3 de octubre de 2015

"Lo escojo todo."


Evangelio de Marcos 10, 2-16   

En aquel tiempo, se acercaron unos fariseos y le preguntaron a Jesús para ponerlo a prueba: “¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?” Él les replicó: “¿Qué os ha mandado Moisés?” Contestaron: “Moisés permitió divorciarse dándole a la mujer un acta de repudio.” Jesús les dijo: “Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.” En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo. Él les dijo: “Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio.” Le presentaron unos niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban. Al verlo, Jesús los miró con ira y les dijo: “Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el Reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el Reino de Dios como un niño, no entrará en él.” Y los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos.
 
 

Nos creaste, Señor, para Ti y nuestro corazón
está inquieto hasta que no descansa en Ti.

San Agustín
 

                                               En tu naturaleza, Deidad eterna, conoceré la mía.
                                               Y ¿cuál es mi naturaleza, Amor inestimable?
                                               Es fuego, porque tú no eres otra cosa que fuego de amor.
                                               A todas las cosas y criaturas, las hiciste por amor.

Santa Catalina de Siena
 

En vísperas del Sínodo de la Familia, como si no hubiera ya suficiente conflicto y confusión, creo que me va a salir un post políticamente incorrecto para casi todo el mundo, tal vez para muchos casados y también para muchos divorciados, para los aperturistas que aplauden y tantas veces tergiversan las aparentes novedades del papa en ciertos temas “espinosos” (no hay nada nuevo bajo el sol, desde que Jesús hizo nuevas todas las cosas), y también para los que temen que el sucesor de Pedro abra la boca sobre esos temas.

Me va a salir, ya lo veo, políticamente incorrecto para muchos de esos personajes que afianzan los egos, en uno mismo siempre primero… Sobre todo para esos que, en mí, en ti, en todos, quieren tener razón, y también para los que se dejan llevar por la inercia de las creencias, que no tienen nada que ver con la fe viva que nos hace valientes, libres y sinceros. Pero ¿quién quiere ser políticamente correcto para casi todo el mundo a estas alturas, cuando la representación de este mundo está pasando? Y sobre todo, ¿quién quiere contemporizar para quedar bien con todos y ser políticamente correcto, si el Maestro nunca lo fue y eso le llevó a la muerte?

En el pasaje de hoy, Jesús nos presenta el divorcio como una distorsión, que Moisés tuvo que aceptar por la terquedad de muchos. Pero Jesús, como tantas veces, habla desde un nivel que no coincide con el nivel desde el que escuchamos, y, sin duda, no coincide en absoluto con el nivel de escucha de los malintencionados fariseos, que buscan respuestas dogmáticas e inmóviles.

...y serán los dos una sola carne, ¡claro!; el matrimonio es figura en el mundo de la verdadera Unión a la que estamos llamados. Una sola carne aquí, en el mundo corruptible, símbolo y figura de la Unidad de los mundos incorruptibles. Para vivir ya aquí la armonía de allí, para los que no pueden ser eunucos por el Reino (el que pueda con esto que lo haga), existe la unidad indisoluble del matrimonio entre hombre y mujer.

Si para regresar a Casa, hijos pródigos que somos, y escoger la única opción posible, hace falta decisión, compromiso y coherencia, también para vivir aquí, optando por el matrimonio humano, imagen del matrimonio verdadero, las Nupcias interiores, hace falta ese compromiso, esa indisolubilidad que es coherencia con  la armonía y la unidad del Reino. No entro en casos concretos pues hablar de matrimonio humano ya es ir de lo abstracto a lo concreto, y no hace falta ir a casos individuales cuando se trata de trascender identidades para vivir desde la Esencia inmortal.

Aunque es figura, símbolo en lo cronológico y lineal de una Realidad atemporal y vertical, el matrimonio humano es paso adelante hacia el Retorno, vocación de Unión total y definitiva. Preparación en el mundo para morir al mundo, crucificarse en el mundo para la meta común que es el abandono de la identidad de quienes aún están en la experiencia en el mundo de los nombres y no intuyen siquiera lo que espera a quienes alcanzan el Nombre (en la piedra blanca que anuncia el Apocalipsis).

El encuentro promete más de lo que el abrazo puede cumplir, dice Hugo von Hofmannsthal en La Carta de Lord Chandos. Una sola carne es lo que promete el matrimonio, pero el ser humano integral que somos no se conforma con una sola carne, busca la unidad duradera de las almas en un solo espíritu, un solo ser. Si fuéramos capaces de conseguir esa unión, la real, la que buscan sin saberlo incluso los más lascivos, el sexo dejaría de ser la trampa que engancha, confunde y desgasta, que lastra y degenera cuando se abusa o cuando se convierte en una obsesión o en un sucedáneo del amor. Ese amor insustituible que no perderemos con la muerte física, sino que viviremos en plenitud porque es reflejo del amor de Dios.

Entonces seremos como ángeles, porque no habrá necesidad de reproducción para perpetuar la especie, como no habrá nutrición, porque los cuerpos gloriosos no estarán sometidos a la entropía. El hambre, la sed, el cansancio o el deseo sexual habrán desaparecido; así que no creo que nadie eche de menos satisfacer una necesidad o un deseo que ya no existe. Quedará ese anhelo de infinito, de unión completa, de Amor verdadero, continuamente colmado en plenitud.
 
Los eunucos para el Reino, aquellos que voluntaria y conscientemente renuncian al matrimonio, han de ser testigos más consecuentes del Amor, porque se encuentran en una situación privilegiada, unidos, en Lo Uno, no como prefiguración sino como realidad. Y no me refiero solo a los sacerdotes, religiosos y consagrados, ni mucho menos tampoco a los que conservan la virginidad física. Hay otra virginidad espiritual, o recuperada, que puede ser tan valiosa, a veces infinitamente más, como la virginidad física mantenida desde el nacimiento.

