5 de mayo de 2018

En Su Amor


Evangelio según san Juan 15, 9-17
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a la plenitud. Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido; y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros”. 


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La Última Cena, Luis Tristán


De repente, sentí como si viese la belleza secreta del corazón, la profundidad donde no alcanza ni el pecado ni la codicia, la criatura tal como es a los ojos de Dios. Si pudiéramos vernos mutuamente de esta forma, no habría motivo para la guerra, el odio, la crueldad. Creo que el gran problema consistiría entonces en que tendríamos que postrarnos para venerarnos mutuamente.
                                                                               Thomas Merton


Ama y haz lo que quieras, decía San Agustín, no como rebeldía o provocación, sino porque en el amor a Dios y al prójimo se sostienen toda la ley y los profetas (Mt 22, 40). El amor es más fuerte que el miedo y la muerte, más que las leyes y los dogmas, más fuerte que todo. Los que han llegado al amor que nace de la intimidad con Jesús están en la plenitud de la ley (Rom. 13, 10) y viven libres, confiados en Dios, abiertos al mandamiento nuevo, que contiene y sostiene todo y a todos.

Jesucristo, que se ha hecho amigo, hermano, tan cercano que quiere fundirse con cada uno instituyó el mandamiento del amor y lo situó en la cima de su enseñanza. En ese amor esencial que brota del alma del verdadero discípulo que se sabe amad, encontramos el terreno fértil para el entendimiento, la armonía y la unidad.

Intimior intimo meo, dice también San Agustín, porque el Señor está más cerca y más dentro de cada uno que uno mismo, por eso hoy se sigue repitiendo la palabra del domingo anterior: permanecer (menein), para aludir a esa mutua inmanencia, esa donación recíproca que nos realiza y que se vive de manera especial en la Eucaristíawww.diasdegracia.blogspot.com

El Señor no se conforma con un corazón dividido y condicionado, como solemos amar en el mundo. Cuando Él nos elige como amigos y nos destina para que vayamos y demos fruto y ese fruto permanezca, espera que le ofrezcamos nuestro corazón entero y de una vez. Él, a cambio, maravilloso intercambio, se da a Sí mismo, la plenitud, la alegría verdadera, la llama de amor viva, capaz de transformarnos.

Pero, ¿dónde está el amor al otro, el prójimo, el hermano, en esa intimidad con el Señor? En el mismo centro: un solo latido, un único amor. No se puede amar a Dios sin amar a los demás. Del mismo modo que no se puede amar a los hermanos con un verdadero amor, más allá de los afectos sensibles, sin amar a la Fuente misma del amor, sin haber reconocido esa fuente en nosotros.

Porque el Amor con que Dios nos ama y nos enseña a amar nunca puede ser limitado, es un abrazo total, incondicionado, hasta el extremo, y aunque aún no seamos capaces de vivirlo así siempre, nos miramos en Él, somos en Él un solo Amor. para dar frutos de amor y de unidad. 

Esa es la clave: para amar como Jesús nos ama, es preciso salir de ese sí mismo mezquino e inseguro, para encontrar el Sí mismo de Cristo, donde todos somos Uno. Entonces, ya no se trata de sentir amor o expresar amor, sino de Ser amor, que se manifiesta en un solo acto eterno, siempre el mismo y siempre nuevo.

Todo lo que hizo Jesús en su vida exterior y en la interior, fue para compartir con nosotros ese amor que llena, colma, rebosa y transforma para que demos fruto. Es la Nueva Alianza; Dios quiso vivir una relación íntima de amor con el ser humano desde el inicio de la Creación. Jesús vino a restaurar esa relación que el hombre rompió. 

Dice San Cirilo de Alejandría: desde el momento en que ha amanecido para nosotros la luz del Unigénito, somos transformados en la misma Palabra que da vida a todas las cosas. Para que superemos el asombro y asumamos la maravilla a la que estamos llamados: ser en Él y lo que Él pide, hoy se nos repite lo que leíamos el domingo pasado: lo que pedimos en Él, se realiza, pues es Dios en cada uno el que pide a Dios. Podría parecer magia pero es infinitamente más profundo y cierto que la magia y los milagros, pues conlleva un proceso de conocimiento, entrega, renuncia a lo que no somos, fusión con Su Voluntad.

