3 de junio de 2012

Feria del Libro. La memoria del Mar


              El sábado, día 9, de 18:30 a 21:30, estaré firmando ejemplares de mi nuevo libro, La memoria del Mar, y del resto de mi obra, en la caseta 161 de la Feria del Libro de Madrid.

             A continuación incluyo el prólogo, de Enrique Martínez Lozano, por si a alguien le puede interesar.




            Los poetas y los místicos transitan caminos cercanos. Caminos que se encuentran más allá de las palabras y más allá de los conceptos, aunque luego unos y otros hayan de recurrir a la palabra para expresar lo experimentado. Y la palabra se hace entonces paradoja, metáfora y poesía, con la que intentan balbucir lo que han palpado en el territorio del Silencio primordial, lugar de nuestro Origen y nuestro Destino.
            En realidad no es un “lugar”, porque trasciende las coordenadas espacio-temporales, sino el No-lugar de nuestra identidad que, sin embargo, olvidamos al identificarnos con nuestra mente. Tal identificación nos otorgó una “pseudoidentidad” (el “yo separado”), a la que absolutizamos y a partir de la cual organizamos toda nuestra existencia. La identificación con la mente nos sumió en el olvido de quiénes éramos y abrió la puerta a la confusión y al sufrimiento.
            Cuenta una vieja leyenda judía que, en el momento de nacer, un ángel nos golpea en la boca para imponernos silencio, tratando así de impedir que hablemos del mundo celestial que hasta entonces era nuestro hogar. Pareciera que el ángel ha hecho tan bien su trabajo que, no solo no hablamos de ello, sino que incluso lo hemos olvidado por completo.
            Por eso, conocer quiénes somos equivale a recordar. Y a esto nos ayudan, de una manera especial, místicos y poetas. Es lo que nos regala Eugenia Domínguez: palabra hecha poesía, experiencia viva que podrá despertar “ecos” de nuestra identidad profunda, memoria de lo que realmente somos. Porque Eugenia posee el don de transmitir, en palabras sencillas, experiencias profundas y universales que tienen el sabor inconfundible de la no-dualidad y que despiertan el “recuerdo” de lo que somos.
            Recordar (re – cor/cordis) significa  “volver al corazón”. Seguramente por ello, en alguna tradición espiritual “recordar” equivale a “despertar”. Al recordar, salimos del sueño y empezamos a ver.
Los poemas de Eugenia hacen un guiño al corazón, en forma de nostalgia y evocación: recordamos el Mar de donde venimos y adonde vamos, y el Mar nos recuerda y nos llama para hacer posible el reencuentro con lo que, a pesar del olvido, siempre hemos sido.
            Los hombres y mujeres sabios, de todos los tiempos y latitudes, han sido aquellos que nos han recordado la verdad de nuestra naturaleza. Como una manera de mostrarlo, Eugenia nos ofrece una serie de textos de diferentes tradiciones y procedencias, unidos bajo un denominador común: la sed del encuentro en la Unidad olvidada.


            A la verdad de lo que somos, no podemos llegar a través de la mente, herramienta tan preciosa como limitada, porque ella es solo una pequeñita parte de nuestra identidad.
            Necesitamos, más bien, acallarla con suavidad para, sin sus interferencias, acceder a una experiencia inmediata, en la que emerge la consciencia clara de ser, el “Yo Soy” que siempre nos acompaña –la única certeza que permanece en la impermanencia de todo– porque nos constituye.
            En cualquier momento de nuestra jornada, como en cualquier etapa de nuestra historia, si nos volvemos hacia nosotros para preguntarnos: ¿qué hay?, la respuesta siempre es la misma: consciencia de ser. Sin predicados ni adjetivos, sin añadidos de ningún tipo. El “solo ser” de otro poeta inspirado, Jorge Guillén, en el que todos nos reconocemos:

                        Solo ser. Nada más. Y basta. Es la absoluta dicha.

            O el “no sé qué” que embelesaba a Juan de la Cruz, y que sigue cautivando a quien se permite escucharlo:
                        Por toda la hermosura
                        nunca yo me perderé,
                        sino por un no sé qué
                        que se alcanza por ventura.

