10 de octubre de 2015

La sabiduría de soltar

Evangelio de Marcos 10, 17-30

En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?” Jesús le contestó: “¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre”. Él replicó: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño”. Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: “Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres –así tendrás un tesoro en el cielo-, y luego sígueme”. A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico. Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: “¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios!” Los discípulos se extrañaron de estas palabras. Jesús añadió: “Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el Reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! ¡Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios!” Ellos se espantaron y comentaban: “Entonces, ¿quién puede salvarse?” Jesús se les quedó mirando y les dijo: “Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo”. Pedro se puso a decirle: “Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”. Jesús dijo: “Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más –casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones-, y en la edad futura vida eterna”.



                  Escena de El Evangelio según San Mateo de Pier Paolo Pasolini (1964)


Se entra desnudo en la vida. Se entrará desnudo en el reino de los cielos, pues si desnudo se nace, desnudo se renace. Solo quien se ha despojado de riquezas, de ambiciones, de poderes, de falsas ilusiones, de odios y revanchas, podrá seguir esa nueva palabra creadora que le introducirá en el Reino. Pues es cierto que Jesús no viene a empobrecer al hombre, pero sí a sustituir una riqueza pasajera por la gran riqueza de Dios.

       J. L. Martín Descalzo


El Evangelio de hoy nos muestra de nuevo un encuentro personal con el Señor. El joven rico no se da cuenta de Quién le está hablando. Jesús solo menciona los mandamientos que tienen que ver con las relaciones entre hermanos, como no podía ser de otra forma en Aquel que viene a completar la ley con el Amor.

Porque cumplir la ley no basta. Ser cristiano es mirar a Cristo, seguir a Cristo, convertirse en Cristo. Para ello hay que dejar de mirarse uno mismo, soltar esa pequeña identidad que nos cierra y esclaviza, que nos impide amar y ver al Señor de la vida, cada vez que viene a nuestro encuentro. 

La primera renuncia: al “pesar” (se marchó pesaroso), al sufrimiento vano que se fundamenta en falsas creencias. A validar lo falso, a poner la confianza en lo que por naturaleza acabará fallando y desengañando. ¡Bendito desengaño, sobre todo cuando llega pronto!

No está hablando Jesús precisamente, o solamente, de los ricos que poseen riqueza material. Es otro tipo de riqueza y otro tipo de acumulación, que tiene que ver con una actitud ante la vida, lo que lastra.

Rico hoy, en este final de los tiempos que transitamos, es aquel que acumula, pero no sólo dinero, o no especialmente dinero, sino, sobre todo, posibilidades. Cuántas veces nos comportamos como este joven, identificándonos con cualquier bagatela que nos sale al paso, distrayéndonos de lo único importante, que es mirarle a Él, escucharle a Él, convertirse en Él. Lo que falta, la cosa que falta, es renunciar a todo lo que nos separa del reino y escoger la mejor parte, la que nos lleva a Casa, de retorno al Origen del que venimos.

 “Se le quedó mirando…” –en griego, emblépsas– es la misma palabra que encontramos en Juan 1, 42, cuando Jesús se queda mirando a Simón y le llama Pedro, y en Lucas 22, 61, cuando le mira después de la triple negación. Cómo sería la mirada de Jesús, que capacidad de transformar tendrían los ojos de este hombre que es mucho más que un hombre… Pero el joven rico no lo ve, ni escucha la llamada porque solo se ve y se escucha a sí mismo, esa imagen de sí mismo con la que se siente seguro, fuerte, bueno… Como diría Gurdjieff, el joven rico se canta a sí mismo su propia canción y eso le hace sordo a la Palabra.
 
En otra ocasión hemos comparado la actitud del joven rico, tan “puro”, tan “impecable”, pero tan tibio, con la de Zaqueo, el pecador que se arrepiente de corazón porque encuentra en su interior la capacidad de ver, escuchar y ser como un niño.

Dormido durante años, con el lastre de tantos y tan graves pecados, Zaqueo fue capaz de hacer lo que el joven rico no pudo. En un instante, despertó, soltó su apego al dinero y el poder, se vació de sí mismo, para llenarse del mensaje de Jesús, de ahí su contento y su infinita generosidad.

Porque lo que Jesucristo condena es la riqueza de espíritu. Y Zaqueo pasó por alto los prejuicios, el qué dirán, volviendo a ser como un niño. El jefe de publicanos, de baja estatura, se crece por dentro cuando siente la mirada del Señor. Se deja enamorar y adquiere una dignidad que jamás había soñado, su verdadera altura, su talla espiritual. Entonces, poniendo al descubierto su esencia, inocente y espontánea, audaz y limpia, se apresura, baja, emprende el camino descendente, que es el camino del discípulo de Jesús, y Lo recibe en su casa, muy contento. Y no solo se conforma con hospedarlo alegremente, y agasajarlo ese día, experimenta una conversión radical, profunda y definitiva, que demuestra con obras.

Qué diferente la respuesta de Zaqueo, de la del justo, irreprochable joven rico (Mt 19, 16-30; Lc 18, 18-30; Mc 10, 17-30). Los dos son ricos, y Zaqueo, además, un pecador empedernido, pero tan valiente y limpio de corazón, como para mirar su miseria y convertirse en un pobre de espíritu. El rico cumplidor se escuda en su trayectoria, impecable, sí, libre de pecado evidente, pero tibia, cobarde, mediocre.

Con su actitud confiada y humilde, sin defensas, excusas o palabras vanas, Zaqueo alcanza la verdadera riqueza, el tesoro del amor, que es la fuente de la alegría que no nos quitarán.

Ver la propia miseria es un valioso regalo que nos hace humildes y disponibles. Nos saca del anestesiante amor propio, nos desbloquea y nos prepara para la conversión. Pero el joven no puede ver su miseria, solo ve su aparente bondad. El que se cree algo no es nada ni puede hacer nada. Si creemos tener algo y nos aferramos a ello, lo perdemos todo como vemos hoy en www.diasdegracia.blogspot.com .

