30 de septiembre de 2017

Nunca es tarde para el alba de oro


Evangelio de Mateo 21, 28-32

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: “¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. Él le contestó: “No quiero”. Pero después de arrepintió y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: “Voy, señor”. Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?” Contestaron: “El primero”. Jesús les dijo: “Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de los cielos. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas lo creyeron. Y aun después de ver esto vosotros no os arrepentisteis ni creísteis”.


                                   Fotograma de La Misión, de Roland Joffé (1986)


El ex mercenario y ex traficante de esclavos, Rodrigo Mendoza, cumpliendo su penitencia autoimpuesta de cargar día y noche con su armadura, por haber matado a su hermano.

Después de ser liberado de sí mismo por aquellos a quienes esclavizó, qué gran "Sí", valeroso y desbordante, siguió a sus terribles "No quiero". No solamente fue a "la viña", sino que imitó al Maestro hasta el final, dando, como Él, la vida por sus amigos.


Y esto debería ser nuestro negocio: querer vencerse a sí mismo, y cada día hacerse más fuerte y aprovechar en mejorarse. (…) Ciertamente en el día del juicio no nos preguntarán qué leímos, sino qué hicimos; ni cuán bien hablamos, sino cuán honestamente hubiéramos vivido

                                                                                                    Thomas de Kempis


Allí donde no habitas tú con tu ipseidad y tu voluntad propia, allí habitan los ángeles contigo y por todas partes. Y allí donde habitas con tu ipseidad y tu voluntad propia, ahí es donde habitan los demonios contigo y por todas partes.
                                                                             Jacob Boëhme

Con esta parábola, Jesús vuelve a denunciar la hipocresía de escribas y fariseos, los más fieles servidores del príncipe de este mundo, el príncipe de la mentira. Ellos están en el hombre exterior, que aún ha de morir para nacer de nuevo. Hablan sin sentir lo que dicen, se dejan llevar por palabras vacías,  hacen alarde de su cumplimiento (cumplo y miento), sin atreverse a mirar sus contradicciones e incoherencias.  Por eso, los publicanos y las prostitutas les preceden en el Reino. Los humildes, libres de soberbia y vanidad, vacíos de pretensiones y creencias, están más preparados para negarse a sí mismos y dejarse transformar. 

Nos conmueve el primer hijo, que recapacita y cede, después de mostrar esa rebeldía espontánea e inofensiva que brota de un alma pura y transparente. Sabe soltar, renunciar a sus propios deseos y comodidades, vencer las resistencias, que tan bien conocemos. En ese decir “¡no quiero!” y luego ir, hay lucha interior, fricción, ternura, vida… En el hipócrita y desalmado (sin alma) “voy, Señor” del segundo hijo, hay falsedad, cobardía, traición; hay tibieza; hay muerte.

Busquemos en nosotros toda actitud de incoherencia y palabrería vana. Y busquemos también al hombre (o mujer) interior, humilde y sincero, tal vez áspero en apariencia y modales, pero noble en el fondo, que recapacita y cumple la voluntad del Padre. Si tenemos el valor de observarnos implacablemente y reconocer nuestra fragmentación y mentira existenciales, nuestra falta de consistencia y fidelidad, recapacitaremos e iremos a la viña a cumplir con el trabajo que se nos ha encomendado; seremos ese vaso vacío que puede ser llenado de Verdad y Vida.

No importa las veces que hayamos dicho “no quiero”, ni lo infieles que hayamos sido, ni lo que hayamos abusado de la misericordia del Padre. Seguimos siendo llamados al trabajo por el Reino, una y otra vez, invitados a ir a la viña.

En el Apocalipsis, el Señor expresa su disgusto por la tibieza, pero permanece incansable a la puerta de nuestros corazones, llamando, esperando a que abramos y le dejemos entrar.


Estoy a la puerta y llamo, Jesed

Y ese llegar tarde a la hermosura, siempre antigua y siempre nueva, que canta San Agustín, puede hacer que el alma desee liberarse ya de la prisión, para volcarse en el Amor tardíamente descubierto. Como dice San Pablo en la segunda lectura del domingo pasado (Filipenses 1, 20c-24.27a), con qué gusto volveríamos a Casa, ahora que el "recreo" se va acabando, con este final de los tiempos que ya acontece, si miramos con ojos que ven. Pero, como añade el apóstol, hay que seguir aquí para trabajar, servir, convertirse en puente y faro para los demás, porque solos no nos salvamos. 

No queda otra, ya no hay vuelta atrás. Por eso, no nos lamentemos por el tiempo perdido ni por las veces que hemos dicho “no quiero” a la llamada del Padre. Digamos con Rubén Darío "¡mas es mía el alba de oro!", recordando que Él todo lo restaura, lo completa, lo unifica… Nos conduce a la renovadora “comunión de las aguas” (agua de vida y agua de experiencia), donde ya estamos si queremos verlo. La frescura y la transparencia del agua de Vida disuelve la amargura y las impurezas del agua de la experiencia, con sus heridas, distorsiones, fracasos, olvidos…

Él hace de nuestros defectos, errores y limitaciones, incluso de nuestras reiteradas negativas, algo bueno. De la duda de Tomás, hizo la primera y más sublime expresión de fe-amor. Sobre la triple negación de Pedro, construyó dignidad, lucidez, misión de puente y de guía. De la superficialidad, logra hacer fidelidad; de la inmadurez, coherencia; de la carencia, abundancia; de la fragilidad, fortaleza; del miedo, valentía; de la tristeza, alegría; de las ensoñaciones, realidad; de las proyecciones, construcción firme sobre roca; de las ataduras, libertad…

Es entonces cuando, transformado, vaso nuevo, uno empieza a adentrarse en el Camino, descubre que lo que creía su voluntad personal es humo, polvo, mentira…, que su verdadera voluntad coincide con la de Dios. Y está preparado para recubrir todo lo que hace, piensa, siente y dice con el oro del Amor. Angelus Silesius nos da una gran clave: “cristiano, todo lo que hagas, recúbrelo de oro, o Dios no te será propicio, ni a ti ni a tus obras.”

