16 de noviembre de 2019

Sé de Quién me he fiado


Evangelio según san Lucas 21, 5-19

En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo: “Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido”. Ellos le preguntaron: Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está por suceder? El contestó: “Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usando mi nombre diciendo: “Yo soy”, o bien “el momento está cerca”; no vayáis tras ellos. Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá enseguida.” Luego les dijo: “Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambres. Habrá también espantos y grandes signos en el cielo. Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a los tribunales y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre: así tendréis ocasión de dar testimonio. Haced propósito de no preparar vuestra defensa: porque yo os daré palabras y sabiduría a la que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa de mi nombre. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá: con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”.


                               Destrucción del Templo de Jerusalén, Nicolás Poussin


He sido constituido heraldo, apóstol y maestro del Evangelio, y ésta es 
la razón de mi penosa situación presente; pero no me siento derrotado,
pues sé de quién me he fiado y estoy firmemente persuadido de que 
 tiene poder para asegurar hasta el último día el encargo que me dio.

2 Timoteo, 1,12” 

Hemos llegado casi al final del camino hacia Jerusalén, momento en el que se suceden los mensajes proféticos y apocalípticos, que subrayan el conflicto entre el mundo y el Reino. Confrontación cuyo nudo gordiano está llegando a su clímax: la muerte y resurrección del Hijo de Dios, sublime referente desde entonces para quien sea consciente de ese conflicto dentro de sí mismo, y quiera vencer al mundo junto a Aquel que ya lo venció por nosotros. 

En esa lucha interior, hay infinidad de enemigos. Uno de ellos es la curiosidad malsana, que confunde y entretiene, aleja del camino. A muchos que se creían sinceros buscadores de la Verdad, les perdió ese afán de encontrar interpretaciones cada vez más sofisticadas del Absoluto y del universo. Este tipo de búsqueda es infructuosa desde la raíz, porque olvida que Dios revela sus misterios a los pequeños, los sencillos y humildes.

También quienes están aparentemente centrados en el Camino corren ese riesgo, pues las trampas y los cantos de sirena están siempre al acecho. Los que descuidan su entrega, entreteniéndose en actividades que alimentan esa tendencia a “picotear” y curiosear, en algunos tan acentuada, pueden perderse o quedarse a mitad de camino. 

Es absurdo perder tiempo y energía con mensajes proféticos, sin darse cuenta de que todas las profecías verdaderas están en el Apocalipsis, y de que la Luz que nos puede transformar está en la Palabra del Señor.

Porque aún no hemos aprendido, o no del todo, a leer el Evangelio. Es hora de asomarnos a él de un modo diferente a como leemos otros libros. O acaso de la forma en que deberíamos hacer todo: como si una luz iluminara cada párrafo, cada versículo, cada línea... Porque cada palabra “significa”; son signos, milagros de lucidez, ventanas a la conciencia y la comprensión; escritura santa, enseñanza viviente.

La Parábola de la semilla que cae al borde del camino, entre piedras, entre zarzas o en buena tierra (Mt 13, 1-9; Mc 4, 1-9; Lc 8, 4-8) es muy clarificadora sobre esa actitud de curiosidad malsana que encubre pereza y superficialidad. Los que se entretienen con multitud de mensajes son como la tierra junto al camino. No pueden acoger la enseñanza, por estar distraídos, y va el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. También son como terreno pedregoso: escuchan la palabra y la aceptan en seguida con alegría; pero no tienen raíces, son inconstantes.

Conviene recordar también la parábola del trigo y la cizaña (Mt 13, 24-30). Todos llevamos cizaña dentro; los que se obsesionan con las profecías y los mensajes la tienen en la obsesión de prestar atención a muchos falsos profetas, que es síntoma de desconfianza en el Profeta verdadero.

Una tercera alusión a las parábolas que pueden ilustrar esta actitud: el obsesionado por las profecías no vende todo cuanto tiene para comprar la perla de gran valor (Mt 13, 45-46), porque sigue siendo rico de espíritu, no se ha vaciado para que entre la buena nueva, acaso por pereza o incoherencia que combate San Pablo en la segunda lectura de hoy (2 Tesalonicenses 3, 7-12).

