23 de febrero de 2013

Hijos de la Luz. Realizarse en alegría.


Evangelio de Lucas 9, 28-36

En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Juan y a Santiago a lo alto de una montaña, para orar. Y mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos.  De repente dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que aparecieron con gloria; hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros se caían de sueño; y espabilándose vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús: “Maestro, qué hermoso es estar aquí. Hagamos tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. No sabía lo que decía. Todavía estaba hablando cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía: “Este es mi Hijo, el escogido; escuchadlo”. Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.


                                             La Transfiguración, Carl Bloch

 
                                    En Cristo habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente.

                                                                                                                    Col 2,9

 
                     La gloria que Cristo nos trajo era nuestra.
Él vino para que cayésemos en la cuenta.

                                  Maestro Eckhart


  El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad (Jn 1, 14). Cristo encarnó; nosotros también hemos de encarnar, encontrando ese cuerpo profundo donde es posible el Misterio. El que se ha hecho uno con Jesús, miembro eterno de su Cuerpo Místico (1Cor 12, 27), se alimenta de Su luz, el universo lo atraviesa y está completamente vivo.

             Cuando lo interior se hace exterior y empezamos a vivir en el centro que somos, transmutando lo que nunca fuimos, la luz del Tabor se enciende como una llama, al principio pequeña, casi imperceptible, que poco a poco va creciendo, iluminándonos desde dentro y mostrando su fulgor a quienes han encendido también esa llama en su corazón. Entonces vivimos ya en la eternidad, llenos de gracia y de verdad, y la gloria del Padre, presente en el alma, nos hace comprender que la Transfiguración no es un relato pascual fuera de sitio, sino una auténtica experiencia a la que estamos llamados. Quien se mira en Dios para unirse a Él, no solo puede acceder a esa experiencia, sino que, en las dimensiones atemporales que la mística permite vislumbrar, está gozando ya, todo su ser transfigurado, de la Pascua eterna.

            Somos hijos de la luz (Ef 5, 8). El camino del cristiano es un encuentro con la luz que, si no se vive hoy, difícilmente nos esperará en la vida futura. Jesús es la luz del mundo (Jn 8, 12) y, con Él, somos la luz del mundo (Mt 5, 14).
 
            ¿Y el cuerpo? ¿Es un obstáculo para ese encuentro? Al contrario, es vehículo, instrumento fiel para quien es consciente de ese cuerpo interior que se va encendiendo, alumbrando, transfigurando en el otro. Porque, cuando el espíritu está unido a Dios, vivimos trascendiendo las dimensiones conocidas y hasta el cuerpo físico es capaz de transmitir una luminosidad nueva, como si los parámetros de belleza y dimensiones de la tierra se hubieran quedado pequeños, incapaces de expresar esa energía tan sutil. Es la Presencia, que nos realiza en alegría y se manifiesta en la luz, que se expande a lo ancho y a lo alto, en lo profundo y lo vertical, en una dimensión a la que aún no sabemos dar nombre, ni falta que nos hace.
 
El verdadero arte puede llegar donde no llega la mente. Vuelvo a recurrir al arte, una imagen y un poema, para intentar expresar lo inefable, ese destino de luz que ya somos, bajo las capas de sombra, miedo, egoísmo y confusión que nos ocultan.
 
            Dejo que sea de nuevo Martín Martínez Pascual, en ese Tabor que fue su dies natalis, quien exprese todo infinitamente mejor de lo que puedo escribir. El halo de su espíritu corporeizado y su mirada radiante iluminan, guían, inspiran, sostienen. Es la transfiguración a la que estamos llamados. Su imagen, profunda catequesis sin palabras, vale más que todos los tratados sobre la santidad. Alcanzar esa cima de unión con Dios nos hará libres, como él.
 

 

HIMNO Nº 15 AL AMOR DIVINO

Nos despertamos en el cuerpo de Cristo
cuando Cristo despierta en nuestros cuerpos.
Bajo la mirada y veo que mi pobre mano es Cristo;
él entra en mi pie y es infinitamente yo mismo.
Muevo la mano, y esta, por milagro,
se convierte en Cristo,
deviene todo él.
Muevo el pie y, de repente,
él aparece en el destello de un relámpago.
¿Te parecen blasfemas mis palabras?
En tal caso, ábrele el corazón,
y recibe a quien de par en par
a ti se está abriendo.
Pues si lo amamos de verdad,
nos despertamos dentro de su cuerpo,
donde todo nuestro cuerpo,
hasta la parte más oculta,
se realiza en alegría como Cristo,
y este nos hace por completo reales.
Y todo lo que está herido, todo
lo que nos parece sombrío, áspero, vergonzoso,
lisiado, feo, irreparablemente dañado,
es transformado en él.
Y en él, reconocido como íntegro, como adorable,
como radiante en su luz,
nos despertamos amados,
hasta el último rincón de nuestro cuerpo.
 
                                                                       Simeón el Nuevo Teólogo

 

10 de febrero de 2013

La Vocación de las mujeres. "No hay justicia sin igualdad".