Siempre con Jesús todo es nuevo, y la paradoja es ventana a la Maravilla, porque el que renuncia lo hace en el nivel temporal y recibe mucho más de lo que ha dejado y, además, también lo que ha dejado, como veíamos el domingo pasado, y lo recibe perfeccionado, sublimado, multiplicado.
 
Con Jesús todo se integra. Con Él  renunciar en el mundo, lo virtual, es recibir en el Reino, lo real. Porque solo el que es como un niño tiene la suficiente disponibilidad e inocencia que permite decir como Santa Teresita “yo lo escojo todo”. El que acoge el Reino como un niño sabe que en él nada se pierde o se rompe o se separa porque lo que se da se recibe, a lo que se renuncia, se reencuentra, lo que se suelta, regresa, en una plenitud eternamente renovada donde se tiene Todo, porque se Es en el Todo.
 
 
 
My sweet Lord, George Harrison
 
Para terminar como empezamos, en lo "políticamente incorrecto", como el único Maestro al que George Harrison canta y anhela, aunque algunos lo nieguen....
Los que queremos acoger el Reino como niños, escogemos al Único y así tenemos Todo.
 

26 de septiembre de 2015

La Misericordia y la Verdad se han encontrado


Evangelio de Marcos 9, 38-48   
 
En aquel tiempo, dijo Juan a Jesús: “Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros”. Jesús respondió: “No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro. El que os dé a beber un vaso de agua, porque seguís al Mesías, os aseguro que no se quedará sin recompensa. Al que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar. Si tu mano te hace caer, córtatela: más te vale entrar manco en la vida que ir con las dos manos al abismo, al fuego que no se apaga. Y si tu pie te hace caer, córtatelo: más te vale entrar cojo en la vida que ser echado con los dos pies al abismo. Y si tu ojo te hace caer, sácatelo: más te vale entrar tuerto en el Reino de Dios que ser echado con los dos ojos al abismo, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga”.
 

                                         El Sermón de la Montaña, Cosimo Rosselli


Si la Ley de Dios está escrita en tu corazón, no produce miedo (como en el Sinaí), sino que inunda tu alma de una dulzura secreta.
 
                                                                                                            San Agustín

El Evangelio de hoy nos pone nuevamente frente a dos sabidurías, dos lógicas o paradigmas. La de aquellos que necesitan sentirse integrados en un grupo, separados del resto, para poder decir de otros si son o no son de “los nuestros”. Es la lógica mediocre y cobarde que se fundamenta en creencias, exclusividades, divisiones, la lógica divergente del dualismo. Frente a esta lógica tibia y ciega, está la lógica de Jesús, que se basa en la generosidad, la valentía, la libertad, y tiende a unir, integrar, abrir, confiar… La primera es fuente de miedo y confusión; la de Jesús es fuente de alegría y libertad, porque está fundamentada en la verdad que hace libres. Es el nuevo paradigma basado en el amor incondicional hacia todos, no solo hacia los que consideramos de “los nuestros”. Para amar y aceptar a todos, es necesario no temer, pues amor y temor nunca van unidos.

Ser valientes y libres, dejar atrás la falsa seguridad que da la pertenencia a  un grupo, supone haber conectado con ese nivel de nosotros mismos que no necesita referencias externas. Ese centro de gravedad permanente donde no hay miedo ni recelo, sino acogida y confianza. Recordemos que el imperativo que más a menudo aparece en los Evangelios en boca de Jesús es: "No tengáis miedo".

Si tu mano, si tu pie, si tu ojo… Me libero de todo lo que me impide ser buen discípulo, aunque me duela. Si tu mano, si tu pie, si tu ojo… Córtatela, córtatelo, sácatelo… Es un símbolo, claro está, una metáfora del sacrificio necesario para elegir un bien mayor. Porque el Reino vale tanto como para renunciar a todo lo que nos dificulta el camino hacia él. Así lo expresa Enrique Martínez Lozano: “Lo que se halla en juego reviste tal gravedad que exige modificar radicalmente el modo de ver y de actuar: cortarse la mano (modificar las acciones), cortarse el pie (cambiar de rumbo) o sacarse el ojo (transformar la visión).”

No queda tiempo para seguir dando vueltas como burros atados a la noria de las experiencias. Seguir girando en ese infinito horizontal, tratando solo de mejorar la “zanahoria” o la cuerda que nos ata a la noria, sería el camino fácil, pero que no lleva más que a repetir experiencias, mejorándolas si acaso.

Sólo hay una elección, volver a Casa, escoger el Reino, sin mirar atrás. Ojo de aguja, camino estrecho, esa “cosa” que le faltaba al joven rico para ser santo y no se atrevió a hacer… Es la decisión, de-ci-Sión, el regreso a Sión. Y para escoger algo, hay que renunciar a algo, y esa renuncia, ese sacrificio hace sagrado (sacer fare) lo que se escoge y también lo que se suelta, porque no hay separación y como la Obra es uno mismo, lo que cojo y lo que suelto se funden, se transfiguran, se completan en mí, por la gracia de Aquel que hace nuevas todas las cosas.

Como dice el general Lorens Loewenhielm de El Festín de Babette (ver www.diasdegracia.blogspot.com , post del 19-9-2015), en el discurso cuyo vídeo y texto están abajo, al final tendremos todo, lo que elegimos y a lo que renunciamos…

Renunciamos a bienes efímeros, por el Bien; a la riqueza que se apolilla, para la Riqueza imperecedera; a amores pequeños, para el Amor. Y lo maravilloso es que el Bien incluye todo bien, pues es la plenitud; la Riqueza, incluye la riqueza; y el Amor, incluye el amor. Ahora entiendo con más profundidad lo de: El que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, mujer, hijos o tierras, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna. Mt 19,29.

El que no está contra nosotros está a favor nuestro. Si renuncio a lo que parece que está contra mí, descubro que estaba conmigo, a favor mío, que siempre lo estuvo, y sólo estaba representando un papel para ayudarme a escoger lo bueno y de lo bueno, lo mejor, esto es, lo Bueno.