            La consciencia –nuestra identidad última– es una, desplegada, manifestada y reflejada en infinidad de formas que, siendo todas diferentes, son sin embargo “lo mismo”.
            Al dejar de buscarnos como “yo separado”, emerge la Presencia consciente y amorosa que somos en profundidad, y así nos reencontramos, al re-cordarlo, en la admirable No-dualidad.
            Los poemas de Eugenia están transidos de esta intuición no-dual, que a veces se expresa en el contraste, al describir al ego insatisfecho y superficial que nos despista, y otras se manifiesta como Amor y Unidad esencial, que nos plenifica.
            Al leerlos, haremos bien en “dejarnos detener”. Es una poesía de cadencia pausada que, a la vez que nos serena, nos invita a dejar las prisas para quedarnos saboreando la vida que encierra.
            Y se expresa –no puede ser de otro modo– en paradojas constantes: ego/estar, esfuerzo/abandono, oscuridad/ver, aislamiento/encuentro en el otro y en todo, separación/unidad, nostalgia/realidad, desengaño/amor, ramas secas/savia, muerte/vida, desasimiento/plenitud…

Y en esa plenitud que es desasirme
de todo, siendo todo,
vuelo libre, mirando el universo,
tan pequeño y cercano,
             libre,
mirándolo y viéndolo.


            Paradojas que se resuelven, finalmente, en un “abrazo mayor”, en el Silencio no-dual:

                         En el Silencio                                                
desaparece
cualquier contradicción
que las palabras crean
lejos de la Palabra.


Que sabe mirar:

            Mirar como el que sabe                    
que todo Es en la mirada
que mira cuando mira y es mirada.


Hasta reconocerse en Todo:

La huella de mis pies se va borrando.
Son las olas que bailan y acarician;
veo su espuma fugaz.
Soy la espuma y ese niño que cruza
detrás de una pelota, sin mirarme.
Soy la espuma y el niño y ese viejo
bañando sus tobillos junto a una mujer joven
que también soy.
Soy la espuma, el niño, el viejo, la mujer,
el cielo pintado de colores
y el barco que a lo lejos
parece, parezco, saludar.
Soy el horizonte donde cielo y mar se unen,
lo más sutil de este paisaje,
tal vez lo más cierto.


            A medida que avanzamos en la lectura, se intensifican las imágenes que nos remiten a la no-dualidad y, en ese sentido, a lo esencial del “recuerdo”:

Somos el negativo
de una figura eterna,
anhelando esa luz que nos devuelva
el perfil esencial,
bajo un cielo fiel que nos bendiga,
nos haga aparecer.


            Para terminar en la explosión final de Presencia y Unidad:

                        Si logro estar alerta, me descubro:
            soy atención serena y sostenida,
            soy la mirada fiel, soy el aliento
            de una respiración que me respira,
            devolviendo mi esencia al universo.
            Si logro estar alerta, Lo descubro:
            es todo para mí,
            soy todo para Él.
            Soy real en el centro de mi ausencia,
            presencia Suya al fin
            y para siempre.


            A través de sus poemas, página a página, Eugenia nos ha ido conduciendo hacia nuestra identidad más profunda: pura Presencia, atemporal e ilimitada; Espacio consciente que todo lo abraza.
            Quiero invitar al lector a que, sin prisas en la lectura, se “deje detener” ante el más pequeño “eco” que se despierte en él, para escuchar a su propio “maestro interior”, que habla en el Silencio de la mente.
            Y quiero agradecer a Eugenia el regalo de estos versos que, gracias a su limpieza y docilidad, fluyen a través de ella, activando re-cuerdos olvidados y despertándonos a nuestra identidad.

