17 de noviembre de 2018

Cielo y tierra pasarán


Evangelio de Marcos 13, 24-32

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “En aquellos días, después de una gran tribulación, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los ejércitos celestes temblarán. Entonces verán venir al Hijo del Hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, del extremo de la tierra al extremo del cielo. Aprended lo que os enseña la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, sabéis que la primavera está cerca; pues cuando veáis vosotros suceder esto, sabed que él está cerca, a la puerta. Os aseguro que no pasará esta generación antes que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. El día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, solo el Padre”.

                                               La Virgen del Apocalipsis, Miguel Cabrera


Cuando quiero saber las últimas noticias, leo el Apocalipsis.
Léon Bloy

              Y dijo el que estaba sentado en el trono: "Mira, todo lo hago nuevo". 
                                                                                           Apocalipsis 21, 5                                                                                                                         
El domingo pasado nos mirábamos en la viuda que lo da todo y se da por entero. Aprendimos de ella que la verdadera ofrenda es darse uno mismo, esa continua muerte a lo falso para nacer a la Vida. Valiente y libre nos parecía esa mujer anónima, porque la verdadera libertad es vivir sin miedo. Sabia y lúcida al mostrarnos que el anonadamiento lleva a la plenitud, y el desprendimiento a la verdadera abundancia.

Desde la más absoluta humildad, la entrega absoluta, se llega a la meta, y en ese camino, raudo como un relámpago, todo se transforma y todo se recibe, porque se es vaso vacío. De la nada al Todo, camino de retorno que, a la vez que lo recorremos, ya lo hemos recorrido. Miro la Eucaristía y me doy cuenta de que es más adorable que el Cristo triunfal que imaginamos al pensar en la Parusía. 

Lo entendí de otro modo (lo mismo, siempre nuevo) hace tiempo en una Misa con el Réquiem de Fauré. Nosotros, embargados por la belleza de la música, y Él, el único Real, desde la humildad y el anonadamiento del Sagrario, atrayendo y adelgazando todas las músicas de todos los tiempos en la única Nota, la intemporal, Verbo Increado, Origen esencial al que volvemos. Desde ese trono invisible para los ojos, Él nos sigue diciendo: “Ánimo, soy Yo, no tengáis miedo”. Y contemplé la Jerusalén eterna en una iglesia llena de ancianos, hermosos como ángeles.

La viuda que da todo, desapego, valentía, confianza, símbolo de lo que somos y hemos olvidado. El final de la renuncia es soltar también la vida como experiencia cronológica, las posibilidades que nos seducen. Proyectos, expectativas, futuros falsos que nunca son como imaginábamos y nos hacen perder la Vida que solo está en el presente, ventana a la eternidad. Creemos coleccionar proyectos, cosas, ideas, experiencias hermosas, éxitos, viajes, títulos, medallitas del mundo…, y coleccionamos muerte, porque están en un tiempo de entropía y destrucción, ese tiempo que, como dice el Evangelio de hoy, acabará con angustia para los que creen en el mundo y se creen del mundo. Pero no somos del mundo, ni del tiempo ni de la muerte… Cuando lo ves, sabes que solo ahora, en este “hoy” que nos presenta una y otra vez el Evangelio, puedes vivir y salvarte o darte cuenta de que ya estás a salvo.www.diasdegracia.com

El coraje de la viuda y del que con su desapego puede afrontar ese cataclismo aparente del tiempo que colapsa y los mundos que agonizan consiste en saberse amado. El miedo no existe en quien se sabe amado. Es el fondo de la oración verdadera: dejarse mirar, sentirse amado, para escuchar te amo, en lugar de temo.

Libres, desapegados, pobres de espíritu en el camino de retorno, desde el exilio al Paraíso, a nuestra esencia original. Desprendimiento, abajamiento total, que es la condición necesaria para encontrar ese punto de conexión con la Verdad, la puerta estrecha, la Puerta.