El joven rico no ve más que su impecable, muerta perfección. Quiere verse a sí mismo en el rabbí, que Jesús le valide en sus falsas creencias. No está dispuesto a mirar desde el vacío del que reconoce que no sabe nada y se ha desprendido hasta de su identidad.

Porque Jesucristo ha venido a buscar lo perdido. Los “perdidos” tal vez han purgado ya con sufrimiento todos sus errores, esos pecados que los "justos" tal vez habrían cometido si no fueran cobardes. Como el hijo mayor de la parábola del hijo pródigo, que parece envidiar las andanzas que vivió su hermano antes de caer en la pobreza.

Zaqueo reconoce su pequeñez, pero es Jesús quien desencadena su conversión, acercándose a él, mirándole, pronunciando su nombre. No hay conversión sin humildad; el jefe de publicanos ha sido avaro, injusto, egoísta, pero se deja transformar. Se da cuenta de que el Maestro tiene todo lo que ha buscado siempre, y también todo lo que ha echado de menos en sí mismo. Por eso no duda, tan evidentes son la fuerza y la convicción de ese rabbí.

Jesús también mira al joven rico, como miró a Zaqueo. Le mira y le ve. Pero el joven no ve a Jesús, se ve a sí mismo porque solo busca validación, ser reconocido, aceptado, aplaudido. Está en el competir y comparar del dualismo.

Y en el encuentro trascendental, el publicano, de esencia limpia y libre, no necesita largos sermones o catequesis, ni ir asimilando poco a poco la enseñanza. Su sed es tal, que se la bebe de un trago, la recibe y la hace suya en un instante que vale por toda una vida.

Cómo contrasta el pesar del joven rico al no poder soltarlo todo con la alegría de Zaqueo…  Y cómo no estar contento y expresarlo ante tal don… Porque Jesús quiere que su alegría esté en nosotros y llegue a su plenitud (Jn 15, 11). Una alegría instantánea si acogemos el mensaje con inocencia, una alegría capaz de disipar toda tristeza (Jn 16, 20), una alegría tan auténtica y profunda que nadie nos la quitará (Jn 16 22).

El que conoce esta alegría atemporal, completa, deja de apegarse a las seguridades, placeres, privilegios de este mundo. Ha cambiado de tal modo su actitud, su escala de valores, su visión de sí mismo y de la vida, que no necesita, como el joven rico cree necesitar, atrincherarse frente al sufrimiento o la penuria, porque es ya habitante del Reino de la Alegría y se dispone a vivir como tal.

La clave es nuevamente el consejo que Santa Teresa daba a sus hermanas: No os pido más que le miréis. Del amor propio que ciega y cierra, al olvido de sí para el Recuerdo de Sí, la única referencia válida y que nos valida en lo Real: el Verbo increado que nos mira con los ojos profundos y misericordiosos de un hombre que es mucho más que un hombre. De mirar el propio ombligo a mirar el bendito Origen del Universo. Del no saber al Saber, la verdadera Sabiduría que canta la primera lectura de hoy (Sabiduría 7, 7-11).

Martin Lings dice sobre el joven rico que su apego a la riqueza lo descalifica para la vida interior. Y nosotros, ¿nos conformarnos con ser “buenecitos”, o apostamos a lo grande? ¿Nos basta con obrar según la norma externa, como el joven rico, o, además, queremos ser coherentes desde el centro del corazón (Mt 19, 16-23)? La perfección es seguir radicalmente al Maestro, que no tiene nada ni se apega a nada ni nadie que lo detenga y lo aleje de su Misión. Las zorras tienen guaridas y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza (Mt 8, 20).

3 de octubre de 2015

"Lo escojo todo."


Evangelio de Marcos 10, 2-16   

En aquel tiempo, se acercaron unos fariseos y le preguntaron a Jesús para ponerlo a prueba: “¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?” Él les replicó: “¿Qué os ha mandado Moisés?” Contestaron: “Moisés permitió divorciarse dándole a la mujer un acta de repudio.” Jesús les dijo: “Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.” En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo. Él les dijo: “Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio.” Le presentaron unos niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban. Al verlo, Jesús los miró con ira y les dijo: “Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el Reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el Reino de Dios como un niño, no entrará en él.” Y los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos.
 
 

Nos creaste, Señor, para Ti y nuestro corazón
está inquieto hasta que no descansa en Ti.

San Agustín
 

                                               En tu naturaleza, Deidad eterna, conoceré la mía.
                                               Y ¿cuál es mi naturaleza, Amor inestimable?
                                               Es fuego, porque tú no eres otra cosa que fuego de amor.
                                               A todas las cosas y criaturas, las hiciste por amor.

Santa Catalina de Siena
 

En vísperas del Sínodo de la Familia, como si no hubiera ya suficiente conflicto y confusión, creo que me va a salir un post políticamente incorrecto para casi todo el mundo, tal vez para muchos casados y también para muchos divorciados, para los aperturistas que aplauden y tantas veces tergiversan las aparentes novedades del papa en ciertos temas “espinosos” (no hay nada nuevo bajo el sol, desde que Jesús hizo nuevas todas las cosas), y también para los que temen que el sucesor de Pedro abra la boca sobre esos temas.

Me va a salir, ya lo veo, políticamente incorrecto para muchos de esos personajes que afianzan los egos, en uno mismo siempre primero… Sobre todo para esos que, en mí, en ti, en todos, quieren tener razón, y también para los que se dejan llevar por la inercia de las creencias, que no tienen nada que ver con la fe viva que nos hace valientes, libres y sinceros. Pero ¿quién quiere ser políticamente correcto para casi todo el mundo a estas alturas, cuando la representación de este mundo está pasando? Y sobre todo, ¿quién quiere contemporizar para quedar bien con todos y ser políticamente correcto, si el Maestro nunca lo fue y eso le llevó a la muerte?

En el pasaje de hoy, Jesús nos presenta el divorcio como una distorsión, que Moisés tuvo que aceptar por la terquedad de muchos. Pero Jesús, como tantas veces, habla desde un nivel que no coincide con el nivel desde el que escuchamos, y, sin duda, no coincide en absoluto con el nivel de escucha de los malintencionados fariseos, que buscan respuestas dogmáticas e inmóviles.

