18 de junio de 2022

Corpus Christi


Evangelio según san Lucas 9, 11b-17

En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar a la gente del Reino de Dios, y curó a los que lo necesitaban. Caía la tarde y los Doce se acercaron a decirle: “Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado.” El les contestó: “Dadles vosotros de comer.” Ellos replicaron: “No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío.” Porque eran unos cinco mil hombres. Jesús dijo a sus discípulos: “Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.” Lo hicieron así y todos se echaron. Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y recogieron las sobras: doce cestos. 

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La Última Cena, Fra Angelico


Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo; celebramos la Vida que se nos ofrece cada día, el Cuerpo y la Sangre de Cristo, Su Alma y Su Divinidad, que entra en comunión con nosotros, si Le recibimos y Le acogemos. Dios que se da a Sí mismo tras el velo del pan y del vino, por amor. Como decía san Juan de la Cruz, a la tarde nos examinarán en el amor. Solo eso nos llevaremos, el amor, esa entrega total e incondicionada, de la que Jesucristo es modelo y maestro. Por eso hoy celebramos también el Día de la Caridad. 

En cada Eucaristía el Señor me sana. Digo: “No soy digna de que entres en mi casa, pero una palabra Tuya bastará para sanarme”. Y me doy cuenta de Cuál es la Palabra: la actualización del Sacrificio eterno y la Comunión con Él. Y, entonces, digo también: “ven a Tu casa, entra en Tu casa, y quédate”.

En la Consagración, ofrezco al Padre mi vida, mi ser, mi pasado, incluso mi futuro, junto a Jesucristo, el Cordero de Dios, el eterno inmolado, para que me transforme en Él. ¿Qué mejor sanación? Desaparezco; lo enfermo, lo roto, lo perdido, lo erróneo, lo fracasado desaparece. Y Él es en mí; la integridad, la perfección, la vida, la plenitud. Vivo en Cristo y Él vive en mí, sin tiempo ni espacio.

El Verbo increado, el Niño del pesebre, el Maestro que enseña a amar, el Crucificado, el Resucitado, Cristo eterno, como un diamante de infinitas facetas en mí. Pues ya no soy yo quien conecta con lo infinito, sino, como siempre, es el infinito el que ha descendido. Prodigioso intercambio que se inició en Nazaret, cuando María dijo “hágase en mí”, y tiene lugar ahora que comulgo y acepto que Él me asimile a Sí.

Más íntimo a mí que yo mismo, dice San Agustín. Es la meta de Dios; la identificación total. Si fuéramos conscientes de que, al comulgar, Dios entra verdaderamente en cada uno, seríamos transformados hasta en lo físico. Si tuviéramos la firme convicción de que es Jesús, todo sería rehecho, recreado por Él. www.diasdegracia.blogspot.com 

El Evangelio es la buena noticia de la intimidad del alma con Dios. El Reino es Él; no hace falta traerlo, esperarlo o proyectarlo. El Reino, la fuente de la vida que restaura la semejanza perdida, ya está aquí, ¡dentro de cada uno al comulgar! Vivamos de forma que pueda quedarse, más allá de lo que tardan las especies en desintegrarse. 

Déjale espacio; desaparece para que pueda quedarse, que no tenga que irse por no encontrar correspondencia en tu corazón, que nada te distraiga. Es Dios en ti, viene a demostrarte cuánto te ama, haciéndose Uno contigo. 

Viene encadenado, aprisionado en una Hostia, sin poder moverse ni hablar. Solo quiere que Le acojas, para no salir de ti cuando las especies de pan y vino han sido consumidas. Quiere encontrar la correspondencia para poder quedarse y vivir en ti. Quiere encontrarse a Sí mismo en ti.

