15 de febrero de 2020

Palabras de Vida


Evangelio según san Mateo 5, 17-37

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley. El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe, será grande en el reino de los cielos. Porque os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que esté peleado con su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la gehenna del fuego.  Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y luego vuelve a presentar tu ofrenda. Con el que te pone pleito, procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo. Habéis oído el mandamiento “no cometerás adulterio”. Pues yo os digo: todo el que mira a una mujer casada deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su interior. Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echando entero en el abismo. Si tu mano derecha te hace caer, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero al abismo. Está mandado: “El que se divorcie de su mujer, que le dé acta de repudio”. Pues yo os digo: el que se divorcie de su mujer –no hablo de unión ilegítima– la induce al adulterio, y el que se case con la divorciada comete adulterio. Sabéis que se mandó a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus juramentos al Señor”. Pues yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro uno solo de tus cabellos. Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno.”

El Sermón de la Montaña, Carl Bloch

                                              Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.
                                                                                                       Mateo 5, 48

El Evangelio de hoy puede parecer exagerado, sobre todo en estos tiempos de "tolerancia" y relativismo. ¿Por llamar necio a tu hermano vas al fuego? Sí, lo dice el Maestro. No nos quedemos en lo literal, vayamos a la esencia del mensaje. Llamar imbécil o necio a tu hermano es signo de división, de separación, de lo diabólico… Es la crispación que vemos hoy con tanta claridad.

Mirar a una mujer casada deseándola es adulterio... ¿Exagerado? No, porque Jesucristo quiere que cuestionemos nuestra actitud, que vayamos al corazón donde nace la impureza. Quiere sacarnos de la inercia para mostrarnos la importancia de ser comprometidos y fieles. ¿Sacarse un ojo, cortarse una mano o un pie? Simbólico, claro, pero signo de coherencia y claridad.

Qué listón tan alto, la perfección de la ley, el “más difícil todavía”, que solo el amor hace posible: perdonar al que te hiere, ser impecable en pensamientos, actitudes y sentimientos. Para que entendamos, el Maestro recurre a la hipérbole y a la paradoja que crea nuevas realidades, conciliando opuestos: amigo-enemigo se concilian en el Amor; herida-consuelo, en Amor; pérdida-ganancia, también en el Amor. 

Nos impulsa a dejar de buscar, esperar y confiar aquí abajo, en el mundo limitado y distorsionado de los hombres, para encontrar / ser encontrado por Aquel que nos creó perfectos y del que nos separamos. Jesús olvida todo, perdona todo, asume en Sí mismo todas las consecuencias de nuestra soberbia y vano anhelo de autosuficiencia, de tal modo que convierte la separación en un mal sueño.

Jesús, nuevo Moisés que nos entrega la ley del Amor, la libertad, la confianza… Amar a todos, incluso a los que te hacen daño. Y dejar todo lo que nos encadena al mundo y su lógica diabólica, separadora. Si tu ojo, si tu mano, si tu pie…, arrancarnos apegos, lo que nos hace vivir sin recordar a Dios, orgullosos, endiosados, al borde del precipicio...

Jesucristo viene a perfeccionar la Ley; gracias a Él somos sal y luz del mundo como veíamos el domingo pasado, porque Él lo es, y nosotros somos Su reflejo. Perfectos, como dice la segunda lectura (1 Corintios2, 6-10), porque reflejamos Su perfección. ¿Cómo? Escogiendo seguirle, decidiendo ser fieles en el seguimiento. Es otra justicia, otro orden de leyes, otra sabiduría, la verdadera, como vemos en www.diasdegracia.blogspot.com. Es lo contrario al relativismo que nos rodea; está todo tan contaminado de egoísmo y tibieza que cuesta verlo en uno mismo. 

Hablar sí, sí, no, no…; y pensar y sentir… Se trata de elegir a cada instante a quién o qué seguimos. La vida consiste en escoger, decidir, soltar, optar, ejercicio de la libertad que se nos dio. Es precisamente lo que propone la primera lectura (Eclesiástico 15, 16-21). Qué inspirada la liturgia… La Palabra de Dios está viva, no está congelada; su significado transforma. ¿A quién vamos a ir si solo Él tiene palabras de vida eterna? Porque la verdadera libertad es vivir en Jesucristo.

