1 de abril de 2018

La gloria de la Resurrección


Evangelio de Juan 20, 1-9

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien quería Jesús, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. Salieron Pedro y el otro discípulo, camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: Vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

                        La Resurrección del Señor, Paraclesion de San Salvador en Chora

Pero aún no se dieron mucha cuenta de que el mundo había muerto en la noche. Lo que aquellos contemplaban era el primer día de una nueva creación, un cielo nuevo y una tierra nueva. Y con aspecto de labrador, Dios caminó otra vez por el huerto, no bajo el frío de la noche, sino del amanecer.

G. K. Chesterton

Pasó un Resucitador por el mundo y nació en el mundo una esperanza más grande que todos los siglos; la cual no morirá. Uno que ya no tenía esperanza ha escrito: "Jesús es simplemente la esperanza más grande que ha pasado por la Humanidad..."
Oh Renán, escucha: No ha pasado.
Leonardo Castellani


Vieron el sepulcro vacío y creyeron. Entonces comprendieron las Escrituras y las palabras de Jesús, que había anunciado su muerte y resurrección.

Cristo ha vencido a la muerte por nosotros para que también resucitemos. Es la Buena Noticia para los que estábamos condenados a muerte. Morir ya no es morir, es solo un paso, el tránsito hacia la vida perdurable y dichosa. Así lo entendieron los apóstoles después de la resurrección del Maestro. Experimentaron que Jesús estaba vivo, y comprendieron que su promesa de vida eterna es una promesa que se cumple.

Y así lo proclaman a los cuatro vientos: “ha resucitado”. La muerte no es el final; Jesús abre el camino hacia una nueva humanidad; lo imposible ya es posible. 

Creer en la resurrección de Jesús, no solo es tener por cierta su resurrección, sino resucitar. Ya hemos resucitado con Él. “¡Despierta, tú que duermes; levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz!” (Efesios 5,14).

El Hombre Nuevo es la Resurrección, que se puede vivir ya, ahora, antes incluso de haber atravesado la puerta que es la muerte. Porque hemos muerto con Cristo y  hemos resucitado con Él. Dios se ha hecho hombre para salvarnos de la muerte eterna; ha pagado por nosotros; ha muerto en nuestro lugar para, resucitando, resucitarnos. Podemos darlo por seguro, porque Jesucristo lo ha prometido y Su Palabra no pasa porque es Palabra de Vida eterna.  

  Ave Verum Corpus, Mozart

            Aparente paradoja del cristiano: consciente de su cuerpo mortal, y, a la vez, convencido de la inmortalidad del alma. Sería contradictorio, si no hubiera venido Jesucristo a elevarnos con Él y llevarnos a un destino increíble: la resurrección total del individuo en cuerpo glorioso, alma y espíritu. El cuerpo, nacido del polvo, es elevado a una dignidad jamás pensada, un destino de Gloria eterna. Jesucristo lo ha glorificado, al encarnar como uno de nosotros.

Así lo explica San Pablo en la Primera Carta a los Corintios: “Se siembra un cuerpo corruptible, resucita incorruptible; se siembra un cuerpo sin gloria, resucita glorioso; se siembra un cuerpo débil, resucita lleno de fortaleza; se siembra un cuerpo animal, resucita espiritual”.

Por eso, no queremos ser inmortales, sino volver a casa, hijos pródigos, resucitados. El inmortal no muere, y necesitamos morir, porque el que no muere, no da fruto, el que no muere, no resucita, el que no muere, no vive para siempre con el Señor de la Vida. 

Si para la inmortalidad, según la concebían los filósofos griegos, no era necesario morir, para resucitar, es imprescindible. Y muriendo ya a nosotros mismos, podemos vivir como resucitados en este mundo de formas y apariencias, que es figura del otro, el verdadero. Inmanencia y trascendencia integradas, alineando en vertical al ser humano nuevo que ya somos, mientras esperamos la Resurrección definitiva

Jesucristo ha glorificado el cuerpo, ha iluminado la materia a través de Su Encarnación-Cruz-Resurrección. Ha tomado el sufrimiento, la entropía, lo efímero, la caducidad de la carne, consustanciales a nuestra condición. Ha tomado todo lo que nos separaba de Él y del sueño que Dios soñó para nosotros y lo ha transmutado, purificado, convertido en "combustible" para el mejor de los futuros. Y toma también el futuro, porque decidimos volver con Él a ese Presente intemporal en que ya somos. En  www.diasdegracia.blogspot.com, otra mirada a lo que hoy celebramos.