La Unidad se manifiesta en una aparente división. Es el cierre de la apertura temporal, la representación de este mundo que ya pasa y se disipa, para quien logra ver el Reino entre nosotros en un instante vertical que te hace ver la Unidad, donde todo surge y regresa a la vez.

Esa persona que te distrae (dis-tracción), te dispersa (dis- persión), a veces te divierte (di-versión) y otras te divide (di-visión) no está contra ti, al contrario, está a tu favor, te está ayudando a hacer la única elección legítima: el regreso a Casa, la apuesta por el Reino. Cuando renuncias a ella, descubres que no solo no estaba contra ti, sino contigo, y que ha sido impecable en su papel. Y la recuperas con una plenitud que no imaginabas, ya no te impide que percibas el Reino atemporal donde eres, es, soy, somos Uno.
 
 
 
Discurso del General Lorens Loewenheilm, inspirado en el Salmo 85,
en El Festín de Babette (1987), Gabriel Axel

La misericordia y la verdad se han encontrado. La justicia y la dicha se besarán. El hombre, en su debilidad y falta de visión cree que debe tomar decisiones en su vida. Tiembla ante los riesgos que corre. Conocemos el miedo…. Pero, no; nuestra decisión no tiene importancia. Llega el día en que nuestros ojos se abren, y descubrimos que la misericordia es infinita. Sólo es necesario esperarla con confianza y recibirla con gratitud. La gracia no impone condiciones. Y, he ahí que todo lo que hemos elegido nos es concedido, y todo lo que rechazamos también nos es concedido. Sí, también recibimos lo que rechazamos. Porque la misericordia y la verdad se han encontrado. Y la justicia y la dicha se besarán...

Porque cuando uno encuentra esa misericoria y esa verdad dentro, y la justicia y la dicha besándose en su corazón, se encuentra también consigo mismo, su auténtico Sí mismo, y con los demás, todos hermanos, aunque algunos se empeñen, en vano, en decir que no son de “los nuestros”.
 

19 de septiembre de 2015

Servir para Ser


Evangelio de Marcos 9, 30-37

En aquel tiempo, instruía Jesús a sus discípulos. Les decía: “El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará”. Pero no entendían aquello; y les daba miedo preguntarle. Llegaron a Cafarnaún, y una vez en casa les preguntó: “¿De qué discutíais por el camino?” Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”. Y acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: “El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado”.
 
 
                                                 El lavatorio de pies, Tintoretto
 

¡Vanidad de vanidades -dice Qohelet-; vanidad de vanidades, todo es vanidad. ¿Qué provecho tiene el hombre de todos los esfuerzos con que se afana bajo el sol?
(...) Todas las cosas cansan y nadie es capaz de explicarlas. ¿No se sacian los ojos de ver, ni el oído de oír? Lo que pasó, eso pasará; lo que se hizo, eso se hará: nada hay nuevo debajo del sol.
 
   Eclesiastés 1,2-9    

Cómo se transforman los apóstoles viviendo junto al Maestro...; de ambiciosos, mezquinos, cobardes, tal como se muestran en el pasaje de hoy, cuando aún no han comprendido que los criterios de Jesús no son los del mundo, pasarán a ser dignos, sencillos, fuertes y libres. De nuevo se nos presenta la única elección posible, el camino estrecho, no seguirle el juego a esas voces que dentro y fuera de nosotros nos incitan a la ambición, a los criterios del mundo: ganar, competir, acumular, triunfar...  

Para comprender a Jesús hace falta recorrer el camino descendente, el de la humildad. Ser discípulo Suyo, seguirle en su coherencia y su destino de cruz y gloria, exige ser valientes y aceptar el abandono, la traición y el menosprecio. Para nosotros todo se suaviza infinitamente, porque Él ya lo sufrió en nuestro lugar. Por eso, la humildad es el signo distintivo del discípulo.

Si Jesucristo, todo un Dios que se hace hombre, vulnerable y limitado, por amor, fue capaz de servir sin condiciones y amar hasta el extremo, sus discípulos hemos de estar dispuestos, no solo a ser últimos, sino a amar ese "descenso", que no es masoquismo, sino contrapunto de la vanagloria (vana gloria) del mundo, una de las astutas consignas de adversario, el separador. Como el verdadero pobre de espíritu, que no tiene nada ni quiere nada, ese abajamiento ha de ser un ponerse a ras de tierra, humus, auténtica humildad.

El despreciado y rechazado, el cordero llevado al matadero, la oveja que enmudece (Is 53, 3-7), el gusano, oprobio de los hombres, desprecio del pueblo (Sal 22, 7)... Así anunciaban a Cristo las Escrituras, antes incluso de la Encarnación. No nos escandalicemos ni miremos a otro lado, o a esas imágenes que disfrazamos con encajes y oropel. Sí, el "gusano"; ¿es posible más humildad del mismo Dios? Hasta ahí llegó Su amor. ¿Hasta dónde llega el nuestro?

Si decidimos seguir a Jesús con todas las consecuencias, iremos siempre más lejos, más profundo, más vertical, más a la verdadera raíz, que es situarse en el nivel de conciencia de la no dualidad, esa tramoya fascinante que sostiene el drama de nuestras vidas, y desde ahí ver cómo se suceden todas las actitudes y todos los personajes dentro de uno mismo. Ambiciosos y desapegados, primeros y últimos, prepotentes y sencillos, obsesionados por la apariencia y siervos fieles que encuentran su dignidad sirviendo, discretamente, en esa aparente vulgaridad de lo cotidiano.

Porque, la verdadera sencillez y la verdadera humildad no necesitan manifestarse. Cuántos, aparentemente humildes, hacen alarde de una falsa virtud. El verdaderamente humilde ni siquiera necesita saber que lo es, porque se sabe nada y ha alcanzado ya la dicha de los pobres en el espíritu.

