13 de noviembre de 2011

Atrévete a vivir


Comentario al Evangelio de hoy por Enrique Martínez Lozano:

Evangelio de Mateo 25, 14-30

         En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
         Un hombre que se iba al extranjero llamó a sus empleados y los dejó encargados de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos de plata; a otro, dos; a otro, uno; a cada cual según su capacidad. Luego se marchó.
         El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor.
         Al cabo de un tiempo volvió el señor de aquellos empleados y se puso a ajustar las cuentas con ellos.
         Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo:
         ¾ Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco.
         Su señor le dijo:
         ¾ Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor.
         Se acercó luego el que había recibido dos talentos, y dijo:
         ¾ Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos.
         Su señor le dijo:
         ¾ Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor.
         Finalmente, se acercó el que había recibido un talento y dijo:
         ¾ Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces; tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo.
         El señor le respondió:
         ¾ Eres un empleado negligente y holgazán. ¿Con que sabías que siego donde siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco para que al volver yo pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará; pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese empleado inútil echadlo fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes.


ATRÉVETE  A  VIVIR

            “Tener talento” es, entre nosotros, una frecuente expresión popular, en la que el término “talento” llega a equipararse con la propia inteligencia. De hecho, en otros países de habla española, una persona inteligente o brillante suele ser designada como una persona “talentosa”.
Un talento equivalía a 6000 denarios, una cantidad muy importante, si tenemos en cuenta que un denario correspondía al jornal de un día de trabajo. Las cifras de que habla la parábola son, en cualquier caso, considerables. Y ello nos aporta ya una primera clave, que conviene no olvidar.
El don es abundante. El dador –como había puesto de relieve la parábola del sembrador- se caracteriza por el exceso y el derroche.
Frente a ese exceso de don, resulta todavía más mezquina la actitud del tercer empleado que, llevado por el miedo, esconde lo recibido.

Pero, antes de adentrarnos en el contenido de la parábola, me parece necesario advertir que se trata de un texto susceptible de alimentar justamente la actitud opuesta a la que Jesús preconizaba.  
Leído en clave “religiosa” –y, en general, del yo-, pareciera que la narración es una apología de la idea del mérito y de la recompensa. Así hemos funcionado, con frecuencia, en la vida religiosa, también en la Iglesia.
El esquema básico se apoyaba en tres pilares: DON – EXIGENCIAS – RECOMPENSA. Este modo de plantear la relación entre Dios y el ser humano se derivaba de los pactos que los reyes solían hacer con sus vasallos. (No es extraño que la propia parábola se haya leído de esta forma: el rey da los talentos – les exige que los hagan fructificar – y recompensa a quien lo logra, mientras que castiga a quien fracasa).
Se aprecia fácilmente que ese esquema establece una relación mercantil. Y hoy también somos más conscientes de que una religiosidad establecida en clave de rivalidad –“do ut des”: “te doy para que me des”- no puede generar sino culpabilidad, rebeldía o resentimiento…
Por otro lado, esa manera de vivir la religión ha conducido a desviaciones graves como la autojustificación beata o la angustia culpabilizadora, donde el sujeto religioso llegaba a tener la sensación de haber sido encerrado por Dios mismo en un chantaje afectivo de imposible salida.

Personalmente, estoy convencido de que el mensaje y la propia práctica de Jesús constituyen un poderoso desactivador de tales posibles desviaciones, porque echan por tierra el esquema mismo.
No es el mérito, sino la gratuidad, lo que constituye el núcleo del mensaje de Jesús. Todo es don, Dios mismo es Gracia que rompe nuestras supuestas barreras de méritos y de “dignidad”.