Él se hace esencial y real en la Eucaristía, y yo me realizo cuando Le miro y me olvido de mí. Esa es la “cosa” que le faltaba al pobre rico y nos suele faltar a todos, la única opción ya: soltar todo, sotarse, ojo de aguja que atravesamos cuando morimos a nosotros mismos, a lo que no somos y accedemos al Sí mismo, Comunión.

Profecía es advertencia, no certeza, porque el profeta se sitúa más allá de las circunstancias o dimensiones espacio-temporales donde los soberbios no llegan. El Reino no es lo espectacular o grandioso; es la hora de los humildes, los sencillos, como la viuda pobre, los que viven su día a día con ojos despiertos, ven el milagro de lo cotidiano y sueltan lo falso, lo que pesa y detiene, esa nada de sombra, disfrazada de todo.

La profecía siempre señala hacia el Origen y hacia la única elección que puede llevarnos allí;  lo que vaticina es para aquellos que no escojan esa única opción. Solo nos toca interpretar esa parte de la obra, para no eternizarnos en ensayos agotadores. Si el final es perfecto y ya es, ¿por qué no representar el papel que nos ha tocado con el corazón y la mirada puestos en ese final que es el Inicio?

Miramos a Cristo, soltamos todo y ese todo, que es nada ante el Todo, se transforma en "combustible" para el mejor de los futuros. Entonces, renunciamos incluso al futuro, porque decidimos volver a ese Presente intemporal en que ya somos con Él y en Él, la plenitud del Ser eterno.

Puede que esa sea la diferencia entre los llamados y los elegidos. Es elegido, y se elige a sí mismo, el que sin miedo ni reservas, mira al Ser y suelta todo lo demás, el que, como la viuda, se queda sin nada y por eso tiene Todo. El elegido sabe, además, que las profecías verdaderas, de ayer, de hoy, de siempre, tienen que ver con cada uno de nosotros, si sabemos verlo y vivirlo. El sol que se hace tinieblas, la luna que se apaga, las estrellas que caen del cielo, los ejércitos celestes que tiemblan…Todo dentro. Y llegarán los nuevos cielos y la nueva tierra, si volvemos a nacer, de agua y espíritu.

Vendrá, vino, viene cuando menos lo esperamos, como un relámpago, como un ladrón en la noche, como la muerte, siempre a destiempo, siempre de improviso. Vivimos como si el mundo fuera a durar para siempre. Si fuéramos realmente conscientes de la impermanencia de este mundo de formas y de nombres, no seguiríamos, como veíamos en el Evangelio del viernes, comiendo, bebiendo, casándonos, fabricando, comprando, vendiendo, edificando sobre arenas movedizas (Lc 17, 26-37).

Entonces, ¿no hay que hacer nada? Sí y no, no y sí, pero, como dice San Pablo, sin apego, sin expectativas, sin poner el corazón en lo efímero: “que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como si no se alegraran; los que compran, como si no poseyeran, los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él. Porque la representación de este mundo se termina” (1 Co 7, 29-31).

Apocalipsis significa revelación, es decir, luz, conocimiento, nada que inspire miedo o aprensión. El miedo se combate con la fe y la esperanza, pero podemos ir más allá, porque la fe y la esperanza dejan de ser necesarias cuando alcanzamos la Visión definitiva y solo queda el Amor. Apoyemos nuestra vigilia en Su Palabra, que no pasa aunque cielo y tierra pasen, y así nos liberaremos del miedo. “Ánimo, soy Yo, no tengáis miedo”, nos sigue diciendo ahora.

Estar despiertos, vivir ya en la Presencia, conscientes del Reino que palpita en el interior, realizando los nuevos cielos y la nueva tierra. Plenitud y libertad a nuestro alcance ya, ahora, porque Él siempre viene; Él siempre está. Elevarnos a lo trascendente pasando por lo inmanente; sigámosle hacia la Unidad, atravesando la ilusión de lo múltiple, apariencia de separación, figura de un mundo que ya pasa. 

Requiem, Mozart 

10 de noviembre de 2018

La mujer valiosa. Las viudas vírgenes


Hoy recordamos la entrada más vista del blog. ¿Por qué será la más vista? ¿Atrae el título por su aparente contradicción?