Cuando comprendes con todo tu ser la gratuidad del Reino, sabes que no tienes que defenderte de nada o prevalecer sobre nadie. Lo que mueve el mundo: deseos de aceptación, reconocimiento, admiración, poder…, ya no importa; ni siquiera aparecen esos conceptos de inseguridad, miedo, egoísmo y separación, en este nuevo lenguaje claro y transparente del servicio, de la entrega, del amor.

Entonces no pretendes destacar o ser valorado y admirado, te liberas de la identificación con las apariencias, no necesitas reforzar ninguna imagen mental propia o ajena, vives desde el Ser. Esta es la base de la auténtica libertad que Cristo nos enseña continuamente porque nos quiere libres. La Verdad nos hace libres y Él es la Verdad.

Ya no somos buenos o malos, generosos o egoístas, soberbios o humildes, primeros o últimos; hemos trascendido el mundo transitorio de la dualidad, y somos nada, es decir, Somos, y en ese Ser, que es la fuente de la auténtica Bondad, de la Verdad y la Vida, alcanzamos la plenitud, La cruz, que es antesala de la resurrección, el sacrificio, la elección difícil (y fácil porque no hay otra en realidad para el que quiere regresar a Casa) hace posible que la obra sea entregada, la misión, cumplida. Nos acercamos a este Misterio de otra forma en www.diasdegracia.blogspot.com .

Esa plenitud, donde ya somos reales y libres,  la cruz aceptada que lleva a la Vida, nos recuerda el propósito de la existencia, lo que hace que las experiencias tengan sentido como combustible para el Retorno. Pero, a ese no-lugar infinito, solo se accede por el camino estrecho, por el ojo de aguja del desapego y la humildad. Para ser grandes, hemos de ser pequeños, para ser primeros, hemos de ser últimos, para ser herederos del Reino hemos de ser siervos que hacen lo que han de hacer, sin esperar recompensa, por "amor al arte", por amor.
 
 
 
                                           En mi Getsemaní, María José Bravo

12 de septiembre de 2015

Y nosotros, ¿Quién decimos que es Él?


Evangelio de Marcos 8, 27-35

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Felipe; por el camino preguntó a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que soy yo?” Ellos le contestaron: “Unos, Juan Bautista; otros, Elías, y otros, uno de los profetas”. Él les preguntó: “Y vosotros, ¿quién decís que soy?” Pedro le contestó: “Tú eres el Mesías”. Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y empezó a instruirlos: “El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar a los tres días”. Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió, y de cara a los discípulos, increpó a Pedro: “¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!” Después llamó a la gente y a sus discípulos y les dijo: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por el Evangelio, la salvará”.


Evangelio de Mateo 16, 13-19 

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” Ellos contestaron: “Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas”. Él les preguntó: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Simón Pedro tomó la palabra y dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Jesús le respondió: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”.


Evangelio de Lucas 9, 18-24

 Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos, les preguntó: “¿Quién dice la gente que soy yo?” Ellos contestaron: “Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas”. Él les preguntó: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Pedro tomó la palabra y dijo: “El Mesías de Dios”. El les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y añadió: “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día”. Y, dirigiéndose a todos, dijo: “El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará.”


Junto al Evangelio de hoy, las versiones paralelas de Mateo y de Lucas.

Si Mateo subraya la institución de la Iglesia y la primacía de Pedro, en Lucas, el evangelista de la ternura de Dios, como señala Francesc Ramis, la llamada es universal, nos mueve y pide una respuesta decidida, radical, nunca tan necesaria como en estos últimos tiempos de temor y temblor donde se es o no se es discípulo, se está o no se está junto al Maestro, que nos enseña a decir sí, cuando es sí, y no, cuando es no…

Desde el principio de su Evangelio, Marcos proclama que Jesús es el Mesías esperado:Comienzo del evangelio de Jesús, el Mesías” (Mc 1,1). La escena de hoy está en el centro de su Evangelio, porque es el eje central de su relato, cuyo propósito más evidente es mostrarnos qué tipo de mesianismo es el de Jesús. Por eso, a diferencia de Mateo que da un salto en la escena y de Lucas que la omite, Marcos se centra rápidamente en la sorprendente reacción de Jesús ante el empeño de Pedro de que evite Su Camino de Cruz. Marcos no presenta a un Mesías triunfal según el mundo, sino a un Dios que se hace hombre por amor y entrega su vida para la salvación de todo el que la acepte


Si alguien pudiera demostrarme que la verdad está fuera de Cristo y que realmente Cristo está fuera de la verdad, preferiría estar con Cristo antes que con la verdad. 

                                                                                              Dostoievski

La trascendencia de lo que Jesús está preguntando se anuncia ya en el inicio de la escena. Cada evangelista lo muestra de una manera. No se trata de una conversación como cualquier otra. En Lucas, Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos. La cuestión surge de la oración, de la comunión con el Padre, y se dirige al corazón de los discípulos, a nuestro corazón. En Mateo y Marcos van de camino, se dirigen a Cesarea de Filipo, que no es un lugar cualquiera. Jesús ha escogido bien el tiempo y el lugar de la Revelación que hoy nos ofrece, porque es "hoy" cuando quiere que le digamos Quién es Él para cada uno de nosotros.

En aquel momento, los apóstoles ya  le habían reconocido como Mesías. Sin ir más lejos, después de que manifestara Su poder contra los elementos, al apaciguar la tempestad. Pero la doble pregunta es planteada en un momento crítico, pues muchos discípulos han decidido no seguir, porque el camino les resulta demasiado duro e incomprensible. Son los que no han sido capaces de ver que solo Él tiene palabras de vida eterna. Además, han empezado a recrudecerse las hostilidades contra un Mesías tan incómodo para tantos.

Cesarea de Filipo se encuentra a los pies del monte Hermón. Un lugar hermoso, refrescante, con ciervos, como canta el Salmo 42: “Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?”. Todo habla del Mesías anhelado en la escena, si estamos atentos a estas claves. Cesarea de Filipo está también muy cerca del Mar de Galilea En Isaías 9:1, leemos: “Mas no habrá siempre oscuridad para la que está ahora en angustia, tal como la aflicción que le vino en el tiempo que livianamente tocaron la primera vez a la tierra de Zabulón y a la tierra de Neftalí; pues al fin llenará de gloria el camino del mar, de aquel lado del Jordán, en Galilea de los gentiles.”

