7 de marzo de 2020

La Gloria de Dios


Evangelio según san Mateo 17, 1-9

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte elevado. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. De repente se les aparecieron Moisés y Elías, conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: "Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías". Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: "Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo". Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: "Levantaos, no temáis". Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: "No contéis a nadie la visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos".

                                             La Transfiguración de Jesús, Rubens

Hoy se manifiesta lo que los ojos de la carne no pueden ver: un cuerpo terrestre irradiando esplendor divino, un cuerpo mortal rebosante de la gloria de la divinidad. Las cosas humanas pasan a ser las de Dios, y las divinas a ser humanas.
                                                                                               San Juan Damasceno

                               Oh Verbo, Luz inmutable, Luz del Padre sin nacimiento:
                                con tu Luz, que apareció hoy en el Monte Tabor,
                               hemos visto al Padre Luz y al Espíritu Luz
                               que iluminan toda la creación.
                                                                 Exapostelario (Liturgia ortodoxa)

Después de experimentar la Gloria de la Divinidad, Jesús y sus tres íntimos bajan del monte para afrontar la Pasión que acabará con la Resurrección. Porque en Dios, morir es para resucitar, bajar, para subir, descender es elevarse, cuando el descenso es para cumplir la Misión encomendada. El Verbo eterno descendió hasta nosotros, criaturas caídas, para levantarnos y mostrarnos el camino de vuelta. Nos quiere con Él, viviendo la Vida de Cielo para la que fuimos creados, pero también nos quiere en el mundo, sabiendo que no somos del mundo, dando testimonio de Él, Camino, Verdad y Vida.

Decidamos bajar de la montaña, en lugar de instalarnos en un vislumbre de lo verdadero, por muy hermosa y trascendental que haya resultado la experiencia. Renunciemos a montar una tienda en cada uno de los paisajes agradables y seguros que vamos encontrando. Escojamos ser valientes y proseguir la marcha, bajar del monte, en ese camino descendente de renuncia y desprendimiento que es el seguimiento de Jesús.

            Elijamos culminar la tarea, antes de volver al Hogar verdadero, no una tienda en un campamento acogedor y luminoso. Descendamos del Tabor, conservando en el corazón la memoria fiel de lo que allí hemos visto y experimentado: el alba de la resurrección, la Gloria de Cristo, que anticipa nuestra propia gloria.

          Dice el místico sufí Abû–l–hasan al–harrâlî: “Concentrarse al principio del desarrollo espiritual en las cosas de este mundo es un extravío, y hacerlo en las del Otro Mundo es una buena orientación. Pero concentrarse al final del desarrollo espiritual en las cosas de este mundo es una perfección, y hacerlo en las del Otro Mundo es síntoma de ceguera.”

            Porque fundidos con Jesús, en perfecta Comunión con Él, no nos atrapa la tierra y sus afanes, hemos aprendido a vivir como aconsejaba San Pablo: "Os digo, pues, hermanos: El tiempo es corto. Por tanto, los que tienen mujer, vivan como si no la tuviesen. Los que lloran, como si no llorasen. Los que están alegres, como si no lo estuviesen. Los que compran, como si no poseyesen. Los que disfrutan del mundo, como si no disfrutasen. Porque la apariencia de este mundo pasa." Corintios 7, 29-31

           Cuando hemos visto la luz del Tabor y la hemos reconocido como nuestra propia luz, como el sueño que Dios soñó para nosotros antes de todos los tiempos, bajamos de la montaña, porque hemos comprendido que la fase “descendente” es realmente la culminación de la perfección. Nuevos cielos, nueva tierra: la materia iluminada por la Gloria del Espíritu (www.diasdegracia.blogspot.com).

Nos asomamos una vez más al misterio del cuerpo glorioso, lo abstracto en lo concreto, la carne transfigurada que Cristo, Luz del mundo, inaugura. Es la aparente paradoja del cristiano: consciente de su cuerpo mortal, y, a la vez, convencido de la trascendencia. El cuerpo, elevado a una dignidad jamás pensada, un destino de Gloria eterna. Jesús lo ha glorificado, al encarnar como uno de nosotros.

Así lo explica San Pablo: “Se siembra un cuerpo corruptible, resucita incorruptible; se siembra un cuerpo sin gloria, resucita glorioso; se siembra un cuerpo débil, resucita lleno de fortaleza; se siembra un cuerpo animal, resucita espiritual” (1 Corintios 15, 42-44).

