María se puso en camino y fue aprisa a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas esta oyó el saludo de María, la criatura saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: "¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá."
La Visitación, Van der Weyden
COMUNIÓN DE LAS AGUAS
María e Isabel, dos senos llenos de Vida.
Uno, virginal, de mujer muy joven, casi niña,
fecundado por el Espíritu.
El otro, de mujer cansada,
desierto de carne seca,
que el Espíritu empapa y hace fértil,
para que la semilla de hombre fructifique.
Manos que se cruzan en los vientres,
miradas que manan amor reverente,
éxtasis de asombro.
Cuerpos que se encuentran e intercambian
los latidos nuevos.
Signo de infinito, dar y recibir.
Fiat, hágase.
La obra entregada que,
aceptada y transformada,
se convierte en Obra.
Propósito y existencia,
materia iluminada por el Verbo increado,
que se hace carne para elevar, transfigurar la carne.
En aquel tiempo, la gente preguntaba a Juan: “Entonces, ¿qué hacemos?” Él contestó: “El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo”. Vinieron también a bautizarse unos publicanos y le preguntaron: “Maestro, ¿qué hacemos nosotros?” Él les contestó: “No exijáis más de lo establecido”. Unos militares le preguntaron: “¿Qué hacemos nosotros?” Él les contestó: “No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie, sino contentaos con la paga”. El pueblo estaba en expectación, y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos: “Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego; tiene en la mano el bieldo para aventar su parva y reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga”. Añadiendo otras muchas cosas, exhortaba al pueblo y le anunciaba la Buena Noticia.
San Juan Evangelista y San Juan Bautista, El Greco
Vosotros mismos sois testigos de que yo dije:
“Yo no soy el Mesías, sino que he sido enviado delante de Él.”
(…) Él tiene que crecer, y yo tengo que menguar.
Juan 3, 28, 30
El cuadro del Greco simboliza el Antiguo y Nuevo Testamento, el mayor de los nacidos de mujer junto al discípulo amado, llamado a ser ciudadano del Reino de los cielos. El mensajero y el testigo. Profecía y realidad.
El Antiguo Testamento adquiere su plenitud de sentido y significado en el Nuevo. La vida de Jesús cumple lo que los profetas vaticinaron muchos siglos antes. Ya lo dice San Agustín: La ley estaba preñada de Cristo. En Jesús se cumplen las antiguas profecías. “Mesías” y “Cristo” significan “Ungido”, el enviado para anunciar la buena nueva, para liberar, sanar y dar esperanza.
Pero el mesianismo de Jesús y el programa de vida que propone son un desafío para los prejuicios y las creencias establecidas, de entonces y de ahora. Porque Él viene a desmontar toda convención, toda norma vacía de contenido, y a presentarnos a un Dios que es Padre. Nos ofrece una experiencia filial, infinitamente más valiosa y transformadora que las creencias. Jesús no pretende tener razón sino anunciarnos la buena noticia y hacer todo nuevo.
Su enseñanza no tiene nada que ver con las expectativas de la época, ni tampoco con las nuestras. Él viene a liberar, a sanar, a devolver la dignidad, a salvarnos de la esclavitud, en primer lugar de esas cárceles interiores en las que nos encerramos nosotros mismos para preservar nuestra comodidad y nuestro control, siempre falso de nuestras vidas, tan mezquinas e inútiles sin Él. Dichoso el que no se escandalice de Jesucristo, y se atreva a liberarse de todo lastre para seguirle en la inocencia y el anhelo de verdad.
Con Él surge el cambio de paradigma más radical y revolucionario: acaba la fe inmadura, heredada, basada en la letra y lo aprendido, y comienza la fe viva, experimentada, que supone vivir a Dios, tener una experiencia de Él.Corramos, como hijos pródigos, al encuentro del Padre que nos muestra Aquel que viene, que siempre está viniendo. Un Padre que es amor, plenitud, dicha infinita, que nos transforma, restaura y completa, si nos dejamos, para que seamos Uno en Él. Es lo que celebramos hoy, Tercer Domingo de Adviento, Domingo Gaudete, Domingo de la Alegría.
Jesús nos trae esta alegría verdadera, un “jubileo” continuo, que nos libera de deudas y también de miedo, culpa, tristeza y soledad. Juan hablaba de normas, cumplimientos, reglas externas, Jesús hablará de la transformación interior necesaria y previa para poder hacer. Juan les decía lo que tenían que hacer, Jesús les decía, nos dice, lo que hemos de ser.
La enseñanza literal ha de ser peldaño para acceder a niveles superiores de la Enseñanza, dinámica y expansiva, viva porque brota del Verbo, del Resucitado, del Viviente, y de la experiencia transformadora de Comunión con Él que cada uno de nosotros seamos capaces de vivir y compartir.
La mejor conversión es dejar que la misericordia nos impregne hasta ser capaces de amar como Jesucristo ama. Si aprendemos a amar así a nuestros hermanos, estaremos amando a Dios, porque seremos en Jesucristo, uno con Él en Su Amor. Y Él, no solo es el rostro visible de Dios, sino también el presente de Dios, su continua actualización para quienes hemos sido enviados para anunciar la libertad a los cautivos, y ser testigos ante el mundo de que los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la Buena Nueva.
