12 de septiembre de 2015

Y nosotros, ¿Quién decimos que es Él?


Evangelio de Marcos 8, 27-35

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Felipe; por el camino preguntó a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que soy yo?” Ellos le contestaron: “Unos, Juan Bautista; otros, Elías, y otros, uno de los profetas”. Él les preguntó: “Y vosotros, ¿quién decís que soy?” Pedro le contestó: “Tú eres el Mesías”. Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y empezó a instruirlos: “El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar a los tres días”. Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió, y de cara a los discípulos, increpó a Pedro: “¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!” Después llamó a la gente y a sus discípulos y les dijo: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por el Evangelio, la salvará”.


Evangelio de Mateo 16, 13-19 

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” Ellos contestaron: “Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas”. Él les preguntó: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Simón Pedro tomó la palabra y dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Jesús le respondió: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”.


Evangelio de Lucas 9, 18-24

 Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos, les preguntó: “¿Quién dice la gente que soy yo?” Ellos contestaron: “Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas”. Él les preguntó: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Pedro tomó la palabra y dijo: “El Mesías de Dios”. El les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y añadió: “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día”. Y, dirigiéndose a todos, dijo: “El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará.”


Junto al Evangelio de hoy, las versiones paralelas de Mateo y de Lucas.

Si Mateo subraya la institución de la Iglesia y la primacía de Pedro, en Lucas, el evangelista de la ternura de Dios, como señala Francesc Ramis, la llamada es universal, nos mueve y pide una respuesta decidida, radical, nunca tan necesaria como en estos últimos tiempos de temor y temblor donde se es o no se es discípulo, se está o no se está junto al Maestro, que nos enseña a decir sí, cuando es sí, y no, cuando es no…

Desde el principio de su Evangelio, Marcos proclama que Jesús es el Mesías esperado:Comienzo del evangelio de Jesús, el Mesías” (Mc 1,1). La escena de hoy está en el centro de su Evangelio, porque es el eje central de su relato, cuyo propósito más evidente es mostrarnos qué tipo de mesianismo es el de Jesús. Por eso, a diferencia de Mateo que da un salto en la escena y de Lucas que la omite, Marcos se centra rápidamente en la sorprendente reacción de Jesús ante el empeño de Pedro de que evite Su Camino de Cruz. Marcos no presenta a un Mesías triunfal según el mundo, sino a un Dios que se hace hombre por amor y entrega su vida para la salvación de todo el que la acepte


Si alguien pudiera demostrarme que la verdad está fuera de Cristo y que realmente Cristo está fuera de la verdad, preferiría estar con Cristo antes que con la verdad. 

                                                                                              Dostoievski

La trascendencia de lo que Jesús está preguntando se anuncia ya en el inicio de la escena. Cada evangelista lo muestra de una manera. No se trata de una conversación como cualquier otra. En Lucas, Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos. La cuestión surge de la oración, de la comunión con el Padre, y se dirige al corazón de los discípulos, a nuestro corazón. En Mateo y Marcos van de camino, se dirigen a Cesarea de Filipo, que no es un lugar cualquiera. Jesús ha escogido bien el tiempo y el lugar de la Revelación que hoy nos ofrece, porque es "hoy" cuando quiere que le digamos Quién es Él para cada uno de nosotros.

En aquel momento, los apóstoles ya  le habían reconocido como Mesías. Sin ir más lejos, después de que manifestara Su poder contra los elementos, al apaciguar la tempestad. Pero la doble pregunta es planteada en un momento crítico, pues muchos discípulos han decidido no seguir, porque el camino les resulta demasiado duro e incomprensible. Son los que no han sido capaces de ver que solo Él tiene palabras de vida eterna. Además, han empezado a recrudecerse las hostilidades contra un Mesías tan incómodo para tantos.

Cesarea de Filipo se encuentra a los pies del monte Hermón. Un lugar hermoso, refrescante, con ciervos, como canta el Salmo 42: “Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?”. Todo habla del Mesías anhelado en la escena, si estamos atentos a estas claves. Cesarea de Filipo está también muy cerca del Mar de Galilea En Isaías 9:1, leemos: “Mas no habrá siempre oscuridad para la que está ahora en angustia, tal como la aflicción que le vino en el tiempo que livianamente tocaron la primera vez a la tierra de Zabulón y a la tierra de Neftalí; pues al fin llenará de gloria el camino del mar, de aquel lado del Jordán, en Galilea de los gentiles.”

Después de que Pedro responda con espontaneidad y contundencia, en nombre de los doce, Jesús les pide que no lo digan, que guarden silencio para que sigan ahondando en sus corazones hasta llegar al sentido último de esta respuesta, y también para que asimilen el nuevo anuncio de la pasión y las condiciones para ser verdadero discípulo.

Y ahora, callad para que todo se cumpla; y luego, hablad para que el mundo lo sepa. Los anuncios de su pasión y muerte son siempre privados, en la intimidad del grupo más cercano.

Ahora Pedro ha manifestado el sentimiento de los apóstoles, madurado en esa íntima cercanía con el Maestro, pero solo después de la Pasión y de la venida del Paráclito, tendrán un conocimiento total y profundo de Quién es Él.

Jesús nos lleva a ahondar en nuestro propio corazón porque la experiencia del encuentro con Él es personal; de ahí que la pregunta vaya de lo exterior a lo interior.