Oro del Amor que pasa por el servicio y la entrega gratuita de sí mismo, como nos enseña el Maestro… A años luz de la falsa espiritualidad de los que piensan pero no sienten, dicen pero no hacen, prometen pero no cumplen, creen pero no viven, dicen "voy", pero no van… Callemos y hagamos, pero sin esa actividad febril, ese afanarse propio del mundo. Callemos y hagamos, vayamos a la viña, dóciles a la Voluntad del Padre, muerta la mentira, impecables, esto es, sin el mayor pecado, que es la soberbia, recubriendo todo de oro. Y seremos auténticos “ad-oradores”, de los que adoran en espíritu y en verdad. Ad–oro: voy, ven, vayamos hacia el oro del amor.

Y es que veces creemos que, para ser impecables y encontrar el sentido de la vida, tendríamos que hacerlo todo bien. Pero no es así; no se trata de hacerlo todo bien, sino de hacerlo todo con Jesucristo. Hacer la voluntad del Padre es hacer todo con el Hijo. Dios Padre hace todo con Él desde la Creación: “Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho” (Jn 1, 3).

Todo habrá valido la pena si somos capaces de vivir, caminar, hacer todo con el Verbo (encarnado, muerto y resucitado). Ya no es bien o mal; es con Él. Todo, consciente de Él, sabiendo que, incluso cuando te olvidas de Él, Él nunca se olvida de ti y sigue a tu lado, esperando que vuelvas a prestarle atención. Qué maravillosa vocación: caminar conscientes de su presencia a nuestro lado, dentro de ti y de mí, dentro y fuera, alrededor. Y compartir esa consciencia de estar con Él, de ser en Él, con quienes caminan a nuestro lado. Corazón grande y generoso, mente magnánima y abierta, mirada expandida y vertical, espíritu inmenso y libre.



                  ¿Qué tengo yo que mi amistad procuras? Del poema de Lope de Vega


Hijos del Mar y de la Luz

Pasamos la vida aprendiendo a dar;
entre el sí y el no,
el mío y el tuyo,
la constante fricción enciende el fuego
que ilumina el camino.

Ahora puedes andarlo
ligero de equipaje,
y entender al poeta
que se hizo a la mar casi desnudo,
acaso libre.

Pasamos la vida aprendiendo a dar;
aprende ahora a darte
y partirás desnudo,
acaso libre,
otro hijo del Mar y de la Luz.


23 de septiembre de 2017

La hora undécima


Evangelio de Mateo 20, 1-16

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: “Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido”. Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: “¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?” Le respondieron: “Nadie nos ha contratado”. Él les dijo: “Id también vosotros a mi viña”. Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz: “Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros. Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: “Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno”. Él replicó a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?” Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.



En la viña, Equipo "Quiero ver" 
 

Lo que da Dios es su esencia y su esencia es su bondad y su bondad es su amor. Toda la pena y toda la alegría provienen del amor. 

      Maestro Eckhart


¿Queréis una prueba de la diferencia evidente y cierta que separa el Antiguo Testamento del Nuevo?... Escuchad lo que el Señor dijo por boca del profeta: "Grabaré mis leyes en vuestras entrañas, y la escribiré en vuestros corazones" (Jr 31,33). Si la Ley de Dios está escrita en tu corazón, no produce miedo (como en el Sinaí), sino que inunda tu alma de una dulzura secreta.
                    San Agustín


Después de tres meses de silencio, en los que me he dedicado a buscar una nueva versión de mí misma (versión nueva, ver-Sión), búsqueda, o encuentro en realidad, que intentaré expresar los próximos días de gracia en diasdegracia.blogspot.com, el Evangelio de hoy nos presenta una antigua parábola judía, pero en una nueva versión, la de Jesucristo.

En la versión original, los trabajadores de la última hora trabajaban tanto que el fruto de su esfuerzo se podía comparar al de aquellos que habían trabajado desde el alba, a ritmo más pausado y con menos intensidad. Jesús le cambia el final, en línea con el cambio sustancial y definitivo que supone Su enseñanza, el Nuevo Testamento, con respecto al Antiguo. Él lo hace todo nuevo; pasamos de la religión externa y dualista del mérito y la recompensa, a la gratuidad y la misericordia, la religión del Amor que cantaba Ibn ‘Arabî.

Se acabó el viejo paradigma mercantilista del ganar, comparar, competir, separar, controlar, dividir, defender, buscar ventaja, acumular… Bienvenido el nuevo paradigma del don gratuito, que nos enseña a cooperar, compartir, integrar, unir, soltar, fluir, liberar, amar

Esta parábola–alegoría nos hace, por tanto, reflexionar sobre dos "lógicas", dos enfoques de la vida y de la realidad. Conectamos plenamente con el segundo cuando recordamos que Dios ha dispuesto todo para nuestra felicidad antes de los siglos y que para Él no hay tiempo; por eso, la bienaventuranza ya está derramándose sin medida sobre todo el que quiere recibirle. Es la sabiduría del Reino, basada en la Ley del corazón; no la del mundo y sus estrategias de ataque y defensa, de ventaja y separación.

