31 de agosto de 2013

El único puesto

 
Evangelio de Lucas 14, 1.7-14

Un sábado, entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban espiando. Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les propuso esta parábola: “Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro y te dirá: “Cédele el puesto a éste”. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: “Amigo, sube más arriba”. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido. Y dijo al que lo había invitado: Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos.”



cena en casa de leví

                                      La cena en casa de Leví, El Veronés


En la pureza primigenia los ángeles son un solo ángel, completamente uno, así también todas las hierbas son una sola en la pureza primigenia, y allí todas las cosas son uno.
(…) Cuando el hombre se humilla, Dios en su bondad, no puede menos que descender y verterse en ese hombre humilde, y al más modesto se le comunica más que a ningún otro y se le entrega por completo. Lo que da Dios es su esencia y su esencia es su bondad y su bondad es su amor. Toda la pena y toda la alegría provienen del amor.

                                                                                Maestro Eckhart, Sermón 6º


                                                           Dios será todo en todos.

                                                                                  1 Co, 15, 28
 

            Quien no lo comprenda ¡que no se preocupe!
 
                                                                       Maestro Eckhart, Sermón 48º

 

            Para encontrar a Jesús hace falta recorrer el camino descendente, el camino de la humildad que María recorrió antes que nadie.
            Seguir a Jesús en su denuncia de las injusticias, su defensa de los débiles, su coherencia y su destino de cruz y gloria exige ser valientes y aceptar el abandono, la traición y el menosprecio. Para nosotros todo se suaviza infinitamente, porque Él ya lo sufrió en nuestro lugar. Por eso, la humildad es el signo distintivo del discípulo.              
            Conscientes de que en el mundo hay injusticia, desigualdad, opresión y abusos, nos ponemos como el Maestro al lado de los desfavorecidos, nos hacemos voluntariamente siervos fieles que no esperan recompensa, porque hacen lo que han de hacer (Lc 17, 10).

Si Jesucristo, todo un Dios hecho hombre vulnerable y limitado por amor, fue capaz de servir sin condiciones y amar hasta el extremo, sus seguidores hemos de imitarle en el servicio, la humildad, la compasión por los desheredados, los abandonados y despreciados. Hemos de estar dispuestos, no solo a ser últimos, sino a amar ese abajamiento, que no es masoquismo sino contrapunto de la vanagloria (vana gloria) del mundo, una de las astutas consignas de Mammón.

Solo el que es consciente, porque la ha experimentado, de la absoluta gratuidad del Reino, no sirve a dos amos, pone su confianza en el único Señor, el que está junto al pobre, el desvalido, el abandonado, el caído.  

Pero el camino descendente no puede quedarse en lo teórico o conceptual, ha de ser experiencia de vida. Como el verdadero pobre de espíritu, que no tiene nada ni quiere nada, ese abajamiento ha de ser un ponerse a ras de tierra, humus, auténtica humildad.

El despreciado y rechazado, el cordero llevado al matadero, la oveja que enmudece  (Is 53, 3-7), el gusano, oprobio de los hombres, desprecio del pueblo (Sal 22, 7)... Así anunciaban a Cristo las Escrituras, antes incluso de la Encarnación. No nos escandalicemos ni miremos a otro lado, o a esas imágenes que disfrazamos con encajes y oropel. Sí, el "gusano"; ¿es posible más abajamiento del mismo Dios? Hasta ahí llegó Su amor. ¿Hasta dónde llega el nuestro?

No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí (Jn 14, 1). ¿Qué es creer en Dios? ¿Cómo se expresa esa fe? No sirviendo a más señor que a Él, porque no se puede servir a dos señores (Mt 6, 24); sabiendo y demostrando que el único puesto que anhelamos, nuestra única ambición es estar junto a Él y cumplir Su voluntad, que es amar como Él nos ha amado. Confiando con todo nuestro ser en lo que le dijo a Marta: Yo soy la Resurrección y la Vida… (Jn 11, 25-26). Y actualizando, viviendo cada día esa fe, para que nada nos atrape, robándonos el corazón, ni nos someta a un falso señor o a uno de esos idolillos que nos anestesian y esclavizan: comodidades, seguridades, inercias, hábitos….

