16 de marzo de 2013

Palabras en la arena. Todo nuevo.


Evangelio de Juan 8, 1-11

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La Ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras: tú, ¿qué dices?” Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.
Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra”. E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: “Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?” Ella contestó: “Ninguno, Señor”. Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más”.



PONDRÉ MI LEY EN SU INTERIOR Y LA ESCRIBIRÉ EN SU CORAZÓN. Jer 31, 32

Si una joven, desposada con un hombre, es hallada en la ciudad cuando yace con otro hombre, los llevaréis a los dos a las puertas de la ciudad y los apedrearéis hasta matarlos: a la joven, por no haber gritado; al hombre por haber deshonrado a la mujer de su prójimo.
Dt 22, 23-24

Uno solo es el legislador y el juez, que puede salvar y perder. Pero tú, ¿quién eres para juzgar a tu prójimo? 
Sant 4, 12

¿Qué ha sucedido entre estas dos citas, la primera, del Deuteronomio, Antiguo Testamento, y, la segunda, de la carta de Santiago, Nuevo Testamento? Ha sucedido todo: Jesús, el Hijo de Dios, treinta y tres años en el mundo y eternamente en lo Real, desde antes de los tiempos y para siempre.

            Los escribas y fariseos, mezquinos y capciosos, intentan una vez más una encerrona dialéctica contra Jesús. Se apoyan en las leyes judías, que condenan a la mujer y salvan al hombre, cuando el pecado es el mismo. El hombre casado no podía tener relaciones con mujeres casadas, pero sí con solteras y viudas. La mujer casada sorprendida en adulterio era siempre condenada a muerte, lo hiciera con un casado o con un soltero o viudo.
Jesús no tiene que contradecir a Moisés para hacer triunfar la verdadera justicia, basada en el perdón y la misericordia. Es su presencia la que convierte a los acusadores en acusados. No le hace falta un discurso elocuente y prolijo al que es la Palabra. Una mirada, un gesto, una palabra suya sana, regenera, restaura, recrea, como lo supo reconocer el centurión (Mt 8, 8).

El que quisiera tirar la primera piedra, el que tantas veces la tira, es siempre aquel que está más corrompido por dentro. En cambio, el que es consciente de que estamos hechos de barro y ha tenido el valor de observarse y reconocer sus propias miserias, trata al otro con misericordia. En la propia palabra misericordia, vemos cómo se integra y se transforma simbólicamente la miseria humana, en el corazón que ama (miseri–cordia; cor/cordis, corazón), para crear una nueva realidad de compasión y perdón.
¿Qué sabe el que juzga y acusa de aquel al que está deseando condenar? Recordemos que al diablo también se le conoce como “el acusador”. Ni conoce al otro ni se conoce a sí mismo. Si hubiera visto sus propios abismos y miserias, sus sombras interiores, se le habrían quitado las ganas de juzgar, acusar o condenar a nadie. 

Jesús no aprueba el adulterio, pero aprueba mucho menos a aquellos que pretenden erigirse en jueces de los demás y hacen de la condena un arma “legítima”. Nos enseña la única actitud válida: detestar el pecado, pero amar al pecador.
Cuando los acusadores se alejan, quedan frente a frente la mujer y el Inocente, el único capaz de juzgar, que es también el único capaz de perdonar y transformar, porque todo lo hace bien, todo lo hace nuevo (Ap 21, 5). Los mandamientos del Decálogo, necesarios para los que aún no han llegado al Amor, se inclinan ante el Mandamiento Nuevo, que les da sentido y los completa.

Si queremos interiorizar este Mandamiento del Amor y parecernos a Jesús, el camino pasa por la oración. Él oraba siempre, y en el evangelio de hoy se nos recuerda: por el día enseñaba, por la noche oraba. Si la oración era necesaria para el Santo de Dios, cuánto más lo ha de ser para nosotros, que llevamos un tesoro en vasos de barro (2 Co 4, 7).
A eso ha venido Jesús a mostrarnos el Camino de la salvación. Y el Camino es Él, el mismo que escribe en la tierra palabras de vida eterna, porque ha querido escribirse en nuestro barro, en nuestra carne, para hacerlo todo nuevo.


Ayudame no seas gacho


PALABRAS EN LA ARENA

            Era mi final, no había salida, y casi me alegraba. Estaba cansada de una vida falsa, amores clandestinos, siempre tibios y fugaces. Recordaba aquellos tiempos de pureza e ilusión... Natán, mi primer y único amor verdadero, mi esperanza, mi alegría, un día dejó de venir a encontrarse conmigo. No dijo por qué, ni siquiera me miraba cuando nos cruzábamos. Luego supe el motivo: había sido prometido a la hija de un pariente rico. Después de Natán solo hubo tristeza y una búsqueda desesperada de algo que se pareciera a aquel amor por el que hubiera dado la vida. Pero todo había acabado, me casaron con un desconocido que me trataba con desprecio; y yo necesitaba a veces que alguien me abrazara y me dijera palabras hermosas, me hiciera sentir digna de ser amada.
            Era mi final y me importaba poco. Si acaso, temía el dolor y el tiempo que tardaría en morir. No imaginaba que lo que pensé que era el final iba a ser el principio de una vida verdadera.                             
                                                                  ***