Esos, de los que habla la primera lectura (Malaquías 3, 19-20a), son los que, por ser paja, serán quemados, y no verán el sol de justicia: los tibios, los perezosos los que no ponen a trabajar sus talentos. Recordemos que la justicia del hombre no tiene nada que ver con la de Dios, y lo que el hombre considera trabajo y rendimiento no es el verdadero Trabajo, que da un fruto duradero. La justicia de Dios nos hace justos, no por nuestros méritos, sino por su Obra en las almas. Es la justicia que justifica, porque rehace las vidas de los que confían en Él y se dejan transformar por Su Amor infinito.

En la segunda lectura, San Pablo ensalza el valor del trabajo. En el mundo identificamos el trabajo con ganancia o inversión material, provecho, bienestar, orden, ventaja, seguridad…, conceptos tan “correctos” como limitados… Lo más alejado del mensaje evangélico, porque Jesús vino a traer la espada y a encender fuego en la tierra y en los corazones. Él, que no tenía dónde apoyar la cabeza, nos pide que le imitemos también en esa valentía de apostar a lo grande, y preferir el Reino a cualquier añadidura, por muy “adecuada, provechosa, razonable” que pueda resultar. Porque los provechos que logramos desde el punto de vista humano serán tarde o temprano destruidos, como el Templo de Jerusalén. Nuestro corazón ha de estar siempre en Jesús, Vida nuestra. Crucificados con Él, para que sea Él Quien viva en nosotros, muera en nosotros y nos haga resucitar. www.diasdegracia.blogspot.com


                                      170 Diálogos Divinos. Abandono en Divina Voluntad

9 de noviembre de 2019

Hijos de la Resurrección


Evangelio según san Lucas 20, 27-38

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron: “Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella”. Jesús les contestó: “En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos, no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: “Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos”.  



Retenemos las heces del mundo y dejamos escapar nuestra vida en el tiempo, he aquí la estupidez que nos hace herederos de la muerte. Abandonemos el filtro lleno de inmundicias y sublimemos pacientemente nuestra vida en Dios hasta la perfección de la paz eterna.

                                                              Louis Cattiaux


Las personas conscientes enfocan su vida a la luz de la muerte.
A esa luz, las cosas adquieren su auténtica dimensión.
Lo secundario es secundario y nunca principal.

                                        Lluis Serra Llansana 
Noviembre, mes para ser conscientes de la impermanencia del mundo de la forma y de nuestra propia impermanencia, conscientes de que estamos muriéndonos desde que nacemos, todos juntos y de uno en uno. Noviembre, mes del despertar para descubrir lo verdadero, lo que existe realmente y por eso no puede morir. Vivamos velando; aprendamos a vivir ya, aquí y ahora, vida de Cielo, la eternidad en Dios. 

Y, ¿cómo es posible vivir así, cuando sé que voy a morir? Porque ya has muerto y has resucitado; lo que llamas muerte será escenificar otra vez ese paso a la habitación de al lado donde ya estás. Mira esa luz que ves a veces al otro lado del espejo, en tus ojos, cuando brillan con anhelos inefables, en algunas personas que miran, hablan y caminan como si estuvieran más allá de este mundo de sombras. Esa luz es nuestra, la trajimos de allí, la traemos de allí cada vez que cruzamos el umbral que separa el sueño de la Vida. Somos ciudadanos del Cielo, dice San Pablo, podemos ya vivir resucitados, por Aquel que nos ganó la resurrección.

Hemos sido esclavos del sueño y la ilusión demasiado tiempo; es hora de vivir de verdad, atentos al Reino que está entre nosotros y dentro de nosotros, más real que lo que nos muestran los sentidos. Aunque tengamos que seguir caminando, trabajando mientras hay luz, en este valle de la muerte donde todo es inestable y efímero.

Es útil observarnos cuando algo nos saca inesperadamente de las “casitas de muñecas” o el “Monopoly”, la "Matrix" donde jugamos a vivir. Miremos sin excusas el fastidio, la sensación de desconcierto, la incapacidad para improvisar. Y nos daremos cuenta de la necesidad de tomar decisiones valientes y definitivas, porque en este mundo todo es precario, nada está seguro, por mucho que lo acoracemos con rutinas, falsas seguridades, comodidad que anestesia… Bendito sea el imprevisto que nos despierta de nuestras ensoñaciones y nos pone frente a un espejo implacable, para que veamos todo lo que hay que extirpar o soltar o solo dejar caer, como una máscara vieja que ni siquiera nos favorece.

