25 de enero de 2014

Dejar las redes y la barca


                   Vocación de los apóstoles, Tríptico Misionero de Aparecida


Evangelio de Mateo 4, 12-23 

Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan, se retiró a Galilea. Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías: “País de Zabulón y país de Neftalí,  camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló”. Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos”. Paseando junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores. Les dijo: “Venid y seguidme y os haré pescadores de hombres”. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y, pasando adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron. Recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas y proclamando la Buena Noticia del Reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo.

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                         Vocación de Pedro y Andrés, Michel Corneille, el Joven


           Hoy me recreo, más que otras veces, en el arte. La pintura, esta vez, como fuente de inspiración y anclaje para la oración. Pintores, escultores, arquitectos, músicos, poetas…, los artistas en general, al “activar” el hemisferio derecho del cerebro, el que permite la intuición, que solemos tener “adormecido” por potenciar más el izquierdo, de la lógica y la racionalidad, nos ayudan a ver lo que la mente racional nos oculta, y nos transmiten lo que está más allá de las palabras.


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                             Vocación de los apóstoles, Duccio di Buoninsegna


Qué oportuna manera de culminar la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. En la primera lectura de hoy (Is 9, 1-4),  los dualismos: humillar-ensalzar, tinieblas-luz, sombra-luz, muerte, vida, desembocan en la Unidad que da la alegría. Con Jesús, la Luz del mundo, acaban las dicotomías, los pares de opuestos y se inaugura el Reino de la dicha. Todo es gozo y alegría…; hasta tres veces se repite la palabra gozo/gozan y dos alegría/alegran en apenas dos línea.

La segunda lectura (1 Co 1, 10-13.17) sigue cantando a la Unidad que anhelamos y por la que oramos. Subraya la universalidad de la Salvación como mensaje, enseñanza y realidad.

La escena a la que hoy nos asomamos del Evangelio es inmediatamente posterior a las tentaciones del desierto y anterior al Sermón de la Montaña. Jesús, acrisolada su alma por los cuarenta días de ayuno y oración en el desierto, vencido el Adversario, deja Nazaret, su infancia y su juventud, para empezar su misión junto al Mar de Galilea.

Mateo, el evangelista para el pueblo judío, no solo deja bien claro que con Jesús se cumplen las profecías, sino que quiere subrayar que es continuador del mensaje de Juan, predicando la conversión. Pero Jesús lo hará de un modo nuevo: no ya por miedo o amenaza, sino por anuncio y promesa, para el Reino que se acerca.

           Somos testigos y destinatarios del poder transformador de la Luz de Cristo que es alegría y salvación, libertad y justicia, consuelo, vida nueva.
Si los apóstoles se fiaron de aquel rabbí sin apenas conocerle, cómo no fiarnos de quien nos ha dado la mayor prueba de amor con su muerte, y con su resurrección ha logrado la más clara demostración de credibilidad. Creemos sin ver, es cierto, y somos dichosos por ello, pero tenemos las pruebas que aquellos primeros discípulos no tuvieron: que Él es el Hijo de Dios, vencedor de la muerte.

La vocación de estos cuatro apóstoles es un ejemplo de disponibilidad, porque la decisión de aceptar la vocación supone una entrega y un seguimiento incondicionales.
¿Qué hacían Pedro, Andrés, Santiago y Juan cuando Jesús pasó junto a ellos y los llamó? Trabajaban en su oficio, atentos, porque si estuvieran dispersos, distraídos, en proyecciones vanas e ilusorias, como andamos casi siempre, no se habrían dado cuenta de Quién les llamaba y para qué.
Eso es velar, hacer lo que hay que hacer, atender la necesidad del momento, serenos, atentos, a la espera de la llamada. Pero qué poco estamos hoy a lo que hemos de estar…; casi todos en el pasado muerto o el futuro ilusorio, en lo irreal, sin atender al presente, al afán de cada día…


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            Vocación de los apóstoles, Mosaico bizantino de San Apolinar, el Nuevo


Ellos ya están preparados para ser discípulos y servir. Tienen el corazón dispuesto para la compasión y la paciencia, tan necesaria para un seguidor de Aquel que no tiene donde reposar la cabeza. Por eso Él les hablará a ellos en privado, de un modo especial, diferente al que emplea cuando enseña en público, porque han dejado los valores materiales en favor de los espirituales.