Después de que Pedro responda con espontaneidad y contundencia, en nombre de los doce, Jesús les pide que no lo digan, que guarden silencio para que sigan ahondando en sus corazones hasta llegar al sentido último de esta respuesta, y también para que asimilen el nuevo anuncio de la pasión y las condiciones para ser verdadero discípulo.

Y ahora, callad para que todo se cumpla; y luego, hablad para que el mundo lo sepa. Los anuncios de su pasión y muerte son siempre privados, en la intimidad del grupo más cercano.

Ahora Pedro ha manifestado el sentimiento de los apóstoles, madurado en esa íntima cercanía con el Maestro, pero solo después de la Pasión y de la venida del Paráclito, tendrán un conocimiento total y profundo de Quién es Él.

Jesús nos lleva a ahondar en nuestro propio corazón porque la experiencia del encuentro con Él es personal; de ahí que la pregunta vaya de lo exterior a lo interior.

De la respuesta que demos, depende cómo sigamos el camino de discípulo, con qué entusiasmo, con qué compromiso. Y luego, en la segunda parte de este Evangelio, pone todas las cartas sobre la mesa para que el que decida seguirle sepa a qué se enfrenta.

Apártate Satanás nos dice tantas veces. Satanás, el príncipe de este mundo, el diablo, el separador… Como nos preguntamos Quién es Él para nosotros, preguntémonos también qué es lo que Jesús quiere apartar de nosotros y en nosotros, qué hay del príncipe del mundo en cada uno. Apártate, renuncia a lo que te encadena a la lógica diabólica, separadora del mundo, suelta lo que hay en ti que te impide entregarte y aceptar la voluntad de Dios en tu vida… Llama a Pedro Satanás para que suelte la lógica divergente del mundo de los hombres, dualista, lineal, de triunfalismo y competencia.

La lógica de Jesús es otra muy diferente; es la entrega por amor, la aceptación alegre y coherente de la Voluntad del Padre. Una lógica que sorprende, porque la mente no puede entender ni aceptar que los últimos sean los primeros y que todo un Dios sirva y se humille hasta la muerte destinada a los malhechores.

Él no deja de interpelarnos: ¿Quién decís que soy? ¿Permanecéis en mí y mis palabras en vosotros? (Jn 15, 7) ¿Os sentís tan unidos a mí que vuestra tristeza se convierte en alegría? (Jn 16, 20) ¿Lográis recordar, en las luchas, que Yo he vencido al mundo? (Jn 16, 33).

Mirar a Jesucristo, contemplar su vida, escuchar su enseñanza, asistir a su sacrificio supremo, es la mejor vía para llegar a comprender qué es el reino de los cielos en la tierra. Porque en Él confluyen todos los caminos que hasta su nacimiento querían llegar hasta Dios. Y ya no es que Él sea un atajo, bien claro lo dijo: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Lo anterior a Jesucristo es promesa, anuncio; lo posterior es incorporación, unión con Él. Y el que se une a Cristo, se consagra a su seguimiento, vive ya en al reino de los cielos. Siendo uno con Él, lo que Él realizó nos pertenece, forma parte de nuestra nueva naturaleza.

Poco después, como respuesta a la confesión de fe de Pedro en nombre de todos los apóstoles, tres de ellos: el mismo Pedro, Juan y Santiago, serán testigos de la gloria de Jesús en el Tabor, que prefigura la luz pascual de la Resurrección.


            El “Yo Soy” se realiza en la Persona de Cristo: solo Él se ha revelado en “Yo Soy”, porque es el Hijo de Dios. En Él contemplamos la unión del cielo y de la tierra, del interior y del exterior y de todas las antinomias. Por eso decimos que Jesucristo es la Palabra definitiva de Dios, que se inmola a Sí mismo a través de Su Hijo, en un sacrificio irrepetible, donde Él es a la vez víctima inocente e inmortal, sacerdote todopoderoso, altar perpetuo y fuego puro. Si miramos el misterio del Calvario y la Resurrección con los ojos del corazón, descubrimos que el reino de los cielos es Jesucristo. Si la Encarnación es ya un acto de amor infinito de Dios hacia el hombre, su Sacrificio y su Resurrección son la plenitud de ese amor.

¿Qué buscaba Jesús planteando esta doble pregunta? ¿Qué resortes internos pretendía activar? De sobra sabe lo que dicen de Él, y conoce también lo que sienten los apóstoles. Siendo ellos débiles e inseguros, confesar la fe fortalecerá el compromiso necesario para la noche que se cierne sobre todos ellos; y sobre nosotros, habitantes del reino, exiliados en la gran tribulación.

Responder a la pregunta exige reacomodar mente, alma y corazón, para que, al manifestar Quién es para nosotros, podamos decirnos, a la vez, quiénes somos para Él. Supone salir de la tibieza que nos mantiene aletargados en la rutina muelle de nuestras comodidades. Responder es despertar, y bien sabe Jesús que para seguirle hay que estar despierto. Mientras uno no es capaz de plantearse para qué sigue a Cristo, en realidad no Le sigue, se deja llevar por la inercia, como en una manifestación masiva, en la que te ves arrastrado e incapaz de salir o de cambiar el rumbo.

Por eso me atraen y me inspiran los testimonios de los conversos, modelo de sinceridad y consciencia. Puestos a escoger, me quedo con el cardenal Newman, Chesterton y C. S. Lewis. Por la misma razón, no me dejo llevar por la tristeza que me embarga cuando pienso en los años que pasé aparentemente lejos de Jesucristo. No solo porque sé que la decisión de volver a seguirle es lo mejor que he hecho, sino porque Él siempre acaba demostrándome que, en realidad, nunca estuvo lejos, que siempre permaneció su imagen luminosa, su cruz y su Palabra en el centro de mi vida, como raíz, como horizonte, como sentido y meta.