No podemos ser esclavos de costumbres, compulsiones o expectativas cuando sabemos, por experiencia, que no nos protegen de nada. Ni podemos apegarnos a un lugar, unas caras conocidas, porque, en esta tierra transitoria, el único entorno natural, lo único seguro es estar despierto, recordando que estamos en el mundo, pero no somos del mundo. Tampoco podemos apegarnos a nuestro cuerpo ni al de los seres que amamos, pues no son nuestra esencia. Recordemos que el espíritu inmortal recoge cuanto de bello y verdadero hemos amado, y lo restaura para siempre en el cuerpo glorioso que nos ha sido destinado para la eternidad.

No estamos aquí para estar cómodos o seguros, para disfrutar o tener lo que el mundo entiende por calidad de vida (qué sabe el mundo sobre la verdadera “cualidad”…) sino para imitar a Jesucristo, haciendo lo que Él hizo. Porque, desde que el mundo se empapó de la Luz que brotó a partir del Misterio del Gólgota, en Él nos espera la verdadera dicha.

Todas las estructuras son inestables, dice Eckhart Tolle; las experiencias de pérdida producen sufrimiento, pero el sufrimiento consciente (el único valioso, porque el sufrimiento mecánico es masoquismo) eleva y acelera la salida del purgatorio en el que nos encontramos. Sufrir conscientemente enciende en el corazón la llama del Amor. Es entonces cuando comienza el verdadero camino; lo de antes era un transitar por los senderos que conducen al Camino. Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida... La condición para adentrarse en ese Camino que es Jesucristo es salir de esa noria, pequeña y oxidada, de seguridades, pasiones inferiores, sensaciones, comodidades, necesidad de poder, sentimiento de separación, falsas creencias. Es decir: soltar todo lo que no es Él, llegando a nuestra pura nada, para que Él lo sea Todo. 

Aunque a veces descendamos a estados inferiores, de sufrimiento inconsciente, inercia, miedo ciego y olvido..., cuando uno ha dado el gran salto, siempre puede volver a elevarse en la espiral infinita. Porque el fuego sigue encendido, aunque no siempre seamos capaces de sentir su calor.

El ego, que se niega a desaparecer, trata desesperadamente de combatir el miedo que esa amenaza le causa, con placeres, posesiones, victorias efímeras, ilusiones… Pero Jesucristo no buscó la abundancia, el triunfo mundano, el placer o la comodidad, sino vivir siempre en la Voluntad del Padre, que es Su misma Voluntad, la Voluntad Divina en la que estamos llamados a vivir. Jesús mismo dijo: “Mi alma está triste hasta la muerte” (Mt 26, 38), porque llevaba en sí todas nuestras voluntades humanas para rehacernos, devolvernos al Plan Original: la voluntad humana obrando en Comunión con la Divina Voluntad. Su naturaleza humana atravesó el valle de lágrimas para mostrarnos la salida. 

Si somos discípulos verdaderos, Le seguiremos, crucificando en nosotros nuestra voluntad caída con todos sus lastres: el egoísmo, el hedonismo, la rutina, la ignorancia, el miedo. Entonces experimentaremos la quiebra de las ilusiones que nos libera de la mentira y nos permite nacer a lo verdadero. Es el Fuego del Amor, la Llama de Amor Viva, que va consumiendo lo impermanente, para que resplandezca nuestra esencia inmortal, una en lo Uno, ola y Océano, sarmiento en la Vid.www.diasdegracia.blogspot.com

¿Los yunques y crisoles de tu alma, trabajan para el polvo y para el viento o trabajan para lo real, el oro del espíritu que los ladrones no roban ni el óxido corroe? Funde tus miserias, acrisola lo que te ha robado tiempo y energía necesarios para amar. Transfórmalo todo en ese oro eterno, para pagar por ti y por cuantos te rodean. 

Es la reparación de lo humano caído y la correspondencia al Amor de Dios, la verdadera Alquimia, la piedra filosofal: la Divina Voluntad obrante en la criatura que funde su voluntad humana en el Fuego de la Vida Divina. Morir para resucitar, “cuando Yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32). Sigamos subiendo, iluminando, redimiendo fundidos con Jesús, cuanto quede por redimir en nosotros y en aquellos que amamos.

