14 de julio de 2018

Nos llama y nos envía de dos en dos


Evangelio según san Marcos 6, 7-13 

En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto. Y añadió: «Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa.» Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.


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San Marcos y San Lucas, Navarrete, el Mudo


Justo antes de que Jesucristo ascienda al Padre, otorgará poderes mucho más elevados de los que reciben en el evangelio de hoy los Doce (o los setenta y dos en Lucas 10, 1-9) que fueron enviados con una detallada lista de recomendaciones y preceptos. La misión que Jesús encomienda es aún limitada, con instrucciones concretas, como también vemos en Mateo 10, 5-15. En el momento de la Ascensión, recibirán poderes y consignas de orden espiritual; es Su muerte y Su resurrección lo que marca la “frontera” divisoria entre una misión y otra.

Jesús puede transmitir facultades a sus elegidos, porque Él es dueño y Señor de estas potencias y virtudes. Pero esos poderes no son lo esencial ni son duraderos, pues se ejercen en el mundo que pasará. Solo Sus Palabras no pasarán (Mateo 24, 35); por eso, nada del mundo es comparable a cumplir Su Palabra y ser Sus testigos. Todo lo demás es anecdótico, incluso vencer a los demonios.

Doce es número de perfección y setenta y dos, el número que escoge Lucas para narrar esta escena es seis veces doce. Cuando comenté el envío de los setenta y dos, se me ocurrió que algo le “faltaba” a esa misión para significar totalidad, plenitud, perfección. Le “faltaría”, en el terreno de lo simbólico, una séptima docena, pues siete es también número de perfección. 

Nosotros somos esa "docena": los nuevos doce apóstoles que se renuevan generación tras generación, en una Misión que ya es completa, porque, después de la resurrección de Jesucristo, el envío se universaliza, como vemos en Marcos 16, 15 o Mateo 28, 19. También nosotros somos enviados “de dos en dos”, porque la comunidad es un tesoro. Si vamos de uno en uno, corremos el riesgo de perdernos o desviarnos.

¿Por qué les da un reglamento tan detallado, con tantas normas y precauciones en este momento? Porque no ha tenido lugar Su pasión, muerte y resurrección. Aún no está todo cumplido (Juan 19, 30) ni Jesús ha sido glorificado todavía. Antes de esa glorificación, los discípulos anunciaban la proximidad del Reino. Después, son testigos de Jesucristo, proclaman el Evangelio con hechos ya consumados, dan testimonio. 

Los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. La palabra “autoridad” proviene del verbo latino “augere”, que significa aumentar, hacer crecer, elevar. Jesús habla con autoridad porque hace crecer al que le escucha y nos da autoridad para que hagamos crecer a los que nos escuchan. ¿Cuándo hablo con autoridad? Cuando dejo de ser yo. Entonces es Él Quien habla y actúa en mí.

Seguir a Jesucristo es estar unido a Él para poder hacer todo en Su nombre. Porque todo lo que podemos hacer o decir viene de Él. Destinados a ser hijos por medio de Cristo, dice la segunda lectura (Efesios 1, 3-14). Aquel que viene a juzgar el universo viene, a la vez, a perdonarlo, a recapitular todo para hacer nuevas todas las cosas. La dispersión del mundo nos consume, nos distrae, nos incapacita, mientras que Jesucristo nos da poder, capacidad, altura de miras. 

Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto. Somos enviados sin apenas recursos, a corazón descubierto, libres de apegos, con la libertad que Él nos otorga y la plena confianza en que no estamos solos ni nos ha de faltar la inspiración de Espíritu Santo. Por eso sabemos lo importante que es la actitud interior; las obras surgen a partir de esa actitud de entrega y confianza. 

El verdadero discípulo, como el Maestro, no se asienta ni se acomoda, no se establece ni se congela, no busca en el exterior un bienestar que le adormece. Al contrario, está siempre de pie, el corazón encendido, la cintura ceñida, dispuesto a reemprender el camino una y otra vez, porque el centro de gravedad, el apoyo es Cristo, Vida nuestra.

Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa. Esta escena es como un preludio o un ensayo de la verdadera misión a la que estamos llamados, nuevos apóstoles, testigos de Cristo. Nos liberamos de todo lo que nos pesa, de nuestros condicionamientos y expectativas, y también de ese mirar obsesivamente a los estados de ánimo propios y ajenos y dejarnos afectar por las reacciones de los demás. 

Cumplimos la misión encomendada con un ojo en lo que toca hacer y otro en Él, sin preocuparnos de las opiniones o valoraciones del mundo, porque solo nos importa Aquel que nos autoriza, es decir, nos hace crecer… Lo demás es cháchara, eco, polvo que sacudimos de las sandalias.  

Mirar el mundo y sus reacciones y opiniones, o nuestras propias reacciones y opiniones, mundanas también si nos alejamos de Dios, es vivir con el alma encorvándose hacia la tierra, pero estamos llamados a vivir erguidos, ligeros, libres, casi volando…  diasdegracia.blogspot.com

Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban. El abismo es inmenso entre los que viven tratando de ser fieles a la misión y los que se dejan atrapar por los bienes de este mundo, con sus placeres efímeros. Por eso, no ponemos nuestra confianza en el mundo diabólico de los dormidos, sino en Jesucristo, el que ha recapitulado todo en Sí, como expresa la segunda lectura que es una síntesis de la Historia de la Salvación. Expulsamos, en primer lugar, a los demonios interiores que nos impiden ser fieles, y sanamos todas esas heridas del alma, que paralizan y no nos dejan convertirnos para predicar la conversión, darnos la vuelta para ver que Jesús, el Señor de la misericordia y la verdad, la justicia, y la paz, está aquí, en ti, en mí, y proclamarlo. 


                                                        Salmo 84

7 de julio de 2018

Creer en el hijo de María


Evangelio según san Marcos 6, 1-6

En aquel tiempo, Jesús se dirigió a su ciudad y lo seguían sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: “¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?”. Y se escandalizaban a cuenta de él. Les decía: “No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa”. No pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.

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Yo he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado
Juan 6, 38

Asumiendo el desprecio de sus paisanos, Jesús nos enseña una de las lecciones más importantes de cuantas hemos venido a aprender: la humildad que nos hace considerar la voluntad de Dios como el eje de nuestras vidas. Es la base de la fe que permite reconocer en Jesús, el hijo de María, al Hijo de Dios, de lo que no fueron capaces sus conciudadanos.

Recordar lo que se profetizaba sobre Cristo: “Soy un gusano, no un hombre” (Salmo 21, 7) nos ayuda a entender por qué se abajó hasta el punto de ser despreciado por los más cercanos. No era Él quien necesitaba pasar por esa prueba, sino nosotros, para encontrarlo en lo pequeño, lo escondido, lo interior, lo que no se ve con los ojos, sino, como decía el Principito, con el corazón.

Los verdaderos discípulos no tienen ínfulas ni pretensiones; conocen su miseria y saben que sin Cristo no son nada. Es el camino descendente, del que hablamos a menudo por aquí, o el caminito pequeño de Santa Teresita, la infancia espiritual. Cuanto más pequeños nos sentimos, más grandes nos hace Dios, porque lo espiritual es infinitamente superior a lo visible.  diasdegracia.blogspot.com

Parece que no hacen nada, se dice de los que viven en la divina voluntad. La vida interior de Cristo supera con creces lo que nos transmiten los Evangelios; y Su Pasión fue, es, infinitamente más que unas horas de tortura, escarnio y agonía en la Cruz. 

Como sus contemporáneos, podemos elegir entre despreciar a Jesús o aceptarle como el único Maestro e imitar Su actitud. Seguirle es aprender Su misma sabiduría; conocerle es conocer al Padre y poder comportarnos “de una manera digna del Señor, procurando serle gratos en todo, dando frutos de toda obra buena y creciendo en el conocimiento de Dios” (Colosenses 1, 9-10).

