26 de mayo de 2011

La alegría de Jesús




            Como el Padre me ha amado, así os he amado yo. Permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud.
                                                                  Juan 15, 9-11




        La alegría es una necesidad y una fuerza para nosotros, también psíquicamente. Una hermana que cultiva el espíritu de alegría siente menos la fatiga y está cada día dispuesta a hacer el bien. Una hermana rebosante de alegría predica sin predicar. Una hermana alegre es como el rayo de sol del amor de Dios, la esperanza de la alegría eterna, la llama de un amor ardiente.
        La alegría es una de las mejores garantías contra la tentación. El diablo es portador de temor y barro, toda ocasión para lanzárnoslo es buena para él. Un corazón alegre sabe cómo se ha de proteger.

                                                                            Beata Teresa de Calcuta



         Corren malos tiempos. Según la cronología hinduista, estamos en Kali Yuga, era de luchas e hipocresía, era de perdición, lo más alejado a la Edad de Oro.
         Para los cristianos son los últimos tiempos, en los que esperamos la segunda venida de Nuestro Señor. Aunque Él no deja de venir cada día, en cada circunstancia, cada encuentro, cada instante si estamos despiertos, esas venidas intermedias que dan sentido a nuestra vida y nos sostienen. Porque Él sigue estando con nosotros, fiel a su promesa. 
          El planeta nos avisa con desastres naturales de que hemos ido demasiado lejos por ambición y soberbia. La sociedad está llegando a límites nunca conocidos de crispación y egoísmo. El sistema económico se hunde. Hay cada vez más zombis y menos hombres y mujeres íntegros. Los mensajes apocalípticos se propagan por doquier. 
          Nunca como hoy hemos de ser valientes y decididos, firmes en nuestras creencias y coherentes con nuestros principios. Pero esta actitud de responsabilidad y entereza no debe llevarnos a vivir con miedo o aprensión. Como dice la Beata Teresa de Calcuta, es el diablo el que nos envía barro, temor y amenazas, para separarnos de la alegría de los hijos de Dios. Y es que la esencia del diablo es la separación.
           Un verdadero cristiano, que ha experimentado en su corazón la comunión con el Padre y con sus hermanos, no puede someterse al miedo ni dejarse amedrentar. El cristiano vive alegre y confiado, sin dejar de velar, pues no sabemos el día ni la hora. Velar, vigilar, estar atentos, sin temer ni cerrarse ni esconderse, sin dejar de amar. Donde hay amor no hay miedo.           
          Que nada ni nadie nos arrebate nuestra alegría, la que Cristo nos confió; porque nada ni nadie, como dice San Pablo, puede separarnos de Él, que es también nuestro amor, nuestra libertad, nuestra esperanza, el único capaz de hacerlo todo nuevo.
          "Ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni otras fuerzas sobrenaturales, ni lo presente, ni lo futuro, ni poderes de cualquier clase, ni lo de arriba, ni lo de abajo, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro." (Rom, 8, 38-39)

24 de mayo de 2011

Dilema


                                                                                              ¿Dónde está tu hermano?

                                                                                                                                               Genésis 4, 9

                                                                              
                    No hay vuelta atrás,
                    vives por los demás
                    o no has vivido.

                    Mira los pájaros,
                    que confían en ti;
                    por eso vuelven
                    cada mañana
                    sedientos de poesía,
                    para que escribir
                    no sea una costumbre
                    sino un encuentro.

                    No hay vuelta atrás:
                    eres en su canto
                    y en su vuelo
                    o la ceniza
                    que el viento esparce.

17 de mayo de 2011

¿Entropía?



Secuencia de Horizontes perdidos, de Frank Capra, película sobre Shangri-La (basada en la novela homónima de James Hilton), paraíso utópico donde se vive cientos de años y se envejece muy lentamente.


            Muéstrame el rostro que tenías antes incluso de que tus padres nacieran.
                                                                                                           Hui-Neng


                                                             De lo irreal condúceme a lo real.
                                                             De la oscuridad condúceme a la luz.
                                                             De la muerte condúceme a la inmortalidad.