No mires el reloj, pensando si la Misa ha sido larga o corta o qué vas a hacer ahora, ¡estás en la eternidad! No cantes por inercia esa cancioncita que te sabes y han empezado a entonar algunas voces… No la cantes, si no eres capaz de cantarla mientras mantienes la atención en Lo que ha entrado en ti, que es más grande que todo el universo, más importante que todos los siglos pasados y por venir. Más que inmenso, más que trascendente, más que infinito…, la Fuente inagotable del Amor que quiere saltar en ti hasta la vida eterna, para que ames, como Él, hasta el extremo.

Pero cantamos, charlamos, pasamos deprisa a la siguiente actividad del día, retomando nuestra distracción y dispersión habituales… Y Jesús no puede quedarse…, y has vuelto a perder la vida divina que estás llamado a vivir desde toda la eternidad. Esta tarde vuelve a actualizarse el Sacrificio nuevo y eterno de un Dios que no se cansa de esperar la Comunión verdadera y definitiva. Ponte nuevamente en el altar, con tus miserias y anhelos, sin reservarte nada, y, cuando comulgues, detente, calla, escucha. Es Dios que te abraza y que te habla. Es Dios en ti, deja que Sea. 

                            Ave Verum Corpus, Mozart, por Andrea Bocelli

12 de junio de 2022

Santísima Trinidad: la intimidad de Dios


Evangelio según san Juan 16, 12-15  

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora: cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. El me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo anunciará".

Coronación de la Virgen . Velázquez. SXVII. Detalle de la Santísima Trinidad coronando a María como reina del cielo.
  La Santísima Trinidad coronando a María como Reina del Cielo, Velázquez

            Veo a Dios que atrae hacia sí a mi alma con gran ternura y oigo su palabra: “Tú estás en mí, y yo en ti. En ti descansa la Trinidad, de modo que tú me tienes y yo te tengo”. Me veo toda pura, toda santa, toda verdad, toda rectitud, toda segura, toda celestial.
                                                                               Santa Angela de Foligno

            El Amor habita en nosotros; por ello mi vida es la amistad con los Huéspedes que habitan en mi alma; estos son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. 
                                                                         Santa Isabel de la Trinidad

          Dos grandes misterios están en la base del cristianismo: el misterio de la Encarnación, las dos naturalezas, humana y divina, en Jesucristo; y el misterio de la Santísima Trinidad: tres Personas divinas y un solo Dios. El pensamiento racional se detiene impotente ante el umbral de estos misterios, a los que solo llega el corazón. Podemos asomarnos a ellos si renunciamos a entender con la mente. 

            No hemos de quedarnos en lo que entiende por persona el lenguaje común, ni en el significado etimológico, pues el término viene del latín y del griego con el sentido de “máscara”. Quizá es más adecuada la palabra hipóstasis: del griego, "ser", en tanto realidad ontológica, ser, de un modo verdadero o verdadera realidad.

          La misma divinidad, total e indivisible, en cada una de las tres Personas, trascendente al ser humano en el Padre, inmanente en el Hijo, aliento de vida eterna para cada hombre y cada mujer en el Espíritu Santo. Porque, al encarnarse Jesucristo, la relación filial del Hijo con el Padre se hace extensiva a la humanidad, de un modo inmediato y directo. El ser humano, hijo de Dios por la gracia y por la mediación del Hijo unigénito, recibe la Vida de esa efusión continua, y permanece unido al Padre y al Hijo por el lazo del amor del Espíritu. La incesante generación del Hijo por el Padre se extiende hasta nosotros, creados y recreados una y otra vez.
        
          La Santísima Trinidad es un desafío para la lógica. Por eso, a veces, nos servimos de símbolos para aliviar el vértigo del Misterio y "diseccionamos" la divinidad con figuras asequibles: un venerable anciano y una paloma acompañando al Hijo, la única Persona que somos capaces de "ver". Pero el Uno no es un número, ni una figura ni tres, sino la expresión de la Unidad. Solo renunciando a entenderla, podemos asumir la realidad trinitaria, que extiende por todo el cosmos su interrelación dinámica y hace de la creación un proceso infinito. Al formar parte del Cuerpo de Cristo, no podemos quedarnos al margen de esa incesante actividad. Hemos de participar en la recreación constante de un mundo nuevo y de nosotros mismos.