...y serán los dos una sola carne, ¡claro!; el matrimonio es figura en el mundo de la verdadera Unión a la que estamos llamados. Una sola carne aquí, en el mundo corruptible, símbolo y figura de la Unidad de los mundos incorruptibles. Para vivir ya aquí la armonía de allí, para los que no pueden ser eunucos por el Reino (el que pueda con esto que lo haga), existe la unidad indisoluble del matrimonio entre hombre y mujer.

Si para regresar a Casa, hijos pródigos que somos, y escoger la única opción posible, hace falta decisión, compromiso y coherencia, también para vivir aquí, optando por el matrimonio humano, imagen del matrimonio verdadero, las Nupcias interiores, hace falta ese compromiso, esa indisolubilidad que es coherencia con  la armonía y la unidad del Reino. No entro en casos concretos pues hablar de matrimonio humano ya es ir de lo abstracto a lo concreto, y no hace falta ir a casos individuales cuando se trata de trascender identidades para vivir desde la Esencia inmortal.

Aunque es figura, símbolo en lo cronológico y lineal de una Realidad atemporal y vertical, el matrimonio humano es paso adelante hacia el Retorno, vocación de Unión total y definitiva. Preparación en el mundo para morir al mundo, crucificarse en el mundo para la meta común que es el abandono de la identidad de quienes aún están en la experiencia en el mundo de los nombres y no intuyen siquiera lo que espera a quienes alcanzan el Nombre (en la piedra blanca que anuncia el Apocalipsis).

El encuentro promete más de lo que el abrazo puede cumplir, dice Hugo von Hofmannsthal en La Carta de Lord Chandos. Una sola carne es lo que promete el matrimonio, pero el ser humano integral que somos no se conforma con una sola carne, busca la unidad duradera de las almas en un solo espíritu, un solo ser. Si fuéramos capaces de conseguir esa unión, la real, la que buscan sin saberlo incluso los más lascivos, el sexo dejaría de ser la trampa que engancha, confunde y desgasta, que lastra y degenera cuando se abusa o cuando se convierte en una obsesión o en un sucedáneo del amor. Ese amor insustituible que no perderemos con la muerte física, sino que viviremos en plenitud porque es reflejo del amor de Dios.

Entonces seremos como ángeles, porque no habrá necesidad de reproducción para perpetuar la especie, como no habrá nutrición, porque los cuerpos gloriosos no estarán sometidos a la entropía. El hambre, la sed, el cansancio o el deseo sexual habrán desaparecido; así que no creo que nadie eche de menos satisfacer una necesidad o un deseo que ya no existe. Quedará ese anhelo de infinito, de unión completa, de Amor verdadero, continuamente colmado en plenitud.
 
Los eunucos para el Reino, aquellos que voluntaria y conscientemente renuncian al matrimonio, han de ser testigos más consecuentes del Amor, porque se encuentran en una situación privilegiada, unidos, en Lo Uno, no como prefiguración sino como realidad. Y no me refiero solo a los sacerdotes, religiosos y consagrados, ni mucho menos tampoco a los que conservan la virginidad física. Hay otra virginidad espiritual, o recuperada, que puede ser tan valiosa, a veces infinitamente más, como la virginidad física mantenida desde el nacimiento.

Siempre con Jesús todo es nuevo, y la paradoja es ventana a la Maravilla, porque el que renuncia lo hace en el nivel temporal y recibe mucho más de lo que ha dejado y, además, también lo que ha dejado, como veíamos el domingo pasado, y lo recibe perfeccionado, sublimado, multiplicado.
 
Con Jesús todo se integra. Con Él  renunciar en el mundo, lo virtual, es recibir en el Reino, lo real. Porque solo el que es como un niño tiene la suficiente disponibilidad e inocencia que permite decir como Santa Teresita “yo lo escojo todo”. El que acoge el Reino como un niño sabe que en él nada se pierde o se rompe o se separa porque lo que se da se recibe, a lo que se renuncia, se reencuentra, lo que se suelta, regresa, en una plenitud eternamente renovada donde se tiene Todo, porque se Es en el Todo.
 
 
 
My sweet Lord, George Harrison
 
Para terminar como empezamos, en lo "políticamente incorrecto", como el único Maestro al que George Harrison canta y anhela, aunque algunos lo nieguen....
Los que queremos acoger el Reino como niños, escogemos al Único y así tenemos Todo.
 

26 de septiembre de 2015

La Misericordia y la Verdad se han encontrado


Evangelio de Marcos 9, 38-48   
 
En aquel tiempo, dijo Juan a Jesús: “Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros”. Jesús respondió: “No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro. El que os dé a beber un vaso de agua, porque seguís al Mesías, os aseguro que no se quedará sin recompensa. Al que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar. Si tu mano te hace caer, córtatela: más te vale entrar manco en la vida que ir con las dos manos al abismo, al fuego que no se apaga. Y si tu pie te hace caer, córtatelo: más te vale entrar cojo en la vida que ser echado con los dos pies al abismo. Y si tu ojo te hace caer, sácatelo: más te vale entrar tuerto en el Reino de Dios que ser echado con los dos ojos al abismo, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga”.
 

                                         El Sermón de la Montaña, Cosimo Rosselli


Si la Ley de Dios está escrita en tu corazón, no produce miedo (como en el Sinaí), sino que inunda tu alma de una dulzura secreta.
 
                                                                                                            San Agustín

El Evangelio de hoy nos pone nuevamente frente a dos sabidurías, dos lógicas o paradigmas. La de aquellos que necesitan sentirse integrados en un grupo, separados del resto, para poder decir de otros si son o no son de “los nuestros”. Es la lógica mediocre y cobarde que se fundamenta en creencias, exclusividades, divisiones, la lógica divergente del dualismo. Frente a esta lógica tibia y ciega, está la lógica de Jesús, que se basa en la generosidad, la valentía, la libertad, y tiende a unir, integrar, abrir, confiar… La primera es fuente de miedo y confusión; la de Jesús es fuente de alegría y libertad, porque está fundamentada en la verdad que hace libres. Es el nuevo paradigma basado en el amor incondicional hacia todos, no solo hacia los que consideramos de “los nuestros”. Para amar y aceptar a todos, es necesario no temer, pues amor y temor nunca van unidos.

