16 de diciembre de 2017

Del "no soy", a ser en Cristo


Evangelio según San Juan 1,6-8. 19-28

Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. Los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan, a que le preguntaran: “¿Tú quién eres?” Él confesó sin reservas: “Yo no soy el Mesías”. Le preguntaron: “Entonces ¿qué? ¿Eres tú Elías?” Él dijo: “No lo soy”. ¿Eres tú el Profeta? Respondió: No. Y le dijeron: "¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo?" Él contestó: Yo soy “la voz que grita en el desierto: Allanad el camino del Señor” (como dijo el profeta Isaías). Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: "Entonces, ¿por qué bautizas, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?" Juan les respondió: "Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, que existía antes que yo y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia". Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan bautizando.

San Juan y los fariseos
Juan Bautista y los fariseos, Murillo


Vosotros mismos sois testigos de que yo dije:
“Yo no soy el Mesías, sino que he sido enviado delante de Él.”
(…) Él tiene que crecer, y yo tengo que menguar.

 Juan 3, 28, 30


El mayor de los nacidos de mujer (Mateo 11,11), la voz que clama en el desierto (Juan 1, 23), el precursor, Juan el Bautista, dice: "Yo no soy el Mesías" (Juan 1,20). Es necesario que Juan, el hombre, disminuya, para que el Hijo de Dios crezca.

Juan nació en el solsticio de verano, momento a partir del cual los días comienzan a acortarse. Jesucristo, el Sol invicto, nace en el solsticio de invierno, desde el cual los días comienzan a crecer. Hemos de disminuir, menguar, con el gozo del que sabe que muriendo a sí mismo se acerca a la verdadera grandeza, su condición de Hijo, su naturaleza restaurada.

Lo humano es así la antesala de lo divino, lo temporal de lo eterno, la condición de hijos de mujer, frágiles y terrenales, de la condición de ciudadanos del reino de los cielos. Es el sentido de la conversión que predica Juan, con la aspereza y rigor de su temperamento de asceta, necesario en aquel momento para el pueblo judío, que aún no conocía el poder transformador del amor que Jesús vino a predicar.

Conversión, metanoia, teshuvah, dejar de mirar solo las realidades perecederas del mundo y mirar hacia la realidades eternas. Todos somos nacidos de mujer, pero el Bautismo nos hizo ciudadanos del Reino para ser, no ya solo imagen del Padre, sino también la semejanza perdida. 

Juan responde: “No soy yo”. Descubre su propia identidad, sin pretender apropiarse ni siquiera de una chispa de ese Sol que venía anunciando. Confesar la propia "nada" exige verdad, valor y coherencia, ese hablar sí cuando es sí y no cuando es no (Mateo 5, 37) que enseña el Maestro. Hay tanta palabrería vana en nuestras vidas, que a veces parece incluso hacernos olvidar ese puro desvalimiento que somos de uno en uno.

Es el camino del “no soy”, como lo llamó Johannes Tauler, el camino de la negación de uno mismo, del puro abandono, de reconocer la propia nada con la humildad más absoluta. Dice Tauler: “Mientras te falte una partecita de verdadero abandono, mientras no la hayas adquirido de verdad, Dios ha de serte por siempre extraño y no sentirás la dicha suprema y más honda en este tiempo y en la eternidad.”

Lucifer quiso ser, Adán y Eva quisieron ser. Todas las guerras, los conflictos interiores y exteriores proceden del deseo compulsivo de ser, olvidando que no se puede ser sin morir a uno mismo. Juan el Bautista, el mayor de los nacidos de mujer, nos enseña a reconocer, sentir y decir con él: "no soy Él, pues no soy nada, no soy".

El Evangelio está lleno de “no soy” asombrosos, expresión de una fe bien aquilatada con ese oro espiritual que es el mayor tesoro. La cananea y su constancia inquebrantable, a la que no le importa compararse con un perro, con tal de recibir la gracia de Jesús. El centurión, cuyo criado está al borde de la muerte, que no se siente digno de que el Maestro entre en su casa, en su vida, en su corazón; Dimas, el buen ladrón, que solo se atreve a pedir un recuerdo del Hijo de Dios cuando llegue a Su Reino. “No soy”, está diciendo también la pecadora que se arrodilla a los pies de Jesús para lavarlos con sus lágrimas y secarlos con sus cabellos, aquella a la que tanto se le perdona, porque su negación de sí misma procede del amor. Y a quien mucho ama, mucho se le perdona (Lucas 7, 47).