Enrique Martínez Lozano

21 de mayo de 2012

Profecías


           
Los cuatro jinetes del Apocalipsis. Alberto Durero



            Porque habrá una gran tribulación como jamás ha sucedido desde el principio del mundo hasta hoy, ni la volverá a haber. Y si no se acortan aquellos días, nadie podrá salvarse. Pero en atención a los elegidos se abreviarán aquellos días. Y si alguno entonces os dice: “El Mesías está aquí o allí”, no le creáis, porque surgirán falsos mesías y falsos profetas, y harán signos y portentos para engañar, si fuera posible, incluso a los elegidos. Os he prevenido. Si os dicen: “Está en el desierto”, no salgáis; “En los aposentos”, no les creáis. Pues como el relámpago aparece en el oriente y brilla hasta el occidente, así será la venida del Hijo del hombre. Donde está el cadáver, allí se reunirán los buitres.
                                                                                               Mt 24, 21-28


 

                          Cuando quiero saber las últimas noticias, leo el Apocalipsis.

                                                                                                      Léon Bloy


            ¿Tú crees en las profecías por ti misma o porque confías en nosotros? Me lo preguntó un amigo, antes de iniciar su peregrinaje a Medjugorje.          
            ¿Creo en las profecías? ¿Confío en él, en ellos? ¿En quién confío? ¿En qué creo?
            Creo en la Palabra de Dios, que ha hablado muchas veces a través de sus profetas. Creo en Jesucristo, la Palabra definitiva del Padre y en su enseñanza. Creo en el Amor.
            No creo a pies juntillas en todo lo que dicen los profetas actuales. Hay mucha cizaña entre el trigo y montones de paja para algunas perlas. Como en nosotros mismos crecen juntos el trigo y la cizaña.
            Sí creo en las profecías intemporales de los textos sagrados y creo, porque lo estoy descubriendo y experimentando sobre la marcha, que las profecías verdaderas, de ayer, de hoy, de siempre, tienen que ver conmigo, con cada uno de nosotros, si sabemos verlo y vivirlo.
            Los tsunamis, las purificaciones del planeta, los tornados que arrasan todo, los terremotos que te dejan sin suelo bajo los pies, los cometas que colisionan, los dos soles, la señal en el cielo, el gran aviso, el milagro, los días de tinieblas… ¡Todo dentro!
            No sé si sucederá tal como profetizan, y tampoco me preocupa cuándo. Lo que sí sé es que, en este bendito "mientras tanto", estoy viviendo un proceso transformador fuerte, profundo, Dios quiera que decisivo, en mi interior.
            Se está realizando una gran conversión, muchos han muerto ya dentro de mí, algunos agonizan, queda algún rebelde en clara minoría, otros van despertando y comprendiendo, preparándose para ponerse definitivamente al servicio del Reino.
            Y llegarán los nuevos cielos y la nueva tierra, donde vivir en paz, amor y armonía, si somos capaces de volver a nacer, de agua y espíritu, nuevos, transformados.


Apocalipsis. Raymonde Pagegie



            Días después de reafirmarme en la necesidad de vivir los mensajes proféticos de un modo personal e interior, dejando que nos transformen y armonicen, aunque seamos testigo de procesos exteriores simultáneos, leo en La palabra en el corazón del cuerpo de Annick de Souzenelle:

            “El profeta no predice el porvenir, él “ve los cielos abiertos”, dice la Biblia, entra en el tiempo interior del Hombre (…) Es un tiempo divino que incluye y supera a la vez nuestro pasado–presente–futuro. El profeta bíblico ve lo realizado y lo no realizado que abarca el presente de los hombres, y presiente a la humanidad como en gestación de sí misma. Por lo tanto, está en relación directa con “lo que se cumplirá” en el plano esencial. Pues bien, este también se manifiesta en el nivel existencial, y es así como puede haber concordancia entre los hechos exteriores y los decires del profeta. Pero semejantes correspondencias, en cierta forma, acaecen por añadidura; la única finalidad de la palabra profética es ponernos en relación con la Palabra que nos habita.”

            De nuevo agradezco estas sincronías y "causalidades" que, sin dejar de asombrarme, cada vez son más frecuentes.

12 de mayo de 2012

El mandamiento del Amor



Evangelio de Juan 15, 9-17


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a la plenitud. Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido; y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros”.




