10) y viven libres, confiados en Dios, abiertos al mandamiento del amor, que contiene y sostiene todo y a todos. En ese amor esencial que brota del alma del verdadero discípulo, que se reconoce amado y se reconoce como amor, encontramos el terreno fértil para el entendimiento, la armonía y la unidad.

                                                 El Buen Samaritano, Pelegrín Clavé