Ser valientes y libres, dejar atrás la falsa seguridad que da la pertenencia a  un grupo, supone haber conectado con ese nivel de nosotros mismos que no necesita referencias externas. Ese centro de gravedad permanente donde no hay miedo ni recelo, sino acogida y confianza. Recordemos que el imperativo que más a menudo aparece en los Evangelios en boca de Jesús es: "No tengáis miedo".

Si tu mano, si tu pie, si tu ojo… Me libero de todo lo que me impide ser buen discípulo, aunque me duela. Si tu mano, si tu pie, si tu ojo… Córtatela, córtatelo, sácatelo… Es un símbolo, claro está, una metáfora del sacrificio necesario para elegir un bien mayor. Porque el Reino vale tanto como para renunciar a todo lo que nos dificulta el camino hacia él. Así lo expresa Enrique Martínez Lozano: “Lo que se halla en juego reviste tal gravedad que exige modificar radicalmente el modo de ver y de actuar: cortarse la mano (modificar las acciones), cortarse el pie (cambiar de rumbo) o sacarse el ojo (transformar la visión).”

No queda tiempo para seguir dando vueltas como burros atados a la noria de las experiencias. Seguir girando en ese infinito horizontal, tratando solo de mejorar la “zanahoria” o la cuerda que nos ata a la noria, sería el camino fácil, pero que no lleva más que a repetir experiencias, mejorándolas si acaso.

Sólo hay una elección, volver a Casa, escoger el Reino, sin mirar atrás. Ojo de aguja, camino estrecho, esa “cosa” que le faltaba al joven rico para ser santo y no se atrevió a hacer… Es la decisión, de-ci-Sión, el regreso a Sión. Y para escoger algo, hay que renunciar a algo, y esa renuncia, ese sacrificio hace sagrado (sacer fare) lo que se escoge y también lo que se suelta, porque no hay separación y como la Obra es uno mismo, lo que cojo y lo que suelto se funden, se transfiguran, se completan en mí, por la gracia de Aquel que hace nuevas todas las cosas.

Como dice el general Lorens Loewenhielm de El Festín de Babette (ver www.diasdegracia.blogspot.com , post del 19-9-2015), en el discurso cuyo vídeo y texto están abajo, al final tendremos todo, lo que elegimos y a lo que renunciamos…

Renunciamos a bienes efímeros, por el Bien; a la riqueza que se apolilla, para la Riqueza imperecedera; a amores pequeños, para el Amor. Y lo maravilloso es que el Bien incluye todo bien, pues es la plenitud; la Riqueza, incluye la riqueza; y el Amor, incluye el amor. Ahora entiendo con más profundidad lo de: El que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, mujer, hijos o tierras, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna. Mt 19,29.

El que no está contra nosotros está a favor nuestro. Si renuncio a lo que parece que está contra mí, descubro que estaba conmigo, a favor mío, que siempre lo estuvo, y sólo estaba representando un papel para ayudarme a escoger lo bueno y de lo bueno, lo mejor, esto es, lo Bueno.

La Unidad se manifiesta en una aparente división. Es el cierre de la apertura temporal, la representación de este mundo que ya pasa y se disipa, para quien logra ver el Reino entre nosotros en un instante vertical que te hace ver la Unidad, donde todo surge y regresa a la vez.

Esa persona que te distrae (dis-tracción), te dispersa (dis- persión), a veces te divierte (di-versión) y otras te divide (di-visión) no está contra ti, al contrario, está a tu favor, te está ayudando a hacer la única elección legítima: el regreso a Casa, la apuesta por el Reino. Cuando renuncias a ella, descubres que no solo no estaba contra ti, sino contigo, y que ha sido impecable en su papel. Y la recuperas con una plenitud que no imaginabas, ya no te impide que percibas el Reino atemporal donde eres, es, soy, somos Uno.
 
 
 
Discurso del General Lorens Loewenheilm, inspirado en el Salmo 85,
en El Festín de Babette (1987), Gabriel Axel

La misericordia y la verdad se han encontrado. La justicia y la dicha se besarán. El hombre, en su debilidad y falta de visión cree que debe tomar decisiones en su vida. Tiembla ante los riesgos que corre. Conocemos el miedo…. Pero, no; nuestra decisión no tiene importancia. Llega el día en que nuestros ojos se abren, y descubrimos que la misericordia es infinita. Sólo es necesario esperarla con confianza y recibirla con gratitud. La gracia no impone condiciones. Y, he ahí que todo lo que hemos elegido nos es concedido, y todo lo que rechazamos también nos es concedido. Sí, también recibimos lo que rechazamos. Porque la misericordia y la verdad se han encontrado. Y la justicia y la dicha se besarán...

Porque cuando uno encuentra esa misericoria y esa verdad dentro, y la justicia y la dicha besándose en su corazón, se encuentra también consigo mismo, su auténtico Sí mismo, y con los demás, todos hermanos, aunque algunos se empeñen, en vano, en decir que no son de “los nuestros”.
 

19 de septiembre de 2015

Servir para Ser


Evangelio de Marcos 9, 30-37

En aquel tiempo, instruía Jesús a sus discípulos. Les decía: “El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará”. Pero no entendían aquello; y les daba miedo preguntarle. Llegaron a Cafarnaún, y una vez en casa les preguntó: “¿De qué discutíais por el camino?” Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”. Y acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: “El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado”.
 