Solo con corazón de poeta podemos "asomarnos" al misterio de la Resurrección de la carne y la realidad del cuerpo glorioso, esa materia iluminada que Jesucristo, Luz del mundo, inaugura. Si además, el poeta es sacerdote y experimenta cada día, en sus propias manos, la dicha de "los que creen sin ver”, puede transmitir mejor lo que intuye y siente. Así lo hace José Miguel Ibáñez Langlois, con versos esenciales y asombrados, sin puntuación:


…los ángeles le restituyen la sagrada materia
que la pasión dispersó por los elementos del mundo
por los látigos los puños los harapos
el madero el velo de la Verónica a los cuatro vientos
esa materia debe ser difundida por los siete vientos
y al mismo tiempo serle restituida a su glorioso dueño
el mundo es ya una reliquia pero el cuerpo debe estar íntegro
porque dentro de unos segundos ese cuerpo
                                                                          oh Dios
cuatro segundos
                          tres
                                 oh Dios ese cuerpo oh
dos
       uno
              ese cuerpo oh Dios
                                             ya
resucitó.

                       ***

Jesús
de ahora en adelante ya no te llamarás
tierra desolada
ni
el leproso se muere
ni
maldita en ti la luz del universo
no
sino que en adelante tu nombre será
casa del hombre
y
la otra cara del sol está naciendo
y
Amor mío amor mío eternidad.