Estamos llamados a vivir desde nuestra verdadera esencia, y eso nos permite soltar los condicionamientos y la rigidez de la lógica mental, siempre dualista, para asomarnos a una vida espiritual coherente, con un corazón noble y generoso. Alcanzar ese estado que lleva a compartir, integrar, unir, ver en el otro a uno mismo, supone tener la semilla enraizada y haber conectado con ese centro donde nos reconocemos como Uno; viña y viñador, trabajador y dueño de la viña, contratado al alba o en la hora undécima.

Jesús, el nuevo Moisés, nos presenta un nuevo orden de mandamientos y un nuevo orden de cumplimiento, porque Él hace nuevas todas las cosas. Nada de medias tintas; radicalidad, perfección, pero no como la del mundo, sino como la del Reino, basada en la actitud, la intención y la pureza de corazón. Comprendemos así cómo es más importante la sinceridad y la voluntad de perfeccionarse que la propia perfección.

Como San Pablo, nos gloriamos en nuestra debilidad (2 Cor 12, 9-10), con la alegría y la confianza del que sabe que hay Alguien que completa, restaura, perfecciona todo, toma las faltas, las distorsiones e incoherencias del pasado y las transforma en coherencia y propósito puro, claro, lleno de sentido. Por muy admirables que puedan parecer nuestras obras, somos simple canal de un poder superior, sin el que nada podemos. Nuestro único mérito es la entrega plena, que nos permite ser cauce de la voluntad divina.

Intentar poner a Dios a nuestra altura es uno de los recursos que usamos para buscar asideros en el mundo. Pero ¿cómo querer comprender Lo Insondable, si no nos atrevemos a sumergimos en Ello? A menudo seguimos llenos de personajes tibios, egoístas, interesados, capaces de querer reducir lo sagrado, a un intercambio, un negocio, el gran negocio, como decía San Ignacio de Loyola. Pero el Misterio no se vende, ni se accede a Él por una razonable explicación humana o por un limitado guión de moralidad.

En la lógica del amor, que es mucho más que la fe, más que las obras, y más que la fe con obras, no hay nada que hacer, ningún sitio al que llegar, ningún bien que merecer. Sólo hay que Ser, vivir lo que somos, trascendiendo los condicionamientos, los pensamientos dualistas de intercambio, comparación y competencia… Jesús vuelve a demostrarnos que los verdaderos discípulos están por encima de acumulación de méritos, búsqueda de ventajas, o concepciones mercantilistas basadas en una justicia humana, siempre limitada, muchas veces, diabólica, es decir, separadora. Porque lo que tiene que ver con el Espíritu no puede ajustarse a esa justicia dualista y maniquea, basada en una correspondencia razonable; el Espíritu sopla donde quiere, más allá de razón y medida.

Solo los soberbios y egoístas, que creen que pueden hacer algo por sí mismos, se disgustan si no se sienten debidamente recompensados. Pero, ¿de qué sirven los esfuerzos personales y los méritos aparentes del que se vive separado y, por afanarse en controlar, preservar, defenderse, no se da cuenta de que todo es gracia, derroche generoso, don gratuito? Si recuperamos la inocencia esencial que nos hace reconocernos como viña y viñadores, contratados al alba o al atardecer, nos alegrará saber que el salario es el mismo para todos.

Nos basta Su gracia (2 Cor 12, 7-10), ante la que el ego se rinde, porque no son los esfuerzos personales, a menudo impotentes y dispersos, tan mal enfocados a veces, los que nos permiten salvarnos, sino la entrega confiada que nos pone en Presencia del Señor y nos prepara para caminar por Sus sendas y seguir Sus planes, como dice la primera lectura (Is, 55, 6-9). Es morir a uno mismo y nacer al Sí mismo, que hace posible el santo abandono y, con él, ese despertar sencillo, directo y gozoso que nos descubre que la única tarea verdaderamente importante en este mundo es dejarnos mirar, amar y transformar por Él.

Todavía hay quienes creen que los méritos son suyos, de su valía personal y de sus esfuerzos. Se vanaglorian de haberse ganado por su talento y tenacidad, un cierto nivel por encima de los demás, y esperan su recompensa. Pero esperan en vano. Si no reconocen y asumen con lo más profundo de su ser que todo lo bueno viene del Señor y que el único esfuerzo (que no es poco) consiste en aceptar tanta gracia, cuando acabe su tiempo ya habrán recibido su recompensa, y quedarán al otro lado del enorme abismo, eternamente ajenos a la dicha inefable de aquellos que han logrado hacerse como niños, sencillos, puros, humildes, agradecidos.

Un Dios “que ama a los ingratos y a los malos” (Lucas 6,35), que abraza al “hijo pródigo” y organiza una fiesta para él, sin ningún tipo de condición (Lucas 15,20-24), que es “amigo de publicanos y de pecadores” (Mateo 11,19)…, no puede llevar una lista de méritos y agravios, como un contable justiciero.

En la medida en que te abres a ese derroche de gracia y amor, te vas pareciendo al Señor cuya misericordia está más allá de lo razonable o lógico, y te alegras con cada “trabajador” que recibe su salario como si fueras tú mismo, que lo es.