            ¿Quién es ese hombre ante el que me llevan? No parece un juez, no parece ni siquiera importante. ¿O sí? Tiene en el porte y el perfil una dignidad que nunca he visto. Aunque su túnica es sencilla, humilde, de trabajador o acaso de profeta.
            Pero ¿qué hace escribiendo con el dedo en el suelo? Le acaban de decir lo que he hecho, me acusan de algo terrible y él no hace caso, se ha puesto a escribir como si no fuera con él. Y es que no va con él, va conmigo, con mi vida de pecado, con mi alma desgarrada, con mi enorme mentira. No va con él…, o sí.
            Le están acosando a preguntas, quieren que me condene. Sea pues, que dicte mi sentencia este hombre que no se parece a ningún hombre. Que dé la orden para que esta desgraciada deje de existir.
Se ha levantado, está mirando a los que quieren verme muerta para que se cumpla la ley. Ha dicho con voz clara: el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Pero, ¿quién está libre de pecado en toda Judea?
Ahora vuelve a inclinarse para seguir escribiendo. Qué extraño, qué loco…, o qué sabio, qué seguro de una justicia nueva.
Y empiezan a irse…, primero los más viejos. Ninguno se atreve a tirar la primera piedra; todos se saben pecadores. Este hombre misterioso ha tocado sus corazones; con otro no se habrían mostrado tan sinceros; con otro habría más de uno capaz de tirar la piedra. Pero este hombre, que sigue escribiendo mientras los demás se van alejando, ha hecho que se miren dentro y se vean tal cual son.
Ahora se levanta y me mira con los ojos más profundos y transparentes que he visto. Si su voz ha hecho que los otros se reconozcan pecadores, su mirada está haciendo que yo, pecadora desde hace años, tan infiel, tan merecedora de castigo, esté sintiéndome poco a poco más limpia, más digna, casi pura ante este derroche de luz que me empapa desde sus ojos, desde su alma, acaso volcada sobre mí.
Jamás un hombre me trató con tanto respeto. Ha dicho mujer, y con esta palabra, hasta hoy vulgar, casi humillante, me ha devuelto la dignidad. Qué hermosa palabra para siempre…, mujer, libre, salvada por un hombre que ha mirado mi corazón y lo ha sanado. Ahora coge mi mano y me levanta. Oh, Natán, si pudieras verme, cara a cara con la misma Luz. Ya empiezo a olvidar que un día fui abandonada, que busqué consuelo en otros brazos, otros cuerpos, siempre fríos, tan distantes.
Yo tampoco te condeno, ha dicho, y ha sido como si dijera: yo te perdono. Me había perdonado solo con mirarme, y ahora, al decir no te condeno, es como si me estuviera regenerando, devolviéndome la inocencia de la niña que fui, que por él vuelvo a ser.

                                                               ***
Ese hombre misterioso, que me sigue mirando aunque de aquel momento hayan pasado años (¿o acaso siglos?), me levantó y me despertó a una vida nueva. Si Yavéh nos creó de barro, él me recreó de arena. Nadie sabe lo que escribía inclinado sobre el suelo. Yo sí lo sé: era mi nombre, no el que me pusieron mis padres, sino mi nombre verdadero y escribía también el nombre de todos los que oyendo o leyendo esta historia se vean reflejados en mí, la adúltera, la pecadora para el mundo de sombras, juicios y condenas, renacida por el amor de aquel que escribe nuestros nombres interiores, los que animan nuestro ser, sobre la arena.



Renew me, Avalon


       REFLEJOS

                                                                                         El amor es la plenitud de la Ley.

                                                                                                                          Romanos 13, 10
           
                 Y vuelves a juzgar;                 
¿ha sido en vano aquel
feliz hallazgo?
Recuerda que en el otro
te estás juzgando a ti.
Recuerda que es el otro
tu imagen fiel, la cara
que el espejo no muestra,
ni la foto, ni el papel
donde a veces escribes
de espaldas al mundo,
creyendo que te escribes,
y a ti mismo te juzgas,
te absuelves o condenas.
Mira hacia afuera
con la mirada limpia,
sin ojos si es preciso.
Si tu ojo es ocasión de pecado...,
ya te vas acordando.
Mira a tu prójimo,
sabiendo que es amigo
que ha venido a mostrarte
tus faltas, tus errores,
tu viga traicionera
o solo tu ignorancia.
Luego vuelve a sentarte
con la pluma serena en el silencio,
distingue entre las voces
del otro, de los otros,
el prójimo, el hermano,
entre las voces una,
su voz, tu voz, y escribe,
libre el corazón,
la mano, la garganta.

2 de marzo de 2013

Conversión. Todavía hay luz.


                   Caminad mientras tenéis luz, para que no os os sorprendan las tinieblas,
                   pues el que camina en tinieblas no sabe por dónde va. Mientras hay luz,
                   creed en la luz, para ser hijos de la luz.
                                                                                                        Juan 12, 35-36

Evangelio de Lucas 13, 1-9

En una ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre vertió Pilatos con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les contestó: “¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no. Y si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.” Y les dijo esta parábola: “Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: “Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?”. Pero el viñador contestó: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas.”