                                                                                                          Los Upanishads

  
          De nuevo en un hospital, de visita, de apoyo, de aprendizaje, testigo de la enfermedad, la vejez, la decadencia, enemigos aparentes, grandes aliados de la consciencia.
            No en vano, Siddharta Gautama despertó al descubrir la vejez, la enfermedad y la muerte. Es el destino de todos, pero solo en maya, el mundo de la materia finita y mortal. Lo real, lo inmortal, lo incorruptible va por dentro.

            Dice Aïvanhov: “El ideal del verdadero discípulo es formar, en las profundidades de su cuerpo físico, el cuerpo que es denominado cuerpo de gloria, cuerpo de inmortalidad, cuerpo de Cristo, el verdadero cuerpo de la resurrección.” Es Él, Jesucristo, uno con el Padre y con el Espíritu Santo, el que lo hace posible, el que nos abre camino. Sin Él solo sería un ideal.
           
            Teilhard de Chardin se asoma al Misterio con este poema:

Cuando las señales del envejecimiento comienzan a marcar mi cuerpo
(y aún más cuando tocan mi mente);
cuando la enfermedad que va a disminuirme o a llevarme
golpea desde fuera
o nace dentro de mí;
cuando llega el momento doloroso en el que
despierto de pronto
a la realidad de que estoy enfermo o me estoy haciendo viejo
y sobre todo en el momento último en el que siento que estoy perdiendo
el control sobre mí mismo
y estoy absolutamente pasivo en las manos
de las grandes fuerzas desconocidas que me conformaron;
en todos esos momentos oscuros, Dios mío,
concédeme la facultad de comprender que eres Tú
(si mi fe es lo suficientemente fuerte)
el que estás partiendo dolorosamente las fibras de mi ser
para penetrar hasta el tuétano de mi sustancia y llevarme hasta Ti.


            Y San Pablo, con su contundencia y claridad habituales, en la Segunda Carta a los Corintios, 4, 16-18:
            “Por eso no desfallecemos; al contrario, aunque nuestra condición física se vaya deteriorando, nuestro ser interior se renueva de día en día. Porque momentáneas y ligeras son las tribulaciones que, a cambio, nos preparan un caudal eterno e inconmensurable de gloria; a nosotros que hemos puesto la esperanza, no en las cosas que se ven, sino en las que no se ven, pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas.”


            Envejecer puede ser una bendición. Si siempre fuéramos jóvenes y guapos, si nos mantuviéramos en plenitud de facultades en el mundo material, tal vez no despertaríamos, y moriríamos sin conocer lo real, lo verdadero, lo inaccesible para el que se limita a enfrentarse al mundo con sus cinco sentidos físicos. Pero envejecemos, gracias a Dios envejecemos. Perdemos belleza y lozanía, perdemos capacidad de agradar a los que siguen mirando el mundo con su vista corporal, los que ni siquiera saben que tienen otros sentidos infinitamente más sutiles. Envejecemos y podemos –necesitamos– aprender a ver otros mundos que nos acojan, que nos permitan seguir sintiéndonos valiosos. Y un día descubrimos que no solo somos valiosos, sino que definitivamente Somos, y que el valor y el sentido están en nosotros.
Nosotros somos el sentido y el valor. Nosotros somos. Yo Soy.
Tal vez no habríamos llegado a esta maravillosa revelación, si no hubiéramos perdido la zanahoria que nos mantenía como burros girando alrededor de una sombra. No habríamos despertado si la enfermedad, la vejez, la cercanía de la muerte, no nos hubieran quitado la venda o dado el beso definitivo, como el príncipe enamorado a la Bella Durmiente, para despertarla, devolverla a la vida.
            Bendita vejez, bendita enfermedad, bendita muerte, ya habéis cumplido vuestra misión; podéis disolveros como humo.


10 de mayo de 2011

Maranatha

…que puedan ser uno, como lo somos nosotros; yo en ellos, y tú en mí, para que lleguen a la unión perfecta.

                                                      Juan, 17, 22-23


            El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí la salvará.
                                                                                                                                                            Lucas, 9, 24
                                              
           
                                  Si logro estar alerta, me descubro:
                                  soy atención serena y sostenida,
                                  soy la mirada fiel, soy el aliento
                                  de una respiración que me respira,
                                  devolviendo mi esencia al universo.
                                