 
                                                 El lavatorio de pies, Tintoretto
 

¡Vanidad de vanidades -dice Qohelet-; vanidad de vanidades, todo es vanidad. ¿Qué provecho tiene el hombre de todos los esfuerzos con que se afana bajo el sol?
(...) Todas las cosas cansan y nadie es capaz de explicarlas. ¿No se sacian los ojos de ver, ni el oído de oír? Lo que pasó, eso pasará; lo que se hizo, eso se hará: nada hay nuevo debajo del sol.
 
   Eclesiastés 1,2-9    

Cómo se transforman los apóstoles viviendo junto al Maestro...; de ambiciosos, mezquinos, cobardes, tal como se muestran en el pasaje de hoy, cuando aún no han comprendido que los criterios de Jesús no son los del mundo, pasarán a ser dignos, sencillos, fuertes y libres. De nuevo se nos presenta la única elección posible, el camino estrecho, no seguirle el juego a esas voces que dentro y fuera de nosotros nos incitan a la ambición, a los criterios del mundo: ganar, competir, acumular, triunfar...  

Para comprender a Jesús hace falta recorrer el camino descendente, el de la humildad. Ser discípulo Suyo, seguirle en su coherencia y su destino de cruz y gloria, exige ser valientes y aceptar el abandono, la traición y el menosprecio. Para nosotros todo se suaviza infinitamente, porque Él ya lo sufrió en nuestro lugar. Por eso, la humildad es el signo distintivo del discípulo.

Si Jesucristo, todo un Dios que se hace hombre, vulnerable y limitado, por amor, fue capaz de servir sin condiciones y amar hasta el extremo, sus discípulos hemos de estar dispuestos, no solo a ser últimos, sino a amar ese "descenso", que no es masoquismo, sino contrapunto de la vanagloria (vana gloria) del mundo, una de las astutas consignas de adversario, el separador. Como el verdadero pobre de espíritu, que no tiene nada ni quiere nada, ese abajamiento ha de ser un ponerse a ras de tierra, humus, auténtica humildad.

El despreciado y rechazado, el cordero llevado al matadero, la oveja que enmudece (Is 53, 3-7), el gusano, oprobio de los hombres, desprecio del pueblo (Sal 22, 7)... Así anunciaban a Cristo las Escrituras, antes incluso de la Encarnación. No nos escandalicemos ni miremos a otro lado, o a esas imágenes que disfrazamos con encajes y oropel. Sí, el "gusano"; ¿es posible más humildad del mismo Dios? Hasta ahí llegó Su amor. ¿Hasta dónde llega el nuestro?

Si decidimos seguir a Jesús con todas las consecuencias, iremos siempre más lejos, más profundo, más vertical, más a la verdadera raíz, que es situarse en el nivel de conciencia de la no dualidad, esa tramoya fascinante que sostiene el drama de nuestras vidas, y desde ahí ver cómo se suceden todas las actitudes y todos los personajes dentro de uno mismo. Ambiciosos y desapegados, primeros y últimos, prepotentes y sencillos, obsesionados por la apariencia y siervos fieles que encuentran su dignidad sirviendo, discretamente, en esa aparente vulgaridad de lo cotidiano.

Porque, la verdadera sencillez y la verdadera humildad no necesitan manifestarse. Cuántos, aparentemente humildes, hacen alarde de una falsa virtud. El verdaderamente humilde ni siquiera necesita saber que lo es, porque se sabe nada y ha alcanzado ya la dicha de los pobres en el espíritu.

Cuando comprendes con todo tu ser la gratuidad del Reino, sabes que no tienes que defenderte de nada o prevalecer sobre nadie. Lo que mueve el mundo: deseos de aceptación, reconocimiento, admiración, poder…, ya no importa; ni siquiera aparecen esos conceptos de inseguridad, miedo, egoísmo y separación, en este nuevo lenguaje claro y transparente del servicio, de la entrega, del amor.

Entonces no pretendes destacar o ser valorado y admirado, te liberas de la identificación con las apariencias, no necesitas reforzar ninguna imagen mental propia o ajena, vives desde el Ser. Esta es la base de la auténtica libertad que Cristo nos enseña continuamente porque nos quiere libres. La Verdad nos hace libres y Él es la Verdad.

Ya no somos buenos o malos, generosos o egoístas, soberbios o humildes, primeros o últimos; hemos trascendido el mundo transitorio de la dualidad, y somos nada, es decir, Somos, y en ese Ser, que es la fuente de la auténtica Bondad, de la Verdad y la Vida, alcanzamos la plenitud, La cruz, que es antesala de la resurrección, el sacrificio, la elección difícil (y fácil porque no hay otra en realidad para el que quiere regresar a Casa) hace posible que la obra sea entregada, la misión, cumplida. Nos acercamos a este Misterio de otra forma en www.diasdegracia.blogspot.com .

Esa plenitud, donde ya somos reales y libres,  la cruz aceptada que lleva a la Vida, nos recuerda el propósito de la existencia, lo que hace que las experiencias tengan sentido como combustible para el Retorno. Pero, a ese no-lugar infinito, solo se accede por el camino estrecho, por el ojo de aguja del desapego y la humildad. Para ser grandes, hemos de ser pequeños, para ser primeros, hemos de ser últimos, para ser herederos del Reino hemos de ser siervos que hacen lo que han de hacer, sin esperar recompensa, por "amor al arte", por amor.
 
 
 
                                           En mi Getsemaní, María José Bravo

12 de septiembre de 2015

Y nosotros, ¿Quién decimos que es Él?


Evangelio de Marcos 8, 27-35

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Felipe; por el camino preguntó a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que soy yo?” Ellos le contestaron: “Unos, Juan Bautista; otros, Elías, y otros, uno de los profetas”. Él les preguntó: “Y vosotros, ¿quién decís que soy?” Pedro le contestó: “Tú eres el Mesías”. Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y empezó a instruirlos: “El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar a los tres días”. Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió, y de cara a los discípulos, increpó a Pedro: “¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!” Después llamó a la gente y a sus discípulos y les dijo: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por el Evangelio, la salvará”.


Evangelio de Mateo 16, 13-19 

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” Ellos contestaron: “Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas”. Él les preguntó: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Simón Pedro tomó la palabra y dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Jesús le respondió: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”.