Sosegaos y sabed que yo soy Dios (Sal 46, 11). Si lo sabemos con plena consciencia, somos en Él, y hacemos lo que hemos de hacer con paz y libertad interiores. Entonces experimentaremos la confianza plena que cantan el salmo 23, el 71 y tantos otros. Y encarnaremos la esencia revolucionaria del Magníficat, porque nuestro “sí” habrá sido real, y podremos decir con San Pablo: vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí (Gál 2, 20).

Todo esto nos sugiere el pasaje que hoy contemplamos, pero los niveles del Evangelio son inagotables, y Jesús quiere que, si decidimos seguirle con todas las consecuencias, vayamos siempre más lejos, más profundo, más vertical, más a la verdadera raíz, que es situarse en el nivel de conciencia de la no dualidad, esa tramoya fascinante que sostiene el drama de nuestras vidas, y desde ahí ver cómo se suceden todas las actitudes y todos los personajes dentro de uno mismo. Ricos y pobres, primeros y últimos, prepotentes y sencillos, obsesionados por la apariencia y siervos fieles que encuentran su dignidad sirviendo.

          Porque para poder invitar a tu banquete a pobres, lisiados, cojos y ciegos –ajenos y propios, siempre con la doble atención que permite percibir y acoger lo de fuera y lo de dentro– tienes que amar como Cristo, ser uno con Él, ser Él o, al menos, en ese decisivo y bendito “mientras tanto”, actuar como si ya lo fueras.

Y es que, en lo más profundo de su enseñanza, solo accesible al que tiene oídos que oyen y ojos que ven porque no ha cerrado el corazón (Mt 13, 9.15-17), Jesús no está hablando de los valores del mundo; no pretende una mera subversión del orden social. Si el mensaje de Jesucristo es el más radical y revolucionario que se haya escuchado, es porque su “revolución” trasciende lo visible. Su meta es transformar los corazones y las almas para que el Reino se realice; todo lo demás es añadidura. Lo esencial no es del mundo exterior ni del hombre exterior, sino de ese hombre interior que se alimenta del Pan de Vida, de la Palabra viviente.            

Por eso, la verdadera humildad es la que no necesita manifestarse. Cuántos, aparentemente humildes, hacen alarde de una falsa virtud. El verdaderamente humilde ni siquiera necesita saber que lo es, porque se sabe nada y ha alcanzado ya la dicha de los pobres en el espíritu.

            Amar al prójimo como a uno mismo desde la unidad del Ser es la consigna del cristiano, la que permite alcanzar el estado de conciencia de Cristo. Pensar y sentir como Él, actuar como Él, vivir como Él… Entonces podremos invitar no solo a los pobres, cojos, lisiados, los parias del mundo, sino también a las sombras que aún nos llenan, para agasajarlos a todos y llenarlos de la luz, los dones y la gracia que nos han sido dados. Y acaso un día, cuando la cruz parezca insoportable, podremos decir “si por esto he venido” (Jn 12, 27; 18, 37) y seguir llevándola con entusiasmo, hasta un nuevo Gólgota, siempre el mismo.

Cuando comprendes con todo tu ser la gratuidad del Reino, surge en ti la verdadera confianza y sabes que no tienes que defenderte de nada o prevalecer sobre nadie. Lo que mueve el mundo: deseos de aceptación, reconocimiento, admiración, poder…, ya no importa; ni siquiera aparecen esos conceptos de impotencia y miedo, de egoísmo y separación, en este nuevo lenguaje claro y transparente del servicio, de la entrega, del amor.

Entonces no pretendes destacar o ser valorado y admirado, te liberas de la identificación con las apariencias, no necesitas reforzar ninguna imagen mental propia o ajena, vives desde el Ser. Es la base de la auténtica libertad que Cristo nos enseña continuamente porque nos quiere libres. La Verdad nos hace libres y Él es la Verdad.