Todos anhelamos la plenitud, y las paradojas que usa la Sabiduría para que comprendamos nos enseñan a integrar, unir, reconocer la única opción, que contiene todas las demás. La viuda lo escenifica hoy ante la mirada de Jesús, que ha de ser nuestra mirada. La limosna de la propia voluntad es don total, único, definitivo, como el Sacrificio de Cristo que recuerda la segunda lectura (Hebreos 9, 24-28).  www.diasdegracia.blogspot.com

           El que pretenda guardar su vida, la perderá; y el que la pierda, la recobrará. 
                                                                                                                 Lucas 17, 33

                                    Tengo miedo de lo que doy, pues me esconde lo que no doy.
                                                                                                             Michel Quoist


Evangelio según san Marcos 12, 38-44

En aquel tiempo, entre lo que enseñaba Jesús a la gente dijo: “¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos. Éstos recibirán una sentencia más rigurosa. Estando Jesús sentado enfrente del arca de las ofrendas, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban en cantidad; se acercó una viuda pobre y echó dos monedas de muy poco valor. Llamando a sus discípulos, les dijo: “Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir."


                                              Óbolo de la viuda, James Christensen

  
La mujer valiosa, ¿quién la hallará?
Vale mucho más que las perlas.

                                                                                                 Proverbios, 31, 10

                                     "Mujer" es la palabra más noble que puede atribuirse al alma
                                       y es mucho más noble que "virgen".
                                                                                                            Maestro Eckhart
                                               

El contraste que nos muestra el Evangelio entre las actitudes de los escribas y la mujer que deposita sus últimas monedas en el gazofilacio, cuando está acabando la actividad pública de Jesús, es contundente. La palabra “viuda” es la que vincula ambos fragmentos, referidos a dos formas opuestas de ser y estar en el mundo.  En este caso, los contrastes a superar, integrar y conciliar en la Unidad a la que estamos llamados son: ricos y pobres, tener y ser, hipocresía y sinceridad, injusticia y amor, egoísmo y generosidad, mezquindad y desprendimiento. La viuda que Jesús mostró a los apóstoles como ejemplo de nobleza y humildad no pretende aparentar nada, es lo que es, inmensa en su gesto, perfecta en su entrega.

Jesús ya había “purificado” el templo con aquel acto de cólera sagrada. Por eso, la contemplación del sacrificio (sacer fare, hacer sagrado) de esta mujer va mucho más allá de cualquier argumento, por otro lado, respetable, sobre si estaba siendo explotada o no. Ella no está dando una limosna a la dimensión humana del templo, sino que, entregando cuanto tiene para vivir, se está ofreciendo a sí misma a Dios, con una actitud de absoluta confianza. Y, en ese darse por entero, cumple ejemplarmente con el primer mandamiento, pues está amando con todo su corazón, toda su alma, toda su mente, todo su ser (Marcos, 12, 30).
Su recompensa está a la altura de su ofrenda. Aunque ella aún no lo sabe, su esposo definitivo será Aquel que ya la está mirando con los ojos radiantes de amor y de ternura.

            Siempre me han impresionado e inspirado las viudas que la Palabra de Dios nos ofrece como modelo. Qué arquetipo tan hermoso, tan profundo y lleno de matices.
La viuda de Sarepta, que, confiando en la providencia de Dios y en el profeta Elías, no se reservó nada para sí (1Reyes 17, 10-16).
Rut, la moabita, que decidió acompañar por siempre a su suegra Noemí, viuda también, que había perdido a sus dos hijos. Cuando esta insistió en que, por su bien, volviera a casa de su madre, para encontrar nuevo marido, aunque la dejara a ella en la soledad y la pobreza, destino de las viudas, Rut pronunció aquellas palabras eternas: “No insistas en que te deje y me vaya lejos de ti; donde vayas tú, iré yo; donde mores tú, moraré yo; tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios” (Rut 1, 16).