                                       José Miguel Ibáñez Langlois


Regina Coeli

24 de marzo de 2018

Subamos a Jerusalén


Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Marcos 14, 1–15, 47

C. Faltaban dos días para la Pascua y los Ázimos. Los sumos sacerdotes y los letrados pretendían prender a Jesús a traición y darle muerte. Pero decían:
S. –No durante las fiestas; podría amotinarse el pueblo.
C. Estando Jesús en Betania, en casa de Simón, el leproso, sentado a la mesa, llegó una mujer con un frasco de perfume muy caro, de nardo puro; quebró el frasco y se lo derramó en la cabeza. Algunos comentaban indignados:
S. –¿A qué viene este derroche de perfume? Se podía haber vendido por más de trescientos denarios para dárselo a los pobres.
C. Y regañaban a la mujer. Pero Jesús replicó:
J. –Dejadla, ¿por qué la molestáis? Lo que ha hecho conmigo está bien. Porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros y podéis socorrerlos cuando queráis; pero a mí no me tenéis siempre. Ella ha hecho lo que podía: se ha adelantado a embalsamar mi cuerpo para la sepultura. Os aseguro que, en cualquier parte del mundo donde se proclame el Evangelio, se recordará también lo que ha hecho ésta.
C. Judas Iscariote, uno de los Doce, se presentó a los sumos sacerdotes para entregarles a Jesús. Al oírlo, se alegraron y le prometieron dinero. El andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.
El primer día de los ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos:
S. –¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?
C. –El envió a dos discípulos diciéndoles:
J. –Id a la ciudad, encontraréis un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo, y en la casa en que entre, decidle al dueño: «El Maestro pregunta: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?» Os enseñará una sala grande en el piso de arriba, arreglada con divanes. Preparadnos allí la cena.
C. Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua. Al atardecer fue él con los Doce. Estando a la mesa comiendo dijo Jesús:
J. –Os aseguro, que uno de vosotros me va a entregar: uno que está comiendo conmigo.
C. –Ellos, consternados, empezaron a preguntarle uno tras otro:
S. –¿Seré yo?
C. Respondió:
J. –Uno de los Doce, el que está mojando en la misma fuente que yo. El Hijo del Hombre se va, como está escrito; pero, ¡ay del que va a entregar al Hijo del Hombre!; ¡más le valdría no haber nacido!
C. Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronuncio la bendición, lo partió y se lo dio diciendo:
J. –Tomad, esto es mi cuerpo.
C. Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio y todos bebieron.
Y les dijo:
J. –Esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos. Os aseguro, que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el Reino de Dios.
C. Después de cantar el salmo, salieron para el Monte de los Olivos. Jesús les dijo:
J. –Todos vais a caer, como está escrito: «Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas.» Pero cuando resucite, iré antes que vosotros a Galilea.
C. Pedro replicó:
S. –Aunque todos caigan, yo no.
C. Jesús le contestó:
J. –Te aseguro, que tú hoy, esta noche, antes que el gallo cante dos veces, me habrás negado tres.
C. Pero él insistía:
S. –Aunque tenga que morir contigo, no te negaré.
C. Y los demás decían lo mismo. Fueron a una finca, que llaman Getsemaní y dijo a sus discípulos:
J. –Sentaos aquí mientras voy a orar.
C. Se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, empezó a sentir terror y angustia, y les dijo:
J. –Me muero de tristeza: quedaos aquí velando.
C. Y, adelantándose un poco, se postró en tierra pidiendo que, si era posible, se alejase de él aquella hora; y dijo:
J. –¡Abba! (Padre): tú lo puedes todo, aparta de mi ese cáliz. Pero no lo que yo quiero, sino lo que tú quieres.
C. Volvió, y al encontrarlos dormidos, dijo a Pedro:
J. –Simón, ¿duermes?, ¿no has podido velar ni una hora? Velad y orad, para no caer en la tentación; el espíritu es decidido, pero la carne es débil.
C. De nuevo se apartó y oraba repitiendo las mismas palabras. Volvió, y los encontró otra vez dormidos, porque tenían los ojos cargados. Y no sabían qué contestarle. Volvió y les dijo:
J. –Ya podéis dormir y descansar. ¡Basta! Ha llegado la hora; mirad que el Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega.
C. Todavía estaba hablando, cuando se presentó Judas, uno de los doce, y con él gente con espadas y palos, mandada por los sumos sacerdotes, los letrados y los ancianos. El traidor les había dado una contraseña, diciéndoles:
S. –Al que yo bese, es él: prendedlo y conducidlo bien sujeto.
C. Y en cuanto llegó, se acercó y le dijo:
S. –¡Maestro !
C. Y lo besó. Ellos le echaron mano y lo prendieron. Pero uno de los presentes, desenvainando la espada, de un golpe le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús tomó la palabra y les dijo:
J. –¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos, como a caza de un bandido? A diario os estaba enseñando en el templo, y no me detuvisteis. Pero, que se cumplan las Escrituras.
C. Y todos lo abandonaron y huyeron.
Lo iba siguiendo un muchacho envuelto sólo en una sábana; y le echaron mano; pero él, soltando la sábana, se les escapó desnudo.
Condujeron a Jesús a casa del sumo sacerdote, y se reunieron todos los sumos sacerdotes y los letrados y los ancianos. Pedro lo fue siguiendo de lejos, hasta el interior del patio del sumo sacerdote; y se sentó con los criados a la lumbre para calentarse.
Los sumos sacerdotes y el sanedrín en pleno buscaban un testimonio contra Jesús, para condenarlo a muerte; y no lo encontraban. Pues, aunque muchos daban falso testimonio contra él, los testimonios no concordaban. Y algunos, poniéndose de pie, daban testimonio contra él diciendo:
S. –Nosotros le hemos oído decir: «Yo destruiré este templo, edificado por hombres, y en tres días construiré otro no edificado por hombres.»