       La red material simboliza la mente convencional, inferior, desconectada del corazón. Es la actitud que separa e incita a poseer y acumular. Pero ellos eran ya capaces de soltar todo lo que separa, aísla, diferencia y cambiarlo por la entrega, el servicio, el amor.
      La barca es símbolo de los “vehículos”, con los que nos movemos y actuamos en nuestra existencia terrena: intelectual, emocional y físico, tan llenos a veces de aparejos y lastre… Dejar la barca voluntariamente supone liberarse, renunciar, superar restricciones. Un discípulo está dispuesto a soltar y a no mirar atrás, para entregarse sin reservas.

     Los apóstoles ya conocían a Jesús, lo sabemos por Juan (Jn 1, 37-38). Primero lo conocieron Andrés y el propio Juan, discípulos del Bautista. Jesús les preguntó: “¿Qué buscáis?” Ellos respondieron: “Maestro, ¿dónde vives?” Y Él les dijo: “Venid y veréis”. Qué diálogo tan profundo en su aparente sencillez, qué riqueza de significados para el alma del discípulo. No se puede decir más con menos palabras. Luego vino esa larga e íntima conversación que el Evangelio esboza, conciso y sutil (Jn 1, 39). Después, como en una danza de alegre generosidad, fue aumentando el grupo de los escogidos para seguir a Jesús. Andrés y Juan (siempre discreto cuando habla de sí mismo) se lo dijeron a sus respectivos hermanos mayores: Simón y Santiago (Jn 1, 40-42). Luego vino Felipe (Jn 1, 43), Natanael (1,47) y, más tarde, los demás.

Podemos suponer que ya habían tenido tiempo para madurar la decisión, pues era necesario un cambio radical y un seguimiento absoluto. Por eso, cuando Jesús los invita a seguirlo y compartir su misión, no preguntan nada, dejan todo y lo siguen, porque la semilla ya estaba creciendo en su corazón desde el primer encuentro.

    La metáfora de la pesca aparece a menudo en el Evangelio (Mt 4, 18-22; Mc 1, 16-20) y también en el Antiguo Testamento (Ezeq 47, 10; Hab 1, 14-15). El símbolo del pez, usado por los primeros cristianos para reconocerse, contiene la esencia de la Revelación. Las letras de la palabra pez en griego, Ichthys, como vemos abajo, son las letras iniciales de la frase: "Jesús, el Cristo, Hijo de Dios, Salvador".



            Pescadores, hombres sencillos y humildes, escogidos para seguir a Jesús, el Cristo, el Mesías, y ayudarle a extender la buena nueva. Dejan todo por Él, a cambio de una promesa de paz y de amor para todos. Como dice Giovanni Papini, “el pescador es el hombre que sabe esperar, el hombre paciente que no tiene prisa, que echa su red y confía en Dios.” Humildad y paciencia, generosidad, pobreza de espíritu y confianza, virtudes que hoy escasean y debemos adquirir para ser fieles a la vocación aceptada.
Ellos son capaces de soltar las redes y cambiarlas por la entrega, el servicio, el amor. Un discípulo está dispuesto a abandonar cuanto lo mantiene apegado a su egoísmo, liberarse del lastre y caminar sin mirar atrás. Porque "nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el reino de Dios" (Lc 9, 62).

Qué privilegio ser llamado por el mismo Jesús, pensamos… ¿Lo seguiríamos hoy? ¿Lo seguimos? ¿Lo escuchamos siquiera? Para escuchar la llamada, hay que estar atento. Si nos dispersamos o distraemos, el mismo Jesús puede pasar a nuestro lado y no lo veríamos.
Porque Él continúa llamándonos, a cada uno por nuestro nombre; nos está diciendo:“sígueme”, con una llamada personal y directa. Es Él quien nos busca, nos encuentra y nos llama, aunque pueda parecer lo contrario, que somos nosotros los buscadores.

¿Respondemos con un sí rotundo e incondicional? Para pronunciar ese “Sí” y mantenerlo con coherencia a pesar de los obstáculos que siempre encontraremos, es necesario transformarse por dentro, hasta ser capaces de vivir de otra manera, pensar y sentir de forma radicalmente diferente. Esa es la conversión a la que Jesús nos llama hoy, la Metanoia: del griego, volverse, dar la vuelta, movimiento interior de transformación de mente y corazón; cambio de los significados y sentidos de la vida. En hebreo, Teshuvá: conversión, arrepentimiento; ese gesto o cambio interior que permite mirar de un modo nuevo, no ya a la manera egoísta del mundo, sino a la manera generosa, abierta y libre de Jesús. Cuando se está dispuesto a dar ese paso decisivo, cuando uno se atreve, en lo más recóndito de su ser, a cambiar y rechazar para siempre lo que le esclaviza, empieza a estar preparado para ser discípulo.