            El que ve a Jesucristo ve al Padre (Juan 14, 9), y, si somos uno con Él (Juan 15, 5; Juan 17, 22-23), hemos de aspirar a que quien nos mire, vea al Hijo y vea al Padre.  Si hemos de transparentar a Cristo y al Padre, cuánto no habremos todavía de soltar, limpiar, vaciarnos, desnudarnos… 

        En www.diasdegracia.blogspot.com, profundizamos en la idea de hacer de la Trinidad nuestro origen y nuestra meta, para dar cumplimiento a la Misión que Jesús nos encomienda en el Evangelio de hoy.

Para empezar a comprender estos misterios hay que vivirlos, como han hecho tantos santos y místicos. Santa Isabel de la Trinidad dice que, desde que reconoció la Presencia del Dios Uno y Trino habitando en su corazón, el cielo ya es una realidad en la tierra. Simeón, el Nuevo Teólogo, distingue entre el Hijo, que es la puerta (Juan 10, 7.9), el Espíritu Santo, la llave de la puerta (Juan 20, 22-23) y el Padre, la casa (Juan 14, 2). ¿Cómo integrar estas realidades divinas en la vida del cristiano? Para ponernos en disposición de vivir el Misterio de la Santísima Trinidad hay tres vías directas:

         La primera y más excelsa, sobre la que reflexionaremos dentro de unos días, es la celebración Eucarística, en la que continuamente se invoca a las Tres Personas.

            Una segunda vía es la lectura de los textos sagrados. No solo el Evangelio, donde es el mismo Verbo el que nos habla directamente, sino también el Antiguo Testamento, que está continuamente hablando de Él como promesa y anuncio. Palabra del Padre transmitida por el Hijo, recordada e inspirada por el Espíritu en nuestros corazones. Los verbos: decir, hablar, oír, comunicar, recibir, anunciar, del Evangelio de hoy, nos remiten a la Palabra y su transmisión, no como un mensaje intelectual, sino como Palabra viviente, llamada a encarnar en los que la acogen, la conservan y meditan, la comparten.

           La tercera vía es la oración. Rezo ante Cristo, el rostro visible del Padre, y el Espíritu ora en mí. Más evidente en lo que considero el culmen de la oración, que supera incluso la de acción de gracias y la de alabanza. Llega un momento en que no es necesario dar las gracias porque el alma se funde con el Otro, es una con él. Y uno no necesita darse las gracias a sí mismo. Hemos llegado al centro de la Oración Contemplativa que a tantos místicos de distintas religiones les ha permitido empezar a vivir el Reino de los Cielos en la tierra. Entonces sobran las palabras, los gestos, las fórmulas. 

          No siempre el alma está preparada para esta oración de Comunión, desnuda y entregada, puro amor, pura confianza de hija, de esposa, tan íntimamente ligada al Padre o al Esposo que sabe que Él percibe sus necesidades, su gratitud, su amor, sin tener que expresarlos. Para alcanzar la disposición necesaria, hemos de soltar todo aquello que nos separa de Dios y de los hermanos. Por eso el Espíritu Santo nos sigue acrisolando, fundiendo en Su fragua sagrada, amándonos de un modo tal, que es Él quien grita en nosotros con gemidos inefables (Rm 8, 26).

            La oración contemplativa siempre acaba convirtiéndose en oración trinitaria. Podemos empezar a orar a partir de la imagen o el nombre de Jesucristo, o de una escena del Evangelio. Vamos trascendiendo imágenes y formas, llegando a un no-lugar de luz y de silencio donde nos encontramos ante la divinidad, Una y Trina, y ya no está fuera, ni dentro, sino dentro y fuera, en un abrazo de amor infinito que da sentido a todo y nos rehace. Son esos niveles tan sutiles de comunión con Dios que trascienden formas, nombres, impresiones sensoriales; la “nube del no saber” de los místicos que han vivido esa unión con la esencia de la divinidad.