¿Cómo leer entonces esta parábola? ¿No está insistiendo explícitamente en la obligatoriedad de “hacer producir” el don recibido para eludir la condena final?
Me parece que, para evitar, en lo posible, errores de lectura, es importante reconocer, de entrada, la limitación de los conceptos y de las palabras, así como su dependencia del contexto inmediato en el que se dicen.
Junto a ello, al acercarnos a un texto evangélico, no podemos olvidar nunca los elementos nucleares y característicos del propio evangelio. De otro modo corremos el riesgo de interpretar una perícopa determinada en contradicción con el evangelio en su conjunto.
En lo que se refiere a nuestro caso, lo que la parábola pretenda transmitir no puede ir nunca en contra de algo que para Jesús era prioritario: la gratuidad misericordiosa de Dios.
Un Dios “que ama a los ingratos y a los malos” (Lucas 6,35), que abraza al “hijo pródigo” y organiza una fiesta para él, sin ningún tipo de condición (Lucas 15,20-24), que es “amigo de publicanos y de pecadores” (Mateo 11,19)…, no puede luego “pasar cuentas” para admitir con él únicamente a quien ha “cumplido” y hecho suficientes méritos. Así pensaban los fariseos, no Jesús.
¿Qué significa esto? Que la “parábola de los talentos” no tiene por finalidad decirnos cómo es Dios –a diferencia, por ejemplo, de aquella otra del “hijo pródigo”-, sino que su objetivo es animarnos a despertar de la modorra y a superar el miedo que nos mantiene paralizados. Y en este sentido, se trata realmente de una narración sabia y estimulante.

Los talentos –sean cinco, dos o uno; en cualquier caso, una riqueza fabulosa- representan la riqueza que somos, de la que generalmente apenas conocemos una mínima parte.
La parábola viene a decirnos: tienes una riqueza, eres un tesoro…, ¡no tengas miedo ni te “entierres” en la mediocridad o superficialidad! Atrévete a vivir todo lo que eres. 
Nos negamos a vivir cada vez que nos reducimos al pequeño mundo de nuestro ego, encerrándonos en él y en sus mezquinos intereses, ignorando la verdad de quienes somos. Esta ignorancia hace que olvidemos la riqueza que somos y compartimos.
Sin embargo, en la medida en que nos vamos abriendo a nuestra verdad, experimentamos el “gozo de nuestro señor”, no como un “premio” o recompensa a los méritos del yo –esto sería fariseísmo-, sino porque nuestra verdad coincide con ese mismo gozo: uno y otra son la Plenitud anhelada.  
Por el contrario, cuando nos encerramos en el ego, lo que ahí aparece es “llanto y rechinar de dientes”, es decir, sufrimiento inútil y desazón constante, que no son un “castigo” proveniente de un Dios airado o molesto con nuestro comportamiento, sino consecuencia directa de ignorar la verdad de quienes somos. No olvidemos que ego es sinónimo de ignorancia, confusión y sufrimiento.
El “llanto y el rechinar de dientes” son imágenes apocalípticas, usadas para expresar un malestar agudo: la desesperación de los “impíos”, cuando se ven excluidos de la salvación. Es una pena que, durante tanto tiempo, se hayan leído de un modo literalista, hasta el punto de crear, a partir de ellas, un “infierno” para después de la muerte, como lugar de los condenados por Dios.
El infierno lo provoca nuestra ignorancia. Pero lo que somos –como don- es gozo y plenitud.

                                                                                     Enrique Martínez Lozano

                                                  

                                                    LIBERTAD CONDICIONAL
                                                                                 
                                                      Muchos son los llamados, pero pocos los elegidos.
                                                                                                       Mateo 22, 14
                                                                                      
                                                  Todos llevamos dentro el cielo y el infierno.
                                                                                                Oscar Wilde

            Un segundo y me acerco
            al latido más claro.

            Un segundo y me alejo
            de su poder.

            Cada instante es el cielo
            o el infierno.

            Yo decido si quiero
            salvarme o no.

            Un segundo y soy,
            otro y desaparezco.

            Cada día emprendo
            el viaje decisivo.

            Cada día me quedo
            cien mil veces en tierra.