                      
                                               María Magdalena, El Greco


            Hoy celebramos la Campaña contra el hambre. Con el lema “No hay justicia sin igualdad”, Manos Unidas sigue presentando los distintos Objetivos de Desarrollo del Milenio. Este año se centra en el Objetivo número 3: “Promover la igualdad entre los sexos y la autonomía de la mujer”.
Los textos que la liturgia propone para hoy, sobre vocación y seguimiento, no mencionan a ninguna mujer, pero sabemos que muchas mujeres fueron llamadas por Jesús y dejaron todo para ir tras Él con entusiasmo, como los apóstoles (Lc 8, 1-3).
Con qué intensidad debieron sentir y vivir el fuego de Su Palabra, para vencer las dudas, el cansancio, el miedo, la tristeza, y ser fieles hasta el final. Mientras los apóstoles, a excepción de Juan, abandonaron al Señor en la Hora más amarga, ellas se atrevieron a seguir Sus pasos hasta la Cruz.
            Acompañaron a la Madre en su terrible angustia (Jn 19, 25) y ayudaron a bajar y colocar el cuerpo de Jesús en el sepulcro. Por eso cuando, pasada la Pascua, iban a embalsamarle, fueron –somos– también las mujeres, en la persona de María Magdalena, la que tanto amó, las primeras testigos de la Resurrección (Jn 20, 14-18).

 

9 de febrero de 2013

"Rema mar adentro."


Evangelio de Lucas 5, 1-11

En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret. Vio dos barcas que estaban junto a la orilla; los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: “Rema mar adentro, y echad las redes para pescar”. Simón contestó: “Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos sacado nada; pero, por tu palabra, echaré las redes”.Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús, diciendo: “Apártate de mí, Señor, que soy un pecador”. Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: “No temas; desde ahora, serás pescador de hombres”. Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.
 

Rafael. La pesca milagrosa
                                            La pesca milagrosa, Rafael Sanzio


Las lecturas de este domingo nos remiten a tres llamadas, tres vocaciones: la de Isaías, la de Pablo y la de los primeros apóstoles. En las tres aparece ese descenso necesario a lo más profundo del alma para experimentar el contraste entre nuestras sombras y miserias, nuestras limitaciones e incapacidades, nuestra fragilidad, y la luminosa, omnipotente presencia divina, que irrumpe en la vida de aquel que es escogido y llamado para una misión.

La vocación de los apóstoles es, como la de Isaías, que narra la primera lectura con una teofanía fulgurante (Is 6, 1-2a.3-8), un ejemplo de disponibilidad. El profeta siente temor ante el Señor, como Pablo lo sintió al caer del caballo. También siente ese santo temor Pedro, después del signo prodigioso de la pesca, al ser consciente de su propia pequeñez ante la grandeza de Dios, al que ya puede ver en Jesucristo. Por eso pasa, de dirigirse a Él como Maestro, a invocarlo como Señor. Los tres sintieron la indignidad del pecador, que es la puerta a la verdadera dignidad. Por eso son llamados y enviados. Y dicen sí porque reciben el don de la fe, que los hace hombres nuevos, valientes y libres. 

       El pasaje del Evangelio de Lucas marca claramente tres momentos en la vocación de todo discípulo, a veces simultáneos, aunque casi siempre sucesivos:
-          La escucha de la enseñanza, la palabra sembrada en el corazón.
-          El asombro y la admiración por los signos exteriores o interiores.
-          La decisión de aceptar la vocación. Entrega y seguimiento incondicionales.

       En Nazaret, sus paisanos habían intentado despeñarlo por un barranco; en el lago de Genesaret, las multitudes se agolpan para escucharlo. El mensaje es el mismo, y también el mensajero, el mismo que hoy nos sigue hablando, enseñando, mostrando signos prodigiosos (para el que tiene ojos que ven) y llamando a cada uno por nuestro nombre (para el que tiene oídos que oyen).
      No hay mejor manera de compartir el camino del cristiano que remitirnos a Jesús y Su Palabra, abandonando prejuicios y consideraciones, como hace Pedro. El Mensaje desnudo es el crisol que nos transforma y nos prepara para seguirlo e imitarlo. Porque el Evangelio, la buena nueva de Cristo resucitado, es el Camino, como recuerda Pablo en la segunda lectura (1 Cor 15, 1-11).

          Los apóstoles ya conocían a Jesús, lo sabemos por Juan (Jn 1, 37-38). Primero lo conocieron Andrés y el propio Juan, discípulos del Bautista. Jesús les preguntó: “¿Qué buscáis?” Ellos respondieron: “Maestro, ¿dónde vives?” Y Él les dijo: “Venid y veréis”. Qué diálogo tan profundo en su aparente sencillez, qué riqueza de significados para el alma del discípulo. No se puede decir más con menos palabras. Luego vino esa larga e íntima conversación que el Evangelio esboza, conciso y sutil (Jn 1, 39). Después, como en una danza de alegre generosidad, fue aumentando el grupo de los escogidos para seguir a Jesús. Andrés y Juan (siempre discreto cuando habla de sí mismo) se lo dijeron a sus respectivos hermanos mayores: Simón y Santiago (Jn 1, 40-42). Luego vino Felipe (Jn 1, 43), Natanael (1,47) y, más tarde, los demás.

En la escena que hoy leemos en Lucas, podemos suponer que ya habían tenido tiempo para madurar la decisión, pues era necesario un cambio radical y un seguimiento absoluto. Por eso, cuando Jesús los invita a seguirlo y compartir su misión, no preguntan nada, dejan todo y lo siguen, porque la semilla ya estaba creciendo en su corazón desde el primer encuentro.