            Ama y haz lo que quieras, decía San Agustín, no como rebeldía o provocación, sino porque en el amor a Dios y al prójimo se sostienen toda la ley y los profetas (Mt 22, 40). El amor es más fuerte que el miedo y la muerte, más que las leyes y los dogmas, más fuerte que todo. Las normas, reglamentos, prohibiciones..., son necesarios para los que no han llegado, todavía, al amor y se rigen por la frialdad de la ley, la amenaza y el temor. Los que han dado el gran salto están en la plenitud de la ley (Rom. 13, 10) y viven libres, confiados en Dios, abiertos al mandamiento del amor, que contiene y sostiene todo y a todos.
            Aquellos que han sentido con más intensidad y verdad la presencia amorosa de Dios coinciden en señalar la pureza de ese amor, que va más allá de las reglas, los ritos y las religiones. Es amar, no solo únicamente a Dios, sino amarle por Él solo, excluyendo cualquier recompensa o castigo, sin expectativas. Como dice la mística sufí, Rabi’a al ‘Adawiyya: No temer al infierno, ni codiciar el paraíso, sino solo amar a Dios.
            Precisamente, para los sufíes, la gran herejía es la falta de amor. Y así debería de ser también para los cristianos, porque Jesucristo instituyó el mandamiento del amor y lo situó en la cima de su enseñanza. En ese amor esencial que brota del alma del verdadero discípulo, que se reconoce amado y se reconoce como amor, encontramos el terreno fértil para el entendimiento, la armonía y la unidad.
            Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: “Dame de beber”, le pedirías tú y él te daría agua viva. (Jn 4,10). Cuánto estaba diciendo Jesús a la samaritana con estas palabras… Dios no se conforma con un corazón dividido y condicionado, como solemos amar en el mundo. Cuando Él nos elige como amigos y nos destina para que vayamos y demos fruto y ese fruto dure, espera que le ofrezcamos nuestro corazón entero y de una vez. Quien renuncia a sí mismo y toma la decisión valiente y definitiva, capaz de transformarnos, sale de la “cárcel” donde solemos malvivir, para encontrarse en un paisaje maravilloso e infinito, donde amar y caminar hacia el encuentro con el Amigo, que nos dará la alegría plena.
            No se trata de vivir con la esperanza puesta en las moradas celestiales, sino de experimentar ya esa plenitud de amor e ir haciendo real esa morada aquí, porque –cito a Baalschem–: Si amo a Dios, ¿para qué necesito un mundo venidero? Pero es que, además, por la generosidad de Su gracia, el mundo venidero existe y nos espera, para seguir amando.
¿Por qué no atrevernos a dar el salto, ahora que sabemos que nuestro destino inmortal no está unido a nombres, formas, apariencias del ego? ¿Por qué no amar a todos, ya, asumiendo esta comprensión que trasciende lo limitado y condicionado? ¿Por qué no avivar desde hoy mismo ese fuego sutil que pocos, por apego, tibieza o ignorancia, son capaces de encender, sentir o apreciar? ¿Por qué no abrasarnos ya en la llama de amor viva, capaz de transformarnos?
Pero, ¿dónde está el amor al otro, el prójimo, el hermano, en este fuego de amor divino? En el mismo centro: un solo latido, un único amor. No se puede amar a Dios sin amar a los demás. Del mismo modo que no se puede amar a los hermanos con un verdadero amor, más allá de los afectos sensibles, sin amar la fuente misma del amor, sin haber reconocido esa fuente en nosotros.
Porque cuando uno encuentra a Dios en su corazón, se encuentra también consigo mismo, su auténtico Sí mismo, y con los otros, por y para ellos. Descubre, como Dostoievsky, que el infierno es el tormento de la imposibilidad de amar.
Es cierto que, para rescatar a alguien que se ahoga, antes hay que aprender a nadar, y que, como afirma Edith Stein,  uno puede salvar a los demás en la medida en que se salva a sí mismo, pero, cuando uno se reconoce justificado por el Amor, no quiere, no concibe siquiera salvarse él solo, porque el camino de la salvación, como nos enseñó Jesucristo, de palabra y de obra, es el camino del amor.
Y, si amamos de verdad, desde la certeza del que se sabe amado, porque Él nos amó primero, no podemos ver la salvación como un negocio, y menos individual, sino como un abrazo infinito y eterno, que nos hace entender la oración de Al Bistami, otro contemplativo sufí: ¡Oh Señor!, si has previsto que has de torturar a una de tus criaturas en el infierno, ¡dilata allí mi ser, de modo que no quepa nadie más que yo!
Porque el Amor con que Dios nos ama y nos enseña a amar nunca puede ser limitado, es un abrazo total, incondicionado, hasta el extremo, y aunque aún no seamos capaces de percibirlo, de sentirlo así siempre, nos miramos en Él, somos en Él un solo Amor, el único camino hacia la plenitud de la alegría, hacia la Vida.