Conviene recordar que, tanto en la lengua hebrea como en la aramea, no existe un término particular para expresar la palabra primo y que los términos hermano y hermana tenían un significado muy amplio, que abarcaba varios grados de parentesco. 

Puede chocar que, si estamos hablando de Jesús y creemos que es el Hijo de Dios omnipotente, se diga: no pudo hacer allí ningún milagro. Santo Tomás de Aquino nos explica que ese “no poder” no debe relacionarse con el poder absoluto, sino con lo que es posible hacer de una manera congruente; y no es oportuno hacer milagros entre incrédulos. No cuestiona, por tanto, la omnipotencia de Dios. 

Para mostrar que Jesús procede del Padre y que es igual a Él, y fomentar la fe, a veces hacía los milagros con su poder, y otras veces escogía hacerlos mediante la oración. En la multiplicación de los panes, por ejemplo, mira al cielo; y en otras ocasiones, obra con su poder, como cuando perdonó los pecados, o resucitó a los muertos.

Algunos creyeron en Él, otros Le despreciaron… ¿Cómo no creer, si todo está a la vista para el que sabe mirar? Ciegos y necios seríamos como los de Emaús, si no viéramos las maravillas que Dios hace en nosotros cada día.

Sorprende la falta de fe de los paisanos de Jesús, que “miran sin ver y escuchan sin oír ni entender” (Mateo 13, 13). No creían a Jesús ni a Isaías ni a Ezequiel ni más adelante a Pablo…, ni ahora a nosotros cuando damos testimonio de Él… No ha de importarnos si nos hacen caso o no, como dicen la primera y segunda lectura. Nos basta su gracia, pues todo está en Él, lo demás lo dejamos en Sus manos. La felicidad es mirarle a Él, saber que colma todas nuestras expectativas. Mirarle con esperanza, como dice el Salmo de hoy (Salmo 122), para que Su misericordia nos consuele de tanto desprecio e ingratitud.

Para nosotros el Evangelio de hoy es una advertencia: quienes piensan conocer a Jesús, le cuestionan y se alejan; no creen en Él porque en realidad no Le conocen. Hasta los discípulos aparentemente fieles y convencidos dudaron cuando les dijo que Su Cuerpo es verdadera comida y Su sangre verdadera bebida. Y los apóstoles, sus íntimos, a excepción de Juan, le abandonaron en la hora de la Pasión, escandalizados y asustados, cuando Jesús se dejó conducir sin resistencia por sus enemigos (Lucas 14:27-29). No tenían una fe sólida, no Le conocían...

Todos los profetas se habían topado con el rechazo y el desprecio de sus conciudadanos. Los enviados de Dios encuentran, sobre todo en su patria, la oposición y el repudio. Jeremías se quejaba de este repudio, prefigurando al manso Cordero, que sería Jesús (Jeremías 11, 18-23). Las palabras que hoy dirige a sus paisanos: “A un profeta sólo lo desprecian en su tierra”; y  la escena que hoy contemplamos, nos la transmite Mateo de una forma casi idéntica (Mateo 13, 54-58) y, con mucho más detalle, Lucas (Lucas 4, 16-30). 

Los tres sinópticos coinciden en subrayar así la amargura de la incomprensión y el rechazo a Jesús, que Juan expresará de muchas formas, ya desde el inicio de su Evangelio (“vino a su casa, y los suyos no lo recibieron”), en sus cartas, y de forma misteriosa en el Apocalipsis. Juan nos transmite, con una belleza que está más allá de las palabras, a ritmo del Latido Sagrado que bien conoce el discípulo amado, esa danza que hemos de aprender para sortear las sombras, las tinieblas, las dudas y la confusión, hasta que la llama de la fe crezca y llene todo, ilumine nuestro ojo, nuestro corazón, nuestra vida, hasta la eternidad.



                            Laudate Dominum, Mozart, Barbara Hendricks


 AMOR PERFECTO

El colmo del Amor,
amor hasta el extremo:
amar al que te odia,
al que te ataca,
al que mira indiferente
cómo sangra la herida
que su envidia infligió
en tu piel inocente
o en tu confianza.