Hoy nosotros, expectantes, también preguntamos, como los que escuchaban a Juan el Bautista: ¿qué hacemos? Y el mismo Jesús nos responde: "soltad todo lo que impide que Yo venga a vuestro corazón. Yo, por amor a vosotros, renuncié a mi inmortalidad, tomé vuestras culpas, sentí como propias todas vuestras miserias, viví todos vuestros sufrimientos y todas vuestras muertes. Renunciad a todo germen de voluntad humana separada de Mí, para llenaros de Mí. Conoceréis el verdadero amor, la verdadera libertad, la verdadera alegría."
A los seis meses, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo; bendita tú entre las mujeres”. Ella se turbó ante estas palabras, y se preguntaba qué saludo era aquel. El ángel le dijo: "No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin". Y María dijo al ángel: “¿Cómo será eso, pues no conozco varón?” El ángel le contestó: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible". María contestó: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”.
La Inmaculada Concepción, Zurbarán
La dicha de María ha sido mayor porque Dios nació espiritualmente en su alma que porque nació de ella según la carne.
San Agustín
Mientras preparamos nuestro hogar interior para poder recibir y acoger a Aquel que viene, que siempre está viniendo, celebramos la fiesta de la Inmaculada Concepción. María, la nueva Eva, como la vieron los Padres de la Iglesia, es inmaculada desde que fue concebida; no necesitó purificación ni transformación. Su concepción fue diferente del resto de las criaturas, marcadas por la caída original, para poder ser el receptáculo humano del Verbo, el seno virginal donde se gestó el Hijo de Dios.
En www.diasdegracia.blogspot.com, encontramos más claves para aprender de María esta disponibilidad que da libertad e inocencia. En el vídeo Diálogos divinos, sobre las enseñanzas de Jesús a Luisa Piccarreta, nos damos cuenta de que "Inmaculada Concepción" significa algo mucho más profundo y trascendente que nacida sin mancha de pecado.
Porque María era completa y absolutamente virgen. No solo no conocía varón, como dijo al ángel con transparencia, algo que está al alcance de cualquier criatura, sino que, además, y sobre todo, era esencialmente virgen, originalmente virgen, eternamente virgen.
Dios se había reservado una criatura así para que fuera la madre de Su Hijo. En palabras del Maestro Eckhart:“Virgen indica alguien que está vacío de toda imagen extraña, tan vacío como cuando todavía no era. Libre y vacío, por amor de la voluntad divina, para cumplirla sin interrupción.”
Llena de gracia, es el título que la otorga el arcángel Gabriel (Lucas 1, 28), lo que quiere decir que en ella todo había sido renovado desde el inicio de los tiempos. Su alma, diáfana para dejarse traspasar por la Luz, su espíritu, eternamente puro, hasta los átomos de su cuerpo, todo había sido preservado.
Ninguna otra criatura nació en ese estado de pureza primordial. Sin embargo, también nosotros estamos llamados a dar a luz a Cristo. Podemos y debemos lograr que Él nazca espiritualmente en nuestras almas. ¡Qué plenitud de sentido puede darnos tan maravillosa misión!
¿Cómo ha de ser una madre espiritual de Dios? ¿En qué debemos transformarnos para poder ser casa de Dios y dar a luz al Cristo interior? En vírgenes de alma o de espíritu, disponibles sin reserva, mental y emocionalmente liberados de las seducciones de lo material, de la figura, imagen o representación de este mundo que ha de pasar, que ya está pasando para quien puede percibirlo.
Y nacerán los cielos nuevos y la tierra nueva, porque esa virginidad del alma va unida a una fecundidad prodigiosa como la de María, mujer, virgen y madre. Una fecundidad que, si se alcanza, se desborda para ser compartida, se expande gozosa sin límite ni obstáculo.
María, la Inmaculada, es nuestro modelo por excelencia, la primera criatura en la que se produjo el misterio del “nacimiento interior del Cristo”. Si seguimos la estela de su Luz llegaremos a la meta. El camino pasa necesariamente por imitarla y hacernos humildes, disponibles, vacíos de ego, libres del mundo y sus afanes, llenos de amor para poder concebir la Vida divina en nosotros.
Duns Scoto, Defensa de La Inmaculada Concepción
Duns Scoto, Sobre la Voluntad de Dios
Nada hay en la fiesta que celebramos hoy, o en el culto de hiperdulía que damos a la Virgen, de sensiblero. A pesar de la confusión que pueda crear cierta iconografía, María está muy alejada del remilgo o la cursilería. Siempre atenta, audaz y coherente, ya lo dijo todo en los Evangelios. Basta con evocar sus contadas y fundamentales apariciones en los textos sagrados, o con recitar de vez en cuando esa oración alegre, entusiasta y revolucionaria que es el Magníficat (Lucas, 1, 46-55).