                       Vocación de los primeros apóstoles, Domenico Ghirlandaio


El auténtico y bienaventurado pobre de espíritu ha de estar dispuesto a renunciar a sí mismo, a vencerse y doblegarse, a morir a las tinieblas de lo que no somos, para poder decir como San Pablo: "vivo, pero no soy yo, sino Cristo que vive en mí".

Jesucristo sigue esperando nuestra respuesta libre: que aceptemos entregarnos sin reservas y ser de los Suyos. Pero a veces no reparamos en que, para dar algo, hay que tenerlo, para darnos hemos de ser dueños de nosotros mismos. Entonces, ¿hay que realizar un largo y considerable trabajo interior antes de emprender el camino del discípulo? Sí y no. Hay que ser consciente, en primer lugar, de todo lo que nos esclaviza: pasiones, apegos, inercias, miedos… y estar dispuesto a soltarlo.
Normalmente no se logra de un día para otro, pero la intención ya nos predispone, porque Dios mira el corazón y procura todo lo que le falta al hombre de buena voluntad. “Te basta mi gracia, pues la fuerza se realiza en la debilidad" (2 Cor 12, 9), decía el Señor a San Pablo cada vez que su voluntad flaqueaba, y nos lo dice a cada uno de nosotros, todos acosados por espinas diferentes, más o menos insidiosas. Por eso, también como Pablo, nos gloriamos en nuestra debilidad, y no permitimos que nuestras carencias y mediocridades nos frenen. Nos ponemos en camino como si ya fuéramos libres y capaces de todo, dando por descontado que Él es la fuente de nuestra libertad y nuestra fuerza.

Nos basta su gracia también hoy. Aunque nuestras fuerzas vacilen y las dudas nos quebranten, confiamos en una voluntad infinitamente superior, la de Jesucristo. Su Palabra es nuestra Luz y nuestra entereza, la fuente de toda abundancia, siempre mucho más allá de lo esperado o lo previsible. El que pone el Reino en primer lugar se sorprende al ver la abundancia de lo que viene por añadidura (Mt 6, 33) y descubre que, no solo no ha perdido nada, sino que recibe cien veces más (Mt 19, 29).  






Metanoia 


No sé de cuántas formas


habré escrito mi nombre...,
y todas ilegibles,
incomprensibles todas,
falsificaciones
de un original
más sencillo y fiel,
más claro y esencial.
Solo él me nombra
y me hace libre
si al oírlo me vuelvo,
reconozco Su voz,
recupero mi voz
y Le respondo.


18 de enero de 2014

La Unidad de los cristianos


Evangelio de Juan 1, 29-34 

En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel”. Y Juan dio testimonio diciendo: “He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que ha de bautizar con Espíritu Santo”. Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios”.



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        El Bautismo de Jesús, Verrocchio. (Algunas partes se atribuyen a Leonardo da Vinci)


Que sean uno, como nosotros somos uno. Yo en ellos y tú en mí, para que sean completamente uno.
                                                                                                Juan, 17, 22-23


Desde que conocí la Unicidad,
Me fundí en el fuego de la alegría.

                                                                                               Ansari
 

El domingo pasado nos experimentamos como Hijos amados, predilectos del Padre, llenos de su Espíritu para dar testimonio de la Buena Nueva: que Dios es Amor, unidad acogida para todos. Como dice el papa: “A menudo nos comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadores. Pero la Iglesia no es una aduana, es la casa del Padre donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas”.

Qué oportunas las lecturas de hoy para iniciar la Semana de oración por la unidad de los cristianos. Todas hablan de escucha y llamada de acogida y disponibilidad de salvación universal, universalidad y unidad en el origen, el propósito y el retorno. Unidad en Alfa y Omega, que es Cristo.

Cada oración por esa unidad tan necesaria será un paso o un peldaño, pero hacen falta muchos pasos y peldaños, muchos corazones abiertos y sinceros, para que desaparezca la ilusión de ser diferentes y estar separados. Cuando los cristianos superemos prejuicios y fanatismos, rigidez e intolerancia, soberbia y fariseísmo, viviremos la Unidad esencial del Evangelio.