C. Pero ni en esto concordaban los testimonios. El sumo sacerdote se puso en pie en medio e interrogó a Jesús:
S. –¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que levantan contra ti?
C. Pero él callaba, sin dar respuesta. El sumo sacerdote lo interrogó de nuevo preguntándole:
S. –¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios bendito?
C. Jesús contestó:
J. –Sí lo soy. Y veréis que el Hijo del Hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene entre las nubes del cielo.
C. El sumo sacerdote se rasgó las vestiduras diciendo:
S. –¿Qué falta hacen más testigos ? Habéis oído la blasfemia. ¿Qué decidís?
C. Y todos lo declararon reo de muerte. Algunos se pusieron a escupirle, y tapándole la cara, lo abofeteaban y le decían:
S. –Haz de profeta.
C. Y los criados le daban bofetadas. Mientras Pedro estaba abajo en el patio, llegó una criada del sumo sacerdote y, al ver a Pedro calentándose, lo miró fijamente y dijo:
S. –También tú andabas con Jesús el Nazareno.
C. El lo negó diciendo:
S. –Ni sé ni entiendo lo que quieres decir.
C. Salió fuera al zaguán, y un gallo cantó. La criada, al verlo, volvió a decir a los presentes:
S. –Este es uno de ellos.
C. Y él lo volvió a negar. Al poco rato también los presentes dijeron a Pedro:
S. –Seguro que eres uno de ellos, pues eres galileo.
C. Pero él se puso a echar maldiciones y a jurar:
S. –No conozco a ese hombre que decís.
C. Y en seguida, por segunda vez, cantó el gallo. Pedro se acordó de las palabras que le había dicho Jesús: «Antes de que cante el gallo dos veces, me habrás negado tres», y rompió a llorar.
Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes con los ancianos, los letrados y el sanedrín en pleno, prepararon la sentencia; y, atando a Jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato.
Pilato le preguntó:
S. –¿Eres tú el rey de los judíos?
C. El respondió:
J. –Tú lo dices.
C. Y los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas.
Pilato le preguntó de nuevo:
S. –¿No contestas nada? Mira de cuántas cosas te acusan. 
C. Jesús no contestó más; de modo que Pilato estaba muy extrañado. Por la fiesta solía soltarse un preso, el que le pidieran. Estaba en la cárcel un tal Barrabás, con los revoltosos que habían cometido un homicidio en la revuelta. La gente subió y empezó a pedir el indulto de costumbre. Pilato les contestó:
S. –¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?
C. Pues sabia que los sumos sacerdotes se lo habían entregado por envidia.
Pero los sumos sacerdotes soliviantaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás.
Pilato tomó de nuevo la palabra y les preguntó:
S. –¿Qué hago con el que llamáis rey de los judíos ?
C. Ellos gritaron de nuevo:
S. –Crucifícalo.
C. Pilato les dijo:
S. –Pues ¿qué mal ha hecho?
C. Ellos gritaron más fuerte:
S. –Crucifícalo.
C. Y Pilato, queriendo dar gusto a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.
Los soldados se lo llevaron al interior del palacio –al pretorio– y reunieron a toda la compañía. Lo vistieron de púrpura, le pusieron una corona de espinas, que habían trenzado, y comenzaron a hacerle el saludo:
S. –¡Salve, rey de los judíos !
C. Le golpearon la cabeza con una caña, le escupieron; y, doblando las rodillas, se postraban ante él.
Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa. Y lo sacaron para crucificarlo. Y a uno que pasaba, de vuelta del campo, a Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, lo forzaron a llevar la cruz.
Y llevaron a Jesús al Gólgota (que quiere decir lugar de «La Calavera»), y le ofrecieron vino con mirra; pero él no lo aceptó. Lo crucificaron y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte, para ver lo que se llevaba cada uno.
Era media mañana cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: EL REY DE LOS JUDIOS. Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda. Así se cumplió la Escritura que dice: «Lo consideraron como un malhechor.»
Los que pasaban lo injuriaban, meneando la cabeza y diciendo:
S. –¡Anda!, tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz.
C. Los sumos sacerdotes, se burlaban también de él diciendo:
S. –A otros ha salvado y a sí mismo no se puede salvar. Que el Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos.
C. También los que estaban crucificados con él lo insultaban.
Al llegar el mediodía toda la región quedó en tinieblas hasta la media tarde. Y a la media tarde, Jesús clamó con voz potente:
J. –Eloí Eloí, lamá sabactaní. (Que significa: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?)
C. Algunos de los presentes, al oírlo, decían:
S. –Mira, está llamando a Elías.
C. Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber diciendo:
S. –Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo.
C. Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró.
El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo.
El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo:
S. –Realmente este hombre era Hijo de Dios.
C. Había también unas mujeres que miraban desde lejos; entre ellas María Magdalena, María la madre de Santiago el Menor y de José y Salomé, que cuando él estaba en Galilea, lo seguían para atenderlo; y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén.
Al anochecer, como era el día de la Preparación, víspera del sábado, vino José de Arimatea, noble magistrado, que también aguardaba el Reino de Dios; se presentó decidido ante Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús.
Pilato se extrañó de que hubiera muerto ya; y, llamando al centurión, le preguntó si hacía mucho tiempo que había muerto.
Informado por el centurión, concedió el cadáver a José. Este compró una sábana y, bajando a Jesús, lo envolvió en la sábana y lo puso en un sepulcro, excavado en una roca, y rodó una piedra a la entrada del sepulcro.
María Magdalena y María, la madre de José, observaban dónde lo ponían.