Es la "danza" divina en la que Jesús nos da lo Suyo y toma lo nuestro. Es el amor que Dios quiso dar al ser humano desde siempre. El hombre lo rechazó y desde entonces el cortejo fue incesante y lo sigue siendo hasta que aceptemos ser real y definitivamente Uno con Él. 


Cantar de los cantares,
versión hebrea por Mª Magdalena A. Scholz



DEUS CARITAS EST

N. 17. 17. En efecto, nadie ha visto a Dios tal como es en sí mismo. Y, sin embargo, Dios no es del todo invisible para nosotros, no ha quedado fuera de nuestro alcance. Dios nos ha amado primero, dice la citada Carta de Juan (cf. 4, 10), y este amor de Dios ha aparecido entre nosotros, se ha hecho visible, pues « Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él » (1 Jn 4, 9). Dios se ha hecho visible: en Jesús podemos ver al Padre (cf. Jn 14, 9). De hecho, Dios es visible de muchas maneras. En la historia de amor que nos narra la Biblia, Él sale a nuestro encuentro, trata de atraernos, llegando hasta la Última Cena, hasta el Corazón traspasado en la cruz, hasta las apariciones del Resucitado y las grandes obras mediante las que Él, por la acción de los Apóstoles, ha guiado el caminar de la Iglesia naciente. El Señor tampoco ha estado ausente en la historia sucesiva de la Iglesia: siempre viene a nuestro encuentro a través de los hombres en los que Él se refleja; mediante su Palabra, en los Sacramentos, especialmente la Eucaristía. En la liturgia de la Iglesia, en su oración, en la comunidad viva de los creyentes, experimentamos el amor de Dios, percibimos su presencia y, de este modo, aprendemos también a reconocerla en nuestra vida cotidiana. Él nos ha amado primero y sigue amándonos primero; por eso, nosotros podemos corresponder también con el amor. Dios no nos impone un sentimiento que no podamos suscitar en nosotros mismos. Él nos ama y nos hace ver y experimentar su amor, y de este « antes » de Dios puede nacer también en nosotros el amor como respuesta.

En el desarrollo de este encuentro se muestra también claramente que el amor no es solamente un sentimiento. Los sentimientos van y vienen. Pueden ser una maravillosa chispa inicial, pero no son la totalidad del amor. Al principio hemos hablado del proceso de purificación y maduración mediante el cual el eros llega a ser totalmente él mismo y se convierte en amor en el pleno sentido de la palabra. Es propio de la madurez del amor que abarque todas las potencialidades del hombre e incluya, por así decir, al hombre en su integridad. El encuentro con las manifestaciones visibles del amor de Dios puede suscitar en nosotros el sentimiento de alegría, que nace de la experiencia de ser amados. Pero dicho encuentro implica también nuestra voluntad y nuestro entendimiento. El reconocimiento del Dios viviente es una vía hacia el amor, y el sí de nuestra voluntad a la suya abarca entendimiento, voluntad y sentimiento en el acto único del amor. No obstante, éste es un proceso que siempre está en camino: el amor nunca se da por « concluido » y completado; se transforma en el curso de la vida, madura y, precisamente por ello, permanece fiel a sí mismo. Idem velle, idem nolle,[9] querer lo mismo y rechazar lo mismo, es lo que los antiguos han reconocido como el auténtico contenido del amor: hacerse uno semejante al otro, que lleva a un pensar y desear común. La historia de amor entre Dios y el hombre consiste precisamente en que esta comunión de voluntad crece en la comunión del pensamiento y del sentimiento, de modo que nuestro querer y la voluntad de Dios coinciden cada vez más: la voluntad de Dios ya no es para mí algo extraño que los mandamientos me imponen desde fuera, sino que es mi propia voluntad, habiendo experimentado que Dios está más dentro de mí que lo más íntimo mío.[10] Crece entonces el abandono en Dios y Dios es nuestra alegría (cf. Sal 73 [72], 23-28).
                                                                                              Benedicto XVI

28 de abril de 2018

Permanecer en Cristo


Evangelio según San Juan 15, 1-8 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo poda para que dé más fruto. Vosotros estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí, lo tiran fuera, como al sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que deseéis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos.