Qué fácil es escoger ahora, en estos tiempos de crepúsculo y zozobra, qué clara la elección cuando se ve con claridad  la tramoya del gran teatro del mundo, como lo llamó Calderón de la Barca…. Ojalá hubiera escogido antes, cuando era joven, cuando era niña, en lugar de pasar años escuchando palabras mortales y no las Palabras de Vida… Cuántas veces escogí muerte, mentira, humo, ceniza que el viento esparce… O, ¡tal vez no! ¿Cómo iba a escoger muerte si Él me escogió a mí antes aún de que mi madre me concibiera? Tal vez lo que parecía error, fracaso, desvarío, eran penas y carencias "de oficio", sufrimientos necesarios para soltar, purificar, dejar el camino despejado para ver bien la Meta.

Muchos son los llamados y pocos los elegidos… Todos elegidos, predestinados, inscritos en el Libro de la Vida desde siempre y para siempre. Solo hace falta reconocerlo y decir Sí a esa elección que precede a todo… Solo un Sí se nos pide. María lo dio pronto, impecable, perfecto Sí… Dimas lo dio en el último momento de una vida turbia y aparentemente inútil… Y aun así fue el primero en llegar al Paraíso, junto al Señor de la Vida. Cómo no volverse loco de amor por un Dios que ama con locura…

El perfeccionamiento de la ley…, parece imposible cumplir, pero con Él es posible… Sin mí no podéis nada, resuena en el Monte de las Bienaventuranzas y en el Tabor y en el Gólgota… Es el abrazo infinito, el lazo vertical que nos eleva, la maravilla de la Redención, que nos recuerda la profecía de Ezequiel (Ez 36, 25-27):

Derramaré sobre vosotros un agua pura
que os purificará:
de todas vuestras inmundicias e idolatrías
os he de purificar
y os daré un corazón nuevo,
y os infundiré un espíritu nuevo;
arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra,
y os daré un corazón de carne.
Os infundiré mi espíritu,
y haré que caminéis según mis preceptos,
y que guardéis y cumpláis mis mandatos.
Y habitaréis en la tierra que di a vuestros padres.
Vosotros seréis mi pueblo,
y yo seré vuestro Dios.

Mucho más que la Redención, toda la obra de Dios: Creación, Redención y Santificación, se nos da en un Acto Único, infinito y eterno para que podamos pasar de la Santidad humana, muy loable y meritoria, pero insuficiente, a la Santidad Divina para la que fuimos creados. Así lo expresaba Benedicto XVI, en la Solemnidad de Todos los Santos de 2010: "La eternidad no es un continuo sucederse de días del calendario, sino algo así como el momento pleno de satisfacción, en el cual la totalidad nos abraza y nosotros abrazamos la totalidad del ser, de la verdad, del amor."

2. Diálogos divinos. Destellos de Santidad Divina

Señor mío y Dios mío, te ofrezco todo lo que Tú me has dado. No tengo nada para darte, pues soy nada, pero Tú lo eres todo y me has dado todo, por eso puedo dártelo yo a Ti, y Tú me lo devuelves en correspondencia de amor. Me fundo con tu Voluntad Divina, me uno tan estrechamente a Ti que no se me ve, casi desaparezco, y con tus modos e intenciones, Te doy toda la Creación, en mi nombre y en nombre de toda la familia humana, reparando por los que se creen dioses y han pretendido apropiársela. Te doy la Redención, incluyendo a todos los que la han rechazado o despreciado, agradeciéndote y amándote en nombre de todos por tu entrega. Te doy la Santificación, todas las santidades desde el inicio del tiempo de la Gracia, incluyendo a todas las generaciones pasadas, presentes y futuras en esa excelencia que quieres para todos: la Santidad Divina a la que estamos llamados. Reparo por todas las distracciones, las ambiciones, los olvidos y las atracciones mundanas que nos han alejado de esta Unidad contigo, este Sí recíproco, esta acogida definitiva de lo Bueno, lo Bello, lo Verdadero, lo Perfecto, lo Santo que eres Tú, Vida mía, Vida nuestra.