           Porque Jesús sumerge en las aguas al viejo Adán, y al salir del agua, eleva con él a todo el universo, divinizando al ser humano y abriendo el Reino de Dios para todos. Comienza la nueva creación, un mundo nuevo, no regido ya por la ley sino por el Amor. Pasamos así del Antiguo Testamento al Evangelio, de la antigua a la Nueva Alianza, del símbolo a lo Real. Por eso dice San Pablo: "...os habéis despojado del hombre viejo, con sus obras, y os habéis revestido de la nueva condición que, mediante el conocimiento, se va renovando a imagen de su Creador, donde no hay griego y judío, circunciso e incircunciso, bárbaro, escita, esclavo y libre, sino Cristo, que lo es todo y en todos." (Col 3, 9-11).
Pasamos de la separación y el egoísmo a la Unidad, mirándonos en Jesús, viéndonos en  Él, conociéndonos en Él. Cristo no está dividido, y los que decimos ser sus seguidores tampoco podemos estar divididos. El fuego que trae el Espíritu fundirá las diferencias para que seamos Uno, como El Hijo y el Padre son Uno. El Espíritu Santo y el fuego con que Cristo nos bautiza van transmutando en espíritu todo lo que es puramente material, en luz las sombras, en paz los conflictos, en gozo el sufrimiento.
 Ver, dar testimonio, conocer... Son las claves del Evangelio de hoy y del camino cristiano. El que ha visto puede dar testimonio. Pero ver con los ojos no es conocer, para conocer es necesario mirar más allá del sentido físico, mirar con el corazón, el único que, mirando, ve y conoce y vive la alegría y la confianza en plenitud. Solo así se puede cumplir la Voluntad del Padre, que es otra de las claves de las lecturas de hoy. 

Ponerse a tono con la Mente Infinita, sosegarse y saber que Él es Dios, como canta el Salmo 46, 10, que repito como un mantra desde este verano, vivir en la Presencia de Jesucristo, cumplir Su voluntad para que el Padre y Él hagan morada en nosotros..., son otras claves de las lecturas de hoy, y todas hacen referencia a la misma realidad, esa Comunión que nos libera de lo que no somos, y nos recuerda nuestra esencia de Hijos amados, predilectos.

           Un verdadero cristiano, que ha experimentado en su corazón la comunión con el Padre y con sus hermanos, no puede someterse al miedo ni dejarse amedrentar, sino que vive alegre y confiado, sin dejar de velar, pues no sabemos el día ni la hora.
Velar, vigilar, estar atentos para cumplir Su Voluntad y seguir amando hasta el final, porque la ley ha sido completada y perfeccionada por el amor y donde hay amor no hay miedo. El cristiano puede ver su rostro en el de Jesús, practica el “mira que te mira”, como exhortaba a sus hermanas Santa Teresa. Confluencia de miradas, fusión de propósitos y amores, fuente de dicha y semilla de la Unidad plena, por la que esta semana rezamos.



 
                                                    Salmo 39, Igor Stravinsky


                                                    LUZ DE LA MEMORIA

 
              Aún no se ha manifestado lo que hemos de ser. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es.
                                                                                              1 Juan 3, 2

 
                                                                                            Mirad  que os  mira.

                                                                                                       Sta. Teresa de Jesús
 
          Como si del invierno nos quedara
la piel entumecida y la querencia
al cálido rincón, nos olvidamos
muy pronto de que somos primavera
que a veces se disfraza, juguetona,
para que las semillas cojan fuerzas
antes del resplandor que enciende mayo.
 
Parecemos ramas secas,
a punto de quebrarse, pero dentro
se renueva la savia,
sin creerse la muerte ni el cansancio.
 
Existir, sabiendo que existimos,
mirar, recordando que miramos
y nos mira,
sentir, con la conciencia de sentir,
vigías siempre atentos
a Lo que Es.
 
Descubrir dónde estamos
y estar ahí, solo ahí,
dejando que la luz de la memoria
enfoque la mirada,
nos guíe y nos alumbre hasta encontrar
el centro, el sentido de vivir,
para en él sumergirnos
y aparecer.
  

28 de diciembre de 2013

La verdadera familia


Evangelio de Mateo 2, 13-15.19-23

Cuando se marcharon los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: “Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo”. José se levanto, tomó al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que dijo el Señor por el profeta: “Llamé a mi hijo para que saliera de Egipto”. Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo: “Levántate, toma al niño y a su madre y vuélvete a Israel; ya han muerto los que atentaban contra la vida del niño”. Se levantó, tomó al niño y a su madre y volvió a Israel. Pero, al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allá. Y, avisado en sueños, se retiró a Galilea, y se estableció en un pueblo llamado Nazaret. Así se cumplió lo que dijeron los profetas, que se llamaría nazareno.


                                        La huida a Egipto, Alessandro Turchi


            No se entra en la vida de Cristo como a una pastelería, dispuestos a hartarnos de dulzuras. Se entra en ella como en la tormenta, dispuestos a que nos agite, a que ilumine el mundo como la luz de los relámpagos, vivísima, pero demasiado breve para que nuestros ojos terminen de contemplarlo y entenderlo todo.