El camino del cristiano lo encontró Aquel que es “el camino” y es una felicidad encontrarlo. El cristiano no se pierde en los rodeos y es salvado felizmente para la gloria.
                                                                     Soren Kierkegaard

                          En Él vivimos, nos movemos y existimos.
                                                               Hechos 17, 28

Permanecer, menein, mutua inmanencia, una de las palabras que más aparece en el Evangelio de San Juan. Permanecer en Cristo, indisolublemente unidos a Él nos hace capaces de dar fruto, para lograr la Obra que vinimos a realizar. Realizarla, cumplirla, y entregarla, es realizarnos (real-izarnos), cumplirnos, entregarnos. Y para ello hay que soltar, desnudar, quitar lo que sobra como hace el escultor para que aparezca la figura que soñó. Es el sentido de la poda que hoy menciona el Evangelio.

Si no somos capaces de podarnos nosotros mismos, muriendo a lo que no somos para manifestar lo que somos, tarde o temprano seremos podados a fin de que el sarmiento no se seque, sino que sea alimentado por la misma savia que fluye por toda la vid.

Sarmiento y vid, individuo y Unidad, circulación de vida que nos nutre y comunica. Comunión, la maravilla del Amor, que nos permite ser completamente Uno sin  disolvernos. Uno y distintos, no por conservar la personalidad transitoria e irreal, sino para seguir amando desde el Ser verdadero que Dios soñó para cada uno, en una interrelación eterna.

Un amor que está a salvo del desgaste y la entropía. Un amor que  crece, se expande sin cesar, continuamente revitalizado, siempre el mismo y siempre nuevo. Porque el Uno está tan lleno de amor que necesita reciprocidad; busca ese “tú” al que amar eternamente. Por eso el cristiano sabe que no ha de disolverse en la nada, que Dios ama a cada ser humano con su nombre real, Uno con Él y, a la vez, distinto. www.diasdegracia.blogspot.com

Es la entrega a Cristo, Camino, Verdad y Vida, lo que nos permite unirnos a Él y que sea Él quien piense, sienta, haga en nosotros. Y cuando es Cristo quien vive en ti, en mí, somos capaces de hacer las obras que Él hizo e incluso mayores. Pero mucho más importante que las obras, los milagros, los imposibles realizados, es la comunión con Aquel que nos guía hacia el Padre. Por eso nos declaramos siervos inútiles tras haber cumplido nuestro deber, porque nos miramos en el primer Siervo y no queremos otra cosa que ser como Él, almas ligeras, sin pasado, sin futuro, pura Vida que brota de Aquel que hace nuevas todas las cosas. Y lo vivimos con asombro y gratitud cada día, cada instante, compartiendo esta certeza, a veces en silencio, a veces con palabras que evocan la Palabra.

Hacemos nuestro una vez más el canto y el lema de los templarios (Non nobis domine), orden injustamente difamada, cuyo nombre original es Pobres Caballeros de Cristo y del Templo de Salomón. No eran herejes, sino pobres siervos, como hemos de ser todos, humildes sarmientos de la Vid que es Cristo.

Non nobis, Domine
Himno inspirado por el Salmo 113:9 . San Bernardo de Claraval, primer padre espiritual de la Orden de los Caballeros Templarios, se lo impuso como lema.

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Soy en Dios por Su gracia.
Me pierdo en Su abrazo infinito
y soy gota de agua,
fundida con Su Sangre
que recrea los mundos
y recuerda los nombres
que nosotros aún
no recordamos.


Él, más íntimo a ti que tú mismo, como decía San Agustín, no te deja un instante. Ya te ha dicho: “Eres mío, te quiero hasta el extremo, levántate, deja de buscarme afuera. Yo soy tu caricia sutil, tan sutil que estoy en tu piel y en tu carne. Búscame en ti, piénsame en ti, siénteme en ti, hasta que puedas mirarme cara a cara y saber que mi mirada nunca te ha faltado. Aunque tus ojos de carne no puedan verla, acostúmbrate a sentirla, con la certeza de que estoy contigo, más cerca que nadie porque estoy en ti. Yo soy la culminación de todos los caminos que has seguido y que no te han alejado de mí, de ti, de esta unidad que somos. Vívela, aunque los sentidos, abotargados en este mundo de sombras e ilusión, a veces tengan que retirarse para dejar paso a esos otros sentidos más sutiles y afinados, más cercanos a la experiencia de comunión y amor infinito. Yo soy el Camino que recorres, la Verdad que buscas, la Vida que te da la existencia”.