Evangelio de Lucas 9, 18-24

 Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos, les preguntó: “¿Quién dice la gente que soy yo?” Ellos contestaron: “Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas”. Él les preguntó: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Pedro tomó la palabra y dijo: “El Mesías de Dios”. El les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y añadió: “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día”. Y, dirigiéndose a todos, dijo: “El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará.”


Junto al Evangelio de hoy, las versiones paralelas de Mateo y de Lucas.

Si Mateo subraya la institución de la Iglesia y la primacía de Pedro, en Lucas, el evangelista de la ternura de Dios, como señala Francesc Ramis, la llamada es universal, nos mueve y pide una respuesta decidida, radical, nunca tan necesaria como en estos últimos tiempos de temor y temblor donde se es o no se es discípulo, se está o no se está junto al Maestro, que nos enseña a decir sí, cuando es sí, y no, cuando es no…

Desde el principio de su Evangelio, Marcos proclama que Jesús es el Mesías esperado:Comienzo del evangelio de Jesús, el Mesías” (Mc 1,1). La escena de hoy está en el centro de su Evangelio, porque es el eje central de su relato, cuyo propósito más evidente es mostrarnos qué tipo de mesianismo es el de Jesús. Por eso, a diferencia de Mateo que da un salto en la escena y de Lucas que la omite, Marcos se centra rápidamente en la sorprendente reacción de Jesús ante el empeño de Pedro de que evite Su Camino de Cruz. Marcos no presenta a un Mesías triunfal según el mundo, sino a un Dios que se hace hombre por amor y entrega su vida para la salvación de todo el que la acepte


Si alguien pudiera demostrarme que la verdad está fuera de Cristo y que realmente Cristo está fuera de la verdad, preferiría estar con Cristo antes que con la verdad. 

                                                                                              Dostoievski

La trascendencia de lo que Jesús está preguntando se anuncia ya en el inicio de la escena. Cada evangelista lo muestra de una manera. No se trata de una conversación como cualquier otra. En Lucas, Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos. La cuestión surge de la oración, de la comunión con el Padre, y se dirige al corazón de los discípulos, a nuestro corazón. En Mateo y Marcos van de camino, se dirigen a Cesarea de Filipo, que no es un lugar cualquiera. Jesús ha escogido bien el tiempo y el lugar de la Revelación que hoy nos ofrece, porque es "hoy" cuando quiere que le digamos Quién es Él para cada uno de nosotros.

En aquel momento, los apóstoles ya  le habían reconocido como Mesías. Sin ir más lejos, después de que manifestara Su poder contra los elementos, al apaciguar la tempestad. Pero la doble pregunta es planteada en un momento crítico, pues muchos discípulos han decidido no seguir, porque el camino les resulta demasiado duro e incomprensible. Son los que no han sido capaces de ver que solo Él tiene palabras de vida eterna. Además, han empezado a recrudecerse las hostilidades contra un Mesías tan incómodo para tantos.

Cesarea de Filipo se encuentra a los pies del monte Hermón. Un lugar hermoso, refrescante, con ciervos, como canta el Salmo 42: “Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?”. Todo habla del Mesías anhelado en la escena, si estamos atentos a estas claves. Cesarea de Filipo está también muy cerca del Mar de Galilea En Isaías 9:1, leemos: “Mas no habrá siempre oscuridad para la que está ahora en angustia, tal como la aflicción que le vino en el tiempo que livianamente tocaron la primera vez a la tierra de Zabulón y a la tierra de Neftalí; pues al fin llenará de gloria el camino del mar, de aquel lado del Jordán, en Galilea de los gentiles.”

Después de que Pedro responda con espontaneidad y contundencia, en nombre de los doce, Jesús les pide que no lo digan, que guarden silencio para que sigan ahondando en sus corazones hasta llegar al sentido último de esta respuesta, y también para que asimilen el nuevo anuncio de la pasión y las condiciones para ser verdadero discípulo.

Y ahora, callad para que todo se cumpla; y luego, hablad para que el mundo lo sepa. Los anuncios de su pasión y muerte son siempre privados, en la intimidad del grupo más cercano.

Ahora Pedro ha manifestado el sentimiento de los apóstoles, madurado en esa íntima cercanía con el Maestro, pero solo después de la Pasión y de la venida del Paráclito, tendrán un conocimiento total y profundo de Quién es Él.

Jesús nos lleva a ahondar en nuestro propio corazón porque la experiencia del encuentro con Él es personal; de ahí que la pregunta vaya de lo exterior a lo interior.

De la respuesta que demos, depende cómo sigamos el camino de discípulo, con qué entusiasmo, con qué compromiso. Y luego, en la segunda parte de este Evangelio, pone todas las cartas sobre la mesa para que el que decida seguirle sepa a qué se enfrenta.

Apártate Satanás nos dice tantas veces. Satanás, el príncipe de este mundo, el diablo, el separador… Como nos preguntamos Quién es Él para nosotros, preguntémonos también qué es lo que Jesús quiere apartar de nosotros y en nosotros, qué hay del príncipe del mundo en cada uno. Apártate, renuncia a lo que te encadena a la lógica diabólica, separadora del mundo, suelta lo que hay en ti que te impide entregarte y aceptar la voluntad de Dios en tu vida… Llama a Pedro Satanás para que suelte la lógica divergente del mundo de los hombres, dualista, lineal, de triunfalismo y competencia.

La lógica de Jesús es otra muy diferente; es la entrega por amor, la aceptación alegre y coherente de la Voluntad del Padre. Una lógica que sorprende, porque la mente no puede entender ni aceptar que los últimos sean los primeros y que todo un Dios sirva y se humille hasta la muerte destinada a los malhechores.

Él no deja de interpelarnos: ¿Quién decís que soy? ¿Permanecéis en mí y mis palabras en vosotros? (Jn 15, 7) ¿Os sentís tan unidos a mí que vuestra tristeza se convierte en alegría? (Jn 16, 20) ¿Lográis recordar, en las luchas, que Yo he vencido al mundo? (Jn 16, 33).