Sin ego, sin envidia, intereses ni competencia; en la lógica de la gratuidad, siendo lo que Somos: libres, generosos, limpios de corazón, entramos en el Reino de la Bondad, el Amor y la Abundancia, el Reino de la Alegría. 



En Ti, Salomé Arricibita


Dios mío, si Te he adorado por miedo al Infierno,
quémame en su fuego.
Si es por deseo del Paraíso, prohíbemelo.
Pero si Te he adorado solo por Ti,
entonces no me prohíbas ver Tu rostro.

                                                            Rabi’a al’Adawiyya


Si cometo todos los pecados, Tú me bastas como mérito.
Como objetivo de esta desgraciada vida, Tú solo me bastas.
Yo sé bien cómo será mi partida.
Dirán: “¿Qué méritos ha hecho?
Tú me bastas como respuesta.
                                                          Rumi

17 de junio de 2017

Pan de Vida


Evangelio de Juan 6, 51-58

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: “Yo soy el pan que ha bajado del cielo: el que come de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.” Disputaban entonces los judíos entre sí: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?” Entonces Jesús les dijo: “Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre.”


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 La multiplicación de los panes y los peces. Goya

El primer hombre fue de la tierra, terreno; el segundo hombre fue del cielo. Como es el terreno, tales son los terrenos; como es el celestial, tales son los celestiales.  

1 Cor 15, 47-48

Desde ahora, a nadie conocemos según la carne; y aun a Cristo, si lo conocimos según la carne, ahora no lo conocemos así.
      2 Cor 5, 16

Cuanto más frecuente sea la Comunión, más abundantes serán las bendiciones. Por ello, si existieran dos hombres absolutamente iguales por su vida y uno de ellos hubiera recibido dignamente el cuerpo de Nuestro Señor una sola vez más que el otro, sería en comparación con ese otro como un sol fulgurante, y tendría una muy especial unión con Dios.
                                                                                        Maestro Eckhart


En los originales griegos del Evangelio, el pan que se pide en el Padrenuestro es calificado como ἐπιούσιος, epiusios, que tiene muchas traducciones, según los exégetas: “para el día de hoy”, “para el día de mañana”, “necesario”, “sustancial”… Al latín se tradujo de diferentes maneras, prevaleciendo panis quotidianum, aunque hay otras, como panis supersubstantialis; “sustancial”, o también “que está detrás de lo aparente”.

La expresión “pan sustancial” nos hace comprender a qué se refiere ese “pan nuestro de cada día”. No estamos pidiendo solo el alimento material, sino, sobre todo, el espiritual, ese Pan de Vida que contiene todo el poder del Verbo hecho Hombre por amor al hombre, capaz de alimentar a cinco mil discípulos con cinco panes y dos peces. Ese Hombre-Dios que sigue alimentándonos para que crezcamos hacia nuestra verdadera condición.

El Sacrificio único de Cristo ofrecido en el Gólgota, en el altar de la Cruz, se actualiza en cada Eucaristía por una misteriosa eficacia divina, y es ciertamente Su cuerpo entregado y Su sangre derramada por nosotros. Verdadero alimento que, en lugar de transformarse en nuestro cuerpo, como sucede con el alimento material una vez ha sido asimilado, nos transforma en Él, nos va integrando en la divinidad de Cristo hasta que podamos decir con San Pablo: “Vivo, pero no yo: es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20). Hombres nuevos, nacidos de agua y espíritu, dispuestos a darse como Él.

Vivir este sacramento en plenitud exige de nosotros, no solo la fe que permite reconocer Quién es el que ofrece realmente el Sacrificio, esta vez incruento, y es a la vez Cordero Pascual y Sacerdote eterno, sino también atención y reverencia para poder recibir y acoger tan sublime Misterio.

El ser humano busca desde siempre una unión íntima y esencial, verdadera comunión, un Amor pleno que a menudo confundimos con amores falsos o pequeños, que nos hacen vivir a ratos una tibia ilusión de pertenencia. Benditos desengaños, los que permiten descubrir la falacia de esos afectos que no pueden llenar el vacío del corazón. Porque solo descubrir a Dios en nuestro interior logra colmar ese vacío, infinitamente más angustioso que el hambre o la sed del cuerpo.

Cómo no iban a sentirse saciados los cinco mil testigos de aquel signo inolvidable, la multiplicación de los panes y los peces, anuncio eucarístico que va mucho más allá de lo literal.
            Saciados como ellos, llenos de Él, no necesitamos verle con los ojos ni escucharle con los oídos, porque la Comunión trasciende los sentidos físicos y empezamos a vivir las realidades espirituales a las que estamos llamados. Dice San Agustín: “Si nuestro cuerpo tiene sus sentidos, ¿no los va a tener también el alma?”

Hay quien solo ve en la celebración eucarística una metáfora, un rito, un recuerdo… Pero la presencia sacramental y ontológica de Cristo en la Eucaristía es real. Y también es simbólica. Como el mismo Jesucristo, Dios y hombre verdadero, histórico, y a la vez símbolo del itinerario espiritual que el ser humano está llamado a recorrer. Realidad indiscutible y también símbolo, espejo, modelo, porque Él quiere ser todo en todos.