La misericordia de Dios, es el amor que obra con dulzura y plenitud de gracia, con compasión superabundante. La mirada dulce de la piedad y del amor jamás se aparta de nosotros; la misericordia nunca se acaba. He visto lo que es propio de la misericordia y he visto lo que es propio de la gracia: son dos maneras de actuar de un solo amor. La misericordia es un atributo de la compasión, y proviene de la ternura maternal; la gracia es un atributo de gloria, y proviene del poder real del Señor en el mismo amor. La misericordia actúa para protegernos, sostenernos, vivificarnos, y curarnos: en todo esto es ternura de amor. La gracia obra para elevar y recompensar, infinitamente más allá de lo que merecen nuestro deseo y nuestro trabajo.
                                                                                   Juliana de Norwich

 

            Tres años sin dar fruto. El tres es número de la totalidad; es decir, la higuera no da fruto en absoluto, y aun así, el viñador pide un año más.
Lo normal, pobres higueras maltrechas y estériles, es que fuéramos taladas; las leyes cósmicas son implacables, lo saben los científicos. Pero he aquí que el amor de Dios, expresado en Su Hijo, supera toda ley, toda ciencia, toda lógica. Es un amor infinitamente paciente y misericordioso.
            Para un Dios que es misericordia y perdón, no hay plazos ni amenazas. La buena nueva que inaugura Cristo transforma el Dios Juez en Dios Padre, y un padre tiene paciencia con sus hijos.
Con este Padre no hacen falta regateos ni compensaciones, porque olvida nuestro olvido de forma absoluta, como es Él, ante un corazón contrito y humillado (Sal 51, 19). Es la entrega y la humildad, confiarnos a Su cuidado, reconociendo nuestra propio desvalimiento, lo que nos concede el año de gracia.
 
            Hay una justicia divina que está por encima de los juicios y consideraciones humanos. La justicia exterior, de premios, castigos y justificaciones, es propia de hipócritas, si no va unida a la justicia interior, libre y compasiva. Dice San Pedro: Sobre todo, tened entre vosotros un ferviente amor, porque el amor cubre una multitud de pecados (1 Pe, 4, 8).

En Jesucristo la paciencia es conmovedora, es decir, mueve a, motiva, despierta, desencadena, en el más profundo sentido de la palabra: libera de la esclavitud a la que nosotros mismos nos sometemos, pues el Egipto opresor está dentro de nosotros, y la tierra prometida que mana leche y miel, también (Ex 3, 17).
El amor de Jesucristo vence no solo a la dictadura de la ley, sino incluso a la lógica y al sentido común. La evidencia es que no hay fruto, y el árbol que no da fruto debe ser talado, pero Él pide una "prórroga" y se compromete a cuidarlo aún más, abonándolo y cavando alrededor. Él trabaja en el árbol, en la higuera que somos, porque aunque durmamos o nos olvidemos, Él no nos olvida (Is 49,15). Cuando nos abandonamos a Él con humildad y confianza, Cristo, que es Palabra Viviente, nos va transformando.

¿Qué tenemos que cambiar en nuestro interior para que los cuidados que el Viñador nos prodiga sean fructíferos? ¿Cuántas oportunidades, cuántos años de paciente espera nos serán concedidos? El Amor no mide ni cuenta. Si hemos escogido permanecer unidos a Jesucristo, tarde o temprano, daremos fruto. Él mismo se ha hecho fruto para darse por nosotros y sigue cuidándonos, abonándonos, cavando alrededor, confiando en que un día dejaremos de ser estériles, cuando recordemos que somos sarmientos que unidos a la Vid nos alimentamos de su misma savia, y separados de ella nos secamos y morimos (Jn 15, 6-8).

Solo podemos responder con amor y disponibilidad a tanto amor y dedicación. Ya no vivimos pendientes del premio o del castigo, porque cuando se ama no se comercia ni se trafica ni se regatea, todo es un derramarse gratuito. Ya estamos reconciliados con Dios, que no es un juez implacable; Jesucristo nos unió a Él en calidad de hijos. Queda reconciliarnos con nosotros mismos, entre nosotros, y cada uno consigo mismo. Ahí radica, nunca mejor dicho, la raíz que hace estéril; en esa división interior que se refleja dramáticamente en el exterior. Quien, a pesar de las incansables llamadas al amor, sigue oprimido por su faraón interior, el egoísmo, está siendo gobernado por la muerte y sus secuaces, y morirá sin haber dado fruto. Porque vivir para el ego y sus miserables parcelitas de seguridad y comodidades es morir (Mc 8, 35).

            Y es que en el Evangelio de Lucas hay una paradoja aparente. Si el Viñador es infinitamente misericordioso y paciente, ¿por qué Jesús, antes de relatar la parábola, dice que si no nos convertimos moriremos? Porque estamos dotados de libre albedrío y por mucho que Él haga por favorecer el cambio en nosotros, hace falta que lo aceptemos. Un gesto de aceptación, apenas media vuelta, lo que permite dejar de mirar paisajes estériles, para mirarle a Él, la fuente de la Vida. Conversión, en griego metanoia, significa volverse, darse la vuelta. Es un movimiento interior de transformación de mente y corazón, que cambia los significados y el sentido de la vida.