Amar al que traiciona,
al que ignora tu voz
implorando su ayuda. 
Amor sin medida
ni condición.


También al que se porta
como enemigo cruel,
sin razón ni motivo,
al que ofende y se burla,
al que te hace caer,
al rencoroso… 

La paradoja santa,
valor que abrasa el odio
y enciende el corazón.
Amor purificado
que dignifica,
y te hace fuerte, libre
para seguir amando hasta el final
como el Maestro.

Amor total, Amor,
fuego divino
inflamando la tierra,
espada de doble filo,
arrancándonos el miedo
con tajo firme,
cirujano preciso,
dolor que se transforma
en amor si le damos
peso de eternidad,
y todo, hasta el pecado,
tiene sentido, feliz la culpa
que mereció tal Redentor. 

Amor que salva
clavado en una Cruz.
De la Cruz a la Luz, 
del dolor al amor,
para la Vida.

30 de junio de 2018

Despierta tú que duermes


Evangelio según San Marcos 5, 21-43

En aquel tiempo Jesús atravesó de nuevo a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al lago. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y al verlo se echó a sus pies, rogándole con insistencia:
–Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva.
Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba.
Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamientos y se había gastado en eso toda su fortuna; pero en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con solo tocarle el vestido, curaría.
Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió en seguida, en medio de la gente, preguntando:
–¿Quién me ha tocado el manto?
Los discípulos le contestaron:
–Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: «¿quién me ha tocado?»
El seguía mirando alrededor, para ver quién había sido. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado, se le echó a los pies y le confesó todo. Él le dijo:
–Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud.
Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle:
–Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?
Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga:
–No temas; basta que tengas fe.
No permitió que lo acompañara nadie más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. Entró y les dijo:
–¿Qué estrépito y qué lloros son estos ? La niña no está muerta, está dormida.
Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos, y con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo:
–Talitha qumi (que significa: contigo hablo, niña, levántate).
La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar –tenía doce años. Y se quedaron viendo visiones.
Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.

Resurrección de la hija de Jairo, Som Vag Batvg

Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz
                                                                                                                                 Efesios 5, 14

Con estos dos relatos, unidos por razones teológicas (Jesús trae la Salvación, vence el dolor y la muerte) y literarias (mientras la hija de Jairo agoniza, se produce la curación de la mujer), el evangelista crea una especie de circuito: la fe de Jairo le lleva a pedir la salvación de su hija a Jesús. Cuando Jesús camina hacia la casa de Jairo, la mujer enferma de hemorragias requiere a Jesús, pero a escondidas, con la inocencia de una niña, tal vez de una niña de doce años, como la que Jesús va a resucitar. La niña muerta-dormida no puede pedir nada a Jesús, hace lo contrario que la mujer audaz y creativa. La niña dormida-muerta recibe pasivamente las palabras de Jesús.

Palabras que resucitan, silencios que curan… Porque la hemorroísa ni siquiera habló con Jesús, solo contestó cuando este se extrañó por la fuerza que había salido de él. Actuó como deberíamos de actuar todos los que, considerándonos hijos, abrimos confiados “la nevera” de la casa del Padre para coger lo que necesitamos. Con ese descaro transparente, que el Padre aprueba, deberíamos tomar todo lo que nos da. 

La mujer de los flujos de sangre no está “robando”, confía y sabe que lo que Jesús tiene es infinito, inagotable. La niña no sabe nada, está ausente y es la palabra de Jesús la que la interpela para devolverle la consciencia, la vida, la capacidad de ser hija todavía aquí, antes de pasar definitivamente a la Casa del Padre.

La palabra de Jesús, como su silencio, son creadores, efectivos, porque Él es la Palabra y Él es el Silencio primordial. La niña resucita, despierta; tenía doce años de vida inocente, limpia, pura. La mujer es sanada, devuelta también a la vida, porque los flujos de sangre simbolizan el desangrarse, ir muriendo alejados de la Fuente de la Vida. Doce años de vida inocente que agoniza, doce años de enfermedad e impureza… Lo mismo en el fondo, una puerta a la Vida verdadera.