Al comulgar, es el mismo Jesucristo, en cuerpo, sangre, alma y divinidad, el que entra en nosotros para alimentar y vivificar todo nuestro ser, especialmente lo que no vemos. Y también es un símbolo nupcial de comunión eterna con el Esposo. La Eucaristía vivida conscientemente, como entrega y acogida mutua, verdadera compenetración, es la consumación del matrimonio místico, de las nupcias espirituales del alma con Cristo. Porque no solo recibimos Su cuerpo entregado, sino que nos entregamos nosotros por entero.

Él se da, se ofrece sin reservas, con Su cuerpo, Su sangre, Su alma, y Su divinidad; y yo me ofrezco sin reservas a Él, con mi cuerpo, mi sangre, mi alma y mis miserias, mi desvalimiento, mi trabajo, mi cansancio, mis sombras, mis anhelos. Y Él me acepta como soy, como aceptaba el Dios de Israel, eternamente fiel, a la esposa adúltera y prostituida.

El que se acerca así a la Eucaristía vive una vida eucarística, en comunión con los hermanos, especialmente con los más necesitados, compartiendo con ellos el pan material y el Pan de Vida. Hay muchos discípulos de Emaús a nuestro alrededor, que esperan que encendamos en sus corazones el fuego del Amor y les enseñemos a mirar de otra forma para poder ver. Hay multitud de hermanos con hambre y sed física que podemos saciar, y muchos más con esa hambre y sed de Justicia que solo el que se alimenta de Cristo puede ayudar a saciar.



Ave Verum Corpus, Mozart. Leonard Bernstein.
Concierto celebrado en abril de 1990 en la Iglesia de Waldsassen, Alemania.


Con motivo de la celebración del Corpus Christi, Mozart, como harían otros compositores, puso música al Ave Verum Corpus, himno eucarístico del siglo XIV, atribuido al papa Inocencio VI. Una hermosa y sencilla reflexión sobre la Redención y la presencia real de Cristo en la Eucaristía.


Dice san Alfonso María de Ligorio que, con una sola vez que comulgáramos con la disposición adecuada, podríamos alcanzar la santidad. ¿Qué nos falta? ¿Fe, atención, voluntad, gratitud, asombro? ¿Nos falta generosidad? ¿Nos falta amor? Necesitamos contemplar más y mejor el Misterio, pensarlo, sentirlo, meditarlo, guardarlo en el corazón. Es todo a veces tan mediocre, tan banal en nuestras vidas, que tendemos a banalizar hasta lo más sagrado.

            Comulgar es estar dispuesto a ser uno con Cristo. Por eso es necesario soltar todos los obstáculos que existen en el alma, el lastre que impide alcanzar esa Unidad y experimentar Su presencia, para que quien nos mire Lo vea porque hayamos llegado a vivir como Él vivió: amando, perdonando, sirviendo, dando a los demás de comer. Nunca es tarde para ese cambio sustancial de metas y actitudes que nos hace hombres y mujeres nuevos.

           No me canso de  releer y compartir este fragmento de las Confesiones de San Agustín, explosión jubilosa de amor, gozo desbordante de los sentidos sutiles, que hemos de entrenar para alimentarnos del Pan de Vida conscientemente, con esa atención vertical y plena que permite conectar con la verdad, la belleza y la bondad del Misterio:

¡Tarde te amé, belleza siempre antigua y siempre nueva! Tarde te amé. Tú estabas dentro de mí, pero yo andaba fuera de mí mismo, y allá afuera te andaba buscando. Me lanzaba todo deforme entre la hermosura que tú creaste. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo; me retenían lejos de ti cosas que no existirían si no existieran en ti. Pero tú me llamaste, y más tarde me gritaste, hasta romper finalmente mi sordera. Con tu fulgor espléndido pusiste en fuga mi ceguera. Tu fragancia penetró en mi respiración y ahora suspiro por ti. Gusté tu sabor y por eso ahora tengo más hambre y más sed de ese gusto. Me tocaste, y con tu tacto me encendiste en tu paz.

10 de junio de 2017

La Santísima Trinidad: Amor eterno


Evangelio de Juan 3, 16-18

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

Coronación de la Virgen . Velázquez. SXVII. Detalle de la Santísima Trinidad coronando a María como reina del cielo.
           La Santísima Trinidad coronando a María como Reina del Cielo, Velázquez


            Veo a Dios que atrae hacia sí a mi alma con gran ternura y oigo su palabra: “Tú estás en mí, y yo en ti. En ti descansa la Trinidad, de modo que tú me tienes y yo te tengo”. Me veo toda pura, toda santa, toda verdad, toda rectitud, toda segura, toda celestial.
                                                                                              Santa Angela de Foligno


            El Amor habita en nosotros; por ello mi vida es la amistad con los Huéspedes que habitan en mi alma; estos son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

                                                                                           Santa Isabel de la Trinidad


            Dos grandes misterios están en la base del cristianismo: el misterio de la Encarnación, las dos naturalezas, humana y divina, en Jesucristo; y el misterio de la Santísima Trinidad: tres Personas divinas y un solo Dios. El pensamiento racional se detiene impotente ante el umbral de estos misterios, a los que solo llega el corazón. A través del Evangelio de Juan, podemos asomarnos a ellos de un modo privilegiado, siempre que renunciemos a entender con la mente.

            No hemos de quedarnos en lo que entiende por persona el lenguaje común, ni en el significado etimológico, pues el término viene del latín y del griego con el sentido de “máscara”. Quizá es más adecuada la palabra hipóstasis: del griego, ser en tanto realidad ontológica, ser de un modo verdadero o verdadera realidad.