     Ves al otro tan cerca de ti, tan tú, que ya no hay distinción, solo la unidad que, a pesar de la ceguera, siempre prevalece, y el espacio infinito donde es posible el amor. Ya no somos buenos o malos, generosos o egoístas, soberbios o humildes; hemos trascendido el mundo transitorio de los pares de opuestos, y somos nada, es decir, Somos, y en ese Ser, que es la fuente de la auténtica Bondad, de la Verdad y la Vida, alcanzamos la bienaventuranza que Jesús anuncia con esta parábola. Y somos realmente dichosos y libres. Libres, en la plenitud de la dicha que no acaba.

 
 

El mundo antiguo no conoce el Amor. Conoce la pasión por la mujer, la amistad por el amigo, la justicia para el ciudadano, la hospitalidad para el forastero. Pero no conoce el Amor (…) el amor que sufre y se sacrifica, el amor hacia todos los que sufren y son abandonados; el amor hacia la pobre gente, hacia la gente despreciada, pisoteada, maldita, desamparada; el amor para con todos, el amor que no hace diferencia entre ciudadano y extranjero, entre bello y feo, entre delincuente y filósofo, entre hermano y enemigo. (…) De este amor ninguno habló antes de Jesús: ninguno de los que hablaron del amor. No se conoció este amor hasta el Sermón de la Montaña.
Es una de las grandezas y una novedad de la doctrina moral de Jesús: su novedad más grande, su grandeza eternamente nueva, nueva también para nosotros por no entendida, imitada ni obedecida; infinitamente eterna como la verdad.
 
                                                                                              Giovanni Papini
 

18 de mayo de 2013

Pentecostés: Amor invisible


Evangelio de Juan 14, 15-16, 23b-26

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros. El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho.”





                                                                Veni Creator Spiritus
El Espíritu no tiene rostro ni voz, pero es la luz y el sonido de unos sentidos espirituales nuevos, que hacen ver y oír el misterio al hombre llegado a la plena madurez de Cristo. 
                                                                                              Simeón, el Nuevo Teólogo
Por el Espíritu Santo nos llega la espiritualización, la ascensión de los corazones y la deificación.
                                                                                                              San Basilio


           Para que el Espíritu Santo nos llene, hay que estar vacíos de todo lo que es ajeno a Su gracia, ese fuego gozoso y vivificante, que todo lo enciende e ilumina. Él es Quien nos vacía para después llenarnos. Nosotros solo tenemos que poner a Su disposición el recipiente que somos, esa vasija de barro destinada a portar el mayor de los tesoros (2 Cor 4, 7).

           Porque no se trata de hacer, sino dejarse hacer, permitir que se haga, que ese Amor invisible que nos habita sea, crezca en nosotros hasta rebosar. Ese Amor que no siempre podemos sentir, solo cuando callamos, nos detenemos, dejamos de prestar atención a lo ilusorio, lo perecedero, para centrarnos en lo Real, que solo captan los sentidos sutiles del alma, lo que no puede dejar de existir.

             Aliento que insufla vida, fuego de amor puro, torrentes de agua viva, voz interior que habla en el silencio y en la calma, guía constante del corazón despierto. El Espíritu Santo no es el gran desconocido, esa abstracción que se les ha resistido a los teólogos, en su afán por definir y clasificar con los conceptos limitados de la mente.

             Podemos vivir, de hecho vivimos ya, aunque aún no seamos plenamente conscientes de ello, un Pentecostés eterno, porque el Espíritu Santo es Dios mismo habitando en el corazón del hombre, en el centro de su propia esencia inmortal.
      Dios no está lejos, no está fuera para el alma que consiente y se abre a la gracia. No es necesario buscarle en templos de piedra o ladrillo, aunque acaso para algunos sea más fácil sentir Su presencia en el templo.
      Porque el Espíritu sopla donde quiere (Jn 3, 8), y el templo definitivo es uno mismo, tú, yo, cada uno de nosotros, para adorar en espíritu y en verdad (Jn 4, 24). Esa es la maravilla, el inefable don que tanto cuesta reconocer: Dios nos habita.