Dos figuras femeninas necesitadas de salvación y, en los dos casos, doce años, de vida o de enfermedad. Doce, símbolo de las doce tribus de Israel, femenina tantas veces en el Antiguo Testamento, como “esposa” de Dios. Inocente y corrupta, elegida e infiel, perdonada, sanada definitivamente con la llegada de Jesucristo, que hace de Israel mucho más que el pueblo elegido, el inicio del Reino de los cielos en la tierra, para el que esté dispuesto a escoger la vida, cada uno a su manera, algunos con la desfachatez que la necesidad impone, como la mujer con hemorragias, otros aceptando lo que Jesús trae, escuchando su voz, obedeciéndola como la niña muerta-dormida..

En ambos casos, han llegado a una situación de impotencia, nadie puede ayudarlas, solo se puede llorar o apretujar, enterrar o excluir… A Jairo se le acaba su descendencia, a la mujer, la enfermedad le ha impedido tener descendencia. ¿Qué es tener descendencia? ¿Qué es perpetuarse, crecer y multiplicarse? Ya no estamos en el Génesis, estamos en la Nueva Alianza, camino de la Jerusalén celestial, y ahora las palabras son otras, los códigos son otros, los horizontes, otros…

Jairo quiere que Jesús ponga las manos sobre su hija para que sane o resucite. En el caso de la mujer de los flujos de sangre, es ella misma, con sus manos impuras, a los ojos de los demás, la que quiere tocar a Jesús o al menos su ropa, o al menos el borde de su manto… En ambos casos se trata de tocar, la corporalidad adquiere una relevancia clara, porque somos cuerpo, alma y espíritu, y seremos cuerpo, alma y espíritu.

Tenemos la fortuna de poder tener ya aquí, en esta vida, una relación con Jesús de absoluta intimidad de cuerpo, alma y espíritu. No solamente podemos tocarlo, sino comerlo. Si sus manos podían sanar y resucitar en los caminos de Galilea, ¿qué podrá hacer todo su Ser dentro de aquel que se acerca a la Eucaristía con fe? Porque se trata siempre de la fe: el que comulga con fe adquiere la Vida eterna; el que comulga sin fe y sin dignidad, como diría San Pablo, está alimentándose de su propia condenación. 

Como siempre, la opción es clara: vida o muerte, luz o tiniebla, salud o enfermedad, gracia o pecado. Por eso es tan importante recibir el Pan de Vida bien preparados, teniendo esa constante comunión de deseo que llevó a la hemorroísa a tocar el borde de Su manto para cortar la hemorragia, ese desvivirse que es andar disperso, perdido, distraído. Hablar de más es desangrarse, vivir para el mundo y sus afanes es desangrarse, olvidar al Único que salva es desangrarse.

El grado de intimidad al que llegaron las dos con el simple hecho de tocar o ser tocada por el Maestro no es nada comparado con lo que se nos da en la Eucaristía, medicina del alma y mucho más. Cuando la unión con Jesús es tan estrecha que se puede decir con San Pablo: “vivo, pero no soy yo, es Cristo que vive en mí”, la Eucaristía es néctar, alimento sutil para vivir ese vínculo de amor que se proyecta hacia la Vida eterna.

Salvadas ambas, tocadas las dos por el Hijo de Dios. Jairo buscaba la sanación de su hija; la mujer anhelaba mucho más que sanarse, y lo consigue. En diasdegracia.blogspot.com he intentado, como otras veces, contemplar el evangelio con otra mirada más poética, pero me han pedido la palabra ellas, la niña muerta-dormida y la mujer herida en lo más íntimo de su vida, porque las dos están dentro de mí... Todas las niñas muertas o dormidas, todas las mujeres enfermas o heridas de tristeza, de soledad, de abandono o de olvido están en mí, y las pongo en las manos del Señor de la Vida. Qué más poesía que el Evangelio, la buena noticia de que Jesús está con nosotros y nos salva, nos resucita, nos regenera hoy.