El Evangelio de hoy nos invita a contemplar a la discreta y silenciosa viuda pobre que, al dar todo cuanto tiene, en realidad, está dando todo cuanto es y, sin saberlo, en su ofrenda silenciosa, está renaciendo bajo la mirada de Jesús de Nazaret, tan próximo ya a la Pasión.
¿Qué fondo de confianza la sostiene para que sea capaz de darlo todo? ¿Cómo la miraría Cristo, estando a punto de entregarse él mismo, de forma total y definitiva?
Qué inspirador pasaje, para meditar y contemplar el Misterio de un Dios hecho hombre.

La verdadera riqueza, la que perdura, la fortaleza, el poder que mueve montañas consisten en no reservarse nada, ningún bien material o inmaterial. “El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío” (Lucas 14, 33).
Es, de nuevo, la lección de la confianza, de la pobreza en el espíritu, paso previo al necesario morir a uno mismo, que abre las puertas de la Jerusalén celeste, que ya es, aquí, ahora, para el que ha dado ese salto sin red sobre el abismo.

¿Qué podemos ofrecer cada uno para poder dar ese salto? ¿De qué nos cuesta desprendernos? ¿A qué nos aferramos? ¿Seguridad, afectos, comodidades, bienes materiales, rutinas, prejuicios, prestigio, creencias, tranquilidad, proyectos, fantasías, triunfos, fracasos, emociones negativas (porque de todo hay)? Eso a lo que tanto nos cuesta renunciar es nuestra cárcel, los barrotes que nos impiden alcanzar lo verdadero.

La entrega total, en cambio, abrazarse a la cruz, es el puente hacia la Vida, que se despliega bajo nosotros, precisamente, mientras estamos saltando sobre el abismo.
Y no se trata solo de dar o de soltar: hacer una generosa donación a Cáritas o a Vicente Ferrer, renunciar al apego a esa persona sin la que crees que no puedes vivir, abandonar un trabajo que acaricia tu ego y te anestesia, liberarse de tantas comodidades, a veces tan sutilmente diabólicas. Hay que ir a la raíz de la entrega total, transformar las actitudes que nacen en el corazón y son las que pueden ensuciar o limpiar, oscurecer o iluminar nuestras vidas y las de los que nos rodean. Porque, sin amor, cualquier donación desinteresada, cualquier renuncia, cualquier altruismo aparentemente heroico no sirve de nada (1 Corintios 13, 1-3).

Y es que, en el fondo, da igual que se lo diera al templo, del que no quedará piedra sobre piedra (Marcos 13, 2), a un mendigo o al propio Judas, que guardaba la bolsa, (Juan 13, 29). Estamos intentando mirar el gesto de esa viuda y verla a ella con los ojos de Cristo; su nobleza, su ofrenda, su belleza transparente. No sé por qué, la imagino hermosa, no anciana, sino más bien joven, o…, mejor, atemporal, con el cutis terso, la mirada limpia y la mano que deposita los dos leptos, grácil, delicada. Una mujer que había conocido el amor de un hombre y, al perderlo, se entregó al Amor de Dios, alcanzando un nivel y una calidad de pureza infinitamente superior a la de muchas vírgenes solo en lo físico. 
– ¿Qué dices, loca? Exageras, como siempre. ¿Cómo va a recobrar una viuda la pureza de una virgen? ¿Puede el amor a Dios y a los demás transformar así los cuerpos? 
– Claro, pero solo si antes ha transformado el alma.

La viuda silenciosa, iluminada por la mirada del Maestro, tan cerca ya de Su propio Sacrificio en la cruz, tiene, como la generosa viuda de Sarepta o como la fiel y compasiva Rut, el alma traslúcida del que ha logrado la virginidad espiritual, que es la absoluta disponibilidad. Cuánto más bella y trascendente es esta virginidad que la meramente física, que, si no se alcanza también la del espíritu, acaba corrompiéndose, manchándose de soberbia, rigidez y vanidad.