Metanoia, teshuvá en hebreo, conversión, arrepentimiento… Todas estas palabras señalan a ese gesto o cambio de mente y de corazón que permite mirar de un modo nuevo, no ya a la manera egoísta del mundo, sino a la manera generosa, abierta y disponible de Jesús.
Y es que el Dios Padre que vemos en Jesús no es un contable ni un chantajista; la conversión es una necesidad, porque Él puede hacer todo por nosotros, ya lo ha hecho, a excepción de una cosa: no puede escoger por nosotros.

            Cuando Jesús alerta: si no os convertís, todos pereceréis, no está amenazando, sino aludiendo a ese cambio necesario de mente, corazón y actitud, el movimiento interior imprescindible que nos encamina hacia la muerte del ego. Es morir a lo falso, para volver a nacer de agua y de Espíritu (Jn 3, 5). Solo se puede experimentar la conversión cuando se está dispuesto a dar ese paso decisivo, cuando uno se atreve, en lo más recóndito de su ser, a desearse diferente, a rechazar para siempre lo que sobra en su vida, para recrearla en una nueva dimensión.

La palabra arrepentimiento suscita a veces cierta repulsa, pero su significado verdadero, volverse, cambiar de mente, no tiene nada que ver con el remordimiento: volver a morder (se). El arrepentimiento consciente es el fuego purificador donde el ser humano se acrisola y se transforma. No podemos esperar a ser perfectos para amar lo bueno, lo bello, lo verdadero. De ese amor a lo perfecto, desde nuestra evidente imperfección, nace el arrepentimiento consciente, sincero, transformador y liberador.

En la Oración del Corazón, que practico desde hace años y que no deja de sorprenderme por su potencia y su sencillez (Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten misericordia de mí, pecador), la constatación del propio pecado y el reconocimiento de la gracia de Jesucristo, se unen para que el primero sea transmutado en virtud de la segunda.

Una de mis palabras favoritas en castellano es todavía, por su connotación de  esperanza, cuando tiendes a ver el vaso medio lleno y no medio vacío. Igualmente bella es aún, con su resonancia mántrica. Todavía estamos a tiempo, aún podemos dar fruto. Caminemos, trabajemos, demos fruto mientras hay luz (Jn 12, 35).

 

OLVIDO
 
                                                                                                  No se comienza por aprender,
                                                                           sino por recordar.
                                                                                                                                Ismail Hakki 
Cómo anhelas la Luz,
pez boqueando,
a punto de morir
fuera del agua.
La Luz es tu placenta,
el medio necesario,
cálida vaina
que te protege
de tus penumbras,
de la sombra que eres
cuando olvidas tu herencia
y tu destino.
O cuando, separado
racimo de la vid,
te vas secando, exánime,
y antes de ser nada,
te miras en la nada
y no ves nada.
 
 
 
 
METANOIA
 
                                                                                                                    Jesús le dice: "María". Ella se vuelve y le dice“¡Rabboni!”, que significa “¡Maestro!”
 
                                                                                                                                       Juan 20, 16

No sé de cuántas formas
habré escrito mi nombre...,
y todas ilegibles,
incomprensibles todas,
falsificaciones
de un original
más sencillo y fiel,
más claro y esencial.
 
Solo él me nombra
y me hace libre
si al oírlo me vuelvo,
reconozco Su voz,
recupero mi voz
y Le respondo.
 
 
 

El tronco corrompido por el pecado que soy yo recibirá por el Nombre de Jesús savia y vigor. Por Él, reverdecerá mi humanidad y dará frutos a la gloria de Dios. El espíritu de mi voluntad, que ahora está en la humanidad de Cristo, y que vive por su Espíritu, dará por Su virtud savia a la rama desecada, para que el último día, a la invocación de las trompetas celestes que son la voz de Cristo y la mía propia en Él, resucite y reverdezca en el Paraíso.
                                                                                              Jacob Boëhme




 
           Antonio Machado esperaba que un milagro de la primavera hiciera revivir su corazón, marchito de tristeza, cansancio y ausencias, para seguir caminando hacia la Luz y hacia la Vida. Confiamos en Jesucristo, nuestro Viñador paciente, eterna Primavera esplendorosa para el que cree en Él, y acepta el milagro discreto y decisivo de Su Presencia en cada corazón. 
 

23 de febrero de 2013

Hijos de la Luz. Realizarse en alegría.


Evangelio de Lucas 9, 28-36

En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Juan y a Santiago a lo alto de una montaña, para orar. Y mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos.  De repente dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que aparecieron con gloria; hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros se caían de sueño; y espabilándose vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús: “Maestro, qué hermoso es estar aquí. Hagamos tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. No sabía lo que decía. Todavía estaba hablando cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía: “Este es mi Hijo, el escogido; escuchadlo”. Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.


                                             La Transfiguración, Carl Bloch

 
                                    En Cristo habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente.

                                                                                                                    Col 2,9

 
                     La gloria que Cristo nos trajo era nuestra.
Él vino para que cayésemos en la cuenta.