J. S. Bach - Gloria in Excelsis Deo (Messe h-moll)

23 de junio de 2018

Juan es su nombre


Evangelio según san Lucas 1,57-66.80

A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Al enterarse sus vecinos y parientes de la gran misericordia con que Dios la había tratado, se alegraban con ella. A los ocho días, vinieron para circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre dijo: "¡No! Se va a llamar Juan". Ellos le decían: "No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre". Entonces preguntaron por señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió: "Su nombre es Juan". Todos quedaron admirados. Y en ese mismo momento, Zacarías recuperó el habla y comenzó a alabar a Dios. Los vecinos quedaron sobrecogidos, y se comentaban todos estos hechos por toda la montaña de Judea. Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: "¿Qué llegará a ser este niño?". Porque la mano del Señor estaba con él. El niño iba creciendo y se fortalecía en el espíritu, y vivió en lugares desiertos hasta el día en que se manifestó a Israel.

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Nacimiento de Juan Bautista, Artemisia Gentileschi


No es solamente en aquel tiempo que «los caminos fueron allanados 
y enderezados los senderos» sino que todavía hoy el espíritu y la 
fuerza de Juan preceden la venida del Señor y Salvador.  

                                                                                          Orígenes  

Vosotros mismos sois testigos de que yo dije: “Yo no soy 
el Mesías, sino que he sido enviado delante de Él.” 
(…) Él tiene que crecer, y yo tengo que menguar. 

Juan 3, 28, 30 


La Iglesia celebra el nacimiento de Juan como algo sagrado, por eso es Solemnidad. El único de los santos cuyo nacimiento se festeja. Celebramos el nacimiento de Juan, el de la Santísima Virgen y el Nacimiento de Jesús. Juan nace de una anciana estéril; María de un matrimonio de castidad ejemplar, Jesús de una joven Virgen. Zacarías no creyó en el anuncio de Gabriel y se quedó mudo; la Virgen creyó, y su “Fiat” concibió a Jesús por el  Espíritu Santo.

Poco antes de morir, Chesterton afirmó: "El asunto está claro ahora: entre la luz y las sombras, cada uno debe elegir de qué lado está." La Luz es Jesucristo, que nació en el solsticio de invierno, cuando los días empiezan a ganar tiempo a la noche. San Juan Bautista, el heraldo de la Luz, nace en el solsticio de verano, a partir del cual los días comienzan a disminuir, para recordarnos que hemos de dar paso a la Luz en el mundo y en nuestras vidas. 

Es necesario que Juan, el hombre, disminuya, para que el Hijo de Dios crezca. Disminuimos con el gozo del que sabe que, muriendo a sí mismo, se acerca a la verdadera grandeza, su condición de hijo de Dios, su naturaleza restaurada. Lo humano es así la antesala de lo divino, lo temporal, de lo eterno, la condición de hijos de mujer, frágiles y terrenales, precede a la condición de ciudadanos del reino de los cielos. 

Es el sentido de la conversión que predica Juan, con la aspereza y rigor de su temperamento de asceta, necesario en aquel momento para el pueblo judío, que aún no conocía el poder transformador del amor que Jesús vino a predicar. Juan predicaba la conversión, dejar de mirar solo las realidades perecederas del mundo y mirar hacia la realidades eternas.

El mayor de los nacidos de mujer (Mateo 11,11), la voz que clama en el desierto (Juan 1, 23), Juan el Bautista, el último de los profetas de la Antigua Alianza y el Precursor de Jesucristo, la Nueva Alianza de Dios con la humanidad.  Él tiene que crecer, y yo tengo que menguar…, dirá Juan. ¿Qué debe menguar y qué debe crecer en nosotros para dejar de ser ciudadanos del mundo, hijos de mujer, y comportarnos como los ciudadanos del Reino de los Cielos que somos por el Bautismo?