La viuda de Sarepta, Rut, la viuda del templo, las tres son ejemplo de la mujer valiosa, la que añora en los Proverbios Lemuel, rey de Masá (Proverbios, 31, 10). Viudas vírgenes las tres, aunque hubieran tenido cinco maridos como la samaritana, pues la verdadera pureza nace de la disponibilidad para cumplir la voluntad de Dios y ofrecerse por entero a Él y al prójimo. Cada una a su manera, en su lugar y circunstancias, ha pronunciado el “hágase Tu voluntad” que, al brotar del corazón, las hace libres.

También nosotros podemos ser libres si seguimos su ejemplo y el de tantos que se miraron en ellas, que escucharon la Palabra y la pusieron por obra, como Bernardo de Claraval, que dijo: “Siguiendo el ejemplo de aquella mujer del Evangelio, he dado en mi pobreza todo lo que tenía”.

Un paso inicial hacia esa meta sería comprender, por fin, que las Sagradas Escrituras, y muy especialmente el Evangelio, están hablando de nosotros y para nosotros. Solo así nos irá transformando su poderosa alquimia.


Lo que agrada a Dios, Luis Alfredo Diaz

8 de noviembre de 2018

Nuestra Señora de la Almudena. Fidelidad


Evangelio de Juan 19, 25-27

Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.


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La Crucifixión, Rubens


El único verdadero Hijo de Dios es solo Cristo.
Pero cada cristiano debe ser él mismo Cristo.
Aunque Cristo naciera mil veces en Belén 
y no dentro de ti, tu alma estará perdida.
Mirarás en vano la Cruz del Gólgota
hasta que se eleve de nuevo en tu interior.

                                                                                                Angelus Silesius

Siempre me ha gustado ver películas sobre Jesucristo. Ya desde niña, sentía la necesidad de contemplar la humanidad de Jesús y ver a Su madre como una mujer real. Mucho más adelante, hallé una razón más profunda de esa afición y esa necesidad de sentir cerca a mis Modelos. Tiene que ver con que cada mujer está llamada a transformarse, de Eva, en María. ¿Y cada hombre? También, de Adán, en María, porque todos hemos de dar a luz al Hijo interior, mujeres y hombres por igual. Y todos hemos de transformarnos de Eva y Adán, condicionados, limitados, caídos, en Cristo.

Hoy miramos a María, en la Advocación de Nuestra Señora de la Almudena, patrona de Madrid, símbolo de la fidelidad en los conflictos, las guerras y persecuciones, como también se mantuvo firme, sostenida por la Gracia, de la que es mediadora, en el Calvario.

En el evangelio que la liturgia ha elegido hoy, vemos a través de los ojos de María la imagen del Hijo en la Cruz. Porque Jesús nunca murió en su Madre, el mundo no se quedó definitivamente sin luz, dicen los padres de la Iglesia; Él siguió alumbrándonos a través de ella. Cuando nos damos cuenta de esa verdad, comprendemos lo que es María, su verdadera trascendencia y el sentido más profundo del “Hágase en mí según tu Palabra”. Ella renunció a su palabra, para vivir la Palabra. Por eso se convierte en palabra viva y testimonio vivo de Dios.

            Contemplando ese misterio de la Virgen-Madre, una con Su Hijo, desde el Sí luminoso que hizo posible la Salvación, hasta el Sí amargo y fecundo como ninguno junto a la Cruz, me doy cuenta de que, si la Eucaristía es recibir realmente la sangre y el cuerpo de Jesús, ¡y lo es!, Su sangre y la mía se unen y, prodigio de Amor, es también la Sangre de María, madre nuestra, la que nos da vida nueva.

