En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro mandaron recado a Jesús, diciendo: "Señor, tu amigo está enfermo". Jesús, al oírlo, dijo: "Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella". Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba. Sólo entonces dice a sus discípulos: "Vamos otra vez a Judea". Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: "Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá". Jesús le dijo: "Tu hermano resucitará". Marta respondió: "Sé que resucitará en la resurrección del último día. Jesús le dice: "Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?" Ella contestó: "Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo". Jesús, muy conmovido, preguntó: "¿Dónde lo habéis enterrado?" Le contestaron: "Señor, ven a verlo". Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: "¡Cómo lo quería!" Pero algunos dijeron: "Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?" Jesús, sollozando de nuevo, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. Dice Jesús: "Quitad la losa". Marta, la hermana del muerto, le dice: "Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días". Jesús le dice: "¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?" Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: "Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea para que crean que tú me has enviado". Y dicho esto, gritó con voz potente: "Lázaro, ven afuera". El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: "Desatadlo y dejadlo andar". Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.
La resurrección de Lázaro, Juan de Flandes
“Yo soy la Resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?", pregunta Jesús a
Marta. El mismo Dios está diciendo que creer en Él ya salva. Pero ¿cómo?, se
revuelven tantos buscadores bienintencionados, yo misma, si no estoy atenta.
¿Solo con creer? Algo habrá que hacer; si queremos ser perfectos como nuestro
Padre, nosotros que no somos nada, que hemos reconocido con valentía
y sinceridad nuestra impotencia y miseria. ¡Algo habrá que hacer!, sigue la mente discutiendo contra lo indiscutible... Algún esfuerzo, algún
trabajo sobre uno mismo, ayunos, sacrificios, mortificaciones… No me digan que ha sido inútil todo lo que he hecho
durante tantos años, se desgañita el ego.... Que yo me estoy ganando el cielo con sangre, sudor y
lágrimas.
Y Jesús nos repite desde esa dimensión sin tiempo ni
espacio desde la que nos habla siempre: “Yo soy la Resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre.
¿Crees esto?” Y por fin entendemos que basta con creerlo. Aunque estemos de acuerdo con San Agustín: "Dios, que te ha creado sin ti, no te salvará sin ti"; aunque sigamos esforzándonos por seguir al Maestro y sacrificándonos con amor y gratitud, sin esperar nada a cambio; aunque aceptemos con respeto y humildad el cambio de la liturgia en la Consagración y entendamos el sentido "lógico" de ese "por muchos" que sustituye al "por todos". Pero a la vez, con una coherencia maravillosa que la Sabiduría tejió antes del tiempo y que la mente y su lógica limitada no puede imaginar, el corazón sigue intuyendo, sintiendo que basta con creer.
Jesucristo no se contradice aunque a
veces use parábolas y antítesis para espabilarnos. ¡Basta con creerlo! Algunos están tan limpios, han conservado tanta inocencia genuina
en su corazón que le miran o le escuchan o le evocan y ya creen esto, ya creen
en Él, ya le conocen, que es mucho más que saber de él, ya son en él. Algunos
no han dejado de ser como niños y por eso ya es suyo el reino de los cielos.
Otros, incapaces de concebir tal prodigio, a no ser que se vacíen de sí
mismos, a no ser que suelten el lastre de toda
una vida vivida en el olvido y la ignorancia trabajan, se esfuerzan, a veces en vano, mirando de reojo y con envidia a los trabajadores de la hora undécima.
En los que aún no han comprendido la enseñanza de los lirios del campo, es necesario, porque ellos mismos lo creen necesario, el esfuerzo, el trabajo sobre
uno mismo. Pero una vez recuperada la inocencia esencial, creemos en Él y
en lo que Él nos dice, ya estamos salvados, ya hemos vencido a la muerte con
Él.
En www.diasdegracia.blogspot.com , recordamos que la poesía, la música, la unión de voces y miradas ayudan a entender lo que la mente no alcanza. El arte es otra vía para acercarnos al Misterio. Mientras aprendemos el Arte verdadero, nos ayudamos del arte de los hombres que buscan porque en realidad ya han encontrado, como decía Pascal. Hoy, el "séptimo arte" nos ayuda a dar el salto a esa otra lógica, la de Dios, que incluye y trasciende todos los artes. Creemos, como la niña de La Palabra, y la Vida verdadera empieza.
Encuentro de Barrabás con Lázaro,
en Barrabás (1961), Richard Fleischer
Escenas finales de La Palabra (Ordet) (1955), C. T. Dreyer
En aquel tiempo, al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento. Y sus discípulos le preguntaron: “Maestro, ¿quién pecó: este o sus padres, para que naciera ciego?”. Jesús contestó: “Ni este pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día tengo que hacer las obras del que me ha enviado: viene la noche y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo”. Dicho esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: “Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)”. Él fue, se lavó y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: “¿No es ese el que se sentaba a pedir?” Unos decían: “El mismo”. Otros decían: “No es él, pero se le parece”. El respondía: “Soy yo”. Y le preguntaban: “¿Y cómo se te han abierto los ojos?” Él contestó: “Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé y empecé a ver”. Le preguntaron: “¿Dónde está él?”. Contestó: “No lo sé”.
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. El les contestó: “Me puso barro en los ojos, me lavé y veo”. Algunos de los fariseos comentaban: “Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado”. Otros replicaban: “¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?” Y estaban divididos. Volvieron a preguntarle al ciego: “Y tú ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?” El contestó: “Que es un profeta”.