                                 Si logro estar alerta Le descubro:
                                 es todo para mí,
                                 soy todo para Él.

                                 Soy real en el centro de mi ausencia,
                                 presencia Suya al fin
                                 y para siempre.


30 de abril de 2011

Creer y ver


Comentario de Enrique Martínez Lozano al Evangelio del Domingo II de Pascua 

Evangelio de Juan 20, 19-31

 Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
— Paz a vosotros.
Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
— Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
— Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
— Hemos visto al Señor.
Pero él les contestó:
— Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
— Paz a vosotros.
 Luego dijo a Tomás:
— Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.
Contestó Tomás:
— ¡Señor mío y Dios mío!
Jesús le dijo:
— ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.


                                           CREER Y VER

Si en el cuarto evangelio, todos los personajes que aparecen son representativos, Tomás es símbolo de aquellos discípulos que tenían (tienen) dificultades o se resistían (resisten) a creer en la resurrección de Jesús. Pensando en ellos, el autor del evangelio ha construido una catequesis, que gira en torno a dos cuestiones centrales: la afirmación de fe de Tomás y la bienaventuranza que pone en boca de Jesús.
Empecemos por el final: “Dichosos los que creen sin haber visto”. En el cuarto evangelio, el tema de “creer” –que aparece unido a “nacer de nuevo”- presenta una especial relevancia y remite a algo paradójico: No se trata de “ver” para poder “creer”, sino justo al revés: sólo cuando se “cree”, se “ve”.
Aunque de entrada pueda sonar extraña, en realidad esa paradoja responde ajustadamente a lo que es la condición humana. Si sabemos que “creer” significa “confiar”, caeremos en la cuenta de que el niño, antes de “saber”, confía… Y sobre esa confianza se empieza a construir su personalidad.
¿Qué significa, pues, “creer” o “confiar”? Aquí está la clave de toda esta cuestión. Se trata de acceder a un estadio de conciencia donde la confianza resplandece, porque descubres que, en ese nivel, todo está bien. Acalla la mente y su vagabundeo errático, silencia el ego y su cúmulo de deseos, y emergerá la Quietud, el estado de Presencia, caracterizado por la Confianza y la Certeza: es justo ahí cuando empiezas a “ver” o a comprender.
Esa es precisamente la bienaventuranza: se proclama felices o dichosos a quienes, trascendiendo la mente y el yo, experimentan la confianza radical, en ese estado que permite “ver”.
De este modo, parece que el autor del evangelio buscaba motivar a los cristianos de la segunda generación para que acogieran la fe en la resurrección y, de ese modo, llegaran a la profesión de fe cristiana: “Señor mío y Dios mío”. Porque es ahí –viene a decir- donde se juega la fe, no en el hecho de haber tocado o no las llagas del resucitado.
Lo que se percibe y vive en ese nivel –trascendida la mente y el yo- es Paz y Perdón. Ahí se ha dejado el reino del ego y se es introducido en el reino del Espíritu. No es extraño que sean precisamente ésas las palabras del resucitado.