            Aquel proceso –no fue un instante, ni un día, aunque sí recuerdo un anochecer crucial, cénit inolvidable– que me llevó a plantearme Quién es Él para mí, me obligaba a averiguar quién soy yo. Y ahora la pregunta que me sigo haciendo para no volver a perderme es ¿quién soy yo para Él? Porque, si algo tengo claro después de tanto tiempo, tanta ausencia, tantos dones, es que sin Él no soy nada y con Él soy todo, así que mi destino es ser Suya y vivir por y para Él.

            Podríamos pasar toda una vida o mil vidas de sueño e indolencia sin preguntarnos por nuestra más profunda identidad. Hacernos la pregunta esencial ¿quién soy yo?, que sucede de forma natural a ¿Quién es Él?, supone despertar y prepararse para vivir en el Reino. Así saldremos de las casualidades, lo accidental, lo inconsciente y mecánico, para edificar sobre roca una vida consciente y perdurable. Y no nos dejaremos arrastrar por la corriente, sino que seremos timoneles de nuestro destino.

Cuesta ahondar, claro que cuesta, por nuestra naturaleza caída, que se encadena a lo superficial a través de sensaciones, comodidades, seguridades… Pero antes o después hemos de tomar partido y escoger un sendero frente a otro. ¿Por qué no hacerlo ahora, que todavía hay luz? ¿Por qué no hacerlo antes de que sea demasiado tarde?
       
           Preguntando Su nombre, pues ese es el fondo del doble interrogante de hoy, nos está preguntando nuestro nombre. Él podría decírnoslo, pero no nos serviría. Es necesario un esfuerzo de introspección para despojarnos de esa piel muerta de serpiente que nos asfixia y nos confunde con lo que ya no somos. Jesús quiere escuchar la confesión sincera y desnuda de los apóstoles, para que ellos/nosotros la escuchemos y la aprendamos para siempre. Porque, al decir Quién es Él, decimos a la vez quién somos, nuestro nombre verdadero, el nombre interior que anima nuestro ser, y esa respuesta consciente fortalece e inspira, nos confirma en la Misión. Pronunciar nuestro nombre verdadero es negar el viejo nombre y renunciar a la vida para salvar la Vida.
            De igual modo, confesar Quién es Él conlleva coger la cruz cada día y seguirle, para amar como Él hasta el final y demostrar con las obras lo que hemos manifestado con la boca, con el pensamiento y con el corazón. No hay vuelta atrás para el que es sincero y consecuente; nuestra vida ya no nos pertenece, por eso nuestro cometido no es protegerla o conservarla, sino ofrecerla gratuitamente como Jesucristo.
           Cada sufrimiento, grande o pequeño, cada frustración, cada angustia, cada ausencia, cada traición, vividos con consciencia y compromiso, supone atravesar con Él uno de sus desiertos o acompañarle, velando, en Getsemaní.

Como cristianos, debemos “repensarnos” una y otra vez, ponernos en cuestión a nosotros mismos y las creencias y prejuicios que nos condicionan y nos alejan de la Luz que es Jesucristo. Si nos resistimos a morir a las tinieblas del ego, no podemos nacer por segunda vez para ser Sus discípulos. El auténtico y bienaventurado pobre de espíritu ha de estar dispuesto a negarse a sí mismo, a vencerse y transformarse, renunciando a lo que impide ser discípulo, para poder decir como San Pablo: "vivo, pero no soy yo, sino Cristo que vive en mí" (Gál 2, 20). Solo entonces encontramos la fuerza necesaria para cargar cada día con nuestra cruz y seguirle.


  
Salmo 114, Felix Mendelssohn

5 de septiembre de 2015

Todo lo ha hecho Bien


Evangelio de Marcos 7, 31-37

En aquel tiempo, dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo que, además, no podía hablar; y le pidieron que le impusiera las manos. Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y mirando al cielo, suspiró y le dijo:Effetá” (esto es, «ábrete»). Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad. Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían:Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos".


“Todo lo ha hecho bien. Hace oír a los sordos y hablar a los mudos”

Todo lo ha hecho bien… ¿Qué es hacerlo todo bien? ¿Hacemos algo bien? Ojalá fuera, al menos,  esa nuestra intención, nuestra actitud. Hacer las cosas bien, desde que Jesucristo vino al mundo, es hacerlas a Su manera: con dignidad de Hijos, con amor verdadero, por el Reino, para gloria de Dios. Que lo que hagamos se inscriba en este “código”, el único válido; no validemos otros.
 
Apuntar hacia ese Bien consiste, en primer lugar, en escoger los “quehaceres”, dejando de llenar la existencia de tareas y actividades innecesarias y alienantes. Elijamos bien los “qué”, con decisiones audaces y libres, y luego centrémonos en el “cómo”.
 
El sordomudo es símbolo de la incomunicación. Cuando escuchemos y hablemos a nuestro prójimo, no veamos en él a su ego, su personaje, sino a su ser verdadero, su esencia inmortal. Eso requiere un aprendizaje para distinguir entre uno y otro, el virtual y el real, el vehículo y el conductor.

Pero para escuchar al prójimo, conviene primero aprender a escucharse a uno mismo y, sobre todo, escuchar a Jesús, porque solo Él tiene palabras de vida eterna, como leíamos en el Evangelio de hace dos domingos.

Profundizando en una de las cuestiones que se nos plantean hoy, ¿qué es hacerlo todo bien? ¿Ser eficaz, diestro, meticuloso, perfeccionista? ¿Tener talento? ¿Ser resolutivo? Sí, claro, todo eso y mucho más en la lógica del mundo. Pero para Dios es otro el Bien, no es el bien que se opone a mal, sino el Bien que integra y transmuta todo, el Bien que es Amor, Vida eterna; el Bien de lo que perdura.  