     La metáfora de la pesca aparece a menudo en el Evangelio (Mt 4, 18-22; Mc 1, 16-20) y también en el Antiguo Testamento (Ezeq 47, 10; Hab 1, 14-15). El símbolo del pez, usado por los primeros cristianos para reconocerse, contiene la esencia de la Revelación. Las letras de la palabra pez en griego, Ichthys, como vemos abajo, son las letras iniciales de la frase: "Jesús, el Cristo, Hijo de Dios, Salvador".
                                          


           Pescadores, hombres sencillos y humildes, escogidos para seguir a Jesús, el Cristo, el Mesías, y ayudarle a extender la buena nueva. Dejan todo por Él, a cambio de una promesa de paz y de amor para todos. Como dice Giovanni Papini, “el pescador es el hombre que sabe esperar, el hombre paciente que no tiene prisa, que echa su red y confía en Dios.” Humildad y paciencia, generosidad, pobreza de espíritu y confianza, virtudes que hoy escasean y debemos adquirir para ser fieles a la vocación aceptada. Ellos son capaces de soltar las redes: todo lo que separa, aísla y diferencia, y cambiarlo por la entrega, el servicio, el amor. Un discípulo está dispuesto a soltar cuanto lo mantiene apegado a su egoísmo, liberarse del lastre y caminar sin  mirar atrás. Porque "nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el reino de Dios" (Lc 9, 62).

            "Te basta mi gracia, pues la fuerza se realiza en la debilidad" (2 Cor 12, 9), le decía el Señor a Pablo cada vez que su voluntad flaqueaba. Nos basta su gracia también hoy. Aunque nuestras fuerzas vacilen y las dudas nos quebranten, confiamos en una voluntad infinitamente superior, la de Jesucristo. Su Palabra es nuestra luz y nuestra entereza, la fuente de toda abundancia, siempre mucho más allá de lo esperado o lo previsible, como en la escena de la pesca milagrosa.

Rema mar adentro, intérnate en lo más profundo de tu ser, en esos espacios abisales de peligro y oscuridad, de inseguridad y desvalimiento. Rema mar adentro, adéntrate en tu alma, no te quedes junto a la orilla, donde todo resulta familiar y hacemos pie. La misión es para valientes, para los que se atreven a explorar sus propias profundidades, habitadas por monstruos y demonios, entidades malignas y sirenas perversas que siempre acechan, atrapan y esclavizan al que se deja engañar porque no está atento, o no está en su centro, abrazado al mástil de la Verdad. 
           "Y ¿qué es la Verdad?" (Jn 18, 38), dijo el pusilánime pretor, con un nudo en la garganta. La Verdad no es una idea o un concepto, ni siquiera un estado o nivel de conciencia que haya que buscar, encontrar o alcanzar. La Verdad, como recordábamos días atrás, es una Persona, Jesucristo, que te llama, te busca y te encuentra; una Persona en la que, por Amor, ya somos Uno.

Qué privilegio ser llamado por el mismo Jesús, pensamos… ¿Lo seguiríamos hoy? ¿Lo seguimos? ¿Lo escuchamos siquiera?
            Porque Él continúa llamándonos, a cada uno por nuestro nombre; nos está diciendo: “sígueme”, con una llamada personal y directa. Es Él quien nos busca, nos encuentra y nos llama, aunque pueda parecer lo contrario, que somos nosotros los buscadores.
            ¿Respondemos con un sí rotundo e incondicional?
            Para pronunciar ese “Sí”, es necesario transformarse por dentro, hasta ser capaces de vivir de otra manera, pensar y sentir de forma radicalmente diferente.
 
                                          

2 de febrero de 2013

"Se abrió paso entre ellos y se alejaba."






Evangelio de Lucas 4, 21-30

En aquel tiempo, comenzó Jesús a decir en la sinagoga: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”. Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios. Y decían: ¿No es este el hijo de José? Y Jesús les dijo: “Sin duda me recitaréis aquel refrán: «Médico, cúrate a ti mismo»; haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún”. Y añadió: “Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Os garantizo que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías más que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado más que Naamán, el sirio”. Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba.

 
 
             Él no está lejos de quienes buscan, entre sombras e imágenes, al Dios desconocido, puesto que todos reciben de él la vida, la inspiración y todas las cosas, y el Salvador quiere que todos los hombres se salven.
 
Lumen gentium 2.16


Jesús puede resultar muy incómodo y enojoso cuando nos resistimos a cambiar. Los que hace un momento le aprobaban encantados y se admiraban de sus palabras de gracia (Sal 45, 3b), viendo en ellas el signo mesiánico, de repente se dejan llevar por la ira del que siente amenazada su posición y sus creencias. No pueden aceptar que uno de los suyos, el hijo del carpintero, sea el Mesías, y venga a predicar una buena nueva para todos, no solo ya para el pueblo elegido de Israel.
Sucedió igual con los profetas, ignorados, despreciados o perseguidos por sus paisanos. Los defectos del hombre no han cambiado a lo largo de los siglos: recelos, envidias, desconfianza, escepticismo, cerrazón, volubilidad, perversidad… El sueño y la dispersión interiores, la falta de un centro permanente en ellos mismos provoca ese cambio brusco de actitud. La duda y el miedo pueden más que la esperanza de haber, por fin, encontrado al Mesías anhelado.
Los “suyos”, que lo conocen desde hace años, pasan de la aprobación entusiasta al rechazo furioso, hasta el punto de querer arrojarlo por un barranco. Pero Él, sin decir una palabra, con el poder sereno de la Verdad que Es, se abre paso entre ellos y se aleja. Este es uno de los pasajes del Evangelio que más me impacta y me conmueve.
Rechazado como todos los profetas, como nosotros a veces, cuando damos testimonio de nuestra fe sinceramente, sin tratar de contemporizar con nada ni con nadie. Porque, como Elías fue enviado a la viuda de Sarepta y Eliseo a Naamán el sirio, Jesús es enviado, y nos envía, a anunciar la buena nueva a todos, sin excepción. Pero solo están preparados para acoger su mensaje los que confían, los compasivos, los desprendidos y vacíos de sí mismos. Los soberbios y acomodados, ciegos de prejuicios y opiniones subjetivas, querrán despeñar al abismo al que ose amenazar su estabilidad y sus creencias.