20 de abril de 2018

El Buen Pastor


Evangelio según san Juan 10, 11-18 

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: “Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estragos y las dispersa; y es que al asalariado no le importan las ovejas. Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, un solo Pastor. Por eso me ama el Padre: porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla. Este mandato he recibido del mi Padre. 

El Buen Pastor, Cristóbal García Salmerón


Alma noble, noble criatura, ¿por qué buscas fuera de ti lo que está en ti todo entero y del modo más verdadero y manifiesto?

                                                                    San Agustín

Hoy celebramos el "Domingo del Buen Pastor" y la Jornada de Oración por las Vocaciones. Jesucristo, el Cordero de Dios, es el Buen Pastor, otra luminosa paradoja con la que lo inefable se nos acerca, para que comprendamos que lo Absoluto se nos hace concreto por amor. Buen Pastor, Cordero, Piedra angular (www.diasdegracia.blogspot.com) , Camino, Verdad y Vida, Resurrección y Vida…  Todos los nombres, todos los colores, todos los matices, todos los silencios están contenidos en el nombre de Jesús, porque todo fue hecho por Él y para Él y todo regresa a Él. 

En las Escrituras Sagradas vamos encontrando, si estamos atentos, esos nombres, esa plenitud de significados que solo es posible en Aquel que es verdadero Dios y verdadero hombre. José María Cabodevilla, en Cristo Vivo, hace una síntesis de todos los nombres, facetas y colores que están en Jesucristo y que se encuentran repartidos en las Escrituras. Entre decenas de apelativos y atributos, se encuentran también los que hoy contemplamos a la luz de Evangelio: “Es pasto y pastor, y puerta del redil y cordero. Cordero pastor: "el Cordero, que está en medio del trono, los apacentará.” (Apocalipsis 7, 17)” 

Simeón, el Nuevo Teólogo, distingue entre el Hijo, que es la puerta (Juan 10, 7.9), el Espíritu Santo, la llave de la puerta (Juan 20, 22-23) y el Padre, la casa (Juan 14, 2). Pero estos son solo tres de los infinitos símbolos, de las innumerables metáforas que pueden ayudarnos a intuir el Misterio.

Jesús es Camino, Verdad y Vida, Pan Vivo, Puerta y Pastor, Cordero y Rey porque es el Hijo de Dios. Por eso, Él no tiene que "evolucionar", como pretenden tantos falsos “maestros”, Él, al contrario, tuvo que involucionar, abajarse, descender para elevarnos. No se trata por tanto de un hombre más adelantado, sino del Hombre, el Verbo encarnado por amor, para obedecer todas las leyes que Él mismo había creado. Su humanidad, en cambio, voluntariamente asumida, sí tuvo que aprender y crecer, pasando por todas las etapas que atraviesa un ser humano. 

Los cristianos no tenemos por qué hacer un duro trabajo interior, solos, con pocas esperanzas y una meta lejana; Cristo ha hecho el trabajo por nosotros. Nos queda nada más, y nada menos, reconocerlo, creyendo en Él, y aceptar agradecidos tan alto don, sabiendo que el Buen Pastor, fiel a Su promesa, nos acompaña todos los días hasta el fin del mundo. Solo hemos de aceptar ese Amor y corresponder, con coherencia y gratitud.

Es el sentido de la pobreza de espíritu, la infancia espiritual consciente y libre. Hacerse como niños es ser capaces de lo que no logró el joven rico: renunciar a todo y seguir al Maestro, con la confianza del que se sabe guiado por el Buen Pastor, siempre atento y vigilante para que ninguno de los Suyos se pierda. 

Los ricos de espíritu no pueden pasar por la «puerta estrecha», ese umbral invisible, que da acceso al Reino, ese acceso escondido para los sabios y entendidos del mundo porque no pertenece a este mundo. La pobreza de espíritu, en cambio, es el camino de retorno, desde el exilio al Paraíso, a nuestra esencia original, anterior a la Caída que la soberbia provocó.

Los ricos de espíritu no pueden reconocer la supremacía divina sobre lo creado y, escogiendo la separación, el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal, caen en la eterna tentación de Adán y Eva, alejándose de la Sabiduría. La pobreza espiritual nos hace reconocer la voz del Buen Pastor y la Puerta que lleva a los verdes pastos en cuyo centro está el Árbol de la Vida. 