            “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?” (Lc 2, 49). Es en el Templo donde María encontró a Su hijo a la edad de doce años, y en el Templo Le encontramos hoy. Por eso tenemos que convertirnos en Templo donde unirnos a Él, porque los verdaderos adoradores son los que Le adoran en Espíritu y en Verdad. Le encontramos en nosotros, donde está Su sangre, que es también la de María, mezclada con la nuestra. Pero aún no permitimos que la Suya circule por nosotros y por eso, a veces, volvemos a abandonarle. En cambio, para la Madre, su vida no importa ante la vida de Su Hijo. La grandeza de María está vivir la voluntad del Padre sin reserva, hasta el final. Muriendo a su palabra humana, de humilde doncella de Nazaret, dio a la luz a la Palabra. Soportando por obediencia y amor el sufrimiento de ver morir a su Hijo en la Cruz, nos da a luz a nosotros. Sigamos su ejemplo, seamos humildad y silencio, fidelidad y obediencia a la Voluntad de Dios.


                                El diario de María, Martín Valverde

"El origen de la imagen de la Virgen, que con el tiempo se había de llamar Santa María la Real de la Almudena llega, según la tradición, hasta la generación apostólica; y con ella la devoción que siempre ha tenido entre los madrileños. Cuenta la leyenda que fue traída a España por el Apóstol Santiago cuando vino a predicar el Evangelio, y dicen que la pintó San Lucas y la talló Nicodemo… Esta pretensión de atribuir tan remoto origen a la Imagen, es muy de admirar. Lo que sí es cierto es que en la pequeña villa que luego habría de ser capital de España, se veneró desde siempre como Patrona una imagen de la Madre de Dios denominada “Santa María de la Vega” o de “La Concepción Admirable”.
Cuenta la tradición que, a comienzos del siglo VIII, ante la inminencia de la invasión sarracena ocurrida entre los años 711 a 714, los cristianos de la villa para evitar la profanación de la imagen, escondieron a la Señora en un cubo de la muralla; en 1083-1085, siendo Pontífice Gregorio VII, al conquistar Magerit, el rey Alfonso VI, convocó una procesión encabezada por él mismo, y, al llegar junto al cubo de la muralla cercano a la Almudayna, unas piedras se derrumbaron y en el hueco estaba la imagen de la Virgen con los dos cirios encendidos. Era el 9 de noviembre del año 1085."
                                                     De la página web de la Catedral de la Almudena


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Nuestra Señora de la Almudena

3 de noviembre de 2018

Amar en Jesús


Evangelio según san Marcos 12,28b-34

En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?» Respondió Jesús: «El primero es: "Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser." El segundo es éste: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo." No hay mandamiento mayor que éstos.» El escriba replicó: «Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.» Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: «No estás lejos del reino de Dios.» Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.




El Evangelio no consiste sino en una única exhortación: dejad que el corazón se os derrita al sol de Dios.
                                                                                          Klaus Berger

No somos capaces de amar sin condiciones, a no ser que pongamos nuestro corazón bajo el sol de Dios, fuente del verdadero amor, infinito e incondicional, muy diferente del amor humano, que se suele quedar en el apego, el afecto o el sentimentalismo.

El amor al que estamos llamados no es tampoco la benevolencia ni la filantropía; la caridad de Jesucristo es locura de amor. Él ve la imagen de Dios en cada uno de nosotros, por eso Su amor va mucho más allá de lo que se entiende por compasión. Él nos ve a la luz de Dios y nos invita a mirar así y amar así. Si lo logramos, nuestra mirada será tan amplia que abarcará a todos y no amaremos solo a aquellos que tenemos cerca, sino que viviremos en el amor sin condiciones, que es Jesús. 

Es el amor que ha creado el mundo, la fuente de todo bien, de toda belleza y que, como dice Dante, mueve el sol y las estrellas. Pero, ¿quién alcanza ese amor perfecto? Podemos intentar vivir como si ya lo hubiéramos logrado; mirar, hablar, escuchar, actuar como si ya ardiera en el corazón el fuego de ese amor divino. Entonces, un día,  cuando menos lo esperemos, nos sorprenderemos mirando con los ojos de Jesús, actuando con los gestos de Jesús, amando al hermano con Su corazón traspasado por amor. 