Por lo demás, el resto del relato no parece ser sino una escenificación que pretendía mostrar el objetivo enunciado.
Se sitúan las apariciones, tanto la primera como la segunda, en domingo –“el día del Señor”- y en el contexto de la celebración de la Eucaristía. Con lo que el autor transmite también otro mensaje: la eucaristía –o “fracción del pan”, o “cena del Señor”- es el “lugar” idóneo para experimentar al resucitado; y quien no participa de ella, pierde la posibilidad de verlo. Pero no por un motivo mágico –como si de un premio se tratara-, sino porque la eucaristía es la celebración de la Unidad de todo.
Se menciona de un modo expreso el miedo de los discípulos. Si tenemos en cuenta que este evangelio no se escribe antes del año 100, no sabemos si esa mención obedece a un recuerdo histórico –en el contexto de alguna persecución de que fueran objeto los discípulos de Jesús por parte de los judíos-, o quiere mostrar sencillamente el estado de ánimo del grupo antes del “encuentro” con el resucitado, o incluso si sólo es un pretexto para decir que las puertas estaban “cerradas” y, aun a pesar de ello, Jesús se hace presente.
El mensaje puesto en boca del resucitado es siempre un mensaje de Paz. De hecho, lo había sido a lo largo de toda la vida del Maestro, a pesar de haber vivido en un conflicto casi permanente. En medio del conflicto, Jesús fue paz.
La paz es hermana de la confianza. Al acallar la mente –cuando dices “¡párate!”-, aparece lo que siempre hay: Quietud (otro nombre de la paz). Y simultáneamente, Confianza que brota al apercibir que, en ese “lugar”, en el Silencio que está oculto detrás de tantos ruidos de todo tipo, todo está bien. La confianza y la paz se hermanan en una sensación de Gozo sereno y desapropiado, que no está reñido con que, a nivel superficial, aparezcan alegrías o tristezas efímeras.
Quien experimenta esto, se siente “enviado”, tal como señala el mismo texto. No a hacer proselitismo ni porque se crea en posesión de la verdad. Es algo mucho más hondo, gratuito y desapropiado. Sentirse “enviado” es, sencillamente, reconocerse como “cauce” a través del cual la Vida se expresa. Por eso mismo, no hay apropiación ni expectativas; se deja que la Vida sea. Por eso, en este sentido en el que lo estamos planteando, únicamente puede sentirse “enviado” quien ha dejado de identificarse con su yo, se ha desprendido del ego. El yo no puede nunca vivir como “enviado”, aunque lo proclame, porque su característica es vivir egocentrado, justo lo opuesto a ser cauce.
Tanto la paz como el envío y el perdón, que se nombrará más adelante, nacen –es otra forma de decirlo- de experimentarse llenos del Espíritu. En el Silencio de la mente, en la Quietud de la Presencia, en la desapropiación del yo, lo que queda es Espíritu… Y eso que queda es, justamente, nuestra identidad más profunda.
Pierre Teilhard de Chardin decía que “no somos seres humanos que vivimos una aventura espiritual, sino seres espirituales viviendo una aventura humana”. Mientras estamos identificados con el yo, convencidos de que eso es nuestra identidad última, si somos personas religiosas, vemos el Espíritu como alguien “exterior” o, al menos, separado, de quien vendría la fuerza a nuestro pequeño yo.
Al despertar, todo se modifica. Venimos a descubrir que somos el Espíritu, que se está expresando en una forma concreta, la de cada yo particular. En lo concreto, no se trata, por tanto, de acudir al Espíritu para que venga en auxilio de mi pequeño yo, sino de no olvidar nunca más que “soy” el Espíritu viviéndose en una particular forma humana.  
He entrecomillado la palabra “soy”, porque el sujeto de la misma no es mi pequeño yo -¡eso sí que sería el colmo de la inflación egoica!-, sino el mismo Espíritu que habla a través de esta forma.
Es precisamente en este cambio en la percepción de nuestra identidad donde se juega el “salto” que parece anunciarse en la humanidad. Un salto decisivo que habrá de llevarnos de vivir egocentrados –girando únicamente en torno a nuestros pequeños intereses, sean individuales o colectivos- a experimentarnos como una única Identidad compartida en la que, en cada ser, nos reconocemos a nosotros mismos. Esto no es otra cosa que la vivencia de la No-dualidad: las diferencias están, pero dentro de una no-separación o Unidad radical.
Es también a partir de ahí como se modifica tanto la percepción como el comportamiento. ¿Cómo me dirigiré al otro, a quien reconozco como el Espíritu, el mismo Espíritu que “yo” soy en mi identidad más profunda? ¿Cómo actuaré con alguien que, detrás de su forma particular, “soy” yo mismo, detrás también de mi particular forma? Únicamente desde aquí es posible vivir el perdón, el no-juicio, la compasión y el amor servicial. Ahí “vemos” al resucitado, como espejo de lo que somos y siempre hemos sido y nunca dejaremos de ser.

Una poesía de Eugenia Domínguez apunta e invita a que salgamos de la ignorancia que supone reducirnos a la mente y tengamos el coraje de permanecer, sencillamente, en el Yo Soy. Di “Yo soy”, no añadas nada más… y permanece ahí, hasta que la luz se manifieste.