Jesús pasa haciendo el bien. Bien a todos, “buenos y malos” conscientes e inconscientes, despiertos y dormidos, esa es la justicia divina. Pasemos haciendo el bien, como el Maestro que todo lo transforma, todo lo hace nuevo. Evitemos acumular bagatelas, tareas inútiles, compromisos absurdos, distracciones, dispersiones… Vayamos una y otra vez al centro que lo hace todo vertical porque lo real-iza. Ese centro, camino estrecho, ojo de aguja, por el que pasa el eje vertical de la cruz, el único centro donde podemos empaparnos del Agua de la Vida que brota del costado de la Divina Misericordia. Es la verdadera fuente de transformación porque toma lo pobre, lo imperfecto e incompleto, lo “mísero”, y lo lleva al corazón “cor-cordis”: Miseri-cordia. Volvamos entonces una y otra vez a ese centro; metanoia, vuelta, conversión, con-versión, sin distracciones, sin olvidos, sin dispersiones.

Solo así podemos escuchar y hablar, abiertos, effetá, libres, capaces de distinguir entre las voces, Una, como el poeta bueno, y, en esa Voz, la palabra que sana y libera, la palabra de vida eterna que nos muestra el camino de regreso a Casa.

Sustituyamos las viejas y cansinas canciones de la lógica del mundo por la única Canción, el único Verso, el Universo Original del que venimos y al que volvemos.

Jesús proclama con claridad irrepetible la nueva lógica, esa que últimamente pretenden atribuirse “gurús” actuales. Nuevo Testamento, Evangelio, Buena Nueva, Todo fue ya pronunciado por Él, pero no nos damos cuenta. No lo oímos porque no Le escuchamos. Tenemos muchas veces los oídos cerrados a su Palabra, que es la única que salva. Solo Él tiene palabras de Vida eterna, pero por inercia, por masoquismo, por pura distorsión o por lo que sea, no Le escuchamos y preferimos palabritas mortales de seres virtuales, palabritas vanas que se transforman en eco y luego en nada.

Escuchemos a Jesucristo, sigámosle, pasemos como Él haciendo el bien. Recordemos la consigna de Santa Teresa que leíamos en el último post del blog amigo antes del verano, www.diasdegracia.blogspot.com, y que hemos intentado cumplir entre aguas turbulentas: No os pido más que Le miréis.



                               Señor, Tú tienes Palabras de Vida, Hermana Glenda


                                    Yo amo a Jesús, que nos dijo:
                                    Cielo y tierra pasarán.
                                    Cuando cielo y tierra pasen
                                    mi palabra quedará.
                                    ¿Cuál fue, Jesús, tu palabra?
                                    ¿Amor? ¿Perdón? ¿Caridad?
                                    Todas tus palabras fueron
                                    una palabra: Velad.
                                    Como no sabéis la hora
                                    en que os han de despertar,
                                    os despertarán dormidos,
                                    si no veláis: despertad.

                                                                  Antonio Machado

 

20 de junio de 2015

"¿Quién es Este?"


Evangelio de Marcos 4, 35-41

Aquel día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: “Vamos a la otra orilla”. Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó un fuerte huracán y las olas rompían contra la barca, hasta casi llenarla de agua. Él estaba a popa, dormido sobre un almohadón. Lo despertaron diciéndole: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?” Se puso en pie, increpó al viento y dijo al lago: “¡Silencio, cállate!” El viento cesó y vino una gran calma. Él les dijo: “¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?” Se quedaron espantados y se decían unos a otros: “¿Pero, quién es este? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!”

                                           Tormenta en el Mar de Galilea, Rembrandt 
 

El asunto está claro ahora. Está entre la luz y las sombras, cada uno debe elegir de qué lado está.

                                                                              Chesterton (poco antes de morir)
 

La queja de los apóstoles, ante la calma y aparente indiferencia del Maestro, es, como tantas veces nuestras quejas, fruto de la ignorancia. Si supiéramos, con todo nuestro ser, no solo con  el intelecto, Quién es Ese que hace callar a las fuerzas de la naturaleza, la queja se transformaría en calma, confianza y amor. Porque ya no se trata de saberlo, sino, además, de sentirlo ( www.diasdegracia.blogsport.com).

No hay miedo ni sufrimiento si sabes que tu vida verdadera y la de aquellos que amas no peligra nunca. Por eso Jesús nos dice continuamente: “no temas”. Unidos a Él, estamos en la Vida, y somos capaces de vencer cualquier peligro de este mundo, esta vida virtual que no es la definitiva, porque Él ya ha vencido al mundo. Cuando somos conscientes de ello, no solo con la mente, sino con el corazón, el alma y el espíritu, no nos defendemos, no nos revolvemos angustiados y quejumbrosos frente a las circunstancias adversas o las dificultades, porque tenemos una confianza genuina, una fe que es motor y guía, porque creyente es el que no teme y creer es ser valiente.

En cambio, qué débil nuestra fe, qué inconsistente ante las pruebas, qué cobarde, si nos falta Su Presencia, si no hemos logrado esa consciencia. Pero qué fuertes y valientes podemos llegar a ser cuando somos conscientes de que es Él Quien nos sostiene y nos inspira.

"Te basta mi gracia, pues la fuerza se realiza en la debilidad" (2 Cor 12, 9), le decía el Señor a Pablo cada vez que su voluntad flaqueaba. Nos basta su gracia también hoy. Aunque nuestras fuerzas vacilen y las dudas nos quebranten, confiamos en una voluntad infinitamente superior, la de Jesucristo. Su Palabra es refugio y fortaleza, el poder frente a las fuerzas de la oscuridad, que se nos muestran hoy como un huracán con fuerte oleaje.