6 de noviembre de 2011

Velad, porque no sabéis el día ni la hora






Evangelio de Mateo 25, 1-13

         En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
         El Reino de los Cielos se parecerá a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas. Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz:
         ¾ ¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!
         Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las sensatas:
         ¾ Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas.
         Pero las sensatas contestaron:
         ¾ Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis.
         Mientras iban a comprarlo llegó el esposo y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta.
         Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo:
         ¾ Señor, señor, ábrenos.
         Pero él respondió:
         ¾ Os lo aseguro: no os conozco.
         Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora.




            Comentarios al Evangelio de hoy, por Santa Gertrudis de Helfta (1256-1301), monja benedictina, y Enrique Martínez Lozano. Dos miradas, dos comprensiones, dos sensibilidades muy diferentes, pero no contrapuestas, que nos recuerdan que Dios es todo en todos (1 Corintios 15, 28).


                             ¡QUE LLEGA EL ESPOSO! SALID A RECIBIRLO

            Mi Dios, mi dulce Noche, cuando me llegue la noche de esta vida, hazme dormir dulcemente en ti, y experimentar el feliz descanso que has preparado para aquellos que tú amas. Que la mirada tranquila y graciosa de tu amor organice y disponga con bondad los preparativos para mi boda. Con la abundancia de tu amor, cubre la pobreza de mi vida indigna; que mi alma habite en las delicias de tu amor, con una profunda confianza.  ¡Oh amor, eres para mí una noche hermosa, que mi alma diga con gozo y alegría a mi cuerpo un dulce adiós, y que mi espíritu, volviendo al Señor que me lo dio, descanse en paz bajo tu sombra. Entonces me dirás claramente: "Que viene el Esposo: sal ahora y únete a él íntimamente, para que te regocijes en la gloria de su rostro". ¿Cuándo, cuándo te me mostrarás, para que te vea y dibuje en mí, con deleite, esta fuente de vida que tú eres, Dios mío? (Isaías 12,3) Entonces beberé, me embriagaré en la abundante dulzura de esta fuente de vida de donde brotan las delicias de aquel que mi alma desea (Sal 41,3). ¡Oh, dulce rostro, ¿cuándo me colmarás de ti? Así entraré en el admirable santuario, hasta la visión de Dios (Sal 41,5); no estoy más que a la entrada, y mi corazón gime por la larga duración de mi exilio. ¿Cuándo me llenarás de alegría en tu rostro dulce? (Salmo 15,11) Entonces contemplaré y abrazaré al verdadero Esposo de mi alma, mi Jesús. Entonces conoceré como soy conocida (1 Corintios 13,12), amaré como soy amada; entonces te veré, Dios mío, tal como eres, en tu visión, tu felicidad y tu posesión bienaventurada por los siglos.
                                                                                          Santa Gertrudis de Helfta