          La misma divinidad, total e indivisible, en cada una de las tres Personas, trascendente al ser humano en el Padre, inmanente en el Hijo, aliento de vida eterna para cada hombre y cada mujer en el Espíritu Santo. Porque, al encarnarse Jesucristo, la relación filial del Hijo con el Padre se hace extensiva a la humanidad, de un modo inmediato y directo. El ser humano, hijo de Dios por la gracia y por la mediación del Hijo unigénito, recibe la Vida de esa efusión continua, y permanece unido al Padre y al Hijo por el lazo del amor del Espíritu. La incesante generación del Hijo por el Padre se extiende hasta nosotros, creados y recreados una y otra vez.


            La Santísima Trinidad es un desafío para la lógica. Por eso, a veces, nos servimos de símbolos para aliviar el vértigo del Misterio y "diseccionamos" la divinidad con figuras asequibles: un venerable anciano y una paloma acompañando al Hijo, la única Persona que somos capaces de "ver". Pero el Uno no es un número, ni una figura ni tres, sino la expresión de la Unidad. Solo renunciando a entenderla, podemos asumir la realidad trinitaria, que extiende por todo el cosmos su interrelación dinámica y hace de la creación un proceso infinito. Al formar parte del Cuerpo de Cristo, no podemos quedarnos al margen de esa incesante actividad. Hemos de participar en la recreación constante de un mundo nuevo y de nosotros mismos.

            El que ve a Jesucristo ve al Padre (Jn 14, 9), y, si somos uno con Él (Jn 15, 5; Jn 17, 22-23), hemos de aspirar a que quien nos mire, vea al Hijo y vea al Padre. Cómo seguir jugando al Monopoly o a las casitas de muñecas, como parece que estamos a veces jugando, ante esta inesperada e inmensa responsabilidad… Si hemos de transparentar a Cristo y al Padre, cuánto no habremos todavía de soltar, limpiar, vaciarnos, desnudarnos…




 Para empezar a comprender estos misterios hay que vivirlos, como han hecho tantos santos y místicos. Santa Isabel de la Trinidad dice que, desde que reconoció la Presencia del Dios Uno y Trino habitando en su corazón, el cielo ya es una realidad en la tierra. Simeón, el Nuevo Teólogo, distingue entre el Hijo, que es la puerta (Jn 10, 7.9), el Espíritu Santo, la llave de la puerta (Jn 20, 22-23) y el Padre, la casa (Jn 14, 2). ¿Cómo integrar estas realidades divinas en la vida del cristiano? Para ponernos en disposición de vivir el Misterio de la Santísima Trinidad hay tres vías directas:

            La primera y más excelsa, sobre la que reflexionaremos dentro de unos días, es la celebración Eucarística, en la que continuamente se invoca a las Tres Personas.

            Una segunda vía es la lectura de los textos sagrados. No solo el Evangelio, donde es el mismo Verbo el que nos habla directamente, sino también el Antiguo Testamento, que está continuamente hablando de Él como promesa y anuncio. Palabra del Padre transmitida por el Hijo, recordada e inspirada por el Espíritu en nuestros corazones. Los verbos: decir, hablar, oír, comunicar, recibir, anunciar, del Evangelio de hoy, nos remiten a la Palabra y su transmisión, no como un mensaje intelectual, sino como Palabra viviente, llamada a encarnar en los que la acogen, la conservan y meditan, la comparten.

           La tercera vía es la oración. Rezo ante Cristo, el rostro visible del Padre, y el Espíritu ora en mí. Más evidente, en lo que considero el culmen de la oración, que supera incluso la de acción de gracias y la de alabanza. Llega un momento en que no es necesario dar las gracias porque el alma se funde con el Otro, es una con él. Y uno no necesita darse las gracias a sí mismo. Hemos llegado al centro de la Oración Contemplativa que a tantos místicos de distintas religiones les ha permitido empezar a vivir y gozar las delicias del Reino de los Cielos en la tierra. Entonces sobran las palabras, los gestos, los fórmulas.

            No siempre el alma está preparada para esta oración de Comunión, desnuda y entregada, puro amor, pura confianza de hija, de esposa, tan íntimamente ligada al Padre o al Esposo que sabe que Él percibe sus necesidades, su gratitud, su amor, sin tener que expresarlos. Para alcanzar la disposición necesaria, hemos de soltar todo aquello que nos separa de Dios y de los hermanos. Por eso el Espíritu Santo nos sigue acrisolando, fundiendo en Su fragua sagrada, amándonos de un modo tal, que es Él quien grita en nosotros con gemidos inefables (Rm 8, 26).

            La oración contemplativa siempre acaba convirtiéndose en oración trinitaria. Podemos empezar a orar a partir de la imagen o el nombre de Jesucristo, o de una escena del Evangelio. Vamos trascendiendo imágenes y formas, llegando a un no-lugar de luz y de silencio donde nos encontramos ante la divinidad, Una y Trina, y ya no está fuera, ni dentro, sino dentro y fuera, en un abrazo de amor infinito que da sentido a todo y nos rehace. Son esos niveles tan sutiles de comunión con Dios que trascienden formas, nombres, impresiones sensoriales; la “nube del no saber” de los místicos que han vivido esa unión con la esencia de la divinidad. 