Acosado y perseguido, no se defiende, sigue amando. El amor es paciente, afable,... empieza el precioso y conocido texto de San Pablo sobre el amor, de la segunda lectura de hoy (1 Cor, 13 4-13). Boris Mouravieff afirmaba que leer o recitar a menudo este fragmento nos brinda una “espada llameante” que va liberándonos de todo lo que no es amor.
Cristo es la paciencia en persona, el amor en persona. Compartió el pan y el vino y el camino de tres años, con sus días de sol riguroso y sus noches de frío e inclemencia, con el hombre que iba a traicionarle y entregarle a la muerte. Perdonó siempre, esperó siempre, amó siempre, sin pedir nada a cambio.
El amor incondicional a la manera de Jesús es el objetivo del cristiano. Es un amor que supera infinitamente todo lo que podemos imaginar, cualquier ideal que tengamos. Para poder amar así, incondicionalmente, sin límites, el hombre debe adquirir la virtud de la humildad, negándose a sí mismo.
Porque solo puede reaccionar como hizo Jesús en este pasaje –es decir, no reaccionando– quien está libre de ego. Jesús, el único que no tiene que negarse a sí mismo porque es el Sí mismo y, al mismo tiempo, la humildad absoluta. Compasión, misericordia, paciencia imperturbables, nada le afecta en su esencia primordial, no se siente víctima ni ofendido. Ahí radica una de las diferencias abismales entre Él y nosotros.

Bienaventurado el que no se escandalice de mí (Mt 11, 6), dice el Maestro. Para no escandalizarse de Él hay que estar dispuesto a aceptar y cumplir su Palabra totalmente, no solo en lo que nos resulta fácil o creemos que nos conviene. Y asumir su Palabra y encarnarla, hacerla vida en nosotros, exige un cambio radical. Los que se empeñan en defender su posición, sus comodidades y hábitos, o tal vez solo sus prejuicios y condicionamientos, seguirán escandalizándose de Aquel que viene a traer fuego a la tierra, que todo lo hace nuevo, que no hace acepción de personas porque viene a salvar a todos, no solo a un grupo de escogidos, Aquel que frecuenta a pecadores, publicanos y prostitutas y denuncia la hipocresía, la soberbia, el egoísmo de escribas y fariseos.
Que no nos escandalicemos nunca de Jesús o de su enseñanza. Que no tenga que abrirse camino entre nosotros para alejarse por nuestra falta de amor. Seamos testigos fieles de Aquel que sigue viniendo a traer la buena nueva para todos, porque Él mismo es la buena nueva.

 

Ved cómo se aleja, abriéndose paso
entre los ciegos y sordos de esta aldea
para siempre bendita, Nazaret,
donde creció Jesús, el carpintero,
el hijo de María y de José,
el mismo que hoy acosan y persiguen,
pues quieren acabar con esa vida
que descoloca las piezas
de oxidados ajuares.
 
Venid a ver cómo camina
entre los vocingleros, sus paisanos,
que no permiten que nadie destaque
en esa tibia, turbia, turba infame
para tibios, turbios, infames corazones,
incapaces de aceptar a un Mesías
que proclama el perdón, la libertad,
la igualdad, el amor, la buena nueva.
 
“Despeñémosle precipicio abajo
–dicen iracundos–  acabaremos
con la historia de nuestra salvación,
y a vivir, que son dos días
antes de la noche eterna.
Vamos a tirarle por el barranco,
que no venga con pamplinas
ese rabí tan raro, ese Jesús…
 
Qué manía de proteger la escoria:
que si los pobres, que si las prostitutas,
viudas, enfermos, locos, pecadores,
todos esos inútiles que estorban...
 
 Que venga otro más fácil de seguir,
sin renunciar a las comodidades
que nos hemos ganado, no pretenda
alterarnos el orden. Que nos diga
lo que queremos oír, por ejemplo:
que somos los únicos, los buenos, los mejores,
escogidos por un Dios especial
que ama a Israel, y solo a Israel.
 
A qué esperamos, acabemos con él,
que no moleste más ese rabí
tan manso que se va, abriéndose paso,
tan manso...
 
Aunque tiene toda la luz del mundo
en los ojos, que miran impasibles,
y voz de eternidad en cada sílaba
que pronuncia. Mirad cómo se aleja
de nosotros, ¿los únicos?, ¿los buenos?
...,
se aleja sereno, sin decir nada,
dejándonos la ira en la garganta,
como el amargo, ¡ay!, mudo y amargo,
desesperado grito de Caín.”
 

26 de enero de 2013

"Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír."


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Evangelio de Lucas 1, 1-4; 4, 14-21
 
Excelentísimo Teófilo: Muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han verificado entre nosotros, siguiendo las tradiciones transmitidas por los que primero fueron testigos oculares y luego predicadores de la palabra. Yo también, después de comprobarlo todo exactamente desde el principio, he resuelto escribírtelos por su orden, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido.
En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan. Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor.» Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a decirles: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.»
 