            ¿En qué consiste el órgano de percepción de la verdad? ¿Qué hace al hombre capaz de recibirla? La simplicidad de corazón; pues la simplicidad sitúa el corazón en una posición adecuada para recibir, con pureza, el rayo de la razón, que organiza el corazón para recibir la luz.  
                                                               Karl von Eckartshausen

8 de febrero de 2020

Somos la sal de la tierra y la luz del mundo


Evangelio según san Mateo 5, 13-16

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una vela para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.”

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La luz del mundo, William Holman

        El domingo pasado celebramos la Presentación de Jesús en el Templo y la Purificación de María. Fiesta de la humildad, pues la Purísima no necesitaba purificarse ni el Hijo de Dios ser presentado en el Templo. El post que contemplaba este Misterio terminaba con una cita del Beato Guerrico de Igny que sintetiza la vocación del cristiano: convertirnos en antorcha, ser luz para iluminar a todos y llegar un día a ser la luz inextinguible de un mediodía eterno.

 La luz es el amor que damos, y es también lo que somos y para lo que vivimos: el Reino de la Divina Voluntad en nuestros corazones para que, como es en el Cielo, sea en la tierra. Este ser luz se manifiesta en una respuesta valiente a la llamada a seguir a Cristo, porque la tibieza es penumbra.

El amor hace brotar la luz, lo vemos en la primera lectura de hoy (Isaías 58, 7-10). La caridad lleva a la luz y a la unidad, por eso dice Isaías: “no te cierres a tu propia carne”, cuando se refiere a las obras de misericordia hacia los hermanos. La oscuridad es replegarse sobre uno mismo, cerrarse a los demás. La “justicia”, esto es, el amor, es lo que brilla en las tinieblas, como subraya el Salmo 111.

        Jesús es para nosotros modelo de caridad. Mirando con sus ojos, hablando con su voz, tocando con sus manos, alumbramos como Él, y la oscuridad de la separación, del egoísmo, del individualismo, se vuelve luz.

Si el Maestro nunca permaneció indiferente ante el sufrimiento humano, sus discípulos debemos compartir las angustias y las tristezas, las alegrías y las esperanzas, con amor y coherencia. Seamos luz tras su luz, amor inextinguible, tras sus huellas.


Podemos ser la sal de la tierra que se diluye, humilde, y da sabor a la vida, como quiere Jesús. Pero también podemos ser sal que se ha vuelto sosa e inútil, o, ¡ay! podemos ser la sal muerta de la mujer de Lot y de todos aquellos que, mirando el pasado, se solidifican, se endurecen  y se pierden el presente, la vida que nos dieron para amar. La opción es clara: amor o miedo, alegría o dolor inútil, muerte o vida, sabor o sucedáneo, sueño o camino de regreso a casa. ¿Qué sal queremos ser?



            Como hay varios tipos de sal, también hay diferentes tipos de luz. Hay luces de neón, falsas, artificiales. Hay también luces buenas, que alumbran pero en seguida se apagan. 

              Y hay una luz que refleja la Luz de Dios y que no siempre se manifiesta como la claridad que los ojos ven. Porque la noche oscura del alma es el preludio de la luz verdadera, luz viva y transmisora de vida, que no se apaga nunca.


              Estamos acostumbrados a simbolizar lo divino con la luz, que vence a la oscuridad de la ignorancia, el pecado y la muerte. Pero, como bien saben los místicos, a veces el Encuentro se produce en la profundidad de esa noche oscura, camino iniciático y solitario del alma que se ha atrevido a adentrarse en la espesura de su propio corazón para descubrir la esencia que allí late. Son muchos los demonios, tentaciones y fantasmas que acechan en el trayecto…   

            No se puede ser luz sin haber atravesado la tiniebla. Si acaso, luz tenue o efímera. Pero estamos llamados a ser luz inextinguible, llama de amor viva. El que persevera en este duro caminar por la muerte de los sentidos es el que ve cómo su tiniebla se convierte en mediodía eterno, tras el encuentro con Jesucristo, la Luz del mundo, en el centro del Ser.