5 de mayo de 2012

Sin Mí no podéis hacer nada



Evangelio de Juan 15, 1-8 

            En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo poda para que dé más fruto. Vosotros estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí, lo tiran fuera, como al sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que deseéis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos.



Comentario de Enrique Martínez Lozano al Evangelio:

            En el breve texto anterior, aparece siete veces uno de los verbos preferidos por el autor del cuarto evangelio: menein, que puede traducirse como “morar” o “permanecer”. Comporta la idea de un estar-en, de manera continuada y estable, hasta el punto de llegar a ser “uno” con quien se permanece.     
            Jesús tiene conciencia de permanecer en el Padre y en los discípulos, y eso mismo es lo que desea que sus discípulos hagan consciente. Todo permanece ya, y desde siempre, en la Unidad, porque no puede existir nada al margen de nada. Lo que nos falta es tomar conciencia de ello, salir del engaño al que nos induce la mente, para reconocerlo y vivirlo.
            La mente solo puede operar separando las cosas; es la condición del pensamiento, porque pensar es delimitar, establecer fronteras entre los objetos pensados. Este modo de hacer es eficaz en el campo de los objetos, y ha hecho posible el progreso en muchas áreas.
            La trampa y el engaño surgen cuando, olvidando que se trata solo de de una característica de la mente, lo que es una “forma de ver” se absolutiza, y se termina creyendo que la realidad es tal como la mente la describe. Lo que se ha producido es un deslizamiento insostenible del plano del “pensar” (separador y dualista) al plano del “ser” (unido o adual).

            No escapar, no identificarse: es el camino de la sabiduría que nos permite reconocernos en nuestra identidad más profunda, por detrás (o debajo) del yo aparente, que es solo un “objeto” dentro de quienes realmente somos.

            Permanecer en Jesús y en el Padre equivale a experimentarnos en esa identidad profunda, que es no-dual y, por tanto, compartida. No cabe intimidad mayor: más allá de los “mapas” que son las creencias y las religiones –mapas valiosos en muchos casos– nos reconocemos en el “Territorio” común. Más allá de pensarnos como “sarmientos” separados, nos descubrimos ser “vid” unificada.




OLVIDO

                                                           No se comienza por aprender,
                                                           sino por recordar.
                                                                                           Ismail Hakki

Cómo anhelas la Luz,
pez boqueando,
a punto de morir
fuera del agua.

La Luz es tu placenta,
el medio necesario,
cálida vaina
que te protege
de tus penumbras,
de la sombra que eres
cuando olvidas tu herencia
y tu destino.

O cuando, separado
sarmiento de la vid,
te vas secando, estéril,
y antes de ser nada,
te miras en la nada
y no ves nada.


  

MENEIN                             

                                                               En él vivimos, nos movemos y existimos.  
                                                                                                              Hechos 17, 28

Este silencio vivo,
aquí, a tu lado,
más sabio y preciso
que tantos libros
aún por leer
o por escribir.

Este silencio hondo,
lúcido y fiel,
nos contiene a ti y a mí,
a nosotros que vamos
reconociéndonos,
los dos en uno.

El Uno en dos,
libres, despiertos,
conscientes de existir.



29 de abril de 2012

Santa Catalina de Siena



Santa Catalina de Siena
Matrimonio místico de Sta. Catalina y Jesús, Zurbarán
                                                             

                                                      Nos creaste, Señor, para Ti y nuestro corazón
                                                      está inquieto hasta que no descansa en Ti.