¿Y ha de morir contigo el mundo mago
donde guarda el recuerdo
los hálitos más puros de la vida,
la blanca sombra del amor primero,
la voz que fue a tu corazón, la mano
que tú querías retener en sueños,
y todos los amores
que llegaron al alma, al hondo cielo?
¿Y ha de morir contigo el mundo tuyo,
la vieja vida en orden tuyo y nuevo?
¿Los yunques y crisoles de tu alma
trabajan para el polvo y para el viento?

                                                                                       Antonio Machado


                        131 Diálogos Divinos. Resurrección en Divina Voluntad I

1 de noviembre de 2019

La verdadera estatura


Evangelio según san Lucas 19, 1-10

En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí. Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: “Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa”. El bajó en seguida, y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban diciendo: “Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador”. Pero Zaqueo se puso en pie, y dijo al Señor: “Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más”. Jesús le contestó: “Hoy ha sido la salvación de esta casa; también este es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido”.

                                       Conversión de Zaqueo, Bernardo Strozzi

Se entra desnudo en la vida. Se entrará desnudo en el reino de los cielos, pues si desnudo se nace, desnudo se renace. Solo quien se ha despojado de riquezas, de ambiciones, de poderes, de falsas ilusiones, de odios y revanchas, podrá seguir esa nueva palabra creadora que le introducirá en el Reino. Pues es cierto que Jesús no viene a empobrecer al hombre, pero sí a sustituir una riqueza pasajera por la gran riqueza de Dios.                                                                          
                                                                                          J. L. Martín Descalzo

Jesús está a punto de entrar en Jerusalén y afrontar su destino. Acaba de devolver la vista a Bartimeo, por eso la gente se arremolina para ver al autor del milagro. Atraviesa la ciudad, Jericó, que significa luna; y en la Sagradas Escrituras, la luna es el símbolo de la carne, destinada a desaparecer. Para eso ha venido, para caminar por nuestra miseria y nuestra esclavitud. El que atravesaron nos atraviesa, para inundarnos de luz. El que se hizo carne por amor, atraviesa la carne, la materia, para elevarla consigo y trascenderla.

Zaqueo no solo es publicano, recaudador de impuestos, sino jefe de estos implacables, despiadados traidores a su pueblo. El colmo del pecado: no solo ladrones, sino, además, colaboracionistas. Los recaudadores de impuestos eran realmente crueles, además de "vender" a sus propios compatriotas a los romanos, torturaban a los que escapaban sin pagar los cuantiosos tributos. No eran unos pecadores sin más, sino pecadores recalcitrantes, odiados por sus crímenes.

Muerto durante años, con el lastre de tantos y tan graves pecados, Zaqueo, gran pecador, fue capaz de hacer lo que el joven rico no pudo. En un instante, soltó su apego al dinero y al poder, y pudo convertirse. Se vació de sí mismo, para llenarse del mensaje de Jesús, de ahí su contento y su infinita generosidad. Porque lo que Jesucristo condena es la riqueza de espíritu. Y Zaqueo ha pasado por alto los prejuicios, el qué dirán, ha vuelto a ser como un niño, como nos pide una y otra vez el Maestro

El jefe de publicanos, de baja estatura, se crece por dentro cuando siente la mirada del Señor. Se deja enamorar y adquiere una dignidad que jamás había soñado, su verdadera altura, su talla espiritual. Entonces, poniendo al descubierto su esencia, inocente y espontánea, audaz y limpia, se apresura, baja, emprende el camino descendente (no condescendiente) que es el camino del discípulo de Jesús, y Lo recibe en su casa, muy contento. 

Condescendemos con tantas cosas y personas...Pero descender con Jesús y hacia Jesús es otra cosa. Es un abajamiento por amor, que eleva y dignifica. Por eso, Zaqueo no se conforma con hospedarlo alegremente, y agasajarlo ese día. Experimenta una conversión radical, profunda y definitiva, que demuestra con obras, desde ese encuentro decisivo, en adelante. 