Ya nada  nos separará de Aquel en el que somos Luz, sin tener que renunciar a lo que somos como individuos. Luz individualizada (de indiviso) en la Unidad, puro amor, pura luz, increada junto al Verbo, parte suya para siempre, plenitud esencial en lo Uno.

       El Miserere (Salmo 51) y el Magnificat (Lucas 1, 46-55), que recitamos cada tarde, evocan la sombra y la luz, porque también a oscuras se puede amar, mejor a veces, como Cristo en el Gólgota, con la soledad y el desamparo que preceden al alba de la Resurrección.

Ser luz del mundo, reflejando la Luz de Jesús, que ilumina con su presencia y muestra el camino a los que están atentos a su llamada. El que la escucha, y responde con un sí incondicional a sus propuestas, ve cómo se enciende una llama incandescente e inextinguible en el corazón, aunque sea de noche, pues casi siempre es de noche en la gran tribulación.

Ser luz es acomodar la propia voluntad a la voluntad de Dios. Porque, cuando no lo hacemos, vivimos en tinieblas. Cuando lo hacemos a medias o con reservas, vivimos en penumbra, y esa penumbra tenebrosa es estéril, no tiene nada que ver con la fecunda noche oscura del alma, que antecede a la aurora. 

 Vivir en la Luz es ser Uno con el Padre, asumir Su voluntad como propia, con ese Fiat total e incondicional que nos permite ser perfectos, a pesar de las sombras, los errores y limitaciones de nuestra condición humana. Perfectos en el Sí, todo lo demás es anecdótico. Cuando se hace propia la voluntad del Padre, se puede resucitar y comprender el verdadero sentido del Magnificat, que canta la única que no tenía que resucitar.

La sal y la luz…, ¿qué sal y qué luz? ¿El sodio solidificado del que solo mira al pasado y el neón que aturde y solivianta, que excita y confunde; o la opción de "los de Cristo": ser sal viva y luz real? La sal viva da sabor para nutrir; la luz real enciende más luz. ¿Muertos que entierran muertos o trabajadores del Reino? 

Somos sal viva y luz verdadera si amamos y manifestamos ese amor con obras. Porque entonces reflejamos, como Jesús, la Luz infinita y atemporal del Padre, que es Amor.

 Beatus Vir, Vivaldi 
  
            La sal sosa no sirve, la luz escondida no sirve..., dice el Evangelio hoy. Nuestro propósito es servir para que todos descubran el Reino del Amor en sus corazones. Y para ello, hemos de ser humildes y generosos, como la sal, que se diluye, como la luz que alumbra sin condiciones.

Cristo encarnó; nosotros también hemos de encarnar, encontrando ese cuerpo profundo donde es posible el Amor incondicional que Él nos enseña. El que se ha hecho uno con Jesús, miembro eterno de su Cuerpo Místico (1Cor 12, 27), se alimenta de Su luz, el universo lo atraviesa y está completamente vivo. 

Somos hijos de la luz (Ef 5, 8). El camino del cristiano es un encuentro con la luz que, si no se vive hoy, difícilmente nos esperará en la vida futura. Jesús es la luz del mundo (Jn 8, 12) y, con Él, somos la luz del mundo. www.diasdegracia.blogspot.com

1 de febrero de 2020

Ser Luz


Evangelio según san Lucas 2, 22-40

Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: “Todo primogénito varón será consagrado al Señor”, y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: “un par de tórtolas o dos pichones”. Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”. Su padre y su madre estaban admirados por todo lo que se decía del niño. Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: “Mira, este está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma”. Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel. Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret, El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.

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La Presentación del Niño Jesús en el Templo, Giotto

                                                                                    Yo sé de quién me he fiado.

                                                                                                         2 Timoteo 1, 12

Sí, Jesús basta; donde está Él no falta nada. Por muy queridos que sean aquellos en quienes brilla un reflejo de Él, es él quien constituye siempre el Todo. Es Todo en el tiempo y en la eternidad. 