Entrada de Cristo en Jerusalén

                                   La entrada de Jesús en Jerusalén, Pietro Lorenzeti

Domingo de Ramos. Hoy celebramos la entrada en Jerusalén de Jesús, aclamado y bendecido por hombres, mujeres y niños que agitan ramos de palmera, olivo, sauce y mirto.

Risas, cantos, olor a primavera, el sol en su apogeo, el cielo de un azul intenso, la vida esplendorosa, mientras Jesús avanza a lomos de un asno. En aquella época en Palestina, el asno era un animal hermoso y noble. Una montura nueva, a estrenar (Mc 11, 2; Lc 19,30), como símbolo sagrado, y en cumplimiento de la profecía de Zacarías (Zac 9, 9). Todo un signo mesiánico: el que entra en loor de multitudes es el Mesías, esperado durante siglos.

Le precede la fama de los milagros: ciegos que ven, sordos que oyen, paralíticos que andan, muertos que resucitan... Cómo no aclamarlo, cómo no esperar que sea el libertador, capaz de acabar con el yugo romano. Con ese entusiasmo popular y la belleza del día, debió de encenderse de nuevo la llama de la esperanza en el corazón de los discípulos que, aunque ya habían sido advertidos, por tres veces al menos, del fin dramático e inexorable que seguiría a tan efímero festejo, deseaban ver al Maestro convertido en un líder triunfante.

Que Jesús preparara el acontecimiento con tanto cuidado es una prueba más de su fortaleza moral. Cómo entrar alegre y prestarse a ser alabado, si camina hacia la muerte más infame, que será pedida a gritos por muchos de los que hoy le aclaman, agitando ramos y cantando “¡Hosanna! en las alturas”. Y Él lo sabía.

Vuelve a darnos un ejemplo de aceptación y serenidad. Si nos paramos a pensarlo, ¿cómo vivir un instante de paz y alegría cuando la muerte amenaza, si, en realidad, estamos muriendo desde que nacemos? Evocando la actitud de Jesucristo en su entrada en la Ciudad Santa, desenmascarando lo que hay detrás de la muerte, sabiendo que es un paso necesario, que Él también atravesó para abrirnos las puertas a la Vida.

Entrada triunfal y alabanzas en el mundo, traicionero y efímero. ¿Cómo lo viviría Jesús, sabiendo que esa alegre y festiva multitud va a exigir muy pronto su muerte? ¿Con qué ánimo sonreiría a las decenas o centenas de personas que agitaban sus ramos aclamándole, festejándole con sus “¡Hosanna!”, palabra hebrea que, más que su original “Libéranos, Señor”, significaba ya para los habitantes de la Palestina de entonces un sencillo y alegre “¡Viva!”.

El entusiasmo no logra evitar un presentimiento sombrío. Pronto oiremos su lamento: “¡Jerusalén, Jerusalén!, que matas a los profetas y apedreas a quienes te han sido enviados, cuántas veces intenté reunir a tus hijos, como la gallina reúne a los polluelos bajo sus alas, y no habéis querido”. (Mt 23, 37)

Jesús era consciente de la fragilidad de esa acogida, de lo inconstante y veleidoso de aquel júbilo; pero, aun así, hace callar a los fariseos, porque sabe también que es un preludio al inminente drama y, a la vez, una escenificación, pobre pero esencialmente verídica, de su triunfo definitivo. Su agridulce entrada en la ciudad fue otra forma de acatar la voluntad del Padre, sometiendo su voluntad humana a la divina. Más que obediencia, más que aceptación o sometimiento, la voluntad de Jesús era Una con la del Padre y es la meta a la que estamos llamados: ser en la Divina Voluntad, llegar a una comunión total de voluntades.


Cantata 159, Subimos a Jerusalén, J. S. Bach

Esa entrada triunfal era necesaria para Aquel que no era un líder político ni religioso, sino el Salvador, el auténtico Libertador. Con cuánta precisión, con qué plenitud de sentido decían “¡Hosanna!” los que le aclamaban, sin saber que en aquel momento, ante un hombre sentado en un pollino, la palabra estaba recuperando su verdadero significado. Pocos, muy pocos de los que participaban en la escena, sabían que ese hombre era el Hijo de Dios, el Mesías que esperaban, al que no fueron capaces de reconocer mientras vivió entre ellos.

¿Lo reconocemos nosotros? Si es así, debemos aceptar que seguirle supone cargar con la cruz, aprender de Él a desprendernos de todo, perder, fracasar para el mundo, ser traicionados y abandonados, atravesar noches oscuras de soledad y angustia, morir. Quien está preparado para morir, sabe vivir, y, quien vive de verdad, va muriendo a lo falso.

Sobre esta derrota aparente, tan estrepitosa  e inconcebible para el mundo, que es la pasión y muerte de Jesucristo, se reflexiona  hoy en el blog hermano: www.diasdegracia.blogspot.com . Un "fracaso" fecundo como ninguno, pues desemboca en la victoria definitiva sobre todo fracaso, toda pérdida, toda derrota: la Resurrección.