De la respuesta que demos, depende cómo sigamos el camino de discípulo, con qué entusiasmo, con qué compromiso. Y luego, en la segunda parte de este Evangelio, pone todas las cartas sobre la mesa para que el que decida seguirle sepa a qué se enfrenta.

Apártate Satanás nos dice tantas veces. Satanás, el príncipe de este mundo, el diablo, el separador… Como nos preguntamos Quién es Él para nosotros, preguntémonos también qué es lo que Jesús quiere apartar de nosotros y en nosotros, qué hay del príncipe del mundo en cada uno. Apártate, renuncia a lo que te encadena a la lógica diabólica, separadora del mundo, suelta lo que hay en ti que te impide entregarte y aceptar la voluntad de Dios en tu vida… Llama a Pedro Satanás para que suelte la lógica divergente del mundo de los hombres, dualista, lineal, de triunfalismo y competencia.

La lógica de Jesús es otra muy diferente; es la entrega por amor, la aceptación alegre y coherente de la Voluntad del Padre. Una lógica que sorprende, porque la mente no puede entender ni aceptar que los últimos sean los primeros y que todo un Dios sirva y se humille hasta la muerte destinada a los malhechores.

Él no deja de interpelarnos: ¿Quién decís que soy? ¿Permanecéis en mí y mis palabras en vosotros? (Jn 15, 7) ¿Os sentís tan unidos a mí que vuestra tristeza se convierte en alegría? (Jn 16, 20) ¿Lográis recordar, en las luchas, que Yo he vencido al mundo? (Jn 16, 33).

Mirar a Jesucristo, contemplar su vida, escuchar su enseñanza, asistir a su sacrificio supremo, es la mejor vía para llegar a comprender qué es el reino de los cielos en la tierra. Porque en Él confluyen todos los caminos que hasta su nacimiento querían llegar hasta Dios. Y ya no es que Él sea un atajo, bien claro lo dijo: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Lo anterior a Jesucristo es promesa, anuncio; lo posterior es incorporación, unión con Él. Y el que se une a Cristo, se consagra a su seguimiento, vive ya en al reino de los cielos. Siendo uno con Él, lo que Él realizó nos pertenece, forma parte de nuestra nueva naturaleza.

Poco después, como respuesta a la confesión de fe de Pedro en nombre de todos los apóstoles, tres de ellos: el mismo Pedro, Juan y Santiago, serán testigos de la gloria de Jesús en el Tabor, que prefigura la luz pascual de la Resurrección.


            El “Yo Soy” se realiza en la Persona de Cristo: solo Él se ha revelado en “Yo Soy”, porque es el Hijo de Dios. En Él contemplamos la unión del cielo y de la tierra, del interior y del exterior y de todas las antinomias. Por eso decimos que Jesucristo es la Palabra definitiva de Dios, que se inmola a Sí mismo a través de Su Hijo, en un sacrificio irrepetible, donde Él es a la vez víctima inocente e inmortal, sacerdote todopoderoso, altar perpetuo y fuego puro. Si miramos el misterio del Calvario y la Resurrección con los ojos del corazón, descubrimos que el reino de los cielos es Jesucristo. Si la Encarnación es ya un acto de amor infinito de Dios hacia el hombre, su Sacrificio y su Resurrección son la plenitud de ese amor.

¿Qué buscaba Jesús planteando esta doble pregunta? ¿Qué resortes internos pretendía activar? De sobra sabe lo que dicen de Él, y conoce también lo que sienten los apóstoles. Siendo ellos débiles e inseguros, confesar la fe fortalecerá el compromiso necesario para la noche que se cierne sobre todos ellos; y sobre nosotros, habitantes del reino, exiliados en la gran tribulación.

Responder a la pregunta exige reacomodar mente, alma y corazón, para que, al manifestar Quién es para nosotros, podamos decirnos, a la vez, quiénes somos para Él. Supone salir de la tibieza que nos mantiene aletargados en la rutina muelle de nuestras comodidades. Responder es despertar, y bien sabe Jesús que para seguirle hay que estar despierto. Mientras uno no es capaz de plantearse para qué sigue a Cristo, en realidad no Le sigue, se deja llevar por la inercia, como en una manifestación masiva, en la que te ves arrastrado e incapaz de salir o de cambiar el rumbo.

Por eso me atraen y me inspiran los testimonios de los conversos, modelo de sinceridad y consciencia. Puestos a escoger, me quedo con el cardenal Newman, Chesterton y C. S. Lewis. Por la misma razón, no me dejo llevar por la tristeza que me embarga cuando pienso en los años que pasé aparentemente lejos de Jesucristo. No solo porque sé que la decisión de volver a seguirle es lo mejor que he hecho, sino porque Él siempre acaba demostrándome que, en realidad, nunca estuvo lejos, que siempre permaneció su imagen luminosa, su cruz y su Palabra en el centro de mi vida, como raíz, como horizonte, como sentido y meta.

            Aquel proceso –no fue un instante, ni un día, aunque sí recuerdo un anochecer crucial, cénit inolvidable– que me llevó a plantearme Quién es Él para mí, me obligaba a averiguar quién soy yo. Y ahora la pregunta que me sigo haciendo para no volver a perderme es ¿quién soy yo para Él? Porque, si algo tengo claro después de tanto tiempo, tanta ausencia, tantos dones, es que sin Él no soy nada y con Él soy todo, así que mi destino es ser Suya y vivir por y para Él.