           José Luis Martín Descalzo

 
En claro paralelismo con la figura de Moisés, que condujo a su pueblo en el éxodo de Egipto hacia la tierra prometida, Jesucristo nos libera de la muerte y, además, de las esclavitudes a las que nosotros mismos nos sometemos, pues el Egipto opresor está dentro de nosotros, y la tierra prometida que mana leche y miel, también (Ex 3, 17).

Hacerse consciente, saberse prisionero, es el primer paso para abandonar Egipto, la tierra de la esclavitud y la inconsciencia, y darse la vuelta para regresar a Israel, tierra de la plenitud y la realización, de la consciencia y la libertad. Las diez plagas que asolaron Egipto antes de que los judíos emprendieran su camino por el desierto, son símbolo del proceso necesario para alcanzar la consciencia plena.

            En los Evangelios está todo lo que necesitamos conocer y aprender para nuestra vida espiritual. Realidad y símbolo, alegoría y base histórica, metáfora y tradición, teoría y práctica… Sagradas Escrituras realmente inspiradas, inagotable código divino que nos trae la Buena Nueva y nos hace ser Buena Nueva nosotros mismos. Realidad multidimensional que trasciende lo sensible y nos permite trascenderlo.

            El Verbo increado, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Niño Dios, Jesús, el Hijo del Hombre, el Crucificado, el Resucitado, el Pan de Vida... Infinita profundidad en los niveles de acceso a la Verdad e intuición del Misterio. Por amor, Él se hace accesible a todos los entendimientos, pero siempre que la comprensión pase por el silencio y la contemplación, y no se quede en los cortos límites de una mente que cuestiona, diferencia, rechaza, clasifica, separa, disecciona…

            Hoy contemplamos al Niño, y asistimos a la huida a Egipto de la Sagrada Familia. Si hemos logrado vivir con atención, fe, esperanza y amor la Navidad, habremos percibido y acogido con alegría la chispa que se ha encendido en nuestro corazón. El Niño ha nacido en nosotros, pero es aún tan frágil y pequeño, tan desvalido, tan vulnerable… Y Herodes –el mundo– con su locura, ceguera y egoísmo, temeroso de perder su efímero poder, quiere acabar con este Niño que se nos ha dado como una Luz que el mundo no recibe porque no Lo conoce (Jn 1, 5.10-11). ¿Qué podemos hacer? Huir a Egipto, la tierra de tinieblas, que iluminaremos con nuestra luz, hasta que el ángel nos avise de que podemos salir porque el Niño ha crecido y su vida no está amenazada.

Refugiarnos en Egipto, proteger la vida del recién nacido…, sin necesidad de movernos físicamente. Podemos seguir en el mundo sin ser del mundo, discretos, astutos como serpientes, con la mansedumbre que el Niño ha impreso en nuestras almas. Que nada de este mundo ciego y efímero nos seduzca, nos atrape, nos haga olvidar los cuidados que debemos al Niño Divino que hemos dado a luz y precisa de toda nuestra atención.

El significado etimológico (y su sentido más profundo, si lo meditamos y experimentamos con todo nuestro ser) de la palabra “santidad”, en su raíz griega, no es perfección, sino “apartarse”. Alude a una actitud que lleva al aspirante a santo a distanciarse de sí mismo, de su propio sueño, de su ignorancia y ceguera internas, de su carencia de un centro de gravedad permanente. Apartado también, en su esencia más íntima, de las distracciones mundanas, aunque parezca convivir y mezclarse con ellas, el santo va construyendo ese centro estable que le permite nacer de nuevo, libre e incólume (Jn 3, 7; 1 Jn. 3, 9).

Herodes, y luego Arquelao, seguirán al acecho, buscando la muerte del tierno infante. Cuando hayas logrado apartarte, vigila, mantente en guardia, no dejes que lo encuentren, pasa desapercibido para las huestes de los tiranos, hasta que el Niño haya crecido lo suficiente como para regresar.

Recuerda que los príncipes del mundo atacan por el orgullo, haciéndote desear y buscar la aprobación, el aplauso y el reconocimiento. Combátelos con la humildad y el abandono, porque quien pierde su vida gana el alma (Lc 9, 24).

            Te acosarán también con el canto de sirenas de los sentidos físicos, la sensualidad y el hedonismo. Tú sigue firme, manteniendo la pureza interior y exterior, como los limpios de corazón.