Nulidad, desvalimiento, reconocer que sin Él nada somos y nada podemos… El Camino del “no soy”, tan diferente en apariencia del “Yo Soy”, y tan coincidente en realidad, porque al “Yo Soy” se llega por la humildad del negarse uno mismo. La soberbia solo lleva al “seréis como dioses” de la serpiente, y de tantos caminos que se basan en el ego, la ilusoria "autoliberación", confiando solo en las propias fuerzas, lo que no es más que otra faceta de la diabólica separación.

Aquí está de nuevo la maravilla conciliadora e integradora del cristianismo: el “no soy” lleva implícito el “Yo Soy”. No soy en mí, por mí, para mí, pero soy con Él, en Él, para Él, y con los demás, por Aquel al que encontramos en el prójimo y nos lleva al Reino del amor, la dicha y la libertad.

Claro que la meta es el "Yo Soy"; "Sois dioses" dice el Salmo 82 y nos recuerda el mismo Jesucristo (Juan 10, 34).  Pero al “Yo Soy” no se llega por la soberbia y la desobediencia, sino por la humildad y la aceptación de la Voluntad divina. Es el camino del “no soy”: perder la vida, el mundo entero, para ganar el alma (Mateo 16, 24-26), el camino de María, con su "sí" incondicional que abre las puertas a la Salvación, el camino de Juan Bautista, voz que clama en el desierto y prepara la llegada del Señor.

Es también el “caminito pequeño” de Santa Teresa del Niño Jesús, del poverello de Asís, de todos los místicos, anonadados en su enamoramiento, los Padres del Desierto, la Filocalia, el Hesicasmo, la Oración del Corazón...

Él tiene que crecer, y yo tengo que menguar… ¿Qué debe menguar y qué debe crecer en nosotros para dejar de ser ciudadanos del mundo, hijos de mujer, y comportarnos como los ciudadanos del Reino de los Cielos que somos por el Bautismo?
Que mengüe lo que no somos, el ego, las máscaras, los frutos de la soberbia, y crezca nuestra verdadera realidad de hijos en el Hijo.  Cada día, cada instante, podemos escoger entre ser solo hijos de mujer, de los que Juan el Bautista es el mayor, o ciudadanos del Reino, seguidores de Cristo y, por la gracia de su amor infinito, hijos de la Luz, imagen de Dios y, por fin, semejanza restaurada.
  
                                                              Deus fit homo ut homo fieret Deus.
                          (Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciera Dios.)
                                                                                             San Atanasio


                                         Jesús, alegría de los hombres, Bach

La cantata de Bach, Jesús, alegría de los hombres, tan apropiada para este Tercer Domingo de Adviento, Domingo Gaudete, de la alegría, en el que nos regocijamos y saltamos, como Juan el Bautista en el vientre de Isabel, al sentir la Presencia inminente del que siempre está viniendo, Jesús, el Salvador.
Abrimos nuestros corazones para recibirlo, preparamos con alegría y esperanza el Camino al Señor, sin miedo a meguar para que él crezca. Porque disminuye lo que no somos y a la vez crece lo que estamos llamados a ser desde el inicio. Nos hacemos, como Juan, testigos de la Luz. Bendito propósito, del que empezamos a ser conscientes y ante el que nuestras historias personales se rinden, se arrodillan, menguan hasta morir, para transformarse en Vida.

Otra forma de asomarse a este Misterio en www.diasdegracia.blogspot.com

9 de diciembre de 2017

Allanad Sus senderos


Evangelio según san Marcos 1,1-8

Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Como está escrito en el profeta Isaías: «Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino. Una voz grita en el desierto: "Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos".» Juan bautizaba en el desierto; predicaba que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados, y él los bautizaba en el Jordán. Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y proclamaba: «Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.»

                                                       San Juan Bautista, Juan Sariñena


En un momento dado el Señor vino en carne al mundo. Del mismo modo, si desaparece cualquier obstáculo por nuestra parte, en cualquier hora y momento se halla dispuesto a venir de nuevo a nosotros, para habitar espiritualmente en nuestras almas con abundancia de gracias. 
                                                                                 San Carlos Borromeo

El Hijo de Dios, el Salvador, Jesús, nació en la tierra, en la historia, en nuestro mundo de límites, para transformarlo y transformarnos, para devolvernos la dignidad, la semejanza con el Creador. Se hace uno de nosotros, el Infinito viene a lo finito por Amor.