                                  Maestro Eckhart


  El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad (Jn 1, 14). Cristo encarnó; nosotros también hemos de encarnar, encontrando ese cuerpo profundo donde es posible el Misterio. El que se ha hecho uno con Jesús, miembro eterno de su Cuerpo Místico (1Cor 12, 27), se alimenta de Su luz, el universo lo atraviesa y está completamente vivo.

             Cuando lo interior se hace exterior y empezamos a vivir en el centro que somos, transmutando lo que nunca fuimos, la luz del Tabor se enciende como una llama, al principio pequeña, casi imperceptible, que poco a poco va creciendo, iluminándonos desde dentro y mostrando su fulgor a quienes han encendido también esa llama en su corazón. Entonces vivimos ya en la eternidad, llenos de gracia y de verdad, y la gloria del Padre, presente en el alma, nos hace comprender que la Transfiguración no es un relato pascual fuera de sitio, sino una auténtica experiencia a la que estamos llamados. Quien se mira en Dios para unirse a Él, no solo puede acceder a esa experiencia, sino que, en las dimensiones atemporales que la mística permite vislumbrar, está gozando ya, todo su ser transfigurado, de la Pascua eterna.

            Somos hijos de la luz (Ef 5, 8). El camino del cristiano es un encuentro con la luz que, si no se vive hoy, difícilmente nos esperará en la vida futura. Jesús es la luz del mundo (Jn 8, 12) y, con Él, somos la luz del mundo (Mt 5, 14).
 
            ¿Y el cuerpo? ¿Es un obstáculo para ese encuentro? Al contrario, es vehículo, instrumento fiel para quien es consciente de ese cuerpo interior que se va encendiendo, alumbrando, transfigurando en el otro. Porque, cuando el espíritu está unido a Dios, vivimos trascendiendo las dimensiones conocidas y hasta el cuerpo físico es capaz de transmitir una luminosidad nueva, como si los parámetros de belleza y dimensiones de la tierra se hubieran quedado pequeños, incapaces de expresar esa energía tan sutil. Es la Presencia, que nos realiza en alegría y se manifiesta en la luz, que se expande a lo ancho y a lo alto, en lo profundo y lo vertical, en una dimensión a la que aún no sabemos dar nombre, ni falta que nos hace.
 
El verdadero arte puede llegar donde no llega la mente. Vuelvo a recurrir al arte, una imagen y un poema, para intentar expresar lo inefable, ese destino de luz que ya somos, bajo las capas de sombra, miedo, egoísmo y confusión que nos ocultan.
 
            Dejo que sea de nuevo Martín Martínez Pascual, en ese Tabor que fue su dies natalis, quien exprese todo infinitamente mejor de lo que puedo escribir. El halo de su espíritu corporeizado y su mirada radiante iluminan, guían, inspiran, sostienen. Es la transfiguración a la que estamos llamados. Su imagen, profunda catequesis sin palabras, vale más que todos los tratados sobre la santidad. Alcanzar esa cima de unión con Dios nos hará libres, como él.
 

 

HIMNO Nº 15 AL AMOR DIVINO

Nos despertamos en el cuerpo de Cristo
cuando Cristo despierta en nuestros cuerpos.
Bajo la mirada y veo que mi pobre mano es Cristo;
él entra en mi pie y es infinitamente yo mismo.
Muevo la mano, y esta, por milagro,
se convierte en Cristo,
deviene todo él.
Muevo el pie y, de repente,
él aparece en el destello de un relámpago.
¿Te parecen blasfemas mis palabras?
En tal caso, ábrele el corazón,
y recibe a quien de par en par
a ti se está abriendo.
Pues si lo amamos de verdad,
nos despertamos dentro de su cuerpo,
donde todo nuestro cuerpo,
hasta la parte más oculta,
se realiza en alegría como Cristo,
y este nos hace por completo reales.
Y todo lo que está herido, todo
lo que nos parece sombrío, áspero, vergonzoso,
lisiado, feo, irreparablemente dañado,
es transformado en él.
Y en él, reconocido como íntegro, como adorable,
como radiante en su luz,
nos despertamos amados,
hasta el último rincón de nuestro cuerpo.
 
                                                                       Simeón el Nuevo Teólogo

 

10 de febrero de 2013

La Vocación de las mujeres. "No hay justicia sin igualdad".

                      
                                               María Magdalena, El Greco


            Hoy celebramos la Campaña contra el hambre. Con el lema “No hay justicia sin igualdad”, Manos Unidas sigue presentando los distintos Objetivos de Desarrollo del Milenio. Este año se centra en el Objetivo número 3: “Promover la igualdad entre los sexos y la autonomía de la mujer”.
Los textos que la liturgia propone para hoy, sobre vocación y seguimiento, no mencionan a ninguna mujer, pero sabemos que muchas mujeres fueron llamadas por Jesús y dejaron todo para ir tras Él con entusiasmo, como los apóstoles (Lc 8, 1-3).
Con qué intensidad debieron sentir y vivir el fuego de Su Palabra, para vencer las dudas, el cansancio, el miedo, la tristeza, y ser fieles hasta el final. Mientras los apóstoles, a excepción de Juan, abandonaron al Señor en la Hora más amarga, ellas se atrevieron a seguir Sus pasos hasta la Cruz.
            Acompañaron a la Madre en su terrible angustia (Jn 19, 25) y ayudaron a bajar y colocar el cuerpo de Jesús en el sepulcro. Por eso cuando, pasada la Pascua, iban a embalsamarle, fueron –somos– también las mujeres, en la persona de María Magdalena, la que tanto amó, las primeras testigos de la Resurrección (Jn 20, 14-18).