El verdadero pobre de espíritu no solo se ha desapegado de bienes materiales, sino que se ha liberado también de las cadenas de la mente, que se disfrazan de conocimientos, saberes, ideologías…, ha soltado incluso la necesidad de hacer y de saber. Es la muerte del ego, el renunciar al mundo para ganar el alma, el perder la vida para ganar la Vida, el morir a uno mismo para nacer al Sí mismo. 

El poeta José Miguel Ibáñez Langlois canta con precisión y belleza la esencia del camino del cristiano: que Jesucristo es la Fuente de la Vida, el Camino, la Luz, el Hijo de Dios que viene a liberarnos.

Él no es un iluminado porque Él es la Luz.
Él no ha buscado la verdad porque es la Verdad.
No es un héroe del verbo porque es el Verbo.
Él no se ha descubierto ni a sí mismo.
Jesús de Nazaret, qué diantres,
con la voz de la infinita humildad,
simplemente susurra antes de morir:
yo soy la resurrección y la vida,
yo soy la luz del mundo,
Yo Soy El Que Soy,
Yo Soy.

                                           El Señor es mi Pastor, Salomé Arrecibita

14 de abril de 2018

Soy Yo en persona


Evangelio según San Lucas 24, 35-48

En aquel tiempo, contaban los discípulos lo que les había acontecido en el camino y cómo reconocieron a Jesús en el partir el pan. Mientras hablaban, se presentó Jesús en medio de sus discípulos y les dijo: “Paz a vosotros”. Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. Él les dijo: “¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo”. Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: “¿Tenéis ahí algo que comer?” Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo: “Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí, tenía que cumplirse”. Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y añadió: “Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén”. Vosotros sois testigos de esto.


Desde ahora, a nadie conocemos según la carne; y aun a Cristo, si lo conocimos según la carne, ahora no lo conocemos así. 
                                                                                                 2 Corintios 5, 16 

Mira, estoy de pie a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo.
                                                                                                         Apocalipsis 3, 20

Jesucristo resucitado vuelve a salir hoy a nuestro encuentro para mostrarnos la gloria de la resurrección, abrirnos el entendimiento y recordarnos que nuestra realidad y nuestro destino son los mismos que los suyos. “¿No está escrito en vuestra ley: Yo os digo: sois dioses"?" (Juan 10, 34).

El Resucitado quiere que vivamos ya como resucitados, con la plenitud que su victoria frente a la muerte nos ofrece, en el mundo pero sabiendo que no somos del mundo. Los antiguos egipcios creían que un corazón pesado, que no ha sabido soltar ni perdonar ni desprenderse de lo viejo, se hundiría en el infierno, mientras que un corazón ligero y libre, desprendido, renacido, llevaría al alma hasta su morada celestial.

Si pretendemos seguir viviendo como hombres y mujeres “viejos”, que no se atreven a dejarlo todo y renacer, no podremos seguir al primer Hombre Nuevo el que, elevado sobre la tierra, quiere atraer a todos hacia Sí.

Porque, como dice Matta el Meskin: Cristo, en el momento de su muerte, portaba en su carne a la humanidad entera. Y Meister Eckhart nos anima a conectar con esa verdad que trasciende lo que la lógica del mundo abarca y el cerebro puede concebir: ¿Dónde está sentado Cristo? No está sentado en ninguna parte. Quien lo busca en algún lugar, no lo encuentra. Su parte menor se halla por doquier, su parte superior no está en ningún lugar

Ese Cristo abstracto, Verbo increado anterior a los tiempos, Alfa y Omega, se ha hecho concreto por amor. Por eso pide a sus discípulos: “palpadme” y come delante de ellos un trozo de pez, un trozo de Sí (Ichtys). El Indivisible, aparentemente dividido para unificarnos, separado para integrarnos, con la inefable unión hipostática, para que abandonemos tras Él la representación de este mundo que ya está pasando. Él es inicio y fin, pregunta y respuesta unidas, misión cumplida, obra entregada. El que traspasaron nos traspasa, nos transforma, nos devuelve la semejanza, nos guía en el camino de retorno al Hogar del que venimos y habíamos olvidado.  www.diasdegracia.blogspot.com 

Y sigue Meister Eckhart: La señal de que alguien ha resucitado por completo con Cristo consiste en que busca a Dios por encima del tiempo. Busca a Dios por encima del tiempo quien busca sin tiempo. Es lo que da sentido a la existencia y permite crear la obra que es cada uno de nosotros, la que Dios soñó antes del tiempo, la que hemos venido a realizar y ofrecer. Esa es la referencia, la meta que nos hace darlo todo, incluso a nosotros mismos, sobre todo lo que considerábamos nuestra identidad y hoy lo estimamos en pérdida como dice San Pablo, identidad falsa, usurpación de nuestra esencia original. 