                                                PAUSA

Tardé tanto en convencerme
de que correr y  morir son lo mismo…
Alguna tregua breve,
y vuelta a la tortura de la noria,
donde luces y sombras se suceden
y se mezclan aturdidas.

Tardé siglos en darme cuenta
de mi prolongada, absurda muerte
y un instante sólo en detenerme,
el instante preciso para ver
que vivo y reconocer
mi peso, mi paso, mi volumen,
el misterio que alienta
en mi cuerpo y lo trasciende
difuminando sus bordes,
uniendo mi vida a la Vida.

Un instante sólo en detenerme,
reconocer que Soy
y Ser.


(Eugenia DOMÍNGUEZ, Vocación de diamante, Torremozas, Madrid 2005, p.42).


www.enriquemartinezlozano.com



26 de abril de 2011

Noli me tangere


Dulce fue este amor entre Nuestro Señor y María: ¡cuánto lo amaba!, ¡cuánto más la amaba Él!

                                                                                                   La Nube del no Saber


            He vuelto a soñar con María Magdalena, la discípula fiel. Estaba en la orilla del Mar de Galilea y hablaba con un hombre joven. Acaso fuera Juan o Santiago el Menor. Acaso fueras tú.


            Él dijo: Noli me tangere, y así lo conté. Creyeron que había dicho “no me toques”, pero el sentido era: “suéltame, no me retengas”, porque lo que me costaba era desatar los lazos del espíritu, y sintió mi ansiedad, mi inclinación hacia Él, mi mirada colgada de la Suya, transparente.
Pocos comprenderán lo que significa de verdad noli me tangere. Solo aquellos que crean sin ver y sepan que Él vino a tocar ese rincón de sus almas donde nace la fe. Lo entenderán quienes hayan luchado contra los apegos y hayan conocido lo difícil y necesario que es aprender a soltar.
            Él subía al Padre, y muchos pensaban en un padre anciano, con ojos y boca, con brazos y cansancio. No se acordaban de que Él había dicho: “quien me ha visto a mí, ha visto al Padre”. No estaban preparados para entender que el Padre no está lejos, en un extraño lugar, en un reino remoto. El Padre es aquí, en Él, en nosotros, pero muchos no lo vieron, no lo ven.
            Él nos enseñó a mirar, conscientes de estar mirando. Antes de Él mis ojos eran limitados, sólo veían lo que tenía delante, y a veces ni eso. Junto a Él mi campo de visión se fue abriendo, mostrando un horizonte cada vez más próximo y más amplio, vasto, profundo. Y me enseñó a ajustar la mirada interior, la que me permitió verme a mí misma con nitidez y objetividad, para intentar imitarle y configurarme con Él algun día.
            Dios vivía en Su cuerpo, moraba en Él, y ahora Él vive y mora en nosotros. Cómo voy a echarle de menos, si al mirarme en el espejo le veo, si te miro a ti y le veo, le escucho si hablas y también cuando callas.
            Ante la Cruz empecé a comprender, y sus palabras crearon significados nuevos. No era un moribundo lo que estaba viendo, sino un Instante infinito, la tierra elevándose hacia el cielo, el alma del Hombre nuevo ascendiendo hasta Dios.
            Yo lloraba en silencio y le pedía que se fuera, que dejara de sufrir. Se lo pedía al Maestro que había caminado junto a nosotros. Lloraba y pedía que se liberara del suplicio, pero algo en mí mantenía la calma, una calma expectante y vertical, donde podía nacer una esperanza firme como el Árbol de la Vida.
            No era un hombre humillado y moribundo lo que mis ojos veían, era mi destino glorioso y el de todos los hombres, la Cruz de la unidad y el conocimiento, Alfa y Omega, el Verbo, las palabras que nunca pasarán.
            En ese Instante eterno, todo estuvo claro. Luego descendí bruscamente, abandoné aquella altura de conciencia y dignidad, me dejé zarandear por el espectro de mis antiguos demonios al verle morir. Tal vez influyó Su grito de desolación inaudita. Luego comprendí que aquel momento de tiniebla fue también necesario para que todo se cumpliera.
            Con Su muerte, anduve perdida durante tres días de ceguera y angustia. Bajé a los infiernos de la locura y allí permanecí hasta que volví a verle y un latido de luz nació en mis venas y mi frente, con qué rítmico fluir de vida nueva y abundante.
            Hoy sé por qué no comprendíamos hasta el fondo Sus enseñanzas. ¿Cómo íbamos a entender lo que solo al cumplirse lograría la plenitud de su sentido? Él había encendido en nuestras almas una llama que, a partir del Gólgota, se avivó hasta consumir en nosotros el viejo mundo y hacerlo todo nuevo.