 
 
El hombre debe entrar en el Cristo con todo su ser, debe “apropiarse” y asimilar toda la realidad de la Encarnación y la Redención para reencontrarse a sí mismo.
                                                                                               Juan Pablo II
 
 
La alegría es el tiempo presente, poniendo todo el acento en lo del tiempo presente. Por esta razón es Dios dichoso. El que eternamente dice: hoy; el que eternamente e infinitamente se es actual a sí mismo en ese ser al día.
                                                                                              Soren Kierkegaard
           
 
Pasó un Resucitador por el mundo y nació en el mundo una esperanza más grande que todos los siglos; la cual no morirá. Uno que ya no tenía esperanza ha escrito: “Jesús es simplemente la esperanza más grande que ha pasado por la Humanidad.”
                        Oh Renán, escucha: No ha pasado.
                                                                                   Leonardo Castellani
 
 
 
Cuando tiene lugar esta escena que nos relata Lucas, ya habría corrido la voz de lo sucedido en Caná. Muchos abrazaban la idea de que Jesús fuera el Mesías. Por eso en la sinagoga de Nazaret, el pueblo donde se crió y donde casi todos le conocen, permanecen atentos, expectantes, en actitud de escucha. La atención consciente es antídoto contra la división y la ignorancia, y es puerta a la comprensión y la unidad. Algunos de los que hoy atienden a las palabras del carpintero, del hijo de María y José, entrarán por ella.
 
Qué sacudida en los corazones debió suponer la voz y la enseñanza de Jesús en aquellos días. Terry Eagleton, teólogo y marxista (¿por qué no?), dice que Jesús era menos revolucionario que los marxistas, en el sentido de que no quería hacer una revolución en lo temporal y material, pero mucho más revolucionario en lo esencial, pues lo que quería era nada menos que instaurar el reino de los cielos en la tierra, cambiando radicalmente las conciencias y los valores de un mundo abocado a su auto destrucción.
            Jesús viene a hacerlo todo nuevo. En principio, subvierte la relación del hombre con Dios, mostrándonos la posibilidad de una relación directa, sin intermediarios con un Dios que ya no es un lejano juez implacable, sino un cercano Padre amoroso.
 
            El Antiguo Testamento adquiere su plenitud de sentido y significado en el Nuevo Testamento. La vida de Jesús se adapta perfectamente a lo que los profetas vaticinaron muchos siglos antes. ¿Cómo iba a ser de otro modo, si Él es el Verbo encarnado? Ya lo dice San Agustín: La ley estaba preñada de Cristo. En Jesús se cumplen las antiguas profecías. “Mesías” y “Cristo” significan “Ungido”, el enviado para anunciar la buena nueva, para liberar, sanar y dar esperanza.
 
El comentario de Jesús a la profecía de Isaías es tan breve como contundente: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”. Movido por el Espíritu, Jesús se muestra como lo que es: luz, gracia, mano tendida, liberación, perdón, sanación, alegría… Pero, lo más impactante es que cambia el propio concepto de mesianismo, por la afirmación de su filiación divina (Jn 10, 22), y lo extiende, lo reparte, haciéndonos compartir, fraternalmente, su misión salvadora y liberadora (Mt 28, 19-20; Mc 16, 20, Jn 14, 23).
El cristianismo es el no-dualismo por excelencia. Somos en Cristo, miembros de Su Cuerpo místico, porque Él es el Verbo, el verdadero Sí mismo libre de ego y hacia Sí nos eleva. La verdad es una persona, Jesucristo, como dicen San Ambrosio y San Agustín. Y la justicia, la bondad, la belleza, la paz, también son Jesucristo. ¿Se opone esta realidad maravillosa y revolucionaria a la plenitud integradora que experimentamos a través del trabajo interior de atención, observación, conciencia del aquí y ahora, superando la mente que juzga y separa, que quiere enloquecernos con pensamientos falsos? Claro que no; Cristo es el verdadero no-dualista y nos quiere con Él y en Él. La locura de la separación necesitaba este Salvador, que es uno de nosotros y uno con nosotros, llamados también, por tanto, a ser salvadores y libertadores.
 
Todo encaja en Cristo; no hay que escoger entre ese no-dualismo que nos libera y nos permite vivir en plenitud y un cristianismo aparentemente dualista para algunos, por nuestra condición de criaturas que se dirigen a Lo Otro. Cristo es la buena nueva que instaura definitivamente la Unidad por el Amor. Tenemos que hacer lo que Él hace y amar como Él ama, ese es el centro de su enseñanza. Pero solo somos capaces de amar así si estamos unidos a Él, en Él, si somos capaces de mirarnos y vernos en Lo Otro, hasta que solo hay Uno. El amor de Cristo, el mandamiento nuevo, solo se puede entender desde el no-dualismo. Porque Él quiere que hagamos de su obra y su palabra vida en nosotros, para que seamos uno en Él. Sí, hemos de mirarnos en Él hasta ser Él, porque Él lo quiere, nos transmite su Obra, lo que nunca pudiera haber conseguido nadie sino el Verbo, el Hijo de Dios, Dios y Hombre verdadero.
 