            Por último, te atacarán con esas malas artes sibilinas y más sutiles, inspirándote emociones y pensamientos negativos: prejuicios, tristezas vanas, imaginaciones absurdas, indolencia, frustración, desesperanza, ira…
 
           Solo importa que el recién nacido conserve la paz precisa para crecer sano y salvo. Esa es tu misión; deja que José, que simboliza la devoción y el servicio, proteja al Niño (la pureza) y a la madre (el verdadero amor, la entrega sin condiciones) hasta que el ángel le avise de que podéis volver a Israel, la “tierra de visión”, porque Herodes, Arquelao y sus secuaces ya habrán muerto en ti. Más adelante llegará el momento de entrar en Jerusalén, en una primera visita, para después seguir creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres (Lc 2, 52).
 
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                       La Sagrada Familia huyendo a Egipto, Alberto Durero

            Jesús no necesitaba, como nosotros, “apartarse” para ser santo, pues Es, desde siempre, el Santo de Dios, pero su vida humana corría peligro. Por eso se refugiaron en Egipto, María, José y el Niño, la Sagrada Familia, cuya festividad celebramos hoy. Modelo para todas las familias desde hace dos milenios; para las familias institucionalizadas o exteriores y, sobre todo, para la verdadera familia: la familia espiritual, unida por lazos eternos, la formada por aquellos que, en palabras del propio Jesús, escuchan la palabra de Dios y la cumplen (Lc 8, 20). No es, por tanto, una familia según la carne o la sangre, sino en espíritu y en verdad.

            La familia como institución puede llegar a ser nociva y, de hecho, por mucho que gusten esas lindas imágenes de ofrendas al papa por familias exteriormente modélicas, hay mucho sueño, incoherencia y mecanicidad en casi todos los hogares, como los hay en uno mismo. La familia exterior es a menudo reflejo de la sociedad en que surge, y reproduce sus lacras: consumismo, hedonismo, competitividad, egoísmo, inercia…

            La verdadera familia es la espiritual, la que está más allá de la reproducción y el crecimiento de la especie… Ya Jesús mencionó, ensalzándolos sutilmente para el que puede entender, a quienes se hacen eunucos ellos mismos por el reino de los cielos (Mt 19, 12). Y San Pablo escribió que si casarse es bueno, no casarse es mejor (1 Cor 7 7-9.27.37-38).

            Es la Palabra encarnada en cada uno la que hace posible la familia real y duradera como semilla del Cuerpo Místico, esa Iglesia interior que nos llama desde la Jerusalén celeste.

           Posponer al padre y a la madre, a la mujer y los hijos, a los hermanos y hermanas, es requisito ineludible para seguir a Jesús (Lc 14 26). ¿Queremos ser buenos, o perfectos como el Padre? ¿Conformarnos con obrar según la norma externa, como el joven rico, o, además, ser coherentes desde el centro del corazón (Mt 19, 16-23)? La perfección es seguir radicalmente al Jesucristo, el Maestro, que no tiene nada ni se apega a nada ni nadie que lo detenga y lo aleje de su Misión. Las zorras tienen guaridas y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza (Mt 8, 20).

            La familia según la carne puede incluso atacar a la que se forma con los lazos del espíritu, cuando cree que esos lazos, sutiles y firmes, amenazan el orden establecido, las costumbres y normas externas y los valores que priman hoy, tan alejados a veces de los que inspira la enseñanza de Jesús (Mt 10, Mateo 10, 21), revolucionaria como ninguna.

            Docilidad, desapego, generosidad, confianza, valores evangélicos tan olvidados en una sociedad competitiva y hedonista, donde afanarse, preocuparse, medrar, prosperar a costa de lo que sea o de quien sea, suele ser hasta bien visto.  

          Pero la vida de Jesús, el Maestro, es lo más alejado de los afanes mundanos, la estabilidad, los placeres, las comodidades y los privilegios. El verdadero discípulo no se asienta ni se acomoda, no se establece ni se congela, no busca en el exterior un bienestar que le adormece. Al contrario, está siempre de pie, el corazón encendido, la cintura ceñida, dispuesto a reemprender el camino en medio de la noche.

          Por eso, la Sagrada Familia es ejemplo de actitud y de propósito. Van, vienen, cambian, crecen, evolucionan según la Voluntad del Padre, valientes y libres, confiados y generosos, sin apegarse a lugares o circunstancias. Un seguimiento radical como el suyo es imprescindible para el que no se conforma con ser “bueno” y decide trabajar por el Reino, que sufre violencia y los violentos lo arrebatan (Mt 11-12).

            ¿Qué tiene que ver esto con la estabilidad, el orden, el conformismo o el bienestar? Si aún nos cuesta responder a esta pregunta, o la respuesta va a ser titubeante; un “sí pero…”, un “bueno, pero esto está sacado de contexto…”, leamos a Lucas:

            “He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división. Desde ahora estarán divididos cinco en una casa: tres contra dos y dos contra tres, estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra su nuera y la nuera contra la suegra.” (Lc 12, 49-53).