Nuevo chasco para los fariseos. ¿Tanto se lo merecen? Muchos son irreprochables, fieles seguidores de la doctrina y los reglamentos… No matan ni roban, no explotan a nadie, cumplen los preceptos… Pero son los más fieles servidores del príncipe de este mundo, que es el príncipe de la mentira. Por eso, Jesús nos repite una y otra vez que los pecadores, los publicanos y las prostitutas están más cerca del Reino que los hipócritas y soberbios.

La ley decía que el ladrón debía de restituir lo robado más un quinto más. Zaqueo que, siendo mirado por Jesús, ha aprendido a mirar, ver y sentir como Él, decide restituir cuatro veces más, después de dar la mitad de sus bienes a los pobres. El que es capaz de pecar mucho, es capaz de amar mucho. No es nada tibio este bajito, que sabe que ha encontrado el verdadero tesoro. Necesita corresponder como sea al amor que está recibiendo, y es consciente de que no basta con compensar, con reparar justamente. Hace falta un gesto tan radical como el que Jesús ha tenido escogiéndole y llevando la salvación a su casa.

Qué diferente la respuesta de Zaqueo, de la del justo, irreprochable joven rico (Mt 19, 16-30; Lc 18, 18-30; Mc 10, 17-30). Los dos son ricos, y Zaqueo, además, un pecador empedernido, pero tan valiente y limpio de corazón como para mirar su miseria y convertirse en un pobre de espíritu. El rico cumplidor se escuda en su trayectoria, impecable, sí, libre de pecado evidente, pero tibia, cobarde, mediocre.


          De El Evangelio según San Mateo ( 1963), 
        de Pier Paolo Pasolini

Con su actitud confiada y humilde, sin defensas, excusas o palabras vanas, Zaqueo alcanza la verdadera riqueza, los tesoros imperecederos, la salvación, el tesoro del amor, que es la fuente de la alegría que no nos quitarán.

Ver la propia miseria es un valioso  regalo que nos hace humildes y disponibles. Nos saca del amor propio, nos desbloquea y nos prepara para la conversión. Porque Jesucristo ha venido a buscar lo perdido. Los “perdidos” tal vez han purgado ya con sufrimiento todos sus errores, esos pecados que los "justos" tal vez habrían cometido si no fueran cobardes. Como el hijo mayor de la parábola del hijo pródigo, que parece envidiar las andanzas que vivió el segundo hermano antes de caer en la pobreza. 

Zaqueo reconoce su pequeñez, pero es Jesús quien desencadena su conversión, acercándose a él, mirándole, pronunciando su nombre. No hay conversión sin humildad; el jefe de publicanos ha sido avaro e injusto, egoísta e inseguro, pero se deja transformar, alcanza su verdadera estatura espiritual y emprende una nueva vida. Se da cuenta de que el Maestro tiene todo lo que ha buscado siempre, y también todo lo que ha echado de menos en sí mismo. Por eso no duda, tan evidentes son la fuerza y la convicción de ese rabbí. Es el primer hombre auténtico que conoce. No es el colmo de la dulzura ni el colmo de la solemnidad; es el colmo de Sí mismo, en su humanidad incontestable y perfecta. 

Eso ha de ser Jesús para ti y para mí: Aquel que te muestra la versión más perfecta de ti mismo, esa a la que tal vez nunca llegues, pero anhelas con todo tu corazón porque sabes que es la única dirección hacia la que ya puedes caminar. Entonces, Él pondrá lo que falte, completará la Obra en cada uno. Vivamos esa alegría liberadora de Zaqueo, desapegándonos de lo que tanto nos ha esclavizado y nos ha cegado. Él solo quería ver a ese famoso rabbí; solo verle, nada más y nada menos. 

¿Queremos ver a Jesús? ¿Hacemos todo lo posible, incluso lo que para muchos tibios o prejuiciosos puede resultar ridículo, con tal de verle? ¿Qué multitudes nos impiden ver a Jesús? Suelen ser, sobre todo, "multitudes" interiores... O puede que sea una sola persona, a la que te apegas, o un proyecto, un prejuicio, una actitud que te cierra y te ciega. Escogió a Zaqueo  porque este se había ya escogido a sí mismo, tratando de verle. Si hacemos todo lo posible por ver al Señor, Él se invitará a nuestra casa, nuestro corazón, y hará morada en él. 