El año de gracia o jubileo consistía en la condonación de todas las deudas. Eso es lo que hace Jesús con nosotros. Nos regala un jubileo continuo, que nos libera de deudas y también de miedo, culpa, tristeza y soledad. Salvador, libertador, esa misión que lleva en su nombre y hace extensiva a cuantos le siguen, se lleva a cabo en dos dimensiones, en seguida comprensibles para el que tiene ojos que ven y oídos que oyen: una, material, y otra, sutil; una, exterior, visible, y otra, interior a cada uno.
Por eso, no solo se refiere a los pobres por falta de recursos materiales, sino también a los benditos pobres de espíritu que no albergan soberbia en el corazón. Libera a los cautivos de otros hombres y a los que lo son de sus propias tendencias y pasiones. Devuelve la vista a los ciegos físicos y a aquellos otros cuya ceguera les impide vislumbrar lo real. Defiende y salva a los oprimidos por los hombres y a los oprimidos por sí mismos, por sus propias ambiciones, sus hábitos, sus falsas creencias, su locura…
Soberbios, cautivos de pasiones, ciegos o dormidos, oprimidos por la ira, el orgullo, el hedonismo… Él viene a salvarnos de la totalidad del pecado, de todo lo que nos impide acertar y llegar a la meta para la que hemos nacido. Porque la palabra pecado, del latín peccatum, significa tropiezo, fallo; y del arameo khata, o del hebreo jattá'th, significa errar el blanco, no alcanzar la meta, fallar en el objetivo.
 
  Él viene a entrenar nuestra "puntería" hoy, día en que se cumple la Escritura. Vino y vendrá, pero también viene hoy; su mensaje resuena vivo y actual para cada uno de nosotros. Jesucristo es eternidad; por eso, si tienes una experiencia de Dios a través de Jesucristo, tienes una experiencia de eternidad. Aprender a vivir ya en esa dimensión atemporal, en la que somos, es conectar con nuestro Ser auténtico, eterno y libre. Hoy es la plenitud del presente vivido con consciencia. Porque el hoy que Lucas pone en boca de Jesucristo nos remite a esa "tempiternidad" que explica Raimon Panikkar, experiencia intensa del instante, que nos trasforma y dignifica, porque nos permite vivir conectados con la fuente de la que venimos y hacia la que vamos. 
Hoy se cumple esta Escritura para nosotros, que somos en Jesucristo. Porque Él no solo es el rostro visible de Dios, sino también el presente de Dios, su continua actualización para quienes hemos sido enviados para anunciar el Evangelio a los pobres, la libertad a los cautivos, devolver la vista a los ciegos, liberar a los oprimidos y anunciar el año de gracia del Señor.
 
 

20 de enero de 2013

Piedra, agua y vino. Un itinerario hacia el banquete de bodas eterno. Las Bodas de Caná II



Icono Bodas de Caná
        
                                           Las Bodas de Caná, Igor Stoyanov



Como un joven se casa con su novia, así te desposa el que te construyó;
la alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará Dios contigo.
 
                                                                                                    Isaías 62, 5
 
 
En Caná, la Madre cede de algún modo el testigo al Padre. Hasta ahora, su misión fue cuidar de Jesús, educarle, enseñarle..., pero ha llegado el momento de que el Hijo amado, el predilecto, dé testimonio de Sí mismo, y proclame la buena nueva, la semilla del Reino para todos.
Si en Getsemaní estará triste hasta la muerte (Mt 26, 38), en Caná se muestra por un momento triste, serio, con la amargura del que empieza a vislumbrar la magnitud dramática de su misión. De ahí la respuesta inicial que, según San Máximo de Turín, y como vimos ayer, no expresa enfado ni frialdad, sino que contiene un "misterio de compasión". 

            María, que ha comprendido el mensaje de Jesús, y sabe que una sola cosa es necesaria (Lc 10, 42), experimenta un cambio interior, deja de referirse al vino que se ha terminado y se dirige a los sirvientes, es decir, a nosotros (los evangelios siempre están hablando de y para nosotros), con ese imperativo que es toda una catequesis: “Haced lo que él os diga”. Dice “él” en lugar de “mi hijo”, como si quisiera hacernos percibir ese segundo alumbramiento de Jesús que acaba de producirse.
Es entonces cuando Jesús actúa y ordena, en los dos sentidos de las dos palabras actuar y ordenar.
Actúa de acción (es evidente), y de actuación, pues la vida de Cristo es un maravilloso, irrepetible y sagrado drama, que ejemplifica lo que ha de ser nuestra vida.
Ordena de mandar (también es evidente en su imperativo “llenad”) y de poner en orden, pues nadie como Él pone orden en el caos que nos rodea y que nos llena.

            En el relato se nos presenta una carencia que tiene que ver con lo material, con las razones y condicionamientos del mundo. Falta lo necesario para algo cotidiano, el vino, como elemento de alegría y agasajo a los invitados. No queda vino, un gran apuro en una boda de esa época, una de las escasas ocasiones en las que la abundancia era primordial. ¿Eran realmente necesarios 600 litros de vino cuando la celebración está acabando? ¿Cuál es la verdadera necesidad que hemos de leer entre líneas?
            El Señor interviene en cada carencia, cada apuro, cada fracaso, cada dificultad, haciéndonos ver que estamos en el mundo pero no somos del mundo, que si seguimos el imperativo de María, que nos fue dada como madre al pie de la cruz, y hacemos lo que Él nos dice, realizaremos el Reino aquí, ya. Entonces, escalamos de golpe muchos de los niveles que nos separan de nuestro ser verdadero, y que en este episodio de Caná se sintetizan didácticamente en tres, proyectando luz sobre las bases del camino espiritual. Niveles o etapas no excluyentes, sino que se van integrando verticalmente, sobre los buenos y necesarios cimientos de la piedra. Rechazar un nivel sería caer de nuevo en el dualismo, en la separación, y construir castillos en el aire.