Tratemos de vernos hoy entre esas multitudes ávidas de milagros y algarabía y, dentro de muy poco, sedientas de tragedia y sangre. O veámonos entre los discípulos, queriendo aún aferrarnos a la gloria del mundo, de lo tangible, lo conocido.

Imágenes de Jesús, triunfales o ensangrentadas, hieráticas o dolientes, volverán a recorrer las calles en las procesiones y llenan la iconografía de los templos y de la memoria. Es una forma de devoción que brota de la piedad popular y ayuda a muchos, desde hace siglos, a conectar con los Misterios que nos disponemos a vivir.

Pero, más allá de las formas y expresiones que captan los sentidos y satisfacen a la mente, siempre ávida de conceptos, ¿somos capaces de sentir y de vivir al Jesús sereno y libre, discreto, humilde, Uno con el Padre, atento a su Misión y no a la mirada del mundo?

¿Buscamos a ese Cristo real, Verbo encarnado, Palabra viviente, que experimenta hasta lo más hondo el Misterio de la Redención, y quiere que lo vivamos con Él? En esa hondura, ese trasfondo de realidad, no hay jolgorio ni triunfalismo, pero tampoco hay morbo ni sensiblería. Todo se interioriza, ya no hay emociones externas, sino sentimientos, auténticos y transformadores. Hay angustia y soledad, sí, la tristeza hasta la muerte de la naturaleza humana de Jesús, nuestra naturaleza, asumida por amor; sombras que cubren momentáneamente la Luz. Un hombre que es Dios se prepara con un triunfo efímero para la muerte en cruz, la más absoluta derrota en el mundo, el preludio del triunfo verdadero, porque su reino no es de este mundo.

Vivamos en el mundo, sabiendo que no somos del mundo (Jn 17, 16), festejando y alegrándonos cuando es momento de alegría, sin olvidar las sombras que siempre acechan. Fijemos la mirada y el corazón en la Meta que trasciende este claroscuro efímero, tan familiar como frágil, escenario transitorio donde los dramas se suceden y donde, en cualquier momento, puede bajar el telón. Entonces seremos para siempre testigos de lo Real, súbditos del Reino en que la Luz no se apaga.

Me dijo una tarde
de la primavera:
Si buscas caminos
en flor en la tierra,
mata tus palabras
y oye tu alma vieja.
Que el mismo albo lino
que te vista, sea
tu traje de duelo,
tu traje de fiesta.
Ama tu alegría
y ama tu tristeza,
si buscas caminos
en flor en la tierra.
Respondí a la tarde
de la primavera:
Tú has dicho el secreto
que en mi alma reza:
yo odio la alegría
por odio a la pena.
Mas antes que pise
tu florida senda,
quisiera traerte
muerta mi alma vieja.

                       Antonio Machado

              El poeta conoce bien la necesidad de morir para nacer de nuevo. Que, en la Semana Santa que comienza, seamos capaces de morir con Jesús, para poder resucitar con Él y alumbrar Vida; hombres y mujeres nuevos, despiertos y libres.  

17 de marzo de 2018

Para esta hora he venido


Evangelio según San Juan 12, 20-33

En aquel tiempo entre los que habían venido a celebrar la Fiesta había algunos gentiles; estos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban: “Señor, quisiéramos ver a Jesús”. Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús. Jesús les contestó: “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre le premiará. Ahora mi alma está agitada y, ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre. Entonces vino una voz del cielo: “Lo he glorificado y volveré a glorificarlo”. La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel. Jesús tomó la palabra y dijo: “Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el Príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí”. Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir.


El expolio de Cristo, El Greco


                                     La gloria de Dios es que el ser humano viva en plenitud.

                                                                                                          San Ireneo

¡Ah, cuánto mejor es vivir en aridez y tentaciones con la voluntad de Dios, que en contemplación sin ella!

                                                             San Juan de Ávila


Buscar, encontrar, ver, no ver, vida y muerte, luz y tinieblas, juicio y salvación, conceptos claves en el Evangelio de Juan, el más profundo, el más cercano al latido del Maestro. Fue el discípulo amado el que apoyó su cabeza en el costado de Jesús la noche del amor supremo y Le conoció, otro concepto esencial de su Evangelio, que resuena también en la primera lectura de hoy (Jeremías 31, 31-34).