            Podríamos pasar toda una vida o mil vidas de sueño e indolencia sin preguntarnos por nuestra más profunda identidad. Hacernos la pregunta esencial ¿quién soy yo?, que sucede de forma natural a ¿Quién es Él?, supone despertar y prepararse para vivir en el Reino. Así saldremos de las casualidades, lo accidental, lo inconsciente y mecánico, para edificar sobre roca una vida consciente y perdurable. Y no nos dejaremos arrastrar por la corriente, sino que seremos timoneles de nuestro destino.

Cuesta ahondar, claro que cuesta, por nuestra naturaleza caída, que se encadena a lo superficial a través de sensaciones, comodidades, seguridades… Pero antes o después hemos de tomar partido y escoger un sendero frente a otro. ¿Por qué no hacerlo ahora, que todavía hay luz? ¿Por qué no hacerlo antes de que sea demasiado tarde?
       
           Preguntando Su nombre, pues ese es el fondo del doble interrogante de hoy, nos está preguntando nuestro nombre. Él podría decírnoslo, pero no nos serviría. Es necesario un esfuerzo de introspección para despojarnos de esa piel muerta de serpiente que nos asfixia y nos confunde con lo que ya no somos. Jesús quiere escuchar la confesión sincera y desnuda de los apóstoles, para que ellos/nosotros la escuchemos y la aprendamos para siempre. Porque, al decir Quién es Él, decimos a la vez quién somos, nuestro nombre verdadero, el nombre interior que anima nuestro ser, y esa respuesta consciente fortalece e inspira, nos confirma en la Misión. Pronunciar nuestro nombre verdadero es negar el viejo nombre y renunciar a la vida para salvar la Vida.
            De igual modo, confesar Quién es Él conlleva coger la cruz cada día y seguirle, para amar como Él hasta el final y demostrar con las obras lo que hemos manifestado con la boca, con el pensamiento y con el corazón. No hay vuelta atrás para el que es sincero y consecuente; nuestra vida ya no nos pertenece, por eso nuestro cometido no es protegerla o conservarla, sino ofrecerla gratuitamente como Jesucristo.
           Cada sufrimiento, grande o pequeño, cada frustración, cada angustia, cada ausencia, cada traición, vividos con consciencia y compromiso, supone atravesar con Él uno de sus desiertos o acompañarle, velando, en Getsemaní.

Como cristianos, debemos “repensarnos” una y otra vez, ponernos en cuestión a nosotros mismos y las creencias y prejuicios que nos condicionan y nos alejan de la Luz que es Jesucristo. Si nos resistimos a morir a las tinieblas del ego, no podemos nacer por segunda vez para ser Sus discípulos. El auténtico y bienaventurado pobre de espíritu ha de estar dispuesto a negarse a sí mismo, a vencerse y transformarse, renunciando a lo que impide ser discípulo, para poder decir como San Pablo: "vivo, pero no soy yo, sino Cristo que vive en mí" (Gál 2, 20). Solo entonces encontramos la fuerza necesaria para cargar cada día con nuestra cruz y seguirle.


  
Salmo 114, Felix Mendelssohn

5 de septiembre de 2015

Todo lo ha hecho Bien


Evangelio de Marcos 7, 31-37

En aquel tiempo, dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo que, además, no podía hablar; y le pidieron que le impusiera las manos. Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y mirando al cielo, suspiró y le dijo:Effetá” (esto es, «ábrete»). Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad. Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían:Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos".


“Todo lo ha hecho bien. Hace oír a los sordos y hablar a los mudos”

Todo lo ha hecho bien… ¿Qué es hacerlo todo bien? ¿Hacemos algo bien? Ojalá fuera, al menos,  esa nuestra intención, nuestra actitud. Hacer las cosas bien, desde que Jesucristo vino al mundo, es hacerlas a Su manera: con dignidad de Hijos, con amor verdadero, por el Reino, para gloria de Dios. Que lo que hagamos se inscriba en este “código”, el único válido; no validemos otros.
 
Apuntar hacia ese Bien consiste, en primer lugar, en escoger los “quehaceres”, dejando de llenar la existencia de tareas y actividades innecesarias y alienantes. Elijamos bien los “qué”, con decisiones audaces y libres, y luego centrémonos en el “cómo”.
 
El sordomudo es símbolo de la incomunicación. Cuando escuchemos y hablemos a nuestro prójimo, no veamos en él a su ego, su personaje, sino a su ser verdadero, su esencia inmortal. Eso requiere un aprendizaje para distinguir entre uno y otro, el virtual y el real, el vehículo y el conductor.

Pero para escuchar al prójimo, conviene primero aprender a escucharse a uno mismo y, sobre todo, escuchar a Jesús, porque solo Él tiene palabras de vida eterna, como leíamos en el Evangelio de hace dos domingos.

Profundizando en una de las cuestiones que se nos plantean hoy, ¿qué es hacerlo todo bien? ¿Ser eficaz, diestro, meticuloso, perfeccionista? ¿Tener talento? ¿Ser resolutivo? Sí, claro, todo eso y mucho más en la lógica del mundo. Pero para Dios es otro el Bien, no es el bien que se opone a mal, sino el Bien que integra y transmuta todo, el Bien que es Amor, Vida eterna; el Bien de lo que perdura.  