¿Por qué yo? ¿Por qué no otro? Seguro que se preguntó Zaqueo muchas veces, después de aquel encuentro. Es una pregunta parecida a la que hace Judas Tadeo (cuya memoria, con su compañero Simón, celebrábamos ayer) en la Cena (Jn 14, 22). Y la respuesta a la pregunta de Zaqueo sería la misma que la respuesta a San Judas: “El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14, 23).

Porque Zaqueo ya amaba a Jesús solo por buscarle, por hacer todo lo necesario con tal de verle, por ponerse con esfuerzo y sin prejuicios en Su camino para que el Maestro pueda encontrarle, para que tenga lugar ese cruce de miradas capaz de transformar un alma y una vida. Y en ese encuentro trascendental, el publicano, de esencia limpia y libre, no necesita largos sermones o catequesis, ni ir asimilando poco a poco la enseñanza. Su sed es tal, que se la bebe de un trago, la recibe y la hace suya en un instante que vale por toda una vida. 

Cómo no estar contento y expresarlo ante tal don… Porque Jesús quiere que su alegría esté en nosotros y llegue a su plenitud (Jn 15, 11). Una alegría instantánea si acogemos el mensaje con inocencia, una alegría capaz de disipar toda tristeza (Jn 16, 20), una alegría tan auténtica y profunda que nadie nos la quitará (Jn 16 22). El que conoce esta alegría atemporal, completa, deja de apegarse a las seguridades, placeres, privilegios de este mundo. Ha cambiado de tal modo su actitud, su escala de valores, su visión de sí mismo y de la vida que no necesita atrincherarse frente al sufrimiento o la penuria porque es ya habitante del Reino de la Alegría y se dispone a vivir como tal.  

Seamos como este "bajito", sin amor propio ni prejuicios, que corre a subirse al árbol por ver a Jesús, y también se apresura a bajarse, para obedecer a Jesús. Sin miedo al qué dirán, sin excusas ni recelos, seamos Zaqueo, dejemos que el Maestro pronuncie nuestro nombre, alegrémonos como niños, porque Él quiere encontrarnos hoy, mirarnos hoy, hospedarse en nuestra casa hoy, transformar nuestras vidas por completo, hoy

                             Hoy ha venido la Salvación a esta casa, Alexandre Bida


UN HOMBRE NUEVO

Él me hizo comprender en un instante lo que muchos tardan años en entender, lo que muy pocos llegan a asimilar del todo. 
Soy Zaqueo y fui jefe de publicanos. Durante años ejercí el peor de los trabajos, recaudaba los tributos de mi pueblo para las arcas romanas. Fui repudiado por mis compatriotas por traidor y usurero. También me repudiaba a mí mismo, porque en el fondo amaba a mi patria. No sé cómo pude saquear a quienes menos tenían.
Fui un traidor repulsivo hasta que aquel hombre me miró, cuando yo estaba subido al sicómoro para verle. Entonces no dudé; yo, que hasta ese momento había medido cada paso, cada decisión, cada amistad, por el interés, confié en él totalmente, y le entregué mi voluntad definitivamente.
Fue su mirada, o tal vez su voz, quizá la sencillez de una propuesta que resonó en mi corazón como si esperara ese momento desde siempre. 
Lo cierto es que de algún modo anhelaba ese encuentro. No que me llamara, no que me escogiera, jamás imaginé que se fijaría en mí. Pero ya le había oído hablar algunas veces, desde lejos, sin atreverme nunca a decir nada, ni siquiera a quienes iban con él.  
Desde el día en que pronunció mi nombre y quiso hospedarse en mi casa, dejé de ser un traidor, un publicano usurero, para ser el hombre que él quiso hacer de mí.
Zaqueo, baja enseguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa, me dijo, y fue la invitación más generosa que me han hecho o me pueda nadie hacer, entonces o en 2016, o en todos los siglos llenos de almas anhelantes de encontrarse con Él, para mirar y hablar como Él. Para ser en Él.