“¿Quién quiere vivir para siempre, cuando el amor va a morir?”, cantaba Freddie Mercury. No quiero ser inmortal, sino volver a Casa, hija pródiga, resucitada. El inmortal no muere, y yo sí quiero morir, porque el que no muere, no da fruto, el que no muere, no resucita, el que no muere, no vive para siempre con el Señor de la Vida y del Amor.

El Tabor prefigura la Resurrección. Jesucristo ha glorificado el cuerpo, ha iluminado la materia a través de Su Encarnación-Cruz-Resurrección. Ha tomado el sufrimiento, la entropía, lo efímero, la caducidad de la carne, consustanciales a nuestra condición; ha tomado todo lo que nos separaba de Él y lo ha transmutado, purificado, convertido en "combustible" para el mejor de los futuros. Y toma también el futuro, todos los futuros posibles, porque el “mejor futuro”, el ojo de aguja, el camino estrecho es regresar y decidimos volver con Él al Origen, ese Presente intemporal en que ya somos.

Se acabó la confusión, el andar divididos, el dejar muchas opciones abiertas, que descentran, falsifican y generan agotamiento. Si vivimos en el Centro, verticales, sin opciones, eligiendo la Única Opción, que es el Retorno, no hay dispersión, sino concentración, fina energía, luz de eternidad, el retorno a la Esencia. Y no se nos ocurrirá montar tiendas en cada experiencia hermosa, segura, confortable…, transitoria al fin, porque recordaremos el Propósito y escogeremos volver.

         Entonces, todo lo que vemos como desgaste y entropía irá cayendo como piel muerta, para dejar que salga a la luz ese cuerpo luminoso, transfigurado, que ya somos. En El misterio del sacrificio, dice Sédir: “La existencia presente no es más que un entrenamiento para la vida eterna. Hoy debemos luchar, acabar con nuestro egoísmo. Debemos hacer de nuestros cuerpos y de todas nuestras facultades una imagen lo más parecida posible a la que será en nuestra transfiguración futura.” Porque somos teóforos: portadores de Dios, iluminados desde adentro con la Luz que ya transfigura el cuerpo, como anticipo de la Resurrección.


                                    112. Diálogos Divinos. Transformación Divina

29 de febrero de 2020

Conversión


Evangelio según san Mateo 4, 1-11

En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al final sintió hambre. Y el tentador se le acercó y le dijo: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes”. Pero él contestó diciendo: “Está escrito: "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”." Entonces el diablo lo lleva a la Ciudad Santa, lo pone en el alero del templo y le dice: “Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Encargará a los ángeles que cuiden de ti y te sostendrán en sus manos para que tu pie no tropiece con las piedras”.”  Jesús le dijo: “También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”.” Después el diablo lo lleva a una montaña altísima y mostrándole todos los reinos del mundo y su esplendor, le dijo: “Todo esto te daré si te postras y me adoras”. Entonces le dijo Jesús: “Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”.” Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y lo servían.
  
Cristo en el desierto, Iván Kramskoï
El Miércoles de Ceniza comenzamos la Cuaresma, tiempo de transformación, de volver a lo esencial, abandonando todo lo que nos aparta del Camino, la Verdad y la Vida. Cuaresma, desierto, tiempo de soltar, dejar ir, tiempo de desnudarse, no solo de todo lo exterior a uno mismo, sino también, y sobre todo, desnudarse del yo (www.diasdegracia.blogspot.com).

Transformarse, convertirse, dejar de mirar solo lo temporal, lo material, las realidades perecederas del mundo, lo virtual, y con el simple gesto de dar media vuelta, que a veces cuesta sangre, sudor y lágrimas, mirar en la dirección contraria, hacia lo verdadero, lo eterno, lo Real.

Conversión, en griego metanoia, significa volverse, darse la vuelta hacia la versión original que somos y hemos olvidado, perdido, abandonado. Es un movimiento interior de transformación de mente, corazón y actitud, que cambia los significados y el sentido de la vida. 

Metanoia, teshuvá en hebreo, conversión, arrepentimiento… Todas estas palabras señalan a ese gesto o cambio de mente y de corazón que permite mirar de un modo nuevo, no ya a la manera egoísta del mundo, sino a la manera generosa, abierta y disponible de Jesús.