Si unimos ese maravilloso himno de alabanza y amor a la valiente y decidida aceptación inicial: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lucas 1, 38), al imperativo “Haced lo que Él os diga” en Caná (Juan 2, 5), y a su presencia silenciosa ante la Cruz (Juan 19, 25) y en Pentecostés (Hechos 1, 14; 2, 1), tenemos el legado de nuestra Madre, la más sencilla y completa guía de Vida.
Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador;
porque ha mirado la humildad de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí;
su nombre es santo
y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.
El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos,
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia
—como lo había prometido a nuestros padres—
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.
En el año decimoquinto del imperio del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Felipe, tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanio, tetrarca de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: «Voz del que grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; los valles serán rellenados, los montes y colinas serán rebajados; lo torcido será enderezado, lo escabroso será camino llano. Y toda carne verá la salvación de Dios».
San Juan Bautista, Juan Sariñena
En un momento dado el Señor vino en carne al mundo. Del mismo modo, si desaparece cualquier obstáculo por nuestra parte, en cualquier hora y momento se halla dispuesto a venir de nuevo a nosotros, para habitar espiritualmente en nuestras almas con abundancia de gracias.
San Carlos Borromeo
El Hijo de Dios, el Salvador, Jesús, nació en la tierra, en la historia, en nuestro mundo de límites, para transformarlo y transformarnos, para devolvernos la dignidad, la semejanza con el Creador. Se hace uno de nosotros, el Infinito viene a lo finito por Amor.
El Incondicionado, el Verbo increado, decide encarnar, nacer y vivir entre nosotros, criaturas condicionadas, pero Él no se cree la representación de este mundo que ya pasa, tan hermosa a veces y tan terrible, no se deja arrastrar por las múltiples posibilidades, sabe que es un drama con fecha de caducidad. Por eso nos enseña a ser auténticos, coherentes con lo que somos, imagen y semejanza Suya.
Volvamos al desierto a escuchar la voz que anuncia la llegada de Jesús. Soltemos disfraces, proyecciones, fantasías, voces de sirenas traicioneras. Volvamos al silencio, a la esencia, que no está en lo que el mundo valora, sino en lo humilde, lo sencillo. Como la Madre, María Inmaculada, que celebraremos el próximo miércoles, la única criatura verdaderamente libre, inocente, capaz de acoger el Misterio en su seno y de aplastar la cabeza de la serpiente embaucadora, el adversario, el separador, príncipe de este mundo donde la mentira se disfraza de verdad y lo virtual de real.
ElBautista anuncia a Aquel que viene a instaurar el Reino de la Verdad, la Paz y el Amor. Juan es el puente entre la larga espera del Mesías y Su llegada. Sabe que Aquel que viene a juzgar el universo viene, a la vez, a perdonarlo, a recapitular todo para hacer nuevas todas las cosas.
Acaba el "seréis como dioses" y todas sus diabólicas versiones (dia-bólicas, separadoras), con las di-versas posibilidades y futuribles que nos convierten en "expertos" en fantasear y proyectar, en lugar de vivir. ¿Cómo allanar lo escabroso, cómo enderezar lo torcido, como transformar todo? Convirtiéndonos (con–versión), para renacer, hombres y mujeres nuevos, conscientes de que hemos muerto con Cristo yhemos resucitado con Él. www.diasdegracia.blogspot.com
Dice san Gregorio Magno: “¿Qué es esta vida mortal sino un camino? ¡Qué locura, hermanos míos, agotarse en el camino, no queriendo alcanzar el fin!... Así, hermanos míos, no améis las cosas de este mundo, que, como vemos según los acontecimientos que se producen alrededor nuestro, no podrá subsistir por mucho tiempo”.
Y Chesterton, también actual, siempre lúcido, con una afirmaciónque hizo justo antes de morir y que deberíamos repetir hoy (siempre es hoy): "El asunto está claro ahora. Está entre la luz y las sombras, cada uno debe elegir de qué lado está." Y la Luz que viene es Jesucristo, que ilumina el camino para llegar a la meta de dicha y plenitud que Dios soñó para cada uno de nosotros. Él es la Luz del mundo y las sombras son el mundo, este laberinto de posibilidades, algunas tan apetecibles e incluso buenas. Pero ¿quién quiere lo bueno, cuando tiene lo Bueno? Las sombras, las posibilidades, tan legítimas y plausibles a veces..., cantos de sirena que nos entretienen girando en círculo, como burros atados a la noria, para que no veamos la espiral que eleva, la única posibilidad, el regreso a Casa.
Alegría, confianza y consuelo nos transmiten la lecturas de estos días. Porque no se trata de recrearse morbosamente en los remordimientos que nos anclan al pasado y solo crean más pasado, sino de una conversión serena y decidida para mirar hacia el mejor futuro, el que preparó para todos Jesucristo, y Juan lo vio y lo anunció. Nosotros solo tenemos que aceptarlo y vivirlo, en unquerer que venga, sabiendo que ya viene, que ya está y salimos a su encuentro. Nos preparamos para recibir a Aquel que viene detrás de Juan, Aquel que tanto nos amó como para hacerse uno de nosotros en el mundo, para vencer y trascender el mundo, sembrando en nuestros corazones la semilla del Reino.