Para quien es rico no hay más que un camino para llegar a serlo de veras: tornarse no sabedor de su riqueza, hacerse pobre; el camino del pájaro es el más corto, el del cristiano, el más feliz. Según la doctrina del cristianismo, solamente hay un rico: el cristiano; quien no lo sea, es pobre, tanto el pobre como el rico. Un hombre nunca está más sano que cuando ni siquiera nota que tiene cuerpo, y un rico también está sano cuando, sano como el pájaro, no sabe absolutamente nada de su riqueza terrena.
                                                                                              S. Kierkegaard

26 de octubre de 2019

Sin Él soy nada. Con Él soy todo


Evangelio según san Lucas 18, 9-14

En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola. “Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”. El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”. Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido.”
       
LA SAGRADA ESCRITURA EN CUADROS DE ROBERTO LEINWEBER - EL FARISEO Y EL PUBLICANO - SERIE VIII /C4 (Postales - Postales Temáticas - Religiosas y Recordatorios)
Fariseo y publicano, Robert Leinweber
                     

Cuando el hombre se humilla, Dios en su bondad, no puede menos que descender y verterse en ese hombre humilde, y al más modesto se le comunica más que a ningún otro y se le entrega por completo. Lo que da Dios es su esencia y su esencia es su bondad y su bondad es su amor. Toda la pena y toda la alegría provienen del amor.
                                                                                   Maestro Eckhart


El domingo pasado veíamos la necesidad de perseverar en la oración y comprendíamos que ser insistente no significa que haya de llenarse de palabras. Muchas veces, si la actitud del que ora no es sincera ni humilde, la oración vocal puede transformarse en declamación, presuntuosa o inconsciente, que da vueltas en torno a sí misma. 

Vacíate para que puedas ser llenado; sal para que se pueda entrar, dice San Agustín. Para comunicarnos con Dios, no podemos permanecer en nuestro nivel de conciencia habitual, esa vigilia falsa, somnolienta y distraída, que gira en torno al ego y nos hace ser muertos que entierran muertos. Para hablar con Dios y hacer de esa oración un estado habitual, hay que despertar y mantenerse despiertos, vigilantes, a la escucha, como Samuel (1 Sam 3, 3-18). Con ese gesto, esa postura interior de apertura y acogida, podemos taladrar los obstáculos que nos separan de Dios.

¿Quién reza?, ¿cómo?, ¿desde dónde?… Si la oración es sincera, persistente y humilde, es escuchada, porque Dios no atiende a hipócritas, a tibios ni a soberbios… Mejor dicho, son estos los que no atienden a Dios, sino a sí mismos y a sus ídolos. Por eso no oran, sino que cantan la misma canción narcisista una y otra vez.

Para alcanzar la pureza interior que capacita para orar, hay que observar la sombra que proyectan esos pensamientos y emociones sobre el propio mérito, el valor y la bondad que nos atribuimos, consciente o inconscientemente, y nos llevan a juzgar a los demás y considerarlos inferiores. Si tenemos el valor de atravesar toda esta maraña ilusoria de pensamientos, para mirar de frente nuestra nada ante Dios, si reconocemos nuestra miseria y debilidad, podemos conectar con la Fuente de todo y orar de verdad, seguros de ser escuchados, atendidos, salvados.

Comprender la parábola del publicano y el fariseo y lograr ver ambos personajes en uno mismo, es muy revelador. El fariseo no es justificado (salvado), porque no está hablando con Dios, sino con la imagen de Dios que ha construido –su ídolo– sobre la inestable base de su propia vanidad. En cambio, la oración del publicano es sincera porque está reconociendo su desvalimiento, su impotencia ante el Todopoderoso. En el publicano humilde, está orando su esencia, su ser verdadero, el hombre interior; mientras que en el fariseo no hay oración, sino pose, engolamiento, hipocresía, soberbia; es el hombre exterior, que aún ha de morir para nacer de nuevo.

         Estos dos hombres subieron al Templo; "subir", para intentar conectar con lo Superior. El Templo, esa habitación interior donde hemos de orar, donde Dios mora si queremos. Allí es donde entran y cierran la puerta los dos hombres (o mujeres) que somos cada uno: el hombre exterior y el hombre interior. 

        El fariseo que, por fin, se ha atrevido a mirar su absurda complacencia, su corazón lleno de sí mismo, es decir, vacío, y lo ha desenmascarado, reconociendo que era un disfraz de su inseguridad, sus complejos y sus miedos, ha visto la enorme viga de su ojo y ha olvidado la mota en el ojo de su hermano, ha dejado de sentirse superior, separado. 