            La inhabitación divina, que se hace manifiesta en la oración, nos relaciona de un modo íntimo con las tres Personas de la Santísima Trinidad. Cada alma es así hija del Padre, hermana del Hijo y esposa del Espíritu Santo. Si llegáramos a interiorizar que somos de estirpe divina por la gracia de un Dios-Amor, dejaríamos de desvivirnos en los afanes del mundo y viviríamos como verdaderos Hijos de la Luz y herederos del Reino.

           Pero no siempre tenemos el suficiente equilibrio interior ni la suficiente disponibilidad y entrega como para mantener esta certeza, que a veces se nos queda en un nivel superficial, como la semilla arrojada en suelo pedregoso o entre zarzas (Mc 4, 5-7). Vasos de barro que llevan tesoros (2 Cor 4, 7)… Sí, pero vasos a menudo pequeños y agrietados. Ensanchémonos, dejemos que el divino Alfarero nos rehaga; vasos grandes, sin fisuras, generosos y dispuestos a acoger el Agua Viva y el Vino del banquete eterno.

Hemos dicho que para asomarse a estos misterios hay que renunciar a entenderlos con el pensamiento racional. Pero de vez en cuando conviene entretener a la mente, para que se calle y deje al corazón elevarse. Teorizar, reflexionar, buscar explicaciones, mojones del camino o puntos de apoyo que nos sostengan, y luego… ¡soltarlos todos! Reconocer que, aunque escribiéramos millones de páginas, estas serían incapaces de llegar a la esencia del Misterio. El propio Santo Tomás de Aquino, después de ser arrebatado séptimo cielo y regresar, estuvo a punto de quemar toda su obra.

Porque las palabras son limitadas, pero la Palabra, que la Santísima Trinidad nos enseña a saborear, es omnipotente y eterna. Si nuestras palabras se miran en la Palabra, sin interpretarla a conveniencia de nuestros egoísmos, rutinas o comodidades, serán creadoras, constructoras de almas libres y elocuentes. No hace falta más que el Evangelio, la Palabra. Cualquier otra palabra, nacida del amor y el entusiasmo (del griego, enthousiasmós, rapto divino) que Él nos inspira, ha de ser seguidora fiel de la Verdad, una y trina.

            Esas tentativas de la razón nos llevan a veces a hallazgos tan valiosos y útiles como la noción de la perichoresis intratinitaria (sobre la que reflexiona en profundidad San Juan Damasceno) o circumincessio (como prefiere San Buenaventura), que sintetiza los intentos teológicos de asomarse a  la Santísima Trinidad, evitando los escollos del triteísmo (ver en las tres Personas tres Dioses) y del modalismo (considerar a las Personas divinas como tres modos de ser del único Dios).

            Alude a la Presencia de Personas en Personas, las Tres inseparables, en una Comunión perfecta, sin mezcla ni confusión, Amor infinito en eterno movimiento y autodonación. Es también menein, mutua inmanencia, una de las palabras que más aparece en el Evangelio de San Juan.

            Unidad en la distinción: perfectamente Uno y siempre Tres. Porque cada Persona existe completamente en la otra y, además de esta unidad y pluralidad, existe una circulación vital infinita, en la que cada Persona se difunde en la otra; tres Hipóstasis y una misma Sustancia.

            A esta maravilla de Amor estamos llamados. No nos disolveremos y, a la vez, seremos completamente Uno. Uno y distintos, no para que perviva la personalidad egoica, que es transitoria y por tanto irreal, sino para seguir amando desde el Ser verdadero que Dios soñó para cada uno, en una interrelación eterna. Solo un amor así está a salvo del desgaste y la entropía. Solo un amor así crece, se expande sin cesar, continuamente revitalizado, siempre el mismo y siempre nuevo.

            Porque el Uno está tan lleno de amor que necesita reciprocidad; busca ese “tú” al que amar eternamente. Por eso el cristiano sabe que no ha de disolverse en la nada, que Dios ama a cada ser humano con su nombre real, Uno con Él y, a la vez, distinto.

           La mente sigue a lo suyo, justo antes de rendirse: "¿Cómo se puede ser Uno con Dios y, a la vez, seguir siendo criatura?"
           Y el corazón responde: "En virtud de ese destino trinitario, cuya esencia es Amor, infinito y perfecto".



Cantata BWV 129, J. S. Bach, por Leonhardt Consort


En el Plan divino todo hombre, sin excepción, ha sido creado para esta comunión familiar con Dios. Nada de extraño, por lo mismo, que el Señor nos describa su reino como un convite familiar. En este banquete Dios no recibirá nada de nosotros. Por el contrario, Dios Trinidad será la saciedad plena y total del hombre, de suerte que ya nada más tendrá que añorar. Las divinas Personas serán para el hombre todo cuanto ha suspirado en este mundo: su luz, su guía, su paz, su justicia y su santidad, su fuerza y su refugio, su amor y su vida.
                                                                                                              N. Silanes
           

El ser humano real y ontológico halla solo su plenitud en una divinización de todo su ser por la morada en él de la Santísima Trinidad. (…) El hombre “real” es el hombre pleno, con todas sus potencialidades humanas cumplidas únicamente en y por Cristo, el cual es el único que puede actuar en el verdadero ser del hombre, para que finalmente se convierta en afiliado del Padre como un hijo divinizado de Dios, no por su propia naturaleza, sino, como escribe San Pedro, como un “participante de la naturaleza divina”.