Jesús pasa haciendo el bien. Bien a todos, “buenos y malos” conscientes e inconscientes, despiertos y dormidos, esa es la justicia divina. Pasemos haciendo el bien, como el Maestro que todo lo transforma, todo lo hace nuevo. Evitemos acumular bagatelas, tareas inútiles, compromisos absurdos, distracciones, dispersiones… Vayamos una y otra vez al centro que lo hace todo vertical porque lo real-iza. Ese centro, camino estrecho, ojo de aguja, por el que pasa el eje vertical de la cruz, el único centro donde podemos empaparnos del Agua de la Vida que brota del costado de la Divina Misericordia. Es la verdadera fuente de transformación porque toma lo pobre, lo imperfecto e incompleto, lo “mísero”, y lo lleva al corazón “cor-cordis”: Miseri-cordia. Volvamos entonces una y otra vez a ese centro; metanoia, vuelta, conversión, con-versión, sin distracciones, sin olvidos, sin dispersiones.

Solo así podemos escuchar y hablar, abiertos, effetá, libres, capaces de distinguir entre las voces, Una, como el poeta bueno, y, en esa Voz, la palabra que sana y libera, la palabra de vida eterna que nos muestra el camino de regreso a Casa.

Sustituyamos las viejas y cansinas canciones de la lógica del mundo por la única Canción, el único Verso, el Universo Original del que venimos y al que volvemos.

Jesús proclama con claridad irrepetible la nueva lógica, esa que últimamente pretenden atribuirse “gurús” actuales. Nuevo Testamento, Evangelio, Buena Nueva, Todo fue ya pronunciado por Él, pero no nos damos cuenta. No lo oímos porque no Le escuchamos. Tenemos muchas veces los oídos cerrados a su Palabra, que es la única que salva. Solo Él tiene palabras de Vida eterna, pero por inercia, por masoquismo, por pura distorsión o por lo que sea, no Le escuchamos y preferimos palabritas mortales de seres virtuales, palabritas vanas que se transforman en eco y luego en nada.

Escuchemos a Jesucristo, sigámosle, pasemos como Él haciendo el bien. Recordemos la consigna de Santa Teresa que leíamos en el último post del blog amigo antes del verano, www.diasdegracia.blogspot.com, y que hemos intentado cumplir entre aguas turbulentas: No os pido más que Le miréis.



                               Señor, Tú tienes Palabras de Vida, Hermana Glenda


                                    Yo amo a Jesús, que nos dijo:
                                    Cielo y tierra pasarán.
                                    Cuando cielo y tierra pasen
                                    mi palabra quedará.
                                    ¿Cuál fue, Jesús, tu palabra?
                                    ¿Amor? ¿Perdón? ¿Caridad?
                                    Todas tus palabras fueron
                                    una palabra: Velad.
                                    Como no sabéis la hora
                                    en que os han de despertar,
                                    os despertarán dormidos,
                                    si no veláis: despertad.

                                                                  Antonio Machado

 

20 de junio de 2015

"¿Quién es Este?"


Evangelio de Marcos 4, 35-41

Aquel día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: “Vamos a la otra orilla”. Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó un fuerte huracán y las olas rompían contra la barca, hasta casi llenarla de agua. Él estaba a popa, dormido sobre un almohadón. Lo despertaron diciéndole: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?” Se puso en pie, increpó al viento y dijo al lago: “¡Silencio, cállate!” El viento cesó y vino una gran calma. Él les dijo: “¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?” Se quedaron espantados y se decían unos a otros: “¿Pero, quién es este? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!”

                                           Tormenta en el Mar de Galilea, Rembrandt 
 

El asunto está claro ahora. Está entre la luz y las sombras, cada uno debe elegir de qué lado está.

                                                                              Chesterton (poco antes de morir)
 

La queja de los apóstoles, ante la calma y aparente indiferencia del Maestro, es, como tantas veces nuestras quejas, fruto de la ignorancia. Si supiéramos, con todo nuestro ser, no solo con  el intelecto, Quién es Ese que hace callar a las fuerzas de la naturaleza, la queja se transformaría en calma, confianza y amor. Porque ya no se trata de saberlo, sino, además, de sentirlo ( www.diasdegracia.blogsport.com).

No hay miedo ni sufrimiento si sabes que tu vida verdadera y la de aquellos que amas no peligra nunca. Por eso Jesús nos dice continuamente: “no temas”. Unidos a Él, estamos en la Vida, y somos capaces de vencer cualquier peligro de este mundo, esta vida virtual que no es la definitiva, porque Él ya ha vencido al mundo. Cuando somos conscientes de ello, no solo con la mente, sino con el corazón, el alma y el espíritu, no nos defendemos, no nos revolvemos angustiados y quejumbrosos frente a las circunstancias adversas o las dificultades, porque tenemos una confianza genuina, una fe que es motor y guía, porque creyente es el que no teme y creer es ser valiente.

En cambio, qué débil nuestra fe, qué inconsistente ante las pruebas, qué cobarde, si nos falta Su Presencia, si no hemos logrado esa consciencia. Pero qué fuertes y valientes podemos llegar a ser cuando somos conscientes de que es Él Quien nos sostiene y nos inspira.

"Te basta mi gracia, pues la fuerza se realiza en la debilidad" (2 Cor 12, 9), le decía el Señor a Pablo cada vez que su voluntad flaqueaba. Nos basta su gracia también hoy. Aunque nuestras fuerzas vacilen y las dudas nos quebranten, confiamos en una voluntad infinitamente superior, la de Jesucristo. Su Palabra es refugio y fortaleza, el poder frente a las fuerzas de la oscuridad, que se nos muestran hoy como un huracán con fuerte oleaje.