            La inhabitación divina, que se hace manifiesta en la oración, nos relaciona de un modo íntimo con las tres Personas de la Santísima Trinidad. Cada alma es así hija del Padre, hermana del Hijo y esposa del Espíritu Santo. Si llegáramos a interiorizar que somos de estirpe divina por la gracia de un Dios-Amor, dejaríamos de desvivirnos en los afanes del mundo y viviríamos como verdaderos Hijos de la Luz y herederos del Reino. 

         Pero no siempre tenemos el suficiente equilibrio interior ni la suficiente disponibilidad y entrega como para mantener esta certeza, que a veces se nos queda en un nivel superficial, como la semilla arrojada en suelo pedregoso o entre zarzas (Mc 4, 5-7). Vasos de barro que llevan tesoros (2 Cor 4, 7)… Sí, pero vasos a menudo pequeños y agrietados. Ensanchémonos, dejemos que el divino Alfarero nos rehaga; vasos grandes, sin fisuras, generosos y dispuestos a acoger el Agua Viva y el Vino del banquete eterno.

Hemos dicho que para asomarse a estos misterios hay que renunciar a entenderlos con el pensamiento racional. Pero de vez en cuando conviene entretener a la mente, para que se calle y deje al corazón elevarse. Teorizar, reflexionar, buscar explicaciones, mojones del camino o puntos de apoyo que nos sostengan, y luego… ¡soltarlos todos! Reconocer que, aunque escribiéramos millones de páginas, estas serían incapaces de llegar a la esencia del Misterio. El propio Santo Tomás de Aquino, después de ser arrebatado séptimo cielo y regresar, estuvo a punto de quemar toda su obra. 

Porque las palabras son limitadas, pero la Palabra, que la Santísima Trinidad nos enseña a saborear, es omnipotente y eterna. Si nuestras palabras se miran en la Palabra, sin interpretarla a conveniencia de nuestros egoísmos, rutinas o comodidades, serán creadoras, constructoras de almas libres y elocuentes. No hace falta más que el Evangelio, la Palabra. Cualquier otra palabra, nacida del amor y el entusiasmo (del griego, enthousiasmós, rapto divino) que Él nos inspira, ha de ser seguidora fiel de la Verdad, una y trina.
            Esas tentativas de la razón nos llevan a veces a hallazgos tan valiosos y útiles como la noción de la perichoresis intratinitaria (sobre la que reflexiona en profundidad San Juan Damasceno) o circumincessio (como prefiere San Buenaventura), que sintetiza los intentos teológicos de asomarse a  la Santísima Trinidad, evitando los escollos del triteísmo (ver en las tres Personas tres Dioses) y del modalismo (considerar a las Personas divinas como tres modos de ser del único Dios).

            Alude a la Presencia de Personas en Personas, las Tres inseparables, en una Comunión perfecta, sin mezcla ni confusión, Amor infinito en eterno movimiento y autodonación. Es también menein, mutua inmanencia, una de las palabras que más aparece en el Evangelio de San Juan. 

            Unidad en la distinción: perfectamente Uno y siempre Tres. Porque cada Persona existe completamente en la otra y, además de esta unidad y pluralidad, existe una circulación vital infinita, en la que cada Persona se difunde en la otra; tres Hipóstasis y una misma Sustancia. 

            A esta maravilla de Amor estamos llamados. No nos disolveremos y, a la vez, seremos completamente Uno. Uno y distintos, no para que perviva la personalidad egoica, que es transitoria y por tanto irreal, sino para seguir amando desde el Ser verdadero que Dios soñó para cada uno, en una interrelación eterna. Solo un amor así está a salvo del desgaste y la entropía. Solo un amor así crece, se expande sin cesar, continuamente revitalizado, siempre el mismo y siempre nuevo. 