Pero los judíos no se creyeron que aquel había sido ciego y que había comenzado a ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: “¿Es este vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?” Sus padres contestaron: “Sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora, no lo sabemos nosotros, y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse”. Sus padres respondieron así porque tenían miedo a los judíos: porque los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías. Por eso sus padres dijeron: “Ya es mayor, preguntádselo a él”.
Llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: “Confiésalo ante Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador”. Contestó él: “Si es un pecador, no lo sé; solo sé que yo era ciego y ahora veo”. Le preguntaron de nuevo: “¿Qué te hizo, cómo te abrió los ojos?” Les contestó: “Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso: ¿para qué queréis oírlo otra vez?, ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos?” Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron: “Discípulo de ese lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ese no sabemos de dónde viene”. Replicó él: “Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es religioso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder”. Le replicaron: “Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?” Y lo expulsaron.
Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: “¿Crees tú en el Hijo del Hombre?” El contestó: “¿Y quién es, Señor, para que crea en él?” Jesús le dijo: “Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es”. Él dijo: “Creo, Señor”. Y se postró ante él. Dijo Jesús: “Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos”.
Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron: “¿También nosotros estamos ciegos?” Jesús les contestó: “Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís que veis, vuestro pecado persiste”.
Curación del ciego de nacimiento, Lucas van Leyden
En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
Juan 1, 4
Pues habéis vuelto a nacer no de una semilla mortal, sino de una inmortal: a través de la palabra viva y eterna de Dios.
1 Pe 1, 23
Como en el pasaje de la Samaritana que contemplábamos el domingo pasado, nuevamente Jesús está de paso, pasa, viene al encuentro del ser humano para actuar desde dentro de la propia humanidad. Hoy el Evangelio nos presenta otro encuentro liberador, lleno de símbolos y de claves para acercarnos al Misterio de Jesucristo, Verbo encarnado, enviado del Padre para ser la Luz del mundo.
La curación del ciego es un verdadero renacimiento; por eso Jesús repite el gesto de la creación del hombre del Génesis. Saliva y barro; Verbo y tierra; cuerpo mortal y Palabra eterna. Así nacimos, así renacemos. Y por el agua y por el espíritu nacemos a la vida eterna. Vayamos también nosotros de nuevo a Siloé, la piscina del Enviado.
Más que una sanación de la ceguera física, estamos ante un proceso de transformación integral. En primer lugar, el ciego recupera la capacidad de ver, en segundo lugar, la de hablar, en tercer lugar, la de argumentar, responder a las preguntas y reflexionar sobre sí mismo, los demás y sus circunstancias.
Porque no solo estaba ciego desde que nació, sino, además, sin capacidad de expresarse y relacionarse. Por eso preguntan a sus padres y estos, por miedo a los judíos, le dan “permiso” para que recupere su identidad: “edad tiene, preguntádselo a él”.
“Soy yo”, dice, cuando ha recuperado la vista y, con ella, su esencia, su alma, su ser capaz de Dios, porque se le ha revelado Jesús, la Luz del mundo que brilla en la tiniebla.
Todo esto sucede en sábado, día prohibido para trabajar y también para curar y hacer el bien, según esos fariseos hipócritas. De nuevo nos topamos con la ley muerta, con las reglas vacías de contenido. Pero el amor es más fuerte que la Ley, más poderoso que la tradición de los hombres. Amor que es Luz, Palabra, Vida.
Llama la atención la disposición del ciego a confiar y obedecer. No pone reparos y hace lo que Jesús le dice, va a la piscina sin una pregunta ni una duda, con total confianza. Jesús no le ha juzgado como pecador por haber nacido ciego, como han hecho los demás durante toda su vida; por eso deposita su confianza en Él.
Por último, recupera una de las capacidades más elevadas que tiene el ser humano: la fe, que, como veíamos en un post anterior, es amor que cree, valentía, preámbulo de la adoración, porque el que cree en Jesucristo no puede por menos que adorarle. Es en este momento cuando se consolida su transformación.
El evangelista nos muestra una especie de juego de identidades. Solo reconociendo la de Jesús, el que fue ciego recupera definitivamente la suya. Y con la identidad, recupera la capacidad de decisión, su voluntad. Por eso, si antes parecía incapaz de expresarse, oprimido por tan larga condena, se manifiesta ahora como un hombre nuevo, resuelto, firme, seguro. Así somos cuando nos renovamos en Luz y Agua, Espíritu y Palabra: seres nuevos, seguros, libres.
Como Saulo de Tarso, este hombre ha sido derribado del caballo de las falsas creencias y los condicionamientos, y despertado a su verdad esencial. Por eso recupera a la vez la vista y la capacidad de hablar, de argumentar, de decir, en definitiva: “Soy yo”.
Al descubrir los ojos de su espíritu, la mirada del corazón, ha tomado conciencia de sí mismo. Por eso reivindica su identidad y la identidad de Aquel que le ha abierto los ojos. Es un proceso compartido por muchos de los que siguen este itinerario hacia la Vida, este renacimiento de agua y espíritu. Un proceso que le lleva a reconocer a su libertador como un hombre llamado Jesús, un profeta, el Hijo de Dios, la Luz del mundo.
Atrapado en la ceguera por las creencias y condicionamientos, es uno mismo el que, en última instancia, debe aceptar la sanación, decidir ser liberado de esas ataduras y ver. Por eso Jesús le envía a lavarse; él debe poner de su parte. Le condenaron desde que nació y él aceptó esa condena; por tanto, también él debe estar dispuesto a soltarla, a salir de ese estrecho margen donde le han reducido, a recuperar, no solo la vista, sino la palabra, el poder decir: “soy yo”. El mendigo, ciego desde siempre, pobre, incapaz, reivindica su identidad y su curación, la confirma, la acepta y, entonces, puede renovarse íntegramente, renacer.