            La Sagrada Familia es modelo para las familias físicas pero, sobre todo, para la familia espiritual. No en vano, el Padre de esta Familia es Dios Padre, el esposo, el Espíritu Santo y el Hijo es el Verbo. San José cumple la función de padre impecablemente, sin ser padre de carne, y María es hija del Padre, madre del Hijo y esposa del Espíritu Santo, lo que cada alma está llamada a ser siguiendo su guía.

 


              Imágenes de El Evangelio según San Mateo, de Pier Paolo Pasolini.
 
En rápida sucesión y al ritmo de Bach, una metáfora de la vida terrena de la Sagrada Familia, siempre en la inestabilidad material, en lo incómodo, en lo precario y amenazado por los poderes del mundo. Su centro de gravedad, sus apoyos, nunca estuvieron aquí, en lo transitorio, sino en la confianza depositada en lo Verdadero. Que su libertad, su desapego y generosidad sean nuestra inspiración.




La tierra de esclavitud es una matriz para aquel que se verticaliza y una tumba para el que se enamora de ella.
¡Y Egipto ensalzará sus tumbas! Mas se hará matriz para los hebreos.
Uno comprende entonces que Egipto en el lenguaje bíblico, simbolice el mundo llamado “de la Caída”. E Israel, el de la realización, fuera del condicionamiento de la caída, al darle acceso a la “tierra prometida”, tierra interior; de la que Jerusalén es la gemela en el exterior.
                                                           Annick de Souzenelle

 

30 de noviembre de 2013

Estad en vela


Evangelio de Mateo 24, 37-44

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Lo que pasó en tiempos de Noé, pasará cuando venga el Hijo del Hombre. Antes del diluvio, la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del Hombre. Dos hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejarán. Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro señor. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría abrir un boquete en su casa. Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre".


El Greco, The Vision of Saint John (1608-1614).jpg
                                            Visión del Apocalipsis, El Greco


La segunda venida de Cristo puede ocurrir de dos maneras: con el final de los tiempos (solo Dios sabe cuándo) o por nuestro acceso a la dimensión eterna dentro de nosotros.

Thomas Keating

  
Hace dos años me hicieron una pregunta sobre la cual reflexioné en el blog. Era: ¿Tú crees en las profecías por ti misma o porque confías en nosotros? Me lo preguntó un amigo, antes de iniciar su peregrinaje a Medjugorje. ¿Creo en las profecías? ¿Confío en él, en ellos? ¿En quién confío? ¿En qué creo?
Creo en la Palabra de Dios, que ha hablado muchas veces a través de sus profetas. Creo en Jesucristo, la Palabra definitiva del Padre y en su enseñanza. Creo en el Amor.
No creo a pies juntillas en todo lo que dicen los profetas actuales. Hay mucha cizaña entre el trigo y montones de paja para algunas perlas. Como en nosotros mismos crecen juntos el trigo y la cizaña.
Sí creo en las profecías intemporales de los textos sagrados y creo, porque lo estoy descubriendo y experimentando sobre la marcha, que las profecías verdaderas, de ayer, de hoy, de siempre, tienen que ver conmigo, con cada uno de nosotros, si sabemos verlo y vivirlo.

Los tsunamis, las purificaciones del planeta, los tornados que arrasan todo, los terremotos que te dejan sin suelo bajo los pies, los cometas que colisionan, los dos soles, la señal en el cielo, el gran aviso, el milagro, los días de tinieblas… Todo dentro.

No sé si sucederá tal como profetizan, y tampoco me preocupa cuándo. Lo que sí sé es que, en este bendito "mientras tanto", estoy viviendo un proceso transformador fuerte, profundo, Dios quiera que decisivo, en mi interior.

Se está realizando una gran conversión; muchos han muerto ya dentro de mí, algunos agonizan, queda algún rebelde en clara minoría, otros van despertando y comprendiendo, preparándose para ponerse definitivamente al servicio del Reino.
Y llegarán los nuevos cielos y la nueva tierra, donde vivir en paz, amor y armonía, si somos capaces de volver a nacer, de agua y espíritu, nuevos, transformados. 
La pregunta de mi amigo y la respuesta, que tardó días en madurar, me hicieron reafirmarme en la necesidad de vivir los mensajes proféticos de un modo personal e interior, dejando que nos transformen y armonicen, aunque seamos testigo de procesos exteriores simultáneos.

Vendrá cuando menos lo esperemos, como un relámpago, como un ladrón en la noche, como la muerte, siempre a destiempo, siempre de improviso. Por eso tenemos que velar, estar preparados, dignos de presentarnos ante Él, como las vírgenes prudentes.