           Como los apóstoles reunidos en el cenáculo perdieron el miedo al recibir el Espíritu, así nosotros nos hacemos valientes y decididos cuando somos conscientes de ese hálito de vida, ese fuego que renueva la faz de la tierra (Sal 104, 30).
           El Espíritu abre los corazones cerrados y los prepara para la Unidad a la que estamos llamados, que somos en el fondo. Él nos da la energía, la confianza y la sabiduría necesarias para salir de la prisión del egoísmo y reconocer en los otros la unicidad del Misterio de Amor que nos transforma.
          Es el fin de Babel, del no entendimiento, de la división, y el inicio de la sintonía que permite comprender, acoger e integrar.

         Siempre es Pentecostés, siempre estamos recibiendo la llama que enciende el corazón de amor puro, el aliento divino que renueva y transforma, que nos prepara para habitar un mundo nuevo, nuevo cielo, nueva tierra (Ap 21, 1), a nuestro alcance ya, cuando somos capaces de mirar con ojos que ven y escuchar con oídos que oyen, sin tiempo ni espacio, sin miedo ni muerte, sin separación.
 
Jesucristo es el amor visible del Padre. El Espíritu Santo es el amor invisible del Padre y del Hijo, entre ellos y hacia nosotros. Por eso sé que, cuando pido en la oración: “Señor, aviva en mi corazón el fuego de Tu amor”, estoy pidiendo ese Amor, uno y trino, que sostiene, mueve y restaura todo. Como decía Dante: “El amor mueve el sol y las estrellas”.
            La inhabitación divina, que es el centro de la vida espiritual, alimentada por el silencio y la oración, ha de manifestarse exteriormente y lo hace de forma natural cuando reconocemos y aceptamos la Presencia interior, hasta arraigarnos en esa Realidad viva, que nos crea y nos recrea sin cesar.


  
Llama de amor viva.
Poema de San Juan de la Cruz, cantado por Amancio Prada





DOS FUEGOS                                                                             
Dos fuegos hay en mí: uno se apaga
por cualquier golpe de viento;
el otro, invisible,
no dejará de arder
cuando yo me haya ido.
Hay dos fuegos en mí; uno es eterno
y observa compasivo cómo el otro
se consume tan lejos de la vida,
creyendo que es la vida quien lo inflama.
Dos fuegos hay en mí; uno artificio,
el otro llama que arde inextinguible
con deseos de arder más
              y más alto     
                      más hondo,
                                                     más real.


4 de mayo de 2013

Un único Cristo


Evangelio de Juan 14, 23-29

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado; pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho. La paz os dejo, mi paz es doy; no os la doy como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: “Me voy y vuelvo a vuestro lado”. Si me amarais os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo.”


                                                   Jesucristo, Hoffmann


   Que sean uno, como nosotros somos uno. Yo en ellos
              y tú en mí, para que sean completamente uno.
                                                                                                                                                                                                                            Juan, 17, 22-23
 
 
                                                                 Habrá un único Cristo amándose a Sí mismo.

                                                                                                                  San Agustín


     En tan pocas líneas, la esencia de la enseñanza de Jesús. Parecería que al conocer lo cercano de Su Hora no quisiera que los apóstoles olviden nada y les deja un testamento, una síntesis que sirva de recordatorio para ellos y para nosotros.

     ¿Cómo no amar a un Dios que quiere morar en el corazón del hombre? Buscamos casas, lugares, refugios donde nos aislamos, que suelen convertirse en madrigueras de conejos asustados o, muchas veces, en guaridas de ladrones, pues guarecerse, aislarse, separarse del hermano es robar a la creación. Cuánto tiempo, esfuerzo, dinero (esa energía sagrada, fruto del trabajo de los hombres, que hemos corrompido) malgastamos en hacernos con casas que ni siquiera son hogares. Esos metros cuadrados de privacidad, seguridad, egoísmo y necedad, donde cada uno guarda sus cosas, su tranquilidad, tan alejada de la Paz de Cristo, su silencio, tan alejado del silencio esencial de los pobres de espíritu.
     Cuándo descubriremos que, en lugar de esforzarnos por tener una casa segura y confortable, con bonitos muebles y lo último en tecnología, el camino del cristiano consiste en convertirnos, cada uno, en morada de Dios.