Rema mar adentro, nos dice Jesús en Lucas 5, 1-11, el pasaje de la pesca milagrosa que contemplábamos hace tiempo. Rema mar adentro, intérnate en lo más profundo de tu ser, en esos espacios abisales de peligro y oscuridad, de inseguridad y desvalimiento. Rema mar adentro, adéntrate en tu alma, no te quedes junto a la orilla, donde todo resulta familiar y hacemos pie. La misión es para valientes, para los que se atreven a explorar sus propias profundidades, habitadas por monstruos y demonios, entidades malignas y sirenas perversas que siempre acechan, atrapan y esclavizan al que se deja engañar porque no está atento, o no está en su centro, abrazado al mástil de la Verdad.

Y la Verdad es Jesucristo. Es la respuesta a la pregunta que en la escena de hoy se hacen los apóstoles, que aún no le han conocido realmente. ¿Quién es este?, se preguntan espantados. Jesús nos lleva a ahondar en nuestro propio corazón porque la experiencia del encuentro con Él es personal; de ahí que la pregunta que se hacen hoy los apóstoles hemos de hacérnosla nosotros. Y la respuesta la vamos encontrando a lo largo del Evangelio de Marcos, en los otros Evangelios y, sobre todo, en nuestro corazón, en el encuentro de cada uno con “Este” que es el Hijo de Dios, el Verbo encarnado.

Solo Él tiene Palabras de Vida y una autoridad capaz de hacer callar al viento y calmar el lago. Que su Palabra sea nuestro alimento y nuestra guía, nuestra confianza, el antídoto de nuestra cobardía. No olvidemos que el imperativo que más a menudo aparece en los Evangelios es: "No tengáis miedo".

En otra escena en el lago de Tiberíades (Jn 6, 16-21), cuando Jesús caminó sobre las aguas, fue Él quien dio testimonio de Sí mismo: “Soy yo, no temáis”. Ahora nos toca a nosotros reconocer al Señor y manifestarlo sin miedo ni dudas. Nos toca ser testigos y dar testimonio, como hará toda criatura cuando llegue el momento, según anuncia el Apocalipsis (Ap 5, 11-14).


 
                            Por qué tengo miedo, Hermana Glenda
 

13 de junio de 2015

El Reino, la única opción


Evangelio de Marcos 4, 26-34

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: “El reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega”. Dijo también: “¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas”. Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía en parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.
 

 


Con parábolas, para que le entiendan todos, y con su vida, Jesús anuncia el Reino de Dios, insistiendo en que no es un Reino lejano e inalcanzable, sino que está dentro de nosotros (Lucas 17,21), dentro y cerca (Marcos 1,15), y se actualiza en Él y en cada uno de los que acogen la Buena Nueva (Mateo 20,28).

Y ¿cómo es ese Reino tan cercano, tan íntimo? ¿Por qué no lo vemos? Porque está en un instante y mientras seguimos en el devenir temporal, solo podemos vislumbrarlo en ese instante sagrado en que velando, vigilando, abiertos al Misterio, conectamos con nuestra Esencia Original, Jesucristo, el Verbo increado.

Para los que siguen la Lógica convergente, que aparece a menudo en estos blogs, el Reino consiste en los Universos Originales anteriores a la creación, anteriores al Paraíso Original, que sería un nivel inferior en la Octava Cósmica. El Maestro hablaba de ello en parábolas porque es muy difícil expresar con palabras unos misterios tan inalcanzables para la mente limitada, atada a Cronos y al dualismo (dentro, fuera; anterior, posterior; superior, inferior…).

Jesús nos trae la nueva lógica y nos guía, nos eleva hasta Él para que comprendamos sin conceptos ni argumentaciones, como un latido, como un abrazo de amor verdadero, como una respiración. Nos hace vivir el Reino en el presente atemporal, que es plenitud y es coherencia y es potencia infinita.

Somos dichosos porque creemos sin ver, confiamos en Aquel que anuncia el Reino porque es el Reino y quiere que seamos Uno con Él, eternamente, que es más que siempre.

De este modo se asoma Enrique Martínez Lozano al misterio de lo inefable: “En la expresión “reino de Dios” volvemos a encontrar las “dos caras” de lo Real: la Plenitud que ya es, desplegándose o expresándose en la historia manifiesta; el Vacío y la forma; el Ser y los entes; el Misterio inmanifestado y las manifestaciones concretas… Y todo ello, sin ningún tipo de dualismo, sino en el Abrazo integrado de la No-dualidad en el que se reconocen, a la vez, las diferencias en las formas y la identidad o unidad compartida”.

Se nos está planteando como nunca, en planos que trascienden lo puramente intelectual, que solo hay una opción: el ojo de aguja, el camino estrecho. Por eso decido volver, con confianza y con alegría. “Desterrarnos del cuerpo y vivir junto al Señor”, nos propone San Pablo en la segunda lectura de hoy (Corintios 5, 6-10). Es volver, regresar, y es hacerlo ya, aunque sigamos aparentemente aquí. De pie, la cintura ceñida, porque es la Pascua, el paso del Señor.
 