            El Uno está tan lleno de amor que necesita reciprocidad; busca ese “tú” al que amar eternamente. Por eso el cristiano sabe que no ha de disolverse en la nada, que Dios ama a cada ser humano con su nombre real, Uno con Él y, a la vez, distinto. La mente sigue a lo suyo, justo antes de rendirse: "¿Cómo se puede ser Uno con Dios y, a la vez, seguir siendo criatura?" Y el corazón responde: "En virtud de ese destino trinitario, cuya esencia es Amor, infinito y perfecto".

Cantata BWV 129, J. S. Bach, por Leonhardt Consort

En el Plan divino todo hombre, sin excepción, ha sido creado para esta comunión familiar con Dios. Nada de extraño, por lo mismo, que el Señor nos describa su reino como un convite familiar. En este banquete Dios no recibirá nada de nosotros. Por el contrario, Dios Trinidad será la saciedad plena y total del hombre, de suerte que ya nada más tendrá que añorar. Las divinas Personas serán para el hombre todo cuanto ha suspirado en este mundo: su luz, su guía, su paz, su justicia y su santidad, su fuerza y su refugio, su amor y su vida.  
                                                                                          N. Silanes

El ser humano real y ontológico halla solo su plenitud en una divinización de todo su ser por la morada en él de la Santísima Trinidad. (…) El hombre “real” es el hombre pleno, con todas sus potencialidades humanas cumplidas únicamente en y por Cristo, el cual es el único que puede actuar en el verdadero ser del hombre, para que finalmente se convierta en afiliado del Padre como un hijo divinizado de Dios, no por su propia naturaleza, sino, como escribe San Pedro, como un “participante de la naturaleza divina”

                                                                                         G. A. Maloney

4 de junio de 2022

Pascua de Pentecostés


Evangelio según san Juan 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. En esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros”. Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”.

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                                                  Pentecostés, Fray Juan Bautista Maíno


El Espíritu no tiene rostro ni voz, pero es la luz y el sonido de unos sentidos espirituales nuevos, que hacen ver y oír el misterio al hombre llegado a la plena madurez de Cristo.

                                                                    Simeón, el Nuevo Teólogo


Cuando se concentra en sí, el alma, mediante este olvido y recogimiento de todas las cosas, está preparada para ser movida del Espíritu Santo y enseñada por Él. 
                                                                                                       San Juan de la Cruz

Jesucristo nos infunde el Espíritu Santo. Para poder recibirlo, hay que estar vacíos de todo lo que es ajeno a Su gracia, ese fuego gozoso y vivificante que todo lo enciende e ilumina. Él es Quien nos vacía para después llenarnos; nosotros solo tenemos que poner a Su disposición el recipiente que somos, esa vasija de barro destinada a portar el mayor de los tesoros (2 Cor. 4, 7).

No se trata de hacer, sino dejarse hacer, permitir que ese Amor invisible que nos habita sea, crezca en nosotros hasta rebosar. Ese Amor que no siempre podemos sentir, solo cuando callamos, nos detenemos, dejamos de prestar atención a lo ilusorio, lo perecedero, para centrarnos en lo Real, que solo captan los sentidos sutiles del alma, lo que no puede dejar de existir.

Aliento que insufla vida, fuego de amor puro, torrentes de agua viva, voz interior que habla en el silencio, guía constante del corazón despierto. El Espíritu Santo no es el gran desconocido, esa abstracción que se les ha resistido a los teólogos, en su afán por definir y clasificar con los conceptos limitados de la mente. 

    Podemos vivir, de hecho vivimos ya, aunque aún no seamos plenamente conscientes de ello, un Pentecostés eterno, porque el Espíritu Santo es Dios mismo habitando en el corazón del hombre, en el centro de su propia esencia inmortal. Dios no está lejos, no está fuera para el alma que consiente y se abre a la Gracia. No es necesario buscarle en templos de piedra o ladrillo, aunque sea más fácil sentir Su presencia en el templo.