         Y sube también a ese Templo del alma el hombre interior, que se sabe nada, cuya sincera humildad lo eleva y perfecciona, hasta  ponerle en conexión con lo absoluto, lo perfecto, lo real. Ambos hombres se unen, se integran en el único ser que eran sin recordarlo, y pueden finalmente orar y elegir ser salvados.

Si nos mantenemos en guardia, vigilantes, veremos cuándo el fariseo que llevamos dentro, olvida su ser esencial y vuelve a querer llenarse de sí mismo y sentirse superior. 

          Si en la oración te estás buscando a ti, al ídolo que de ti mismo has forjado, no estás orando. Hay que atreverse a soltar la imagen ilusoria de quien creemos ser. Y también hemos de soltar cualquier imagen que nos hayamos hecho de Dios, conscientes de que es imposible hacernos una imagen de Quien Es todo.

Porque el fariseo no está rezando a Dios sino a la imagen que de Él se ha hecho. Lo ha pretendido convertir en un contable al que hay que rendir cuentas de los propios méritos y ante el que hay que ganar ventaja frente a los demás.

Lo importante es que sepamos ver en nosotros estas actitudes farisaicas, a veces tan camufladas que resulta muy difícil identificarlas, y que encontremos también a ese hombre interior humilde y sincero, desapropiado de todo, que es capaz de orar.

Seguir el modelo de oración del Maestro es nuevamente la clave. ¿Cómo oró Jesús? Nunca manifestó deseos personales. Su oración fue de alabanza, acción de gracias y comunión. Cuando pedía por los demás, era para mayor gloria de Dios y salvación de los hombres. Si Dios sabe lo que necesitamos, ¿qué vamos a pedir?

En el Padrenuestro, la oración vocal por excelencia, no hay deseos egoístas, sino una entrega real al Padre, un ponerse bajo Su influencia para hacer Su voluntad. La oración sencilla, sin jactancia, sin complacencia ni  servilismo, directa y clara; ruegos tan auténticos y esenciales que no pueden por menos que ser atendidos, si el que reza ha alcanzado ese nivel de pureza y sinceridad.

Jesús es el único que no tiene que negarse a sí mismo porque es el Sí mismo y, al mismo tiempo, la humildad absoluta. Bienaventurado el que no se escandalice de mí (Mt 11, 6). Para no escandalizarse de Él hay que estar dispuesto a aceptar y cumplir su Palabra totalmente, no solo en lo que nos resulta fácil porque no toca nuestra imagen o nuestra miserable "casita de muñecas". 

          Asumir su Palabra y hacerla vida en nosotros, exige un cambio radical. Los que se empeñan en defender su posición, su falsas creencias, o tal vez solo esos prejuicios que les hacen despreciar a los demás, seguirán escandalizándose de Aquel que no hace acepción de personas porque viene a salvar a todos, no solo a un grupo de escogidos, Aquel que frecuenta a pecadores, publicanos y prostitutas y denuncia la hipocresía de escribas y fariseos.

¿De qué sirven los esfuerzos personales y los méritos aparentes del que no puede aceptar que todo es gracia, derroche generoso, don gratuito de Dios? Si recuperamos la inocencia esencial, nuestro será el derecho a participar en el banquete eterno, aunque hayamos sido grandes pecadores. No en vano, Jesús relató la parábola del fariseo y del publicano, para hacernos ver quiénes serán los elegidos entre los muchos llamados. Porque es uno mismo el que se elige, vaciándose de sí mismo, dejado atrás las vestiduras oscuras de la soberbia, la mentira, el egoísmo y la tibieza, para poder llenarse del Sí mismo. www.diasdegracia.blogspot.com
                                                        

            SEPARACIÓN
                                               Donde existe el ego, todo es infierno.
                                               Y allí donde no existe el ego, todo es paraíso.

                                                                                             Abu Sa’id
Aprende la lección,                                                        
apréndela ahora,
antes de que la olvides y te creas
el mayor o el mejor;
antes de que el destino con sus leyes
te apunte, en la fatídica
página roja de su libro gris,         
un saldo deudor,
una cita pendiente.



Bendito sea el Señor, Sergei Rachmaninov