     El Padre, el Hijo, el Espíritu Santo, maravilla inexplicable del Dios trinitario, están deseando vivir en ti, en mí… ¿Cómo asimilar tal don? Con el corazón de carne que Él nos ha dado a cambio del corazón de piedra, inútil lastre para el que ya sabe que no pertenece al mundo (Jn 15, 19; 17, 14).

     El Padre está en Jesucristo; en Él Lo encontramos. Por eso la paz de Jesús se mantiene intacta en la tribulación; en los momentos aciagos revela especialmente su esencia divina. Paz dentro del corazón, en lo eterno que somos, en el Ser real, para que desde allí se extienda en abrazo universal, pues la paz es fruto del Amor. Si no hay amor, no hay paz, sino un simulacro mediocre y transitorio: tranquilidad, estabilidad, seguridad, siempre efímeras.
     La paz de Jesucristo no es la del mundo egoísta y separado, sino la del reino del amor. No hablamos, claro, de un amor dulzón o sensiblero. ¿Cómo va a ser así el amor de Aquel que ha venido a traer la espada? (Mt 10, 34). Su paz es la del amor que llena todo y no se altera ni se agota, inmanente y trascendente a la vez, actual y eterno. Por eso la paz que nos da, para que la vivamos y custodiemos, crece y fructifica en lo agitado e inestable, en las tormentas cotidianas.
     Porque la paz que deja a los apóstoles es la de la espada y no la de la tranquilidad y la seguridad, es por lo que les pide valentía y entereza, inmediatamente después. 

     El viejo mundo arde y pasa, queramos verlo o no, y el nuevo mundo que hemos de habitar supera nuestros conceptos y categorías mentales, porque Él lo hace todo nuevo con Su vida, Su muerte y Su resurrección.
     Bendita Cruz, entonces, ese patíbulo que a tantos molesta y quisieran olvidar para hacerse un Jesús a su medida, sin sufrimiento, previsible y llevadero, que ofenda menos la sensibilidad de los seguidores, a veces disfrazados de cristianos, de la nueva era y corrientes afines.
        Y es que el amor y la paz de Dios se manifiestan de modo privilegiado en esa Cruz, que hace posible que cicatrice lo que Cabodevilla expresa como “la llaga que es la vida”. Pues llaga, herida irremediablemente abierta, infectada y dolorosa, es la vida sin Su paz y sin Su amor.

          ¿Somos dignos de esos dones, o nos dejamos llevar por la inercia de rutinas, costumbres y comodidades?
          Podemos sentir, escuchar, permanecer unidos a Cristo cada día, cada hora, siempre. Con los sacramentos (no concibo unión más grande en este mundo, que la que nos ofrece continuamente la Eucaristía), con la oración y con la lectura constante de Su Palabra. En el Evangelio escuchamos, real y actualmente, a Jesucristo. Ya no es la idea que uno pueda tener de Dios, sino Palabra viviente y eficaz.
          Quien acude conscientemente a los sacramentos, ora como Él nos enseñó y lee el Evangelio recibe la gracia que permite cumplir Su Palabra, y es capaz de encontrar y reconocer al Señor en todos y cada uno de los hermanos, porque el mismo Jesús vive en su corazón, lo llena y rebosa.

Siendo habitados por Dios, qué valiosa y potente es la oración de intercesión. No hace falta ni siquiera evocar nombres o imágenes de personas concretas, aunque es una hermosa forma de amar, tal vez la mejor, poner rostro y nombre a esa oración. Basta confiar y amordazar el ego, para ser cauce o canal que difunde la misericordia de Dios a cuantos la necesitan.
Me recuerda la oración del amor y la compasión de raíz budista que practiqué hace muchos años. Con una gran diferencia: no son mi amor o mi compasión de criatura, tan pobres y limitados, los que extiendo y reparto, sino los de Cristo en mí, el Hijo de Dios en mí, puro amor incondicional, pura misericordia, capaz de sanar todo, restaurar todo, renovar con su Espíritu la faz de la tierra.