Los fariseos resultan casi patéticos defendiendo su puñado de creencias muertas. Son incapaces de ver la Vida que pasa dando vida, la Luz que pasa dando luz. Son los verdaderos ciegos, autómatas programados diríamos hoy.
Se entabla un verdadero y significativo duelo dialéctico entre el ciego sanado, con su evidencia, su certeza, y los fariseos y sus reticencias e inflexibilidad. Fariseos, ceguera frente a la luz, letra muerta frente a la Palabra y su acción en el mundo.
Todos hemos sido o somos como este ciego que tiene ojos para ver pero es incapaz de ver, de comprender, de reconocer al Salvador. Son los ojos del corazón los que no ven y hay que lavar en la piscina del Enviado. Y luego, una vez abiertos los ojos y el corazón, cómo no postrarnos si creemos en Él, cómo no adorar si Le reconocemos.
Creemos porque vemos con los ojos del corazón y porque confiamos en el testimonio de aquellos que vieron y, sobre todo, confiamos en el verdadero Testigo del Padre, Jesucristo, Camino, Verdad y Vida www.diasdegracia.blogspot.com .
En la Eucaristía, cada día, Jesús vuelve a salir a nuestro encuentro y nos pregunta: ¿tú crees? Si la respuesta es "sí", lo siguiente es postrarse y adorar.
Como dice la primera lectura (1 Samuel 16, 1b.6-7.10-13a), Dios no ve las apariencias sino el corazón. Así hemos de ver: el corazón con el corazón, el centro de lo real con nuestro propio centro. Es el despertar de los sentidos espirituales.
El Salmo 23 subraya la actitud de confianza, base de la fe. Cuando no vemos, creemos porque confiamos en el testimonio de alguien. Dichoso el hombre que pone su confianza en el Señor, dice Jeremías, dichosos nosotros, porque ese Alguien en quien confiamos es el verdadero Testigo de Dios, el Único que Lo ha visto.
“Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz”, dice el final de la segunda lectura (Efesios 5, 8-14). Eso es recuperar la vista: despertar, resucitar. Ese volver a nacer pasa siempre por el descubrimiento del verdadero amor, superando la ceguera del ego. Es el amor el que permite alumbrar a ese nuevo ser, hombre y mujer interiores, renacidos y libres.
Pero para despertar, renacer y poder ver con la vista del corazón, hay que quererlo. Para ser luz en la Luz, hay que estar dispuesto a aniquilarse a uno mismo en la tiniebla. Como aquel otro ciego que recupera la vista: San Pablo; el que muere sin morir; el que desaparece como Saulo, el ciego que caminaba entre tinieblas, para aparecer como Pablo y convertirse en luz para los creyentes.
Todos vivimos noches oscuras, periodos de ceguera total, aliviados por momentos de despertar, de visión recuperada; y seguimos caminando con más o menos luz hacia la Visión definitiva. Para ver más allá de las apariencias, no solo es necesario trascender los sentidos, sino también trascender la mente. Hace falta alcanzar un estado de conciencia que despierta los sentidos sutiles. Porque las curaciones físicas que nos presenta el Evangelio son figura de la transformación interior que Jesús obra en nosotros. De igual modo, los sentidos físicos son metáfora o símbolo de los sentidos espirituales, los que nos permiten relacionarnos con lo espiritual.
Se trata de despertar en nosotros esa identidad esencial con la que emprender el verdadero camino. Entonces, con la brújula del corazón, empezamos a atisbar esepaisaje del alma en el que nunca hemos reparado y donde empezamos a comprender y a percibir con los sentidos espirituales, trascendiendo lo puramente físico.
Vamos vislumbrando a qué se refiere Jesús cuando habla de nacer de nuevo. Tiene que ver, en principio, con este cambio radical que te hace percibir el mundo de forma nueva. Cambia entonces también la forma de mirar, como si la mente se rindiera y nos liberara de su dictadura.
Y ya no es percepción ni pensamiento, es sentir con todos los centros integrados y creer con el corazón, que es más, infinitamente más que creer: es ver, es conocer dando crédito a Aquel que se revela.
El que alcanza este estado de conciencia, despierto y libre, y logra ver, no puede por menos que ser diferente y actuar de forma diferente, pues ya no es esclavo de un ego que se deja llevar por las apariencias, sino que ha recuperado su verdadera identidad. Son muchos los que creyendo ver, viven ciegos, creyendo vivir, caminan entre muertos.
Ver lo viejo no es ver, sobrevivir no es vivir… Hacen falta miradas nuevas, ojos valientes, capaces de reconocerse ciegos y querer quitarse las escamas para ver.
En
aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaría llamado Sicar, cerca del campo
que dio Jacob a su hijo José: allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado
del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía.
Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y le dice: “Dame de beber”. (Sus
discípulos se habían ido al pueblo a buscar comida). La samaritana le dice: “¿Cómo
tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?” (Porque los
judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le contestó: “Si conocieras el
don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría
agua viva”. La mujer le dice: “Señor, si no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de
dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio
este pozo y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados? Jesús le contesta: “El
que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le
daré, nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él
en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”. La mujer le dice: “Señor,
dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla”. Él
le dice: “Anda, llama a tu marido y vuelve”. La mujer le contesta: “No tengo
marido”. Jesús le dice: “Tienes razón, que no tienes marido: has tenido cinco y
el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad”. La mujer le dice: “Señor,
veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y
vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén. Jesús le
dice: “Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén
daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros
adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se
acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero,
adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto
así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y
verdad”. La mujer le dice: “Sé que va a venir el Mesías, el Cristo: cuando
venga él nos lo dirá todo”. Jesús le dice: “Soy yo: el que habla contigo”. En
esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una
mujer, aunque ninguno le dijo: “¿Qué le preguntas o de qué le hablas?”. La
mujer, entonces, dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: “Venid a
ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿será este el Mesías?”Salieron
del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él. Mientras tanto sus
discípulos le insistían: “Maestro, come”. El les dijo: “Yo tengo por comida un
alimento que vosotros no conocéis”. Los discípulos comentaban entre ellos: “¿Le
habrá traído alguien de comer?” Jesús les dijo: “Mi alimento es hacer la
voluntad del que me ha enviado y llevar a término su obra. ¿No decís vosotros
que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: Levantad los
ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya
está recibiendo el salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así se
alegran lo mismo sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio: “Uno
siembra y otro siega”. Yo os envié a segar lo que no habéis sudado. Otros
sudaron y vosotros recogéis el fruto de sus sudores”. En aquel pueblo muchos
samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: “Me ha
dicho todo lo que he hecho”. Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le
rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó dos días. Todavía creyeron muchos
más por su predicación, y decían a la mujer: “Ya no creemos por lo que tú
dices, nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador
del mundo”.
Jesús y la samaritana, Paolo Veronese
Si te imagino, mi Dios, en cualquier forma o en cualquier
cosa que tenga forma, me convierto en un idólatra.
Él mismo nos dice: “Os conviene que me vaya. Si no me
voy, el Paráclito no vendrá a vosotros".
Guillermo de San Thierry
Evangelio, el de hoy, inagotable,
cuajado de simbolismos, metáforas y claves. Me atrevería a decir que en él se expresa
cuanto necesitamos para transformarnos y avanzar en el camino de retorno a la
Fuente. Podríamos escribir un libro o mil sobre este diálogo misterioso. O no
escribir nada, sino sentirlo en el centro del corazón, si anhelamos volvernos surtidor que
salta hasta la vida eterna.
Intentaremos asomarnos apenas a
este encuentro de Jesús con la Samaritana, de Cristo con el alma, comunión
de las aguas a la que estamos llamados todos, de uno en uno.
Agua viva del ser, la única capaz de
calmar el anhelo más profundo de verdad, dicha y plenitud. Alma y Cristo, agua
de la experiencia y agua de vida.
Hoy se nos invita de nuevo a prescindir de remedios pasajeros, apoyos materiales y vanas ilusiones,
a no conformarnos con charquitos o aguas estancadas que, en lugar de apagar
nuestra sed, la acentúan.
Estamos en el mundo, pero no somos del mundo, por eso no pueden llenarnos los
bienes del mundo, por mucho que intentemos sacralizarlos.
El
Verbo se encarnó por nosotros, pero ya antes era y, después de subir al Padre,
siguió siendo. Somos llamados a esa vida de plenitud, pero si
nos conformamos con lo inmediato y efímero, aunque sea
bueno, si no nos atrevemos a ir más allá, siguiendo Sus huellas, no
llegaremos a lo más sutil, lo sublime, el amor absoluto.
Él nos habla en espíritu y verdad, y quiere ser escuchado y respondido de la misma forma.
Él y nuestro corazón abierto, receptivo, atento, comunicándose. Sólo hay que
escucharle dentro del corazón, porque está ahí, y amarle con nuestra esencia,
que es espíritu y verdad.
Sat Cit Ananda (Ser, Conciencia, Bienaventuranza),
se dice en sánscrito, uno de los idiomas más antiguos y de los más
espirituales. Pero es más, infinitamente más de lo que se pueda decir con
palabras de cualquier idioma: ni ojo vio,
ni oido oyó. Que venga a nosotros Su reino, ahora, en este mundo con el que
cada vez nos identificamos menos, cuando logramos vivir en Su presencia, tan
real y transformadora como hace casi dos mil años, junto al Pozo de Jacob.
La
mujer desencantada de Sicar vuelve a ser doncella, recupera la virginidad
espiritual, la verdadera, con su candor y su encanto renovados. Y descubre que nadie
puede apartarla de Él ni arrebatarle la pureza que Su agua ha restaurado.
La samaritana es arquetipo de quien se hartó de repetir una y otra vez las
mismas historias; no le basta el agua de la experiencia, que ha de beberse
periódicamente porque no calma la sed de un modo pleno y definitivo. Ella
anhela ya el agua de Vida, dar el salto, emprender el camino de vuelta al Origen.
Porque la tradición y la religión externa, simbolizada por el Pozo
de Jacob, son buenas, son la base, la piedra que contiene el agua de la
experiencia y la mantiene pura; pero ella necesita el agua de Vida, quiere
convertirse en agua, manantial generoso y vivificante. Por eso el evangelista no
nos presenta a una joven, sino a una mujer cansada, defraudada por la vida y
por los hombres, dispuesta a soltarlo todo y apostar por la mejor parte.