La gente sigue trabajando, afanándose, ilusionándose con los brillos artificiales de neón, en vidas virtuales, estériles, aparentemente ricas y felices, sin ver que es un sueño del que despertarán sentados sobre una calabaza. “Antes del diluvio, la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del Hombre.” (Mateo 24, 37-44)

Desterrados del mundo, del que no somos, del cuerpo mortal, aunque siga sirviéndonos como vehículo, como instrumento,  regresamos a Casa con la alegría y la confianza del que sabe que hay Alguien que completa, restaura, perfecciona todo, toma las faltas, las distorsiones e incoherencias del pasado y las transforma en coherencia y propósito puro, claro, lleno de sentido. 
 
Y para el Camino de Retorno no hay nada que hacer, ningún sitio al que llegar, ningún bien que merecer. Como el que echó la simiente, solo cabe esperar, confiar… Es el morir a uno mismo y nacer al Sí mismo, de que hablan todas las tradiciones, que hace posible el santo abandono y, con él, ese despertar sencillo, directo y gozoso que nos descubre que la única tarea verdaderamente importante en este mundo es dejarnos mirar, amar y transformar por Él.

  

16 de mayo de 2015

Misión y Meta


Evangelio de Marcos 16, 15-20

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo: Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán los demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, tomarán serpientes en sus manos, y si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos y quedarán sanos. El Señor Jesús, después de hablarles, ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos fueron y proclamaron el evangelio por todas partes, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba la Palabra con los signos que los acompañaban.

                                                La Ascensión de Cristo, Tiziano


¿Dónde está sentado Cristo? No está sentado en ninguna parte. Quien lo busca en algún lugar, no lo encuentra. Su parte menor se halla por doquier, su parte superior no está en ningún lugar.

La señal de que alguien ha resucitado por completo con Cristo consiste en que busca a Dios por encima del tiempo. Busca a Dios por encima del tiempo quien busca sin tiempo.
Meister Eckhart


No hay mejor manera de avanzar en el camino del cristiano que remitirnos a Jesús y Su Palabra. El Mensaje desnudo es el crisol que nos transforma y nos prepara para seguirlo. Porque el Evangelio, la buena nueva de Cristo resucitado, es el Camino (1 Cor 15, 1-11). Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación, nos encomienda hoy.

Porque es a nosotros a quienes está hablando a través de ese prodigio de Arte Objetivo que es el Evangelio. Sí, a ti y a mí nos dice: id y proclamad la Buena Nueva Es la misión a la que estamos llamados, ser nuevos apóstoles, testigos de Cristo. 

Antes de la muerte y resurrección del Maestro, los discípulos anunciaban la proximidad del Reino. Después, son testigos de Jesucristo, proclaman el Evangelio con hechos ya consumados, dan testimonio.
En la escena que hoy contemplamos, reciben poderes mucho más elevados de los que recibieron los 72 que fueron enviados con una detallada lista de recomendaciones y preceptos (Lc 10, 1-9). Ahora reciben poderes y consignas de orden espiritual; es Su muerte y Su resurrección lo que marca la“frontera” divisoria entre una misión y otra.

Pero antes y después son / somos enviados sin apenas recursos materiales, a corazón descubierto, libres de apegos, con la libertad que Él nos otorga y la plena confianza en que no estamos solos ni desamparados, pues tenemos la paz y el amor del Señor. Por eso sabemos lo importante que es la actitud interior; las obras surgen a partir de esa actitud de entrega y confianza.

Jesús puede transmitir facultades a sus elegidos, porque Él es dueño y Señor de estas potencias y virtudes. Pero esos poderes no son lo esencial ni son duraderos, pues se ejercen en el mundo que pasará. Solo Sus Palabras no pasarán (Mt 24, 35); por eso nada del mundo es comparable a cumplir Su Palabra y ser Sus testigos. Todo lo demás es anecdótico, incluso vencer a los demonios.

Las verdaderas señales de estar progresando en el Camino son la pureza de la intención y la sinceridad en la entrega. No pretendemos ser hechiceros, nada más lejos de la esencia del cristiano; el mismo Jesucristo quitaba importancia a los milagros y solo los realizaba para cubrir necesidades. Que Lázaro resucitara es infinitamente menos importante que el hecho de que el verdadero nombre de Lázaro esté inscrito en el Cielo.

Es bueno que sepamos cuáles son los riesgos de quedarnos en lo superficial o anecdótico, que puede estancar y confundir, cuando no hacer caer en la letal soberbia de espíritu. El gran peligro de cada logro espiritual es que el ego siempre tiende a apropiárselo y a jactarse de ello. Por eso conviene repetirse lo de: “somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer” (Lc 17, 10).

La contundencia del mensaje de Cristo y la constante llamada a la humildad, de la que Él es el mejor ejemplo, son nuestra salvaguarda. Porque, si el ego nos sabotea continuamente, cuando este ego se ha “espiritualizado”, el peligro es mayor aún. Y hay que ponerle en su sitio, para que no olvide que todo nos viene del único Todopoderoso.

Hemos de dar testimonio de palabra y con nuestra forma de vida, pero sin esperar resultado, como ese siervo que hace lo que tiene que hacer y eso le basta.

Es anecdótico que se nos sometan los espíritus, pisotear serpientes y escorpiones o ser inmunes al veneno, si lo comparamos con el regalo inmenso de que nuestros nombres están inscritos en el cielo.

Hemos de gloriarnos en nuestra debilidad, como dice San Pablo (2 Cor 12, 9-10). Por muy admirables que puedan parecer nuestras obras somos simple canal del poder de Dios y sin Él no somos nada. Nuestro único mérito es la adhesión a la cruz de nuestro Señor (Gál 6, 14) y la entrega incondicionada que nos permite ser cauce de la voluntad divina. Si se nos someten los espíritus, es por el poder del nombre de Jesús, ante el que toda rodilla se dobla en el cielo, en la tierra y en el abismo (Fil 2, 10).  