Vivimos como si el mundo fuera a durar para siempre y, en el microcosmos que somos, como si fuéramos a vivir siempre. Si fuéramos realmente conscientes de la impermanencia de este mundo de formas y de nombres, no seguiríamos, como veíamos el domingo pasado: comiendo, bebiendo, casándonos, fabricando, comprando, vendiendo, edificando sobre arenas movedizas (Lc 17, 26-37). Entonces, ¿no hay que hacer nada? Sí, pero, como dice San Pablo, sin apego, sin expectativas, sin poner el corazón en lo efímero: “que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como si no se alegraran; los que compran, como si no poseyeran, los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él. Porque la representación de este mundo se termina” (1 Co 7, 29-31).
 

el séptimo ángel del Apocalipsis

El séptimo ángel del Apocalipsis,
proclamando el Reino del Señor
Anónimo


            Corren malos tiempos. Según la cronología hinduista, estaríamos en Kali Yuga, tiempo de luchas e hipocresía, de olvido y perdición, lo más alejado de la Edad de Oro.
           Para los cristianos son los últimos tiempos, en los que esperamos la segunda venida de Nuestro Señor. Aunque Él no deja de venir cada día, en cada circunstancia, cada encuentro, cada instante si estamos despiertos. Son esas venidas intermedias, entre la Encarnación y la Parusía, que dan sentido a nuestra vida y nos sostienen. Porque Él sigue estando con nosotros, fiel a su promesa. 

          El planeta nos avisa con desastres naturales de que hemos ido demasiado lejos por ambición y soberbia. La sociedad está llegando a límites nunca conocidos de crispación y egoísmo. El sistema económico demuestra sus falacias y su debilidad. Hay cada vez más zombis, ávidos e ignorantes, y menos hombres y mujeres íntegros. Los mensajes apocalípticos se propagan por doquier…. 
          Hemos de ser valientes y decididos como nunca, firmes en la esperanza, recordando que apocalipsis significa revelación, es decir, luz, conocimiento, nada que inspire miedo o aprensión. Como dice la Beata Teresa de Calcuta, es el diablo el que nos envía "barro, temor y amenazas", para separarnos de la alegría de los hijos de Dios. Y es que la esencia del diablo es separación y olvido.

           Un verdadero cristiano, que ha experimentado en su corazón la comunión con el Padre y con sus hermanos, no puede vivir atemorizado. El cristiano vive con esperanza y alegría, velando, pues no sabemos el día ni la hora. Velar, vigilar, estar atentos, sin temer ni esconderse, amando hasta el final.
           El miedo se combate con la fe y la esperanza, pero podemos ir más allá, porque la fe y la esperanza dejarán de ser necesarias cuando alcancemos la Visión definitiva. Apoyemos nuestra vigilia en el amor, y así nos liberaremos del miedo.            

          Que nada ni nadie nos arrebate la fuerza y la alegría que Cristo nos confió; porque nada ni nadie puede separarnos de Él, que es fuente inagotable de amor. "Ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni otras fuerzas sobrenaturales, ni lo presente, ni lo futuro, ni poderes de cualquier clase, ni lo de arriba, ni lo de abajo, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro." (Rom, 8, 38-39)

Estar despierto es vivir ya en la Presencia, consciente del Reino que palpita en el interior, realizando en uno y en cuanto lo rodea los nuevos cielos y la nueva tierra. Plenitud y libertad a nuestro alcance ya, ahora, porque Cristo siempre viene; Él siempre está. Vivir el Adviento es despertar para darse cuenta de Su venida constante, Su presencia constante. Solo Él puede liberarnos de la confusión interior que nos hace proyectar catástrofes, guerras, epidemias, mundos demenciales dentro y fuera de nosotros.
Elevarnos a lo trascendente pasando por lo inmanente es ya posible: Él nos abrió camino. Sigámosle hacia la Unidad, atravesando la ilusión de lo múltiple, apariencia de separación, símbolo de lo Real, figura de un mundo que ya pasa, se termina.
“Dos hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejarán.”  Es uno mismo, en primera instancia, el que lleva y deja partes de sí. Eso es velar y prepararse: discernir a cada instante qué hemos de soltar y qué hemos de conservar y fortalecer, en esas venidas intermedias que se repiten sin cesar para el que vive consciente, alerta, vigilante.

Y cuando Él venga, sucederá, además de en uno mismo, en toda la humanidad. Juicio particular, juicio universal… Como es arriba es abajo…, macrocosmos, microcosmos, holograma infinito…. Porque Él será Todo en todos (1 Co, 15, 28).


Salmo 122