                                                                                               San Agustín



                                            En tu naturaleza, Deidad eterna, conoceré la mía.
                                            Y ¿cuál es mi naturaleza, Amor inestimable?
                                           Es fuego, porque tú no eres otra cosa que fuego de amor.
                                           A todas las cosas y criaturas, las hiciste por amor.

                                                                                     Santa Catalina de Siena


           Santa Catalina de Siena se decía novia de Jesucristo. Le pidió tantas veces que se llevara su corazón y su voluntad que, en una visión, su Amado extrajo el corazón de su pecho. Desde entonces, afirmaba que vivía sin corazón.
            Un tiempo después, en una nueva visión, el Señor vino a ella, llevando en sus manos un corazón resplandeciente. Era Su propio corazón, que daba a Catalina a cambio del suyo. Abrió su pecho y dejó allí tan divino don. Hay testigos que dicen haber visto la cicatriz que ese intercambio milagroso dejó en su pecho.
            Desde muy joven, se volcó en el estudio y la oración para alcanzar un doble conocimiento, que constituye el núcleo esencial de su legado: el conocimiento de sí misma y el conocimiento de Dios, que consideraba el fundamento de toda vida interior. Esta constante en sus escritos fue fruto de otra experiencia espiritual que la transformó profundamente. Así la relata su director:
            Al principio de sus visiones, se le había aparecido Nuestro Señor durante la oración y le había dicho:
- "Has de saber, hija mía, lo que eres tú y lo que soy Yo. Si aprendes estas dos cosas, serás feliz. Tú eres lo que no es, y Yo soy el que Soy. Si tu alma se penetra de esta verdad, jamás te engañará el enemigo, triunfarás en todas sus trampas, nada harás contra mis mandamientos y adquirirás fácilmente la gracia, la verdad y la paz."
- "Y, ¿qué he de hacer?"
- "Piensa en Mí. Y Yo pensaré en ti."
             El Señor dio a María Magdalena, la que tanto había amado, como madre espiritual a Catalina, quien  murió a los treinta y tres años, después de una vida ascética, entregada a la contemplación y el amor de su divino Esposo.


            Incluso en los momentos más dichosos de nuestra vida, hay siempre un vacío que nada ni nadie puede llenar, solo ese Alguien que colma sin medida, porque lo que sentimos es precisamente el vacío de Su amor.


                                 MARANATHA

                                              
                                                                  Vi a mi Señor con el ojo del Corazón.
                                                                  Pregunté: “¿Quién eres?” Respondió: “Tú”
                                                                                                              Al-Hallaj
                                Si logro estar alerta, me descubro:
                                soy atención serena y sostenida,
                                soy la mirada fiel, soy el aliento
                                de una respiración que me respira,
                                devolviendo mi esencia al universo.
  
                                Si logro estar alerta, Lo descubro:
                                es todo para mí,
                                soy todo para Él.
                                Soy real en el centro de mi ausencia,
                                presencia Suya al fin
                                y para siempre.


21 de abril de 2012

Los que aman viven para siempre



                        Devuelve al polvo ese cuerpo que era polvo,
                        y modela un cuerpo hecho de su propia luz antigua.