            He estado otras veces junto a sepulcros como el de José de Arimatea, que Él ocupó durante apenas dos días. He visto cómo se desplazaba la piedra, separándonos para siempre de un cuerpo conocido. He ungido algunos de esos cuerpos y he llorado, casi siempre por compasión hacia los vivos. Pero nunca hasta Su entierro había sentido un frío semejante, que me traspasaba y me dejaba sin aliento. Tampoco hasta entonces me había parecido tan oscura la noche, tan tenebrosa.
            Qué muerta la piedra de su sepulcro. Qué muerta mi mirada sobre aquella rugosidad fría. Qué muerto el mundo aquella noche. No quedaba rincón a salvo de la muerte, ni un valle donde refugiarse, ni un techo bajo el cual olvidar que estábamos muertos, pudriéndonos sin Él, sin Su palabra viva.
            Porque bastaba escucharle para que el día tuviera sentido y conocer e integrar tantas cosas que aún permanecían fuera de nosotros. No hacía falta más; escucharle y mirarle con el corazón abierto y el alma creciendo libre. Entonces volvían a multiplicarse los panes y los peces, aunque los demás no lo vieran ni probaran tan sutil alimento.
            Él nos quería nuevos, y por eso fui nueva. Sí, es cierto que Él hacía todo nuevo. Mírame, a mí me renovó con su palabra de luz y su silencio, más hondo que el Mar de Galilea que aún me recuerda el color de Sus ojos. Fui capaz de penetrar en lo más profundo de mi ser, para renacer a esa nueva vida.
            Cómo hacerles ver que Él no estaba muerto, que éramos nosotros los que por fin nos atrevíamos a morir para volver a nacer de sus manos, vasijas nuevas, llamas recién encendidas en viejas velas que llevaban años, siglos sin alumbrar.
“Suéltame, no me retengas, que aún no he subido al Padre.” Ahora lo comprendo y lo digo en silencio si algo en mí vuelve a soñar con el amor de un hombre. Me doy cuenta de que creerme el espejismo o caer en la trampa de un amor limitado me retiene, me impide vivir para Él.
            Es hora de amar, aprender a amar como Él amó, a todos, sin distinción. Buscar el amor de un hombre sería un absurdo error, ahora que conozco el mundo y sus leyes, que atan y esclavizan. Conformarme con unas cuantas palabras dulces sería renunciar a la Palabra, con toda su belleza palpitante, con su verdad y su vida.
           Esa es la actitud necesaria: “Suéltame, que aún no he ido al Padre”. Amar a todos como a uno mismo, como Él nos amó, sin posesiones, dependencias ni apegos, sin excluir a nadie. “No me retengas”, repito entonces a esa ilusión de amor, no me esclavices, no me engañes ni permitas que te engañe, nos engañemos y creamos que somos la meta el uno para el otro. La meta es otra; la meta es Él.
No toques mi inclinación a lo alto, a lo hondo, a lo verdadero, no sea que se quiebre, aún es frágil. No toques el silencio donde lo encuentro y yo no tocaré el tuyo. No apagues la chispa de eternidad que Él encendió en mi corazón, ni pises la semilla que vibra para transformarse y dar fruto. No reprimas esta sed, esta hambre del espíritu. No retengamos nuestra esencia de hijos del Padre, haciéndonos creer que somos hijos del mundo o de la tierra. No toques mis alas, que aún están creciendo, y yo miraré las tuyas con distancia aparente, como se miran nuestras almas.
            Lo que hay en nosotros de cierto e imperecedero, ya está mirándose, se mira desde antes de que tú y yo fuéramos conscientes de existir. No me retengas, no te retengo con estas manos torpes y estos pies de barro. Amémonos así, como hermanos, con el respeto del que se sabe limitado y quiere dejar de serlo. No me retengas en el mundo de formas y de nombres, suéltame, deja que vaya al Padre. Este anhelo de Él no me separa de ti ni de otros hermanos, nos hace capaces de amarnos de verdad, sin condiciones, como Él. Porque ya somos Suyos; nos está poniendo nombre.
Si volvemos a tener miedo de la soledad o volvemos a tener miedo del miedo, es hora de sentir Su presencia y recordar: “dichosos los que crean sin haber visto”. Y recordar también que Él está con nosotros todos los días hasta el fin de los tiempos, y que, antes de subir al Padre, dijo: “no temáis, yo he vencido al mundo”. Él ha vencido al mundo por nosotros; compartamos este triunfo con los que aún no saben que la victoria ya es de los que creen en Él.
            Él sigue hablándome: Noli me tangere, suéltame, no me retengas, renuncia a mí para ganarme. Como renunciaste a tu vida por mí, y la tuviste en abundancia, no te aferres a lo que tus ojos han visto y tus oídos han escuchado. Hay mucho más que aún no conoces; suéltame y un día lo tendrás, en ti, parte de ti, en unión perfecta de mi Espíritu y el tuyo.