Ya somos hombres nuevos, nueva creación; hemos muerto y resucitado con Jesucristo. Solo tenemos que creer en Él, y vivir en Él la vida que nos ha dado. Vivir en Él..., imaginarle, presentirle, esperarle, recrearnos en Su Presencia, porque está con nosotros, fiel a su promesa, hasta el fin de los tiempos. 

Es Él quien llama a la puerta y también quien sale a nuestro encuentro. Esa es la maravilla del cristianismo: el ser humano ya no tiene que elevarse por sus propias fuerzas, realizarse, acumular méritos, porque Dios mismo viene, se hace presente, Es, en cada uno. Y nosotros… ¿somos en Él? Sí, pero solo cuando soltamos nuestra voluntad humana para vivir en la voluntad divina. Es el, tantas veces repetido, morir a uno mismo, al pequeño yo, dormido y ciego.

Mientras vivimos, caminamos, hablamos, comentamos…, el propio Jesús se acerca. Arde nuestro corazón, como el de los discípulos de Emaús, que en la escena que hoy narra Lucas, comparten su experiencia con los demás discípulos. Arde nuestro corazón porque es ahí, en el corazón, el centro del ser, donde se produce el verdadero encuentro, la verdadera experiencia de Dios. Como a ellos, el mismo Jesús nos explica las Escrituras hoy si abrimos el corazón y escuchamos. Entonces arden nuestros corazones; Él los abrasa sin quemar ni consumir, con la llama de amor viva que transforma.

Y, además de las Escrituras, la Eucaristía, el Pan de Vida, que sacia definitivamente nuestro hambre y sed esenciales, y nos va uniendo a Él, asimilándonos a Él. Porque, como dice San Juan de la Cruz, el mayor grado de perfección a que está llamado el ser humano en esta vida es transformarse en Dios.

Hemos reconocido a Cristo, vida nuestra, volvemos a lo cotidiano, pero de otro modo, sabiendo que regresamos con Él a la Casa del Padre, sin engancharnos en lo transitorio. Ya podemos vivir como resucitados porque reconociéndole a Él, creyendo en Él, tenemos vida eterna con Él. 

Antes de que Jesús se les aparezca, los discípulos están dormidos, en los afanes,  han salido de ese estado de vigilia y verdad que Jesús había despertado en ellos. Por eso tienen miedo y están desencantados y embotados. Sus mentes se han separado de Él y han vuelto a los hábitos cansinos, los prejuicios, la queja… Pero anhelan volver abrir su corazón. Reconocer al Maestro les devuelve su íntima unión -Comunión- con la Vida verdadera, siempre nueva. Recuperan la capacidad de asombro, los ojos que ven y los oídos que escuchan…


Estoy a la puerta y llamo, Jésed 

Una y otra vez, leo, escribo, rezo la preciosa oración de San Agustín, que expresa el gozo desbordante de los sentidos sutiles, que hemos de entrenar para alimentarnos del Pan de Vida con la actitud y entrega necesarias, esa atención vertical y plena que nos permite conectar con la verdad, la belleza y la bondad del Misterio: 

¡Tarde te amé, belleza siempre antigua y siempre nueva! Tarde te amé. Tú estabas dentro de mí, pero yo andaba fuera de mí mismo, y allá afuera te andaba buscando. Me lanzaba todo deforme entre la hermosura que tú creaste. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo; me retenían lejos de ti cosas que no existirían si no existieran en ti. Pero tú me llamaste, y más tarde me gritaste, hasta romper finalmente mi sordera. Con tu fulgor espléndido pusiste en fuga mi ceguera. Tu fragancia penetró en mi respiración y ahora suspiro por ti. Gusté tu sabor y por eso ahora tengo más hambre y más sed de ese gusto. Me tocaste, y con tu tacto me encendiste en tu paz.