Piedra. Base, estructura, cimiento firme y necesario.  Interpretaciones literales. Antiguo Testamento. Las Tablas de la Ley. Lo más exterior de las religiones, ritos, fórmulas. Las tinajas son 6, el número de la preparación. El peligro sería no ver más allá, quedarse a ras de suelo, seguir ligados al mundo, creyendo a veces que somos muy espirituales, mientras nos mantenemos sujetos a leyes, normas y reglamentos, sin profundizar ni avanzar, la mano en el arado y la mirada hacia atrás (Lc 9, 62).

Agua. El anhelo de conectar con nuestra verdadera esencia hace que soltemos los condicionamientos y la rigidez de ciertas reglas y fórmulas, para asomarnos a una religiosidad más profunda y coherente, con más contenido y más compromiso interior. Se descubre el sentido del verdadero seguimiento. Nos convertimos en discípulos, fieles, con todo lo que ello implica.

Vino. La relación con Dios y con nuestra esencia inmortal va haciéndose más real, trascendiendo ritos, formas e intermediarios, viendo en ellos un instrumento útil, imprescindible para muchos, pero sin confundirlos con el fin. Hemos comprendido el sentido de la verdadera oración (Mt 6, 5-8)  y lo que significa adorar en espíritu y en verdad (Juan 4, 23-24). Podemos interiorizar esa unión y vivir conforme al mandamiento nuevo, el Mandamiento del Amor.

            Alcanzar el nivel del vino, de la vida, la alegría y el amor, supone tener la semilla enraizada y haber conectado con ese nivel de nosotros mismos donde sabemos que somos eternos. 

 María nos dice continuamente: “Haced lo que él os diga”. Y Jesús no deja de decirnos: “Llenad las tinajas de agua”. No se refiere a cualquier tinaja, sino a las enormes vasijas de piedra reservadas para el agua de las purificaciones. Quiere que llenemos esos recipientes vacíos con agua, símbolo de fecundidad y generosidad, de sed apagada. El agua es la pureza, la inocencia, la confianza, la capacidad de asombro, la creatividad del que suelta prejuicios, condicionamientos, creencias… Suelta todo, da el salto que la auténtica fe permite dar, confía y se encuentra con su realidad esencial, la que es capaz de probar y saborear el vino nuevo.
Esa confianza puesta en Jesús hará que el agua que vertemos en las tinajas de la religión establecida se transforme en vino, en lo que realmente necesitamos, mucho más allá de cualquier necesidad material o anecdótica. Vino nuevo de la buena nueva, de la alegría incondicionada que nos embriaga en el banquete eterno que, para quien pueda entender  (Mt 19, 12), ya ha comenzado.

Se puede intentar en vano llegar al vino con esfuerzo y un largo trabajo interior, como sostienen algunas tradiciones espirituales, o se puede llegar por la gracia, creyendo en Jesucristo, aceptándolo, confiando en Él, dejando que sea Él quien haga el milagro.
Solo tenemos que hacer lo que Él nos dice: llenar las tinajas de agua, superar la etapa de la piedra, de la pura exterioridad del rito y el formalismo, llenando todo con el agua pura de la fe verdadera, la que no tiene que ver con creencias institucionalizadas ni con rígidos esquemas mentales, sino con la valentía y la libertad que nacen de un corazón despierto. Entonces probaremos y beberemos el vino de la alegría, porque Él, que es el esposo y es el vino nuevo, ha venido para que tengamos vida y la tengamos abundante (Jn 10, 10).

 

19 de enero de 2013

"Haced lo que él os diga". Las Bodas de Caná I



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                                               Las Bodas de Caná, Giotto


Evangelio de Juan 2, 1-12
 
A los tres días, había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda. Faltó el vino y la madre de Jesús le dice: “No les queda vino”. Jesús le dice: “Mujer, ¿qué tengo yo que ver contigo? Todavía no ha llegado mi hora”. Su madre dice a los sirvientes: “Haced lo que él diga”. Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una. Jesús les dice: “Llenad las tinajas de agua”. Y las llenaron hasta arriba. Entonces les dice: “Sacad ahora, y llevadlo al mayordomo”. Ellos se lo llevaron. El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, porque habían sacado el agua), y entonces llama al esposo y le dijo: “Todo el mundo pone primero el vino bueno y, cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora”. Este fue el primero de los signos que Jesús realizó en Caná de Galilea; así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él. Después bajó a Cafarnaún con su madre y sus hermanos y sus discípulos, pero no se quedaron allí muchos días. 
  

Este episodio es el primer signo de los siete que aparecen en el evangelio de San Juan. Y es la tercera de las tres manifestaciones de Jesús como Mesías que señala la liturgia. Manifestación que tendrá su plenitud en otra “hora”, la de su muerte y resurrección. Allí es donde entenderemos la brusquedad aparente de las palabras que Jesús dirige a su madre en Caná.    
Para los que lo lean con atención y estén un poco habituados al simbolismo, está claro que lo que aquí se nos relata tiene una significación mucho más profunda y de mayor alcance que la literal. Sucedió en los parámetros histórico-temporales, pero Jesucristo es Señor del Tiempo y maneja otras dimensiones, que los evangelistas captaron y se van haciendo evidentes según se alcanzan los niveles de ser y de comprensión necesarios.
Porque lo literal y lo simbólico siempre van de la mano en las Sagradas Escrituras. En el evangelio de Juan es aún más clara que en los sinópticos la voluntad y el estilo metafórico, ese recurrir a los símbolos para hablar de realidades espirituales.