 

9 de febrero de 2013

"Rema mar adentro."


Evangelio de Lucas 5, 1-11

En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret. Vio dos barcas que estaban junto a la orilla; los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: “Rema mar adentro, y echad las redes para pescar”. Simón contestó: “Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos sacado nada; pero, por tu palabra, echaré las redes”.Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús, diciendo: “Apártate de mí, Señor, que soy un pecador”. Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: “No temas; desde ahora, serás pescador de hombres”. Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.
 

Rafael. La pesca milagrosa
                                            La pesca milagrosa, Rafael Sanzio


Las lecturas de este domingo nos remiten a tres llamadas, tres vocaciones: la de Isaías, la de Pablo y la de los primeros apóstoles. En las tres aparece ese descenso necesario a lo más profundo del alma para experimentar el contraste entre nuestras sombras y miserias, nuestras limitaciones e incapacidades, nuestra fragilidad, y la luminosa, omnipotente presencia divina, que irrumpe en la vida de aquel que es escogido y llamado para una misión.

La vocación de los apóstoles es, como la de Isaías, que narra la primera lectura con una teofanía fulgurante (Is 6, 1-2a.3-8), un ejemplo de disponibilidad. El profeta siente temor ante el Señor, como Pablo lo sintió al caer del caballo. También siente ese santo temor Pedro, después del signo prodigioso de la pesca, al ser consciente de su propia pequeñez ante la grandeza de Dios, al que ya puede ver en Jesucristo. Por eso pasa, de dirigirse a Él como Maestro, a invocarlo como Señor. Los tres sintieron la indignidad del pecador, que es la puerta a la verdadera dignidad. Por eso son llamados y enviados. Y dicen sí porque reciben el don de la fe, que los hace hombres nuevos, valientes y libres. 

       El pasaje del Evangelio de Lucas marca claramente tres momentos en la vocación de todo discípulo, a veces simultáneos, aunque casi siempre sucesivos:
-          La escucha de la enseñanza, la palabra sembrada en el corazón.
-          El asombro y la admiración por los signos exteriores o interiores.
-          La decisión de aceptar la vocación. Entrega y seguimiento incondicionales.

       En Nazaret, sus paisanos habían intentado despeñarlo por un barranco; en el lago de Genesaret, las multitudes se agolpan para escucharlo. El mensaje es el mismo, y también el mensajero, el mismo que hoy nos sigue hablando, enseñando, mostrando signos prodigiosos (para el que tiene ojos que ven) y llamando a cada uno por nuestro nombre (para el que tiene oídos que oyen).
      No hay mejor manera de compartir el camino del cristiano que remitirnos a Jesús y Su Palabra, abandonando prejuicios y consideraciones, como hace Pedro. El Mensaje desnudo es el crisol que nos transforma y nos prepara para seguirlo e imitarlo. Porque el Evangelio, la buena nueva de Cristo resucitado, es el Camino, como recuerda Pablo en la segunda lectura (1 Cor 15, 1-11).

          Los apóstoles ya conocían a Jesús, lo sabemos por Juan (Jn 1, 37-38). Primero lo conocieron Andrés y el propio Juan, discípulos del Bautista. Jesús les preguntó: “¿Qué buscáis?” Ellos respondieron: “Maestro, ¿dónde vives?” Y Él les dijo: “Venid y veréis”. Qué diálogo tan profundo en su aparente sencillez, qué riqueza de significados para el alma del discípulo. No se puede decir más con menos palabras. Luego vino esa larga e íntima conversación que el Evangelio esboza, conciso y sutil (Jn 1, 39). Después, como en una danza de alegre generosidad, fue aumentando el grupo de los escogidos para seguir a Jesús. Andrés y Juan (siempre discreto cuando habla de sí mismo) se lo dijeron a sus respectivos hermanos mayores: Simón y Santiago (Jn 1, 40-42). Luego vino Felipe (Jn 1, 43), Natanael (1,47) y, más tarde, los demás.

En la escena que hoy leemos en Lucas, podemos suponer que ya habían tenido tiempo para madurar la decisión, pues era necesario un cambio radical y un seguimiento absoluto. Por eso, cuando Jesús los invita a seguirlo y compartir su misión, no preguntan nada, dejan todo y lo siguen, porque la semilla ya estaba creciendo en su corazón desde el primer encuentro.