Solo se puede experimentar la conversión cuando se está dispuesto a dar ese paso decisivo, cuando uno se atreve a rechazar para siempre lo que sobra en su vida, para rehacerla en una nueva dimensión, la real, eterna.

La palabra arrepentimiento suscita a veces cierta repulsa, pero su significado verdadero, volverse, cambiar de mente, no tiene nada que ver con el remordimiento: volver a morder (se). El arrepentimiento consciente es el fuego purificador donde el ser humano se acrisola y se transforma. 

No podemos esperar a ser perfectos para amar lo bueno, lo bello, lo verdadero. De ese amor a lo Perfecto, desde nuestra evidente imperfección, nace el arrepentimiento consciente, sincero, transformador y liberador. 

Tentaciones de Jesucristo, Jan Brueghel

No te disperses, suelta, vacíate, desnúdate, adéntrate en el desierto, ve a la esencia, a lo Real, decidido, libre. El signo de infinito en horizontal es lo virtual, la dispersión en el mundo diabólico de infinitas posibilidades, el extravío. Conviértete en el signo de infinito en vertical, con la Única opción de los que ya no miran el Árbol del conocimiento del bien y del mal, sino el Árbol de la Vida. 

Es la Cruz que te eleva, te levanta, te iza, te realiza. Su trazado es el diseño del infinito Amor que te devuelve al Origen, te transforma en lo que olvidaste: eternidad, Vida verdadera, pregunta y respuesta unidas para siempre, correspondencia perfecta en la Unidad de la Luz de Dios, donde vivimos, nos movemos y existimos.

Somos el negativo
de una figura eterna,
anhelando esa luz que nos devuelva
el perfil esencial,
bajo un cielo fiel que nos bendiga,
nos haga aparecer.


                            203. Diálogos Divinos. El demonio desde la Divina Voluntad I


Después de esto estaba siguiendo mi giro en el Fiat Divino, y siguiendo a Jesús cuando tomó el camino del desierto pensaba: “¿Y por qué Jesús tomó el camino del desierto?  Aquí no había almas que convertir, sino soledad profunda, mientras que eran almas lo que Él buscaba”.  Pero mientras esto pensaba, mi dulce Jesús moviéndose en mi interior me ha dicho: “Hija mía, la compañía rompe la pena y la disminuye, en cambio el aislamiento la concentra, la duplica y la recrudece, y Yo quise ir solo al desierto para sentir en mi Humanidad toda la crudeza del aislamiento que había sufrido mi Divina Voluntad por tantos siglos por parte de las criaturas.  Mi Humanidad debía ascender en el orden divino y descender en el orden humano para poder encerrar las penas del uno y del otro, y tomando Yo toda la parte penosa que dividía al hombre y a Dios, hacerlos entrar de nuevo al abrazo, al beso de su Creador.  Pero no fue solo esta la finalidad de mi ida al desierto, tú debes saber que nuestra Majestad adorable, al formar la Creación, establecía que todo debía estar poblado de habitantes, la tierra debía ser fertilísima, rica de abundantes plantas, de modo que todos debían abundar de sus bienes.  En cuanto pecó el hombre, se atrajo la indignación de la Justicia divina, y la tierra permaneció desértica, infecunda, y en muchos lugares despoblada, imagen de aquellas familias estériles donde no hay sonrisas, ni fiestas, ni armonía, porque sin prole no hay quien rompa la monotonía de dos cónyuges, y sobre su ánimo pesa la opresión del aislamiento que les lleva la tristeza, en cambio donde hay prole hay siempre qué hacer, qué decir y ocasión de festejar, tal fue la familia humana. Mira cómo el cielo está poblado de estrellas, la tierra debía ser el eco del cielo, llena de habitantes y debía producir tanto como para volverlos ricos y felices a todos. Entonces, en cuanto el hombre se sustrajo de mi Voluntad cambió su suerte, y Yo quise ir al desierto para volver a llamar las bendiciones de mi Padre Celestial, y volviendo a llamar a mi Voluntad a reinar, restablecer la tierra, poblarla en todas partes y fecundarla, de modo que la tierra producirá otras semillas más bellas para volverla centuplicada, más fecunda y de belleza deslumbrante”.
                                                                                Libro de Cielo, 25 Junio 1928


                              204. Diálogos Divinos. El demonio desde la Divina Voluntad II

22 de febrero de 2020

Sed perfectos


Evangelio según san Mateo 5, 38-48

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Yo, en cambio os digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y a quien te pide prestado, no lo rehúyas.
Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”.