El Incondicionado, el Verbo increado, decide encarnar, nacer y vivir entre nosotros, criaturas condicionadas, pero Él no se cree la representación de este mundo que ya pasa, tan hermosa a veces y tan terrible, no se deja arrastrar por las múltiples posibilidades, sabe que es un drama con fecha de caducidad. Por eso nos enseña a ser auténticos, coherentes con lo que somos, imagen y semejanza Suya.

Volvamos al desierto a escuchar la voz que anuncia la llegada de Jesús. Soltemos disfraces, proyecciones, fantasías, voces de sirenas traicioneras. Volvamos al silencio, a la esencia, que no está en lo que el mundo valora, sino en lo humilde, lo sencillo. Como la Madre, María Inmaculada, que celebramos el viernes pasado, la única criatura verdaderamente libre, inocente, capaz de acoger el Misterio en su seno y de aplastar la cabeza de la serpiente embaucadora, el adversario, el separador, príncipe de este mundo donde la mentira se disfraza de verdad y lo virtual de real.

El Bautista anuncia a Aquel que viene a instaurar el Reino de la Verdad, la Paz y el Amor. Juan es el puente entre la larga espera del Mesías y Su llegada. Sabe que Aquel que viene a juzgar el universo viene, a la vez, a perdonarlo, a recapitular todo para hacer nuevas todas las cosas.

Acaba el seréis como dioses y todas sus diabólicas versiones (dia-bólicas, separadoras), con las di-versas posibilidades y futuribles que nos convierten en "expertos" en fantasear y proyectar, en lugar de vivir.

¿Cómo allanar lo escabroso, cómo enderezar lo torcido, como transformar todo? Convirtiéndonos (con–versión), para renacer, hombres y mujeres nuevos, conscientes de que hemos muerto con Cristo y  hemos resucitado con Él.

Dice san Gregorio Magno: “¿Qué es esta vida mortal sino un camino? ¡Qué locura, hermanos míos, agotarse en el camino, no queriendo alcanzar el fin!... Así, hermanos míos, no améis las cosas de este mundo, que, como vemos según los acontecimientos que se producen alrededor nuestro, no podrá subsistir por mucho tiempo”.

Y Chesterton, también actual, siempre lúcido, con una afirmación  que hizo justo antes de morir y que deberíamos repetir hoy (siempre es hoy): "El asunto está claro ahora. Está entre la luz y las sombras, cada uno debe elegir de qué lado está." Y la Luz que viene es Jesucristo, que ilumina el camino para llegar a la meta de dicha y plenitud que Dios soñó para cada uno de nosotros. Él es la Luz del mundo y las sombras son el mundo, este laberinto de posibilidades, algunas tan apetecibles e incluso buenas. Pero ¿quién quiere lo bueno, cuando tiene lo Bueno? Las sombras, las posibilidades, tan legítimas y plausibles a veces..., cantos de sirena que nos entretienen girando en círculo, como burros atados a la noria, para que no veamos la espiral que eleva, la única posibilidad, el regreso a Casa.

Alegría, confianza y consuelo  nos transmiten la lecturas de estos días. Porque no se trata de recrearse morbosamente en los remordimientos que nos anclan al pasado y solo crean más pasado, sino de una conversión serena y decidida para mirar hacia el mejor futuro, el que preparó para todos Jesucristo, y Juan lo vio y lo anunció. Nosotros solo tenemos que aceptarlo y vivirlo, en un  querer que venga, sabiendo que ya viene, que ya está y salimos a su encuentro. Nos preparamos para recibir a Aquel que viene detrás de Juan, Aquel que tanto nos amó como para hacerse uno de nosotros en el mundo, para vencer y trascender el mundo, sembrando en nuestros corazones la semilla del Reino.


                 Preparad el camino al Señor, Parroquia de Barciela-Sigüero

7 de diciembre de 2017

La Inmaculada Concepción


Evangelio de Lucas 1, 26-38

A los seis meses, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo; bendita tú entre las mujeres”. Ella se turbó ante estas palabras, y se preguntaba qué saludo era aquel. El ángel le dijo: "No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin". Y María dijo al ángel: “¿Cómo será eso, pues no conozco varón?” El ángel le contestó: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible". María contestó: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”.