     La metáfora de la pesca aparece a menudo en el Evangelio (Mt 4, 18-22; Mc 1, 16-20) y también en el Antiguo Testamento (Ezeq 47, 10; Hab 1, 14-15). El símbolo del pez, usado por los primeros cristianos para reconocerse, contiene la esencia de la Revelación. Las letras de la palabra pez en griego, Ichthys, como vemos abajo, son las letras iniciales de la frase: "Jesús, el Cristo, Hijo de Dios, Salvador".
                                          


           Pescadores, hombres sencillos y humildes, escogidos para seguir a Jesús, el Cristo, el Mesías, y ayudarle a extender la buena nueva. Dejan todo por Él, a cambio de una promesa de paz y de amor para todos. Como dice Giovanni Papini, “el pescador es el hombre que sabe esperar, el hombre paciente que no tiene prisa, que echa su red y confía en Dios.” Humildad y paciencia, generosidad, pobreza de espíritu y confianza, virtudes que hoy escasean y debemos adquirir para ser fieles a la vocación aceptada. Ellos son capaces de soltar las redes: todo lo que separa, aísla y diferencia, y cambiarlo por la entrega, el servicio, el amor. Un discípulo está dispuesto a soltar cuanto lo mantiene apegado a su egoísmo, liberarse del lastre y caminar sin  mirar atrás. Porque "nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el reino de Dios" (Lc 9, 62).

            "Te basta mi gracia, pues la fuerza se realiza en la debilidad" (2 Cor 12, 9), le decía el Señor a Pablo cada vez que su voluntad flaqueaba. Nos basta su gracia también hoy. Aunque nuestras fuerzas vacilen y las dudas nos quebranten, confiamos en una voluntad infinitamente superior, la de Jesucristo. Su Palabra es nuestra luz y nuestra entereza, la fuente de toda abundancia, siempre mucho más allá de lo esperado o lo previsible, como en la escena de la pesca milagrosa.

Rema mar adentro, intérnate en lo más profundo de tu ser, en esos espacios abisales de peligro y oscuridad, de inseguridad y desvalimiento. Rema mar adentro, adéntrate en tu alma, no te quedes junto a la orilla, donde todo resulta familiar y hacemos pie. La misión es para valientes, para los que se atreven a explorar sus propias profundidades, habitadas por monstruos y demonios, entidades malignas y sirenas perversas que siempre acechan, atrapan y esclavizan al que se deja engañar porque no está atento, o no está en su centro, abrazado al mástil de la Verdad. 
           "Y ¿qué es la Verdad?" (Jn 18, 38), dijo el pusilánime pretor, con un nudo en la garganta. La Verdad no es una idea o un concepto, ni siquiera un estado o nivel de conciencia que haya que buscar, encontrar o alcanzar. La Verdad, como recordábamos días atrás, es una Persona, Jesucristo, que te llama, te busca y te encuentra; una Persona en la que, por Amor, ya somos Uno.

Qué privilegio ser llamado por el mismo Jesús, pensamos… ¿Lo seguiríamos hoy? ¿Lo seguimos? ¿Lo escuchamos siquiera?
            Porque Él continúa llamándonos, a cada uno por nuestro nombre; nos está diciendo: “sígueme”, con una llamada personal y directa. Es Él quien nos busca, nos encuentra y nos llama, aunque pueda parecer lo contrario, que somos nosotros los buscadores.
            ¿Respondemos con un sí rotundo e incondicional?
            Para pronunciar ese “Sí”, es necesario transformarse por dentro, hasta ser capaces de vivir de otra manera, pensar y sentir de forma radicalmente diferente.
 
                                          

2 de febrero de 2013

"Se abrió paso entre ellos y se alejaba."






Evangelio de Lucas 4, 21-30

En aquel tiempo, comenzó Jesús a decir en la sinagoga: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”. Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios. Y decían: ¿No es este el hijo de José? Y Jesús les dijo: “Sin duda me recitaréis aquel refrán: «Médico, cúrate a ti mismo»; haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún”. Y añadió: “Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Os garantizo que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías más que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado más que Naamán, el sirio”. Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba.

 
 
             Él no está lejos de quienes buscan, entre sombras e imágenes, al Dios desconocido, puesto que todos reciben de él la vida, la inspiración y todas las cosas, y el Salvador quiere que todos los hombres se salven.
 
Lumen gentium 2.16


Jesús puede resultar muy incómodo y enojoso cuando nos resistimos a cambiar. Los que hace un momento le aprobaban encantados y se admiraban de sus palabras de gracia (Sal 45, 3b), viendo en ellas el signo mesiánico, de repente se dejan llevar por la ira del que siente amenazada su posición y sus creencias. No pueden aceptar que uno de los suyos, el hijo del carpintero, sea el Mesías, y venga a predicar una buena nueva para todos, no solo ya para el pueblo elegido de Israel.
Sucedió igual con los profetas, ignorados, despreciados o perseguidos por sus paisanos. Los defectos del hombre no han cambiado a lo largo de los siglos: recelos, envidias, desconfianza, escepticismo, cerrazón, volubilidad, perversidad… El sueño y la dispersión interiores, la falta de un centro permanente en ellos mismos provoca ese cambio brusco de actitud. La duda y el miedo pueden más que la esperanza de haber, por fin, encontrado al Mesías anhelado.
Los “suyos”, que lo conocen desde hace años, pasan de la aprobación entusiasta al rechazo furioso, hasta el punto de querer arrojarlo por un barranco. Pero Él, sin decir una palabra, con el poder sereno de la Verdad que Es, se abre paso entre ellos y se aleja. Este es uno de los pasajes del Evangelio que más me impacta y me conmueve.
Rechazado como todos los profetas, como nosotros a veces, cuando damos testimonio de nuestra fe sinceramente, sin tratar de contemporizar con nada ni con nadie. Porque, como Elías fue enviado a la viuda de Sarepta y Eliseo a Naamán el sirio, Jesús es enviado, y nos envía, a anunciar la buena nueva a todos, sin excepción. Pero solo están preparados para acoger su mensaje los que confían, los compasivos, los desprendidos y vacíos de sí mismos. Los soberbios y acomodados, ciegos de prejuicios y opiniones subjetivas, querrán despeñar al abismo al que ose amenazar su estabilidad y sus creencias.