                                                                          Charles de Foucauld
                                                                                                      
En la primera lectura de hoy (Malaquías 3, 1-4), aparece una prefiguración de Jesucristo como Salvador. Se nos dice que viene como fuego que purifica, como lejía que blanquea, como fundidor que refina y sutiliza… Podemos participar de esa Obra que Él hace en nosotros, si actuamos, pensamos sentimos en Él, porque Él transforma todo, refina todo, purifica todo. Y como Él no viene con paños calientes ni algodones, nosotros hemos de ser también decididos y coherentes en esta labor necesaria para que la ofrenda que somos pueda ser presentada.

El Verbo se hizo hombre para liberarnos, nos recuerda la segunda lectura (Hebreos 2, 14-18). Y como hombre, con muerte de hombre, venció al diablo, al separador, “y liberó a todos los que por miedo a la muerte pasaban la vida entera como esclavos.” Se hizo hermano nuestro para elevarnos, y ha pasado voluntariamente por la prueba del dolor para “auxiliar a los que ahora pasan por ella.” 

            Se ha hecho uno de nosotros para que nosotros seamos uno con Él y con el Padre. Porque la vocación definitiva del hombre es la unidad con el Único. Qué misterio grandioso para la mente…, solo el corazón vislumbra su grandeza. www.diasdegracia.blogspot.com

Después de haber sido testigos del inicio de la actividad pública de Jesús, ya adulto, la liturgia nos propone que hoy volvamos “atrás”, al momento de la Presentación en el Templo, para conocer mejor a Aquel a quien seguimos y de quien nos fiamos. En el versículo que precede inmediatamente al Evangelio de hoy, leemos: y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción (Lc 2, 21). 

       Ese Nombre, que significa Salvador, es la mejor, más efectiva y poderosa bendición que podemos dar y darnos. Nombre nuevo y antiguo, Nombre eterno, que no separa ni divide como el resto de los nombres, sino que ilumina, transforma y da la Vida.

Cuarenta días después de su nacimiento, como establecía la ley de Moisés, María y José llevan al Niño Jesús al templo, con el fin de ofrecerlo al Señor. Con este ritual se llevaba a cabo la purificación de la madre y la ofrenda del primogénito a Dios. Otro ejemplo claro de que cuando Jesús irrumpe en la Historia, no abole las leyes, sino que las completa y perfecciona, las trasciende dentro de ellas. 

Los dos pichones que llevan, la “tasa” de los pobres, son todo un símbolo, como su nacimiento en el portal de Belén, de la actitud que Jesús tendrá, y nos enseñará a tener, hacia las riquezas del mundo, y de quiénes son sus “preferidos”: los pobres, los últimos, los excluidos, los abandonados.

Cristo, el Consagrado del Padre, primogénito de la nueva humanidad. Porque Lo hemos “visto”, podemos, como Simeón, irnos en paz cuando llegue la hora, ya no hay miedo a la muerte, lo ha conjurado Jesús. Desde el principio, su existencia terrena es una purificación destinada a todos. “Y a ti una espada te traspasará el alma”: es el anuncio del sufrimiento extremo de María, corredentora, como todos los que saben aceptar y entregar el sufrimiento. 

                                    Ave María, Bach-Gounod

Mirad hacia Él y quedaréis radiantes” (Sal 33,6). No tanto para llevar en vuestras manos una antorcha sino para ser vosotros mismos antorcha que brilla por dentro y por fuera, para vuestro bien y bien de los hermanos.
              Y tú, que posees tantas lámparas interiores que te iluminan, cuando se apague la lámpara de esta vida, brillará la luz de la vida que no se apagará jamás. Será para ti como la aparición del esplendor del mediodía en pleno atardecer. En el momento en que piensas que vas a extinguirte, te levantarás como la estrella de la mañana (Jb 11,17), y tus tinieblas se transformarán en luz de mediodía (Is 38,10).
                                                                                     Beato Guerrico de Igny