Mirar a Jesucristo, contemplar su vida, escuchar su enseñanza, asistir a su sacrificio supremo, es la mejor vía para llegar a comprender qué es el reino de los cielos en la tierra. Porque en Él confluyen todos los caminos que hasta su nacimiento querían llegar hasta Dios. Y ya no es que Él sea un atajo, bien claro lo dijo: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Lo anterior a Jesucristo es promesa, anuncio; lo posterior es incorporación, unión con Él. Y el que se une a Cristo, se consagra a su seguimiento, vive ya en al reino de los cielos. Siendo uno con Él, lo que Él realizó nos pertenece, forma parte de nuestra nueva naturaleza.

Poco después, como respuesta a la confesión de fe de Pedro en nombre de todos los apóstoles, tres de ellos: el mismo Pedro, Juan y Santiago, serán testigos de la gloria de Jesús en el Tabor, que prefigura la luz pascual de la Resurrección.


            El “Yo Soy” se realiza en la Persona de Cristo: solo Él se ha revelado en “Yo Soy”, porque es el Hijo de Dios. En Él contemplamos la unión del cielo y de la tierra, del interior y del exterior y de todas las antinomias. Por eso decimos que Jesucristo es la Palabra definitiva de Dios, que se inmola a Sí mismo a través de Su Hijo, en un sacrificio irrepetible, donde Él es a la vez víctima inocente e inmortal, sacerdote todopoderoso, altar perpetuo y fuego puro. Si miramos el misterio del Calvario y la Resurrección con los ojos del corazón, descubrimos que el reino de los cielos es Jesucristo. Si la Encarnación es ya un acto de amor infinito de Dios hacia el hombre, su Sacrificio y su Resurrección son la plenitud de ese amor.

¿Qué buscaba Jesús planteando esta doble pregunta? ¿Qué resortes internos pretendía activar? De sobra sabe lo que dicen de Él, y conoce también lo que sienten los apóstoles. Siendo ellos débiles e inseguros, confesar la fe fortalecerá el compromiso necesario para la noche que se cierne sobre todos ellos; y sobre nosotros, habitantes del reino, exiliados en la gran tribulación.

Responder a la pregunta exige reacomodar mente, alma y corazón, para que, al manifestar Quién es para nosotros, podamos decirnos, a la vez, quiénes somos para Él. Supone salir de la tibieza que nos mantiene aletargados en la rutina muelle de nuestras comodidades. Responder es despertar, y bien sabe Jesús que para seguirle hay que estar despierto. Mientras uno no es capaz de plantearse para qué sigue a Cristo, en realidad no Le sigue, se deja llevar por la inercia, como en una manifestación masiva, en la que te ves arrastrado e incapaz de salir o de cambiar el rumbo.

Por eso me atraen y me inspiran los testimonios de los conversos, modelo de sinceridad y consciencia. Puestos a escoger, me quedo con el cardenal Newman, Chesterton y C. S. Lewis. Por la misma razón, no me dejo llevar por la tristeza que me embarga cuando pienso en los años que pasé aparentemente lejos de Jesucristo. No solo porque sé que la decisión de volver a seguirle es lo mejor que he hecho, sino porque Él siempre acaba demostrándome que, en realidad, nunca estuvo lejos, que siempre permaneció su imagen luminosa, su cruz y su Palabra en el centro de mi vida, como raíz, como horizonte, como sentido y meta.

            Aquel proceso –no fue un instante, ni un día, aunque sí recuerdo un anochecer crucial, cénit inolvidable– que me llevó a plantearme Quién es Él para mí, me obligaba a averiguar quién soy yo. Y ahora la pregunta que me sigo haciendo para no volver a perderme es ¿quién soy yo para Él? Porque, si algo tengo claro después de tanto tiempo, tanta ausencia, tantos dones, es que sin Él no soy nada y con Él soy todo, así que mi destino es ser Suya y vivir por y para Él.

            Podríamos pasar toda una vida o mil vidas de sueño e indolencia sin preguntarnos por nuestra más profunda identidad. Hacernos la pregunta esencial ¿quién soy yo?, que sucede de forma natural a ¿Quién es Él?, supone despertar y prepararse para vivir en el Reino. Así saldremos de las casualidades, lo accidental, lo inconsciente y mecánico, para edificar sobre roca una vida consciente y perdurable. Y no nos dejaremos arrastrar por la corriente, sino que seremos timoneles de nuestro destino.

Cuesta ahondar, claro que cuesta, por nuestra naturaleza caída, que se encadena a lo superficial a través de sensaciones, comodidades, seguridades… Pero antes o después hemos de tomar partido y escoger un sendero frente a otro. ¿Por qué no hacerlo ahora, que todavía hay luz? ¿Por qué no hacerlo antes de que sea demasiado tarde?
       
           Preguntando Su nombre, pues ese es el fondo del doble interrogante de hoy, nos está preguntando nuestro nombre. Él podría decírnoslo, pero no nos serviría. Es necesario un esfuerzo de introspección para despojarnos de esa piel muerta de serpiente que nos asfixia y nos confunde con lo que ya no somos. Jesús quiere escuchar la confesión sincera y desnuda de los apóstoles, para que ellos/nosotros la escuchemos y la aprendamos para siempre. Porque, al decir Quién es Él, decimos a la vez quién somos, nuestro nombre verdadero, el nombre interior que anima nuestro ser, y esa respuesta consciente fortalece e inspira, nos confirma en la Misión. Pronunciar nuestro nombre verdadero es negar el viejo nombre y renunciar a la vida para salvar la Vida.
            De igual modo, confesar Quién es Él conlleva coger la cruz cada día y seguirle, para amar como Él hasta el final y demostrar con las obras lo que hemos manifestado con la boca, con el pensamiento y con el corazón. No hay vuelta atrás para el que es sincero y consecuente; nuestra vida ya no nos pertenece, por eso nuestro cometido no es protegerla o conservarla, sino ofrecerla gratuitamente como Jesucristo.
           Cada sufrimiento, grande o pequeño, cada frustración, cada angustia, cada ausencia, cada traición, vividos con consciencia y compromiso, supone atravesar con Él uno de sus desiertos o acompañarle, velando, en Getsemaní.