      El Espíritu sopla donde quiere (Juan 3, 8), y el templo definitivo es uno mismo; tú, yo, cada uno de nosotros, para adorar en espíritu y en verdad (Juan 4, 24). Esa es la maravilla, el don que tanto cuesta reconocer: Dios nos habita.

     Como los apóstoles reunidos en el cenáculo, al recibir el Espíritu, perdieron el miedo así nosotros nos hacemos valientes y decididos cuando somos conscientes de ese hálito de vida, ese fuego que renueva la faz de la tierra (Salmo 104, 30).

      El Espíritu abre los corazones cerrados y los prepara para la Unidad a la que estamos llamados, que somos en el fondo. Él nos da la energía, la confianza y la sabiduría necesarias para salir de la prisión del egoísmo y reconocer en los otros el Misterio de Amor que nos transforma. Es el fin de Babel, del no entendimiento, de la división; y el inicio de la sintonía que permite comprender, acoger e integrar.

Siempre es Pentecostés, siempre estamos recibiendo la llama que enciende el corazón de amor puro, el aliento divino que renueva y transforma, que nos prepara para habitar un mundo nuevo, nuevo cielo, nueva tierra (Apocalipsis 21, 1), a nuestro alcance ya, cuando somos capaces de mirar con ojos que ven y escuchar con oídos que oyen, sin tiempo ni espacio, sin miedo ni muerte, sin separación.

Jesucristo es el amor visible del Padre. El Espíritu Santo es el amor invisible del Padre y del Hijo, entre ellos y hacia nosotros. Por eso sé que, cuando pido en la oración: “Señor, aviva en mi corazón el fuego de Tu amor”, estoy pidiendo ese Amor, uno y trino, que sostiene, mueve y restaura todo. Como decía Dante: “El amor mueve el sol y las estrellas”.

La inhabitación divina, que es el centro de la vida espiritual, alimentada por el silencio y la oración, ha de manifestarse exteriormente y lo hace de forma natural cuando reconocemos y aceptamos la Presencia interior, hasta arraigarnos en esa Realidad viva, que nos crea y nos recrea sin cesar.

                                                        Veni Creator Spiritus
           
            Estamos fundidos con Jesucristo, somos Uno en Su Cuerpo místico, pero para vivirlo con todo nuestro ser, necesitamos la santificación. Escuchar Su palabra y cumplirla, como hemos recordado  a lo largo de la Pascua nos predispone a la santificación que el Espíritu de Dios obra en nosotros. Él lo hace todo, solo necesitamos estar disponibles, anhelando, pidiendo, esperando Su venida.

          La vida en Cristo es Pascua y la venida del Espíritu Santo la lleva a su plenitud, como vemos en el blog hermano www.diasdegracia.blogspot.com. Así lo expresa San Ireneo de Lyon:

            “El Espíritu prometido por los profetas descendió sobre el Hijo de Dios hecho Hijo del hombre para acostumbrarse a habitar con él en el género humano, a descansar en los hombres y a morar en la criatura de Dios, obrando en ella la voluntad del Padre y renovándola en Cristo. Este Espíritu es el que David pidió para el género humano, diciendo: confírmame en el Espíritu generoso. De él mismo dice Lucas que descendió en Pentecostés sobre los apóstoles, con potestad sobre todas las naciones para conducirlas a la vida y hacerles comprender el Nuevo Testamento; por eso, provenientes de todas las lenguas alababan a Dios, pues el Espíritu reunía en una sola unidad a las tribus distantes y ofrecía al Padre las primicias de todas las naciones. El Señor prometió que enviaría al Paráclito que nos acercase a Dios porque así como de trigo seco no puede hacerse ni una sola masa ni un solo pan sin agua, así tampoco nosotros, siendo muchos, podíamos hacernos uno en Cristo Jesús sin el agua que proviene del cielo. Y así como la tierra árida no fructifica si no llueve, así tampoco nosotros, siendo un leño seco, daríamos fruto para la Vida si no se nos enviase de los cielos la lluvia gratuita. Nuestros cuerpos recibieron la unidad por medio de la purificación bautismal para la incorrupción y nuestras almas la recibieron por el Espíritu.”