Estamos llamados a fundirnos con Él, para que nos ampare y nos transforme, nos libere y proteja, nos fortalezca y defina, al oír cómo nos llama por nuestro nombre. No el que nos pusieron nuestros padres, sino el nombre verdadero, el que nos dio el Padre y hemos olvidado, el que nombra el ser nuevo que somos, a imagen y, por fin, también semejanza (1 Jn 3,2). Porque Él, que inscribió nuestros nombres en el cielo, nos ha de llevar a la dimensión más elevada de nosotros mismos. Esa es la razón de nuestra alegría: podemos entrar en comunión con Jesucristo a cada instante, y gozar de Su presencia en ese eterno presente donde ya somos uno con Él.

Como dice san Pablo en la segunda lectura de hoy (Ef 1, 17-23), nuestro verdadero cometido es reconocer a Jesucristo como la fuente de todo poder y toda plenitud, para seguirle  sin condiciones. Esa es la fuente de la paz y de la alegría: saber que somos de los Suyos. Porque la verdadera alegría del cristiano es el encuentro con Aquel que hace de nosotros hombres nuevos.

Porque Cristo ascendió para que ascendamos con Él y podemos empezar a ascender ya aquí, ahora, en este buscarle y seguirle sin tiempo que dice Meister Eckhart en la cita de inicio, soltando lastre, aligerándonos, dejando de dis-traernos, dis-persarnos, para mirarle solo a Él, centrarnos solo en Él, referenciarnos en Él.

Jesucristo, asecendido y glorificado es el verdadero “Original” de los seres virtuales que somos cuando vivimos en la Matrix de inconsciencia. Él nos devolverá (nos devuelve ya) nuestra vida, para que la revivamos a la luz eterna del más allá–más acá, pero con una claridad distinta, con una densidad diferente, la materia al fin iluminada.

Ascendemos a nuestro Yo real y eterno porque en Cristo no hay disolución, sino consunción, no hay divergencia, sino convergencia. ¿Quién asciende?, ¿cómo asciende?, ¿en qué se asciende? Esencia, centro, corazón, alma inmortal, sueltos al fin los viejos patrones y programas, Original que ha bajado a nuestro encuentro para elevarnos… Ascendemos con nuestra apariencia eterna, la de nuestra verdadera juventud, que es nuestro ser más profundo, el impulso de todo aquello que hemos sido, incorporado (in-corpore) y trascendido….

                                                  
                                                       Laudate Dominum, Taizè

9 de mayo de 2015

Amar como Él

 
Evangelio de Juan 15, 9-17

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a la plenitud. Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido; y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros”.
 


                                            Escenas de La Pasión, de Mel Gibson


Ama y haz lo que quieras, decía San Agustín, no como rebeldía o provocación, sino porque en el amor a Dios y al prójimo se sostienen toda la ley y los profetas (Mt 22, 40). El amor es más fuerte que el miedo y la muerte, más que las leyes y los dogmas, más fuerte que todo. Las normas, reglamentos, prohibiciones..., son necesarios para los que no han llegado, todavía, al amor y se rigen por la frialdad de la ley, la amenaza y el temor. Los que han dado el gran salto están en la plenitud de la ley (Rom. 13, 10) y viven libres, confiados en Dios, abiertos al mandamiento del amor, que contiene y sostiene todo y a todos.
 
Aquellos que han sentido con más intensidad y verdad la presencia amorosa de Dios coinciden en señalar la pureza de ese amor, que va más allá de las reglas, los ritos y las religiones. Es amar, no solo únicamente a Dios, sino amarle por Él solo, excluyendo cualquier recompensa o castigo, sin expectativas. Como dice la mística sufí, Rabi’a al ‘Adawiyya: No temer al infierno, ni codiciar el paraíso, sino solo amar a Dios.
 
Precisamente, para los sufíes, la gran herejía es la falta de amor. Y así debería de ser también para los cristianos, porque Jesucristo instituyó el mandamiento del amor y lo situó en la cima de su enseñanza. En ese amor esencial que brota del alma del verdadero discípulo, que se reconoce amado y se reconoce como amor, encontramos el terreno fértil para el entendimiento, la armonía y la unidad.
 
Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: “Dame de beber”, le pedirías tú y él te daría agua viva. (Jn 4,10). Cuánto estaba diciendo Jesús a la samaritana con estas palabras… Dios no se conforma con un corazón dividido y condicionado, como solemos amar en el mundo. Cuando Él nos elige como amigos y nos destina para que vayamos y demos fruto y ese fruto dure, espera que le ofrezcamos nuestro corazón entero y de una vez. Quien renuncia a sí mismo y toma la decisión valiente y definitiva, capaz de transformarnos, sale de la “cárcel” donde solemos malvivir, para encontrarse en un paisaje maravilloso e infinito, donde amar y caminar hacia el encuentro con el Amigo, que nos dará la alegría plena.
 
No se trata de vivir con la esperanza puesta en las moradas celestiales, sino de experimentar ya esa plenitud de amor e ir haciendo real esa morada aquí, porque –cito a Baalschem–: Si amo a Dios, ¿para qué necesito un mundo venidero? Pero es que, además, por la generosidad de Su gracia, el mundo venidero existe y nos espera, para seguir amando.
 