                                                                                                      G. A. Maloney

3 de junio de 2017

Pentecostés. Llama de Amor viva


Evangelio de Juan 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. En esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros”. Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”.


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                                           Pentecostés, Fray Juan Bautista Maíno


El Espíritu no tiene rostro ni voz, pero es la luz y el sonido de unos sentidos espirituales nuevos, que hacen ver y oír el misterio al hombre llegado a la plena madurez de Cristo.
Simeón, el Nuevo Teólogo


Cuando se concentra en sí, el alma, mediante este olvido y recogimiento de todas las cosas, está preparada para ser movida del Espíritu Santo y enseñada por Él.
                                                                                               San Juan de la Cruz


Jesucristo nos infunde el Espíritu Santo. Para poder recibirlo, hay que estar vacíos de todo lo que es ajeno a Su gracia, ese fuego gozoso y vivificante que todo lo enciende e ilumina. Él es Quien nos vacía para después llenarnos; nosotros solo tenemos que poner a Su disposición el recipiente que somos, esa vasija de barro destinada a portar el mayor de los tesoros (2 Corintios 4, 7).

Porque no se trata de hacer, sino dejarse hacer, permitir que ese Amor invisible que nos habita sea, crezca en nosotros hasta rebosar. Ese Amor que no siempre podemos sentir, solo cuando callamos, nos detenemos, dejamos de prestar atención a lo ilusorio, lo perecedero, para centrarnos en lo Real, que solo captan los sentidos sutiles del alma, lo que no puede dejar de existir.

Aliento que insufla vida, fuego de amor puro, torrentes de agua viva, voz interior que habla en el silencio y en la calma, guía constante del corazón despierto. El Espíritu Santo no es el gran desconocido, esa abstracción que se les ha resistido a los teólogos, en su afán por definir y clasificar con los conceptos limitados de la mente.

       Podemos vivir, de hecho vivimos ya, aunque aún no seamos plenamente conscientes de ello, un Pentecostés eterno, porque el Espíritu Santo es Dios mismo habitando en el corazón del hombre, en el centro de su propia esencia inmortal.

       Dios no está lejos, no está fuera para el alma que consiente y se abre a la Gracia. No es necesario buscarle en templos de piedra o ladrillo, aunque sea más fácil sentir Su presencia en el templo.

      Porque el Espíritu sopla donde quiere (Juan 3, 8), y el templo definitivo es uno mismo; tú, yo, cada uno de nosotros, para adorar en espíritu y en verdad (Juan 4, 24). Esa es la maravilla, el inefable don que tanto cuesta reconocer: Dios nos habita.

     Como los apóstoles reunidos en el cenáculo perdieron el miedo al recibir el Espíritu, así nosotros nos hacemos valientes y decididos cuando somos conscientes de ese hálito de vida, ese fuego que renueva la faz de la tierra (Salmo 104, 30).

      El Espíritu abre los corazones cerrados y los prepara para la Unidad a la que estamos llamados, que somos en el fondo. Él nos da la energía, la confianza y la sabiduría necesarias para salir de la prisión del egoísmo y reconocer en los otros el Misterio de Amor que nos transforma.

       Es el fin de Babel, del no entendimiento, de la división; y el inicio de la sintonía que permite comprender, acoger e integrar.

  Siempre es Pentecostés, siempre estamos recibiendo la llama que enciende el corazón de amor puro, el aliento divino que renueva y transforma, que nos prepara para habitar un mundo nuevo, nuevo cielo, nueva tierra (Apocalipsis 21, 1), a nuestro alcance ya, cuando somos capaces de mirar con ojos que ven y escuchar con oídos que oyen, sin tiempo ni espacio, sin miedo ni muerte, sin separación.

Jesucristo es el amor visible del Padre. El Espíritu Santo es el amor invisible del Padre y del Hijo, entre ellos y hacia nosotros. Por eso sé que, cuando pido en la oración: “Señor, aviva en mi corazón el fuego de Tu amor”, estoy pidiendo ese Amor, uno y trino, que sostiene, mueve y restaura todo. Como decía Dante: “El amor mueve el sol y las estrellas”.

La inhabitación divina, que es el centro de la vida espiritual, alimentada por el silencio y la oración, ha de manifestarse exteriormente y lo hace de forma natural cuando reconocemos y aceptamos la Presencia interior, hasta arraigarnos en esa Realidad viva, que nos crea y nos recrea sin cesar.


                                  Secuencia del Espíritu Santo, Hermana Glenda


                                 DOS FUEGOS
                                                                           
                                   Dos fuegos hay en mí: uno se apaga
                                   por cualquier golpe de viento;
                                   el otro, invisible,
                                   no dejará de arder
                                   cuando yo me haya ido.
                                   Hay dos fuegos en mí; uno es eterno
                                   y observa compasivo cómo el otro
                                   se consume tan lejos de la vida,
                                   creyendo que es la vida quien lo inflama.
                                   Dos fuegos hay en mí; uno artificio,
                                   el otro llama que arde inextinguible
                                   con deseos de arder más
                                                   y más alto
                                                             más hondo,
                                                                                                más real.



                                                      Veni Creator Spiritus


TESHUVAH

Una sola palabra
que el corazón comprende
basta a veces para hallar
la paz y el sentido, el centro,
su aliento de crisol.
Una sola palabra
basta para arder sin consumirse,
en medio de la llama
el corazón, ardiendo sin quemar.




                      Llama de amor viva, San Juan de la Cruz. Por Amancio Prada