                          37 Diálogos Divinos, Gemidos del Espíritu Santo I

28 de mayo de 2022

Ascensión

 

Evangelio según san Lucas 24, 46-53

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Así estaba escrito: El Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto”. Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos, subiendo hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.

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Ascensión, William Blake

Gozamos ya de la resurrección como seres de la nueva creación, habiendo pisoteado con y por Cristo la muerte y el pecado.
 Matta el Meskin

A veces necesitamos encontrar formas de explicar lo inexplicable, expresar los vislumbres que el corazón capta, aunque la mente se quede a las puertas. Gracias a las reflexiones sobre la Ascensión, van apareciendo ideas, figuras, intuiciones acerca del cuerpo interior, el que perdura, la carne glorificada, la vida eterna... Me atrevo a esparcirlas aquí,  , porque a veces es bueno soltar, jugar, soñar, recrearse con más libertad. Entonces el Misterio nos mira complacido, y de cuando en cuando, nos concede un relámpago de asombro, un hallazgo que se expande como ojal en la tiniebla de una noche oscura.

Dice el monje copto Matta el Meskin que Jesús, en el momento de su muerte, portaba en su carne a la humanidad entera. Confirma así las palabras de San Pablo en la Segunda Carta a los Corintios: “Nos apremia el amor de Cristo, al pensar que, si uno ha muerto por todos, todos por consiguiente han muerto.”

Él nos lleva consigo, en su muerte, en su resurrección, en su ascensión. Pero nosotros también lo llevamos dentro, porque Él ha querido quedarse con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Somos teóforos: portadores de Dios. www.diasdegracia.blogspot.com

Por lo que estamos intuyendo al contemplar la Ascensión, la muerte es realmente un paso a otra forma de existencia. Adquiere pleno sentido la metáfora de San Agustín sobre ese tránsito como paso a “la habitación de al lado”. La Comunión de los Santos no es así una esperanza lejana, sino una realidad viva, porque para Dios no hay tiempo. Lo que vemos está entretejido con lo que no vemos, y todo Es ya, aquí, luminoso y eterno, a pesar de la apariencia de entropía.

Porque Cristo ha vencido a la muerte y, unidos a Él, también la hemos vencido y vivimos las primicias de la eternidad. Esa es “la habitación de al lado”; todos los que parecieron irse están muy cerca, con nosotros, porque los planos de realidad se superponen y a veces, si estamos atentos, podemos sentirlo.

La muerte no nos separa de aquellos que amamos, al contrario, nos une de una forma más íntima y real, por fin duradera. Porque el Reino de los Cielos ya está aquí, y también, ay, el infierno y el purgatorio…Lo hemos escuchado y leído a menudo, pero no siempre lo hemos comprendido en profundidad. Un día lo percibí con una claridad inédita. Cuando pude asimilarlo, apunté esto en mi cuaderno asombrado:

“El Cielo, el infierno y el purgatorio están en la tierra, aquí, entre nosotros. Un hombre sin piernas en una silla de ruedas empujada por una anciana con ojos de ceniza. Un enfermo de sida escuálido, solo huesos y sonrisa transparente, que mendiga en la calle junto a un cartel de tinta temblorosa y mira a su perro con ternura. Bajar una escalera en penumbra para una gestión del implacable César. El Metro, esos otros tramos de escaleras que, multidimensionales, a veces conectan con lo Real. Subir y bajar y subir de nuevo, bucear taladrando los velos del sueño. Y mañana y ayer, siempre, escalar una montaña con los sentidos sutiles despiertos, porque nuestro destino es ascender, y elevar a cuantos han hecho posible que estemos, que seamos, en este mundo, diabólico y celestial, según lo mires o lo sueñes o lo imagines o lo recrees… El “más allá” no es “más allá”, porque se encuentra aquí.”