         
            Gracias María; hasta el próximo encuentro. Espero volver a soñar contigo pronto. ¿O eres tú la que me sueña?

24 de abril de 2011

¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!


 “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin de los tiempos.”

                                                                                                Mateo 28, 20


            En los últimos días he leído varios escritos, creo que bienintencionados pero confundidos, sobre la necesidad de replantear la muerte y resurrección de Jesucristo. Dicen, entre otras cosas, que hay que bajar a Cristo de la cruz, que debemos olvidar el sacrificio para quedarnos con el amor, que la imaginería de la Semana Santa es rancia, que hay que centrarse en el mensaje revolucionario de la enseñaza de Jesús y ocuparnos de los pobres y oprimidos… 
            Claro que el centro del cristianismo es el amor, y que sin amar al hermano no puede haber amor a Dios. Afirmarlo y vivirlo no supone obviar la importancia de la cruz, símbolo excelso del amor, lo que Rudolf Steiner y Sergei Prokofieff llaman el Misterio del Gólgota.
            Como señala Annick de Souzenelle, nuestro tiempo lineal es trascendido, porque la memoria del presente en “Yo Soy”, YHWH, se realiza en la Persona de Cristo. Solo Él se ha revelado en “Yo Soy”. Otros tendieron a ello en su interioridad, como Moisés en un “Yo seré”, pero Cristo es ese Instante del mundo, porque es el Hijo de Dios. En ese Instante contemplamos el beso del cielo y de la tierra, el beso del interior y del exterior y de todas las antinomias, resueltas en la Cruz y en el triunfo de la Resurrección.
            Por eso decimos que Jesucristo es la Palabra definitiva de Dios, que se inmola a Sí mismo a través de Su Hijo, en un sacrificio irrepetible, donde Él es a la vez víctima inocente e inmortal, sacerdote todopoderoso, altar perpetuo y fuego puro. Si miramos el Misterio del Gólgota y la Resurrección con los ojos del corazón, descubrimos que el Reino de Dios es Jesucristo. Dice Ivo Le Loup (Sédir) que el único medio de poder imaginar lo que puede llegar a ser la vida en ese Reino es mirar lo que Él ha hecho aquí abajo.
            Si la Encarnación es ya un acto de amor infinito de Dios hacia el hombre, su Sacrificio y su Resurrección son la plenitud de ese amor, algo tan inconcebible que la mente se rinde y se retira.
            ¿Cómo pasar de puntillas por este Misterio que nos incorpora a Cristo y nos permite ser hombres nuevos, hombres para la vida, no ya para la muerte? ¿Cómo querer cambiar lo único que no se puede cambiar? ¿Cómo pretender cambiar nada, si no cambiamos nosotros mismos?
            Uno de estos escritos “progresistas” propone una “perspectiva actualizada” de lo que celebramos. Reflexionemos sobre lo que significa la palabra actualizar en su verdadero sentido. El significado más epidérmico y vulgar de la palabra "actual" es “moderno”, y en él se queda el autor. Pero hay un significado más profundo: “real”, por oposición a potencial. No nos conformemos con lo fácil y accesible, ni nos quedemos con el presente cronológico, que hace reivindicar la modernidad y el progresismo (otra palabra con diferentes niveles de significado). Seamos audaces y apostemos por ese presente atemporal que es nuestra esencia y nuestro destino, del que el otro, si es vivido con atención y consciencia, es solo una puerta, un anticipo.