El Padre en Jesús, Jesús en mí, yo en todos…. Si amas de verdad, te olvidas de ti mismo, te pierdes en el Otro, tienes como propio todo lo Suyo y pones en Sus manos todo lo tuyo, incluso las miserias, pues poco más tenemos. Entonces todo es amor y puedes decir con San Agustín: “ama y haz lo que quieras”, porque bebes del amor de Jesucristo, que ama sin retener, sin proyectar, sin depender, purifica y acrisola lo imperfecto. 

Porque Él quiere para aquellos a quienes ama lo mejor: el Reino, la Vida que nos está destinada desde antes de los tiempos. La vida humana pasa, si algo es "amable" en ella es el germen de vida divina. Deseemos lo mismo para quienes amamos: la vida divina, el Reino.

Es Dios que amó primero y nos creó por amor para el amor. El pecado original inició el simulacro de amor, que es lo que solemos sentir. Pero el amor de Dios perdura, es infinito y eterno; todo nos comunica el “te amo” de Dios y nosotros hemos de corresponder con su propio “te amo”. 

En ese “te amo” incesante, el Señor nos sigue diciendo, como en la primera lectura (Deuteronomio 6, 2-6), que recoge Marcos en el Evangelio: “Escucha, Israel”. Pero no solemos escuchar, y Le respondemos con ruido y agitación. Que cada instante vuelva a ser un: “Escucha, Israel”. No necesitamos escribir el mandamiento del Amor y cargarlo con nosotros, fuera de nosotros, como siguen haciendo los judíos, en cajitas atadas a la frente. Que no pasen jornadas enteras en que, absorbidos por el ruido y la inercia, olvidemos quiénes somos y para qué existimos. Escribámoslo en el corazón y, si lo olvidamos, que nos baste mirar la Cruz para recordar Quién es Cristo y quiénes somos nosotros en realidad, si merecemos tanto amor. 



Solo podemos amar a Dios y a los demás permaneciendo en Él, amando desde Jesús en nosotros. Lo demás es sensiblería, apego, afecto, costumbre, pero no amor. Amemos al modo de Jesús, poniendo en su abrazo transformador a cuantos se nos ha confiado. Es la inhabitación y mucho más: la fusión de voluntades, volver al Plan original: el amor de Dios derramándose en nosotros, anhelando nuestro amor. Por eso podemos amar también lo que se acaba y consume, porque no vemos ya los cuerpos abocados a la muerte, sino la vida eterna que va creciendo dentro. No miramos lo que corre hacia el polvo y la nada, miramos a Jesús, y amamos en Él, recordando Sus promesas. www.diasdegracia.blogspot.com

N
uestra meta es hacer posible el Reino en todos los corazones, para vivir en el amor de Dios, que no es sentimiento, sino Acto único y eterno, con Su bondad, belleza, verdad, potencia y pureza. Todo eso quiere para nosotros, ¡cómo no amarle! Ya no puedes vivir sin Jesús y Él no puede vivir sin ti, porque tu vida ya es la Suya.

                                               La llevaré al desierto, Sor Tomasina

El grande y primer mandamiento

Para poder amar mucho a Dios en el cielo, es necesario, en primer lugar, amarlo mucho en la tierra. El grado de nuestro amor a Dios, al final de nuestra vida, será la medida de nuestro amor de Dios durante la eternidad. ¿Queremos tener la certeza de no separarnos de este soberano Bien en la vida presente? Estrechémosle cada vez más por los vínculos de nuestro amor, diciéndole con la esposa del Cantar de los cantares: "Encontré al amor de mi alma: lo abracé y no lo solté"(3,4). ¿Cómo ha apresado la esposa sagrada a su amado? Es con el brazo de la caridad con lo que se apresa a Dios, afirma san Ambrosio. Dichoso aquel que podrá escribir con san Pablo: «Que los ricos posean sus riquezas, que los reyes posean sus reinos: pero para nosotros, ¡nuestra gloria, nuestra riqueza y nuestro reino, es Cristo!». Y con san Ignacio: «Dame solo tu amor y tu gracia, eso me basta». Haz que te ame y que yo sea amado por Ti; no deseo ni desearé otra cosa.

                                                                               San Alfonso María de Ligorio