¿Por qué no atrevernos a dar el salto, ahora que sabemos que nuestro destino inmortal no está unido a nombres, formas, apariencias del ego? ¿Por qué no amar a todos, ya, asumiendo esta comprensión que trasciende lo limitado y condicionado? ¿Por qué no avivar desde hoy mismo ese fuego sutil que pocos, por apego, tibieza o ignorancia, son capaces de encender, sentir o apreciar? ¿Por qué no abrasarnos ya en la llama de amor viva, capaz de transformarnos?

Pero, ¿dónde está el amor al otro, el prójimo, el hermano, en este fuego de amor divino? En el mismo centro: un solo latido, un único amor. No se puede amar a Dios sin amar a los demás. Del mismo modo que no se puede amar a los hermanos con un verdadero amor, más allá de los afectos sensibles, sin amar la fuente misma del amor, sin haber reconocido esa fuente en nosotros.

Porque cuando uno encuentra a Dios en su corazón, se encuentra también consigo mismo, su auténtico Sí mismo, y con los otros, por y para ellos. Descubre, como Dostoievsky, que el infierno es el tormento de la imposibilidad de amar.

Es cierto que, para rescatar a alguien que se ahoga, antes hay que aprender a nadar, y que, como afirma Edith Stein,  uno puede salvar a los demás en la medida en que se salva a sí mismo, pero, cuando uno se reconoce justificado por el Amor, no quiere, no concibe siquiera salvarse él solo, porque el camino de la salvación, como nos enseñó Jesucristo, de palabra y de obra, es el camino del amor.

Y, si amamos de verdad, desde la certeza del que se sabe amado, porque Él nos amó primero, no podemos ver la salvación como un negocio, y menos individual, sino como un abrazo infinito y eterno, que nos hace entender la oración de Al Bistami, otro contemplativo sufí: ¡Oh Señor!, si has previsto que has de torturar a una de tus criaturas en el infierno, ¡dilata allí mi ser, de modo que no quepa nadie más que yo!

Porque el Amor con que Dios nos ama y nos enseña a amar nunca puede ser limitado, es un abrazo total, incondicionado, hasta el extremo, y aunque aún no seamos capaces de percibirlo, de sentirlo así siempre, nos miramos en Él, somos en Él un solo Amor, el único camino hacia la plenitud de la alegría, hacia la Vida.



                                         Nadie te ama como yo, Martín Valverde

2 de mayo de 2015

"Menein"


Evangelio de Juan 15, 1-8 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo poda para que dé más fruto. Vosotros estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí, lo tiran fuera, como al sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que deseéis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos.

 

 
El camino del cristiano lo encontró Aquel que es “el camino” y es una felicidad encontrarlo. El cristiano no se pierde en los rodeos y es salvado felizmente para la gloria.
                                                                     Soren Kierkegaard


Permanecer, menein, mutua inmanencia, una de las palabras que más aparece en el Evangelio de San Juan. Permanecer en Cristo, indisolublemente unidos a Él nos dar fruto, para lograr la Obra que vinimos a realizar. Realizarla, cumplirla, y entregarla, es realizarnos (real-izarnos), cumplirnos, entregarnos. Y para ello hay que soltar, desnudar, quitar lo que sobra como hace el escultor para que aparezca la figura que soñó. Es el sentido de la poda que hoy menciona el Evangelio.

Si no somos capaces de podarnos nosotros mismos, muriendo a lo que no somos para manifestar lo que somos, tarde o temprano seremos podados a fin de que el sarmiento no se seque, sino que sea alimentado por la misma savia que fluye por toda la vid.

Sarmiento y vid, individuo y Unidad, circulación de vida que nos nutre y comunica. Comunión, la maravilla del Amor, que nos permite ser completamente Uno sin  disolvernos. Uno y distintos, no por conservar la personalidad transitoria e irreal, sino para seguir amando desde el Ser verdadero que Dios soñó para cada uno, en una interrelación eterna.
 
Un amor que está a salvo del desgaste y la entropía. Un amor que  crece, se expande sin cesar, continuamente revitalizado, siempre el mismo y siempre nuevo. Porque el Uno está tan lleno de amor que necesita reciprocidad; busca ese “tú” al que amar eternamente. Por eso el cristiano sabe que no ha de disolverse en la nada, que Dios ama a cada ser humano con su nombre real, Uno con Él y, a la vez, distinto.

 

 
OLVIDO

                                                           No se comienza por aprender,
                                                           sino por recordar.
                                                                                           Ismail Hakki

Cómo anhelas la Luz,
pez boqueando,
a punto de morir
fuera del agua.

La Luz es tu placenta,
el medio necesario,
cálida vaina
que te protege
de tus penumbras,
de la sombra que eres
cuando olvidas tu herencia
y tu destino.

O cuando, separado
sarmiento de la vid,
te vas secando, estéril,
y antes de ser nada,
te miras en la nada
y no ves nada.


  

MENEIN                             

                                                               En él vivimos, nos movemos y existimos.  
                                                                                                              Hechos 17, 28

Este silencio vivo,
aquí, a tu lado,
más sabio y preciso
que tantos libros
aún por leer
o por escribir.

Este silencio hondo,
lúcido y fiel,
nos contiene a ti y a mí,
a nosotros que vamos
reconociéndonos,
los dos en uno.

El Uno en dos,
libres, despiertos,
conscientes de existir.




 
Ven, Señor Jesús, Hermana Glenda