Acosado y perseguido, no se defiende, sigue amando. El amor es paciente, afable,... empieza el precioso y conocido texto de San Pablo sobre el amor, de la segunda lectura de hoy (1 Cor, 13 4-13). Boris Mouravieff afirmaba que leer o recitar a menudo este fragmento nos brinda una “espada llameante” que va liberándonos de todo lo que no es amor.
Cristo es la paciencia en persona, el amor en persona. Compartió el pan y el vino y el camino de tres años, con sus días de sol riguroso y sus noches de frío e inclemencia, con el hombre que iba a traicionarle y entregarle a la muerte. Perdonó siempre, esperó siempre, amó siempre, sin pedir nada a cambio.
El amor incondicional a la manera de Jesús es el objetivo del cristiano. Es un amor que supera infinitamente todo lo que podemos imaginar, cualquier ideal que tengamos. Para poder amar así, incondicionalmente, sin límites, el hombre debe adquirir la virtud de la humildad, negándose a sí mismo.
Porque solo puede reaccionar como hizo Jesús en este pasaje –es decir, no reaccionando– quien está libre de ego. Jesús, el único que no tiene que negarse a sí mismo porque es el Sí mismo y, al mismo tiempo, la humildad absoluta. Compasión, misericordia, paciencia imperturbables, nada le afecta en su esencia primordial, no se siente víctima ni ofendido. Ahí radica una de las diferencias abismales entre Él y nosotros.

Bienaventurado el que no se escandalice de mí (Mt 11, 6), dice el Maestro. Para no escandalizarse de Él hay que estar dispuesto a aceptar y cumplir su Palabra totalmente, no solo en lo que nos resulta fácil o creemos que nos conviene. Y asumir su Palabra y encarnarla, hacerla vida en nosotros, exige un cambio radical. Los que se empeñan en defender su posición, sus comodidades y hábitos, o tal vez solo sus prejuicios y condicionamientos, seguirán escandalizándose de Aquel que viene a traer fuego a la tierra, que todo lo hace nuevo, que no hace acepción de personas porque viene a salvar a todos, no solo a un grupo de escogidos, Aquel que frecuenta a pecadores, publicanos y prostitutas y denuncia la hipocresía, la soberbia, el egoísmo de escribas y fariseos.
Que no nos escandalicemos nunca de Jesús o de su enseñanza. Que no tenga que abrirse camino entre nosotros para alejarse por nuestra falta de amor. Seamos testigos fieles de Aquel que sigue viniendo a traer la buena nueva para todos, porque Él mismo es la buena nueva.

 

Ved cómo se aleja, abriéndose paso
entre los ciegos y sordos de esta aldea
para siempre bendita, Nazaret,
donde creció Jesús, el carpintero,
el hijo de María y de José,
el mismo que hoy acosan y persiguen,
pues quieren acabar con esa vida
que descoloca las piezas
de oxidados ajuares.
 
Venid a ver cómo camina
entre los vocingleros, sus paisanos,
que no permiten que nadie destaque
en esa tibia, turbia, turba infame
para tibios, turbios, infames corazones,
incapaces de aceptar a un Mesías
que proclama el perdón, la libertad,
la igualdad, el amor, la buena nueva.
 
“Despeñémosle precipicio abajo
–dicen iracundos–  acabaremos
con la historia de nuestra salvación,
y a vivir, que son dos días
antes de la noche eterna.
Vamos a tirarle por el barranco,
que no venga con pamplinas
ese rabí tan raro, ese Jesús…
 
Qué manía de proteger la escoria:
que si los pobres, que si las prostitutas,
viudas, enfermos, locos, pecadores,
todos esos inútiles que estorban...
 
 Que venga otro más fácil de seguir,
sin renunciar a las comodidades
que nos hemos ganado, no pretenda
alterarnos el orden. Que nos diga
lo que queremos oír, por ejemplo:
que somos los únicos, los buenos, los mejores,
escogidos por un Dios especial
que ama a Israel, y solo a Israel.
 
A qué esperamos, acabemos con él,
que no moleste más ese rabí
tan manso que se va, abriéndose paso,
tan manso...
 
Aunque tiene toda la luz del mundo
en los ojos, que miran impasibles,
y voz de eternidad en cada sílaba
que pronuncia. Mirad cómo se aleja
de nosotros, ¿los únicos?, ¿los buenos?
...,
se aleja sereno, sin decir nada,
dejándonos la ira en la garganta,
como el amargo, ¡ay!, mudo y amargo,
desesperado grito de Caín.”