Ir al pozo es fácil, es lo conocido, lo habitual y rutinario. Hay
que ir cada día, no hay sorpresas: vas, llenas el cántaro, bebes… Pero cuando
la sed surge de más hondo, cuando estas tan cansado y aburrido de ir y venir
cada día, bajo el sol, cubriéndote de polvo, cuando has soñado con un agua viva
que calma todos los tipos de sed…
La primera (Éx 17, 3-7) y segunda lectura (Rom 5, 1-2.5-8), y también el salmo 94, insisten en la
necesidad de reconciliarnos con Dios, abriendo el corazón, es decir,
unificarnos, recuperar la esencia original, volver a “Casa”. Es por Jesucristo
por el que hemos recuperado la paz con Dios; de Él nos viene la gracia, que es
la reconciliación con Dios.
Reconciliarse es conocer, saber que Él es el Salvador del mundo,
es Ser en Él, ser Él, Ser. He ahí el ojo de aguja; para atravesarlo, hemos de convertirnos en agua. Siendo agua, ya no hay sed, ni hay más anhelo, ni carencia, ni coleccionar maridos o experiencias, ni poner el corazón o la confianza en lo inmediato. Ya no hay más buscar en lo exterior, porque Él no está
lejos, no viene de afuera; está dentro, para que Le adoremos en espíritu y en
verdad. Y desde ahí nos colma y nos plenifica.
Podríamos hablar de tres aguas:
-Agua estancada. Lo que hay de agua en aquellos que escogen
el mundo, con sus satisfacciones efímeras, condenado a desaparecer.
-Agua de la experiencia, purificada por el sufrimiento consciente.
La que puede pasar por el ojo de aguja. Conciencia líquida.
-Agua de Vida. La que Jesucristo nos ofrece. Surtidor que brota en uno
cuando se renuncia a los manantiales que se secan o a los pozos conocidos, para
escoger la Fuente.
Cuando el agua de la
experiencia, la samaritana, tú, yo, decide que quiere ser agua de Vida, surge la reconciliación, la comunión de las aguas, la Unidad.
Recordemos que se trata del pozo de Jacob, figura del Antiguo
Testamento. El que bebe únicamente de la tradición, de la Ley, de la religión externa,
basada en normas y ritos, sigue en la experiencia, vuelve a tener sed. Solo el
Evangelio de Jesucristo instaura el Reino y el camino de retorno al Origen, el
agua de la Vida. Porque Jesús hace nuevas
todas las cosas.
En Él comprendemos que el
Espíritu sopla
donde quiere (Juan 3, 8), y que el templo definitivo es uno mismo, tú,
yo, nosotros mismos, para adorar en
espíritu y en verdad (Juan 4, 24). Esa es la maravilla, el inefable don que
tanto cuesta reconocer: Dios nos habita.
La
samaritana es una figura teológica, como tantas en las Sagradas Escrituras. Una mujer que simboliza el alma, y los cinco maridos pueden representar, como dice Meister Eckhart, los cinco
sentidos, o las cinco funciones inferiores. El
sexto, el que tampoco es marido verdadero, se me ocurre que podría simbolizar esa religiosidad
puramente externa que no llega al corazón, y por tanto no sacia, no une, no
transforma.
Jesús, el verdadero Esposo, el séptimo, número de totalidad, el definitivo, le dice al alma que
cambie su atención, que la lleve del cuerpo, lo sensual, lo inmediato, al espíritu. Porque lo que el cuerpo busca es siempre, como él, temporal e insatisfactorio, pero lo
que el espíritu anhela es eterno y sacia definitivamente.
Jesús es Esposo para todos, pues se dirige a lo femenino, a la
dimensión contemplativa y creativa que mora en todo ser humano, hombre o mujer;
a esta dimensión de nosotros mismos, la más íntima, la que acoge y recibe, la
que, una vez que ha despertado, es capaz de reconocerse como amor.
Samaría significa unión con Dios, dice
Johannes Tauler. En el camino hacia esa unión, el alma va transformándose y las
señales de ese cambio interior nos las dan las actitudes de la samaritana. Al
principio, se muestra distante, casi insolente; a continuación, manifiesta asombro,
seguido de respeto, y, al final, reverencia, disponibilidad plena para adorar en espíritu
y en verdad.
Jesús ofrece la esencia de Su enseñanza a
una mujer cansada de beber aguas que no calman la sed; una mujer que, a pesar
de haberse unido ya a seis hombres, los cinco maridos y el sexto que no es, conserva
la inocencia necesaria para comprender en qué consiste adorar en espíritu y en
verdad, más allá de formas, nombres, lugares, templos y santuarios.
Una mujer, cuando las mujeres eran consideradas claramente inferiores
a los hombres, y además samaritana, comunidad herética para los judíos, recibe
del mismo Jesús nada menos que el mensaje de la universalidad.
En espíritu y en verdad… Si
traducimos literalmente del griego: en
pneumati kai aletheia: en la respiración (en pneumati, de pneuma,
el aliento, rouah en hebreo) y en la
vigilancia (a-letheia, sin lethè, sin sueño, sin letargo). Hemos de adorar
despiertos, vigilando, con una respiración consciente. Cobra así todo su sentido la exhortación
a orar siempre de san Pablo. Porque la Fuente nunca nos abandona; somos
nosotros los que podemos olvidarla. Si
nos mantenemos atentos a la respiración y al momento presente, podemos ser
conscientes de la Verdad en la que somos, esa que configura nuestra identidad,
que nos llena de amor porque es más íntima
a mí que yo misma.
Qué
lección de oración contemplativa, qué encuentro luminoso al que estamos todos llamados,
de uno en uno, qué manera de dignificar a la
despreciada samaritana... La escogida para recibir la gran enseñanza sobre
la Unidad es capaz de acogerla de un modo total, por eso se transforma en
doncella, de nuevo joven y pura, enamorada para siempre del verdadero y único Esposo.