     El cristianismo es Jesucristo: un hombre que también es Dios; un Dios que se ha hecho hombre. ¡Qué vértigo de gratitud y asombro! Y, además, bendita locura de amor, Él quiere integrarnos en esa unidad, hacernos uno con Él. Cuando se vislumbra la inmensidad de este Misterio, no tiene sentido perderse en disquisiciones teóricas que nos hagan sentirnos más Dios y menos criaturas. ¿Quién querría dejar de ser hijo o hija amados de tal Padre, por defender un no-dualismo que no pasa de ser una idea, una abstracción, si no ha sido realmente vivido y encarnado?
 
     Aprendamos una vez más de Jesús, tan libre que supera todas las aparentes contradicciones. Por eso puede hablar del Padre, como de ese Tú, ese Otro, al que se dirige para orar, para encomendarse y encomendarnos; y también puede afirmar que quien Lo ve a Él ve al Padre, que Él y el Padre son uno y que estamos destinados a ser uno con ellos.      
     Cuando seamos capaces de vibrar en Su frecuencia de amor, paz y libertad, ya no habrá necesidad de espada, ni de hacernos violencia para conquistar el reino (Mt 11, 12), pues el mismo Espíritu que nos guía y nos habita nos habrá transformado. Entonces, mirando a Dios cara a cara, sentiremos, sabremos que por Su amor somos en Él; semejanza al fin recuperada.
 


 
Ahora somos hijos de Dios, aunque
aún no se ha manifestado lo que hemos de ser.
Sabemos que, cuando se manifieste, seremos
semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es.
 
                                                                                            1 Juan 3, 2


27 de abril de 2013

La señal del discípulo


Evangelio de Juan 13, 31-33a.34-35

Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús: “Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros."

 
 
                                         El lavatorio de los pies, Duccio di Buoninsegna
 
 

                   El infierno es el tormento de la imposibilidad de amar.

                                                                                                          Dostoievsky

 
De repente, sentí como si viese la belleza secreta del corazón, la profundidad donde no alcanza ni el pecado ni la codicia, la criatura tal como es a los ojos de Dios. Si pudiéramos vernos mutuamente de esta forma, no habría motivo para la guerra, el odio, la crueldad. Creo que el gran problema consistiría entonces en que tendríamos que postrarnos para venerarnos mutuamente.
 
         Thomas Merton
 

¡Oh Señor!, si has previsto que has de torturar a una de tus criaturas en el infierno, ¡dilata allí mi ser, de modo que no quepa nadie más que yo!
                                                                                                          Al Bistami
 

Amar a Dios y amar al prójimo, el mandamiento que sostiene la Ley entera y los profetas (Mt 22, 40). Una tentación frecuente es creer que es más fácil lo segundo, y que podemos amar a otros sin amar a Dios. Hasta que descubrimos que no es verdadero amor, porque no somos capaces de amar sin condiciones ni reservas, a no ser que pasemos nuestro amor por el corazón de Dios, fuente del verdadero amor, infinito e incondicional.
Pero amar a Dios nos resulta difícil; no lo vemos, no lo oímos, no lo sentimos con los sentidos físicos... Y aun así, Él es más íntimo a nosotros que nosotros mismos, como dice San Agustín. Solo empezamos a sentir y a saber que Él vive en nosotros, cuando abrimos el corazón para amar a cada hermano desde el amor de Dios en nosotros. Y descubrimos que los dos amores están indisolublemente unidos. No se puede amar a Dios sin amar al prójimo, como no se puede amar al prójimo sin amar a Dios. Y no se trata solo de sentir, sino, sobre todo, de expresar, encarnar, crear realidades de amor, como huellas firmes y seguras en el camino hacia la Vida.