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La Inmaculada Concepción, Zurbarán

La dicha de María ha sido mayor porque Dios nació espiritualmente en su alma que porque nació de ella según la carne. 
       San Agustín

Mientras preparamos nuestro hogar interior para poder recibir y acoger a Aquel que viene, que siempre está viniendo, celebramos la fiesta de la Inmaculada Concepción. María, la nueva Eva, como la vieron los Padres de la Iglesia, es inmaculada desde que fue concebida por Joaquín y Ana; no necesitó purificación ni transformación. Nació sin mancha para poder ser el receptáculo humano del Verbo, el seno virginal donde se gestó el Hijo de Dios.

Porque María era completa y absolutamente virgen. No solo no conocía varón, como dijo al ángel con transparencia, algo que está al alcance de cualquier criatura, sino que, además, y sobre todo, era esencialmente virgen, originalmente virgen, eternamente virgen.

Dios se había reservado una criatura incontaminada para que fuera la madre de Su Hijo. En palabras del Maestro Eckhart: “Virgen indica alguien que está vacío de toda imagen extraña, tan vacío como cuando todavía no era. Libre y vacío, por amor de la voluntad divina, para cumplirla sin interrupción.”

Llena de gracia, es el título que la otorga el arcángel Gabriel (Lucas 1, 28), lo que quiere decir que en ella todo había sido renovado desde el inicio de los tiempos. Su alma, diáfana para dejarse traspasar por la Luz, su espíritu, eternamente puro, hasta los átomos de su cuerpo, todo había sido preservado de cualquier mancha de egoísmo.

Ninguna otra criatura nació en ese estado de pureza primordial. Sin embargo, también nosotros estamos llamados a dar a luz a Cristo. Podemos y debemos lograr que Él nazca espiritualmente en nuestras almas. ¡Qué plenitud de sentido puede darnos tan maravillosa misión!

¿Cómo ha de ser una madre espiritual de Dios? ¿En qué debemos transformarnos para poder ser casa de Dios y dar a luz al Cristo interior? En vírgenes de alma o de espíritu, disponibles sin reserva, mental y emocionalmente liberados de las seducciones de lo material, de la figura, imagen o representación de este mundo que ha de pasar, que ya está pasando para quien puede percibirlo.

Y nacerán los cielos nuevos y la tierra nueva, porque esa virginidad del alma va unida a una fecundidad prodigiosa como la de María, mujer, virgen y madre. Una fecundidad que, si se alcanza, se desborda para ser compartida, se expande gozosa sin límite ni obstáculo.

María, la Inmaculada, es nuestro modelo por excelencia, la primera criatura en la que se produjo el misterio del “nacimiento interior del Cristo”. Si seguimos la estela de su Luz llegaremos a la meta. El camino pasa necesariamente por imitar sus virtudes y hacernos humildes, disponibles, vacíos de ego, libres del mundo y sus afanes, llenos de amor para poder entregarnos y servir. En www.diasdegracia.blogspot.com más claves para aprender esta disponibilidad que da libertad e inocencia.

Nada hay en la fiesta que celebramos hoy, o en el culto de hiperdulía que damos a la Virgen, de sensiblero. A pesar de la confusión que pueda crear cierta iconografía, María está muy alejada del remilgo o la cursilería. Siempre atenta, audaz y coherente, ya lo dijo todo en los Evangelios. Basta con evocar sus contadas y fundamentales apariciones en los textos sagrados, o con recitar de vez en cuando esa oración alegre, entusiasta y revolucionaria que es el Magníficat (Lucas, 1, 46-55).

Si unimos ese maravilloso himno de alabanza y amor a la valiente y decidida aceptación inicial: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lucas 1, 38), al imperativo “Haced lo que Él os diga” en Caná (Juan 2, 5), y a su presencia silenciosa ante la Cruz (Juan 19, 25) y en Pentecostés (Hechos 1, 14; 2, 1), tenemos el legado de nuestra Madre, la más sencilla y completa guía de Vida.

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador;
porque ha mirado la humildad de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí;
su nombre es santo
y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.
El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos,
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia
—como lo había prometido a nuestros padres—
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Lucas 1, 46-55


María, virgo virginum, Códice de las Huelgas (S. XIII)

2 de diciembre de 2017

Adviento. El Señor viene


Evangelio de Marcos 13, 33-37 

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento. Es igual que un hombre que se fue de viaje, y dejó su casa y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara. Velad, entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer: no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡Velad!



                                             Rorate Coeli, Canto para el Adviento


Mira, estoy de pie a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo.