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El Sermón del Monte, James Tissot


Antes de tachar de cobarde al hombre que tiende la mano al que lo ha injuriado, haría falta que supiéramos que con esa misma mano ha querido estrangularlo y que le ha sido precisa una virilidad poco común para olvidar que su honor había sido escarnecido. El perdón es un acto de fortaleza; pero la fortaleza no es la dureza. 
La vida presente es corta y os trae ya los suficientes fastidios para que les añadáis unas penas inútiles. Olvidad, sonreíd y gustad una de las mejores alegrías de la tierra: la alegría de haber perdonado.

                                                                                                       Georges Chevrot

Esta semana he vuelto a ver la película Tiempo de amar, tiempo de morir, cuyo final deja un poso de amargura inesperado. Somos testigos de una enorme injusticia: el beneficiado mata al benefactor, el salvado, en lugar de agradecer el bien recibido, la propia vida que iban a arrebatarle, asesina a su salvador y trunca su futuro, tan prometedor, su amor, su familia recién creada, sus sueños, sus esperanzas. Asoman pensamientos de venganza; piensas que el protagonista no tenía que haber impedido a su compañero que los matara y así, al menos, él, “el bueno”, se habría salvado. 

Pero si lo piensas mejor, es así como “el bueno” se ha salvado, pero no al modo humano, sino al modo divino, porque da su vida por la justicia, la misericordia y la paz. El que da su vida, la gana…; ha ganado la Vida eterna y eso es lo que importa. En el mundo hay injusticias, traiciones, humillaciones, maldades, atrocidades, tragedias… Para los que sean contados como dignos de la Vida, solo hay justicia, premio, compensación, bondad, verdad, dicha infinita.

Amar como Jesús a los enemigos es no separar, no hacer acepción de personas, no discriminar. Es el “giro” perfecto que abarca todo, integra a todos. Es recoger, en lugar de desparramar, porque Jesús dio Su Vida por toda la familia humana sin excepción, aunque no todos aceptan la Redención. Por eso, igual que la liturgia se corrigió (volvió al origen, en realidad) y, en la fórmula de la Consagración, las palabras: “por todos los hombres” pasaron a “por muchos”, porque no todos dicen sí; podemos hacer realidad ese juego infantil que, inspirado por la Sabiduría, decía “por mí y por todos mis compañeros” y en ese “compañeros” están todos. 

Dios se encargará de ordenarlo todo, no podemos decir a quién sí y a quién no. Porque el amor perfecto es amar a Jesús en todos y a todos en Jesús, con Jesús, por Jesús, como Jesús, esto es, sin distinción, sin condición, sin medida, y eso solo se entiende si se sabe que el amor verdadero no es una emoción o un sentimiento, el amor verdadero es la fidelidad a nuestra verdadera esencia, que es estar unidos con Dios en perfecta correspondencia, para vivir la vida divina a la que estamos llamados. 

Volviendo a la película, con final desolador si se ve con ojos humanos, el soldado Ernst Graeber ha amado perfectamente, acorde con lo que ha comprendido al descubrir los horrores del nazismo por el que ha combatido. Ha sido testigo de persecuciones injustas y crueles asesinatos, ha enterrado con sus propias manos las cenizas de su suegro, ha conocido el odio y el amor, la maldad y la generosidad. Ha amado bien  y esa elección le ha llevado a la muerte en el mundo y a la Vida en el Reino. 

¿Quién puede entender esto, si no se mira con los ojos de la fe, la esperanza y la caridad? Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Y los amigos de Jesús son todos. Los que le reconocen y los que le desprecian, los que le aman y los que le odian, los que le siguen y los que le crucifican. Toda la familia humana de todos los tiempos es “amiga” de Jesús, aunque sean pocos los que lo saben y menos aún los que deciden vivir en consecuencia. 