Seguimos avanzando hacia la meta de la cuaresma: la Pascua del Señor que nos abre las puertas de la eternidad. El precio de la entrada a esa Vida verdadera lo pagó Él por nosotros, fue Su sangre. La dio toda, lo dio todo, Se dio Todo… Y nosotros también hemos de dar todo lo que creemos tener: nuestros bienes materiales y espirituales, nuestros miedos, nuestros deseos, nuestros rencores y culpas, nuestras expectativas y anhelos, nuestras miserias, nuestras bondades…

Porque solo Él es Bueno, solo Él es Santo, renunciamos también a los propios méritos, tan ilusorios. Hay personas que han ejercitado tanto sus virtudes que muchos los toman como ejemplo. A ese “virtuosismo” personal, a ese ser de los buenos, a las obras hechas para justificarnos, también hay que renunciar cuando nos lo apropiamos, atribuyéndonos su bondad y sus frutos.

Un corazón puro, pedimos con el Miserere, el Salmo 50 que hoy cantamos. Un corazón puro, capaz de salir del egoísmo y vivir la alegría de saber que la Salvación siempre viene del Señor, que Él dio su vida por nosotros para que nosotros la demos por los demás.

Se trata de morir a uno mismo para poder renacer o nacer de nuevo, recordábamos el domingo pasado. Y ese segundo nacimiento pasa siempre por mirarse en el Señor, que nos renueva y nos prepara para seguirle en el servicio y la entrega..

Si pretendemos seguir viviendo como hombres y mujeres viejos, exteriores, que se conforman con mejorar poco a poco, con ser cada vez más “buenos”, pero no se atreven a dejarlo todo y renacer, no podremos seguir al primer Hombre Nuevo el que, elevado sobre la tierra, quiere atraer a todos hacia Sí.

El amor verdadero, que está más allá del sentimiento y la emoción, permite engendrar, gestar y dar a luz a ese nuevo ser, hombre y mujer interiores, renacidos y libres, que siguen en el mundo pero no son del mundo, porque han sido elevados por Aquel que venció al mundo y glorificándose nos glorifica. Porque Él es fiel a la alianza y muere para que tengamos vida en Él. Vivió nuestra vida humana para que vivamos Su vida divina. Si en Cristo destrozado -Eccehomo, dijo Pilatos- me veo a mí y lo que debería haber padecido yo, en mí he de ver a Cristo.

Esa es la tarea que hemos de hacer: reconocer que él nos amó hasta el extremo y ser consecuentes: entregarlo todo, darnos por entero, como grano de trigo que muere para dar fruto, más allá de la mente y sus dictados y mentiras, más allá de la existencia de aquí abajo, que solo conduce a vidas que se agotan en sí mismas. Aquellos griegos buscaban a Jesús, como nosotros lo hemos buscado hasta ser encontrados por Él. Buscaban la Verdad, la plenitud, la dicha sin fin que viene de un Dios que se hace hombre para hacernos Dios.

Cómo no estremecernos cuando sentimos el latido de Su ley en interior, conexión bendita, Amor que se vive, que se reproduce, que se comunica, alianza firmada con sangre, Corazón Sagrado que se intercambia con corazón contrito que reconoce su miseria.

Todo eso resuena en la primera lectura de hoy, que anuncia una alianza nueva basada en el amor que nace del conocimiento. Conocemos a Dios cuando vemos cómo perdona y olvida. El perdón de Dios es un perdón que renueva al ser humano, como canta el salmo. No es como el perdón de los hombres, condicionado y frágil, donde se filtra el rencor. El perdón de Dios es recto y perfecto, total. Avanzamos en la Cuaresma confiados porque contamos con el perdón total de Dios, que entregó a su único hijo como prueba de ese amor, ese perdón para quien lo acepta.

En la segunda lectura (Hebreos 5, 7-9) se nos dice que las oraciones y súplicas de Jesús al que podía salvarlo de la muerte fueron escuchadas. Y sin embargo murió, porque Él, que vivía en la Voluntad del Padre, no oraba por su salvación, sino por la nuestra. Aceptó su misión, su hora, siendo Uno con el Padre, y nosotros aceptamos la nuestra para ser Uno con nuestro Salvador. En Getsemaní y en tantos ratos de oración en la vida de Jesús, Dios reza a Dios, oración perfecta, cumplimiento.

Y aun así, Su alma está agitada porque carga con el pecado, el olvido y la ceguera de todos los hombres, de todas las épocas. La lucha que deberíamos librar con el príncipe de este mundo, el que nos hizo caer y pretende mantenernos sometidos, la libró Él. Su agitación, como su sed en la cruz, proceden de nosotros, de nuestra voluntad egoísta y torcida. El Señor se agita, tiembla, llora y suplica para que aceptemos su amor redentor. Para esa hora vino; para vencer al mal y la muerte en nuestro lugar.