            Si queremos ser realmente revolucionarios, luchemos en primer lugar contra nuestros verdaderos enemigos, que no son las procesiones ni la iconografía de la Semana Santa, ni las tradiciones devotas populares, que nos pueden llegar más o menos, o nada.
           Los enemigos los llevamos dentro; son el tiempo y la muerte, cuya raíz es el pecado, no en su sentido rancio como dicen estos escritos, banalizando de nuevo las palabras, sino en su auténtico significado, que tiene que ver con la soberbia, la riqueza de espíritu, el egoísmo, la mentira, la separación, las falsas creencias que nos condicionan. Otro día hablaremos del sentido profundo del pecado, del estado de Caída y de la Redención, tan superficialmente comprendidos en los comentarios a los que me refiero.
          Hoy celebramos que Él ha resucitado y nos enseña a vencer a esos enemigos interiores; con Él los vencemos, en realidad. Nuestra tarea es darnos cuenta de ello y aceptarlo. Cuesta un gran esfuerzo, porque el ego y sus personajes, propios del hombre viejo, quieren impedirlo a toda costa. Aceptar que con Él hemos vencido al pecado y a la muerte les haría desaparecer, por eso sabotean el trabajo necesario de aceptación y toma de conciencia de lo que realmente somos: hijos de Dios y coherederos de Su Reino, por Aquel que nos ha devuelto esa dignidad.
            Apelan a la ciencia, sin profundizar en sus hallazgos, a lo que se ve en la calle, a la necesidad de acabar con un Dios vengativo, implacable y justiciero. ¿Quién cree hoy en ese Dios? Los que aún lo ven fuera han de transformarlo dentro de sí en el Dios de amor, que es el verdadero.
            Escriben que están cansados de Crucificados y Vírgenes Dolorosas, que las Siete Palabras no les dicen nada. No han experimentado en sí mismos el Misterio del Gólgota, por eso no pueden ver que la Cruz es el único camino hacia la resurrección y la vida. Si recordaran las palabras de Jesús a Nicodemo y comprendieran lo que significa nacer de nuevo… Si lograran escuchar las Siete Palabras con el corazón, en lugar de con la mente inferior, tan lógica, tan limitada, incapaz de penetrar el Misterio, tal vez descubrirían que lo imposible puede ser posible si es Dios, un Dios loco de amor, el que lo quiere y lo realiza.
            El humilde, el pobre de espíritu, el que ha logrado un corazón de niño es capaz de asombrarse de tal modo ante el Misterio, que no se pierde en discusiones vanas. No necesita elaborar “otro Jesús”, porque vive junto a Él, el único, y experimenta su amor incondicional, que transforma y libera. Por eso no se distrae, y deja a los muertos que entierren a los muertos; le basta con seguir al que vive.
            Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, hace posible con su muerte y su resurrección el triunfo de la vida para toda la humanidad. Desde ese momento, verdaderamente actual, no vivimos sometidos al tiempo y la muerte, vivimos en Kairós, el tiempo de la gracia, y la muerte ya no tiene poder sobre nosotros. Sufrimos y morimos como una circunstancia temporal, sobre la que nos alzamos para llegar a nuestro destino de seres creados para vivir eternamente.
            “Dioses sois”, nos recordó el Maestro. Pero muchos aún no lo creen. Hace falta tener un corazón sencillo para que la buena nueva nos transforme y podamos nacer de nuevo. Los soberbios, y muchos de los que por inercia o ignorancia se dejan seducir por ese progresismo mal entendido y trasnochado, siguen buscando entre los muertos al que vive.
            A ellos y a los que sí creen que Él es la Resurrección y la Vida, a todos: ¡Feliz Pascua!