DE  LA  INCONSCIENCIA  A  LA  LUZ

Sabemos que Mateo organiza la enseñanza de Jesús en cinco grandes discursos, mostrándolo, una vez más, como el “nuevo Moisés”, al que se creía autor de los “cinco libros” (Pentateuco) de la Torá.
El último de ellos es el “escatológico” y ocupa el capítulo 24. A continuación, el evangelista recoge cuatro parábolas que insisten en la actitud de la vigilancia: en la necesidad de “estar despiertos” y de “dar fruto”. Una de ellas es la que leemos hoy.
 El trasfondo de la parábola es la boda; en concreto, la costumbre de que unas jóvenes, con lámparas encendidas, recibieran al esposo que llegaba con la novia.
En la tradición bíblica, la “boda” es imagen del “banquete escatológico” y, en la literatura evangélica, puede ser símbolo también del Reino de Dios. Los dos grupos de doncellas hacen referencia a las dos posibles actitudes ante esa buena noticia: una sabia o sensata; la otra, necia o ignorante.
Desde nuestra perspectiva, cuando nos acercamos a una parábola –como a un cuento o a un sueño-, no parece apropiado hacer una lectura literalista. Se trata, más bien, de un relato metafórico-poético, realista, pedagógico-impactante e inacabado o abierto. Por tanto, ni hay que buscar una “explicación” exacta para cualquier elemento, ni hay que leerla en clave moralizante ni, mucho menos, mítica.
En el relato que nos ocupa, la alusión a que unas jóvenes –precisamente las que se presentan como “sensatas”- se nieguen a compartir el aceite con las otras no tiene ninguna relevancia; se trata, sencillamente, de una “necesidad” del relato.
Del mismo modo, me parece que una lectura mítica y meramente moralizante lo empobrece, convirtiéndolo en una “historia ejemplar” a la que imitar.
Desde mi punto de vista, una lectura ajustada debe arrancar de esta constatación: esta parábola está leyendo mi vida. Y la está leyendo justo ahora, en este preciso momento. Esta doble referencia –a la propia realidad y al momento presente- puede ofrecernos una clave que garantice una lectura profunda, regalándonos la riqueza que la parábola contiene.
La “boda” –el “banquete mesiánico”, el “reino de Dios”, la Plenitud…- es ahora. Nuestra mente no puede verlo así, porque para la mente (para el yo), el presente siempre es imperfecto. Dado que el yo no puede vivir en el presente –cuando se acalla el pensamiento, se disuelve-, proyecta al futuro la felicidad que desea, imaginando que la plenitud se ha de hallar en algún otro momento y otro lugar. 
El presente y el yo se excluyen mutuamente. Esta simple constatación nos ofrece pistas interesantes. No podré experimentar la plenitud del presente mientras esté identificado con mi yo. Todo malestar emocional o sufrimiento inútil es signo de que me he escapado del presente y he vuelto a encerrarme en alguna “historia” mental que mi yo ha tomado como cierta. Por tanto, todo ello se convierte en “alerta” que me avisa de la necesidad de “volver” al momento presente, detener cualquier historia y abrirme a percibir mi verdadera Identidad.
Al descubrirla, nos descubrimos también participando de la “boda” en este mismo momento. ¡Detén la mente! ¡Suelta cualquier “historia mental”! ¿Qué te falta?
Esta es la actitud sabia, simbolizada en las “vírgenes sensatas”; lo contrario –enroscarse en “historias” interminables que giran en torno al ego y a sus diferentes mecanismos- es permanecer “dormidos”, en la ignorancia de quienes somos y, por tanto, en el sufrimiento: es la actitud inconsciente, representada por las “vírgenes necias” (de “nescio”, literalmente “no sé”).
Unas y otras, sensatas y necias, no simbolizan a grupos humanos –como podrían ser, según algunas predicaciones que aún se escuchan, “creyentes” y “ateos”-, sino actitudes que conviven en cada uno de nosotros.
En nosotros hay una parte sabia capaz de “ver” la verdad de las cosas, y en nosotros hay también una parte necia que nos reduce al yo. Cuando es ésta la que manda, quedamos a merced de los pensamientos y de los vaivenes emocionales, confundidos e inermes. Por el contrario, cuando tomamos distancia de la mente y de las emociones –no evitándolas pero tampoco reduciéndonos a ella-, cae el velo del pensamiento y aparece la comprensión, es decir, la sabiduría.
La parábola es una invitación a hacer este tránsito: desde el parloteo mental interminable (que nos encierra en la inconsciencia y el sufrimiento) a la “atención plena” –los propios psicólogos y médicos están insistiendo cada vez más en sus beneficios-, que nos ancla en la sabiduría que nace de permanecer en el presente.

                                                                                      Enrique Martínez Lozano



LEGÍTIMA AMBICIÓN

Que tampoco mis versos
            se conformen con la luz
            siempre vaga y efímera del sueño.

            Que se atrevan a asomarse
            a ese abismo con su vértigo
            por ver qué hay más allá,
            por trascender la luz
            que se posa en los colores fugaces,
            en las formas variables de lo material.