Como cristianos, debemos “repensarnos” una y otra vez, ponernos en cuestión a nosotros mismos y las creencias y prejuicios que nos condicionan y nos alejan de la Luz que es Jesucristo. Si nos resistimos a morir a las tinieblas del ego, no podemos nacer por segunda vez para ser Sus discípulos. El auténtico y bienaventurado pobre de espíritu ha de estar dispuesto a negarse a sí mismo, a vencerse y transformarse, renunciando a lo que impide ser discípulo, para poder decir como San Pablo: "vivo, pero no soy yo, sino Cristo que vive en mí" (Gál 2, 20). Solo entonces encontramos la fuerza necesaria para cargar cada día con nuestra cruz y seguirle.


  
Salmo 114, Felix Mendelssohn

5 de septiembre de 2015

Todo lo ha hecho Bien


Evangelio de Marcos 7, 31-37

En aquel tiempo, dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo que, además, no podía hablar; y le pidieron que le impusiera las manos. Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y mirando al cielo, suspiró y le dijo:Effetá” (esto es, «ábrete»). Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad. Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían:Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos".


“Todo lo ha hecho bien. Hace oír a los sordos y hablar a los mudos”

Todo lo ha hecho bien… ¿Qué es hacerlo todo bien? ¿Hacemos algo bien? Ojalá fuera, al menos,  esa nuestra intención, nuestra actitud. Hacer las cosas bien, desde que Jesucristo vino al mundo, es hacerlas a Su manera: con dignidad de Hijos, con amor verdadero, por el Reino, para gloria de Dios. Que lo que hagamos se inscriba en este “código”, el único válido; no validemos otros.
 
Apuntar hacia ese Bien consiste, en primer lugar, en escoger los “quehaceres”, dejando de llenar la existencia de tareas y actividades innecesarias y alienantes. Elijamos bien los “qué”, con decisiones audaces y libres, y luego centrémonos en el “cómo”.
 
El sordomudo es símbolo de la incomunicación. Cuando escuchemos y hablemos a nuestro prójimo, no veamos en él a su ego, su personaje, sino a su ser verdadero, su esencia inmortal. Eso requiere un aprendizaje para distinguir entre uno y otro, el virtual y el real, el vehículo y el conductor.

Pero para escuchar al prójimo, conviene primero aprender a escucharse a uno mismo y, sobre todo, escuchar a Jesús, porque solo Él tiene palabras de vida eterna, como leíamos en el Evangelio de hace dos domingos.

Profundizando en una de las cuestiones que se nos plantean hoy, ¿qué es hacerlo todo bien? ¿Ser eficaz, diestro, meticuloso, perfeccionista? ¿Tener talento? ¿Ser resolutivo? Sí, claro, todo eso y mucho más en la lógica del mundo. Pero para Dios es otro el Bien, no es el bien que se opone a mal, sino el Bien que integra y transmuta todo, el Bien que es Amor, Vida eterna; el Bien de lo que perdura.  

Jesús pasa haciendo el bien. Bien a todos, “buenos y malos” conscientes e inconscientes, despiertos y dormidos, esa es la justicia divina. Pasemos haciendo el bien, como el Maestro que todo lo transforma, todo lo hace nuevo. Evitemos acumular bagatelas, tareas inútiles, compromisos absurdos, distracciones, dispersiones… Vayamos una y otra vez al centro que lo hace todo vertical porque lo real-iza. Ese centro, camino estrecho, ojo de aguja, por el que pasa el eje vertical de la cruz, el único centro donde podemos empaparnos del Agua de la Vida que brota del costado de la Divina Misericordia. Es la verdadera fuente de transformación porque toma lo pobre, lo imperfecto e incompleto, lo “mísero”, y lo lleva al corazón “cor-cordis”: Miseri-cordia. Volvamos entonces una y otra vez a ese centro; metanoia, vuelta, conversión, con-versión, sin distracciones, sin olvidos, sin dispersiones.

Solo así podemos escuchar y hablar, abiertos, effetá, libres, capaces de distinguir entre las voces, Una, como el poeta bueno, y, en esa Voz, la palabra que sana y libera, la palabra de vida eterna que nos muestra el camino de regreso a Casa.

Sustituyamos las viejas y cansinas canciones de la lógica del mundo por la única Canción, el único Verso, el Universo Original del que venimos y al que volvemos.

Jesús proclama con claridad irrepetible la nueva lógica, esa que últimamente pretenden atribuirse “gurús” actuales. Nuevo Testamento, Evangelio, Buena Nueva, Todo fue ya pronunciado por Él, pero no nos damos cuenta. No lo oímos porque no Le escuchamos. Tenemos muchas veces los oídos cerrados a su Palabra, que es la única que salva. Solo Él tiene palabras de Vida eterna, pero por inercia, por masoquismo, por pura distorsión o por lo que sea, no Le escuchamos y preferimos palabritas mortales de seres virtuales, palabritas vanas que se transforman en eco y luego en nada.

Escuchemos a Jesucristo, sigámosle, pasemos como Él haciendo el bien. Recordemos la consigna de Santa Teresa que leíamos en el último post del blog amigo antes del verano, www.diasdegracia.blogspot.com, y que hemos intentado cumplir entre aguas turbulentas: No os pido más que Le miréis.



                               Señor, Tú tienes Palabras de Vida, Hermana Glenda


                                    Yo amo a Jesús, que nos dijo:
                                    Cielo y tierra pasarán.
                                    Cuando cielo y tierra pasen
                                    mi palabra quedará.
                                    ¿Cuál fue, Jesús, tu palabra?
                                    ¿Amor? ¿Perdón? ¿Caridad?
                                    Todas tus palabras fueron
                                    una palabra: Velad.
                                    Como no sabéis la hora
                                    en que os han de despertar,
                                    os despertarán dormidos,
                                    si no veláis: despertad.

                                                                  Antonio Machado