Hoy, la Samaritana se asoma al blog
hermano: www.diasdegracia.blogspot.com
para darnos desde allí su propio testimonio.
En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan,
y subió con ellos aparte a un monte elevado. Se transfiguró delante de ellos, y
su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la
luz. De repente se les aparecieron Moisés y Elías, conversando con él. Pedro,
entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: "Señor, ¡qué bien estamos aquí!
Si quieres, levantaré aquí mismo tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y
otra para Elías". Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los
cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: "Este es mi
Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo". Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó
a ellos y, tocándolos, les dijo: "Levantaos, no temáis". Cuando
alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Mientras bajaban del
monte, Jesús les ordenó: "No contéis a nadie la visión, hasta que el Hijo
del hombre resucite de entre los muertos".
La Transfiguración, Giovanni Bellini
En Cristo habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente.
Col 2,9
La gloria que Cristo nos trajo era nuestra.
Él vino para que cayésemos en la cuenta.
Maestro Eckhart
En la montaña, junto a Pedro, Juan y Santiago, somos testigos de la gloria de la resurrección. Jesús nos muestra su verdadera identidad como Hijo, para que conozcamos lo que le espera al que sea capaz de seguirle hasta otro monte, el Gólgota.
Nos enseña el camino de negación y renuncia a lo que no somos, pero que nos ha dominado durante demasiado tiempo. Camino estrecho, camino doloroso muchas veces, aunque mantengamos la serenidad y la apariencia de nuestra vida sea apacible y alegre.
La batalla es necesaria dentro de cada uno, porque hemos ocultado lo que realmente somos bajo muchos disfraces, poses y prejuicios, detrás de máscaras tan pegadas a nuestra piel que arrancarlas cuesta y duele, a unos más que otros, a alguno tanto que es incapaz de reconocer que lleva máscara o disfraz.
Pedro se equivoca al equiparar a Jesús con Moisés y con Elías, cuando propone hacer tres tiendas y quedarse los seis en la montaña (www.diasdegracia.blogspot.com ). Aún no se da cuenta de que Jesús es Único, no es comparable con los profetas. Es el mismo Dios quien hace callar a Pedro y nos permite oír Su voz: “Este es mi Hijo amado; escuchadlo.”
¿Lo escuchamos realmente? ¿Dejamos que nos hable y nos toque para confortarnos y animarnos en nuestras vidas, a veces tan solitarias y tan vacías de sentido, tan alejadas, ay, a veces de lo esencial?
El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad (Jn 1, 14). Cristo encarnó; nosotros también hemos de encarnar, encontrando ese cuerpo profundo donde es posible el Misterio. Para el que se ha hecho uno con Jesús, miembro eterno de su Cuerpo Místico (1Cor 12, 27), la luz del Tabor se enciende como una llama, al principio pequeña, casi imperceptible, que poco a poco va creciendo, iluminándonos desde dentro.
La Transfiguración no es un relato pascual fuera de sitio, sino una auténtica experiencia a la que estamos llamados. Quien se mira en Dios para unirse a Él, no solo puede acceder a esa experiencia, sino que, en las dimensiones atemporales que la mística permite vislumbrar, está gozando ya, todo su ser transfigurado, de la Pascua eterna.
Somos hijos de la luz (Ef 5, 8). El camino del cristiano es un encuentro con la luz que, si no se vive hoy, difícilmente nos esperará en la vida futura. Jesús es la luz del mundo (Jn 8, 12) y, con Él, somos la luz del mundo (Mt 5, 14).
Y el cuerpo? ¿Es un obstáculo para ese encuentro? Al contrario, es vehículo, instrumento fiel para quien es consciente de ese cuerpo interior que se va encendiendo, alumbrando, transfigurando en el otro. Porque, cuando el espíritu está unido a Dios, vivimos trascendiendo las dimensiones conocidas y hasta el cuerpo físico es capaz de transmitir una luminosidad nueva, como si los parámetros de belleza y dimensiones de la tierra se hubieran quedado pequeños, incapaces de expresar esa vida nueva. Es la Presencia, de la que hablábamos el domingo pasado, que nos realiza en alegría y se manifiesta en la luz, que se expande a lo ancho y a lo alto, en lo profundo y lo vertical, en una dimensión a la que aún no sabemos dar nombre, ni falta que nos hace.
Pedro, Santiago y Juan han visto con sus propios ojos la gloria del Hijo de Dios y aun así no acaban de asimilarlo, como se verá en los acontecimientos posteriores al del Tabor. Les falta la gracia inspiradora del Espíritu, que despierte sus potencias escondidas y los transforme en hombres valientes, capaces y libres. Solo después de Pentecostés serán realmente conscientes de ese hombre interior, espiritual, que Cristo despierta y conforma en cada uno, hombre nuevo, yo real que es capaz de hacer posible lo imposible.
Cuando comprendes el sentido de tu existencia, lo aceptas y te pone manos a la obra con los ojos y el corazón fijos en Aquel que nos da el propósito y la misión, empiezas a reflejar en tu rostro la luz y los rasgos de Jesucristo, porque ya no eres un ego separado, que se afana, se defiende y acapara, sino Cristo, vida nuestra (Col 3, 4).