            Y alcanzar la llama victoriosa,
            deslumbrante, decisiva,
            que espera generosa al otro lado,
            allí donde la mirada frena
            esa inercia de siglos de ignorancia
            y se detiene y ve
            un resplandor inmenso,
            capaz de iluminar lo más oscuro,
            aligerar lo denso y lo compacto,
            hacer invulnerable lo que aquí
            todavía se rompe o se separa.

 
 
CUANDO LLEGUE EL DÍA

Y cuando llegue el día,
¿qué salvaré de mi cajón de tiempo?
¿Cuántos momentos
podré llamar,
sin duda ni vergüenza,
Vida?

2 de noviembre de 2011

El duelo y la alegría





                 Secuencias de Tierras de Penumbra de Richard Attemborough





                                      Tú que tantas cosas haces para morir lo más tarde posible,
                                      haz siquiera alguna para no morir jamás.
                                                                                                                    San Agustín


                                                                                    Que el mismo albo lino
                                                                                     que te vista, sea
                                                                                     tu traje de duelo,
                                                                                     tu traje de fiesta.

                                                                                      
                                                                                                     Antonio Machado
 

            La fiesta, todas las fiestas de nuestra vida son una preparación al duelo. Y el duelo, todos los duelos de nuestra vida son una preparación para la fiesta verdadera y definitiva.
            Algo así nos transmite la película Tierras de Penumbra, sobre la vida de C. S. Lewis. La felicidad de hoy es parte del dolor de mañana; y el dolor de hoy es parte de la felicidad de ayer. Lo bueno, lo maravilloso es que al final sólo hay felicidad, alegría, plenitud de amor.

            En Una pena en observación, el libro–catarsis que escribió tras la muerte de su esposa, Joy, dice el propio Lewis:

            “Vamos a suponer que las vidas terrenales que ella y yo compartimos durante unos pocos años no sean en realidad más que el fundamento, el preludio o la apariencia terrena de otros dos algos inimaginables, supercósmicos y eternos. Esos algos podrían ser representados como esferas o globos. Por donde el plano de la Naturaleza los atraviesa, aparecen como dos círculos o rebanadas de esfera. Dos círculos que se tocaban. Pues bien, estos dos círculos y sobre todo el punto en que se tocaban es lo que realmente echo de menos, de lo que tengo hambre, por lo que llevo luto. Me decís: “Se ha ido”. Pero mi corazón y mi cuerpo están gritando “¡Vuelve, vuelve! Vuelve a ser un círculo que toca el mío en el plano de la Naturaleza”. Esto es imposible, claro, ya lo sé. Sé que la cosa que más deseo es precisamente la que nunca tendré.
            (…) Y el pasado es pasado, que no otra cosa quiere decir el tiempo, porque el tiempo en sí mismo no es ya más que otro nombre de la muerte, y el mismo cielo una región donde han ido a parar las cosas de antaño, al fallecer.
            Habladme de la verdad de la Religión y os escucharé de buen grado. Habladme de los deberes de la Religión y os escucharé sumiso. Pero no vengáis a hablarme de los consuelos de la Religión, o tendré que sospechar que no habéis entendido nada.”

            Duele haber perdido justo ese lugar donde los círculos se tocan…, se lamenta Lewis. Pero es que no se pierde, sigue presente aunque no lo veamos con estos ojos físicos. Sigue tan presente y real como cuando nos hizo estremecer de alegría o de ternura. Sigue presente y real todo lo que ha existido de veras, lo consciente, lo que hemos logrado preservar porque lo hemos rescatado de la muerte, viviéndolo con el alma y los sentidos despiertos. Sigue presente, real, sustancia imperecedera que recuperaremos plenamente cuando nos hayamos liberado de los límites y hayamos rasgado definitivamente los velos del sueño.