En las lecturas de los últimos días, hemos ido recordando cómo creer en Jesucristo es la puerta de la Vida eterna, porque el que cree en Él, cree en el que le ha enviado (Jn 12, 44).  Sin embargo, en Marcos 1, 24, leemos cómo proclama su fe a gritos un espíritu inmundo: "¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios". Los demonios tienen una fe inquebrantable; mientras que hay hombres y mujeres justos, de corazón generoso y mente limpia, almas grandes, que no reconocen a Jesús como el Unigénito de Dios porque han nacido en el seno de otras religiones, o han vivido antes de que Él se encarnara, o acaso no pueden abandonar el agnosticismo.

¿Quién se salva?; ¿los demonios, creyentes por su naturaleza de espíritus puros?, ¿o tantos santos que nunca serán canonizados y que no han experimentado la fe en Jesucristo?
¿Qué es creer en Él para ser salvados? Abramos los ojos, limpiemos la mirada, expandamos el horizonte, como Jesús nos enseña a hacer. Creer en Él y en Su Palabra es vivir en el Amor, el Mandamiento Nuevo; esta es la señal del discípulo. Creer en Él: anhelar la verdad, abrirse al perdón, no juzgar ni condenar, sino sacar la "viga" del propio ojo, confiar, ayudar, servir.
El que acoge los valores que Él nos enseñó es Su discípulo, aunque sea de otra religión, o de ninguna. Y el que Lo conoce a Él en el amor, la bondad, el servicio, la compasión, conoce también a Aquel que Le envió. Creer en Él, ser salvados, liberados por Él, recibir y transmitir la Buena Nueva, es dejar que Su latido resuene con el tuyo, te restaure, te devuelva la Vida. Y Su latido es el Amor, incondicional, universal y eterno.

Los cristianos estamos llamados a superar prejuicios y fanatismos, rigidez e intolerancia, soberbia y fariseísmo, para experimentar la Unidad esencial del Evangelio. Ojalá todos los hombres y mujeres que ama el Señor aprendamos a vivir, compartir y amar en Espíritu y en Verdad.
 
El amor al hermano está en el mismo centro del amor divino pues no se puede amar a Dios sin amar a los demás. Del mismo modo que no se puede amar a los hermanos con un verdadero amor, más allá de los afectos sensibles, sin haber reconocido la fuente del amor en el propio corazón. Cuando uno encuentra a Dios en su interior, se encuentra también consigo mismo, su auténtico Sí mismo, y con todos y cada uno de sus hermanos. Porque el Amor con que Dios nos ama y nos enseña a amar es un abrazo total, incondicionado, hasta el extremo. Aunque aún no seamos capaces de sentirlo así siempre, nos miramos en Él, somos en Él un solo Amor, el único camino hacia la plenitud de la alegría, hacia la Vida.

       Esta es la clave: para amar de verdad, sin condiciones, como Jesús nos ama, es preciso salir de sí, de ese sí mismo mezquino e inseguro, para encontrar el Sí mismo de Cristo, donde todos somos Uno. ¿Hemos salido alguna vez de nosotros mismos para tener una experiencia de amor verdadero?
      Cuánto egoísmo se disfraza de solidaridad, cuánto miedo nos hace parecer amables y generosos, cuando en realidad solo intentamos parecer buenos para que nos quieran. Pero amar al prójimo como a uno mismo es amar con absoluta limpieza, con total libertad, sin esperar nada a cambio. Supone atreverse a morir, que el hombre viejo muera para que el hombre nuevo nazca. El Mandamiento del Amor solo se puede cumplir si aceptamos ser como Él nos quiere; y Él nos quiere como somos, porque ya nos ve como podemos ser.

            Comprender y asimilar el Mandamiento Nuevo es hacer que forme parte de nuestra forma de vivir, de esa nueva identidad que el Señor concede a los que eligen amar como Él amó. Suele suceder, como todos los dones de la Gracia, con una naturalidad que sorprende. Cuando no se espera, cuando uno cree que le queda un largo y esforzado camino para llegar al amor, descubre que ya lo ha encontrado, pleno y radiante, como Jesús lo había anunciado, tan real como lo más real, dando sentido a lo que hasta ahora carecía de sentido, dando luz a todo que estaba lleno de sombras.