Voy comprendiendo también que se puede “rehacer” la propia vida si se vive en unión con Cristo. En Él podemos encontrar, actualizada, toda nuestra vida pasada. Jesucristo, ascendido y glorificado es el verdadero “Original” de los seres virtuales que somos cuando vivimos en la Matrix de inconsciencia. Él nos devolverá -nos devuelve ya- nuestra vida, para que la revivamos a la luz eterna del más allá–más acá, pero con una claridad distinta, con una densidad diferente, la materia glorificada.

Ascendemos a nuestro Yo real y eterno, el que Dios soñó para cada uno. ¿Quién asciende?, ¿cómo asciende?, ¿en qué se asciende? Esencia, centro, corazón, alma inmortal, suelto al fin lo viejo y lo caduco... Ascendemos con nuestra apariencia eterna, la de nuestra verdadera juventud, que es nuestro ser más profundo, el impulso de todo aquello que el Señor nos ha dado y hemos aceptado, incorporado y asumido….

Como dice Henri Boulad: “Quienes integran su pasado en el momento actual y lo concentran en él, están constituidos no sólo de la naturaleza humana que es visible en un momento concreto, sino de mucho más: encarnan al mismo tiempo todo el impulso interno de su pasado. Hay un arte de vivir en un estado de síntesis, en un estado de totalidad.” Dice también que solo hay una humanidad: “un único ser humano que se perpetúa a través de los milenios de la historia, y ese ser humano soy yo, ese ser humano somos nosotros. (…) En nuestro espíritu, nuestro cuerpo, nuestro corazón, nuestra conciencia y nuestro subconsciente, experimentamos el impulso irresistible de todas las generaciones pasadas, que esperan de nosotros el fruto que tienen derecho a esperar, que será la humanidad nueva que ha de nacer de nosotros algún día, cuando llegue la consumación de los tiempos, cuando el hombre haya alcanzado su pleno desarrollo, su estatura perfecta.” El “Cielo” sería así: “ese instante eterno de recuerdo reiterado de todo lo que hemos sido, de todo lo que hemos vivido en el presente de Dios.”

                                   Que así sea, porque Es. 


Luisa Piccarreta. Giro 24.
Jesús Después de la Resurrección y la Ascensión


Ha subido al cielo; pero el cielo no es únicamente la desierta convexidad donde aparecen y desaparecen, veloces y tumultuosas como los imperios, las nubes de los temporales, y resplandecen en silencio, como las almas de los santos, las estrellas. El Hijo del Hombre, que subió a las montañas para estar más próximo al cielo, que fue todo luz en la luz del cielo, que murió, levantado del suelo, en la oscuridad del cielo, y volvió para elevarse en la suavidad de la noche al cielo, y volverá de nuevo un día sobre las nubes del cielo, está todavía entre nosotros, presente en el mundo que ha querido libertar, atento a nuestras súplicas si verdaderamente proceden de lo hondo del alma; a nuestras lágrimas, si en verdad fueron lágrimas de sangre en el corazón antes de ser gotas saladas en los ojos; huésped invisible y benévolo que no nos desamparará nunca, porque la tierra, por voluntad suya, ha de ser como una anticipación del reino celestial, y, en cierto sentido, forma desde hoy parte del cielo. Esta rústica nodriza de los hombres que es la Tierra, esta esfera que es un punto en el infinito, y, con todo, contiene la esperanza del infinito, Cristo la ha tomado para sí, como perpetua propiedad suya, y hoy está más ligado a nosotros que cuando comía el pan de nuestros campos. Ninguna promesa divina puede ser cancelada; todos los átomos de la nube de mayo que lo escondió están todavía aquí abajo, y nosotros elevamos todos los días nuestros ojos cansados y mortales a aquel mismo cielo del que volverá a descender con el fulgor terrible de su gloria.

                                                                                                        Giovanni Papini

                                                            Holy, Avalon