            Lewis me diría, aún bajo los efectos del desgarro por la ausencia reciente: “pero no será exactamente igual…” Y yo le respondo (y me respondo), aunque él ya lo sabe: no será igual, será mejor, porque habrá perdido su componente limitado, condicionado por miedos, deseos y falsas creencias. Será exactamente igual en lo verdadero, lo que nos conmovió más allá de la sensiblería, lo que nos hizo dignos de ser llamados hombres, hijos del mismo Padre que no nos abandona, mucho menos cuando, golpeados por su silencio aparente, renegamos de Él. Será exactamente igual en el amor que nos ha unido aquí, en esta efímera expresión de la inmensidad eterna que ya somos.

            El apego engaña, ciega, es él el que nos martiriza y nos tortura. La renuncia, el soltar confiados, el hágase tu voluntad, nos consuela y nos transforma en seres ecuánimes y libres, que saben que hay mucho más de lo que muestran los sentidos, y que en ese mucho más no se pierde nada, ni siquiera lo que los sentidos muestran, aunque por un tiempo así nos lo parezca en la ilusión del sueño en que el dolor se recrea.

            Si mueres despierto, mueres preparado. Ya vamos descubriendo las tramoyas del sueño, experimentando que lo real es infinitamente mayor que lo que nuestros ojos mortales ven y nuestros oídos mortales oyen.

            Si te has vivido como esfera inmensa, no te dolerá perder ese segmento plano, círculo bidimensional del que habla Lewis. Porque sabes que no lo pierdes, que sigue formando parte de ti y de tu existencia en ese Reino lleno de maravillas que ni ojo vio ni oído oyó.

            Entonces dejamos de vernos y vivirnos planos, condicionados, aferrados a ese círculo que no es más que una millonésima parte, o menos, de esa esfera perfecta donde todo, incluso las miserias que la limitación ilusoria del círculo bidimensional ha generado, se transforma en perfección, pura luz creadora donde está todo, se integra todo, vibra todo lo existente, lo real, lo que no puede dejar de existir.

Allí no nos faltará nadie, ni nada de lo que es realmente bueno y verdadero. Porque lo que existe de verdad no puede desaparecer o dejar de existir y lo que nos ha llenado y abierto el corazón es real y existe para siempre.




No cortejéis a la muerte en el extravío de vuestras vidas,
ni os atraigáis la ruina con las obras de vuestras manos,
porque Dios no hizo la muerte,
ni se regocija con la perdición de los vivos;
ya que todo lo creó para que existiera.
(…) Porque Dios creó al hombre para la inmortalidad
y le hizo imagen de su mismo ser,
pero por envidia del diablo se introdujo la muerte en el mundo,
y tienen experiencia de ella los que son de su ámbito.

                                 Sabiduría 1, 12-15. 2, 23-25


            Enséñanos a computar nuestros días de tal modo,
            que llevemos al corazón sabiduría.
                                                
                                                                            Salmo 90, 12


 
            En quién me iré cuando me vaya? ¿En mi sí, o en su Sí inmortal?

                                                                                  Ananda K. Coomaraswamy


 
            ¿Qué es el Amor? Lo sabrás cuando tú seas Yo.
 
                                                                                  Mathnawî, Rumi

30 de octubre de 2011

Uno solo es vuestro maestro



"Uno solo es Nuestro Maestro"


Mateo 23, 1-12

            En aquel tiempo, Jesús habló a la gente y a sus discípulos diciendo:
            — En la cátedra de Moisés se han sentado los letrados y los fariseos: haced y cumplid lo que os digan, pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen.
            Ellos lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros; pero no están dispuestos a mover un dedo para empujar.
            Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y ensanchan las franjas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencia por la calle y que la gente los llame “maestro”.
            Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar maestro, porque uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos.
            Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo.
            No os dejéis llamar jefes, porque uno solo es vuestro Señor, Cristo.
            El primero entre vosotros será vuestro servidor.
            El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.