Ese amar a todos, incluyendo a los enemigos, ese agradecer los males sufridos parece algo heroico, inalcanzable para el corazón humano. Pero es posible si somos Uno con el Héroe, el único Héroe; Sus méritos nos bastan. Amar al enemigo no es someterse a la maldad, es renunciar al odio, a la injusticia, a la venganza. Es querer el Reino para todos, y no permitirse nada que no sea digno de nuestro Padre y su Amor perfecto. www.diasdegracia.blogspot.com

No esperemos aquí recompensa por el bien que hagamos, porque, como le dijo la Santísima Virgen a Santa Bernardita: «No te prometo hacerte feliz en este mundo, pero sí en el otro» Y Santa Bernardita, modelo de amor, perdón, aceptación, renuncia y perfecto abandono, entendió bien el mensaje de la Inmaculada Concepción. Su "testamento" espiritual, que incluyo a continuación, así lo demuestra. 

Por la pobreza en la que vivieron papá y mamá, por los fracasos que tuvimos, porque se arruinó el molino, por haber tenido que cuidar niños, vigilar huertos frutales y ovejas; y por mi constante cansancio... te doy gracias, Jesús.
Te doy las gracias, Dios mío, por el fiscal y por el comisario, por los gendarmes y por las duras palabras del padre Peyremale...
No sabré cómo agradecerte, si no es en el paraíso, por los días en que viniste, María, y también por aquellos en los que no viniste. Por la bofetada recibida, y por las burlas y ofensas sufridas; por aquellos que me tenían por loca, y por aquellos que veían en mí a una impostora; por alguien que trataba de hacer un negocio..., te doy las gracias, Madre.
Por la ortografía que jamás aprendí, por la mala memoria que siempre tuve, por mi ignorancia y por mi estupidez, te doy las gracias.
Te doy las gracias porque, si hubiese existido en la tierra un niño más ignorante y estúpido, tú lo hubieses elegido...
Porque mi madre haya muerto lejos. Por el dolor que sentí cuando mi padre, en vez de abrazar a su pequeña Bernardita, me llamó "hermana María Bernarda"..., te doy las gracias.
Te doy las gracias por el corazón que me has dado, tan delicado y sensible, y que me colmaste de amargura...
Porque la madre Josefa anunciase que no sirvo para nada, te doy las gracias. Por el sarcasmo de la madre maestra, por su dura voz, por sus injusticias, por su ironía y por el pan de la humillación... te doy gracias.
Gracias por haber sido como soy, porque la madre Teresa pudiese decir de mí: "Jamás le cedáis lo suficiente"...
Doy las gracias por haber sido una privilegiada en la indicación de mis defectos, y que otras hermanas pudieran decir: "Qué suerte que no soy Bernardita"...
Agradezco haber sido la Bernardita a la que amenazaron con llevarla a la cárcel porque te vi a ti, Madre... Agradezco que fui una Bernardita tan pobre y tan miserable que, cuando me veían, la gente decía: "¿Esa cosa es ella?" la Bernardita que la gente miraba como si fuese el animal más exótico...
Por el cuerpo que me diste, digno de compasión y putrefacto... por mi enfermedad, que arde como el fuego y quema como el humo, por mis huesos podridos, por mis sudores y fiebre, por los dolores agudos y sordos que siento... te doy las gracias, Dios mío.
Y por el alma que me diste, por el desierto de mi sequedad interior, por tus noches y por tus relámpagos, por tus rayos... por todo. Por ti mismo, cuando estuviste presente y cuando faltaste... te doy las gracias, Jesús. 
                                                                                                  Santa Bernardita

                             Tiempo de amar, tiempo de morir (1958), Douglas Sirk

 El colmo del Amor,
amor hasta el extremo:
amar al que te odia,
al que te ataca,
al que mira indiferente
cómo sangra la herida
que su envidia infligió
en tu piel inocente
o en tu confianza.
Amar al que traiciona,
al que ignora tu voz
implorando su ayuda. 

Amor sin medida,
ni condición.
También al que se porta
como enemigo cruel,
sin razón ni motivo,
al que ofende y se burla,
al que te hace caer,
al rencoroso… 

La paradoja santa,
valor que abrasa el odio
y enciende el corazón.
Amor purificado
que dignifica,
y te hace fuerte, libre
para seguir amando hasta el final
como el Maestro.

Amor total, Amor,
fuego divino
inflamando la tierra,
espada de doble filo,
arrancándonos el miedo
con tajo firme,
cirujano preciso,
dolor que se transforma
en amor si le damos
peso de eternidad,
y todo, hasta el pecado,
tiene sentido, feliz la culpa
que mereció tal Redentor.

Amor que salva
clavado en una Cruz.
De la Cruz a la Luz,
del dolor al amor,
para la Vida.