¿Cuál es mi hora? ¿Para qué hora he venido? ¿Qué es una hora? La hora de Dios no es la ocasión que buscan los seres humanos para aprovechar, controlar, justificar, imponer su propia voluntad, incluso con “buena intención”. Pretendemos ser santos con una santidad a nuestra medida, como queremos nosotros, no como quiere Dios. Todo gira en torno al propio yo. Creemos servir a Dios, pero solo lo hacemos si se acomoda con lo que nos brinda seguridad y sentido, ilusorios, vanos, tan endebles que se desvanecen al primer soplo de viento. Nuestra verdadera hora es la Suya, hora de temor y temblor, de muerte y sacrificio, de amor y servicio, de entrega total. Él se puso en nuestro lugar para que nosotros nos pongamos en el Suyo. Jesús vivió nuestra vida y nuestra muerte para que vivamos Su vida y Su gloria.

El sufrimiento espiritual de Cristo es infinitamente mayor que el físico. El momento cumbre de la Redención es Getsemaní pero toda su vida desde la Encarnación fue un in crescendo hacia esa "hora" de generosidad y amor supremos en que cargó con todas nuestras miserias, las de cada uno de los seres humanos que ha habido y habrá. Eccehomo, recordábamos arriba las palabras de Pilato, he ahí el hombre. En Jesús destrozado, humillado, estamos todos. La meta es que en cada uno de nosotros esté un Día el Cristo glorioso.

San Agustín expresa magistralmente ese maravilloso intercambio que hace que hayamos vencido en Cristo, porque él fue tentado en nosotros y que hayamos resucitado en Cristo, porque él ha muerto por nosotros:

“En él puedes ver tus esfuerzos y tu recompensa; tus esfuerzos en la pasión, y tu recompensa en la resurrección. He ahí cómo se hizo él nuestra esperanza. Tenemos dos vidas: una la que ahora vivimos, y la otra la que esperamos. La que ahora estamos viviendo, nos es conocida; la que esperamos la desconocemos. Soporta con paciencia la que ahora vives, y conseguirás la que todavía no tienes. ¿Cómo la soportas? Si no te dejas vencer por el tentador. Con sus fatigas, sus tentaciones, sus sufrimientos y su muerte, te dio Cristo a conocer la vida que ahora vives; con su resurrección te manifestó la vida futura. Nosotros, los humanos, sólo conocíamos que el hombre nace y que muere; la resurrección del hombre y la vida eterna la desconocíamos; él tomó lo que tú conocías, y te mostró lo que ignorabas. Por eso se ha hecho nuestra esperanza en las tribulaciones, en las tentaciones. Mira lo que dice el Apóstol: Más aún, hasta nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación engendra la paciencia, la paciencia la virtud probada, y la virtud probada la esperanza; pero la esperanza no defrauda, porque la caridad de Dios ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado. Luego se ha hecho nuestra esperanza quien nos dio el Espíritu Santo; y ahora caminamos hacia la esperanza; no caminaríamos, si no tuviéramos esperanza. ¿Qué dice el mismo Apóstol? Lo que uno está viendo ¿cómo lo va a esperar? Pero si esperamos lo que no vemos, lo esperamos con paciencia. Dice también: Estamos salvados en esperanza.”

¿Nos atrevemos a morir con Él para poder resucitar a la nueva vida? No van a torturarnos ni a clavarnos a una cruz de madera, pero sí a una cruz invisible, interior, cada uno la suya o las suyas. Cada vez que renunciamos a nuestra voluntad limitada y egoísta nos dejamos crucificar con Él para resucitar con Él.

No hay vuelta atrás. Crucifico mi voluntad para vivir la vida de Cristo con su voluntad divina. Fui un desastre, cultivé poco y mal las virtudes. Pero el Señor acepta mi sí ahora y toda mi vida pasada es prueba superada en Él, que vivió mi vida por mí. Él vino a asumirla y a vivirla. Yo se la entrego y me dispongo a vivir la Suya y acaso un día podré decir: si por esto he venido, para esta hora.

En  www.diasdegracia.blogspot.com contemplamos otro pasaje del Evangelio de Juan que la liturgia propone como alternativa para este V Domingo de Cuaresma.


                                           Miserere mei Deus, Gregorio Allegri