   ¿Quién, antes o después de Jesucristo, pudo decir: “Todo lo hago nuevo”, como leemos en el fragmento del  Apocalipsis de la segunda lectura de hoy (Ap 21, 1-5a)? Hacer todo nuevo, más allá de las leyes de los hombres, más allá de las leyes de la naturaleza, más allá del destino y de la muerte. Todo nuevo para siempre, por Él y con Él, que nos anima a buscarle en el corazón, y desde ahí mirar el mundo con mirada también nueva, como si lleváramos siglos dormidos o muertos.
    De eso se trata, de aprender a mirar para no quedarnos en la apariencia y poder amar, con lo que no va a morir en nosotros, lo que en el otro tampoco va a morir. Porque el amor verdadero lleva implícito un deseo de eternidad. Como decía un autor cristiano (a ver si me acuerdo del nombre o alguien me lo recuerda), decir "Te amo" es decir: "Quiero que vivas para siempre".

            Si la vieja Jerusalén había llegado al colmo del desamor, hasta el punto de ser testigo impasible del asesinato del Hijo de Dios, la nueva Jerusalén, que ha de surgir en cada uno de nuestros corazones, está llamada a ser la capital del Reino del Amor.
 
 


20 de abril de 2013

Yo y el Padre somos uno.

  
Evangelio de Juan 10, 27-30

En aquel tiempo, dijo Jesús: “Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno.

 
 
 

            Alma noble, noble criatura, ¿por qué buscas fuera de ti lo que está en ti todo entero y del modo más verdadero y manifiesto?
                                                                                                                San Agustín
 

El verdadero dogma central del cristianismo es la unión íntima y completa de lo divino y lo humano, sin confusión ni separación.
                                                                                               Vladimir Soloviov
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                            
 
            Mientras reflexionaba sobre este breve y profundo fragmento del Evangelio de Juan, buscando un apunte de hace días en mi agenda, encuentro unas líneas que escribí una mañana, nada más despertar. Como siempre que tiene que ver con Jesucristo, nada es casual, sino causal, o providencial. Lo transcribo tal cual lo escribí.

 
OTRO DON

            Esta noche he tenido un sueño que me ha hecho comprender de forma viviente lo que es el Pan de Vida y también el Cuerpo de Cristo. Me he sentido totalmente parte de Él, una con Él y con el resto de Sus miembros. Respirando Su aire, alimentándome de una misma sangre que se me representaba transparente, como una savia muy sutil. ¡Y estaba dando flores! Unas flores raras, con pétalos blancos y azules, alguno violeta. El gozo que sentía, la paz que me embargaba, la confianza que se respiraba en aquel no-lugar idílico no los había sentido nunca. Tuve la certeza de estar donde debía estar, por siempre y para siempre; donde, en realidad, ya estoy, ya estamos si queremos. Y también sé que puedo revivir esos momentos de Comunión absoluta, de plenitud y alegría. Cada vez que me sienta desfallecer en este mundo del que no soy, conectaré con la verdadera realidad, a la que pertenezco, volveré a alimentarme de Vida eterna y sentiré cómo, a través de mí, se alimentan y vivifican todos los que han hecho posible que yo esté aquí, firmemente injertada en el Cuerpo de Cristo, dando flores y frutos en sazón.



                                TODOS LOS HOMBRES Y NINGUNO
 
                                    Si me miras, nunca me hallarás sino en Él, para Él y por Él.
                                                            Y si me presento, jamás me encontrarás, salvo con Él, ¿no ves?
 
               Rabi’a al ‘Adawiyya
  
                             "Intimior intimo meo."
 
                                          San Agustín
 
                Camino por la calle Desengaño
de la mano de ese Hombre
que es todos los hombres y ninguno.
Camino por la calle Desengaño
de la mano del Amor.
Esta noche, cuando abandone el cuerpo
en el colchón frío de enero
y me disponga a atravesar consciente
los velos del sueño,
lo haré deshojando un pensamiento
agradecido y fiel
hacia ese Hombre,
que es todos y ninguno,
al que nunca, nunca, abandonaré,
porque Él es más íntimo a mi ser
que los latidos de mi corazón.