Comentario al Evangelio, por San Francisco de Asís:

            Guardémonos, pues, los hermanos de toda soberbia y vanagloria, y defendámonos de la sabiduría de este mundo y de la prudencia de la carne (Rom 8,6), ya que el espíritu de la carne quiere y se esfuerza mucho por tener palabras, pero poco por tener obras, y busca, no la religión y santidad en el espíritu interior, sino que quiere y desea tener una religión y santidad que aparezca exteriormente a los hombres. Y éstos son aquellos de quienes dice el Señor: “En verdad os digo, recibieron su recompensa” (Mt 6,2). El espíritu del Señor, en cambio, se afana por la humildad y la paciencia, y la pura, simple, y verdadera paz del espíritu. Y siempre desea, más que nada, el temor divino y la divina sabiduría, y el divino amor del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Restituyamos todos los bienes al Señor Dios, reconozcamos que todos son suyos, y démosle gracias por todos ellos, ya que todo bien de Él procede. A Él se le tributen y Él reciba todos los honores y reverencias, todas las alabanzas y bendiciones, todas las acciones de gracias y la gloria, suyo es todo bien. Solo Él es bueno (cf. Lc 8,19).



Comentario al Evangelio por San Pascasio Radbert:

            Quien se humilla será ensalzado» (Lc 14,11) Cristo no sólo encargó a los discípulos no dejarse llamar maestros y no querer ocupar los primeros puestos en los banquetes ni aspirar a otros honores, sino que él mismo dio en su persona el ejemplo y es modelo de toda humildad. Aunque el nombre de Maestro no le corresponde por complacencia, sino por derecho de naturaleza, porque «todo subsiste en él y para él» (Col 1,17). Por su encarnación nos ha comunicado una enseñanza que nos conduce a todos a la verdadera vida y, porque él es mayor que nosotros, nos ha «reconciliado con Dios» (Rm 5,10).
            Tal como nos dijo: «No aspiréis a honores, no dejéis que os llamen maestros» también dijo «yo no vivo preocupado por mi honor. Hay uno que se preocupa de eso» (Jn 8,50). Fijad vuestra mirada en mí, «el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por todos.» (Mt 20,28) En este pasaje del evangelio, el Señor instruye no sólo a los discípulos sino también a los jefes de la Iglesia, encargándoles que no se dejen arrastrar por la avidez de los honores. Al contrario, que «el que quiera ser grande entre vosotros», sea el primero en hacerse siervo de todos, como él. (cf Mt 20, 26-27)
                              
                                                                      ***

          Todavía hay quienes creen que los méritos son suyos, de su valía personal y de sus esfuerzos, siempre limitados, a veces patéticos. Se vanaglorian de haberse ganado por su talento, obstinado rigor y tenacidad, un cierto nivel por encima de los demás, y esperan su recompensa. Pero esperan en vano.
           Si no reconocen y asumen con lo más profundo de su ser que todo lo bueno viene de Él y que el único esfuerzo (que no es poco) consiste en aceptar tanta gracia, cuando acabe su tiempo ya habrán recibido su recompensa, y quedarán al otro lado del enorme abismo, eternamente ajenos a la dicha inefable de aquellos que han logrado hacerse como niños, sencillos, puros, humildes, agradecidos. 



TODO ES SUYO

No es de la mariposa
el cálido proceso que la crea.

No es del águila,
majestuosa y libre su vuelo.

No son de la que duerme,
y a veces fugazmente se despierta
sobre el blanco silencio
generoso, estos versos.


15 de octubre de 2011

Santa Teresa de Jesús



      Oración a Santa Teresa de San Alfonso María de Ligorio

 Oh, Santa Teresa, Virgen seráfica, querida esposa de Tu Señor Crucificado, tú, quien en la tierra ardió con un amor tan intenso
 hacia tu Dios y mi Dios, y ahora iluminas como una llama resplandeciente en el paraíso, obtén para mi también,
te lo ruego, un destello de ese mismo fuego ardiente
y santo que me ayude a olvidar el mundo, las cosas creadas,
aún yo mismo, porque tu ardiente deseo era verle adorado
por todos los hombres.

Concédeme que todos mis pensamientos, deseos y afectos
sean dirigidos siempre a hacer la voluntad de Dios,
la Bondad suprema, aun estando en gozo o en dolor,
porque Él es digno de ser amado y obedecido por siempre.