                                                                               Apocalipsis 3, 20

Durmiendo yo, mi corazón velaba.
Y en esto, la voz de mi amado que llama…

                                                                                    Cantar de los cantares 5, 2


Entre los primeros cristianos, nació una expresión: Maranatha, ¡Señor nuestro, ven! traducción al griego de una palabra  aramea. En indicativo, marán athá, el Señor viene. En esta expresión, que la liturgia repite continuamente estos días, se resume el sentido del Adviento.

Para comprender y vivir este tiempo litúrgico hace falta silencio, calma, espera sosegada, todo lo contrario a lo que el mundo y la sociedad expresan estos días con aceleración, ruido, alegría superficial y tópicos. Adviento es descubrir que Él viene, que siempre está viniendo. Es despertar del sueño que nos mantiene en una espera pasiva de que algo externo, a ser posible espectacular y evidente, nos salve.

Llevamos la Salvación escrita en nuestro ADN desde el Misterio del Calvario, pero lamentablemente lo olvidamos y dejamos de vivir como Hijos de la Luz. Si despertamos y recordamos lo que significa Emmanuel: "Dios con nosotros", experimentaremos la conversión necesaria para vivir ya en el Reino de paz, amor, justicia y verdad que Él ha venido a instaurar.

El Dueño de la casa siempre está viniendo. Está a la puerta. Pero no le oímos, ni siquiera vemos que hay una puerta. Porque no es una puerta normal, no divide dentro y fuera, interior y exterior; no divide, porque la puerta es el mismo Jesucristo. Puerta del redil, Pastor y Cordero, veíamos hace unas semanas. Puerta, Portero y Dueño de la Casa, podemos decir hoy.

El consumismo que aturde en estas fechas, el hedonismo, el ruido exterior y también el interior nos roban la atención necesaria para mantenernos en vela, en pie, a la espera del Hijo del Hombre, como veíamos en el Evangelio de esta mañana, último día del Año Litúrgico. Empezamos el nuevo año, como acabamos el anterior, con una llamada a vigilar, velar, mantenernos en pie y despiertos. Vigilancia en griego es a-letheia, sin lethè, sin sueño, sin letargo.

Adviento, tiempo de introspección y penitencia, de espabilarnos y preparar nuestra morada interior para Aquel que vino, viene y vendrá. Porque cuando nos aletargamos, volvemos a poner la mente y el corazón en los afanes del mundo, y somos presa fácil del "adversario", del príncipe de la mentira.

Cuánta mentira nos acecha estos días... Ruido, reclamos, sirenas de neón, con sus cantos publicitarios y noticias manipuladoras que pervierten los deseos naturales del corazón. Invitaciones a "juergas, borracheras, inquietudes de la vida" (Lucas 21,34) comprar, vender, como los ciegos del tiempo de Noé, fantasear en el olvido de lo Verdadero. Son algunas de las bestias del apocalipsis de Daniel que hemos leído estos días, no siempre cruentas, al contrario, tantas veces solapadas y traicioneras. Pero si nos mantenemos atentos, despiertos, vigilantes, podemos vivir la esencia del Adviento, esperando confiados la venida de la Verdad que aniquilará el reinado de los falsos señores.

        Adviento, tiempo de espera llena de esperanza porque la promesa ya está cumplida. Espera en tensión, pero tensión buena, de estar alerta, anhelando Su venida y sabiendo a la vez que ya viene, que ya está y caminamos junto a Él, soltando todo lo que nos dificulta la marcha.
 
        Preparémonos para recibirle, apartémonos de las tinieblas que nos impiden verlo, reconocerlo y reconocernos en Su mirada de amor. Es tiempo de seguir e imitar a Aquel que tanto amó al mundo como para hacerse uno de nosotros, en el mundo, para vencerlo y trascenderlo, llevándonos a todos con Él de regreso a nuestro verdadero Hogar.


Estoy a la puerta y llamo, Jesed


Algunos pensamientos de Imitación de Cristo de Thomas Kempis, que nos animan a velar:

            Así habías de conducirte en toda obra y pensamiento, como si hoy hubieses de morir.
            Si no estás dispuesto hoy, ¿cómo lo estarás mañana? Mañana es día incierto; y ¿qué sabes si amanecerás mañana?
            ¡Ojalá hubiéramos vivido siquiera un día bien en este mundo!
            Bienaventurado el que tiene siempre la hora de la muerte delante de sus ojos y se dispone cada día a morir.