Que mengüe lo que no somos, el ego, las máscaras, los frutos de la soberbia, y crezca nuestra verdadera realidad de hijos en el Hijo.  Cada día, cada instante, podemos escoger entre ser solo hijos de mujer, de los que Juan el Bautista es el mayor, o ciudadanos del Reino, seguidores de Cristo y, por la gracia de su amor infinito, hijos de la Luz, imagen de Dios y, por fin, semejanza restaurada.

Desde el seno de mi madre me llamaste, cantamos con el Salmo de hoy. Dios nos soñó antes aún de que fuéramos concebidos. Nos conoce y nos ama desde siempre y nos llama por un nombre que aún no conocemos y que no es el nombre que nos dieron nuestros padres biológicos. 

Juan es su nombre, dijo Zacarías a sus parientes, tras recuperar el habla. Es el nombre que Dios mismo, a través de su ángel, había escogido, que en hebreo significa "favor de Dios" y también “fiel a Dios”. San Juan Bautista, favorecido por Dios desde el seno materno, es modelo de fe; abandona lo mundano y se retira al desierto a preparar el camino del Señor. Es modelo de humildad; renuncia a sus discípulos para que sigan al único Maestro. Y es también modelo de fidelidad y coherencia hasta la entrega de su vida por la Verdad, de la que es testigo y mensajero.

El mismo Jesús afirma que la ley y los profetas llegaron hasta Juan, símbolo de lo antiguo que anuncia lo nuevo. Por ser el último eslabón de lo antiguo, nació de un matrimonio de ancianos. Y por ser el heraldo de lo nuevo, fue santificado en el seno de su madre, la anciana Isabel, por Jesús desde el seno de Su Madre, la Virgen María. Y la gracia  recibida le hizo saltar de alegría en el vientre materno diasdegracia.blogspot.com .

El silencio de Zacarías es mucho más que un castigo por su incredulidad. Es un signo de que, en esta transición misteriosa y gestante entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, el sentido de las profecías quedaba en “suspenso”, velado, latente hasta el Nacimiento del que da cumplimiento a todas las profecías y todas las promesas, Jesucristo, nuestro Señor. Cuando nace Juan y recibe el nombre que Dios le ha dado, la voz del que clama en el desierto está lista para anunciar al Salvador, y Zacarías recupera el habla. Porque Juan era la voz y Jesús es la Palabra eterna que en el principio ya existía (Juan 1, 1).


TEMOR Y TEMBLOR

Temor y temblor en el regazo oscuro
cuando la luz atraviesa 
el útero como un rayo
para mostrarme el Camino.

Dos embriones se encuentran;
uno, de hombre,
otro, divino,
acostumbrándose a la sangre,
haciéndose carne para poder tocar,
acariciar, derribar mesas de cambistas,
bendecir, sanar, resucitar a los muertos,
resucitar, Él Mismo, al tercer día.

¡Y ya lo veo!
Cómo no saltar en el seno de mi madre,
Isabel, Isha bethel, que significa:
mujer, casa de Dios;
cómo no agitarme
viendo, presintiendo mi latido de non nato
el drama, entero, consumándose
más allá del tiempo y del espacio… 

Gigantesco Jesús,
inmenso desde el seno virginal,
deja que mengüe,
que disminuya desde ahora, 
aunque mi cuerpo siga creciendo
para ser el asceta rudo
que se va formando desde el vientre
tan cercano al más puro
que te gestó, gesta, gestará infinitamente.

Es mi madre también,
más que ninguna después de la tuya,
Isha Bethel, mujer, casa de Dios.
Dioses sois recordará el Maestro,
yo lo seré, si Tú quieres,
en Ti, por Ti, contigo,
en ese reino de Hijos que vienes a anunciar.

Pero deja que antes disminuya, que mengüe,
que descienda, que desande,
me desnude de formas y ritos,
desaprenda los dulces pasatiempos,
renuncie a los goces de la carne,
que se forma en el seno de mi madre,
sorprendida de ver en el rostro de su prima,
la luz dulcísima, la belleza infinita
y eterna de la madre de Dios,
y madre nuestra.


                                                           Benedictus, 2Cellos