La luz del Tabor es prefiguración del estado que espera a quienes siguen a Cristo en la cruz y en la resurrección. Así lo expresa San Agustín en las últimas líneas de La muerte no es el final: Volveréis a verme, pero transfigurado y feliz, no ya esperando la muerte, sino avanzando con vosotros por los senderos nuevos de la Luz y de la Vida, bebiendo con embriaguez a los pies de Dios un néctar del cual nadie se saciará jamás. AMÉN
El verdadero arte puede llegar donde no llega la mente. Vuelvo a recurrir al arte, una imagen y un poema, para intentar expresar lo inefable, ese destino de luz que ya somos, bajo las capas de sombra, miedo, egoísmo y confusión que nos ocultan.
Dejo que sea de nuevo Martín Martínez Pascual, en ese Tabor que fue su dies natalis, quien exprese todo infinitamente mejor de lo que puedo escribir. Alcanzar esa cima de amor y confianza nos hará libres, luminosos como él. Esta vez, en la imagen, también uno de los milicianos que le asesinaron y a los que él perdonó y encomendó al Padre.
HIMNO Nº 15 AL AMOR DIVINO
Nos despertamos en el cuerpo de Cristo
cuando Cristo despierta en nuestros cuerpos.
Bajo la mirada y veo que mi pobre mano es Cristo;
él entra en mi pie y es infinitamente yo mismo.
Muevo la mano, y esta, por milagro,
se convierte en Cristo,
deviene todo él.
Muevo el pie y, de repente,
él aparece en el destello de un relámpago.
¿Te parecen blasfemas mis palabras?
En tal caso, ábrele el corazón,
y recibe a quien de par en par
a ti se está abriendo.
Pues si lo amamos de verdad,
nos despertamos dentro de su cuerpo,
donde todo nuestro cuerpo,
hasta la parte más oculta,
se realiza en alegría como Cristo,
y este nos hace por completo reales.
Y todo lo que está herido, todo
lo que nos parece sombrío, áspero, vergonzoso,
lisiado, feo, irreparablemente dañado,
es transformado en él.
Y en él, reconocido como íntegro, como adorable,
como radiante en su luz,
nos despertamos amados,
hasta el último rincón de nuestro cuerpo.
En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al final sintió hambre. Y el tentador se le acercó y le dijo: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes”. Pero él contestó diciendo: “Está escrito: "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”." Entonces el diablo lo lleva a la Ciudad Santa, lo pone en el alero del templo y le dice: “Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Encargará a los ángeles que cuiden de ti y te sostendrán en sus manos para que tu pie no tropiece con las piedras”.” Jesús le dijo: “También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”.” Después el diablo lo lleva a una montaña altísima y mostrándole todos los reinos del mundo y su esplendor, le dijo: “Todo esto te daré si te postras y me adoras”. Entonces le dijo Jesús: “Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”.” Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y lo servían.
Las tentaciones de Cristo, Botticelli
Desierto, encuentro con uno mismo en el silencio y la soledad. Allí fue donde Jesucristo se planteó cómo debía llevar a cabo su Misión. Allí debes ir para saber cómo reorientar tu vida, qué cambios coherentes debes hacer para cumplir tu vocación y seguirle a Él siempre, hasta el final.
Vayamos al desierto con valentía porque en él se libra el combate interior. No se va al desierto para estar tranquilos, sino para mirar de frente nuestro lado oscuro y soltar, con la fricción con que las serpientes se desprenden de su vieja piel, al hombre viejo que ya no queremos ser.
Cristo en el desierto, Iván Kramskoï
Cuaresma, tiempo para aprender a vivir, sentir, pensar, actuar de un modo nuevo. Conversión: encuentro con la Versión Original (www.diasdegracia.blogspot.com ). El nuevo hombre no puede ser como el viejo Adán, entregado a su ambición y su egoísmo. En el desierto comprendemos que no sólo de pan (materia, contingencia, inmanencia) vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.
¿Sucedió realmente en el desierto? ¿Fueron realmente cuarenta días y cuarenta noches? ¿O se trata de uno de los muchos recursos literarios para transmitir verdades que utilizan los evangelistas? Es lo de menos; lo que importa es que Jesucristo, el Verbo encarnado, fue tentado en lo más esencial de su misión: su mesianismo. Y nosotros somos tentados continuamente, lo veamos o no, en la esencia de nuestra misión de discípulos. Somos tentados a no ser fieles, a seguirle a medias, a cambiar las enseñanzas de Jesús, que son Palabra de Vida eterna para acomodarlas a nuestros intereses.
Porque las tentaciones hoy se han sofisticado mucho, tienen que ver a menudo con esa vida mundana y hedonista que nos anestesia. Queremos todo y lo queremos ya, nos rodeamos de cosas, proyectos y posibilidades, no vaya a ser que nos perdamos algo…. Y por no perdernos nada, nos perdemos lo único importante. Como Esaú, renunciamos a la primogenitura por un plato de lentejas. Por salvar la vida, ese puñadito de años de vivir lo mejor posible, evitando no ya el sufrimiento, sino incluso cualquier molestia, perdemos la Vida verdadera, el alma y mucho más que el alma.
“Generación de moluscos”, escuché en una homilía, son nuestros hijos… Con algunas benditas excepciones, rebaños de caprichosos, egoístas por pura alienación y por imitación de los adultos, no por maldad esencial. Jóvenes que se miran el ombligo y no están preparados para afrontar ni la más mínima decepción.
Qué bien nos hace el desierto en este panorama tan desalentador… El desierto fortalece, ensancha los horizontes, enseña a renunciar, a soltar, a vaciarse. El desierto purifica, eleva y transforma, nos muestra la insignificancia de los afanes por los que nos desvivimos.