 Obtén para mí esta gracia, tú que eres tan poderosa con Dios,
que yo me llene de fuego, como tú, con el santo amor de Dios.


   Nada te turbe, nada te espante.
  Todo se pasa. Dios no se muda.
  La paciencia todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene, nada le falta.
Sólo Dios basta.

                       Santa Teresa


            Teresa de Cepeda y Ahumada, más conocida como Santa Teresa de Jesús o Santa Teresa de Ávila (1515-1582). Reformadora del Carmelo, Madre de las Carmelitas Descalzas y de los Carmelitas Descalzos; gran mística; patrona de los escritores católicos y Doctora de la Iglesia. La primera mujer que, junto a Santa Catalina de Siena, recibe este título.

           En su obra nos transmite su propia experiencia. Tras veinte años de oración infructuosa y sequedad espiritual, a los 41 años empieza a experimentar una intensa unión con Dios. Algunos de sus confesores consideran que las vivencias místicas que ella les transmite proceden del demonio. Por eso sus escritos fueron estrechamente vigilados por la Inquisición, lo que la obligó a autocensurarse continuamente. A través de su obra nos acerca a la oración como el mejor medio de crecer en virtud y relacionarnos con Dios, siempre con sencillez y agradecimiento.


Dice Santa Teresa que los valores esenciales de la vida espiritual son el amor, el desasimiento y la humildad.

            Aunque su obra nos llega a todos, escribió para sus monjas. Quiso que comprendieran que el amor es lo que vertebra y unifica al ser humano. Animaba a expresar este amor en la comunidad: “Aquí todas han de ser amigas, todas se han de amar, todas se han de ayudar” (CP 6,4). Pero es un amor que ha de crecer con la oración y el trabajo atento, y desbordarse para abrirse a todo el mundo.
           
           El desasimiento es esencial para ser libre y dueño de uno mismo. Desasimiento de las cosas y de las personas, para poder amar en libertad a los hermanos y a Dios, que es la verdadera fuente de dicha y de riqueza. 

            La humildad es el reconocimiento objetivo de que sin Dios no podemos nada y con Él somos capaces de todo. Santa Teresa sabe apreciar los infinitos dones de Dios y hacer buen uso de ellos. Solía decir que “humildad es andar en verdad”.


Algunos extractos de su obra:

            Procuremos siempre mirar las virtudes y cosas buenas que viéremos en los otros y tapar sus defectos con nuestros grandes pecados. Tener a todos por mejores que nosotros.

            Para mí la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada al cielo, un grito de agradecimiento y de amor, en las penas como en las alegrías.

            Tu deseo sea de ver a Dios; tu temor, si le has de perder; tu dolor, que no le gozas, y tu gozo, de lo que te puede llevar allá, y vivirás con gran paz.

            Dios no ha de forzar nuestra voluntad; toma lo que le damos; mas no se da a sí del todo hasta que nos damos del todo.

            Quizás no sabemos qué es amar, y no me espantaré mucho; porque no está en el mayor gusto, sino en la mayor determinación de desear en todo a Dios y procurar en cuanto pudiéremos, no ofenderle.

            No hay que querer alas para ir a buscar a Dios, sino ponerse en soledad y mirarle dentro de sí.

            Mire yo a mi Amado y mi Amado a mí; mire Él por mis cosas y yo por las suyas.

            La mejor manera de descubrir si tenemos el amor de Dios es ver si amamos a nuestro prójimo.

           Darse del todo al Todo, sin hacernos partes.

           Juntos andemos Señor; por donde fuisteis, tengo que ir; por donde pasasteis, tengo que pasar.

           Todo el daño nos viene de no tener puestos los ojos en Vos, que si no mirásemos otra cosa que el camino, pronto llegaríamos.

            Es imposible tener ánimo para cosas grandes, quien no entiende que está favorecido por Dios.