            Quienes a lo largo de los siglos han estudiado este primer signo del cuarto evangelio coinciden en que tuvo un sentido más profundo que esa literalidad aparentemente ingenua. Dice San Agustín que fue “no solo un hecho real y extraordinario, sino también el símbolo de una operación más elevada.”
La boda es alusión clara a un acontecimiento que señala un cambio de vida para los contrayentes, que, por otro lado, solo indirectamente aparecen como personajes del relato. El signo o milagro (que tiene lugar al tercer día, 3, número de la totalidad) es imagen del cambio que Jesús pide a las almas, y que supone morir a uno mismo para poder nacer de nuevo. Ese segundo nacimiento pasa siempre por el descubrimiento del verdadero amor, superando la ceguera del ego. Es el amor el que permite alumbrar a ese nuevo ser, hombre y mujer interiores, renacidos y libres. Porque la boda entre hombre y mujer es en este episodio (y siempre) representación de las nupcias interiores a las que estamos llamados, de la unión entre lo humano y lo divino, lo material y lo espiritual.

            Cuando María dice “no tienen vino”, se está refiriendo a una carencia y una necesidad mucho más grave que la del vino: la de vida en plenitud. Podemos decir que se refería a la sangre, como símbolo de ese latido esencial que debía faltar en aquella celebración. Es ella también la que nos dice “haced lo que él os diga”, para que tengamos vino, sangre, alegría, plenitud. Y es que nuestra existencia es una celebración de bodas constante. Una y otra vez estamos llamados a transformar nuestra vida de agua en vida de vino nuevo, del mejor vino; sangre nueva, buen latido que nos haga ser conscientes de existir.

            Interpretaciones sobre este pasaje hay muchas, tantas como personalidades, sensibilidades y grados de comprensión en los que se interesan por la exégesis. Hay quienes, tratando de asimilar este lenguaje alegórico, sostienen, como Maurice Nicoll, que María simboliza un nivel inferior y que Jesús se desliga de ella para avanzar y elevarse. Creo que conformarse con esa interpretación, sin ir más allá, sería quedarse en el dualismo de lo meramente psicológico, cuando el cristianismo es una invitación clara a la unidad, por la verdad, la belleza y el amor.
 
En este sentido, una clave esencial es el diálogo entre madre e hijo. Es cierto que Jesús se separa simbólicamente de su madre, al hacerse “adulto” y emprender su misión, iniciando su vida pública. Pero es María quien está dando a su hijo la señal de que el momento ha llegado. No le dice qué ha de hacer, solo toma la iniciativa para comunicar lo evidente: no tienen vino. Las palabras de Jesús son de rechazo solo en apariencia. Simbolizan la amargura inevitable de esa separación. Están anticipando, además, la hora de la Pasión cuando la frialdad aparente del “mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn 19, 26) es pantalla del amor más grande, generoso e incondicionado que se pueda imaginar, pues hace posible ese otro alumbramiento, increíble y misterioso, en que somos nosotros los alumbrados por María.
La “muerte”del hijo ligado a la madre que tiene lugar en Caná es preludio de la muerte en cruz del Hijo del Hombre, como el bautismo de agua del Jordán fue preludio del bautismo de sangre del Gólgota. En Caná, Jesús dice a la Madre: “Aún no ha llegado mi hora” (Jn 2, 4). En uno de los anuncios de la Pasión, presagiando la angustia de Getsemaní dirá: “Padre, líbrame de esta hora” (Jn 12, 27).
 
La hora…,bendita hora, aciaga hora, hora gloriosa, la hora… Jesucristo, Señor del Tiempo se encarnó, se insertó en la historia, se hizo uno de nosotros, limitándose a Sí mismo (kénosis, vaciamiento). Vivió cronológicamente como un hombre mortal para hacernos inmortales. Se adentró en el tiempo para hacerlo estallar y disolverlo con su triunfo sobre la muerte.

María es, como vemos, un personaje clave, activo, desencadenante del prodigio. No es designada por su nombre, sino a través de su función de “madre”. Cuatro veces en todo el relato, como cuatro, en asombrosa y significativa simetría, serán las veces que aparezca la palabra “madre”para mencionar a María en la Pasión, esa hora que aún no había llegado, como dice Jesús en este relato.
No hay distancia, indiferencia o frialdad en Jesús cuando llama a su madre “mujer”,tanto aquí como en la pasión. Creo que es una manera muy clara de subrayar esa simetría que acentúa el simbolismo.
Primero fue el vino nuevo. Y su madre estaba junto a él. Al final, después del bautismo de sangre, fue la vida nueva. Y su madre también estaba junto a él.
          Él hizo el vino nuevo y la vida nueva, porque hace todo nuevo, y nos hace del todo nuevos.

“Haced lo que él os diga”, dijo María aquella tarde de alegría y tristeza, de prodigio y presagio. Debió decirlo, quizá, con la voz firme y quebrada a la vez,  acaso vislumbrando todo lo que acontecería tres años después. “Haced lo que él os diga”, nos sigue diciendo la madre, nuestra madre, cada vez que respiramos.