                                                                                                         Rumi


            Después de una corta y devastadora enfermedad, Alicia Larrea, amiga del alma, ha decidido irse. Ayer fuimos a decirle hasta pronto, porque no cabe un último adiós en un grupo de personas que han comprendido que estamos en el mundo, pero no somos del mundo.
            Nunca había asistido a un velatorio tan consciente y sereno. Personas velando, en el más real sentido de la palabra, despiertas, unidas. Nadie lloraba ni se angustiaba, mientras Alicia nos hacía un último regalo con este reencuentro alegre. ¿Alegre ante un féretro? Sí, alegre, como ella: una mujer joven y vital, generosa y atenta, audaz y libre. Ni un atisbo de desesperación, solo respeto y gratitud, aceptación, serenidad.
            Nadie hablaba de Dios, nadie rezaba, aparentemente, es probable que no haya funeral religioso, pero nunca he sentido con tanta intensidad la presencia de Dios en un tanatorio. Tal vez sea porque Alicia, su familia, sus amigos, han vivido, viven, para experimentar y compartir a Dios. Y el que cree en el Dios-Amor y lo experimenta aquí, el que ha muerto al egoísmo, lo falso y lo accesorio antes de morir, no muere para siempre. Por eso, no hace falta rezar cuando el encuentro es ya una oración de gratitud, presencia y amor.
            Un velatorio sin lágrimas, con pocas y bien escogidas flores, un ataúd sencillo y cerrado, porque entre los que conocemos y queremos a Alicia no hay morbo que alimentar. Un ataúd cerrado, donde cada uno puede verse a sí mismo y recordar que la muerte es solo una transición, un cambio de plano, una puerta que espero atravesar consciente y serena, como Alicia, que no se ha ido, aunque no podamos verla con los ojos del cuerpo, tan limitados.
            Morir, dormir, tal vez soñar… La muerte no es más que un sueño, una sombra de ilusión para quien ha desenmascarado el sueño, la ilusión, la Maya de este mundo.
             Echaremos de menos a Alicia con los sentidos físicos pero no con el corazón, que sabe, porque lo siente, que el amor nunca muere. Y los que aman viven para siempre.

14 de abril de 2012

Dichosos los que crean sin haber visto



La incredulidad de Santo Tomás, Caravaggio


            ¾ Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.
            Contestó Tomás:
            ¾ ¡Señor mío y Dios mío!
            Jesús le dijo:
            ¾ ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.

                                                                                                           Juan 20, 27-29



            Lo reconocimos y desapareció… Reconocer es conocer dos veces, una fuera y otra dentro. ¿Qué más podíamos pedir? Nos dejó su imagen y su voz, grabadas en el corazón, antes de desaparecer de nuestra vista.
Se quedó con nosotros cuando el día iba de caída. Se quedó para siempre, cuando ya atardecía en el paisaje del camino y en el paisaje del alma. Qué regalo nos hizo el Maestro antes de subir al Padre…
Aunque se fue, nunca se ha ido. Se alejó y nunca ha estado tan cerca. Solo el Hijo de Dios podía hacer posible estas aparentes contradicciones. Solo Él pudo hacernos tan libres, capaces de trascender esas paradojas en una realidad nueva. Solo Él lo hacía, lo hace todo nuevo, por amor.
Cómo ardía nuestro corazón cuando nos explicaba las Escrituras, cómo sigue ardiendo… Y cuando el corazón arde es por algo. Esas llamas y su luz han de ser compartidas para que no se apaguen. Hay que buscar a Tomás y a cuantos como Tomás no pueden creer lo que no ven, porque les ciega la soberbia de los ojos y la mente, los que aún no han comprendido que la bienaventuranza de los pobres en el espíritu se refiere a aquellos que han renunciado a todo y han encontrado Todo.
Tomás vio y creyó. Dejemos ver la hoguera de nuestros corazones, mostremos esas llamas de amor vivas, seamos verdaderos testigos, pruebas vivientes para los que, como Tomás, necesitan pruebas, certezas, confirmaciones.
Jesucristo resucitado ha salido a nuestro encuentro para acompañarnos en el camino, ahora que atardece. Y nosotros, renacidos en Cristo, salimos al encuentro de aquellos que han perdido la esperanza y caminan en penumbra, para encender en sus corazones la luz de la Vida, el fuego del Amor.


                                 TODO

Los héroes se convierten en budas con un solo pensamiento, pero a los perezosos se les entrega las tres colecciones de los libros sagrados para que los estudien.
                                
                                                                                                                             Sutra Vimalakirti


Lo que vemos: el cuatro por cien de lo real.
  ¿Cuándo mereceremos verlo todo?
    ¿Cuándo podremos ver?
  ¿Cuándo?
                  ¿?
Ahora,
si mira el corazón.
Dichoso el que cree sin haber visto.
Bienaventurados los pobres en el espíritu.