Rema mar adentro, nos dice Jesús en Lucas 5, 1-11, el pasaje de la pesca milagrosa que contemplábamos hace tiempo. Rema mar adentro, intérnate en lo más profundo de tu ser, en esos espacios abisales de peligro y oscuridad, de inseguridad y desvalimiento. Rema mar adentro, adéntrate en tu alma, no te quedes junto a la orilla, donde todo resulta familiar y hacemos pie. La misión es para valientes, para los que se atreven a explorar sus propias profundidades, habitadas por monstruos y demonios, entidades malignas y sirenas perversas que siempre acechan, atrapan y esclavizan al que se deja engañar porque no está atento, o no está en su centro, abrazado al mástil de la Verdad.

Y la Verdad es Jesucristo. Es la respuesta a la pregunta que en la escena de hoy se hacen los apóstoles, que aún no le han conocido realmente. ¿Quién es este?, se preguntan espantados. Jesús nos lleva a ahondar en nuestro propio corazón porque la experiencia del encuentro con Él es personal; de ahí que la pregunta que se hacen hoy los apóstoles hemos de hacérnosla nosotros. Y la respuesta la vamos encontrando a lo largo del Evangelio de Marcos, en los otros Evangelios y, sobre todo, en nuestro corazón, en el encuentro de cada uno con “Este” que es el Hijo de Dios, el Verbo encarnado.

Solo Él tiene Palabras de Vida y una autoridad capaz de hacer callar al viento y calmar el lago. Que su Palabra sea nuestro alimento y nuestra guía, nuestra confianza, el antídoto de nuestra cobardía. No olvidemos que el imperativo que más a menudo aparece en los Evangelios es: "No tengáis miedo".

En otra escena en el lago de Tiberíades (Jn 6, 16-21), cuando Jesús caminó sobre las aguas, fue Él quien dio testimonio de Sí mismo: “Soy yo, no temáis”. Ahora nos toca a nosotros reconocer al Señor y manifestarlo sin miedo ni dudas. Nos toca ser testigos y dar testimonio, como hará toda criatura cuando llegue el momento, según anuncia el Apocalipsis (Ap 5, 11-14).


 
                            Por qué tengo miedo, Hermana Glenda
 

13 de junio de 2015

El Reino, la única opción


Evangelio de Marcos 4, 26-34

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: “El reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega”. Dijo también: “¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas”. Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía en parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.
 

 


Con parábolas, para que le entiendan todos, y con su vida, Jesús anuncia el Reino de Dios, insistiendo en que no es un Reino lejano e inalcanzable, sino que está dentro de nosotros (Lucas 17,21), dentro y cerca (Marcos 1,15), y se actualiza en Él y en cada uno de los que acogen la Buena Nueva (Mateo 20,28).

Y ¿cómo es ese Reino tan cercano, tan íntimo? ¿Por qué no lo vemos? Porque está en un instante y mientras seguimos en el devenir temporal, solo podemos vislumbrarlo en ese instante sagrado en que velando, vigilando, abiertos al Misterio, conectamos con nuestra Esencia Original, Jesucristo, el Verbo increado.

Para los que siguen la Lógica convergente, que aparece a menudo en estos blogs, el Reino consiste en los Universos Originales anteriores a la creación, anteriores al Paraíso Original, que sería un nivel inferior en la Octava Cósmica. El Maestro hablaba de ello en parábolas porque es muy difícil expresar con palabras unos misterios tan inalcanzables para la mente limitada, atada a Cronos y al dualismo (dentro, fuera; anterior, posterior; superior, inferior…).

Jesús nos trae la nueva lógica y nos guía, nos eleva hasta Él para que comprendamos sin conceptos ni argumentaciones, como un latido, como un abrazo de amor verdadero, como una respiración. Nos hace vivir el Reino en el presente atemporal, que es plenitud y es coherencia y es potencia infinita.

Somos dichosos porque creemos sin ver, confiamos en Aquel que anuncia el Reino porque es el Reino y quiere que seamos Uno con Él, eternamente, que es más que siempre.

De este modo se asoma Enrique Martínez Lozano al misterio de lo inefable: “En la expresión “reino de Dios” volvemos a encontrar las “dos caras” de lo Real: la Plenitud que ya es, desplegándose o expresándose en la historia manifiesta; el Vacío y la forma; el Ser y los entes; el Misterio inmanifestado y las manifestaciones concretas… Y todo ello, sin ningún tipo de dualismo, sino en el Abrazo integrado de la No-dualidad en el que se reconocen, a la vez, las diferencias en las formas y la identidad o unidad compartida”.

Se nos está planteando como nunca, en planos que trascienden lo puramente intelectual, que solo hay una opción: el ojo de aguja, el camino estrecho. Por eso decido volver, con confianza y con alegría. “Desterrarnos del cuerpo y vivir junto al Señor”, nos propone San Pablo en la segunda lectura de hoy (Corintios 5, 6-10). Es volver, regresar, y es hacerlo ya, aunque sigamos aparentemente aquí. De pie, la cintura ceñida, porque es la Pascua, el paso del Señor.
 
La gente sigue trabajando, afanándose, ilusionándose con los brillos artificiales de neón, en vidas virtuales, estériles, aparentemente ricas y felices, sin ver que es un sueño del que despertarán sentados sobre una calabaza. “Antes del diluvio, la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del Hombre.” (Mateo 24, 37-44)

Desterrados del mundo, del que no somos, del cuerpo mortal, aunque siga sirviéndonos como vehículo, como instrumento,  regresamos a Casa con la alegría y la confianza del que sabe que hay Alguien que completa, restaura, perfecciona todo, toma las faltas, las distorsiones e incoherencias del pasado y las transforma en coherencia y propósito puro, claro, lleno de sentido. 
 
Y para el Camino de Retorno no hay nada que hacer, ningún sitio al que llegar, ningún bien que merecer. Como el que echó la simiente, solo cabe esperar, confiar… Es el morir a uno mismo y nacer al Sí mismo, de que hablan todas las tradiciones, que hace posible el santo abandono y, con él, ese despertar sencillo, directo y gozoso que nos descubre que la única tarea verdaderamente importante en este mundo es dejarnos mirar, amar y transformar por Él.