Jesús es tentado por el diablo, Juan de Flandes
Salir de Egipto, emprender el camino, errantes, como dice el Libro del Deuteronomio ( Dt 26, 4-10), es liberarse de tantas esclavitudes que nos ciegan y alienan, para encontrar la tierra prometida. Pero a esa meta se llega atravesando el desierto, negándose, muriendo a uno mismo, renunciando al mundo para ganar el alma… Seamos valientes, políticamente incorrectos en un mundo de falsa corrección, mentira y desatino, en el que la consigna es no renunciar a nada, acaparar todas las posibilidades para el bien-estar, olvidando el bien-ser. Valoremos el esfuerzo, el sacrificio (cuya raíz latina es sacer fare, hacer sagrado), la humildad, la pobreza de espíritu.
Si nos asusta la inmensidad del desierto, ese vacío árido, esa ausencia de estímulos e impresiones, recordemos que no caminamos solos. Jesucristo está en el hermano que sufre y también en nuestro propio corazón atribulado, caminando junto a nosotros en cada uno de los desiertos que vamos atravesando.
El desierto, de arena, de agua, de hielo, de silencio, de confusión, de soledad, de angustia, de abandono, de tristeza…. es lugar de encuentro, más que de búsqueda, porque ya hemos encontrado, y el que ha encontrado no necesita seguir buscando, sino profundizar en ese encuentro, perfeccionándolo, haciéndolo cada vez más real y auténtico.
Tentaciones de Jesucristo, Jan Brueghel
EL AYUNO QUE ÉL QUIERE
¿Es acaso ese el ayuno que yo quiero
cuando alguien decide mortificarse?
Inclináis la cabeza como un junco,
y os acostáis sobre saco y ceniza.
¿A eso lo llamáis ayuno,
día grato al Señor?
El ayuno que yo quiero es este:
que abras las prisiones injustas,
que desates las correas del yugo,
que dejes libres a los oprimidos,
que acabes con todas las tiranías,
que compartas tu pan con el hambriento,
que albergues a los pobres sin techo,
que proporciones vestido al desnudo
y que no te desentiendas
de tus semejantes.
Entonces brillará tu luz como la aurora
y tus heridas sanarán en seguida,
tu recto proceder caminará ante ti
y te seguirá la gloria del Señor.
Entonces clamarás
y te responderá el Señor,
pedirás auxilio y te dirá: “Aquí estoy”.
Si alejas de ti toda opresión,
si dejas de acusar con el dedo
y de levantar calumnias,
si repartes tu pan al hambriento
y satisfaces al desfallecido,
entonces surgirá tu luz en las tinieblas
y tu oscuridad se volverá mediodía.
Isaías 58, 5-10
Ayuno, sobriedad, desprendimiento, soltar… No se trata de sacrificarse sin sentido o de forma masoquista. Hace tiempo, el padre Daniel nos contó un cuento sobre un asceta que subía una montaña empinada con su discípulo, sin beber durante horas. El discípulo le decía: “Maestro, bebe, ¿qué pasa porque bebas? ¡No pasa nada!” Y el maestro respondió: “Ya lo sé. Si bebo, no pasa nada, pero si no bebo, pasan muchas cosas.”
Las tentaciones que sufrió Jesús en el desierto se relacionan con las "consignas" de la cuaresma: ayuno, limosna y oración. En esta cuaresma intentaremos practicarlas con consciencia, profundizando en su verdadero significado.
AYUNAR ES SOLTAR
¿Quieres ser verdaderamente rico? Abandona lo que se interpone entre tú y la Verdad, entre tú y la Libertad.
¿Qué te llevarás? ¿Qué podrás considerar tuyo el día de tu muerte? ¿Habrán valido la pena el tiempo y la energía invertidos en los afanes del mundo?
Los niños pequeños (antes de ser "abducidos" por la sociedad de consumismo y competencia) no acumulan. Si les regalan algo que ya tienen, dicen con energía y convicción: “Yo ya lo tengo”.
Hay lastre en nuestra vida: demasiados objetos, tareas, compromisos vanos, posesiones… Pero el lastre más pesado está dentro: actitudes, prejuicios, emociones negativas, obsesiones, compulsiones, miedo, angustia…
Una caña vacía puede transformarse en flauta musical.
Mira bien dónde pones tu corazón, porque eres lo que amas.
Esta vida es un peregrinaje y hemos de vivir como peregrinos, prestos a reemprender la marcha, solo con lo necesario.
AYUNO DE PALABRAS
El silencio es la forma de abstinencia más difícil. Solo un hombre capaz de guardar silencio cuando es necesario puede ser dueño de sí.
G. I. Gurdjieff
Aprende a callar si las palabras no son imprescindibles.
Que callen también los pensamientos, las expectativas, los condicionamientos, las inercias.
El arte de callar: un verdadero trabajo interior.
En medio del ruido, valora el heroísmo del silencio y la discreción.
Las palabras tapan la verdad. El silencio es el termómetro de tu veracidad.
Andamos como autómatas, arrastrando un cargamento de fruslerías que expresamos con palabras huecas.
Si el vaso sigue lleno de palabras, no puede derramarse en él lo que está más allá del lenguaje.
La verdad está siempre más allá de las palabras; las palabras son como el dedo que señala la luna.
Solo palabras útiles, las necesarias, como dardos de luz al centro de ti mismo.
Si estás atento, despierto, vigilante, no puedes hablar de más ni puedes hablar de menos.
Di: sí, cuando es sí; y no, cuando es no, como el Maestro.